Javier Salavarrieta
lunes, 13 de julio de 2026
UN HOMBRE DE GRAN DEVOCIÓN
UN HOMBRE DE GRAN DEVOCIÓN
Ibrahim Knoppof era un judío de cuarenta años que había llegado a nuestra tierra para sembrar uvas y producir a gran escala vino tipo malbec, como bien se sabe, la variedad más rica en resveratrol, con el supuesto propósito de aumentar la longevidad de las personas. Todo esto, en cumplimiento de una idea descabellada de un depravado que fungía como presidente, de despojar de la tierra a los naturales indignos que no la aprovechaban, y dársela a judíos emprendedores, ojalá sionistas, para que llovieran bendiciones sobre el país, al acoger al pueblo de Dios en su santo seno.
Tras aceptar la invitación, el judío había dejado atrás a su esposa, una muchacha veinte años menor que él, por considerarla ya vieja, y a sus cuatro hijas, todo con el único objetivo de empezar una nueva vida en estas tierras, en ese afán había encontrado una nueva pareja, una hermosa mujer trans llamada Camila Bradford, dos años mayor que él, presentadora de un noticiero local de televisión, desde el momento en que la vio, se enamoró perdidamente de ella, y la hizo su compañera.
A pesar de la diferencia sexual y cultural de su nuevo amor, nunca tambaleó en su fe, y por el contrario, desde entonces decidió observar con mayor rigurosidad las normas dictadas por su credo y se dedicó al cumplimiento de sus prácticas religiosas con inusitada devoción. Era un santo varón.
Una noche, en que la luz se cortó de manera intempestiva, la pareja encontró un espacio para un acercamiento más profundo y un diálogo más sereno. Sucedió que, en medio de la oscuridad, al no haber reflejo de luz en la atmosfera, comenzó a verse el cielo de una manera más diáfana, con una nitidez inigualable, un paisaje ideal para observar con especial claridad, los astros que adornaban aquella noche iluminada.
Ibrahim tomó a Camila entre sus brazos, la sentó en sus piernas, y mirando a través de la ventana de su casa, mientras acariciaba sus cabellos negros y lisos, empezó a hablarle del poder y la benevolencia de Dios, fijándose en el detalle de una estrella cuya imagen rugía de manera feroz, y mientras el hombre se explayaba en expresiones loables, Camila tan solo se concentraba en imaginar el misterio de aquel resplandor, entonces tomó la palabra y con voz aún grave y densa, le dijo: “Allá en esa estrella hay un planeta, en ese planeta hay una pareja mirando hacia el cielo a través una ventana, viendo una estrella y diciendo, allá en esa estrella hay un planeta, en ese planeta hay una pareja mirando hacia el cielo a través de una ventana, viendo una estrella y diciendo, allá en esa estrella hay un planeta, en ese planeta hay una pareja mirando hacia el cielo a través de una ventana, viendo una estrella y diciendo, allá en esa estrella hay un planeta, en ese planeta hay una pareja, mirando hacia el cielo a través de una ventana, viendo una estrella y diciendo lo mismo, y así sucesivamente con cada estrella y cada planeta que hay en el universo.
Para Ibrahim Knoppof, aquella declaración de Camila Bradford no fue una declaratoria de amor sino de guerra, sintió que el puente que los unía se había resquebrajado de manera total y definitiva, y comenzó a sentir repulsión por aquel ser de maldad, pues sucedió que, en aquella descripción satánica, la mujer que le servía como esposa, había derrumbado los pilares fundamentales de su religión, al negar que Dios fuera el amo supremo del universo, y que Israel fuera el pueblo de Dios. Mil cosas pasaron por la mente de aquel hombre herido profundamente, y tan solo reparó en retirar a Camila de su entorno y dirigiéndose a ella con mirada de odio, le dijo con voz iracunda: “la próxima vez que te haga mía, te voy a arrancar el pene de un mordisco”.
Ante semejante amenaza, Camila tan solo pensó en huir inmediatamente. Y así fue, al amanecer ya se había ido, llevándose consigo sus pertenencias y los recuerdos de un amor que nunca debió ocurrir. Cuando Ibrahim despertó, se encontró inmerso en el vacío y el silencio de la soledad más absoluta, entonces comenzó a caminar, sin rumbo fijo, tan solo reflexionando sobre la maldad del ser humano, la maldad latente de los niños, los ancianos, los jóvenes, las mujeres, que querían despojar a su pueblo de las tierras que Dios le había asignado, pensó que la humanidad es malévola por naturaleza, tan malévola, que apoya que gente inerme y miserable, quiera tomar posesión y posición de lo que una vez fue suyo, pero ya no lo es. Y así siguió caminado, hasta cuando su figura y su recuerdo se perdió para siempre.
Cuatro años después, Camila quedó atónita cuando vio un reportaje de un compañero suyo del canal, sobre un hombre que vivía en una alcantarilla, que comía basura y que había perdido toda ilusión de vida. Se trataba de Ibrahim Knoppof, acabado, envejecido, ojeroso, arrugado, enflaquecido, andrajoso. Lo reconoció, aunque parecía irreconocible, era como si hubieran pasado cien años en lugar de cuatro. Pero lo que más le llamó la atención fue su vientre, tan grande como el de una ballena azul, tenía el abdomen tan inflamado, que le medía más de dos metros de circunferencia, y le pesaba aún más, porque le costaba un tremendo esfuerzo moverse.
FIN
viernes, 12 de junio de 2026
UNA MADRE DULCE Y ENCANTADORA
UNA MADRE DULCE Y ENCANTADORA
Aquellos recuerdos maravillosos de mi infancia poco a poco fueron desapareciendo. Ahora lo único que me queda es un buzo de colores con el que mi madre me abrigaba justo aquellas mañanas frías en que me llevaba al colegio. Sentía que era una madre dulce y encantadora.
Yo sé que nadie me va a entender, pero voy a tratar de explicar qué sucedió en mi interior, que me llevó a cambiar radicalmente mi forma de pensar. Lo primero que tengo que decir es, ¿En realidad, ustedes creen que una madre que en verdad ama a su hijo, lo trata como ella me trató a mí?
En primer lugar, quienes quieran ser padres o madres deben tener conciencia sobre la apariencia física de su pareja, no como a mí, que heredé de mi madre, ese horrible pelo rojizo, que desde que entré a estudiar se burlaban de mí, por el color de mi cabello, diciéndome “chorizo”, “colorado”, “boliqueso”, “cabezaincendio”, y me lastimaban profundamente, porque la gente no se imagina que con burlarse de uno por su condición física le está causando un daño terrible. De mi padre no sé nada porque no lo conocí, y lo único que mi madre me decía era que había muerto tras regársele el chocolate y soltaba una sonora carcajada, y luego agregaba al preguntársele cómo había ocurrido semejante cosa, que en realidad, él era conductor de camión de carga y un día bajando del cerro con una carga de cacao, el camión se había volteado al quedarse sin frenos y había perdido la vida.
Esas mañanas frías en que mi madre se levantaba bien temprano y me llevaba al colegio antes de irse a trabajar se fueron yendo a medida que yo crecía. Con mi crecimiento físico y mental fueron también llegando a mí, nuevos pensamientos y nuevos sentimientos, que se fueron apoderando lentamente de mi ser, y comenzaron a cuestionar mi personalidad, al punto de enfrascarme en grandes vicisitudes sobre quién era realmente yo y qué quería para mi vida. En la primaria, afloraban como ráfagas que iban y venían esporádicamente, pero al empezar la secundaria ya no me dejaron dudas.
