martes, 22 de febrero de 2022
INTERINIDAD
INTERINIDAD Todo empezó cuando me dirigía hacia el trabajo. De eso hace ya tres o cuatro días, no estoy seguro. Lo que sí sé es que fue el día de mi cumpleaños, o sea el miércoles 3 de marzo; por si acaso, voy a agregar el año: de 1971. Estaba cumpliendo 23 años, ya que como todos ustedes saben nací el 3 de marzo de 1948, en la misma casa donde actualmente vivo, y en medio de una tarde fría en la que llovía a cántaros.
Como ustedes también saben, soy hijo único, ya que mi padre fue una de las víctimas de los infaustos acontecimientos ocurridos el viernes 9 de abril de 1948, cuando apenas tenía un mes de nacido. Mi madre nunca se casó de nuevo, y continuó la vida sin compañero y conmigo. Sea este el momento de resaltar la entrega y el ahínco con que mi madre me sacó adelante. Lo poco o mucho que soy, se lo debo a ella.
Aunque reconozco que mi infancia transcurrió entre muchas dificultades, jamás me faltó la comida ni la ropa. Nunca tuve lujos pero tampoco me faltó lo básico para sobrevivir. Estudié la primaria y la secundaria en la educación pública, y no estudié una carrera profesional porque no quise, porque lo que quería verdaderamente era dedicarme a la fotografía, y la fotografía no la enseñan en ninguna universidad sino que se aprende con la práctica.
Entonces comencé a trabajar. Mi madre me compró una cámara fotográfica básica, y aprendí por correspondencia el arte de tomar las fotos y desarrollarlas. Mandé a hacer unas tarjetas de presentación agregándole debajo de mi nombre, el título “Fotógrafo Profesional”, y me dediqué a cubrir eventos como cumpleaños, grados, bautizos, matrimonios, actividades culturales, primeras comuniones, reuniones sociales y celebraciones de todo tipo. Espiritualmente era feliz, porque me sentía realizado, aunque económicamente no, porque no alcanzaba a generar ingresos suficientes que me permitieran sobrevivir por sí solo, ni mucho menos ayudarle a mi vieja a cubrir los gastos de la casa. Por esa razón me decidí a buscar otro trabajo.
Entonces entré a trabajar en una fotografía que funcionaba en el centro, que había traído desde Estados Unidos una idea extraordinaria. Se trataba de que un fotógrafo profesional, en este caso yo, con una cámara de dotación que el almacén me entregaba, le tomaba las fotos a los despreocupados transeúntes que se movilizaban por el centro de la ciudad. Sí, allí por las calles principales de aquella urbe que comenzaba a despertar a la modernidad, se desplazaban infinidad de personas en situaciones particulares, que merecían ser grabadas para la posteridad.
Posteriormente se dirigían al almacén para adquirir los retratos, los cuales eran entregados en un lente especial con figura cúbica de colores, que se colocaba en uno de los ojos para observar la imagen. El experimento fue muy bien recibido y su aceptación, debido a su método innovador, fue total.
Yo, por mi parte me sentía feliz, no solo porque trabajaba en lo que me gustaba sino también porque mi situación económica comenzó a mejorar de manera ostensible. Cada foto valía cinco pesos. Me ganaba un peso por cada una, un peso valía el lente, un peso la desarrollada, un peso le quedaba al almacén, y el otro peso era para cubrir la eventualidad de aquella foto que algún transeúnte no quisiera comprar, aunque a decir verdad, casi todos terminaban por comprarla. El almacén tenía diez fotógrafos, y a todos nos iba muy bien, era un negocio redondo.
Ahora compraba ropa para mí, para mi madre, la invitaba a comer, hacía mercado, traía a la casa cosas que hacían falta, pagaba los servicios públicos, me sentía realmente útil, pero lo mejor era, que me daba para la realización más importante de un muchacho como yo: tener novia.
Mi novia se llama Briceida. Tiene 25 años. Y para mí, es la mujer más linda que ha parido el universo. Vende en un almacén de telas. La conocí precisamente en mi labor de fotógrafo. La retraté un día mientras caminaba rumbo a su trabajo, y desde entonces me enamoré perdidamente de ella, y creo que ella de mí. Briceida, no es alta ni baja, blanca ni negra, gorda ni flaca, bonita ni fea, pero para mí es la más bella entre las bellas.
Pero todo cambió el miércoles 3 de marzo. Caminaba plácidamente por la calle 36, me dirigía hacia el almacén para reclamar la cámara fotográfica, y me disponía a vivir un día, en mi concepto, muy productivo. No importaba que estuviera de cumpleaños, mi jefe me ofreció tomarme el día, pero no. Yo quise trabajar para ganar más, para pasarla bien con Briceida. Mi mamá me dio un buen desayuno, y salí a trabajar como de costumbre.
De repente, tropecé en un hueco que había en el andén, y caí en él. Me di un fuerte golpe en la cabeza y perdí la consciencia. Cuando desperté, me encontraba en un centro médico muy moderno, con unos equipos muy sofisticados.
Una enfermera me dijo que había caído por un agujero y que algunas personas me ayudaron a sacar, y pidieron una ambulancia que me trajo hasta aquí. Hoy me encuentro bien. Recuerdo perfectamente quién soy, y tengo presente todos mis datos personales aunque mis documentos se han extraviado.
Le pregunté a la enfermera cuándo ocurrió el accidente y me dijo que fue ayer. Entonces la indagué sobre qué día era, porque estoy casi seguro que era 5 o 6 de marzo, y no otra fecha que ella aseveraba. Pero el misterio iba más allá que uno o dos días de diferencia. La respuesta que ella me dio en ese momento fue devastadora: “Hoy es 25 de septiembre de 2016”, me respondió con absoluta certeza. Quedé sin palabras.
Necesitaba comunicarme urgentemente con Briceida y con mi madre. Me miraba en el espejo una y otra vez, para descartar que hubiera caído en un coma o algo parecido, calculé que en tal situación tendría 68 años, pero mi figura seguía siendo la misma, la de un joven de 23 años.
Consideré entonces que la enfermera me estaba jugando una broma pesada, pero dicha posibilidad quedó sin valor alguno al comprobar en el almanaque de la habitación donde me encontraba, que efectivamente era domingo 25 de septiembre de 2016.
Mi cámara se había extraviado al igual que mis documentos y un poco de dinero que llevaba en el bolsillo. Eso sí, seguía con la ropa y los zapatos. Estaba en un centro médico llamado “Clínica Santa Lucía”, el cual poseía unos equipos médicos y unos elementos increíblemente modernos.
Sucedió que frente a mí, había desplegada una pantalla negra y gigante, que al principio confundí con una ventana. Pues cuál no sería mi sorpresa cuando la enfermera apuntó hacia ella con un instrumento de forma rectangular, con varios botones, y se encendió de manera automática para dejarme ver unas imágenes sorprendentemente reales. Yo que estaba como pasmado, ante semejante visión, me sentía ajeno a una situación tan particular. Me levanté para ver qué había detrás de dicho aparato, pero la enfermera me pidió que regresara a la cama, y me entregó el instrumento de los botones, para que “viera lo que quisiera”. La enfermera se quedó mirándome fijamente cuando notó que yo no sabía a qué se refería.
-Le entrego el control remoto para que vea el programa que quiera en la televisión- me dijo con una leve sonrisa. Y se retiró.
Tomé el instrumento y oprimí aleatoriamente un botón. Noté que lo que yo hacía en el instrumento, de inmediato repercutía en el aparato. Luego de haberlo manipulado varias veces, descubrí que tras una combinación de números y botones, el aparato me mostraba infinidad de situaciones con unas imágenes tan nítidas y coloridas que tenía la rara sensación de estar viviendo en persona, cada una de las situaciones que en la pantalla aparecían.
Cuando la enfermera regresó, me encontró muy exaltado debido a la increíble propiedad del aparato y su sofisticado sistema; yo la inquirí, sobre de qué se trataba esta maravilla, pero ella creyendo que yo estaba bromeando, me miró fijamente dejando transmitir con su mirada un mensaje de incredulidad.
Pensando que yo había perdido la memoria, me recordó que aquello era un televisor de 42 pulgadas, que me ofrecía una amplia y variada gama de programación, a través de un sofisticado sistema satelital que me permitía ver hasta 360 canales, con una innumerable variedad de géneros y con las más altas propiedades cuantitativas y cualitativas de imagen y sonido, y que el instrumento era un control remoto, a través del cual yo podía manejar la pantalla sin tener que levantarme de la cama. Todo esto me dejó perplejo, era obvio que yo no podía recordar algo que jamás había conocido.
Todo esto empezó a darme vuelta en la cabeza y me dejó entrever, la posibilidad de que realmente me hallara en el año 2016, tal como me lo había manifestado la enfermera. Yo sé que parece una locura, pero les pido que me entiendan, qué más podía pensar yo ante semejante situación.
