jueves, 10 de julio de 2025
REGLA DE TRES
REGLA DE TRES
A la hora del desayuno don Aureliano Balbuena, gerente general de Editorial Suramericana, me llamó con afán desmedido. El éxito de mi novela “1469” había sido tal, que había llegado a la conclusión de que no solo ameritaba, sino que también exigía una segunda parte.
De hecho, desde el momento en que escribí y leí la novela, yo también lo había considerado así, y adoptando mi posición de autor, pero también de lector, mi esencia creativa comenzó a elucubrar de manera meticulosa todas las situaciones que ilustrarían la segunda parte.
Después de enaltecer mi obra literaria con inusitada preponderancia desde el campo intelectual, describió al detalle el éxito desmesurado en ventas, argumentando que una segunda parte sería catapultarnos a mí como escritor y a él como editor, a las cumbres de la literatura universal, y, por ende, a soñar en la fabulosa probabilidad de alcanzar la riqueza que, sin reconocerlo, en realidad siempre habíamos estado buscando.
Encalló entonces en la necesidad de que el hito se consumara pronto, la segunda parte de la novela debía ver la luz lo más urgente posible, para que no se apagara el deseo vehemente del público lector, y me propuso la fecha de un mes, para la producción, cosa que, al fin y al cabo, el suponía sería muy fácil para mí, tanto por mi fuente inagotable de inspiración como por la imbatible facilidad de expresión escrita, con que la vida me había dotado.
Riéndome en mis adentros, interpreté que ni escribiendo sin parar las 24 horas del día, en un mes podría escribir la segunda parte, le pedí que me diera tiempo para pensar en los plazos, conviniendo en que la segunda parte de “1469” era absolutamente necesaria, y que el mundo se merecía la continuación de tan extraordinaria joya de la literatura universal, ante lo cual ripostó el viejo, en tono sarcástico, que en cualquier caso no podría ser más de dos meses.
Estuve pensando el tema durante todo el día, llegando a la conclusión que el del afán era él, por tanto, si en realidad quería la segunda parte de mi novela, para usufructuarse rápidamente con mi talento, debía atender una serie de peticiones, que yo creía absolutamente indispensables para profundizar mi inspiración y hacerla más eficaz y eficiente en cantidad y calidad. En primer lugar, necesitaba el mar, aquel espejo de agua me sugería paz y tranquilidad, por tanto, equilibrio total, en segundo lugar, requería la presencia de mis dos mujeres justo a mi lado, para saber de ellas a cada instante, en tercer lugar, solicitaba una suma de dinero para atender mis necesidades y las de ellas, y, en cuarto lugar, lo más fácil de todo, pedía tiempo, no podía escribir la segunda parte de una obra maestra en uno o dos meses, sino por lo menos en seis. Cumplidos estos pequeños detalles muy seguramente estudiaría la posibilidad de dedicarme de lleno a escribir una pieza que beneficiaría la historia de la literatura y que catapultaría a la gloria a la editorial, a don Aureliano, a “1469”, y por supuesto, a mí mismo.
Al siguiente día, me llamó bien temprano, era como si hubiera estado esperando que amaneciera para llamarme y hablar del tema. Iban a ser las 06:30 cuando me llamó, pero no le contesté, estaba preparando el primer café del día, y quise hacerle saber que, para mí, este era un instante verdaderamente sagrado. Le devolví la llamada a las 08:00, pero no contestó, era como si hubiera estado atendiendo otra llamada y la hubiera colgado, realzando la importancia de la mía, porque me llamó de inmediato. Sin darle tantas vueltas al asunto, le hice mis peticiones, dejando para el final, la de la compañía de mis dos amadas. Conforme iba hablándole de las solicitudes, el viejo ripostaba con reparos exagerados, pero cuando llegué a la última, enmudeció al instante, quedó perplejo, como si quisiera decir algo que no atinaba, yo también callé porque asumí que me había equivocado al ser tan sincero, hablar con sinceridad crea barreras sociales, pero no importa, es mejor así, ya que finalmente simplifica las relaciones. No sé por qué pensé que había echado todo a perder.
Le dije que necesitaba estar frente al mar, y que requería seis meses para escribir, tener cubiertos mis gastos básicos, y, además, la compañía de mi esposa y de mi novia, aunque sé que en el fondo pensó inicialmente que todo esto era una locura, pero al saber de antemano que yo hablaba con la realidad, esa misma noche me envió un mensaje por Telegram, en el que me decía que me esperaba al siguiente día en su oficina, para que habláramos “de negocios”.
Sé que, a esta altura, al igual que el señor Balbuena, usted también tendrá la misma inquietud de él, en el hecho de saber cómo es eso de llevar a mi esposa y a mi novia como supuestas asistentes de mi producción literaria, a un viaje al mar, en el que estaremos recluidos los tres durante seis meses, en un prestigioso hotel con playas privadas, comiendo y bebiendo sin límites, pues estaremos con un plan todo incluido, sin ningún deber que cumplir, diferente a escribir la segunda parte de “1469”, y que además de todo, tendremos los tres, una asignación mensual de unos millones de pesos. Eso suena realmente espectacular. Como usted bien sabe soy un hombre de 40 años, licenciado en humanidades, profesor de español, escritor aficionado, autor de una novela de ciencia ficción llamada “1469”, en la que narro como una civilización sideral llegó a la tierra y fundó un nuevo mundo, obra que se convirtió en un gran éxito literario al recoger, el anhelo de cambio de una sociedad cansada de la guerra, la desigualdad, la injusticia y la violencia.
Mi esposa tiene 42 años, es licenciada en matemáticas y se desempeña como profesora de matemáticas en un colegio oficial de la ciudad, con ella tengo dos hijas y dos hijos, mi novia tiene 36 años, es licenciada en matemáticas y se desempeña como profesora de matemáticas en un colegio oficial de la ciudad, con ella no tengo hijos, aunque ella tiene una hija y un hijo. Con mi esposa tengo una relación de 24 años y con mi novia tengo una relación de 6 años, cada una sabía de la existencia de la otra, aunque nunca se habían visto ni mucho menos conocido; de hecho, ni siquiera habían hablado una palabra ni siquiera por celular. La idea de llevarlas a ambas al viaje era un experimento que no sabía si funcionaría o no, ya que no les había pedido su opinión al respecto, y tenía por objeto únicamente pasarla bien, porque es claro, que ellas no iban a apoyar mi trabajo, pues no podrían hacerlo ni yo tampoco podría permitirlo.
Recuerdo que aquella noche dormí con el convencimiento de que don Aureliano no iba aceptar mis condiciones, y que, por tanto, tendría el pretexto ideal para no iniciar aún la segunda parte de mi novela que, aunque consideraba necesaria no precisaba que fuera algo inmediato, pues por ahora quería seguir enseñando español, lo cual era algo que disfrutaba profundamente. Por eso traté de poner el listón muy alto con tal que fuera casi imposible de alcanzar.
Al siguiente día fui hasta la oficina de don Aureliano Balbuena en la ciudad, había viajado en avión a primera hora desde la capital con tal que pudiera llegar a tiempo para entrevistarse conmigo. Ese solo gesto me permitió interpretar algo interesante. Tenía en su oficina un frasco de café instantáneo “Buendía”, pues sabía que me gustaba el café instantáneo y específicamente el de esa marca. Eso logró sorprenderme poderosamente, y la imagen de avariento que en algún momento había construido del viejo, se transformó de repente en la de un hombre maduro con una gran calidad humana en su interior. Entonces pensé en el enorme poder de la diplomacia como arma disuasoria, y comprendí su valor en el ejercicio de la política, y en general de todas las relaciones humanas, pero bueno, eso será tema de otra historia, pues ahora quiero concentrarme en contarle lo que sucedió ese día.
El señor Balbuena comenzó su disertación haciendo una remembranza de la evolución del mercado literario desde el punto de vista comercial, significando que, a pesar del avance tecnológico, nada lograba por ahora, reemplazar el libro, después orientó su presentación hacia cómo la innovación literaria, atraía la atención de nuevos lectores, y afianzaba la de los lectores tradicionales, y que mi creación intelectual encajaba perfectamente en todos estos conceptos. Hablamos muchas cosas, incluso del equipo de futbol de mi ciudad, del cual él sabía que yo era hincha acérrimo, y de sus más recientes triunfos, los cuales nos llenaban de orgullo, y cuando creyó haberme sensibilizado lo suficiente retomó el tema de la segunda parte de “1469”.
Me dijo que haría una reserva para tres personas, en un reconocido hotel de la ciudad de Santa Marta con playas privadas, instalaciones modernas y acogedoras, y un plan todo incluido, por seis meses, así como una asignación mensual a mi nombre de unos millones de pesos, pero que firmaríamos un contrato de cumplimiento de obra, dijo también que yo debía reconocer el enorme esfuerzo que él y su editorial estaba haciendo por satisfacer mis peticiones, que el viaje a esa ciudad, y su posterior estancia, era muy costoso, pero que lo hacía para que yo estuviera en las mejores condiciones para que pudiera escribir con tranquilidad la segunda parte de la novela, y que pudiera igualar, o incluso superar, la primera parte. Sobre el hecho de compartir con mi esposa y mi novia, no mencionó absolutamente nada, menos una referencia muy general a algo de que “cada quien viva su vida como mejor le plazca”.
A pesar de que reconozco que la respuesta del señor Balbuena me había dejado gratamente sorprendido, debo mencionar que había un aspecto muy importante que no tocamos. Se trataba de los emolumentos de mis bellas princesas, puesto que ellas, de aceptar mi propuesta, cosa que, aún no habíamos hablado, seguramente pedirían una licencia no remunerada de seis meses, con lo cual no podrían cubrir sus gastos básicos en ese tiempo, requería entonces para ellas, una asignación mensual similar a la mía, para que me pudieran acompañar sin reparar en problemas económicos. Como era de esperarse puso el grito en el cielo, pero yo aduje que era como adquirir una póliza para asegurar el éxito. Dejé entrever que el viaje se hiciera en transporte terrestre, para ahorrar costos, aunque la realidad, era que los tres disfrutábamos viajar por tierra más que viajar por aire, lo presenté como si fuera una gran ganancia para él. El viejo se mostró reacio, pero como viera que el proyecto quedaba en riesgo de ejecución al ver mi decisión de echar todo atrás, si no lográbamos un acuerdo en ese punto tan esencial, determinó que aceptaba, pero agregando que no accedería a una sola solicitud más.
Recuerdo que salí feliz de la oficina de don Aureliano, era una mañana maravillosa, el sol brillaba con todo su resplandor, y no había rastro de nubes en el radiante cielo azul, bajé por la calle 36, la calle que tanto me gusta, con las manos en los bolsillos y pateando suavemente, y con dirección, las pequeñas piedras que encontraba en el camino, como si estuviera jugando futbol, mil cosas pasaban por mi mente y de tanto que pensaba, no atinaba a nada en particular, solo algo logró sacarme temporalmente de la abstracción. ¿Cómo iba a decirles a ellas de mi idea, de tal manera que pudiera convencerlas?
Una cena. La más romántica, no para dos sino para tres, en el mejor restaurante de la ciudad, la mejor comida y también la más costosa, las carnes más finas con el vino tinto más delicioso y más rico en resveratrol, puede ser Cabernet sauvignon, Pinot noir, merlot o malbec, mi preferido, por ser el de mi tierra, con un pie de frutos rojos, con fresas, frambuesas, cerezas y moras, excitante y seductor, a las mujeres las cautiva mucho la idea de que su hombre, les ofrezca siempre lo mejor sin reparar en costos, les sugiere donaire y galantería, eso las atrae poderosamente. Ahora solo se trataba de programar la velada y convencer a las invitadas. Yo sé que usted creerá que yo estoy loco, pero no es eso, se trata de soñar y de hacer realidad los sueños, es solo eso.
Las invité a cenar a “La Carreta”, el restaurante más costoso y de mayor prestigio de la ciudad, con comida típica colombiana y churrasco argentino, paraguayo y uruguayo. Las cité a las seis, pero yo llegué a las cinco y treinta, le indiqué a la asistente que estaría en tal mesa, que estaba esperando dos chicas, las cuales llegarían por separado, que me avisara cuando llegaran para venir a recogerlas. Para convencerlas de la velada, les dije que tenía que darles una noticia muy importante y que era preciso que estuviéramos presentes los tres. Debo reconocer que estaba nervioso, el corazón me latía como un tigre que corre desbocado detrás de su presa, de repente me surgió un pensamiento insidioso, si eso era yo, que conocía la situación, ¿cómo sería entonces ellas?
Conociéndolas como las conozco, asumía que cada una estaría arreglándose más allá de lo humanamente posible, no tanto para mí, sino para sorprender gratamente a la otra, entonces tomó fuerza la expresión común que existe entre la gente de que al final, las mujeres no se visten para deleitar a los hombres sino para impresionar a las demás mujeres, es algo que viene impreso en el código genético femenino. Mientras esperaba, observé el atardecer, el sol se escondía detrás de las montañas, y percibí que estaba oscureciendo rápidamente, entonces miré el celular, eran las seis, ninguna había llegado.
La primera en llegar fue mi esposa, salí a recogerla cuando vinieron a avisarme, estaba divina, le di un beso en cada mejilla, y justo en ese instante, llegó también mi novia, también divina, la saludé con un beso en cada mejilla, tal y como es mi costumbre, aquí debo hacer dos precisiones, un consejo importante para todos los hombres que viven una situación similar es que deben tratarlas a las dos lo más parecido posible, lo que haga con la una, también debe hacerlo con la otra, pues como usted bien sabe, las mujeres son extremadamente susceptibles y pueden sentirse menospreciadas por un detalle ínfimamente insignificante, la otra precisión es que tengo una circunstancia muy particular, y es que solamente a las personas que verdaderamente amo, saludo con dos besos, uno en la mejilla izquierda y otro en la mejilla derecha; por eso, aquella ocasión lo hice así, luego sentí que un carnaval de luces y colores estallaba en mi alma, cuando al presentarlas, por su nombre y no por su grado, noté que ellas al saludarse, lo hicieron de la misma manera.