Cuando empecé la secundaria, es decir al ingresar al séptimo grado, lo cual incluía el cambio de sede a una institución más grande y más moderna, sucedió algo que habría de marcarme para siempre. El primer día de clase, nos reunimos con los compañeros, y nos sentamos en una barda justo debajo de unas escaleras, por donde subían permanentemente los estudiantes, a mis compañeros les gustaba sentarse allí, porque cuando subían las niñas, su falda dejaba entrever sus tangas, adornando sus atributos, y mis compañeros se excitaban al ver el paisaje y yo también me excitaba pero por otra razón, yo imaginaba, que yo era una de esas niñas, y que subía las escaleras una y otra vez, provocando a los muchachos con mi falda corta y ancha, mostrando en todo su esplendor las tangas de colores que resaltaban mi trasero grande y redondo, esa era la verdadera razón de mi excitación.
Ahora que ya entienden a qué me refería cuando les decía que tenía pensamientos y sentimientos que me hacían diferente, podrán comprender el infierno que empecé a vivir desde entonces. Había una permanente lucha entre un yo que me sugería que era una curiosidad normal y otro yo, que me aseguraba que, en realidad, no me atraían las niñas sino los niños. Es una situación verdaderamente difícil porque en esta sociedad patriarcal, se persigue a quien piensa y siente diferente, y más si se trata de un hombre, al fin y al cabo, entre mujeres es prácticamente normal, casi una obra de arte suprema, pero entre hombres, es la peor de las aberraciones. Cuando tomé conciencia de mi condición, lo primero que hice fue culpar a mi madre, que me sobreprotegió demasiado, que ni siquiera me dejaba jugar futbol, no fuera a ser que me partieran un pie, una pierna, un brazo, una mano, o quién sabe qué.
Así transcurrió mi secundaria, entre las burlas por mi cabeza roja y ahora la obesidad que empezaba a aparecer, tal vez como herencia de mi padre, y la terrible fatalidad de no sentirme atraído por mujeres sino por hombres. Entonces la deducción era apenas obvia, si no le interesaba a las chicas, mucho menos le iba a interesar a los chicos, ante semejante panorama, me consolaba con la frivolidad de una vida sexual que se reducía a usar ocasionalmente la ropa interior de mi madre para satisfacerme y una prácticamente nula vida romántica, que en el mejor de los casos, consistía en mirar de reojo a algún muchacho que me gustara, no fuera a ser que se diera cuenta, y estallara el escándalo. Para un adolescente como yo, que apenas empezaba a vivir, era realmente una tragedia, que esta penuria fuera todo el rango de emoción que existía en mi vida. Me estaba ahogando en la desidia y en la tristeza.
Viendo cómo iban las cosas, y considerando que, en lugar de mejorar, días tras día empeoraban, decidí que era necesario hablar del tema con alguien, y nadie más apropiado que mi madre. Sé que en ese momento era más fácil hablar de esas cosas con los amigos o los compañeros, pero en realidad, en mi caso, no había confianza para hablar del tema con ellos, ya que había mantenido oculta mi condición para que no fuera a constituir otro motivo de agravio.
Antes de todo quiero contarles que mi madre, estaba muy ligada a la religión, no tanto por su compromiso con la iglesia sino porque había sido criada en el seno de una familia muy religiosa. Con más ver creí, que ese sería un aliciente para que me entendiera y me apoyara, pero me había equivocado. Cuando le conté lo que me sucedía entró en llanto, lloraba todos los días, de día y de noche, y decía que prefería que yo fuera cualquier cosa, menos homosexual, lo tomó como un castigo divino, originado quién sabe en qué pecados de sus antepasados, y se soliviantó en la idea de que esto era una enfermedad, que yo estaba realmente enfermo y que todo lo que en realidad requería era una atención profesional inmediata para curarme.
Después de eso, aparecieron muchos diálogos con mi madre. En muchos de esos diálogos, ella me dejó entrever su lado más machista, insinuándome que siempre me imaginaba como un hombre mujeriego, que tenía el don de cautivar a las mujeres y de conquistarlas con el único fin de disfrutarlas, para dejarlas después de haberlas probado, como lo hacen todos los machos del mundo de los mamíferos, entonces ella me soñaba como el macho de muchas hembras, sin saber que yo me soñaba como la hembra de muchos machos. Así son las grandes paradojas de la vida.
El día en que cumplí mis dieciséis años, año que coincidía además de mi mayoría de edad, con la esperada finalización de mi secundaria, conociendo mi madre de mi situación a profundidad, ideó un plan que según ella me iba a sacar de la abstracción en la que me tenía sumido el tema de homosexualidad, que como ya dije, para ella era simplemente una enfermedad, cuya curación requería la utilización de varias estrategias.
Entonces, comencé a ver que mi madre solicitaba con suma urgencia un crédito de dos millones de pesos. Recurría insistentemente ante entidades financieras, presentaba documentos, realizaba tramites, estaba muy concentrada en la obtención de dicho crédito. Para mis adentros, yo asumía que era para llevarme con algún psicólogo, psiquiatra, psicoterapeuta o sexólogo, con el fin de tratarme el problema de salud, que según ella me aquejaba.
El día de mi cumpleaños, el día en que sucedió todo, fue común y corriente tanto para mi madre como para mí. Desde temprano, ella a su trabajo y yo a mis estudios. Como siempre, el infaltable jugo de frutos rojos, aquel delicioso y nutritivo jugo, al que yo llamaba jocosamente MUFA, porque llevaba moras, uvas, fresas y arándanos. Ese día inolvidable, mi madre estuvo muy cariñosa conmigo, me dijo que nos veíamos temprano porque me había encargado una torta de semillas de amapola que tanto me gustaba, para celebrar mi mayoría de edad y una sorpresa adicional que me iba a gustar mucho.
Cuando llegué en la tarde, justo ya estaba la torta servida, dos velitas de chocolate, una con el número 1 y una con el número 6, un cuchillo de partir tortas, además cuatro platos desechables, cuatro vasos desechables y cuatro cucharitas desechables, al notar que éramos solo dos, pensé por qué había cuatro, en eso estaba cuando timbraron en la puerta, ella misma fue a abrir, al volver venía acompañada de unas niñas muy parecidas, igualitas, diría yo, de unos 18 años. Mi madre me dijo, que iba a comprar la gaseosa, y que ahora volvía. Me las presentó, se llamaban Ingrid y Astrid.
Eran unas niñas muy bonitas, de piel trigueña, el cabello oscuro y lacio, sus ojos marcadamente negros, un rostro fino y delicado, un cuerpo perfectamente conformado, un busto que se alzaba de manera coqueta y juguetona, y una cola redonda y arquitectónica. Lo que más me impactaba era su extraordinario parecido. Se rieron al verme que las observaba con cautela, “somos gemelas”, me dijeron, con voz suave y excitante, entonces se despojaron de una blusa naranja que traían puesta, y quedaron en un top blanco marcado cuidadosamente con el nombre de cada una, para que no me fuera a confundir.
Me tomaron de la mano y me condujeron hasta la habitación, diciéndome que querían conocer mi alcoba, una vez allí, cerraron la puerta, y comenzaron a danzar de una manera muy sensual, yo estaba absorto, y me sentía en otro mundo, luego empezaron a desnudarse lentamente, cada una quitándole las prendas a la otra, mi corazón latía a mil kilómetros por horas, parecía que se iba a salir del pecho, ya desnudas, empezaron a besarse apasionadamente, tocando sus partes íntimas, yo creía estar soñando y no acataba a nada, entonces se acercaron a mí e intentaron tocarme y besarme, pero yo me resistí: de repente, me invadió una sensación de repulsión muy profunda, y lo que hasta hace un instante era una curiosidad ahora era un fastidio tremendo, no quería que me tocaran y mucho menos que me besaban, tan solo las observaba, como una amiga observa a sus amigas.
Lo único que me ocurrió fue salir corriendo y meterme debajo de mi cama, para que no me molestaran con sus lances inoportunos, tenía ganas de llorar, quería que me devorara la tierra, quería que ellas desaparecieran de mi vida; sin embargo, allí permanecían, no entendían que lo único que podría interesarme de ellas, era que me dijeran cómo hacían para tener un cuerpo tan bonito o qué maquillaje usaban para hacerlas ver tan lindas. Rogaba a Dios que mi madre llegara pronto y me liberara de semejante tortura. No quería estar con ellas, no me gustaban. Al ver mi llanto inconsolable, me dijeron que mi madre estaba sufriendo mucho, y que les había pagado dos millones de pesos, para que me enseñaran los placeres que un hombre puede disfrutar.