Sentí la necesidad de comunicarme con mi madre o con Briceida, entonces requerí a la enfermera, para que por favor, me permitiera una llamada.
Era de noche, y asumí que mi madre debería estar en la casa y Briceida en la suya, sabía perfectamente sus números telefónicos, pero me asaltó entonces un interrogante complejo: ¿Por qué no estaban junto a mí? Y tras este, sobrevino otro: ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Voy a hacer un gran esfuerzo para describir lo que sucedió a continuación.
Llegó la enfermera con un aparato, diré que algo similar al tal control remoto, pero de dimensiones menores, en ancho, largo y alto; sin teclas, números o botones. Con una pantalla plana, que cubría todo el aparato, y me lo entregó, pidiéndome que llamara.
Quedé atónito. Cómo iba a llamar de semejante esperpento, que no tenía ni de dónde marcar, ni por dónde hablar, además sin cables ni conexiones. La enfermera me miró esta vez, con cara de angustia, como si estuviera ante una persona que hubiera perdido la razón o la memoria. Percibí su preocupación.
Entonces me pidió el número, y me dijo que ella misma marcaría. Le di los dos números a la espera de ver qué era lo que ella iba a hacer.
-1469, el de Briceida. 1888, el de mi madre- le dije.
Me dijo que esos no eran números de teléfonos, que los números eran de diez cifras, y utilizó por primera vez, un término que me puso al borde de la locura: el celular. Diré que según ella, este es un instrumento que todas las personas tienen y que posee múltiples funciones y aplicaciones; entre ellas, hablar, escuchar, leer, escribir, jugar, observar, aprender y hacer; y cómo si fuera poco también tomar fotos. ¡Imagínense, también toma fotos!
Sentí la imperiosa necesidad de hablar detenidamente con la enfermera, para que me ayudara a dilucidar qué era lo que me estaba sucediendo.
Se llamaba Camila. Tenía 27 años. Era enfermera profesional. Por el momento, pertenecía al exclusivo club de las solteras.
-Camila- le dije. Necesito que me escuche y que me crea. Estoy advirtiendo cosas muy extrañas en mi vida, cosas que no corresponden con mi realidad. Hace tres o cuatro días, salía yo rumbo a mi trabajo, el cual es el de fotógrafo, y mientras caminaba, caí por un agujero que había en el andén, hasta ahí recuerdo. Al despertar, me encuentro ante un conjunto de situaciones completamente desconocidas para mí, usted me da la fecha, y hay un desfase de 45 años, aproximadamente, entonces yo necesito que por favor me explique qué ocurrió con mi vida durante ese tiempo.
-La verdad- me respondió ella con absoluta honestidad, es que es posible que usted haya sufrido un trastorno neurológico o algo parecido. Lo único que yo puedo certificar es que estamos en el año 2016, que no tenemos documentos suyos, que según su historia médica ya se encuentra bien de salud, y que no hemos podido contactarnos con un algún familiar o conocido suyo, porque a pesar de que hemos recurrido a los medios de comunicación, lo cierto es que nadie lo conoce. Y para completar, como ya ha sido dado de alta, debo informarle que no puede permanecer más en la clínica.
-¿Quién ha pagado mis gastos médicos?
-El municipio tiene una póliza para cubrir los gastos generados en una situación como esta.
-¿Dónde fue el incidente?
-Según la historia médica, quien lo trajo manifestó haberlo recogido inconsciente tras haber caído por un hueco que había sobre el andén de la calle 36 entre carreras 15 y 16. También informó que varias personas lo auxiliaron, porque el vacío era de casi 5 metros de profundidad.
-Me parece imposible, que yo no hubiera visto ese orificio.
-Es que parece que no estaba. Simplemente se abrió al usted pisar el sitio. Y con respecto a la pérdida de sus elementos, el señor que lo trajo, dice no haber visto nada, pero resalta que pudo haber sido que en el intento de rescate, alguien hubiera aprovechado la ocasión para sustraerlos.
-Exactamente, ¿qué dirección es esta?
-En estos momentos nos encontramos, en la “Clínica Santa Lucía”, calle 48 número 24-12.
-Yo vivo muy cerca de esta dirección, mi madre debe estar preocupada. Por favor Camila, le pido que me acompañe hasta mi casa, porque a pesar de vivir tanto tiempo en el sector no recuerdo este centro médico. Yo vivo en la calle 45 número 21-36. No estamos lejos.
-Lo voy a acompañar hasta donde usted dice, porque realmente es cerca, pero me debe esperar hasta que termine mi turno; es decir, hasta las 7.
Finalmente, tras un par de horas que se hicieron eternas, Camila llegó hasta la sala de espera donde me encontraba y salimos rumbo a mi casa.
El trayecto se me hizo largo, dispendioso y desconocido. Ahora había amplias avenidas, autobuses gigantes, y un inmenso parque de luces fulgurantes. Se me ocurrió que aquella era otra ciudad, pero al preguntarle a Camila, me certificó que era la misma. Pero yo la veía muy diferente.
Seguimos caminando por la avenida, y al cruzar un verdadero enjambre de vías, Camila se detuvo de manera abrupta porque habíamos llegado.
-Esta es la dirección- me dijo.
-No, no puede ser- respondí con absoluta certeza.
Mi casa no existía. Ahora, en su lugar, un moderno edificio de cinco pisos se levantaba imponente. La dirección era la correcta, un cartel en la parte superior de la primera planta de la edificación señalaba que esta era la calle 45 número 21-36.
De aquella callecita de casas humildes que tantas veces recorrí, no quedaba nada. A cambio de ella, ahora había una espectacular avenida de dos carriles y un inmenso separador cubierto de frondosos árboles. Desplacé la mirada alrededor de la cuadra, intentando recordar cada vivienda y quién vivía en cada una de ellas, para establecer algún tipo de contacto con alguno de mis vecinos, para que me contara qué había sucedido en estos tres o cuatro días, pero descubrí que al igual que mi casa, toda la cuadra se había transformado. Grandes y coloridas edificaciones la adornaban; inclusive en cada acera, más o menos a mitad de cuadra, dos enormes obras se erguían como monstruos gigantes que resguardaban la calle. Un edifico tenía 24 pisos y el otro 30.
Continué el recorrido visual, esperando encontrar algo que me fuera familiar. Pero todo me era desconocido. Caminamos a lo largo de la cuadra, y cuando creí que mis esfuerzos habían sido infructuosos, allá al final, en toda la esquina, una casita vieja aún se mantenía en pie.
Sí, por fin hallé algo que me atara al pasado de mi presente. Era la casa de doña Blanca, con el mismo color de pared, con las mismas cicatrices en su superficie, aunque ahora me parecía mucho más pequeña de lo que siempre la consideré, era la misma. Le pedí a Camila que me acompañara, para visitar a doña Blanca, ya que ella era una gran amiga de mi madre, y pudiera ser que ella me contara algo que yo ignoraba.
Llegamos a la casa y tocamos a la puerta. Salió una jovencita, diré de 15 o 16 años, la cual yo no conocía. Le pregunté por doña Blanca, y me dijo que estaba recostada, que si la necesitaba era mejor que volviera al siguiente día. Le manifesté que era urgente; además, agregué que yo era Alberto, Alberto Palermo, el hijo de doña Flor Elba, su mejor amiga. Me dijo que iba a decirle y que ya volvía.
Dos cosas me llamaron poderosamente la atención; la primera, que doña Blanca estuviera acostada tan temprano, apenas eran las 7 y 15, entonces consideré la posibilidad de que estuviera enferma; o por lo menos, algo indispuesta. La segunda, giraba en torno a quién era esa niña que nos había atendido, siendo yo su vecino de toda la vida, cómo era posible que jamás la hubiera visto. Camila permanecía expectante.
Al instante llegó hasta nosotros, una señora de edad muy avanzada, la cual tampoco yo conocía, calculo que tendría alrededor de 90 años.
-Buenas noches- le dije. Estoy buscando a la señora Blanca.
La anciana se quedó mirándome fijamente, como si no pudiera ver con claridad, y luego dirigió su mirada hacia Camila, con el mismo esfuerzo.
-Yo soy Blanca- me respondió con absoluta lucidez, mientras reparaba en quién la solicitaba a esta hora, en la puerta de su casa.
El corazón comenzó a palpitarme con gran rapidez, y parecía que se me iba a salir del pecho, empecé a sudar frío, como si me hubieran echado un balde de agua helada. Pasaron muchos segundos antes de que pudiera decir algo. Estaba atónito.
Tan sólo acaté a decirle que yo era Alberto, Alberto Palermo, el hijo de doña Flor Elba, su mejor amiga. Doña Blanca permanecía absorta. Pero noté que al nombrar a “doña Flor Elba”, de manera intempestiva un fulgurante rayo de luz se encendió en su rostro. Entonces intentó decirme algo, pero al notar lo particular de la escena, prefirió seguir callada; luego, me miró fijamente y como buscando algo en el lugar más recóndito de la memoria, me dijo:
-La única Flor Elba que he conocido, murió hace más de cuarenta años.