Ya sentados los tres en la misma mesa, había un silencio profundo, aunque no de mal ambiente sino más bien como de intentar decir algo que nadie se atrevía a decir, pero en general, había un buen ambiente, como en familia. Las chicas se miraban de reojo, se escaneaban meticulosamente sin que la otra lo notara, yo no atinaba qué decir, pero hice lo que hago cuando estoy en esas circunstancias, hablo de cosas muy generales, casi abstractas, y eso me da solvencia intelectual, los inteligentes expresan de manera simple las cosas complejas, los intelectuales expresamos de manera compleja las cosas simples.
Pedimos punta de anca, la más exquisita de las carnes, y el mejor vino tinto, mientras llegaba el pedido, me levanté de la mesa fingiendo una llamada del señor Balbuena, para que ellas rompieran el hielo y entraran en confianza. Sé que para ellas no debe ser fácil, aunque en ultimas, tampoco creo que sea muy difícil, de hecho, en mi universo, es algo absolutamente normal. Al regresar, las chicas estaban hablando, intercambiaban ideas sobre el sitio, diciendo que era muy acogedor, y que era un restaurante muy distinguido, yo me sentí en el paraíso. Mi novia me preguntó qué me había dicho el señor Balbuena, y yo le dije que unos detalles que les iba a compartir; mi esposa, me preguntó que cuál era el motivo de la cita, y yo le dije que ya les iba contar, las dos coincidieron de manera jocosa en que había mucho misterio, entonces sus sonrisas se encontraron intempestivamente y mi ansiedad desapareció de inmediato.
Con la llegada de la comida, evité cualquier comentario que pudiera alterar la tranquilidad de la mesa. Ellas hablaban sobre el trabajo, sobre la educación, sobre el sistema, sobre el gobierno, y otras cosas que no logré precisar. Antes de que pudieran preguntar algo sobre el motivo de la cita, me anticipé diciendo que al terminar les iba a dar una buena noticia, me limité entonces a hablar de la comida, del clima y de otras sandeces de las que uno habla cuando no tiene nada de qué hablar. En eso estaba cuando llegó el pie de frutos rojos, pequeño pero sobrio, vi su expresión de agrado y eso me complació profundamente.
Una vez terminada la cena, pedimos una cerveza, la cerveza nacional, y brindamos los tres, alguna dijo algo que no recuerdo exactamente qué, pero nos hizo sonreír con autenticidad. “Amores míos”, dije espléndidamente, y una ola de confianza me invadió de repente, entonces me sentí pleno, con una fuerza imbatible, con un poder devastador, como si hubiera vivido cada instante de mi vida, paso a paso, con el único propósito de llegar hasta este momento grandioso, el punto cumbre de toda mi existencia. “Tengo que darles una noticia maravillosa. ‘1469´ ha sido un éxito total y don Aureliano me ha pedido que escriba la segunda parte. Desde luego no puedo rehusarme a una responsabilidad tan grande, he aceptado con el mayor gusto, estaré en Santa Marta, en el mejor hotel, con todos los gastos pagos, durante seis meses, con una asignación salarial suficiente”. Las chicas parecían estar gratamente sorprendidas, pero un rastro de incertidumbre se dibujaba en su rostro, por no saber quizás si lo que les estaba diciendo era realidad u otra de mis ficciones.
Hasta ahí todo iba bien, ahora pasaba a la segunda parte. Pedí otras tres cervezas, de la cerveza nacional, recuerdo que mientras las traían les hablé de algunos de los logros de la primera parte de la novela y de sus cifras memorables, ellas se mostraban realmente entusiasmadas. Llegó la cerveza y le serví a cada una, entonces tomé sus manos izquierdas, tal como corresponde a mi posición ideológica, y las puse entre las mías, las cuatro manos se entrelazaron y me sobrevino un estremecimiento. “Amores míos, yo las amo mucho y no quiero dejarlas solas todo este tiempo, deseo que me acompañen, cada una tendrá su propia asignación mensual, y podrán disfrutar los mismos beneficios míos”. La mano de mi esposa se soltó intempestivamente y, como acto reflejo, la de mi novia también. El silencio se apoderó de la singular escena. Una pareja que se encontraba justo detrás de nosotros, y que parecía seguir con especial interés la situación, aunque disimulando con astucia, se mostraban expectantes ante el desenlace.
Antes de que pudieran decir algo, pedí un permiso para ir al baño. Desde ahí pude ver que ellas hablaban con inquietante seriedad, pero luego las vi sonreír fugazmente, y quedé sorprendido al notar que, tras intercambiar más palabras, empezaron a reír estrepitosamente. Eso me pareció una buena señal, pero no me hice ilusiones, sabía que lo más probable era que no aceptaran; de hecho, en ese preciso instante deseé con todo mi corazón que no aprobaran mi propuesta, y que así tuviera el pretexto ideal para cancelar el proyecto y no siguiera con toda esta locura, que seguramente me iba a arrancar la paz y la tranquilidad.
Recuerdo que me sentía muy lleno, exageradamente lleno. Pero lo único que me interesaba era conocer la opinión de mis amadas, entonces me acerqué con sigilo y les pregunté: “¿Qué opinan?”. Ellas se miraban entre sí y sonreían, pero era una sonrisa nerviosa como de complicidad, entonces mi novia tomó la palabra, y mirándonos a los dos, dijo: “¡Yo no tengo problema!” de inmediato mi esposa ripostó: “¡Yo tampoco!”. De repente, un festival de luces y colores estalló en mi alma, entonces les dije que tenían que ir a la Secretaría de Educación a solicitar la licencia no remunerada, y que teníamos que ir de compras, para sus vestidos de baño y demás accesorios, todo a mi cuenta; además, dejar organizado lo de nuestros hijos, los cuales iban a quedar al cuidado de sus respetivas abuelas, decidí que era la hora de pagar e irnos, pero antes quería celebrar el acontecimiento compartiendo una cerveza con mis mujeres, entonces pagamos y nos fuimos. De nuevo en el taxi, me sentí extremadamente lleno, pero mi mente estaba en el viaje.
Nos fuimos para “Party 80”, como usted bien sabe, allí suena la música de nuestra época, solo clásicos, lo mejor de la salsa, el merengue, el vallenato, el rock en español, el pop latino y los ritmos afrocaribeños, todo lo que nos gusta a los tres. Nuevamente pedimos cerveza y brindamos, yo las veía muy contentas y sentía que habían hecho buena química, es bien importante que en una relación de tres siempre haya buena química, si no, seguramente no va a funcionar porque en algún momento se va a romper el encanto. Ellas reían, haciendo gala del buen humor y chocaban sus manos como dos compañeras tras alcanzar un logro. Me sentía realmente feliz, tenía lo que todo hombre anhela tener, dos mujeres, una carrera promisoria, buena posición económica y fama.
Pedimos otra cerveza y seguimos tomando, ya habíamos bebido varias y se nos estaban subiendo a la cabeza, entonces comenzamos a bailar. Yo bailaba con ambas, pero no me sentía físicamente bien, y en un momento en el que sonaba una mezcla de Rikarena, salimos a bailar los tres, pero tras permanecer un breve instante en la pista me senté, entonces ellas se quedaron bailando en pareja, eso me pareció extremadamente excitante, mil cosas pasaban por mi mente al conjugar la escena y situarla en el viaje. Al terminar, nos habían traído una picada de fresas con salsa de chocolate, y en una suerte de actividad, propuse jugar a que yo les daba fresas de mi boca a cada una en su boca, rematando con un portentoso beso, para dictar una sentencia de amor eterno.
La gente empezaba a mirarnos y más de uno, creía reconocerme, en eso estábamos cuando una algarabía estalló en la puerta del bar, entonces todos nos asomamos para ver qué estaba sucediendo, lo que le voy a contar parece sacado de una novela de ciencia ficción, pero sucedió realmente. Un convoy de seis tanques Armata T-14 subían por toda la Avenida La Rosita, como buscando la Segunda División del Ejército, se trataba de la cuota asignada a la ciudad por el gobierno nacional tras la compra de nuevo armamento para modernizar las fuerzas militares. Fue un espectáculo majestuoso, como el que jamás había visto ni veré en mi vida, ver pasar frente a mí, a tan extraordinarias naves, me llenó tremendamente de inspiración y suficiencia, a tal punto que llegué a considerar que por todo lo sucedido, ese día hubiera sido el día más feliz de mi vida, hasta que llegué a casa.
Llevamos a mi novia hasta su casa y nosotros nos fuimos para la nuestra. Recuerdo que nos acostamos de una vez, mi esposa recostó su espalda contra mi pecho, su trasero contra mi pelvis, y yo la abracé con fuerza, como si con el abrazo quisiera transmitirle un profundo agradecimiento. Así me fui apagando lentamente, me estaba quedando dormido pensando en todo lo que había sucedido ese día, desde el encuentro de ellas las dos hasta el desfile de los Armata T-14, y todo lo que iríamos a vivir en el dichoso viaje, a pesar de sentirme realmente feliz de estar con ellas, me asaltaba la idea de si viajar con ambas sería una buena idea, y ciertos pensamientos me hacían presagiar que sería vivir en el paraíso, pero otros me hacían creer que estaría en el infierno, y a pesar de cualquier rastro de incertidumbre, me resguardé en la sensación de que iba a escribir las mejores páginas de mi existencia.
A media noche me despertó un fuerte dolor de estómago. Todas las molestias que había estado sintiendo se conjugaron en ese dolor infernal, que era el más fuerte que había padecido en toda mi vida. Intentaré describirlo, era un dolor agudo e intenso en la parte superior derecha del abdomen, justo debajo de la costilla, que irradiaba a toda la cavidad abdominal, acompañado de náuseas y distención, tomé varias pastillas para el dolor estomacal pero no me hacían efecto, creía estar muriendo, hablé con Dios Omnipotente, la fuerza creadora según mi filosofía deísta, pedí perdón por mis errores y cerré los ojos, porque pensé que era mi hora. Mi esposa despertó porque percibió mi desespero, sé que muchas veces, algunas personas, sobre todo mujeres, dicen que los hombres somos extremadamente flojos, pero este dolor era en verdad, de otro mundo, no podía compararlo con nada.
Quería ir a recibir atención médica, pero el solo hecho de pensar en las incomodidades del sistema de salud, así sea medicina prepagada, me hizo abstenerme. Estaba confiado en que pronto terminaría este tremendo suplicio, atribuí semejante malestar al exceso de la comida, y a la avidez con que comí, sumado a la cerveza que tomé, y a la alteración nerviosa de la singular situación que había vivido. Finalmente me quedé dormido, pero sabía que algo no andaba bien, y tenía que averiguar de qué se trataba. Decidí que lo mejor era que al siguiente día, iría a recibir la atención médica correspondiente, para comenzar de inmediato, los análisis necesarios que me permitieran dilucidar qué estaba sucediendo en el interior de mi organismo.
A primera hora de la mañana salí a buscar atención médica, ya no sentía dolor, pero aún tenía malestar. Recuerdo que camino al centro médico pensé en muchas cosas, pero una me envolvió profundamente, de manera superflua caí en un remolino dialectico, del que lo único que podía extraer era que ahora que tenía todo para ser feliz, la vida me salía con esta charada, entonces reflexioné en que finalmente la felicidad no existe, sino que es más bien la menor cantidad de tristeza posible, y fiel a mi instinto realista considere, que era perfectamente posible que así como fuera algo pasajero como una indigestión, un virus o algo así, también podría tratarse de la aparición de una terrible enfermedad que comenzaba a invadirme.
Me atendió un médico muy joven, como recién salido de su carrera, me valoró y exploró físicamente mi condición, hallando una fuerte distención abdominal y tras hacerme la palpación corporal, descubrió el lugar de origen del dolor, situándolo en la parte superior derecha justo debajo de la costilla. Me preguntó otros síntomas y antecedentes familiares para elaborar un posible diagnóstico. Pesaba 75 kilogramos, un peso ideal para mis 1.75 metros de estatura. Me ordenó varios exámenes de sangre, así como una ecografía abdominal para descartar cálculos o masas, solo me dejó un medicamento por si me volvía el fuerte dolor. Al salir del consultorio pensé, “bonita la vida mía, en lugar de estar de compras con mis mujeres, yo por aquí buscando unos remedios”.
Consciente de que debido al viaje estaba corto de tiempo, me apresuré a realizarme los exámenes de sangre y a programar la ecografía, no sé por qué, pero me imaginaba lo peor. Mi esposa y mi novia, entre limites, funciones, derivadas e integrales, me escribían por Telegram para saber de mi estado de salud. Les expliqué la situación, aseverándoles que no había indicios de preocupación alguna, pero que todo quedaba supeditado a los resultados de los análisis, y les recalqué la necesidad de que hoy mismo radicaran las licencias, para que las aprobaran pronto. El viaje era inminente. Me hice las pruebas de sangre y me fui para el colegio, tenía exposiciones en los grados 11 y 12. Programé la ecografía para el día siguiente a las 08.00.
Cuando iba a la toma de la ecografía, observé una escena que me dio malas sensaciones, una paloma macho de la especie doméstica, perseguía alegremente a dos palomas hembras con el ánimo de pisarlas, pero en su loco intento, dio un paso en falso y terminó bajo las llantas de un portentoso auto que a esa hora transitaba por aquella calle, eso me dio mala espina y lo asocié a mi situación, el palomo era yo, y terminaría despedazado por la vida.