Se fueron. Al salir, mi madre estaba ahí, como esperando. Al verla, me inspiró un sentimiento de odio muy profundo, y la culpé de todas mis desgracias, entonces cogí el cuchillo de la torta y me abalancé sobre ella. Cuando llegó la policía, tenía en mis manos, el buzo con el que ella me abrigaba, cuando me llevaba a estudiar de pequeño, aquellas mañanas frías en las que todavía sentía que era una madre dulce y encantadora.
FIN
jueves, 21 de mayo de 2026
MÁS ALLÁ DE LO HUMANAMENTE POSIBLE
MÁS ALLÁ DE LO HUMANAMENTE POSIBLE
Querido Isidro, estimado hermano. A raíz de todo lo que andan diciendo en los medios comunicativos y las redes sociales, quiero contarte toda la verdad de lo que ha sucedido.
Todo empezó cuando Ana María, la mayor de las gemelas, se enamoró de un tal Fabricio, el cual mis hijas habían conocido desde mucho antes. Este individuo es de muy buena familia, son dueños de una cadena de restaurantes de comidas rápidas, gente de mucha plata, además que el tipo era muy bien parecido, muy bien vestido y muy bien hablado.
Pues resulta que la relación entre los dos prosperó con rapidez, y de repente tomaron la decisión de irse a vivir. Yo le pregunté a ella que por qué no se casaban y ella me dijo que no lo hacían porque ni él ni su familia, practicaban religión alguna, entonces le insinué que lo hicieran por la ley civil, pero me respondió que a él le molestaba ese tipo de eventos, tan sólo acordaron hacer las capitulaciones que llaman.
A mí sinceramente no me gustó para nada la idea, lo uno porque el tipo pertenecía a otro mundo, lo otro porque todo había sido muy rápido, lo otro por haber actuado tan deportivamente, y lo otro y más importante, porque percibí en Fabricio actitudes muy extrañas.
Ya viviendo los dos, un día Ana María vino a nuestra casa de madrugada, diciendo que el tal le había pegado, y que toda la cortesía que él mostraba era una farsa. La mamá le preguntó que por qué el tipo había reaccionado así y ella le dijo que, por una tontería, que todo fue porque él le preguntó si le gustaba la canción “Chiquitita” del grupo “Abba”, y ella le dijo que no, de inmediato se tornó agresivo y violento, y terminó golpeándola.
Pero lo peor estaba por venir. La mañana del 19 de septiembre, a eso de las diez, nos llegó la infausta noticia de que nuestra hija se había suicidado, tirándose del apartamento en el que ellos vivían, el cual estaba ubicado en el piso 21. Aunque los vecinos dijeron que el individuo se la pasaba maltratándola y humillándola, lo único cierto fue que la familia de él, logró contratar no a uno sino a varios de los mejores abogados penalistas, liberándolo de inmediato de cualquier culpa y mostrándolo más bien como una víctima del dolor causado por la desaparición de su compañera.
Después sucedió lo que nadie hubiera imaginado. Que mi hija Mariana, la otra gemela, se acercó a él con el fin de indagar sobre el acontecer de su hermana, para dilucidar lo acaecido, pues como bien es sabido, el amor de los gemelos es entrañable y a nadie pudo haberle dolido tanto la pérdida de Ana María como a Mariana. En medio de esa cercanía resultó mi hija enamorada también del tal Fabricio ese.
Yo pensaba que esto era una locura y hablaba con mi mujer que esta situación no podía estar ocurriendo, y por más que buscábamos respuestas lógicas no éramos capaces de hallarlas. Pues dicho y hecho, que, con una velocidad inexplicable, estaban los dos viviendo, otra vez en el mismo apartamento, con el mismo procedimiento, sin matrimonio y con capitulaciones, que era lo que el tipo le daba verdadera importancia, y mi hija hasta se enfrentó con nosotros, con sus amistades y hasta con la sociedad misma, defendiendo ese amor tan misterioso, que nadie lograda comprender.
Un día vino Mariana a nuestra casa de madrugada, llorando porque el tipo le había pegado, al preguntarle la mamá la razón de la pelea, ella que nunca se había enterado de la verdad del incidente similar de su hermana, le contó a mi mujer que Fabricio le había preguntado si le gustaba la canción “Chiquitita” del grupo “Abba”, y al decirle ella que no le gustaba se había vuelto agresivo y violento. Yo sospeché lo peor y le pedí encarecidamente que no volviera con él, y hasta le ordenamos con decisión que no podía regresar, entonces fue cuando Mariana se sinceró con nosotros, y con desesperación nos dijo que ella estaba convencida de que Fabricio había matado a Ana María, y que tenía que vengar su muerte para calmar el dolor que la estaba consumiendo.
Nosotros le suplicamos que no lo hiciera, porque eso acabaría con su vida y de paso con la de nosotros, sin embargo, tomó la decisión y nosotros quedamos como pasmados, no nos dio tiempo ni de reaccionar, entonces vivíamos en la zozobra a cada instante, que esta muchacha que era todo cuanto nos quedaba, fuera acabar con la vida de ese miserable, en favor de su gemela.
Finalmente, nuestro presagio se hizo realidad, a la luz de todos, el 20 de marzo, casi seis meses después de la muerte de Ana María, nos llamaron para informarnos, que Mariana se había suicidado lanzándose de su apartamento ubicado en el piso 21. Nosotros quedamos estupefactos. Otra vez los vecinos atestiguaron de la mala vida que él tipo le daba, pero no hubo poder humano para encarcelarlo, gracias al grupo de abogados que lo asesoraron.
Yo sé que entender esta locura está más allá de lo humanamente posible, pero te pido que, si puedes, vengas y me acompañes, trae también a tu mujer para que acompañe a la mía, cuando tengan que ir a visitarnos a la cárcel.
FIN
sábado, 18 de abril de 2026
UN ROMANCE LLAMADO IDILIO
UN ROMANCE LLAMADO IDILIO
Todas las tardes, después de la jornada laboral, nos reuníamos en su casa, hablábamos de diversos temas mientras ella preparaba un delicioso café, de una marca que tenía por eslogan “Del mejor café del mundo, la mejor taza de café instantáneo”, y nos sentábamos a disfrutarlo al frente de un gran y prominente patio, un patio completamente tejido en “suculentas”, “nomeolvides”, “novios”, “malamadres”, “millonarias”, “flordeceras”, “camarones”, y allí, en medio de tanto esplendor, refulgían con singular imponencia, las formidables “begonias”, con sus flores rojas, naranjas y rosadas, tan radiantes como siempre y más espléndidas que nunca, que hasta el más noble de los príncipes del mundo, sucumbiría ante la majestuosidad de semejante atuendo.
Conversábamos de todo un poco, recorríamos diferentes ámbitos del conocimiento y terminábamos casi siempre donde mismo habíamos comenzado. Éramos felices. En uno de esos diálogos pudimos descubrir en qué consistía realmente la palabra felicidad, y advertimos que la definición era más fácil de lo que siempre habíamos pensado. Después de tanto deambular por los recovecos más intrincados del pensamiento humano llegamos a la conclusión de que la felicidad no era más que recordar todo lo bello que habíamos vivido y todo lo bello que aún nos faltaba por vivir.
Pero hubo una tarde en la que todo fue diferente. Al llegar, descubrí algo nuevo que me dejó gratamente sorprendido, se trataba de un letrero muy hermoso elaborado cuidadosamente en arte country, y en letras grandes y mayúsculas, muy bien esculpidas, refulgía un nombre que trascendía con fuerza inusitada, “El PATIO DE LAS BEGONIAS”. Un carnaval de luces y colores estalló en mi alma, al ver el detalle que mi mujer amada había tenido al imaginar ese paisaje fascinante, y desde entonces establecimos que aquel lugar angelical sería la capital central de nuestro romance, un romance llamado idilio.