Yo sentía, que un monstruo enorme y voraz comenzaba a devorarme desde el interior de mi alma, y percibí que me desvanecía lenta y paulatinamente.
Al ver que yo era incapaz de pronunciar palabra alguna, Camila inquirió a la anciana sobre lo que había ocurrido con la señora Flor Elba.
-Flor Elba, se enfermó gravemente desde la desaparición de su hijo, el muchacho Albertico.
Y luego agregó:
-Ah pérdida tan extraña, la de ese muchacho.
Camila me observaba con sigilo, y en medio del desconcierto, se hizo partícipe de la situación más incómoda; aún proseguíamos instalados en la puerta de la casa de la señora, sin la posibilidad de poder entrar siquiera, al menos para sentarnos y que alguien nos brindara un vaso de agua con azúcar, para tratar de dilucidar toda esta locura, y descifrar el misterio más inexpugnable, que jamás alguien hubiera vivido.
Sabiendo que doña Blanca nunca iba a entender, que yo era el “Albertico”, que ella estaba nombrando, preferí no entrar en detalles, y le dije simplemente que nosotros éramos unos conocidos de la familia de Flor Elba, y que necesitábamos que ella nos diera alguna información al respecto.
Doña Blanca nos invitó a seguir, dejándonos en claro, que no había dónde sentarnos, y que en la sala no había luz, por lo que tendríamos que solventarnos con la penumbra de la puerta entreabierta. Camila, me hizo señas de que ya era muy tarde, y que quería llegar pronto a su casa porque estaba muy cansada. Entonces nos despedimos de doña Blanca con el compromiso de que yo volvería al siguiente día, para que me ampliara la información.
Ahora que había quedado confirmada mi teoría, surgía la mayor de las incertidumbres: ¿qué iba a ser de mi vida de ahora en adelante?
Por el momento, lo prioritario era saber dónde iba a dormir y qué iba a comer. Ya era de noche y tenía hambre. Camila me insinuó de muy buena manera que con todo gusto ella me hubiera invitado a su casa pero que vivía en un apartaestudio (vaya a saber qué es eso), y que por lo tanto le era completamente imposible acogerme. Pero me hizo un gran favor, me acompañó de nuevo hasta la clínica, y tras hablar con alguien, logró la aprobación para que me pudiera quedar allí, y recibir la alimentación básica.
Esa noche no pude dormir. Mil cosas pasaron por mi cabeza, y por más que trataba de encontrar una respuesta lógica a todo lo que me había sucedido, me era imposible hallarla. Aguardé con mucha expectativa que amaneciera pronto, para regresar a donde doña Blanca, y poder clarificar de esta manera, el tremendo enigma que me estaba consumiendo, no tanto porque fuera a encontrarle una solución inmediata a mi problema sino por saber qué habría sido de mi madre, y qué había ocurrido conmigo mismo.
Volví a la vetusta casa de doña Blanca, y esta vez pude percibir en toda su extensión, la pobreza que la azotaba; apenas podía recordar los aires de grandeza y suficiencia que se respiraban en esta casa en el pasado, o sea hace tres o cuatro días, que hasta yo mismo fui reprendido en alguna ocasión por sentarme en tan lujosos muebles, de la sala de tan prestante familia. Una prueba más de cuánto puede cambiar la vida, para bien o para mal.
Después de rectificar que en realidad yo era nieto de Alberto, el hijo de doña Flor Elba, se sintió más confiada y se dispuso a contarme cosas. Me enteré que la niña que vivía con ella, era su bisnieta, es decir era la nieta de Álvaro su hijo, el mismo que en la niñez jugaba fútbol conmigo. Álvaro había muerto y su hija, es decir la mamá de la niña, salía todas las mañanas a trabajar desde muy temprano, y regresaba en la noche. La niña había terminado su bachillerato, y ante la imposibilidad de seguir estudiando, debido a dificultades económicas, estaba cuidando de su bisabuela. Doña Blanca me contó cuándo, dónde y de qué había muerto mi madre, y donde fue enterrada. De igual manera, estuvo narrando durante más de una hora, con detalles que incluso yo desconocía, todo lo relacionado con mi extraña desaparición; y todo, absolutamente todo, coincidía con la versión que yo manejaba.
Regresé a la clínica a almorzar, era casi la una de la tarde, me encontré con Camila, y le conté todo lo que doña Blanca de había dicho, y agregué que según ella, mi cuerpo nunca fue encontrado, a pesar de haber excavado más de 25 metros. Ahora sólo me quedaba algo por hacer: buscar a Briceida.
Briceida vivía cerca al Palacio de Justicia. Le pedí a Camila que me acompañara a buscarla esa noche, pero como era un poco distante de la clínica, Camila me pidió que mejor fuéramos al siguiente día en la mañana, ya que era su día de descanso. A pesar, de mi afán desmedido, terminé comprendiendo a Camila, y coincidí en que mañana, sería un mejor día para ir a buscarla; entre tanto, aprovechando que comenzaba a entender la distribución geográfica de la ciudad, decidí que esa tarde iría hasta el lugar de mi trabajo, para buscar pistas que me permitieran comprender lo acaecido.
En la tarde fui notificado de que no podía continuar en la clínica. Mi alternativa fue ir hasta la fotografía y devolverme para esperar a Camila. No tenía ropa ni dinero, necesitaba bañarme y afeitarme. Estaba desesperado. Yo que estaba acostumbrado a no depender de nadie, ahora me hallaba a expensas de la buena voluntad de los demás, perdido en el laberinto del tiempo, y a 45 años de distancia de mi real existencia.
Bajé por la calle 36, aprendí a leer las direcciones tal y como Camila me lo había enseñado, la descubrí de nuevo. Vi la catedral, el parque, los almacenes, los edificios, era el centro de la ciudad. La de ahora, era una urbe moderna y portentosa que se mostraba rauda e imponente, me sentía como si hubiera acabado de llegar de un largo viaje, con la irreparable sensación de haberme perdido los enormes cambios que el desarrollo había traído en mi ausencia. Sentí la necesidad de entrar a la iglesia, y oré. En mi mente aparecieron mil recuerdos vividos en este recinto sagrado, entonces la hallé como una parte del ayer que me ataba al hoy. Desde lo más profundo de mi alma rogué a Dios Omnipotente, que me permitiera salir de esta encrucijada, que me diera la oportunidad de superar esta dificultad, que de alguna manera lograra encontrarle una explicación lógica a esta locura, y que finalmente pudiera regresar al pasado al cual pertenecía, para seguir disfrutado la presencia de mi madre, de mi novia, de mi trabajo y de mi vida.
Mientras me aproximaba al lugar de la fotografía, como era de esperarse, noté que esta ya no estaba. Había un espectacular y flamante local comercial de ropa y calzado. Pero unos metros antes de alcanzar la puerta de ingreso, me encontré de frente con la fuente de mi desgracia. Era el agujero de la desdicha. Las autoridades municipales lo habían encerrado y unos obreros trabajaban en su sellamiento. Me pareció muy pequeño y poco profundo. A uno de los trabajadores, le pregunté qué había sucedido allí, y me dijo que un joven había caído, pero que por fortuna no le había pasado nada grave. Sin haber resuelto nada en particular, y por el contrario, haber ahondado aún más todas mis inquietudes, decidí devolverme hasta la clínica para esperar a Camila.
Cuando ella salió le conté lo acontecido, y le pedí el favor de que me dejara quedar en su casa, solo por esa noche, le dije que necesitaba asearme, que mañana me iba a encontrar con Briceida, para contarle lo que me había pasado, y que de seguro todo volvería a la normalidad, y una corriente de energía positiva me invadió de repente, me ilusioné con la posibilidad de hallar un buen trabajo, que quizás hasta me pudiera convertir en una figura rampante de la fotografía, y que de esta manera pudiera ofrecerle a Briceida todo lo que siempre había soñado.
Tras reconocer, que era verdad lo de mi extravío en el tiempo, Camila accedió a permitirme descansar en su casa, con la condición de que sería únicamente por esa noche, y que al siguiente día, ella misma me ayudaría a encontrar una solución definitiva, bien fuera con lo de Briceida o con alguna colaboración por parte de la alcaldía.
Vivía en un apartamento muy pequeño, que tenía una sola alcoba, entonces fue cuando comprendí el concepto de apartaestudio. Pero todo estaba muy bien distribuido y organizado; reparé en que, de un aparato largo y blanco salía un aire frío que refrescaba el apartamento y me dijo que se llamaba aire acondicionado, lo cual me pareció increíblemente sofisticado, y ni qué decir de la nevera, la estufa, la lavadora, el televisor; además, me enseñó un instrumento negro de pantalla plana, más pequeño que un televisor pero con mil funciones más, elemento al que ella llamaba portátil.