El resultado fue inmediato y no ameritaba ninguna duda. Un enorme y colosal cálculo se alojaba desprevenidamente en mi vesícula biliar, la descomunal estructura medía 27 kilómetros, para que usted se haga una idea, el asteroide que provocó el cráter de Chicxulub, cuya colisión terminó extinguiendo a los dinosaurios y al 75 % de la vida, hace cerca de 66 millones de años, medía solo 12 kilómetros. Le presenté los resultados de inmediato al médico, y certificó que la causa de mi dolor abdominal era una colelitiasis con colecistitis; es decir, el cálculo había causado una infección y una inflamación de la vesícula biliar. La única solución era extraer la vesícula, antes de que se convirtiera en una pancreatitis, que generalmente era fatal, o peor aún, que se malignizara, en un agresivo tumor canceroso. Lo malo era que no se podía intervenir así, necesitábamos tres meses para controlar la infección y la inflamación, antes de realizar la operación, y después otros tres meses, antes de que pudiera volver a la normalidad; entre tanto, debía guardar una dieta absoluta de lácteos, carnes, huevos, granos, licores, harinas, dulces, fritos, necesitaba absoluto reposo, beber mucha agua, realizar ejercicio permanente y tomarme los medicamentos con juicio. El viaje quedaba cancelado, por ahora. Es como si a la vida le diera envidia verlo a uno feliz.
FIN
sábado, 22 de octubre de 2022
YO SOLO QUIERO COMPRAR UN APARTAMENTO
YO SOLO QUIERO COMPRAR UN APARTAMENTO
Sólo Dios sabe cuánto quise a aquella mujer encantadora. Y sabe también, que nunca podré amar a nadie como la amé a ella, que hasta daría mi vida entera por verla feliz, y que mi amor incondicional perdurará más allá de la eternidad. Lo triste es que a pesar de mi entrega total, jamás pude encontrar correspondencia, porque amar no basta, se necesita algo más. Hay un elemento desconocido, misterioso, indescifrable, inexpugnable, que rompe las leyes del amor y que se interpone de manera diáfana entre la posibilidad de alcanzar la felicidad y la latente certeza de no poder alcanzarla. Cuán feliz fui aquellos días en que la conocí. Sentía que me desplazaba tranquilamente sobre el mar, me parecía que la brisa fresca de su presencia se había llevado todas mis preocupaciones. Solo vivía en función de ella, de sus expectativas y de sus consideraciones.
Oía su voz y ninguna melodía me sonaba tan bella. Veía su figura y ninguna flor me parecía tan hermosa. Estaba enamorado. Intentaba hacer un recuento de cuántas sensaciones placenteras se abren paso en el espíritu de una persona enamorada, y me perdía en el intento de su agradable compañía. Su rostro era un manantial de agua pura que refrescaba mi alma, su sonrisa era un faro que iluminaba el sendero de mi existencia. Si pudiera, devolvería el tiempo y lo suspendería en la magia de aquellos días radiantes que jamás podré olvidar. Es lo más cercano que he estado del paraíso.
El destino decidió traerla hasta mí, una lejana tarde de abril. Las circunstancias de su llegada están relacionadas con el oficio que desempeño. Diré que mi profesión es la de asesor inmobiliario. Por si hay alguien que no sepa exactamente de qué se trata tan extraordinario título, le contaré que la mía, es la profesión más bella del mundo, porque se trata de hacer realidad el sueño de una persona o de una familia, de tener un lugar que le sirva de hogar. Las personas interesadas en un lugar para su hogar, llegan a la sala de ventas de mi proyecto habitacional, o me contactan a través de cualquier medio, y de inmediato les presento todas las alternativas que tengo. Ya mirará ella, de acuerdo a su presupuesto, gusto, aspiración y expectativa, cuál de ellas escoge; aunque a decir verdad, no siempre se acomoda a mi propuesta sino que opta por otra. Así es el mundo de las ventas.
Nunca seguí carrera profesional alguna, entre otras cosas porque no me gusta ninguna; sin embargo debo decir que sé de todo un poco, incluso mucho más que el común de las personas, porque tengo algo llamado autoformación, que me lleva por los diferentes aires del conocimiento, y que me ha permitido confeccionar un saber que trasciende los horizontes de la sabiduría. No en vano, en la oficina me suelen llamar “Wikipedia”.
Bueno, pero este tipo de consideraciones, no vienen al caso, me dedicaré exclusivamente a contarles esta historia, para denunciar públicamente a la mujer que me trató de la peor manera; aunque eso sí, trataré de hacerlo de la forma más imparcial posible, a fin de que ustedes puedan juzgar sin conveniencia alguna. No me interesa ser merecedor de su lástima sino que entiendan la veracidad de la injusticia, de la cual fui víctima.
Me encontraba atendiendo en la sala de ventas del proyecto “Condominio Asunción”, cuando de pronto llegó hasta mí, la mujer más bella que ha parido el universo. Con esto no quiero decir, que unánimemente esta sea la mujer más linda que haya en el mundo, la belleza unánime no existe. Lo que pretendo decir es que inevitablemente, ella es para mí, la más bella entre las bellas. Yo sé que para otros ojos, quizás ella sea una mujer común y corriente; y tal vez, para algunos hasta puede ser fea, no lo discuto. Pero para mí, es la princesa de mi vida. Es difícil de explicar pero sucede a diario, que algo que a alguien le gusta demasiado, a otra persona, le parezca absolutamente normal, y que a otras inclusive les fastidie.
Estaba leyendo el “Manual práctico de la asesoría inmobiliaria”, cuando atravesó el umbral. Sus ojos negros, su cabello oscuro, su mirada profunda y su sonrisa tierna me sensibilizaron el alma. La majestuosidad de su figura me trastornó la conciencia.
Me dijo que quería tener información del proyecto. De inmediato le conté de qué se trataba. Desde el primer instante en que la vi, supe que ella era la mujer de mi vida, que no la acababa de conocer sino que la había conocido desde siempre, desde la fundación del mundo, que el destino decidió traérmela para que yo la amara incondicionalmente, como ella se merecía, y que tan solo estando juntos podríamos conocer el significado de la palabra felicidad.
Ella no era alta ni baja, gorda ni flaca, joven ni vieja, blanca ni negra. Para mí era la perfección en forma de mujer. Su cabello era como una fuente de agua fresca, su piel era dorada como la arena de una playa virgen, sus ojos refulgían como dos luceros en medio de una noche oscura, sus labios rojos y carnosos apetecían como frutos silvestres, cuando extendí la mano para saludarla, percibí su piel suave y tersa como el más fino terciopelo. Era una diosa.
Me encantó especialmente su nombre. Se lo pregunté para registrarlo en la bitácora de visitas. Recuerdo que me deleitó profundamente porque me recordó un amor de mis seis años, todas las noches me dormí pensando aquel maravilloso instante, su nombre retumbaba en mi mente con insistencia, como el apacible sonido de las olas muriendo en la playa en una noche de luna llena. Repetí su nombre mientras dormía despierto.
Le presenté el proyecto. Le mostré sus características, sus ventajas, sus bondades, sus beneficios; le expliqué el plan de pagos, dándole las mejores prerrogativas posibles, y le recomendé la mejor línea de crédito a fin de que se pudiera suplir de la mejor manera. A esta altura de las circunstancias, francamente la venta me importaba un bledo. Todo cuanto anhelaba era tenerla en mis brazos y amarla con pasión y locura.
En la labor de ventas del sector inmobiliario, en la medida que va transcurriendo la entrevista, se va acumulando una información que es necesaria para transformar el prospecto en cliente. Por eso de manera sutil, se van preguntando datos como el nombre, el teléfono, el celular, el correo electrónico, y otros mucho más específicos. Sé que esto puede sonar un poco raro, pero diré que contrario a lo que muchas personas creen, el asesor inmobiliario es un profesional integral, con una gran formación en diferentes ámbitos del saber, porque la venta es una ciencia que requiere observar con rigurosidad, los pasos del método científico. Bueno, pero no es de ventas, que les quiero hablar, sino de ella.
Sucedió que en el momento de preguntarle el correo electrónico, ella me dijo que me lo apuntaba porque era un poco difícil, entonces previendo una intriga inútil, le pedí que me lo deletreara para ver si era capaz de escribirlo. Al terminar de deletrearlo se formó la dirección: bandarseribegawan@gmail.com.
Entonces le dije:
-La capital de Brunéi Darussalam, la pequeña nación asiática situada al norte de la isla de Borneo, no es tan difícil de escribir.
Una ráfaga de alegría estalló en su interior e iluminó su semblante.
-¡Vaya, vaya! Es la primera persona que sabe a qué hace referencia mi correo electrónico.
Había logrado impactarla. Sentía que un tsunami de felicidad inundaba mi alma, y su reflejo nos instaló en la coincidencia de una sonrisa espontánea que perduró eternamente. Duramos un par de segundos mirándonos, sin decirnos nada. Una fracción de tiempo que pareció un lapso interminable.
-¡Bueno!- Me dijo finalmente. Y luego agregó: Voy a analizar la propuesta.
No quise acosarla con la agresiva pero obligatoria: ¿Cómo le pareció el proyecto? sino con la oprobiosa pero necesaria ¡Si quiere mostrarle a su esposo, con mucho gusto yo les enseño el proyecto!
En efecto, esa expresión no tenía la sola finalidad de ser más cordial con ella sino también la de comprobar si era casada o no.
Saliendo de la sala de ventas, cruzando la puerta, ella devolvió su rostro hacia mí, y con la mayor complacencia del mundo, me dijo con absoluta sinceridad:
-No se preocupe, no soy casada.
Sentí que un festival de luces y colores estalló en mi interior. Salí a verla mientras se alejaba paulatinamente, y observé con placer su figura de diosa desplazándose con inigualable dulzura. Entonces me asaltó un pensamiento inesperado: ¿Cómo puede acumularse tanta belleza en una sola persona?
Aún obnubilado por el destello de tan maravillosa presencia, escribí en un papel cualquiera que había encima de mi escritorio:
“Tan sólo en cuatro instantes de mi vida te he amado con pasión y locura: antes, ahora, después y siempre”.
Lo doblé y lo guardé en mi agenda, como quién guarda un tesoro. Salí temprano, y caminé alegre por las calles de aquella ciudad acogedora, que apenas unas horas antes me parecía detestable, y recorrí la tarde que caía, con las manos en los bolsillos, pateando las pequeñas piedras del camino. Mi vida necesitó cada día, cada momento de mi existencia para llegar a la más decisiva de las conclusiones: estaba enamorado.
Al llegar a mi apartamento, el destino me tenía preparada otra sorpresa. Junto a la puerta de ingreso, una pequeña caja de cartón, obstaculizaba mi entrada. Quise correrla pero noté un leve movimiento, entonces la abrí y descubrí en su interior un pequeño gatito, que despertaba maullando tímidamente.
Lo tomé en mis manos y lo acaricié. Me parecía hermoso. Sin ingresar al apartamento, bajé al tercer piso, donde vivía un veterinario vecino, para preguntarle sobre el hallazgo. Le dije que me había encontrado en la entrada de mi apartamento este pequeño gato, y le pregunté si sabía algo al respecto, me dijo que no, lo tomó en sus manos, lo volteó boca arriba y sonriendo notó, que no era un gato sino una gata, y que tenía alrededor de un mes de nacida. Me dio una porción de alimento especial para cachorros y un trago de leche especial para gatos destetados prematuramente, para que le suministrara mientras tanto, y me comprometió para que al día siguiente fuera a comprarle más, y para que la tratara con mucho cariño porque era un animalito muy tierno, desprovisto del amor materno, que yo de ahora en adelante, tenía que de alguna manera proporcionarle.
Si aquella noche dormí una o dos horas fue mucho. No sé si habré dicho que sufro de insomnio y que casi siempre el alba suele sorprenderme cuando apenas estoy cerrando los ojos, pero lo de aquella noche fue visiblemente diferente. A mi tiempo de lectura, de escritura, de estudio y de pensamiento, la repentina aparición de esa mujer encantadora y de esa tierna gatita, agregaron dos nuevos elementos que terminaron por reducir aún más mi capacidad de dormir, de por sí disminuida. En mis largas noches, me concentro en buscar las soluciones que los grandes problemas míos y del mundo en general necesitan, y a pesar de que generalmente lo logro, no hay felicidad, porque al siguiente día descubro que esas mismas soluciones que la noche anterior me alegraron, hoy se han convertido en un mal mucho peor que el problema inicial. Es como un mar de satisfacciones e insatisfacciones que visito a diario.
Hice un recuento de la llegada de ella a mi vida, analizando cada uno de los detalles que antecedieron a su aparición, dilucidando entreveros, comparando coincidencias, y llegando a la conclusión de que finalmente, el destino es un libro previamente escrito, y que es imposible arrancar o modificar alguna de sus páginas, y que cualquier intento de saltarse o anticiparse a una de ellas, es un desafío estéril que imposibilita conocer el verdadero sentido de la obra.
Me fijé en sus palabras y sus ademanes, en las frases que decía y los gestos que hacía, combinando la estúpida psicología de las ventas y la inédita teoría del amor, tratando de hallar los ingredientes ideales para un bello romance que nacía bajo el sol esplendoroso. Intentaba desplomarme en los arrecifes más profundos del sueño, cuando aparecía su fulgurante figura para traerme de nuevo hasta los acantilados de la conciencia. Su voz recitaba las odas más bellas, y las nombraba con su mismo nombre. Ella era la luz que encendía mi alma y el faro que iluminaba mi vida.