Nos dedicamos a contemplarnos, realmente la veía con ojos de amor y dulzura, y aunque en esencia no fuera la mujer más linda del mundo, para mí era la hembra más bella que había parido el universo, disfrutaba su mirada coquetona y su sonrisa picarona, la forma como estiraba los labios haciendo “trompitas”, justo antes de organizar una idea, o el tono que solía imprimirle a una palabra o a una frase con tal que me derritiera, o sus interjecciones para ganar tiempo mientras pensaba cómo cautivarme. Recuerdo que así estuvimos por lago rato, y pasadas las seis, una luz cálida se encendió en el adorno y le dio un aire de romanticismo inacabado, pero lo que sucedió después me hizo sucumbir aún más, seis corazones, uno amarillo, uno limón, uno naranja, uno morado, uno azul y uno rojo, comenzaron a titilar de manera fulgurante en el letrero, era una escena verdaderamente acogedora, como tomada de la historia de amor más bella del mundo. Pero lo mejor estaba por venir, así mismo como los corazones de seis colores palpitaban con esplendor aquí en el patio, allá más arriba, en el cielo, una estrella gigante y resplandeciente como ninguna, trepidaba de emoción en esos mismos colores.
Se trataba de la imponente y encantadora Betelgeuse, justo en la constelación de Orión, al lado diagonal izquierdo de los tres reyes magos. La colosal estrella vibraba con fuerza descomunal, y en su interior, una turbulencia de furia extrema, sucedía con un vigor estremecedor. Estaba a 600 años luz de la Tierra, y su aspecto demencial, según los especialistas, podría deberse a la entrada de la fase final de su existencia.
Era increíble imaginar, que esa danza de luz que nosotros estábamos viendo de Betelgeuse en ese preciso lugar y en ese preciso momento, había salido de ella hacía 600 años, y era aterrador suponer, que, por lo tanto, cabía la fatídica posibilidad de que, a esta hora, aquella estrella hermosa que serpenteaba en el cielo nocturno, al compás de una sinfonía de luces multicolores, hubiera dejado ya de existir.
Tomé a mi bella princesa de la mano, no recuerdo qué le dije, pero nos dimos un beso extremadamente apasionado, como si fuéramos a arrancarnos el alma por la boca, entonces nos quedamos observando el majestuoso espectáculo, y pensando que era probable, que un día Betelgeuse estallara en mil pedazos, y se convirtiera en una preciosa y radiante supernova, que se vería como una llamarada inmensa, incluso durante el día. Con ese pensamiento nos quedamos dormidos esa noche en pleno patio, tomados de la mano, mirando con deleite a Betelgeuse, cómo su danza arcoíris hacía juego con las luces del aviso que ahora adornaba el patio de las begonias, pintando una escena digna de una bella y grandiosa historia de amor.
Al despertar, nos encontramos con un amanecer desolador, Betelgeuse había estallado, y ardía como otro sol, pero nos reconfortamos al entender que no era que la estrella hubiera explotado en ese instante, sino que habían pasado ya 600 años desde aquella noche inmarcesible en que nos quedamos contemplando la luz incandescente de esa estrella magnánima, y que ese acontecimiento tenía el único propósito de presenciar este momento conmovedor, para que sirviera como testimonio de que, a pesar de las circunstancias, el amor seguía existiendo y era la mayor fuente de inspiración para la humanidad entera.
FIN
miércoles, 18 de febrero de 2026
SINGULARIDAD MÁS ALLÁ DE LA PLURALIDAD
SINGULARIDAD MÁS ALLÁ DE LA PLURALIDAD
El eminente científico ruso Iván Blasov había llegado a la ciudad, para iniciar labores como decano de la facultad de ciencias naturales de la Universidad del Gran Santander, UDGS, facultad que comprendía las escuelas de astronomía, biología, ecología, física, geología y química. El profesor había alcanzado su pregrado con la diplomatura de tres años en biología y la licenciatura de tres años en zoología, y su posgrado con el masterado de tres años en mamiferología y el doctorado de tres años en felinología, 12 años dedicados al estudio de la vida, de los animales, de los mamíferos y de los félidos, en particular.
Si en algún momento de su vida académica llegó a interesarse por la fitología, ello quedó desvirtuado por la presencia de gatos en su casa, el particular comportamiento de estos seres maravillosos lo llevó a interesarse por estas criaturas que consideraba fuertemente relacionadas con la intelectualidad. Admiraba sus atributos físicos, emocionales, sensoriales y hasta espirituales como una valiosa inspiración de la naturaleza, aunque como buen científico dudaba seriamente de la existencia de un ser superior, con frecuencia aseveraba que si Dios existiera sería como un gato, y dejaba escapar una risa arrolladora, que le daba fuerza a su expresión, declaración que por obvias razones caía muy fuerte entre los sectores más conservadores.
El doctor Iván Blasov era célebre por haber elaborado la actual y ya oficial organización taxonómica de la familia de los félidos, que comprendía desde los pequeños gatos (felinos) hasta los grandes gatos (panterinos), tarea nada fácil teniendo en cuenta las diversas interpretaciones que los entes científicos, individuales y colectivos, tenían sobre el tema; investigando rigurosamente pudo unificar los criterios de la UICN y de todos los estamentos científicos para lograr la división de la familia que era actualmente usada en todos los ámbitos del conocimiento.
De acuerdo con él, la familia Felidae estaba compuesta por 2 subfamilias, 14 géneros, 42 especies y 70 subespecies, dejando establecido la organización taxonómica de la familia de la siguiente manera: Reino, Animalia; Filo, Chordata; clase, Mammalia; orden, Carnívora; suborden, Feliformia; familia, Felidae. El mayor logro de esta clasificación fue haber podido demostrar que el gato doméstico era una especie del genero Felis (Felis catus) y no una subespecie de la especie Felis silvestris (Felis silvestris catus), con lo cual su propuesta ganó muchos adeptos y una aceptación unánime.
El lunes por la mañana, después de Semana Santa, vino a la oficina un joven estudiante del programa de ecología de apellido Brochero, requería con suma urgencia al profesor porque necesitaba comentarle algo que estaba sucediendo en su apartaestudio. La asistente no quería dejarlo pasar pues sabía que Blasov necesitaba elaborar un informe con rapidez, ya que debía entregarlo antes de mediodía, pero como el docente, sintiera la afugia de Brochero de hablar con él, él mismo decidió asomarse y hacerlo pasar. Brochero, era en realidad, un muchacho común y corriente, sin nada en particular, ni alto ni bajo, ni bonito ni feo, ni blanco ni negro, ni gordo ni flaco; en cambio, él sí se sorprendió al ver al científico, pues no lo conocía personalmente, pero le pareció mucho más grande y mucho más ruso de lo que realmente se veía en la foto. El decano lo hizo seguir, y al tomar asiento, pidió un café para el estudiante.
En el apartaestudio de Brochero, el lunes pasado comenzó a aparecer una estructura muy extraña, algo así como un punto negro en el centro de la sala, al principio creyó que se trataba de una araña, justo al frente suyo, entre el sofá y el televisor, se acercó a observarlo, pero no lo tocó, y pasó el hecho inadvertido. Al día siguiente, al despertar, lo primero que hizo fue venir a observar el misterio, estaba en el mismo sitio, pero le pareció que ahora estaba un poco más grande, según su criterio, al principio debía tener de diámetro algo así, como 1 milímetro, así siguió toda la semana, la misma estructura, un punto negro en el mismo lugar, pero cada vez un poco más grande. Ocho días después, el lunes siguiente, justo al salir de casa para ir a la universidad, después de unas reparadoras vacaciones de Semana Santa, ya medía 102 milímetros. Por eso, decidió ir en búsqueda del profesor Blasov.
