viernes, 12 de junio de 2026

UNA MADRE DULCE Y ENCANTADORA

UNA MADRE DULCE Y ENCANTADORA Aquellos recuerdos maravillosos de mi infancia poco a poco fueron desapareciendo. Ahora lo único que me queda es un buzo de colores con el que mi madre me abrigaba justo aquellas mañanas frías en que me llevaba al colegio. Sentía que era una madre dulce y encantadora. Yo sé que nadie me va a entender, pero voy a tratar de explicar qué sucedió en mi interior, que me llevó a cambiar radicalmente mi forma de pensar. Lo primero que tengo que decir es, ¿En realidad, ustedes creen que una madre que en verdad ama a su hijo, lo trata como ella me trató a mí? En primer lugar, quienes quieran ser padres o madres deben tener conciencia sobre la apariencia física de su pareja, no como a mí, que heredé de mi madre, ese horrible pelo rojizo, que desde que entré a estudiar se burlaban de mí, por el color de mi cabello, diciéndome “chorizo”, “colorado”, “boliqueso”, “cabezaincendio”, y me lastimaban profundamente, porque la gente no se imagina que con burlarse de uno por su condición física le está causando un daño terrible. De mi padre no sé nada porque no lo conocí, y lo único que mi madre me decía era que había muerto tras regársele el chocolate y soltaba una sonora carcajada, y luego agregaba al preguntársele cómo había ocurrido semejante cosa, que en realidad, él era conductor de camión de carga y un día bajando del cerro con una carga de cacao, el camión se había volteado al quedarse sin frenos y había perdido la vida. Esas mañanas frías en que mi madre se levantaba bien temprano y me llevaba al colegio antes de irse a trabajar se fueron yendo a medida que yo crecía. Con mi crecimiento físico y mental fueron también llegando a mí, nuevos pensamientos y nuevos sentimientos, que se fueron apoderando lentamente de mi ser, y comenzaron a cuestionar mi personalidad, al punto de enfrascarme en grandes vicisitudes sobre quién era realmente yo y qué quería para mi vida. En la primaria, afloraban como ráfagas que iban y venían esporádicamente, pero al empezar la secundaria ya no me dejaron dudas. Cuando empecé la secundaria, es decir al ingresar al séptimo grado, lo cual incluía el cambio de sede a una institución más grande y más moderna, sucedió algo que habría de marcarme para siempre. El primer día de clase, nos reunimos con los compañeros, y nos sentamos en una barda justo debajo de unas escaleras, por donde subían permanentemente los estudiantes, a mis compañeros les gustaba sentarse allí, porque cuando subían las niñas, su falda dejaba entrever sus tangas, adornando sus atributos, y mis compañeros se excitaban al ver el paisaje y yo también me excitaba pero por otra razón, yo imaginaba, que yo era una de esas niñas, y que subía las escaleras una y otra vez, provocando a los muchachos con mi falda corta y ancha, mostrando en todo su esplendor las tangas de colores que resaltaban mi trasero grande y redondo, esa era la verdadera razón de mi excitación. Ahora que ya entienden a qué me refería cuando les decía que tenía pensamientos y sentimientos que me hacían diferente, podrán comprender el infierno que empecé a vivir desde entonces. Había una permanente lucha entre un yo que me sugería que era una curiosidad normal y otro yo, que me aseguraba que, en realidad, no me atraían las niñas sino los niños. Es una situación verdaderamente difícil porque en esta sociedad patriarcal, se persigue a quien piensa y siente diferente, y más si se trata de un hombre, al fin y al cabo, entre mujeres es prácticamente normal, casi una obra de arte suprema, pero entre hombres, es la peor de las aberraciones. Cuando tomé conciencia de mi condición, lo primero que hice fue culpar a mi madre, que me sobreprotegió demasiado, que ni siquiera me dejaba jugar futbol, no fuera a ser que me partieran un pie, una pierna, un brazo, una mano, o quién sabe qué. Así transcurrió mi secundaria, entre las burlas por mi cabeza roja y ahora la obesidad que empezaba a aparecer, tal vez como herencia de mi padre, y la terrible fatalidad de no sentirme atraído por mujeres sino por hombres. Entonces la deducción era apenas obvia, si no le interesaba a las chicas, mucho menos le iba a interesar a los chicos, ante semejante panorama, me consolaba con la frivolidad de una vida sexual que se reducía a usar ocasionalmente la ropa interior de mi madre para satisfacerme y una prácticamente nula vida romántica, que en el mejor de los casos, consistía en mirar de reojo a algún muchacho que me gustara, no fuera a ser que se diera cuenta, y estallara el escándalo. Para un adolescente como yo, que apenas empezaba a vivir, era realmente una tragedia, que esta penuria fuera todo el rango de emoción que existía en mi vida. Me estaba ahogando en la desidia y en la tristeza. Viendo cómo iban las cosas, y considerando que, en lugar de mejorar, días tras día empeoraban, decidí que era necesario hablar del tema con alguien, y nadie más apropiado que mi madre. Sé que en ese momento era más fácil hablar de esas cosas con los amigos o los compañeros, pero en realidad, en mi caso, no había confianza para hablar del tema con ellos, ya que había mantenido oculta mi condición para que no fuera a constituir otro motivo de agravio. Antes de todo quiero contarles que mi madre, estaba muy ligada a la religión, no tanto por su compromiso con la iglesia sino porque había sido criada en el seno de una familia muy religiosa. Con más ver creí, que ese sería un aliciente para que me entendiera y me apoyara, pero me había equivocado. Cuando le conté lo que me sucedía entró en llanto, lloraba