Comí algo que ella llamaba “sánduche”, y tomé gaseosa, era lo que Camila había preparado para los dos, luego me bañe, y me cambié con una pantaloneta y una camiseta de Camila, y lavé la ropa que traía para que se secara para el otro día, entonces Camila me prestó el portátil para que conociera las profundas transformaciones que el mundo había vivido en todos sus aspectos, en los últimos 45 años, y quedé fascinado, advertí que en las actuales circunstancias, la vida era mucho más fácil y llegué a la conclusión de que en cualquier caso, todo tiempo pasado siempre fue peor.
Camila me acompañó por un par de horas pero después se fue a descansar, porque me dijo que mañana saldríamos temprano para ir hasta donde Briceida. Recuerdo que el alba me sorprendió en el insaciable deseo de saber y conocer más, y apenas pude descansar unos minutos antes de levantarme.
Temprano en la mañana, salimos para ir hasta donde Briceida. Antes de salir, Camila me brindó un desayuno de huevos fritos con jugo de naranja, huevos que me sabían diferente a los de mi época y un jugo que no había que preparar sino que ya venía preparado. Agradezco infinitamente a Camila todas sus atenciones. Mientras tomaba el desayuno vino a mi mente un pensamiento absurdo. Imaginaba que Camila y yo podríamos ser novios, ya que teníamos más o menos la misma edad, y la verdad me parecía una mujer muy bonita; ella tenía 27 años y yo supuestamente 23, aunque en la realidad, tenía 68 años, y cruzó entonces por mi mente, de manera inesperada, una idea grotesca: podría ser posible que Camila fuera mi hija o mi nieta, lo cual constituía no solamente una total locura, sino también mi inevitable caída hacia un precipicio oscuro y profundo que me conducía hasta el mismísimo infierno.
Pero pronto me reconforté en la latente posibilidad de encontrarme nuevamente con Briceida; que pudiera regresar al pasado, que todo volviera a la normalidad y que acabara de una vez por todas, este disparate. Fue cuando Camila, me dijo que ella sabía qué pudo haber ocurrido con mi vida.
Salimos a la calle, recuerdo perfectamente que era un día radiante, el sol brillaba en todo su esplendor y no aparecía una sola nube en el cielo. Noté que las casas y los establecimientos estaban adornados con el pabellón nacional, entonces pensé que se estaba celebrando alguna fiesta patria, o algo por el estilo, pregunté qué fecha era, Camila me dijo que era martes 27 de septiembre de 2016. Me sentí perdido, extraño, solitario, acabado.
Camila me dijo que hoy era un día de gloria para la nación y para el mundo entero. Con profunda alegría me contó que hoy se firmaba la paz entre el gobierno nacional y la insurgencia armada, que hoy se acababa la guerra, y unas tiernas lágrimas de felicidad, aguaron sus ojos, rodaron por sus mejillas, y me estremecieron el alma; quise abrazarla y celebrar con ella algo que no sabía en realidad, de qué se trataba.
Para ir hasta la dirección de Briceida, pasamos nuevamente por el agujero por donde me había caído, y descubrimos que ya había sido tapado por completo, no quedaba rastro alguno. De alguna manera, interpreté que había quedado atrapado para siempre en el futuro, que mi viaje de regreso estaba cancelado. Seguimos caminando, los televisores permanecían encendidos, el ambiente era de fiesta, la gente se saludaba de manera cordial, las personas se abrazaban con afecto. Aún sin entender el verdadero significado de la fiesta que se estaba viviendo, me sentía conmovido y estaba contagiado de optimismo y energía positiva. Mientras nos acercamos a la dirección señalada, Camila estuvo narrándome, los horrores de la guerra fratricida que llegaba su fin, guerra que había comenzado en mis tiempos, apenas unos días después de mi nacimiento, y que vea usted, terminaba con mi irrupción intempestiva en el futuro.
Camila me comentó que lo que me pudo haber sucedido, fue que al caer por aquel orificio, me hubiera resbalado por un agujero de gusano; es decir, por un atajo que une dos lugares del universo, separados por las variables del tiempo y el espacio, y este me hubiera arrojado a la época actual. Ante semejante definición, me sentí el hombre más ignorante del mundo, pero lo dijo con un convencimiento tal, que aunque para mí, fue lo más absurdo que escuchado en mi vida; para ella, toda esa locura era la única explicación posible al despropósito que yo estaba viviendo.
Finalmente llegamos a la dirección que estábamos buscando, y cuál no sería mi sorpresa al descubrir, que en toda esa manzana no había una sola casa, ahora en su lugar se erigía una enorme plazoleta, construida en nombre de un gran líder político inmolado de la región, con el ánimo de celebrar todo tipo de acontecimientos. En la plazoleta había dispuesta una pantalla gigante que transmitía en directo el acto de firma de la paz, era como un televisor gigante con un gran sonido, y cientos de personas alrededor, presenciando tan extraordinario acontecimiento.
Mientras todos los presentes se regocijaban de forma unánime con el fin de la guerra, yo me hundía en el abismo de la desesperación total. Y pensar que hacía apenas tres o cuatro días, me encontraba trabajando tranquilamente, disfrutando la compañía de mi madre y de mi novia, y que ahora estaba aquí, a 45 años de distancia, perdido en el inconmensurable océano del incierto destino que se había anticipado al normal transcurrir de mi existencia.
FIN
INFAMIA
INFAMIA
Desde un principio su familia supo que aquella niña iba a ser alguien muy especial. La llegada de la pequeña a este mundo ingrato se produjo entre el olor a sahumerio y los cantos gregorianos de un Viernes Santo en la tarde. Su llanto de recién nacida, retumbó entre los sermones y las procesiones que el pueblo creyente celebraba con tanta devoción en tan sagrada hora.
Como fuera concebida luego de una súplica incesante de sus padres a Dios, una vez nacida, decidieron consagrar su vida al señor Jesucristo, porque para ellos, el privilegio de sentirse padres sólo había sido posible bajo la intervención divina; por tanto, dedicaron todos sus esfuerzos a que la niña representara una manifestación auténtica de amor y de servicio.
Bautizada como Dios manda, antes de cumplir el año de vida, sobre la pila bautismal fue llamada Estela, en consideración a que su llegada fue como “una estela de la gracia divina”. Desde entonces, Estelita fue una niña tierna y dulce que se distinguió por ser muy aventajada en su desarrollo psicológico y a pesar de su corta edad, obediente en el cumplimiento de sus deberes y colaboradora en los quehaceres de la casa.
A medida que fue creciendo, fue dando muestras de su grandeza, ya en el desempeño académico, ya en el ámbito familiar, y pronto sintió la necesidad de vincularse a la iglesia, primero asistiendo al catecismo y luego como monaguilla en la celebración de la Santa Misa.
En su escuela fue una niña colmada de virtudes, ganó certámenes tan disímiles como el torneo de natación, las olimpiadas matemáticas, el concurso de ortografía, las ferias de la ciencia, alcanzó inclusive el título de princesa de la escuela y de personera estudiantil. Aclamada siempre como la mejor de las compañeras, y con un liderazgo natural tan sobresaliente, que todos los estamentos de la institución, la abordaban regularmente para conocer su opinión sobre algún tema específico. Todos sabían que podían contar incondicionalmente con ella.
A los doce años hizo la primera comunión. No quiso fiestas ni regalos. Su compromiso de ahí en adelante, fue servirle al señor Jesucristo a través del amor a los demás. Su único propósito fue entonces terminar pronto el bachillerato para vincularse como religiosa.
En su colegio fue una niña alegre, cordial, respetuosa, ejemplar. Dedicada por completo a sus estudios; pintaba, declamaba, jugaba voleibol, contaba cuentos, todo con gran versatilidad. Representaba a la institución en diferentes actividades y brillaba siempre con su actitud positiva. Contaba con el atributo especial de la persuasión a través de una oratoria fluida, respaldada en el conocimiento profundo de los temas de actualidad y de cultura general. Su tiempo lo distribuía de tal manera que le alcanzara para dedicarse a su verdadera pasión, el servicio a los demás y a la iglesia.
Una vez bachiller, se acercó a sus padres con el ánimo de manifestarles que quería ser religiosa. Dada la vocación cristiana de ellos y los antecedentes del nacimiento de la niña, no quisieron interponerse ante la decisión de Estelita sino que por el contrario, le mostraron todo su apoyo.
Afortunadamente para la jovencita, existía en el mismo pueblo una congregación religiosa femenina llamada “Las siervas de Cristo”, la cual poseía un afamado convento cerca del parque principal, lugar en el que se asentaban las hermanas para desarrollar sus actividades.
De esta manera, Estelita ingresó al monasterio. Sus padres la llevaron una tarde lluviosa de enero, convencidos de su absoluta vocación y de que en tan sólo dos años de formación ella alcanzaría su sueño, entonces ellos mismos vendrían para celebrar con ella su graduación como religiosa.