El muchacho tenía la leve impresión de estar ante un fenómeno físico y astronómico de gran relevancia, y después de la descripción, Blasov compartió esa misma consideración. “Por ahora, no lo toque”, le dijo el profesor a Brochero. Y después agregó, “Uno no sabe de qué pueda tratarse”. Quedaron de verse en el apartaestudio del muchacho al siguiente día, pero por una u otra razón, el encuentro solo pudo concretarse hasta el viernes de esa semana. Para ese entonces, la estructura ya no era un punto, era un agujero que medía 102 centímetros de diámetro y 1 milímetro de grosor.
El científico estaba fascinado. Jamás había visto nada parecido, ni en su larga trayectoria como hombre de ciencia había observado algo como eso. Le dio una larga cátedra de divulgación científica al muchacho, pero lo más importante que le dijo fue que no le fuera a contar a nadie, nada sobre el misterioso orificio, que no lo fuera a tocar, y que ya mismo iba a nombrar una comisión de prestigiosos docentes de su facultad para realizar una inspección a la estructura. El muchacho, profundamente intrigado, solicitó su opinión sobre el misterioso objeto, que ya ni siquiera sabía si era un punto, un orificio, un agujero, una estructura, o quién sabe qué cosa, y el profesor, prácticamente comprometido, emitió su concepto con absoluta convicción, ¡Un micro agujero negro!
De ahí en adelante, Blasov se concentró solo en el tema, nombró la comisión encargada de la investigación, la cual quedó conformada por las directoras de las escuelas de biología, química, geología y ecología, y los directores de las escuelas de física y astronomía; así como por las coordinadoras de las escuelas de física y astronomía, el profesor titular de la asignatura de astrofísica, y él mismo, en su calidad de decano de la facultad de ciencias naturales.
Profundamente consternado por el misterio, Brochero decidió investigar el alcance del agujero, y contradiciendo las recomendaciones de los especialistas de no tocar el objeto, decidió conocer la naturaleza del mismo. El orificio, que a esta altura ya medía más de 1 metro, que se encontraba justo en el centro de la sala, sin encontrarse en ninguna superficie, deambulando en el ambiente, suspendido en el aire, sin sujetarse de nada, seguía creciendo, pero cuya profundidad se mantenía casi igual, más o menos 1 milímetro, iba a ser motivo de experimento por parte suya.
Lo primero que Brochero hizo fue consultar con las inteligencias artificiales, la naturaleza del fenómeno que estaba sucediendo en este preciso instante, por allá en la sala de su casa, les formuló la misma pregunta a las principales diez inteligencias artificiales acerca de qué se trataba todo aquello, y las diez coincidieron en que se trataba de una locura, que esto no era posible, por lo tanto, se trataba de una alteración psicológica o de una broma pesada.
Lo que se le ocurrió a Brochero fue introducir el palo de la escoba dentro del agujero para ver qué le sucedía, la sorpresa de Brochero fue mayúscula, porque a pesar de que la profundidad de la abertura era de aproximadamente 1 milímetro y la escoba medía 1,50 metros, el palo de la escoba no logró traspasar el objeto, la escoba no logró asomarse al otro lado, a pesar de que la había sumergido toda, entonces la descripción era difícil, algo así como un hueco vacío, suspendido en el aire. En sí, a la escoba no le pasó absolutamente nada, no presentó ningún cambio en su composición química o física, pero era extremadamente raro, que, a pesar de las dimensiones, no hubiera logrado traspasar el orificio.
Al siguiente día, llegaron todos los miembros de la comisión, el decano, los directores, los coordinadores y el profesor, a las 08.08 hicieron su entrada triunfal en el humilde apartaestudio de Brochero, para ver con sus propios sentidos de qué se trataba toda esta locura, en ese momento, las medidas exactas del agujero eran 1.080 milímetros de diámetro y 0,996 milímetros de profundidad. Era de color oscuro, casi negro, y no producía olor ni ruido alguno.
Algo de lo que más les llamó la atención fue la extraordinaria precisión de su circunferencia, todos coincidían en que nunca habían visto algo tan redondo como ese extraño artilugio que la naturaleza había dibujado en el centro del cubo que correspondía a la sala del apartaestudio donde vivía un estudiante de ecología de la UDGS. Brochero nunca había reparado en ese hecho, habló sobre su experiencia con la escoba, y llevó a cabo el experimento frente a ellos en ese mismo instante, al ver la prueba ante sus propios ojos, callaron súbitamente, porque comprendieron que en verdad estaban ante un magno acontecimiento que seguramente iba a cambiar la historia de la ciencia, de la Tierra y del Universo entero. Eso era algo innegable.
Nadie se atrevía a decir nada. Sobre todo, después del lance de la escoba introducida totalmente en el orificio, que, a pesar de su tamaño, no lograba traspasar el objeto. El profesor de astrofísica por fin dijo algo, insinuó que en alguna ocasión, él había leído sobre “Túneles del tiempo”, que se abrían esporádicamente en cualquier punto del universo, y los describían como objetos redondos, ajenos a los patrones de los sentidos humanos, íntimamente relacionados con el horizonte de eventos, referenciado en el vórtice de los agujeros negros, que crecía de forma desmedida hasta alcanzar limites descomunales, e incluso que algunos autores habían sostenido, que así había nacido TON 618 y otros objetos oscuros extremadamente colosales.
La Comisión convino una serie de recomendaciones que debían cumplirse a plenitud a partir de ese instante. Por ningún motivo debía tocarse el objeto, crear una comisión interdisciplinaria mucho más amplia, aprovechando los contactos globales de Blasov y manejar con mucha discreción el tema mediático, no fuera a ser que esto se convirtiera en una peregrinación de medios comunicativos ni redes sociales. El principal implicado, el estudiante que residía en el lugar del fenómeno fue el primero en aceptar las recomendaciones; a sabiendas, de que en cualquier momento podía verse afectada su tranquilidad.
A partir de ese momento, Brochero comenzó a sentir miedo. Blasov le había dado su número de celular personal, para que, ante cualquier situación, lo llamara de inmediato, pero, aun así, en la profundidad de su ser, el estudiante se sintió altamente preocupado. Era cierto que el agujero o el espejo, o lo que fuera, estaba creciendo, lo hacía lenta y paulatinamente, pero era evidente que iba a tener que salir de allí, ya presentía que el lugar iba a convertirse en una especie de santuario, visitado por curiosos, periodistas, científicos y autoridades. El único propósito del joven estudiante era ser un ecólogo, un profesional dedicado a la investigación y la preservación de los ecosistemas, para el bienestar de la naturaleza y de los seres vivos en general.
Esa misma noche, en medio de la desesperación, Brochero se acercó al orificio, y sintió la necesidad de averiguar que había más allá de esa superficie oscura, entonces decidió arrojar una hoja de papel envuelto y convertido en una bola corrugada al fondo del fenómeno. No pasó nada. El papel quedó en el interior del objeto, no hubo ruido, ni olor, ni reacción, ni nada. Quedó allí enterrado, quedó atrapado en su interior. El agujero se lo había tragado. El muchacho estuvo observando, y al ver que no sucedía nada, se fue a su habitación. De repente, un sonido llamó su atención, el ruido de la bola de papel estrujado cayendo al suelo de la sala, había roto su desdén. Efectivamente, el papel había sido vomitado por el objeto. Dos cosas vinieron a la mente del estudiante, publicarlo en sus redes sociales y hacer un experimento, puesto que el papel había sido devuelto aproximadamente una hora después, él mismo iba a entrar al agujero, para ver cómo iba a salir, justo una hora después, y qué había visto en el interior del fenómeno.