todos los días, de día y de noche, y decía que prefería que yo fuera cualquier cosa, menos homosexual, lo tomó como un castigo divino, originado quién sabe en qué pecados de sus antepasados, y se soliviantó en la idea de que esto era una enfermedad, que yo estaba realmente enfermo y que todo lo que en realidad requería era una atención profesional inmediata para curarme. Después de eso, aparecieron muchos diálogos con mi madre. En muchos de esos diálogos, ella me dejó entrever su lado más machista, insinuándome que siempre me imaginaba como un hombre mujeriego, que tenía el don de cautivar a las mujeres y de conquistarlas con el único fin de disfrutarlas, para dejarlas después de haberlas probado, como lo hacen todos los machos del mundo de los mamíferos, entonces ella me soñaba como el macho de muchas hembras, sin saber que yo me soñaba como la hembra de muchos machos. Así son las grandes paradojas de la vida. El día en que cumplí mis dieciséis años, año que coincidía además de mi mayoría de edad, con la esperada finalización de mi secundaria, conociendo mi madre de mi situación a profundidad, ideó un plan que según ella me iba a sacar de la abstracción en la que me tenía sumido el tema de homosexualidad, que como ya dije, para ella era simplemente una enfermedad, cuya curación requería la utilización de varias estrategias. Entonces, comencé a ver que mi madre solicitaba con suma urgencia un crédito de dos millones de pesos. Recurría insistentemente ante entidades financieras, presentaba documentos, realizaba tramites, estaba muy concentrada en la obtención de dicho crédito. Para mis adentros, yo asumía que era para llevarme con algún psicólogo, psiquiatra, psicoterapeuta o sexólogo, con el fin de tratarme el problema de salud, que según ella me aquejaba. El día de mi cumpleaños, el día en que sucedió todo, fue común y corriente tanto para mi madre como para mí. Desde temprano, ella a su trabajo y yo a mis estudios. Como siempre, el infaltable jugo de frutos rojos, aquel delicioso y nutritivo jugo, al que yo llamaba jocosamente MUFA, porque llevaba moras, uvas, fresas y arándanos. Ese día inolvidable, mi madre estuvo muy cariñosa conmigo, me dijo que nos veíamos temprano porque me había encargado una torta de semillas de amapola que tanto me gustaba, para celebrar mi mayoría de edad y una sorpresa adicional que me iba a gustar mucho. Cuando llegué en la tarde, justo ya estaba la torta servida, dos velitas de chocolate, una con el número 1 y una con el número 6, un cuchillo de partir tortas, además cuatro platos desechables, cuatro vasos desechables y cuatro cucharitas desechables, al notar que éramos solo dos, pensé por qué había cuatro, en eso estaba cuando timbraron en la puerta, ella misma fue a abrir, al volver venía acompañada de unas niñas muy parecidas, igualitas, diría yo, de unos 18 años. Mi madre me dijo, que iba a comprar la gaseosa, y que ahora volvía. Me las presentó, se llamaban Ingrid y Astrid. Eran unas niñas muy bonitas, de piel trigueña, el cabello oscuro y lacio, sus ojos marcadamente negros, un rostro fino y delicado, un cuerpo perfectamente conformado, un busto que se alzaba de manera coqueta y juguetona, y una cola redonda y arquitectónica. Lo que más me impactaba era su extraordinario parecido. Se rieron al verme que las observaba con cautela, “somos gemelas”, me dijeron, con voz suave y excitante, entonces se despojaron de una blusa naranja que traían puesta, y quedaron en un top blanco marcado cuidadosamente con el nombre de cada una, para que no me fuera a confundir. Me tomaron de la mano y me condujeron hasta la habitación, diciéndome que querían conocer mi alcoba, una vez allí, cerraron la puerta, y comenzaron a danzar de una manera muy sensual, yo estaba absorto, y me sentía en otro mundo, luego empezaron a desnudarse lentamente, cada una quitándole las prendas a la otra, mi corazón latía a mil kilómetros por horas, parecía que se iba a salir del pecho, ya desnudas, empezaron a besarse apasionadamente, tocando sus partes íntimas, yo creía estar soñando y no acataba a nada, entonces se acercaron a mí e intentaron tocarme y besarme, pero yo me resistí: de repente, me invadió una sensación de repulsión muy profunda, y lo que hasta hace un instante era una curiosidad ahora era un fastidio tremendo, no quería que me tocaran y mucho menos que me besaban, tan solo las observaba, como una amiga observa a sus amigas. Lo único que me ocurrió fue salir corriendo y meterme debajo de mi cama, para que no me molestaran con sus lances inoportunos, tenía ganas de llorar, quería que me devorara la tierra, quería que ellas desaparecieran de mi vida; sin embargo, allí permanecían, no entendían que lo único que podría interesarme de ellas, era que me dijeran cómo hacían para tener un cuerpo tan bonito o qué maquillaje usaban para hacerlas ver tan lindas. Rogaba a Dios que mi madre llegara pronto y me liberara de semejante tortura. No quería estar con ellas, no me gustaban. Al ver mi llanto inconsolable, me dijeron que mi madre estaba sufriendo mucho, y que les había pagado dos millones de pesos, para que me enseñaran los placeres que un hombre puede disfrutar. Se fueron. Al salir, mi madre estaba ahí, como esperando. Al verla, me inspiró un sentimiento de odio muy profundo, y la culpé de todas mis desgracias, entonces cogí el cuchillo de la torta y me abalancé sobre ella. Cuando llegó la policía, tenía en mis manos, el buzo con el que ella me abrigaba, cuando me llevaba a estudiar de pequeño, aquellas mañanas frías en las que todavía sentía que era una madre dulce y encantadora. FIN