Más como nada de lo que tanto se programa termina por cumplirse, a los seis meses de haber Estelita ingresado al convento, su madre enfermó gravemente. Tras diversos análisis los médicos encontraron que la señora estaba invadida de un cáncer muy agresivo, llevándola a un estado terminal en poco tiempo. Finalmente unos días después de haber cumplido un año de estudios, y en medio de la congoja y el desconcierto, la jovencita y su padre, daban cristiana sepultura a la señora en el cementerio central.
Y como si eso no fuera poco, a raíz de la inesperada pérdida de su esposa, el padre de Estelita comenzó a padecer múltiples dolencias, originadas todas en la soledad repentina en la que su compañera de toda la vida lo había dejado, entre esas afecciones, una traicionera deficiencia inmunitaria, que lo fue doblegando hasta llevarlo a la tumba, unos días antes de cumplir un año de muerta su esposa.
Así las cosas, Estelita se halló de pronto sola de familia en este mundo, tan sólo contaba con la compañía de Dios y del señor Jesucristo, y de sus hermanas de fe. Su única familiar, una tía prima muy lejana, le aseveró frente al ataúd de su padre en plena velación “qué por qué Dios había sido tan duro con ella si ella había sido siempre tan buena”, la hermana Estela le recriminó duramente su procacidad, recriminándole con dureza:
-¡Apártate de mí, Satanás en forma de tía prima! Ni yo ni nadie, somos alguien para criticar la sagrada voluntad de Dios Omnipotente.
Luego de su doble padecimiento, finalmente Estelita se graduó de religiosa, el logro se produjo una tarde de diciembre, en la antesala de la navidad y lejos de ser como ella lo hubiera imaginado, el acontecimiento no pudo contar con la presencia de sus progenitores y sus sentimientos tuvieron que repartirse entre la alegría de servir a Dios, como siempre lo había soñado, y la nostalgia de no poder compartir con ellos el alcance de su éxito.
Desde entonces la hermana Estela fue el alma y la vida del convento, entregada siempre a la oración, complementaba su tiempo ayudando en las labores propias del recinto, preparaba los alimentos, hacía el aseo, lavaba la ropa, traía el mercado, además participaba del coro y enseñaba el catecismo a niñas y niños del sector. Pronto su entusiasmo contagiante y su energía desbordante se esparcieron en el convento y lo llenó de luz y alegría.
Luego, cuando la hermana Estela cubrió con su devoción toda la congregación, su carisma traspasó las paredes del lugar y trascendió hasta las fronteras del pueblo mismo, donde gracias a sus actividades de misericordia y de servicio alcanzó el reconocimiento invaluable de su trabajo.
Ahora la hermana Estela era solicitada a lo largo y ancho del poblado. Enseñaba religión católica en escuelas y colegios a través de una novedosa y acogedora didáctica, consolaba con su visita y su mensaje a los desvalidos, reconfortaba con su compañía y su oración a los enfermos, gracias a sus campañas entre los acomodados, recogía y entregaba mercados a los pobres y juguetes a los niños, dictaba charlas amenas a jóvenes con el fin de apartarlos de los problemas que los aquejaban, y como si esto no fuera poco, su escaso tiempo libre lo dedicaba al estudio y la práctica de la enfermería.
San Laureano, el municipio donde nació y creció la hermana Estela, está enclavado en una especie de valle de baja montaña, rodeado por dos ríos más o menos caudalosos, que lentamente se van a cercando a la población pero que al aproximarse vuelven a separarse de manera caprichosa para juntarse de manera definitiva aguas abajo, allí en el sitio del divorcio transitorio, aparece el promontorio de casas blancas y blancuzcas, nunca de colores ni de más de un piso, de clima ardiente pero con terribles aguaceros, de gente cordial y amable, de tierras fértiles y versátiles, de la catedral más grande del mundo porque nunca logra verse colmada, del parque principal que tiene más bancas que árboles. Si, este es San Laureano, donde la utopía y la distopía conviven a la perfección, y sus causas y consecuencias son hechos cotidianos que suceden sin el menor reparo.
Es precisamente esa posición privilegiada la fuente de su desdicha, porque aquella población que vista a lo lejos parece ser un pesebre y que en realidad debiera llamarse “Entre Ríos”, forjó una ubicación que le sirvió como caldo de cultivo para que organizaciones armadas ilegales de izquierda y de derecha, encontraran un asiento ideal desde el cual pudieran divisar el paisaje político, económico, social, cultural, ambiental y natural que los rodeaba, y cómo poderlo amoldar para favorecer sus intereses, convirtiendo sus tierras en un lugar propicio para prosperar.
Por considerar que aquellas actividades, vinieran de donde vinieran, ofendían a Dios, la hermana Estela las rechazaba de plano. También criticaba de manera implacable el accionar de esas organizaciones sin hacer ningún tipo de distinción y las enfrentaba ideológicamente a sabiendas de que eventualmente, su posición pudiera representarle dificultades; inclusive, llegó a proponer que las armas no debían estar en poder de la gente, y que su municipio era un territorio de paz, del cual debían salir todos los grupos armados ilegales y también los legales, incluida hasta la policía misma.
Un día una mujer de aspecto humilde y servicial, y cuyo rostro mostraba las inclemencias de una vida muy dura, se acercó hasta el convento con el ánimo de entrevistarse con la hermana Estela. La religiosa estaba lavando los platos del almuerzo cuando le avisaron que alguien la solicitaba con prontitud, y ella dejando temporalmente su oficio, salió presurosa a fin de poder atenderla. Una vez frente a frente, la mujer le dijo:
-Hermana Estela, tengo un compañero muy enfermo que requiere su ayuda. Nosotros sabemos que usted está estudiando enfermería y que tiene un corazón muy grande para ayudar al que lo necesita, si usted no nos ayuda el pobre hombre va a morir.
-Y, ¿quién es el hombre? ¿Qué le sucede? ¿Por qué no lo lleva al médico? ¿Por qué recurre a mí? - preguntó sorprendida la hermana Estela.
-Él me pidió que hablara con usted primero - respondió la mujer. Y luego agregó:
-Estudiaron la secundaria, se llama Julián, siempre la admiró mucho, y por esas cosas de la vida, decidió vincularse a la guerrilla. Ayer fue gravemente herido, en un bombardeo del ejército en la vereda “La Azufrada”, y francamente lo veo muy mal, creo que está al borde de la muerte.
La hermana quedó atónita, estaba desencajada, su rostro palidecía y había entrado en estado de choque. Tan sólo acató a decir que la esperara un momento que iba por su maleta, y que ya mismo partían al lugar. Terminó de asear la cocina y salieron pronto rumbo a “La Azufrada”.
Y no era para menos. Para la hermana Estela; Julián, a quien ahora conocían con el alias de “Freddy”, había sido siempre un muchacho ejemplar, y si en alguna ocasión la hoy religiosa hubiera optado por enamorarse, con total seguridad habría abrigado aquel sentimiento solamente por Julián; por tanto, más allá de cualquier diferencia política, ideológica o filosófica, o de cualquier otra consideración, por razones puramente de humanidad, debía prestarle la atención médica a un herido que la requería con urgencia.
Quedó impávida al encontrarse con el herido. No lograba entender de manera lógica, cómo aquel muchacho tierno con el que desarrollaba las tareas y compartía las clases hacía apenas unos años, hoy se hubiera convertido en un portentoso guerrillero, virtuoso en el manejo de las armas, dispuesto a dar la vida por la construcción de un mundo más justo para todos y que en ese desdibujado salpicar del destino ella estuviera a su lado, mientras parecía morirse en un lejano y agreste campamento, huyendo de los bombardeos inclementes de la fuerzas gubernamentales.
De inmediato emprendió el tratamiento médico, consideró que con la curación de la herida, antibióticos cada ocho horas, analgésicos cada seis, una alimentación adecuada, una atención esmerada, y rezando por él, Julián pronto podría recobrar la salud. Afortunadamente el muchacho era fuerte y la herida no había sido mortal. Aun así, la madre Estela tomó la decisión de permanecer dos días más en el campamento, cuidándole el sueño, preparándole los alimentos, tratándole la herida, suministrándole los medicamentos, pidiéndole a Dios por su salud, y haciendo lo necesario para tratar de convencerlo de que abandonara ese infierno en el que se hallaba inmerso, pero todo fue infructuoso, “Freddy” estaba fuertemente arraigado a sus ideales y los defendía con vehemencia.
Entonces partió. Se despidió de él convencida de que sería la última vez que lo vería en la vida. Y mientras bajaba las montañas notó como su carácter se fue destemplando, y un sentimiento romántico afloró intempestivamente en su interior, reparando en que aquella manifestación de altruismo era de cierta manera el ejemplo más grande de cristiandad, y que de cualquier forma, la decisión de su excompañero era entendible y debía aceptarla.