Entre todo, deduje que lo más trascendental de la visita fue la última frase de la entrevista, la que pronunció traspasando el umbral de mi oficina, la que me dijo con el rostro alegre y la mirada encendida, la que solamente una mujer intensamente enamorada se atrevería a decirle a un hombre que acaba de conocer: “No se preocupe, no soy casada”. En mi real entender, la revelación era mucho más que una frase de seis palabras, once sílabas y veintitrés letras; era ni más ni menos, que una auténtica declaración de amor. La puerta de la felicidad se abría de par en par en mi corazón.
En efecto, si yo no hubiera desatado una especie de “tormenta tropical” en su interior, con toda seguridad, no habría tenido que darme semejante declaración, hubiera bastado con un leve silencio, o con una tenue sonrisa; en cambio, la fuerza de su expresión tenía la explícita intención de que yo supiera con total claridad, que ella no tenía ningún tipo de compromiso, y que por tanto, tenía el camino expedito para conquistarla.
Busqué infructuosamente mil variables a la posibilidad de que en realidad, ella no hubiera querido decir lo que yo interpreté, sino que por razones de su propia naturaleza, todo cuanto había querido indicarme era que efectivamente, no tenía un compañero, pero que no necesariamente, esto quisiera decir que se había enamorado de mí. Entonces sentí vergüenza de la supuesta “tormenta tropical” que me imaginé inicialmente, y me sentí un poco pretencioso, pero me solivianté en la imposibilidad de encontrar una justificación que no resultara descabellada.
Sin ninguna parcialidad, encontré que todas las explicaciones confluían en una sola razón: ella quería que yo supiera que en estos momentos estaba sola y no tenía ningún tipo de compromiso, entonces me reconforté en la necesidad de establecer una estrategia para conquistarla. Ya casi amanecía y me había pasado toda la noche entretejiendo todos esos pensamientos, organizar una estrategia iba a requerir mucho tiempo y pensé dejarlo para la siguiente noche; entre tanto, me di a la tarea de buscar el sueño; en eso estaba cuando me acordé de la gata, entonces me levanté y la halle profundamente dormida.
Una idea fugaz, apareció repentinamente en mi cabeza, supuse que en ese preciso instante, a esa misma hora, las 4 y 32 minutos de la mañana, ella estaría igualmente dormida, en la soledad de su cama, como la gatita, y hallé que indefectiblemente esos dos seres estaban ligados a mi existencia; por tal razón, al notar que la gata necesitaba un nombre, concluí que las dos debían llamarse igual, entonces le puse a la gata el nombre de mi amada, por la similitud de circunstancias en que habían llegado a mi vida, y los sentimientos puros y sinceros que en mí, habían despertado.
A esa hora, en la que los pájaros empezaban a cantar, fui hasta mi agenda para buscar el papelito que con tanta pasión había escrito, y decidí que necesitaba entregárselo con urgencia, pensando en esto, regresé a la cama y con la convicción propia del deber cumplido, dormí plácidamente.
Entonces desperté como nuevo. Había dormido como un bebé y un increíble ánimo rodeaba mi espíritu. El primer pensamiento del día fue ella en su conjunto. Recordé su imagen, su figura, su piel, su voz, su mirada, su sonrisa. Una ola incontenible de pasiones desenfrenadas, irrumpió de manera violenta en lo más profundo de mi alma, al traerla a mi mente. Ni qué hablar del prominente optimismo que me poseía, me sentía el amo del mundo. Abrí la ventana y descubrí el mágico sol que a esa hora se asomaba entre las montañas, la mañana era tibia, el cielo azul dominaba el paisaje y no se divisaba una sola nube. Era un día espectacular. Necesitaba ir a la oficina y negociar con mi jefe un buen descuento para mi bella princesa.
Le dije que era un negocio inminente pero que necesitaba, un beneficio especial, porque corríamos el riesgo de que ella comprara en otro proyecto. Planteé una hipotética negociación de extraordinaria conveniencia para la Constructora, a fin de alcanzar el mayor beneficio posible, yo vería después como me las ingeniaba para manejar la situación. Lo cierto era que necesitaba para ella lo mejor.
Debo ser muy sincero en que en realidad, la venta era lo que menos me importaba, lo verdaderamente importante era poder conquistarla. Ya me imaginaba viviendo los dos, en la comodidad de ese imponente apartamento, yo trabajando con ahínco para pagarlo, quizás lo haría con mucho esfuerzo pero con todo gusto. Allí en ese hogar ejemplar, crecerían nuestros hijos, y la nuestra, sería una familia modelo, nuestro romance sería el más bello idilio en la historia de la humanidad, y para ilustrar el significado de la palabra felicidad, seguramente aparecería nuestra imagen como recuadro.
Mientras mi jefe averiguaba el descuento para tan “magnífico negocio”, me refugié en la portentosa virtud de la imaginación para soñar las escenas más maravillosas, y en esa isla paradisiaca, una repentina inquietud me asaltó con premura: su profesión.
Por el impacto de su presencia, había olvidado preguntarle su profesión. Por su forma de expresarse, sin lugar a dudas, debía tratarse de alguien con una gran formación académica. Preferiblemente instruida en las ciencias sociales, porque su donaire tenía el carisma y el liderazgo propio de las personas formadas en las ciencias humanas, como los grandes líderes de este mundo, que generalmente son hijos de las humanidades, nunca de las matemáticas.
Después de divagar por el amplio espectro de las profesiones, llegué a una conclusión inapelable: era docente. Lo había descubierto, cuando me dio el correo electrónico, un conocimiento tan específico solo podía tener como autora a una profesora. Poco a poco fui descartando cada una de la posibilidades, para terminar deduciendo que se trataba de una educadora, una gran intelectual con la capacidad de incidir en el desarrollo de un pensamiento crítico en la futuras generaciones que habrían de regir este mundo. En forma de broma pensé para mis adentros, “si no es maestra, es asesora inmobiliaria”, pero reí interiormente porque era indudable que se trataba de una docente, una ráfaga de lujuria explotó en mi interior intempestivamente.
El jefe me dio el descuento que le podíamos manejar a ella, y me pareció francamente interesante; teniendo ya ese dato, solo restaba llamarla, saludarla y contarle lo del descuento, aún no era prudente decirle cuánto la amaba. Con total seguridad, me iba a agradecer lo del descuento, le preguntaría cómo había pasado la noche y aprovecharía para invitarla a comer un helado. Le entregaría el papelito y nos besaríamos apasionadamente.
Le envié el correo con toda la información del proyecto y luego la llamé. Y cuando el teléfono comenzó a repicar, sentí que el corazón me palpitaba con violencia, como un tigre que corre desaforado detrás de su presa, estaba nervioso ante la posibilidad de sentirla nuevamente; sin embargo, el teléfono sonó tres o cuatro veces y pasó a buzón de mensajes. Entonces pensé: ¡Comprobado, es una profesora y está en estos momentos dictando clase!
Insistí nuevamente con la llamada pero sucedió lo mismo. Entonces le marqué al teléfono fijo, y pasó lo mismo: repicó tres y cuatro veces y se colgó la llamada. Esperé unos minutos y volví a marcarle al fijo pero nadie contestó. No sé cómo pude reconfortarme en la idea de que el hecho que no me contestara, probaba que era una profesora, que en estos momentos estaba trabajando y que además, como me lo había hecho saber, no estaba comprometida, fuera de eso, vivía sola, lo cual era muy positivo para mis aspiraciones. Me sentí entonces en las mismísimas puertas del paraíso.
Pensé que lo mejor era dejar de llamarla, para que no se sintiera acosada, entonces la llamaría en la tarde, cuando ya hubiera terminado su jornada laboral, y estuviera más dispuesta a escucharme, que hasta me dijera o me diera a entender palabras o frases inesperadas. Hasta alcancé a imaginar que me diría que estuvo pensando en mí, toda la noche, y que necesitaba verme con urgencia, para decirme que me amaba con toda su alma.
Caminé alegre por la carrera 27, la recorrí más de 20 cuadras, con una sonrisa genuina que se dibujaba de oreja a oreja, fui hasta el supermercado para comprarle la comida a la gatita y un recipiente marcado con su nombre donde ella supiera encontrar su alimento. Sentía que el ser, solo y desinteresado de unos días atrás había desaparecido, y que ahora en su reemplazo, un hombre exitoso y realizado tomaba decididamente su lugar.
En el trayecto, descubrí el surgimiento de un fenómeno inexplicable, y para mí, completamente desconocido. Era como una suerte de encantamiento, que consistía en que todas las mujeres que caminaban por la avenida, se me parecían a ella de manera extraordinaria. Comencé a verla y oírla en otras mujeres, comencé a verla y oírla en todas partes. Ese repentino hallazgo, me producía al inicio una gran alegría, por el hecho de percibirla de nuevo cerca de mí, pero tan pronto me aproximaba o analizaba al detalle su imagen, y descubría que no era ella, y que por el contrario, las características físicas que me la habían acercado, ahora me la alejaban porque me parecían exageradamente diferentes, me sobrevenía una decepción abrumadora, que me arropaba y me ahogaba sin misericordia, una especie de entuerto similar al del insomnio, en el que después de hallar la solución de los principales problemas, encuentro que son mucho peor que los problemas originales, y me causa una profunda decepción. El mar de encuentros y desencuentros que suelo visitar con frecuencia, y que me hacen a caminar a diario a través de profundos y peligrosos acantilados.
Quizás sea un trastorno psicológico o alguna alteración mental, que sé yo, quizás inventos técnicos de la sociedad moderna o alcances biológicos de la evolución humana, no me importa, pero el hecho de sentir la vida a plenitud, donde antes no existía, encuentra su sustento en el hecho de estar enamorado. Es increíble lo que hace el amor: que lo que antes era opaco, difícil, feo, triste, ahora se muestra radiante, fácil, hermoso, alegre; que hasta le cambia el semblante a las personas, y las llena de entusiasmo y optimismo. Todo suena muy bello, pero en el caso mío, la realidad habría de ser muy distinta.
Era el medio día, el sol caía de forma canicular y hacía un calor insoportable. Compre arroz chino y Pepsi para el almuerzo, llevaba el alimento de la gatita, y un plato con doble función: comida y bebida, para que ella dispusiera de su propia zona de alimentación. A pesar del cansancio, caminaba feliz. Pensar en mi amada, me daba una fortaleza especial que me mantenía imbatible, quería llegar pronto a casa para almorzar, descansar, y luego llamarla, hablar con ella, sentirla de nuevo, percibir el aliento de su belleza penetrando mis sentidos, verla, oírla, entregarle el papelito, abrazarla, besarla, recorrerla de pies a cabeza, acariciar todo su cuerpo, decirle que la amaba con toda mi alma y que quería hacerla mía para siempre.
Después de almorzar, dormí tranquilamente cinco o seis minutos, lapso que en realidad me pareció un siglo, entonces sentí la necesidad de despertarme para llamarla; a esta altura, consideraba absolutamente imprescindible entregarle el papelito, y algo más: besarla levemente. Requería probar sus labios carnosos y suculentos para tranquilizar mi espíritu, era un aliciente indispensable para seguir existiendo. Eso sí, debía ser un beso leve, una especie de chispa espontánea que desencadenara en su interior, una llamarada estelar de magnitudes cósmicas.
A las dos en punto la llamé al celular y antes de repicar la segunda vez, una voz masculina me respondió. Sentí que el mundo se caía a pedazos, pensé no responder, porque con total seguridad me había equivocado de número. Pregunté por ella, pero el hombre me dijo que no la conocía, que estaba equivocado. Le repetí el número y me dijo que ese era pero que a ella no la conocía. Colgué y de inmediato, una nube oscura y tenebrosa, pareció envolverme de pies a cabeza. Creí que de la incertidumbre, el corazón quería salirse de mi pecho. Un mal presentimiento me invadió de repente.
Quedaba la posibilidad del teléfono fijo. Marqué de inmediato, pero al otro lado la voz de una mujer de edad avanzada, me confirmó el peor de los presagios: que ese número no correspondía a la persona que yo buscaba. La anciana me dijo que no la conocía, que en realidad no sabía quién era. Traté de darle indicaciones, pero todo fue en vano. Era número equivocado. Mi mente comenzó a recorrer los parajes más lúgubres de mi carácter y una mezcla tétrica de sensaciones sucias y rastreras me arrojaron al fondo del mismísimo infierno. ¡Esa maldita perra, me ha engañado! Pensé de inmediato.
Al escucharme interiormente decir lo que había dicho, sentí asco de mí mismo, me estaba comportando como el peor de los monstruos; sin duda, la hermosa mujer que me había regalado con su presencia, los instantes más felices de mi vida, no podía merecer semejante trato. Debía tratarse de un mal entendido, quizás fui yo, al anotar los números el directo responsable de tan tremendo error, pero aun así, quedaba un inconveniente por resolver: ¿cómo iba a encontrarla? Entonces de manera providencial recordé el correo electrónico que me acercó al encanto de su dulzura.
El correo que le había mandado no había rebotado, lo cual quería decir que la dirección a la cual envíe la información del proyecto, efectivamente existía. Entonces se me ocurrió una idea loca pero necesaria, le tomé una foto al papelito que contenía mi declaración de amor y se la mandé.
La tarde era calurosa. La gata comenzó a gemir con intensidad, recordé que no había encontrado la leche recomendada por el veterinario y fui a conseguirla. Pensé que el calor la acosaba y le abrí la ventana para que le entrara aire. Entonces salí. Caminé como un autómata, pensando mil posibilidades. Una lucha intensa se desató en mi interior, entre el yo que confiaba en la benevolencia de mi princesa, y el yo que la desprestigiaba por insensata. Pero a cada paso que daba, a cada instante que transcurría, sentía que el que desconfiaba se iba afianzando lenta y paulatinamente. El sol golpeaba mi cara, y sin embargo, no lo percibía, solo me di cuenta cuando me limpié el sudor de la frente y sentí el rostro ardiendo.