Antes de eso, Brochero volvió a medir el objeto, y observó que en poco tiempo había crecido mucho más, aunque sus medidas no eran tan precisas porque eran realizadas no con instrumentos técnicos sino tradicionales, observó el diámetro en 144 centímetros y la profundidad en 1 milímetro. Entonces sin darle más vuelta al asunto decidido introducirse en el “Túnel del tiempo” descrito por el profesor de astrofísica de la carrera de astronomía de la UDGS, para averiguar qué había dentro de ese artificio, por qué las cosas no podían traspasarlo, y ubicó el celular justo al frente del objeto para que grabara todo el experimento, y así, poderlo observar al regresar, y le sirviera de demostración a la comisión científica creada para tal efecto.
Brochero vestía un yin azul y una camiseta blanca, antes de ingresar, acercó su rostro al objeto y agudizó sus sentidos para ver si percibía algo, pero no, no observó nada que llamara su atención, entonces con la fuerza inusitada del hombre que con valentía decide enfrentar la vida y escribir su propio destino, introdujo su pierna izquierda, y viendo que era ya inevitable seguir adelante, introdujo también la derecha, y se halló de repente inmerso en un orificio increíblemente oscuro, que de manera caprichosa había surgido en la sala de su casa, quién sabe por qué y para qué.
Estaba en la ciudad, la reconoció plenamente tan pronto traspasó la entrada, al principio fue un paso corto, como quien entra a un túnel, pero fue un paso muy leve, quizás de un metro o menos, y luego la entrada triunfal a su ciudad, exactamente igual a como estaba en la actualidad, pero había algo más que le llamó la atención, todo se encontraba detenido, como si el tiempo se hubiera congelado, Brochero sabía que todo era real, que no estaba soñando, entonces tomó fuerza la teoría del profesor de astrofísica acerca de los “Túneles del tiempo”, descritos por algunos autores en el vórtice del horizonte de eventos que suelen preceder a los agujeros negros, lo cual indicaba la versatilidad de este tipo de fenómenos cósmicos.
Tan pronto Brochero cruzó el umbral del túnel, apareció de repente en la radiante urbe que era su ciudad. Era un día maravilloso, el sol resplandecía como nunca, y el cielo azul apenas dejaba ver una que otra nube pequeña. En algún momento intentó mirar atrás y descubrió ahora el agujero desde la otra perspectiva, un gato dormía junto a una pequeña bola de papel estrujado que alguien había botado desde el otro lado, entonces él sin pensarlo, cogió la bola de papel y la tiró por el agujero con el ánimo de que traspasara y saliera por la otra cara, donde algún incauto seguramente la recogería pensando en quién había tirado eso o de dónde había salido. ¡El gato de Schrödinger!, pensó de inmediato y se sentó un momento en la acera, porque se sentía cansado.
Era la hora de tomar agua. Hacía mucho calor y la temperatura empezaba a hacer mella. Entonces fue a la tienda, el encargado permanecía quieto, una pareja que compartía una cerveza en una de las mesas, también estaba estática. En ese momento, Brochero se detuvo a analizar la situación al detalle, si realmente estaban inmóviles o si tan solo le parecía, entonces recordó el gato, que tal vez tampoco se movía, pero no necesariamente por estar dormido. Miró todo a su alrededor, todo estaba detenido. Los autos, las motos, las bicis, las patis, las personas. Estaba al frente de un parque y todo estaba absolutamente inamovible. Brochero estaba sin palabras. Entonces entró en un dilema ético, lo más importante en ese momento era calmar la sed que lo estaba aturdiendo.
Una serie de preguntas surgieron en lo más profundo de su ser. ¿Entraba a la tienda y sacaba el agua? ¿a quién se la pagaba? ¿no la pagaba? ¿no entraba a sacar el agua? Estaba toda la tienda a su total disposición, y si lo hacía, ¿y todo adquiría movimiento de nuevo? ¿qué haría ante esa eventualidad? En esa inquietud dialéctica se hallaba enfrascado hasta que finalmente triunfó su instinto de supervivencia, y la falta de líquido, lo obligó a ir por ella. Entonces entró y sacó una botella de agua. Si todo volviera a la normalidad, tan solo diría la verdad y la pagaría sin más reparos. Disfrutó una rica y refrescante botella de agua fría que le quitó la sed de inmediato, pero quedó absorto con la idea de haber hecho el más grande de los descubrimientos, un hecho que podría convertirlo inclusive en el amo absoluto del mundo, en eso pensaba mientras recorría tranquilamente ese sector de la ciudad, constatando que efectivamente todo permanecía inmóvil, que todos los seres vivos estaban como congelados, como si de repente el tiempo se hubiera detenido.
Mil cosas pasaron por la mente de Brochero. Puesto que la ciudad permanecía inmóvil, casi como si estuviera vacía, aunque en realidad estuviera llena, el futuro ecólogo sabía que tenía total disposición de ella. El reloj de Brochero se detuvo a las 09:27, una hora de pleno ajetreo social; es decir, una hora en que todo está funcionando a plenitud, los negocios, las empresas, los hogares, los comercios, las instituciones, las oficinas, y por supuesto, los bancos.
Entonces tuvo la idea de ir al sector de los bancos. Las entidades financieras estaban a reventar. Pero todo estaba igual, congelado en el tiempo. Los cajeros, los clientes, los directivos, los asesores, todos estáticos. Se pasó hábilmente por las cajas, observando cuidadosamente el dinero; por curiosidad, tomó unos billetes de una de las cajas, y al ver que no había reacción, tomó todo el que había en todas las cajas, y como era tanto fue a la bodega de aseo y sacó una bolsa grande para guardar todo el dinero, y sacó varias bolsas más, e hizo el mismo recorrido en los demás bancos que había en el sector financiero de la ciudad, y desocupó las cajas, hasta que el peso de las bolsas llenas, no le permitió llevar más.
Caminando tranquilamente con seis bolsas negras grandes atiborradas de billetes por toda la zona financiera de la ciudad, Brochero pensó ahora en que podía entrar a los grandes almacenes de superficie y a los centros comerciales contiguos a la zona, sabía que debía tener muy presente el lugar de entrada, y tenía claro que había sido, más o menos, a una o dos cuadras del parque Bolívar, por toda la carrera 22, justo donde estaba ubicado su apartaestudio.
El joven estudiante consideraba que la repentina irrupción de un hipotético túnel del tiempo, en la mismísima sala de su hogar, le había significado un golpe de suerte más valioso que ganarse la lotería. Como hombre de ciencia, pensaba que mientras no hubiera cambios sustanciales, las condiciones actuales iban a permanecer intactas; es decir, no creía posible, que la gente despertara de su inmovilidad y que el mundo recuperara su movimiento, por lo tanto, su pensar era, aprovechar todos los recursos que tenía a su disposición para salir victorioso de ese túnel y regresar al presente.
En su paso por el centro comercial, Brochero tomó varias prendas de vestir, su gran debilidad eran los zapatos deportivos, pero aprovechó para llevar consigo también camisas, camisetas, pantalones, pantalonetas, medias, y otros accesorios como celulares y relojes, incluso joyas como cadenas, dijes, manillas y anillos, todo de diferentes tiendas, para que no se sintiera tanto el golpe, ahora además de las seis bolsas de billetes, traía también catorce cajas de ropa y cuatro bolsas originales con los accesorios y las joyas. Ahora faltaba el golpe mayor, para transportar todo su pedido, necesitaba un auto, el mejor de todos, entonces fue a la consignataria, y se encontró de frente con un fascinante y portentoso Camaro, rojo y brillante.
Era la primera vez que iba a conducir una nave. Tomó las llaves, y con el solo encendido, que sonó como el rugido de una fiera hambrienta, se sintió el amo del mundo. Ahora Brochero, guardó todas sus compras en el automóvil, prendió la radio y también el aire acondicionado, y mientras observaba los hermosos detalles del vehículo, tuvo un pensamiento extraño. En dicho pensamiento había cerrado un trato con la fuerza del Mal que dominaba el mundo, por medio del trato, esta fuerza le entregaría la suma de 666.666 pesos diarios hasta el fin de los días del entusiasmado estudiante, y él encantado, había cerrado dicho acuerdo, lo único que tenía que hacer a cambio era seguir ahí donde estaba, recorriendo la ciudad inmóvil y disfrutando todos sus beneficios. Brochero jamás imaginó que pudiera consagrarse de tal manera, y lo interpretó como la recompensa justa de todos sus sacrificios.