La sobrecogedora imagen de la hermana Estela regresando a su hogar natural después de la repentina ausencia, trajo a la comunidad la felicidad de contar nuevamente con ella, y sobre todo, de cuantificar y cualificar el verdadero valor de su incondicional aporte. A pesar de que habían sido sólo dos días sin su presencia, parecía como si al convento lo hubiera sorprendido una vejez prematura, adquiriendo en ciertos espacios, contornos lúgubres, que dibujaban en su interior los paisajes opacos de la tristeza y de la nostalgia. Su llegada puso todo en orden y la alegría volvió de nuevo.
No habían pasado ocho días de aquel acontecimiento cuando la desgracia, disfrazada de traje militar, tocó a las puertas de la congregación manchando a la hermana Estela, a la comunidad, al pueblo y al mundo entero con los tonos más infames de la vileza y la ruindad del ser humano.
Un grupo de paramilitares de ultraderecha que controlaban una de las montañas adyacentes, conoció a través de informantes a los que pagaban por traer información del pueblo, sobre la noble acción de la hermana Estela con su excompañero y la declaró objetivo militar por sus “evidentes vínculos con la guerrilla”, razón por la cual decidió darle un castigo que le sirviera de escarmiento a ella y a quien intentara repetir la afrenta.
16 hombres y 4 mujeres fuertemente armados, llegaron hasta el convento ubicado en un sector céntrico del municipio, a la luz del día, a dos cuadras del cuartel general de policía y de la alcaldía, del parque principal y de la catedral, y nadie vio ni oyó nada. Tocaron a la puerta y al entreabrir la hermana que servía en la portería, la empujaron con fuerza y se metieron como perro por su casa, reunieron a toda la comunidad en el patio central, atemorizando a las religiosas con un discurso cargado de odio y venganza, de improperios y vulgaridades, y pidiéndole a la hermana Blanca, la Madre Superiora del convento, que entregara a la hermana Estela, la cual, según ellos, había cometido una falta grave contra los principios cristianos y contra el pueblo entero.
La hermana Estela, dio un paso adelante acercándose a una de las mujeres y recriminando al grupo por su entrada violenta al recinto. Un hombre bajito y barrigón, peludo pero calvo, quien fungía como líder del grupo la requirió, intimidándola con palabras soeces y actitud desafiante:
-¿Y quién es usted?- preguntó él con desprecio.
-¡Yo soy Estela!- respondió ella con decisión.
-Si estamos aquí, es por culpa suya- agregó el bribón.
-Yo no he hecho nada malo, pero si tienen que decirme algo, díganmelo a mí misma y yo daré mis razones, pero no tienen ningún derecho de someter a mis hermanas a todos sus vejámenes, irrespetando además esta casa sagrada donde vive el Señor- ripostó la hermana.
-Además alzada, la bellaca- aseveró el calvo, manoseándole el rostro a la hermana de manera abrupta.
-¡Insolente!- exclamó la hermana, sembrándole una bofetada de refleja inspiración, por atrevido.
De inmediato comenzó el infierno. Las 4 mujeres del grupo, detuvieron con violencia a las hermanas de la congregación, en tanto que los 16 hombres, de manera escabrosa comenzaron a desnudar a la hermana Estela, la madre Blanca, profería gritos de rechazo mientras intentaba zafarse para auxiliar a la hermana Estela, las otras hermanas la secundaban en su propósito con similar actitud, pero todo era caos, las mujeres comenzaron entonces a golpear a puños y patadas a las hermanas, para lograr dominarlas y que los forajidos pudieran cumplir su objetivo.
Pero peor suplicio estaba padeciendo la hermana Estela, al ver que querían despojarla de sus vestidos, intentaba defenderse como gato patas arriba, arañando, rasguñando, manoteando y mordiendo, pero como vieran que era indomable intentando preservar su honor, uno de los rufianes le dio un fuerte golpe en la cabeza, con el fusil, descalabrándola y dejándola además inconsciente. Una vez desnuda y sometida, los 16 hombres, fueron uno a uno abusando sexualmente de ella. Si es difícil describir las dantesca escena como sería presenciar tan execrable espectáculo, que 16 paramilitares fuertemente armados, estuvieran violando sin aspavientos a una joven religiosa indefensa en el patio central de un convento y a la vista de las demás religiosas de la congregación y de sus 4 compañeras de fechorías, mientras afuera nadie se daba por entendido de semejante esperpento.
Cuando terminaron, se vistieron y salieron. Se fueron riendo como si nada, y el calvo, con repugnante ademán, se masajeaba la barriga como dando a entender a sus secuaces, que “había estado muy buena la comida” y se carcajeaban de forma estrepitosa y vulgar.
En el interior entre tanto la confusión era general. Las religiosas, corrieron a auxiliar a la hermana Estela, mientras trataban de asimilar que el horrendo panorama era real, y que la hermana Estela se hallaba tirada en el piso, emanando sangre por su cuerpo: un chorro que salía de su cabeza, y un hilo que escapaba tímidamente entre sus piernas como prueba indudable de su virginidad. De repente, a lo lejos se oyó una sirena y apareció una patrulla de la policía que recogió a la herida y la llevó al hospital. Las autoridades, los medios de comunicación y una brigada de curiosos rodearon el convento para comentar el alcance de la barbarie, rumorando mil versiones sobre el verdadero origen de tan grotesca imagen.
La noticia se regó como pólvora por el municipio, y pronto trascendió también al departamento, al país y al mundo entero, reseñando a través de los medios, el brutal acontecimiento con irracional sensacionalismo y criticando el acto de provocación de la religiosa al visitar el campamento rebelde.
La hermana Estela estuvo por aquellos días a punto de morir, física y espiritualmente, pero se reconfortó en la idea de justicia y de perdón de Dios Omnipotente, y logró recuperarse paulatinamente. Su fortaleza le alcanzó hasta para abrigar una tenue luz de esperanza en que todo podría ser mejor, y una misteriosa e inexplicable ola de optimismo la invadió poderosamente. Pero lo peor estaba por venir.
Como demostración irrefutable de cuánto puede cambiar la vida de una persona en un instante, al mes de aquel infausto suceso, la hermana Estela se hallaba inmersa en una situación espantosa. Tras diversas pruebas médicas, se pudo confirmar que por efecto de la violación había quedado embarazada, ante semejante condición la madre superiora optó por despedirla de su vida religiosa, predicando que era imposible servir al señor como religiosa siendo madre, y que más bien debía buscar al padre del bebé para sellar esa unión ante los ojos de Dios. La hermana Estela quedó absorta ante tan terrible designio y sintió que un monstruo grande y furioso la devoraba desde el interior de su alma.
Pero había otra opción: abortar. La hermana Estela se encontró entonces en medio de una inmensa disyuntiva, o tenía su hijo y le decía adiós al servicio del señor Jesucristo, o abortaba, violando la ley sagrada que ella como cristiana tantas veces había defendido.
De pronto una nueva Estela, rebelde e inflexible, brotó de su interior y decidió que era imposible aceptar un hijo que no fuera producto del amor genuino sino de la más grande infamia que jamás hubiera presenciado el género humano. Y que como fuera inevitable que esta decisión trajera numerosas consecuencias, entre ellas la de ser expulsada de la vida religiosa, lo cual fue desde siempre su más grande anhelo, optó por abortar.
Entonces con sus únicos ahorros, partió hasta el pueblo más cercano, visitó al médico que practicaba este tipo de procedimientos y lo convenció para que la ayudara, y una vez liberada de su martirio, buscó a Julián y le pidió que la dejara acompañarlo en su propósito, el cual era la lucha revolucionaria.
Desde entonces desapareció la dulce hermana Estela, en su remplazo, una mujer aguerrida y sin compasión alguna, tomó las armas y se hizo rebelde. Su primer acto fue tomar prisioneros a los 16 hombres que la violaron y a las 4 mujeres que los secundaron, para bajarlos hasta el parque principal, y ante el pueblo allí reunido, ella misma con un fusil de asalto AK-47, con su boina negra mal acomodada, su traje militar de camuflaje pictórico, sus cananas entrecruzadas en el pecho, y su rostro entristecido, los fusiló uno a uno, empezando con las mujeres y acabando con el calvo que labró su desgracia.
FIN
martes, 8 de febrero de 2022
HISTORIA DE AMOR EN OCHO ACTOS
HISTORIA DE AMOR EN OCHO ACTOS
Un día bajando por la calle empinada la descubrí. Es tal vez el día más afortunado de mi existencia. Gritaría a los cuatro vientos, sin temor a equivocarme, que jamás he conocido ni conoceré a una mujer más hermosa que ella.
Puedo proclamar sin remordimientos, que a partir del instante en que la hallé, no existen siete sino ocho maravillas del mundo, y que entre esas ocho, ella es de lejos la primera. No quiero que vayan a creer que lo que les digo de ella es una exageración.
Pero debo advertir que su luz es el único sol que alumbra mi vida, que su presencia es el único aire que respira mi alma, que su existencia es la única agua que refresca mi espíritu y que su ser es la única fuente que alimenta mis sueños.