De pronto el celular me dio aviso de una notificación. Mil cosas pasaron por mi mente cuando descubrí que era la respuesta del correo que acababa de enviar. Todo como en mi vida diaria; al principio, la alegría de algo positivo y cercano que habrá de iluminar mi vida, y luego, un pensamiento negativo y poderoso que lo apaga todo. La verdad, sentí que una fuerza desconocida me alentaba a que no mirara el mensaje, que postergara su lectura para evitar que un golpe certero rompiera de forma inevitable, el anhelo que me rodeaba desde aquel momento en que conocí a aquella mujer encantadora.
Le compré la leche a la gatita, y para mí una botella de agua, que me refrescara y me diera fuerzas, para leer la respuesta de ella. Me senté en una banca que había en la avenida debajo de un frondoso árbol, que brindaba una sombra acogedora. Era un mensaje corto, lacónico; un mensaje breve que lo resumía todo: “Señor, no se equivoque, yo sólo quiero comprar un apartamento”. Sentí que el mundo entero se derrumbaba en mi pecho y me aprisionaba hasta asfixiarme. Cuánto desee no haber nacido, para no tener que haber vivido aquel instante infernal.
Perdí la noción del tiempo y del espacio. Era como si mil personas cargadas de ira y odio me golpearan sin contemplación alguna, y me condujeran por un laberinto tenebroso a cumplir mi pena de muerte. Pensé tantas cosas, buenas y malas, que ahora mismo me es difícil recordar alguna en especial. Lo único que sé, es que comencé a caminar y que en un momento específico me sentí incómodo debido a que el sol me seguía golpeando de frente, entonces comprendí que estaba caminado en sentido contrario a mi apartamento, sin darme cuenta me había alejado, quizás 10 o 20 cuadras, que sé yo, porque me encontraba visiblemente exaltado. Entonces me devolví, y un pensamiento absurdo comenzó a envolverme de manera inevitable: hace apenas unos instantes, cuando venía hacia acá, me sentía inmensamente feliz, sabiendo de la presencia de mi amada, y ahora de vuelta, me siento completamente infeliz sabiendo de su total y definitiva ausencia. Esta situación me pareció la forma más precisa para describir la vida entera.
Finalmente llegue al apartamento, me senté en las escaleras, porque venía muy cansado, me tomé el ultimo sorbo de agua, y tiré la botella al reciclaje. Traté de recomponer mis ideas, de respirar profundo y comprender lo sucedido, de analizar la situación y saber de qué forma iba a reaccionar.
Entré al apartamento, le serví la leche a la gatita, volví a leer el mensaje, esperando hallar un mal entendido, pero el mensaje era muy conciso, no tenía otra explicación, no cabía otra interpretación. Saqué el papelito que le había escrito y le prendí fuego. La gatita aún no salía a tomar su leche.
Pensando qué le iba a responder, imaginé mil posibles variables, en todas me sentía víctima de un cruel engaño, aunque de repente desde mi interior un ser más aplomado me interrogaba de manera abrupta: ¿oye, de cuál engaño estás hablando? Entonces tomé una hoja de papel, y comencé a escribir cuál de todas las opciones, respondían mejor a la situación; después de mucho calcular cuál podría herirla más sin dejarme en evidencia, opté por la más estúpida de todas, entonces le envié un correo que decía: “Qué pena con usted, me equivoqué de dirección”.
Tomé el papel de las opciones y lo tiré a la basura, al hacerlo reparé en que la gata no había tomado su leche; es más, ni siquiera había comido, la llamé y no respondió, entonces comencé a buscarla; en eso estaba cuando me llegó una notificación al celular, se trataba de la respuesta del correo que acababa de mandar. Lo que la notificación me decía era que ella, la mujer de mi vida, me había bloqueado. Un monstruo feroz despertó en mi interior.
Estrellé mi celular contra la pared, y reventó en mil pedazos, no sé por qué, al verlo destruido, sentí que me había liberado de un peso enorme que me estaba asfixiando. Mientras pensaba mil cosas, seguía buscando la gatita y no aparecía por ninguna parte, era como si las dos se hubieran puesto de acuerdo para esfumarse de mi vida. Entonces comprendí que inevitablemente todo había terminado.
Entendí el tremendo error de ponerle a la gatita, el mismo nombre de mi amada, ahora cada vez que la llamara, necesariamente iba a recordarla. Pero no importaba, eso tenía solución, tan pronto apareciera la gata, le pondría “Policarpa” y de cariño le diría “Pola”, para que nada me atara a ella, y todo se perdiera para siempre en el olvido, para que quedara constancia que no quería volver a saber de aquella mujer ingrata, que todo cuanto alcancé a considerar con ella fue una verdadera farsa, que su presencia no fue más que una trampa del destino, de la cual quería ahora desprenderme.
De repente, tocaron a la puerta, no sé bajo qué premisa alcancé a considerar que podía tratarse de ella, si ni siquiera sabía mi lugar de residencia, ni tampoco le hubiera importado saberlo. Era el veterinario, para recomendarme que no dejara la ventana abierta, porque a los gatos les gustaba escapar, trepar, saltar, aventurar, y que la gatita, podía salirse y como no estaba aún acostumbrada a su nuevo domicilio, podía perderse. Entonces recordé que había abierto la maldita ventana para que le entrara aire y no sintiera el calor asfixiante, ese mismo calor que ahora me estaba consumiendo, como una llamarada ardiente, sofocante, tórrida, agobiante, que ni el hielo de la Antártida entera sería capaz de apaciguar.
FIN
sábado, 15 de octubre de 2022
YO NO QUIERO ESE REGALO
YO NO QUIERO ESE REGALO
Santiago Sebastián era un joven verdaderamente ejemplar. Inmerso en el seno de un hogar profundamente cristiano, pudo constituirse desde muy pequeño en un ser dechado de virtudes, que logró gracias a la dedicación y la atención de sus esmerados padres, y aprovechando su condición de hijo único, la construcción de una personalidad aplomada, basada en la ética y los valores humanos, principios que siempre reflejaba en cada una de sus actividades.
El día de su matrícula para grado doce; es decir, el año en el que alcanzaría su título de bachiller, estuvo acompañado por sus padres, y luego de adelantar los procedimientos propios de la matrícula, tuvieron tiempo de sentarse en la cafetería y mientras compartían una breve merienda, pudieron recordar, cada uno a su manera, los momentos más trascendentales en la existencia del joven, tejiendo paso a paso, como en un inmenso mosaico de retratos, el camino que Santiago Sebastián había recorrido, hasta llegar a este increíble instante. Al terminar le pidieron el favor a una alumna del colegio, que les tomara una foto, junto a las rosas que adornaban el jardín de aquella imponente institución educativa, esa sería la última fotografía de la familia.
El padre del joven era un reconocido y respetado médico dermatólogo, famoso a nivel nacional e internacional por haber desarrollado un tratamiento efectivo para curar el acné juvenil. Con su método hasta los acnés más rebeldes quedaban curados. Por eso, venían pacientes de diferentes ciudades del país, incluso de países cercanos, para que el doctor sanara el terrible mal de la juventud, una enfermedad que se había convertido en toda una moda de la época; algo tan común, que lo verdaderamente extraño era que alguien no la padeciera. Así, su fama trascendió las fronteras locales y regionales, y pronto su caja registradora comenzó a sonar de manera desaforada. Cuando se dio cuenta, era demasiado tarde; se había convertido en un hombre adinerado.
La madre por el contrario, era una prestigiosa funcionaria del sector público, médica también, con especialización en “Gerencia Pública en Servicios de Salud”, había ocupado prominentes cargos administrativos y corporativos, que incluía entre otros, Directora del Hospital Municipal, Directora del Hospital Departamental, Secretaria de Salud municipal, Secretaria de Salud Departamental, y se había dado a conocer como una figura valiosa a la hora de gestionar recursos para los entes de su competencia, una mujer encantadora que gracias a su carisma, había llegado incluso hasta las esferas de importantes organismos internacionales, luciendo un conjunto de virtudes, que le pronosticaban grandes éxitos en la gestión púbica y administrativa.
El año transcurrió de manera normal hasta mitad de año, fue por aquellos días, en que Santiago Sebastián, habría de conocer los artilugios del amor. Sucedió una tarde de junio, antes de salir a vacaciones, con la misma niña que el día de la matrícula, les había tomado una fotografía en el jardín del colegio.
La niña se llamaba Dahsy Joana de los Ángeles, y era conocida simplemente como Deisy, estaba próxima a cumplir los 18 años; es decir, era algo más de un año y medio mayor que el joven. Y era verdaderamente una niña preciosa, hija mayor de una prestigiosa familia de comerciantes de ropa, dueños de su propia marca de camisas y camisetas, para hombre y mujer, fabricadas en una tela especial que tenía la fabulosa propiedad de no tener qué plancharse.
Un día, Santiago Sebastián fue invitado a la casa de la muchacha, y allí descubrió un mundo de comodidades completamente desconocido para él. Se dio cuenta de que en realidad no era nada, y sintió la imperiosa necesidad de parecerse más a su novia, en su forma de vivir, si quería seguir manteniéndola a su lado. Percibió que el estatus era un requisito indispensable para su noviazgo y un elemento esencial para triunfar en la vida. Una horripilante sensación de inferioridad comenzó a invadirlo, y atribuyó a la ineptitud de sus padres, el atraso de sus posibilidades.
Así las cosas, las dos familias, ricas y prestantes, resultaron emparentadas a través de los dos jóvenes. Pero no todo fue color de rosa. Santiago Sebastián, comenzó a cambiar radicalmente su personalidad, y en lugar de aquel muchacho comprensivo y obediente, ahora aparecía, uno rebelde y altivo, que provocaba en sus padres, un sentimiento que hasta ese momento era extraño para ellos: el sufrimiento. Pero se reconfortaron en la posibilidad de que la edad dificultosa de la adolescencia, que siempre traía tormentas y tempestades, solía apaciguarse con el correr de los días.
A esa altura, Santiago Sebastián había probado de diversas formas las mieles de la victoria. Había ganado el concurso de ortografía, las olimpiadas matemáticas, el congreso de oratoria y el campeonato de razonamiento abstracto. En deportes, había representado al colegio, en voleibol (campeón municipal y campeón departamental), en futbol sala (subcampeón municipal y subcampeón departamental); en artes, campeón intercolegiado en “Representación artística de los planetas extrasolares” y campeón intercolegiado en “Producción audiovisual, área ecología”.
Los padres se preguntaban cómo había cambiado todo de manera tan repentina y radical, si hasta recuerdan que el “Viernes Santo”, mientras asistían a la procesión del Santo Sepulcro, frente a la Catedral Metropolitana, de manera espontánea y sin haberle nadie preguntado, Santiago Sebastián expresó de forma contundente su inapelable decisión de estudiar medicina, una manifestación que llenó a sus padres de gran orgullo y profunda alegría.
Cuando ya estaban disfrutando las vacaciones, y había comenzado la transformación del joven, sus padres lo invitaron una noche a un prestigioso restaurante, con el propósito de felicitarle por su deseo de estudiar medicina, pero descubrieron que su anhelo se estaba desvaneciendo, que los primeros estertores de rebeldía y altivez hacían su aparición, y la charla terminó convirtiéndose en una lista de pedidos, entre los cuales, coronó como el más grande de todos: el de que para su graduación, quería un automóvil. Al preguntársele el porqué de esa solicitud, se limitó a decir que para una persona como él, era infinitamente necesario poseer un buen automóvil, y profundizó a nivel de mandato, que no se podía tratar de cualquier auto, sino de uno en especial, del imponente “Aurus Taurus”, el cual era apodado “la bestia”, un auto ruso, famoso desde los tiempos de Vladimir Putin.
Ante semejante petición, los padres argumentaron el gran costo del automóvil, que hasta tendrían que gastar una fortuna en la sola importación, y ni qué decir de los impuestos y los seguros, entonces fue el padre, quien tomó la palabra, y en tono sereno respondió:
-Hijo, hay algo más valioso que cualquier auto del mundo; es más, es más valioso que todos los autos del mundo juntos.
Como viera que el muchacho se interesaba en la respuesta, mas permanecía callado, tras una breve pausa el doctor prosiguió:
-Es la grandiosa experiencia de contar con la incondicional amistad de Dios y de sentir su maravillosa presencia.
El muchacho quedó estupefacto. Y antes de que su padre continuara, Santiago Sebastián, refutó de forma airada:
-¿Cómo es posible que unos científicos como ustedes sean tan creyentes, si bien es sabido, que la ciencia y la religión, son contrarias?
-Por el contrario, es en las acciones de los científicos donde mejor se puede plasmar la obra de Dios.
Como notara la madre, que el joven comenzaba a exasperarse, trató de cambiar el tema, dejando para el momento de la graduación, la decisión de atender la solicitud, o de desecharla completamente. De todas maneras, en la conciencia de Santiago Sebastián quedó la sensación de que la solicitud había sido atendida, pero en la de los padres la interpretación fue que la propuesta había quedado totalmente descartada.
El anhelo de Santiago Sebastián de querer equiparar su nivel de vida con el de Dahsy Joana fue su perdición. Al terminar el año lectivo, Deisy viajó dos veces. En el primer viaje, ella y su familia abordaron un imponente crucero y visitaron las Antillas Neerlandesas, estuvieron cuatro días en Kralendijk, Bonaire; cuatro en Oranjestad, Aruba; cuatro en Willemstad, Curazao. Al terminar, tomaron otro crucero y continuaron con su segundo viaje, visitaron las Islas Caimán, y estuvieron ocho días en Gran Caimán, incluida la capital George Town, en Pequeña Caimán y en Caimán Brac.