Sin embargo, puesto que Brochero había decidido dejar el celular antes de entrar al agujero, creía necesario, además, una evidencia de lo que había encontrado en el interior, por lo que el estudiante optó por ir hasta la universidad para dejar constancia al profesor Blasov, decano de la facultad de ciencias naturales. A esta altura, Brochero ya sabía que no era posible ingresar el auto por el cuerpo oscuro, debido a su tamaño, ya que la última vez que lo midió tenía tan solo 1,44 metros de diámetro, y no veía entonces probable, un crecimiento desmedido en un par de horas, quedaba entonces, la opción de disfrutar la conducción de la nave, y volverla a dejar en su sitio, y así hubiera crecido tanto el agujero, que pudiera ingresar con el vehículo, de regreso, iba a tener problemas, porque seguramente iba a aparecer como un automóvil robado, y él hasta podría ir a la cárcel, dando al traste con su sueño de ser ecólogo.
Para Brochero era absolutamente indispensable ir a la universidad, y dejar constancia ante Blasov que había estado en el interior del agujero negro, y que el consabido horizonte de eventos era en realidad un túnel del tiempo. Mientras escuchaba la radio, que curiosamente no estaba paralizada sino que sonaba una canción que empezaba y terminaba indefinidamente, y cuyo nombre según el tablero de la radio era “The elephant never forgets”, que le parecía conocida a pesar de no tener letra, mientras su pensamiento se entretenía en esa frivolidad, tuvo una ráfaga de lucidez que le produjo un descubrimiento sensacional, se trataba de lo siguiente, al igual que el espacio que tiene tres dimensiones, alto, largo y ancho, el tiempo también tenía tres dimensiones, pasado, presente y futuro; en el pasado, las ecuaciones daban un valor negativo, en el futuro, las ecuaciones daban un valor positivo, pero en el presente, eran igual a cero; es decir, lo que sucedía en el ahora, era básicamente un ya, una mínima fracción de tiempo, prácticamente ínfima; o sea, el presente era tan solo un instante.
Mientras caminaba a la universidad, Brochero se encontró un problema que jamás hubiera previsto, se trataba de que, al haberse congelado el tiempo, al llegar a un semáforo, los demás autos habían quedado también inmóviles, en otras palabras, el Camaro no podía proseguir su camino, porque no había paso. Entonces pensó que seguramente todas, o por lo menos varias calles, iban a estar así, y por lo tanto, en el vehículo no podía llegar a la universidad, entonces se bajó tranquilamente y decidió caminar hasta la UDGS, dejando el vehículo con todas sus pertenencias nuevas.
En su raudo camino, Brochero tuvo un pensamiento abstracto, referido a su teoría de las tres dimensiones temporales; en efecto, si el pasado era una ecuación negativa, que corría hacia la izquierda de la recta del tiempo, el futuro una ecuación positiva que corría hacia la derecha de la recta del tiempo, y el presente, era el cero de la recta, es decir el ahora, faltaba determinar entonces, a cuanto equivalía el cero, es decir el ya. Acaso ese ya era el segundo actual, el minuto actual, la hora actual, el día actual, la semana actual, el mes actual, al año actual, o simplemente era un lapso indefinido, determinado por un conjunto de acciones que ocurrían en la actualidad, pero lejos de una marca susceptible de medición. En eso pensaba mientras recorría la ciudad, camino a la universidad, un sendero familiar, lleno de espacios cargados de recuerdos, pero una ola de tristeza invadió su interior, al descubrir aquella ciudad, llena de gente, pero profundamente vacía, entonces una sombra inmensa llamada soledad, se apoderó de aquel lugar indeleble y lo envolvió completamente.
Finalmente, al llegar a la universidad se dirigió con rapidez a la oficina de Blasov, y paseó su escuela y su facultad, sentía que se estaba demorando mucho, y quería regresar pronto, entró a la oficina del profesor, la secretaria, siempre vigilante, pendiente de los visitantes, esta vez no pudo hacer nada para evitar que él entrara, tomó un papel y un lapicero y escribió, “Hola profe, soy Brochero, estoy aquí, dentro del agujero negro, este orificio es en realidad, un túnel del tiempo, en el que todo permanece inmóvil, y el tiempo es igual a cero, no existe el pasado ni el futuro, solo existe el presente, el ahora, el ya”. Al salir, justo en las escaleras que daban a la entrada del auditorio de la facultad, estaba la compañera suya, que tanto le gustaba, intentó saludarla, pero olvidó su nombre, entonces se le acercó y posó suavemente sus labios en los labios de ella, estampándole un beso tierno que pareció durar una eternidad.
Profundamente entristecido, esa luz inicial que parecía iluminar su camino, empezó a desvanecerse lenta y paulatinamente, y lo que alcanzó a considerar al principio, que la irrupción en la sala de su apartaestudio del extraño fenómeno, fuera su más grande golpe de suerte, debido a su intempestiva estadía en el dichoso túnel del tiempo y su inesperado hallazgo, ahora se mostraba como un trance vacío, inane, superfluo, anodino, absolutamente intrascendental. Sin personas con quién compartir sus logros, no había éxito alguno. Para qué quería tener todo a su disposición si no tenía con quién compartirlo, entonces un sentimiento de amargura comenzó a embargar su alma, y abandonó la idea del automóvil y del dinero, y las joyas, y los celulares, y los zapatos, y la ropa, y los perfumes, y los accesorios, todo ese enorme cargamento que había recogido y que reposaba en el asiento trasero del hermoso auto deportivo, que por unos momentos fue suyo, mientras la gente permanecía latente, inmóvil, impávida, impasible, perdida en el más allá del más acá.
Se devolvió por otra calle y otra carrera, para no ver a su Camaro cargado con sus cosas, ahora tan solo quería volver a la realidad, regresar a aquel orificio oscuro y estar de nuevo en el presente, así fuera para seguir sufriendo y seguir luchando, pero disfrutando la compañía de sus congéneres, de las personas de carne y hueso, que verdaderamente apreciaba. Aceleró el paso, para llegar hasta donde todo había empezado, para regresar al pasado que era su presente y construir su futuro, con dificultades y obstáculos, con tristezas, pero también con alegrías, era el momento de volver para contar qué había más allá del horizonte de eventos, y ver cómo se podía aprovechar sin el vacío de la quietud, que era semejante a la muerte.
Al llegar al punto de retorno, Brochero advirtió que el agujero negro había crecido un poco más, entonces pensó que habrían pasado tres o cuatro horas, y el diámetro del artificio medía 2,88 metros, algo extremadamente exagerado, teniendo en cuenta que había crecido mucho menos en mucho más tiempo, y se encumbró en la pesarosa idea de que el Camaro y todas sus compras habían cabido perfectamente, pero pronto se refugió en que finalmente no era algo legal ni ético. Al ingresar nuevamente al artificio para salir, el joven estudiante miró atrás para grabar en su memoria ese recuerdo lastimero y sombrío del mundo sin movimiento y sin vida, y descubrió algo que no vio cuando entró al principio, muchas palabras escritas parecidas, como la misma palabra, pero en diferentes idiomas, y al encontrarla en español la pronunció con claridad, PORTAL. El reloj señalaba las 12.36.