Quiero señalar con total claridad que de ella me he enamorado perdidamente, que ese amor es completamente incondicional, y que si fuera necesario daría hasta mi propia vida con tal de verla feliz, aunque eso significara abandonar mi más grande ilusión: la de tenerla a mi lado.
A continuación haré una breve descripción, lo más objetiva posible, de todos los acontecimientos que me han permitido considerarme un habitante más de esta alucinante dimensión humana llamada “el amor”, isla paradisíaca en la cual he quedado deliciosamente atrapado.
Por esas cosas extrañas del destino, que por más que uno intente, jamás logra encontrarle una justificación, el día en que la conocí, no me fui por la misma calle de siempre sino que decidí inexplicablemente bajar por una calle corta cuya característica principal es el gran desnivel que presenta, lo que la hace una vía increíblemente empinada, y por tanto, dificultosa tanto para bajarla como para subirla.
Y allí la vi por primera vez. La perfección de su imagen me sorprendió como un destello fulgurante. Ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni blanca ni negra, ni joven ni vieja, simplemente perfecta. Su estampa cubierta por la magia de la belleza latina, realzaba sus curvas torneadas con esmero y su dotación de fémina, exuberante como la primavera. Su cuerpo armonioso como el universo y su figura tallada con rigurosa precisión, revelaban un diseño perturbador que se esparcía con imponencia ante la latente utopía de estar al frente de la mismísima Afrodita, descansando desnuda en los jardines del monte Olimpo, mientras los mortales se despojaban de cualquier gracia con tal de alcanzarla.
Al día siguiente, tomé el mismo camino con el único propósito de volver a verla. Había pasado toda la noche pensando en ella, percibiendo su presencia como un elemento básico de supervivencia, alimentando una especie de veneración que se materializaba a medida que la noche transcurría.
Nuevamente estaba allí. Ahora me percaté de la hermosura de su cabello, lacio como una caída de agua fresca y oscuro como la profundidad del océano. La brisa lo ondeaba como una bandera en lo alto del firmamento, y cuando se tranquilizaba, caía adormecido sobre sus hombros, donde se apaciguaba como el más fino terciopelo y se convertía en el lecho preferido de los dioses, cuando decidían bajar a la tierra.
Al tercer día pude repetir la formidable experiencia de deleitarme con su bella presencia. Y esta vez fue de manera esplendorosa ya que por primera ocasión tuvimos contacto directo. Nuestras miradas se cruzaron intempestivamente y el brillo de sus ojos abrumó mis sentidos; su mirada, misteriosa como el mar y profunda como el cielo, era una descarga de pasión y ternura que acallaba hasta el espíritu más rebelde.
Al cuarto día nuevamente pude verla. Esta vez me detuve a contemplar la majestuosidad de sus ojos; grandes como luceros matutinos, vivos como volcanes activos, resplandecientes como espadas doradas y negros como noches sin estrellas. Sus pestañas onduladas y coquetas, se abrían y cerraban al compás del ritmo tropical. Era como una especie de sirena, con el poder inexorable de atraer hacia ella, a cualquier mortal que se atreviera a mirarla.
El quinto día fue el mejor. Al percatarse de que yo la observaba, me sorprendió con un obsequio majestuoso, de su delicada boca brotó una tímida sonrisa que embriagó profundamente mis sentidos. Su sonrisa era fresca como flor de primavera y pura como agua de manantial, era genuina y cautivadora, era como la llovizna de una tarde de verano. Qué espectáculo tan bello fue verla sonreír y qué hermoso el hecho de saber que el destino de esa sonrisa era yo mismo. Cuánta alegría, cuánta felicidad llegaba hasta a mi alma para quedarse a dormir en ella.
El sexto día pude dilucidar toda su belleza al detenerme para observar sus labios. Provocativos como las fresas salvajes y ensoñadores como las islas vírgenes, lucían dulces como la miel silvestre y cremosos como la leche materna. Tuve entonces un pensamiento extraño: ¿Habría en este mundo un ser humano en sano juicio que no sintiera el deseo de probar esos labios deliciosos?
Siete días después de haber descubierto la reina más bella del universo, tuve la grandiosa oportunidad de deleitarme observando su rostro. Su cutis era perfecto. Sus rasgos, delicados como una flor exótica y sensuales como una fruta tropical, dibujaban en ella las facciones mejor elaboradas de una princesa. Su expresión estaba cargada de erotismo y una enorme descarga de feminidad se plasmaba en la suavidad de su semblante.
Ocho días después de haber conocido a cabalidad el significado de la palabra belleza y de haberme acercado al de la palabra perfección, me detuve a contemplar su piel. Esta vez tuve la osadía de acercarme un poco más y pude detallarla mejor, su piel parecía elaborada con el más fino de los terciopelos y la más dorada de las arenas. Su textura era como el más suave de los duraznos y su fragancia como el más exquisito de los néctares. Por primera vez, en la intimidad de mi conciencia, sentí la oprobiosa necesidad de pensarla, no como mujer sino como la más pura de las hembras.
Consciente de que no podía continuar en ese mismo ritmo, tomé la decisión de hablarle al siguiente día. Me acercaría tímidamente con una que otra frase elaborada, y tras sentir que el bloque de hielo se rompía con sigilo, la inquiriría sobre el más grande de los misterios: su nombre.
Con total seguridad se llamaba Olga. No había la más remota posibilidad que una mujer tan bella tuviera un nombre diferente. En algún instante de incertidumbre alcancé a considerar que se podía llamar Ángela, o hasta Eliana, inclusive caí en la locura de creer que sería una Irina entreverada. Pero no. Después de divagar por los rincones más íntimos de mi conciencia llegué a la conclusión de que tenía que ser una Olga, de las más puras y refinadas.
Esa noche, a la luz de la vela, soñé con ella con los ojos despiertos, imaginando mil escenas en las que ella y yo éramos los únicos protagonistas, suponiendo mil situaciones en las que yo la salvaba y era recompensado con su belleza, asumiendo que ella me pertenecía con exclusividad y yo a ella, pensando que nuestros destinos estaban íntimamente ligados desde el mismo momento en que nacimos.
Elaboré cien discursos con cien posibles variables para engalanar un instante, diseñe un protocolo bajo el cual no debía transcurrir un día más sin conocer su voz angelical, y por qué no, que al terminar la jornada, pudiera tener una idea más clara acerca de sus gustos y anhelos.
En medio de esa meditación superflua surgió en mi interior, una idea que hasta ese momento no había considerado: ¿Y si era casada?
El corazón comenzó a condensarse en una micra de musculo y un nudo enorme se instaló en mi garganta. Un miedo inconmensurable empezó a invadirme lenta y paulatinamente, y sentí que la fortaleza donde residía mi ilusión se derrumbaba estrepitosamente.
En medio de esa angustia, continuó el delirio descomunal de esa noche que parecía eterna, la cama revolcada por la intranquilidad del alma pudo vislumbrarse cuando los primeros rayos de sol entraron por mi ventana, anunciando el nacimiento de un nuevo día, que se mostraba prodigioso.
Había llegado el gran día. Por fin iba a dirigirle la palabra a mi bella princesa. Probablemente este sería el inicio del más grande romance que la humanidad hubiera presenciado en toda su historia, o probablemente no el más grande, pero si sería el ingreso de la palabra felicidad al diccionario de mi vida.
Como los últimos ocho días, bajé por esa calle empinada que tanta alegría había traído a mi vida. A medida que me acercaba, mi corazón latía a un compás desenfrenado, como la antesala propia de aquel encuentro esperado. Recordé meticulosamente todo el dialogo y todas sus posibles variables, me sentí lucido, fulgurante, magno, invencible, tuve el fugaz presentimiento de que el universo se rendía a mis pies de manera inexorable.
Pero esta vez había una diferencia. Ella no estaba presente. Una ola incontrolable de preocupación y angustia se apoderó de mi alma, tuve la precaución de cerciorarme una y otra vez que fuera la misma puerta, la misma casa, la misma calle, la misma ciudad. Pero no, no estaba. En el protocolo establecido no figuraba la improbable posibilidad de que ella no estuviera. Caminé lentamente, pensando muchas cosas, agotando todas las opciones, imaginando mil escenas, considerando cualquier alternativa. Bajé y subí varias veces, no sé cuántas, esperando que sucediera algo que aún hoy, veinte años después, sigo esperando que suceda.
FIN
martes, 1 de febrero de 2022
HERENCIA PARA VEINTE AÑOS DESPUÉS
HERENCIA PARA VEINTE AÑOS DESPUÉS
Hoy he vuelto al colegio, después de veinte años. Pero esta vez no vengo solo. En mis manos traigo a mis dos hijos, que ahora son dos jóvenes adolescentes. Van a cumplir doce años y se van a matricular en séptimo grado; es decir, van a comenzar la secundaria.