El día de la graduación, tras una imponente ceremonia, Santiago Sebastián recibió su título de bachiller, sus padres lo acompañaron durante toda la jornada, cancelaron sus compromisos profesionales y laborales, para asistir con la mayor disposición y alegría, a la consagración de su hijo. Conscientes de la inmensa responsabilidad, que se les venía encima, acogieron con profunda felicidad, no solo la terminación de los estudios básicos del muchacho, sino también su inminente ingreso a la universidad. Pero el joven aplazó para los primeros días de enero, la elección de la carrera que iba a estudiar, porque consideraba que necesitaba reflexionar, y no podía darse el lujo de tomar una decisión equivocada. El repentino interés de Santiago Sebastián por estudiar medicina se había esfumado, la posibilidad de que se convirtiera en médico, quedó absolutamente descartada.
Finalmente en la intimidad de su hogar y desprovistos de todo protocolo, el muchacho inquirió a sus padres sobre el regalo que aquella noche solicitara, el cual constituía un requisito indispensable para seguir existiendo, pero que en realidad lo que buscaba era impactar a la novia.
Fue el padre quien tomó la vocería. Le habló sobre todo lo que él significaba para ellos, sobre cómo había sido la luz de sus ojos desde el preciso momento de su nacimiento, sobre cómo con cada uno de sus logros, llenaba sus almas de infinita satisfacción, sobre cómo con cada sonrisa despertaba sus alegrías más profundas, sobre cómo él era para ellos el mejor regalo que Dios les había dado en toda su existencia. La madre entre tanto, asentía permanentemente las consideraciones del padre, y mientras combinaba cada contemplación con el recuerdo inolvidable de aquel niño que ya era un hombre, una que otra lágrima escapaba tímidamente y resbalaba con ternura por sus suaves mejillas, aquel instante permitió la aparición de una imagen conmovedora.
La madre, que hasta ese momento había permanecido inmóvil, se levantó del mueble y se acercó a su hijo para darle un beso, el padre se les unió y los tres se fundieron en un cálido y fraterno abrazo. La madre fue a tomar una fotografía con el celular, pero el padre levantó la cabeza y sin culpa tumbó el celular, que al caer, le rompió levemente la sien y un hilo de sangre comenzó a recorrer su rostro. El celular se cayó y se estrelló contra el acuario, que se resquebrajó de inmediato, mientras que el teléfono móvil fue a terminar en el fondo del acuario, dañándose por completo.
Recordó ella, que la cámara del aparato guardaba las fotos de la ceremonia de graduación y de todas las últimas fotos de la familia, a excepción de aquella del día de la matrícula, la que tomó la niña que tiempo después habría de ser la novia del muchacho, la cual quedó guardada en el celular del padre. El doctor se indispuso intempestivamente. El muchacho comenzó a exaltarse con prominente desesperación. La pareja de peces dorados, al sentir la reducción del agua, saltaron del acuario y cayeron al piso; Pola, la gata de la casa, se lanzó sobre ellos y se los comió en el acto, la madre gritó con lastimera indignación. Lada, la perra de la casa, más que confundida ante semejante situación, atacó a la gata y la mordió en el cuello. La gata chillaba y sangraba profusamente, al ver el artero ataque de la perra a su mascota consentida, Santiago Sebastián estampó tremenda patada contra la perrita, y esta comenzó a chillar como si le hubiera fracturado todos los huesos. Era una escena verdaderamente dantesca, pero lo peor estaba por venir.
Poseído por mil demonios, el joven exigió de inmediato la entrega del regalo que según él, tenía más que merecido. La madre lloraba desconsoladamente y no atinaba si atender al padre herido, a la gata moribunda, a la perra agonizante, o calmar a su hijo que se presentaba en una faceta desconocida para ella. El padre, que sostenía el pañuelo ensangrentado entre la sien y la frente, trataba infructuosamente de tranquilizarla.
-¡Sólo quiero mi regalo!- exclamó Santiago Sebastián, mientras su madre le recriminaba su mal comportamiento.
El padre subió hasta el segundo piso del apartamento, caminando con dificultad, sosteniendo el pañuelo con la mano derecha, dejando un rastro de sangre por donde pasaba, y convencido de que su hijo se merecía eso y mucho más, trajo en su mano izquierda, una hermosa biblia de terciopelo, pequeña y nueva. A pesar de la situación, una leve pero genuina sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro, y se la entregó a su hijo.
-Esta es tu felicidad- aseveró el hombre con absoluta tranquilidad, la tranquilidad de quien acaba de cumplir sagradamente su deber.
-¡Maldito hijo de puta, avariento malparido, tacaño malnacido, engendro inmundo!- respondió el muchacho.
-¿Cómo se atreve a salirme con esto?- agregó con profunda ira.
El joven puso la biblia en la mesa y subió iracundo al segundo piso. La perra y la gata permanecían agónicas, el padre seguía perdiendo sangre y la madre gritaba como loca mientras lloraba desconsoladamente. Se sentía partícipe de una realidad que no le pertenecía, no comprendía qué estaba sucediendo. Mientras ascendía por los escalones, Santiago Sebastián, musitaba repetidamente en una lengua extraña, probablemente desconocida, “Yo no quiero ese regalo, yo no quiero ese regalo”. Un horrible chasquido gutural escapaba de su interior e infundía pavor.
Al instante bajó con el arma de la casa, sin saberla disparar pero teniendo nociones de cómo hacerlo, la accionó cuatro veces contra el padre y cuatro veces contra la madre. Los dejó tirados en el piso y salió, pero antes de cerrar la puerta, se devolvió y tomó la biblia que le habían regalado y la estrelló contra la pared. Salió como si nada, pensando que bien merecido lo tenían, y que eso era para que aprendieran a no burlarse nunca más de él.
No alcanzó a darse cuenta que tras el golpe, la supuesta biblia se había abierto, dejando al descubierto que no se trataba en realidad de una biblia sino de una cajita decorada cuidadosamente en forma de biblia, y no se percató que de su interior había brotado, como por arte de magia, el hermoso par de llaves doradas y relucientes, de un fantástico “Aurus Taurus” nuevo y original, último modelo, color negro, apodado “la bestia”, que le habían traído con la intención de que ese denodado esfuerzo contribuyera a hacerle realidad el sueño a su hijo, y que sirviera para que aquel muchacho ejemplar conociera de una vez por todas, el verdadero significado de la palabra felicidad, tan esquivo para tantas personas en el mundo entero.
FIN
sábado, 8 de octubre de 2022
Y LA LUZ SE HIZO
Y LA LUZ SE HIZO
Al terminar la misa de seis, el sacerdote pidió a los feligreses que fueran todos hasta la calle del experimento. Estaba situada a cuatro cuadras de la catedral, en todo el centro del pueblo que para ese entonces era la gran ciudad de hoy. Cerca de 300 personas caminaban con velas, veladoras, antorchas de brea y lámparas de querosene; acompañando al párroco, quien iba en su calidad de primera autoridad eclesiástica, pero sobre todo para bendecir la obra.
El sermón había versado sobre cómo los avances de la ciencia y la tecnología eran obsequios que Dios ponía en manos del ser humano para alcanzar el progreso y el desarrollo, eso para acallar tantos rumores que se tejían entre la población ignorante en estos asuntos, que veía el tema como algo inapropiado para la moral pública y un auténtico desafío a la ley divina. No faltaban eso si los escépticos, portadores siempre de toda clase de improperios y desavenencias, amos absolutos de la verdad, para quienes en definitiva el día y la noche debían estar claramente diferenciados, el día estaría siempre rodeado de luz y la noche de tinieblas. Cualquier esfuerzo en contrario debía ser producto de la magia o la brujería.
Al llegar la comitiva, el escenario que parecía listo ahora quedaba completo. La platea principal con el gobernador y esposa, el alcalde y esposa, los secretarios de despacho tanto departamentales como municipales, el comandante de policía, el comandante del ejército, los representantes de las corporaciones públicas, los eminentes hombres de negocios, y por supuesto el cura, representante de Dios en la tierra, encargado de dar la bendición.
Atrás, el cortejo parroquial y un grupo de curiosos esperaban con ansiedad el acontecimiento. El sereno comenzaba a bajar, y dejaba al descubierto que el tiempo iba transcurriendo, y el evento no iniciaba. Algunos comentarios emanaban de la multitud y se precipitaban en la insalvable y estéril discusión del origen benigno o maligno de semejante suceso. Los rumores crecían y se desvanecían como las olas del mar, que al acercarse a la playa producen un demoledor estruendo y luego al alejarse tenuemente dejan una estela de profundo silencio.
Y ahí, en uno de esos intervalos, apareció a lo lejos el encanto de las notas musicales, era la banda marcial que hacía su entrada triunfal en la callejuela adornada de postes y cables, para beneplácito de la concurrencia que empezaba a interrogarse sobre la causa de la inesperada demora.
Las damas de la alta alcurnia, atosigadas con enormes vestidos, agitaban los abanicos europeos recién desempacados por los insipientes mercaderes, mientras que sus maridos, sofocados entre camisas de cuellos almidonados, no atinaban a sentirse más cómodos, y unas y otros, olvidando que hacía apenas unos minutos adolecían de un frío que en realidad era casi imperceptible, se exasperaban en la vana idea de que esto, fuera lo que fuera, terminara de una vez por todas, porque el siguiente día era lunes, y desde ese entonces ya se reconocía que el lunes era el día más ocupado de la semana.
Los niños, autores siempre de alegrías, pero también de travesuras, corrían por los rincones de la callejuela y sus alrededores, anunciando la pérdida de control por parte de los padres sobre los pequeños, basada ante todo en la demora. Y como fuera necesario llegar a la reprensión física para acallarlos, todo desembocó en un caos en el que algunas de las más prestantes familias amenazaron inclusive con marcharse si el evento no daba pronto inicio.
Finalmente, cuando todo parecía que se diluía en el intento, apareció el director de la compañía eléctrica, acompañado de un hombre delgado y bajito al que nadie conocía, el cual era nada más y nada menos que el encargado de subir las cuchillas que habrían de transmitir la electricidad suficiente para encender los 30 focos instalados en aquella calle exigua para iluminarla.
Un silencio sepulcral dominaba la escena. Un aire tenso se percibía en el ambiente. Todos con la mirada fija en los focos, la respiración corta y el pulso acelerado, los rostros palidecidos y los labios resecos, los niños sujetados a las manos de sus padres, un mar misterioso que rodeaba sin consideración a los testigos de semejante prodigio.
El hombre delgado y bajito levantó la cuchilla con un palo, y ajeno a la posibilidad de que se hubiera podido electrocutar dio inicio a la hazaña. La calle oscura apareció de pronto llena de luz, como si hubiese ya amanecido, los rostros perplejos de los testigos no acababan de sorprenderse y tras un segundo de silencio que pareció un siglo, miles de cohetes estallaron en el firmamento, la banda marcial tocó nuevamente y las campanas de la iglesia repicaron sin cesar. A lo lejos, los cargadores que apenas regresaban a casa atravesando montes con sus mulas cansadas, veían como una lucecita que de manera inexplicable se había encendido, resplandecía en las tinieblas de aquella noche del domingo 30 de agosto de 1891, anunciando la llegada inminente del progreso para esta ciudad naciente que lucía distante de algo que en otras latitudes era casi una rutina.
FIN
sábado, 1 de octubre de 2022
Y BROTÓ AGUA DE REPENTE
Y BROTÓ AGUA DE REPENTE
Juan se encontraba francamente abatido. Sentado sobre la roca más grande, suscitaba toda clase de ideas en procura de hallar un atenuante que le permitiera entender mejor la locura de haber comprado esas tierras baldías, en las que había invertido los ahorros de toda su vida.
Pensaba que todo su futuro había quedado sepultado. Se preguntaba insistentemente cuáles fueron los parámetros que le llevaron a considerar que ese terreno estéril sería la gran oportunidad de su vida, pero por más que intentaba no hallaba una respuesta convincente.
Todo comenzó un par de años atrás. Cuando un amigo de un amigo suyo, pensó que debía vender el terreno que un día fue su herencia y partir con su familia hacia otro lugar del país, en búsqueda de más oportunidades; entonces, comenzó la tarea haciendo el ofrecimiento entre los conocidos. Les propuso a sus amigos y estos a los suyos, la compra de la tierra o en su reducto, una buena comisión a quien le ayudara a encontrar el comprador.
De tal manera, que pronto todos los habitantes de la ciudad que estaba naciendo, se vieron entreverados en el propósito de vender o comprar el terreno. Todos menos Juan García, aquel famoso personaje conocido entre los vecinos por ser un hombre trabajador y ahorrador, soltero y austero, cuya única preocupación era atender todos los días su pequeño almacén de imágenes religiosas, a fin de amasar la gran fortuna que siempre soñó.
Cuando su amigo le hizo la propuesta, Juan sintió que una puerta de posibilidades se abría de par en par ante sus ojos. Sólo necesitó un día para dar el sí. Hizo un balance financiero y encontró que tenía la disponibilidad para hacer la compra, entonces no lo pensó dos veces, Agilizó el procedimiento jurídico para dar pronto inicio a su sueño, y se halló dueño y señor del terreno, un paraje cercano situado al suroeste de la pequeña ciudad.
Su proyecto ideal era el de sembrar quinua, producto de moda en aquella época por ser una auténtica panacea. Se le hallaba uso en casi todos los aspectos de la vida diaria pero tenía especial relevancia en la medicina debido a sus solicitados y comprobados atributos tónicos y antisépticos. “Se vende como pan caliente”, titulaban los periódicos, al publicar reportajes con especialistas. “Sirve para casi todo”, comentaban los más avezados.