Desde el mismo momento en que entré no ha dejado de abatirme un profundo y constante sentimiento de nostalgia. Una ola gigante de grandes y pequeños pasajes, de buenos y malos recuerdos invade mi alma, y el recuento espontaneo de tantas aventuras y desventuras vividas brotan de mi mente.
Un nudo en la garganta me sorprende intempestivamente y el hecho de encontrarme de nuevo en aquellos rincones por donde transcurrió la mejor etapa de mi vida, me hacen suponer que es posible que en cualquier instante, una que otra lagrima, pueda escapar de mis ojos.
Pero no. Este es un momento de alegría, mi adolescencia es cosa del pasado, si fue feliz o triste a nadie debe interesarle más que a mí. Ahora lo importante son mis hijos. Los miro de reojo, y me parecen muy bien vestidos y arreglados, entonces me quedo pensando en cómo pasa de rápido el tiempo.
-¡Muchachos!- les digo.
-Tengo tantos recuerdos de este colegio.
Pero parecen no entender de qué les estoy hablando. Parecen más bien, entusiasmados con las posibilidades de una nueva vida que inicia.
Rumbo al recinto donde presumo debe hacerse la matrícula me encuentro con ciertos espacios que son muy familiares para mí. Los salones, los pasillos, la sala de dibujo, la sala de música, el coliseo, el auditorio. Otros transformados, la que era la sala de mecanografía hoy es sala de informática, la que era la sala de electricidad hoy es sala de tecnología, y otros completamente nuevos, como el laboratorio de ciencias y el laboratorio de idiomas.
Les sigo diciendo alguna que otra frase aparentemente sin sentido mientras el instinto me lleva hacia el más sagrado de los lugares: la cancha.
Cuántos goles y cuántos golpes. Cuántas jugadas y cuántas caídas.
-¡Ah!- Pienso.
-Pero así es el fútbol; si no, no sería fútbol.
Qué felicidad tan grande pisar de nuevo esta arena. Miro entonces alrededor de la cancha para asociar detalles. Descubro los mismos árboles donde descansábamos en el entretiempo. Claro, también hay otros árboles, nuevos y floridos, o tal vez los mismos, pero con la impresión de que se hubieran cambiado de sitio, o que el paso de los años los hubiera transformado definitivamente, qué se yo.
Y allá en el último pasadizo de la cancha, como escondiéndose de la vergüenza, entre la maraña que lo asfixia, como un montón de latas retorcidas y oxidadas en las que se ha convertido, surge el fantasma renegado de un autobús destartalado.
-¡Miren!- les digo.
-Esa chatarra, un día fue nuestro más grande orgullo.
Nos acercamos. Roedores y reptiles se asoman por los huecos que el sol y el agua han labrado. Los insectos y la maleza lo han invadido completamente. Es casi imposible imaginar toda su grandeza en otro tiempo. Esa escoria, esa basura que ni siquiera merece que la recojan, un día representó toda la gloria de nuestra amada institución. La intemperie y el abandono, poco a poco fueron haciendo de este autobús lo que hoy es: una piltrafa. Y como suele suceder también a las personas, que aunque antes fueron grandes y después quedan reducidas, este objeto también tuvo su propia grandeza.
-¡Pónganme atención!- les advierto.
-¿Quieren conocer la historia de este autobús?
Se quedan observándome. Y antes de que me respondan comienzo a contarles.
Ustedes saben muy bien que desde siempre amé este colegio. Desde cuando entraba y salía a la hora que quisiera, porque “la educación no debía ser una obligación sino un entretenimiento”, hasta cuando no se dictaba la clase de religión porque “el culto debía ser impartido desde el hogar”, de acuerdo “con las creencias de cada familia y no con las que el sistema les imponga”. Si, seguro. Y no es que navegáramos por el mar del libertinaje, sino que en ese tiempo y creo que aún, esta es una institución de aquellas que se denominan de carácter libre-pensante.
Se quedan como pensando entonces, qué será eso de libre-pensante. Pero no me interrumpen y dejan que prosiga el relato.
Mi vida estudiantil estuvo enmarcada por la palabra “asamblea”. Siempre había una asamblea. Siempre había un motivo para hacerla. Que la privatización de la educación pública, que el menosprecio de las garantías laborales de los docentes, que el abandono total del estado, que el desprecio por parte del gobierno, ¡ah! Siempre había motivos para hacerla. Y cuando no encontrábamos uno, había que fabricarlo.
Así fue como nació de una asamblea, la idea de tener un autobús, elemento necesario para toda institución que se respetara. Opciones de uso: casi cien.
Que para la banda marcial, para la tuna, para el coro, para el grupo de danza, para los equipos de fútbol, de baloncesto, de voleibol, de fútbol-sala, para los deportistas, para las porristas, para los de las olimpiadas de matemáticas, para los del concurso de ortografía. Bueno, que para todo.
La idea tuvo una aceptación unánime. Entonces apareció el rector, un señor viejo y bajito, de gafas y sombrero, que siempre vestía traje y llevaba sombrilla, excelente negociador y mejor diplomático, tomó el micrófono y salió con la pregunta más estúpida y sin importancia de la vida.
-¿De dónde carajos va salir la plata para el autobús, si el colegio no tiene un peso para nada?
Una tormenta de ideas estalló en el auditorio, antes que un padre de familia se percatara de que ese era un año electoral y que pronto comenzarían las campañas políticas para las diferentes corporaciones, hallando así el mejor pretexto para comprometer a todas las candidaturas.
De esta manera empezó el desfile de candidatos por el colegio, pertenecientes a todo tipo de colores, perfiles, estirpes y orígenes, apareció una lista interminable de aspirantes con todo tipo de métodos y detalles para conquistar el voto de la comunidad necesitada de un autobús para su institución.
Compromisos adquiridos con toda seriedad por parte de los aspirantes a la presidencia, a la gobernación, a la alcaldía, y a las asambleas nacional, departamental y municipal, hicieron prever que la realización del anhelo de la comunidad era más que un hecho. Convencidos de tal teoría, nos dispusimos todos a esperar los resultados de aquellas elecciones, en las que estaba en juego el futuro del colegio.
Finalmente se conocieron los resultados y nuestros principales candidatos habían resultado electos. Entonces nos dimos a la tarea de hacer cumplir la promesa, pero muchos de ellos nos ignoraron, otros ya no nos conocieron, otros ya ni se acordaron y los más osados hasta se atrevieron a desmentirnos abiertamente, sosteniendo que no habían adquirido semejante compromiso.
Volvieron entonces las asambleas, y como seguíamos sin ser escuchados, decidimos irnos a paro. En muchas ocasiones vino la policía y nos echó agua y gases, en otras nos insultaron y golpearon, fue tan feroz la persecución que varios alcanzaron a considerar la posibilidad de abandonar aquella empresa. Pero como fue tanta la insistencia y el espíritu de lucha tan decidido, las autoridades se vieron en la obligación de atender nuestra petición.
Cuando por fin accedieron algunos de ellos a cumplir sus compromisos, nos salieron con la insolente idea de que nos asignaban unos recursos mínimos y que el resto debíamos cubrirlos de nuestro propio bolsillo; es decir, del bolsillo de los padres de familia que son quienes terminan asumiendo los gastos.
Entonces la comunidad se propuso realizar toda clase de eventos y actividades, que nos permitiera reunir el dinero que hacía falta para comprar el autobús, más como el dicho aquel que “cuando sientas que tus fuerzas se debilitan, recuerda que la victoria es hija de la perseverancia, persevera y vencerás”, a pesar de tantas dificultades, continuamos sin tregua hasta alcanzar nuestro sueño. Y tras muchos dolores de cabeza finalmente logramos la cifra necesaria para tener entre nosotros el bendito autobús que a esta altura, ya nos sabía a todo menos a bueno.
Por fin llegó el día. El colegio se vistió de fiesta. Una inmensa tarima fue instalada en el centro del gran patio, para dar recibo al señor presidente de la república, al gobernador, al alcalde, a los honorables diputados de las asambleas nacional, departamental y municipal, a los secretarios, al rector, al arzobispo, mientras que casi dos mil sillas, daban prominente acogida a profesores, padres de familia, estudiantes y exalumnos.
Entonces sucedió lo impensable, en el momento de hacer su entrada triunfal en el centro del gran patio, el autobús no encendió. El conductor no fue capaz de hacerlo andar, vinieron expertos a corroborar el funcionamiento del vehículo pero nadie logró que el autobús arrancara, presentaba una falla que iba ser revisada al día siguiente. El presidente improvisó un discurso florido y prosiguió el programa que incluía música y refrigerio para todos. El autobús entretanto, continuó allí, en el mismo sitio donde fue puesto desde el día de la compra y en el cual ha permanecido hasta hoy.
-¡Cuidado al bajar las escaleras!- les digo a mis muchachos.
-Quien debe tener cuidado de andar seguro eres tú, porque somos nosotros los que seguimos tus pasos- responden tranquilamente mientras asimilan en qué se ha convertido su herencia.
FIN
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