Una vez se hizo dueño de la tierra, se dio a la tarea de la siembra. No tenía idea de cuán costoso era el proceso, pero tenía que hacerlo, todo encontraba justificación en la posibilidad de convertirse en ese gran empresario agroindustrial, amado y respetado por la misma sociedad que según él, lo había rechazado. Por eso, decidió también vender el almacén de imágenes religiosas que tanta fama le dio para poner esos recursos al servicio de la causa; de esta manera, pronto se dio cuenta que toda su estabilidad dependía ahora única y exclusivamente de su loco ensueño.
La cosecha no pudo ser peor. Una inusitada ola de verano echó a perder todo el esfuerzo. Más como Juan fuera siempre de esas personas que nunca abandonan sus objetivos hasta alcanzarlos, decidió repetir la siembra, ahora sin almacén qué vender, y con los recursos reducidos a la mínima expresión, debía acceder a un crédito con alguna entidad financiera o algún particular sin ningún tipo de escrúpulos.
Pero nuevamente la historia se repitió. Sólo que esta vez fue una inusual temporada invernal que trajo consigo lluvias y tormentas que también echaron a perder la cosecha. “toda el agua que se recogió el año pasado se regó este año”, fue lo que se le ocurrió decirle a los trabajadores encargados del cultivo cuando llegaron a cobrarle los jornales, para explicarles que había quedado en la quiebra total y no tenía un peso cómo pagarles.
De ahí en adelante fue sólo pesares. Día tras día llegaban los trabajadores y los acreedores, y se apostaban frente al terreno maldito con el fin de presionar el pago de sus dineros. Pero como él mismo les decía “no tenía ni con qué comer, mucho menos para pagar deudas”. Los días se hicieron insoportables, e inmerso en la más completa abstracción, pensó incluso en suicidarse, porque por más que pensaba no hallaba solución viable.
Estaba sentado sobre la roca más grande mirando esas tierras baldías, causa de su desgracia, cuando comenzó a ser víctima de un ataque a piedra por parte de quienes esperaban el pago. Intentó resguardarse pero no fue posible debido a que una de las piedras se estrelló contra la roca gigante y de manera prodigiosa comenzó a brotar agua, el preciado líquido emanaba sin control alguno y con tanta fuerza, que pensó que era producto del delirio.
Golpeó otras rocas y la respuesta fue la misma. El compuesto vital escapaba por todas partes. El “infame” terreno estaba plagado del agua más pura y fresca que alguien pudiera imaginar, el propietario construyó pilares para almacenar el líquido y los encerró con cercas. En adelante, proveyó de agua al vecindario llegando inclusive a fungir como el único acueducto en aquellos tiempos inolvidables. Se llenó de dinero, como jamás pudo imaginar.
FIN
jueves, 22 de septiembre de 2022
UNA NOCHE EXTRAÑA
UNA NOCHE EXTRAÑA
El hombre despertó en la madrugada con la sensación de que había enfermado. Sintió una descompensación general de su organismo que trató de ubicar entre la incomodidad de un sueño confuso y la aterradora certeza de que se estaba muriendo. Percibió el pánico de estar traspasando las fronteras de la vida en plena conciencia, y se acordó de Dios para implorarle que lo acogiera en su cálido seno.
Sin embargo, tuvo la grandeza de permanecer atado al mundo material al cual pertenecía. Siguió inmóvil, tratando de dilucidar qué le estaba pasando. Hizo un esfuerzo más y se sentó en la cama, respiró profundo y estiró la mano para alcanzar el interruptor que se encontraba junto a la cabecera, encendió la luz. Un destello inesperado le mostró la misma habitación de siempre, la foto de su amada Paola en el mismo lugar. Todo igual.
Sí, esta era su habitación. Sin la más mínima alteración. Miró el reloj, iban a ser las cuatro. Hizo un recuento mental para establecer el posible origen de su malestar, pero no lo halló, repasó de manera meticulosa cada una de las escenas de la noche anterior, sin descubrir en ellas nada extraño. Pensó que debía ir al baño, quizás para tomar agua o para orinar, o para ambas cosas. Necesitaba convencerse de que, a pesar de todo, aún estaba vivo.
Sintió náuseas. Se arrodilló, clavó su rostro en la taza del inodoro para vomitar adentro, pero notó algo extraño, algo como una tira de tela que descolgaba por su cuello, intentó desprenderla, pero le dolió, quiso verla mejor, pero quedó atónito al descubrir que era cabello. Era su propio pelo, que aparecía ahora largo, ondulado y frondoso, se levantó con rapidez y se miró en el espejo, su rostro había adquirido apariencia de mujer, las pestañas largas, las cejas delgadas, los labios rosados, los pómulos tenues, su cabello un poco más abajo de los hombros, el cutis limpio, la mirada seductora de las mujeres que, sin proponérselo, tantas veces lo habían deleitado, y el aire femenino que adquieren las rosas en medio de la primavera.
Creyó perder el sentido cuando siguió bajando la mirada y percibió dos pechos, grandes y redondos, de pezones prominentes y areolas rojizas, que se bamboleaban con el leve movimiento de su cabeza al querer contemplarse detenidamente. Pero desfalleció definitivamente cuando llegó a la parte genital y se encontró de repente, que, en lugar de su pene y sus testículos, se escondía ahora, una vagina entre sus piernas.
Recorrió minuciosamente cada rincón de su cuerpo, y no halló nada del Alexander de hacía unas cuantas horas. Había reducido su peso y disminuido su estatura, el vello corporal apenas existía, su piel ahora era suave y tersa, sus caderas anchas y sus hombros angostos.
¡Dios mío, Dios mío! Exclamó exaltado, y una voz sutil y aguda brotó del interior de sus cuerdas vocales, asegurándole que la transformación era total, que el Alexander de anoche había desaparecido de forma inexplicable y que ahora una mujer surgía en reemplazo suyo.
Se sentó en la cama, y por primera vez desde que tenía conciencia, lloró. Pensó en su trabajo, en los estudiantes, en el colegio, en la forma como disfrutaba enseñando la lengua española, pensó también en su familia, en sus amigos, pero sobre todo pensó en Paola, en aquella Paola Pérez, dueña de su corazón y de su vida, probablemente la única mujer que de verdad había amado en toda su existencia. Imaginó entonces que el mundo era una gran montaña que se estaba desplomando al frente suyo, que un monstruo cruel y despiadado, brotaba del interior de la tierra para devorarlo sin piedad. Cerró un instante sus ojos, anhelando que todo fuera un sueño, que tal vez estuviera delirando, pero al abrirlos descubrió que no, que todo era realidad.
Se recostó lentamente en la cama, y trató de razonar de qué se trataba todo esto. Era la sensación más extraña que ser humano alguno, jamás hubiera percibido, algo que al mismo tiempo rompía las leyes de lo lógico y de lo absurdo. Se levantó, tomó un poco de agua, volvió y se recostó. Pensó en que hoy tenía que ir al colegio para realizar las evaluaciones acumulativas, meditó sobre cuál sería su estrategia a seguir, ir o no ir; y si no iba, qué le iba a decir al rector, cómo se lo iba a explicar, continuó navegando por el camino estrecho y oscuro del caos total, y más allá del horizonte, surgió de manera providencial, la figura de Paola, con la receta mágica para ayudarlo. Entonces buscó su celular y se dispuso a llamarla.
Había un problema, no le podía hablar de una vez, debido a su voz de mujer, entonces creyó que esa situación generaría tensiones o preocupaciones innecesarias en ella, por lo que consideró que la mejor opción era enviarle un mensaje de texto.
-Hola mi amor. Necesito tu ayuda urgente, he sufrido un percance. Te espero en mi apartamento. Por favor, ven pronto- le escribió.
Casi de inmediato, el celular comenzó a sonar, leyó en el tablero que decía: “llamando, mi bella princesa”, y no contestó.
Antes que ella lo llamara de nuevo, él le volvió a escribir:
- ¡No puedo contestar, te espero pronto!
La espera se le hizo eterna, recordó distintas escenas de su vida, sus logros, sus novias, sus clases tantas veces elogiadas, y halló un rastro de ironía en que esa palabra “profesor” que a diario retumbaba en sus oídos, de repente había perdido vigencia, en razón a su nueva apariencia. Era Licenciado en Español y Literatura, se desempeñaba como docente de Humanidades en una institución educativa, dictaba clases en dos grados de primaria: 5° y 6°, y dos de secundaria: 11° y 12°; en medio de esa sencillez, transcurría llena de felicidad, la vida del profesor Alexander.
El timbre del celular lo sacó de su abstracción, esta vez era el rector del colegio, miró instintivamente el reloj, eran las seis y cuarenta. Tampoco contestó. Pensó que en este momento sus estudiantes ya deberían estar en clase y se conmovió. Recurrió de nuevo al mensaje de texto.
-Señor Rector. He amanecido muy indispuesto. Estoy sin voz. Voy para el médico- le escribió.
El celular sonó nuevamente, esta vez con más insistencia. Era otra vez el rector, entonces Alexander agregó:
-Lo siento, no puedo responder. Estoy sin voz.
Todo parecía estar controlado, al menos, momentáneamente. Sin embargo, el problema de fondo permanecía intacto. ¿Cómo iba a recobrar su real apariencia? ¿Cómo iba a recuperar su verdadera personalidad? De lo único que estaba convencido era que requería ayuda profesional.
Cuando Paola llegó al apartamento y tocó a la puerta, Alexander sintió que se desvanecía. A pesar de que había preparado una reacción diligente y natural, en el instante del encuentro, la premura de la realidad le hizo perder la compostura, y refugiándose en la certeza de que, al fin y al cabo, él no tenía la culpa de nada, sino que todo había sucedido por designio de Dios o de la vida, se aprestó a abrir la puerta, inspirado en el semblante que adquiriría Paola cuando lo viera en medio de su transformación.
Alexander lucía una bata blanca, larga y ceñida a la cintura, que lo cubría desde el cuello hasta las rodillas; su cabello, largo y ondulado, descolgaba de manera desordenada sobre sus hombros. Paola se quedó observándolo en silencio mientras que su rostro se enardecía paulatinamente, entonces con autoridad, inquirió en tono agresivo:
-Por favor, ¿Alexander?
-Paola, soy yo.
Ahora, un semblante irascible se había apoderado de su dulzura tradicional, y una Paola aguerrida, se atrincheraba de forma desafiante en la puerta.
- ¡Estúpida! No estoy para sandeces. ¿Dónde está Alexander?
De nuevo, la voz tierna y femenina de Alexander, le aseveró con firmeza:
-Por favor, Paola, yo sé que esto es una locura, pero necesito que me creas. Me desperté esta mañana antes de las cuatro porque me sentí enfermo, me fui para el baño y descubrí que mi cuerpo se había ido y que ahora en su lugar un cuerpo de mujer lo había reemplazado.
Paola permanecía absorta. De manera violenta entró al apartamento, y comenzó a buscar a Alexander en cada habitación y en cada rincón, mientras lo llamaba con insistencia. Alexander la abordó con vehemencia para que le prestara atención y aceptara sin reparos su versión.
- ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? - gritó en forma de pregunta, Paola.
-Paola, mi bella princesa. ¡Soy yo! - respondió con convicción, Alexander.
Alexander percibió que el “mi bella princesa” le asestó un golpe de ternura, a la intemperancia de Paola y aprovechó el instante para darle pistas que la convencieran de que en realidad él era su novio y no la mujer que parecía tener al frente.
Le dijo, el nombre completo, el número de identificación, la fecha de nacimiento, la dirección de residencia, el número de celular, el libro preferido, la comida favorita, los gustos, los pasatiempos, a qué se dedicaban, los nombres de los padres y dónde vivían, todo con detalles pormenorizados tanto de él como de ella; y si aún quedaban dudas, Alexander comenzó a hacer un recuento cronológico de su romance, con sus aventuras y sus desencuentros, sus expectativas y sus apreciaciones, con los instantes inmarcesibles que habían forjado esa relación que parecía indestructible.
Alexander notó como Paola se fue tornando más asequible, ahora lucía más que todo sorprendida, se sentaron ya más tranquilos en el comedor, y Alexander le mostró la mancha en la pierna izquierda, el lunar en el brazo derecho, sus señales inconfundibles, sus gestos inimitables, hasta los nombres que les pondrían a sus hipotéticos hijos, y cuando pensó que no le faltaba nada, hizo una descripción completa de todo cuanto habían compartido la noche anterior. Paola terminó por convencerse, se acercaron y de repente se fundieron en un abrazo de cariño y ternura, suplicando en silencio una explicación lógica para esa locura que estaban viviendo y una fórmula mágica que les permitiera de inmediato regresar a la normalidad.
Alexander le imploró que lo ayudara a salir de ese laberinto, y le rogó su compañía porque estaba seguro que ella era la única persona con la que podía contar en esos momentos de incertidumbre, Lo cierto era que para entender su encrucijada necesitaba ayuda profesional, pero surgió la primera inquietud, ante quién debía dirigirse para solicitarla, un médico, un abogado, un psicólogo, un sacerdote, a quién podría contarle su versión, sin ser tenido por loco, ridículo o chistoso. Si hasta Internet, que todo lo sabía, reportaba cero resultados en su búsqueda.
Para salir del apartamento, Alexander debía experimentar su primer cambio brusco, tenía que variar de forma irremediable su forma de vestir; teniendo en cuenta que su vestuario le resultaba grande debido a su nueva talla, Paola le ofreció su ropa, y su asesoría para vestirlo acorde con su nueva condición, Alexander no tuvo otra alternativa que aceptar tal disposición, entonces Paola fue hasta su residencia y trajo algunas prendas junto con otros aditamentos.
Había traído dos bluyines, dos camisetas, dos pares de medias cortas, dos pantis, y además dos brasieres. En algún instante pensó en traer blusas y faldas, pero finalmente no lo hizo, porque consideró que podría ofender la dignidad masculina de su novio. Lo que sí hizo fue traer supuestamente para ella un kit de maquillaje que además de cosméticos, incluía también cremas, desodorantes, talcos, perfumes y otros productos propios de la condición femenina, con la doble intención de que en determinado momento sirviera además para mejorar la presentación de su novio.
Cuando Paola regresó, Alexander ya se había bañado y permanecía en bata, ella comenzó a mostrarle las prendas que había traído, para que él escogiera cuáles se iba a poner. Pero Alexander se indispuso, no podía creer que él tuviera que vestirse con una ropa que no correspondía a su identidad sexual, sobre todo con los pantis, los cuales eliminó en el acto, estableciendo que usaría sus bóxeres aunque le resultaran incómodos, y los brasieres que también pretendió eliminar pero que por explicación de Paola, terminó aceptando: “recuerda que el código de policía castiga con multa y pena de prisión a las mujeres que salgan sin brasier y a las mujeres que amamanten a sus bebés en espacios públicos”.
Paola le ayudó a vestirse, enseñándole unos trucos inimaginables, que incomodaban y a la vez sorprendían a Alexander, luego pasó a lo que ella llamaba latonería y pintura, lo cual era cubrir y maquillar el rostro, y un arreglo pormenorizado de cada detalle corporal, procedimiento al que el licenciado se opuso rotundamente, y del cual sólo permitió un leve riego de suave perfume que escondiera su posible aroma fuerte de hombre.
Cuando Alexander ya estuvo vestido, Paola percibió una extraña sensación. Se quedó mirando fijamente al hombre, que parecía una auténtica mujer, y sintió deseos de besarlo, no tanto porque sintiera atracción, sino para transmitirle el apoyo emocional que él necesitaba. Fue un pico repentino que le permitió inmiscuirse en una disyuntiva insalvable: por primera vez había besado a otra mujer que además era el hombre que ella más amaba en el mundo.
Entonces asomó otra inquietud, físicamente Alexander era una mujer, pero psicológicamente qué era; entonces ella le indagó con sutileza. Alexander no lo dudó un solo instante. “Por supuesto que soy un hombre. Un hombre en toda la extensión de la palabra, me gustan las mujeres, no siento ninguna atracción por los hombres. Es de lo único que he estado plenamente convencido desde que sucedió mi transformación”.
Decidieron ir al médico. Se trasladaron al Seguro Social, para una cita prioritaria; es decir, una cita en la que, aunque no está la vida en peligro, se requiere una atención médica con rapidez. Una cola interminable permanecía a la espera. Luego de casi una hora lo llamaron, pero al notar la funcionaria, que, al nombre de Alexander, respondía una mujer, requirió la presencia inmediata de quien iba a recibir la atención, es decir de Alexander.
- ¿Dónde está Alexander? - inquirió la mujer.
- ¡Soy yo! - respondió con decisión el licenciado.
-Usted me está tomando por tonta, permítame su cédula de identidad.
Alexander se la entregó con displicencia, la actitud agresiva de la funcionaria, lo estaba sacando de quicio.
-Aquí dice Alexander, sexo masculino.
-Señora, yo soy Alexander. Lo que sucede es que me desperté a medianoche convertido en mujer- intentó responder con calma el profesor.
-Señorita, usted no necesita un médico sino un psiquiatra- le contestó en tono sarcástico la vieja.
Alexander perdió la compostura.
- ¡Vea, señora, a usted qué le importa! Simplemente necesito atención médica y punto- gritó con desesperación.
Tanto la gente de la cola como la de la sala de espera comenzó a impacientarse con lo que estaba ocurriendo, y los rumores infundados empezaron a llover en el recinto. Cada cual interpretaba a su manera lo que veía y pretendía dar una solución justa a la situación, lo cierto era que en el ambiente quedaba la idea de que un hombre travesti y su novia estaban solicitando quién sabe qué tipo de servicio, el cual con absoluta seguridad ellos no merecían, pues la atención médica en aquel lugar estaba reservada exclusivamente para gente “normal”, y no para depravados sexuales.
Paola intervino de manera diplomática en la escena, asegurando no sólo que la vieja se calmara sino también que el médico los atendiera.
La cita médica fue un verdadero desastre; el médico, que, entre otras cosas, era un hombre muy joven para atender semejante caso, se mostró reacio a creer el relato de Alexander, salió de su despacho y se demoró unos quince o veinte minutos, y al ver que era requerido con insistencia por la pareja, regresó con un cartapacio de exámenes, estudios que, según él, debía conocer como requisito preliminar para emitir algún diagnóstico. Entre las pruebas, había varios análisis de sangre, de orina, del cerebro, del corazón, y al final, una orden para que lo viera un psiquiatra, Alexander se mostró inquieto al ver tantas pruebas, entonces le preguntó al doctor:
-Doctor, ¿qué será lo que me está pasando? ¿Para qué son todos estos exámenes?
El médico, con una sonrisa tremendamente sarcástica le respondió:
-Lo que pasa es que ya hemos tenido varios casos parecidos y necesitamos saber a cuál de los cuadros existentes pertenece el suyo.
- ¿Y lo del psiquiatra? Preguntó Alexander con vehemencia, advirtiendo que no fuera a ser que estuviera pensando que estaba loco.
- ¡Ah! exclamó el galeno, y luego agregó:
-Esté tranquilo que eso es protocolario.
Lo cierto fue que, tras la revisión médica, tanto Alexander como Paola quedaron más desconcertados que antes. Alexander se mostró parco ante la realización de todas esas pruebas, considerando que, al fin y al cabo, los resultados no iban a dilucidar ningún diagnóstico, ya que él no se encontraba enfermo y que por lo tanto la solución de su problema no pasaba por la formulación de un medicamento ni la implementación de un tratamiento sino un golpe de suerte, para que, por arte de magia, así como todo había comenzado, así mismo volviera a la normalidad.
Pero Paola lo convenció sobre la necesidad de practicarse esas pruebas, ya que, con toda seguridad, los resultados iban a arrojar una luz sobre su condición. Entonces, salieron a tomar un taxi; sin embargo, en la espera sufrieron un inesperado percance.
Dos hombres jóvenes, se acercaron intimidándolos con cuchillos, para que les entregaran el celular. Alexander intentó oponerse al atraco, pero de nuevo Paola, llamó a la calma y le pidió a Alexander que entregaran los aparatos para evitar una agresión, petición a la que el profesor se opuso con ímpetu. Al ver Paola que la situación comenzaba a salirse de control porque los muchachos parecían decididos a todo con tal de robarlos, ella misma decidió entregárselos. Los atracadores salieron corriendo, contentos con el botín conseguido. Pero Alexander se dio a la persecución, y continuó corriendo tras ellos hasta cuando ya no fue posible alcanzarlos, porque los muchachos corrían mucho más rápido. Pronto Alexander se sintió cansado, fue entonces cuando notó que tanto su fuerza, como su velocidad, su potencia y su resistencia, también se habían reducido dramáticamente.
Se sentaron en la banca de un jardín y Alexander sintió ganas de llorar ante su impotencia.
-Nos robaron porque creyeron que éramos dos mujeres, si junto a ti hubieran visto a un hombre, con toda seguridad no se habían atrevido al robo- aseveró él con denuedo.
Entonces Paola se quedó mirándolo con un rastro de compasión en su mirada, y unas lágrimas impertinentes rodaron tímidamente por sus mejillas, intentó decir algo, pero un nudo en la garganta se lo impidió. Quiso sonreír para adornar la situación, y con aplomo sentenció:
-Es para que te des cuenta cómo es de difícil en este mundo ser mujer.
Por ahora, el trámite para la autorización de los estudios había quedado suspendido. Era hora de ir a casa.
Caminaron por toda la carrera 39 para llegar al apartamento de Alexander, en varias ocasiones, el profesor quiso tomar de la mano a su novia, y hasta sintió deseos incontrolables de abrazarla y besarla, para reafirmar su convicción de que ella era suya. Pero se abstuvieron. En parte porque Paola le insinuó que esas demostraciones en público no eran posibles ni convenientes, y en parte también, porque Alexander sucumbió ante la incertidumbre de establecer con certeza que nada le importaba lo que los demás pensaran y la de creer que su actitud no daba lugar y era éticamente incorrecta.
A la altura del parque San Pio X, se sentaron en una banca, y bajo la sombra de un enorme caracolí que los protegía del sol inclemente, conversaron con franqueza. Alexander abrió su corazón a Paola para contarle que jamás pensó que algo así le sucedería a él, precisamente a él que siempre detestó a quienes no compartieron su filosofía sexual de identidad, orientación, expresión o condición, pero que ahora comprendía su situación, y reconoció cuán equivocado estaba, y se propuso que tan pronto terminara todo esto, se iba a mostrar más tolerante hacia los demás.
Para Paola en cambio la situación era mucho más compleja. Ante la inminente posibilidad de que Alexander nunca volviera a su estado natural, su impostergable decisión de casarse con él, para formar una familia, tener un hogar cálido, y estar a su lado hasta la muerte, podía alterarse profundamente.
Para el profesor, esa probabilidad fue una herida que le llegó hasta el alma.
- ¡Ah! ¿Entonces todos nuestros sueños de pareja dependían únicamente de mi sexo biológico? - preguntó exaltado Alexander.
La respuesta de Paola era apenas obvia.
-Yo no quiero vivir con una mujer, yo quiero vivir con un hombre.
-Pero si yo soy un hombre, esto es algo pasajero- ripostó con indignación el profesor.
Paola advirtió que evidentemente aquel Alexander no era su Alexander, y que además de su transformación física, el hombre también habría sufrido alguna alteración psicológica. No podía estar psicológicamente bien, si se atrevía a afirmar semejante despropósito. Entonces comenzó a sospechar que detrás del repentino cambio de su novio se escondía un pasaje oscuro de su existencia del cual debía huir de inmediato.
Alexander comenzó a sentir que el mundo se le caía a pedazos, que, a su desgracia de haber despertado en un cuerpo equivocado, debía agregarle la tragedia insuperable de perder el trabajo que tanto disfrutaba y la mujer que tanto amaba. Se sentó a mirar los castaños frondosos, los colibríes que revoloteaban felices en búsqueda de néctar, las ardillas que corrían juguetonas por las ramas más altas, las palomas con sus barrigas hinchadas de tanto comer arroz, y comprendió que lo suyo no era más que una isla de tristeza, rodeada de nubes tormentosas por todas partes.
Siguió callado, imaginando mil escenas, recordando aquellas miradas y aquellas sonrisas que supieron cautivarlos, pensando en la infinita inconsistencia de la vida, que le cambiaba a su antojo el destino a las personas, percibiendo que ese romance tan bello que habían soñado se despedazaba de manera inevitable, y en el fragor de aquellos destrozos, tuvo el ferviente deseo de morirse para seguir existiendo más allá de su desdicha.
Siguieron caminando, callados, absortos. Queriendo decir algo, pero sin ni siquiera intentarlo. Andando de manera desprevenida, sin ningún afán, esperando con ansiedad que el sendero les mostrara la entrada del edificio. El sopor de la tarde les hizo recordar que no habían almorzado, entonces compraron hamburguesas y gaseosas en “El Toro”, pero no comieron ahí, sino que las llevaron hasta el apartamento.
Al entrar, Alexander notó el vacío de su hogar, no era el mismo de ayer a esta hora, ni el mismo de esta mañana, cuando salieron para el médico. El de ahora era un sitio lúgubre, visiblemente opacado, denodadamente enrarecido, el resplandor del amor había desaparecido.
Estaban comiendo cuando el teléfono comenzó a sonar con insistencia, Alexander supo desde el inicio que se trataba del rector. Entonces sin mediar palabra a Paola, que apenas lo observaba con detenimiento, pensó: “claro, al ver que yo no le respondo el celular, decidió llamarme al fijo, pero no voy a contestarle, voy a dejar que el maldito timbre suene indefinidamente, hasta que se reviente, si de todas maneras el inepto ese nunca va a entender lo que me pasó. Acaso con decirle que me desperté convertido en mujer, él de inmediato lo va a aceptar y me va a decir, no profesor, usted esté tranquilo que, al fin y al cabo, todos los días de la vida, en todos los rincones del mundo, después de una noche extraña, las personas suelen amanecer convertidas en otra, sin importar su sexo, su género, ni nada, eso es lo más natural que puede suceder, así que puede venir a trabajar como quiera y cuando quiera”.
Paola se levantó y salió, la hamburguesa sin acabar y la gaseosa a medias, le sirvió como constancia de su desacuerdo, Alexander se apresuró a detenerla y mientras el teléfono seguía repicando, la sostuvo de los hombros y le pidió que no se fuera, que esperara tan sólo un instante, que todo iba a volver a la normalidad, que él le aseguraba que a más tardar esta misma noche, volvería a ser el mismo Alexander de siempre, y que harían el amor de mil maneras posibles, hasta que la aurora los sorprendiera, y que este infernal día quedaría en el olvido, simplemente como una anécdota para sus descendientes. Pero Paola logró soltarse y salió sin decir nada. Antes de cruzar el umbral, el profesor la tomó con fuerza, y trayéndola hacia sí, la abrazó y la besó con pasión desenfrenada, una demostración espontánea de amor puro, que se prolongó más allá de la eternidad.
Tras la partida de Paola, Alexander pasó para su cama y se recostó, estaba completamente desnudo, mirando el reloj sigilosamente, observando como transcurría cada segundo, cada minuto, cada hora. Clavó entonces su mirada en el techo, sin hacer el más mínimo esfuerzo para respirar. Y así permaneció, esperando a que Paola regresara, y pudiera presenciar la majestuosa transformación que estaba a punto de dar inicio.
FIN
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