Según su cálculo, duró transitando el trayecto del túnel, entre el futuro y el pasado, tal vez, uno o dos minutos, pero cuando salió al otro lado, se encontró perdido, no era nada de lo que había dejado al acceder inicialmente, ahora había una capsula grande, obviamente el celular, ya no estaba, ni la bola de papel arrugado, ni el gato de Schrödinger, ni nada. Lo primero que hizo fue constatar que todo estuviera en movimiento, y al girar su cabeza, descubrió un cartel gigante que adornaba la entrada de la capsula con la foto suya del carnet de la universidad, y una frase en letras doradas que decía, “al espíritu de la perseverancia, fuente de la innovación humana”, entonces descubrió que, en realidad, habían transcurrido 60 años, desde el momento aquel en que decidió escribirle a Blasov ese papel famoso, que aún le da la vuelta al mundo, pero él seguía siendo el mismo muchacho de 20 años que quería ser ecólogo.
FIN
miércoles, 24 de diciembre de 2025
SERENDIPIA
SERENDIPIA
Para el segundo aniversario decidieron ir a comer hamburguesas, fueron a “Donde Luigi”. A ambos les encantaban esas hamburguesas, porque además de su sabor inconfundible a piña y tártara, tenía una forma especial de preparación, el pan no se partía completamente al cortarlo por la mitad, sino que se dejaba unido en la parte final para que pudiera soportar todos los ingredientes.
Después de la espléndida comida, decidieron bajar caminando de la mano, una o dos cuadras, hasta el parque San Martín. Allí se sentaron en una banca y comenzaron a dialogar. Eran felices. Coincidieron en un pensamiento que más que abstracto era maravilloso, la felicidad consistía en recordar todo lo bello que habían vivido y todo lo bello que les faltaba aún vivir.
Generalmente, ese parque es muy visitado, y aquella noche fresca e iluminada de viernes, precisamente por serlo, lo era aún más. Recordaban felices las circunstancias en que se habían conocido, la misma noche de la primera estrella. Entonces repararon en la grandeza de aquella fecha majestuosa, de doble recordación y de doble celebración, para comprimirla en una sola conmemoración.
En eso estaban cuando de repente, Yolanda se levanta de la banca para ir hasta el bote de basura a tirar una servilleta que traía en la mano, y una camioneta Chevrolet Captiva negra, con cuatro sujetos, el conductor y otros tres pasajeros a bordo, pasa justo en ese momento frente a ella, y se detienen ante la chica, y al verla aparentemente sola, aprovechan para lanzar toda clase de piropos, incluso de doble sentido, cosa que Roberto considera irrespeto.
Como una reacción natural que se da en el mundo de los mamíferos al que finalmente pertenecemos los humanos, el macho decide impresionar a su hembra y sale a protegerla con vehemencia, pues más que una exaltación a la belleza de la mujer, lo que ve es un insulto a su condición de hombre. Empieza un forcejeo que se torna violento, Roberto se siente profundamente ofendido y considera que debe hacer valer su honor. Yolanda, atribulada ante la inesperada situación, luce desconcertada y no atina a nada, los cuatro hombres bajan de la camioneta con ánimo de golpear al novio, los visitantes del parque se arremolinan para ver el espectáculo, una pelea callejera para la que no tuvieron que pagar un solo peso. Con el ofendido en el piso, víctima de puños y patadas por parte de los cuatro, la chica saca las fuerzas propias de su condición de mujer, y logra ahuyentar a los atacantes, retirando a su hombre del combate, pero el valiente que ahora luce pálido y ensangrentado, toma su celular, y para hacer sentir su poderío, lo revienta contra el ojo derecho del conductor, estallando el globo ocular del piropero. La escena se vuelve dantesca y el caos se apodera del lugar, comienzan a llegar ambulancias y policía; y novio y novia, salen del parque y buscando la calle 45, bajan por ella rápidamente, mientras el herido sigue sangrando por la nariz.
Roberto lleva a su novia a la casa, relativamente cerca, evitando tomar un taxi, debido al escándalo de la sangre. En la tranquilidad del hogar, hacen un recuento cronológico, y concluyen que no son responsables del accidentado final, lamentándose de la manera tan absurda como acabó este día que al principio lucía maravilloso, y que hubiera terminado en el mejor motel de la ciudad, de no haber sido por la altanería de los insolentes. La mujer con la ternura de una esposa abnegada, cura la nariz del hombre, y este decide partir a su casa, también relativamente cerca, para descansar de la jornada vivida.
Al siguiente día, muy temprano, en la mañana, Yolanda llamó a Roberto para ver cómo había amanecido, pero él no contestó. Entonces se alistó para ir al trabajo, y se refugió en la idea de que ya allá en el trabajo, lo llamaría de nuevo y hablarían con más calma, aunque ella sabía que a primera hora él tenía una reunión de trabajo, que era muy importante, pues se trataba de establecer una alianza estratégica con unos proveedores nuevos, que seguramente iba a representar grandes oportunidades de negocio para la empresa en la cual trabajaba, y quería hablar con él antes de entrar a dicha reunión.
Más tarde lo llamó y tampoco le contestó. Le marcó cuatro veces, “como manda la Constitución Nacional”, y no hubo respuesta. Le escribió por Telegram, y tampoco le respondió. Se refugió entonces en la idea de que, ante la inusitada importancia de la reunión, sus jefes le hubieran obligado a mantener el celular apagado, o que él mismo, temiendo alguna situación inoportuna, hubiera decidido unilateralmente desconectarse.
Fue el preciso instante en que Yolanda recordó que el celular había quedado en manos de los atacantes, pues cuando Roberto lo lanzó a la cara del conductor, este rebotó y quedó junto a ellos. Entonces se sintió más tranquila, pues sabía que la falta de comunicación se debía más bien a falta de celular. Con toda seguridad, él se comunicaría más tarde con ella, desde un celular prestado o desde uno nuevo que hubiera comprado.
No quedaba otra opción que esperar. Y eso hizo, esperó una comunicación con su amado, comunicación que nunca llegó, a las seis de la tarde empezó a desesperarse. Al terminar su jornada laboral, salió rumbo a la casa donde él tenía una habitación en arriendo, e inquiriendo a la dueña de la casa por su novio, ella le dijo que ese día no lo había visto, que lo vio salir el día anterior muy bien vestido y perfumado, pero que después no lo volvió a ver.
La angustia se apoderó de Yolanda. La repentina desaparición de Roberto coincidió con la noticia que estaba dando vueltas por todos los medios informativos y las redes sociales, donde decía que un peligroso narcotraficante conocido con el alias de “Muerte Apestosa”, había sido gravemente herido en lo que al parecer se trató de un ajuste de cuentas entre dos peligrosas bandas rivales. Cuando Yolanda vio la imagen del narcotraficante en mención no tuvo dudas de que era el mismo que la había abordado de manera soez en el parque San Martin y cuyo honor había sido restablecido gracias al valor de su enamorado, y si en algún le surgieron dudas, estas se disiparon con la información de que el tal había perdido un ojo, tras un ataque con sofisticadas armas de fuego. Los medios y las redes habían elaborado una historia que despertaba el interés de la gente, pero no era verdadera.
Ahora Roberto estaba en la mira, señalado públicamente como jefe o miembro de una banda que hacia parte de una gran red internacional del crimen organizado, y que estaba siendo buscado por los organismos de seguridad del Estado, pero se quedó atónita cuando se descubrió a sí misma como la acompañante del “capo”, y la presentaba como una criminal altamente peligrosa. Entonces comenzó a recibir tantas llamadas de tantas personas que optó por apagar el celular, para evitar caer en la desesperación, a sabiendas de que a su vez, esto iba a imposibilitar la comunicación con su amado.
Todo se complicó con la muerte del supuesto narcotraficante, que en realidad era el conductor de la camioneta. Tras haber perdido el ojo derecho, su tardía atención médica, provocó una infección repentina, que desembocó en una sepsis que se apoderó rápidamente de sus órganos vitales, hasta causarle la muerte. El individuo era un ciudadano extranjero, y su país natal presentó una nota de protesta, retiró su cuerpo diplomático, y amenazó con duras represalias, incluso militares, si el responsable de tan atroz crimen, no era hallado y castigado con todo el rigor posible.
No habían pasado 48 horas del infausto suceso y las consecuencias habían alcanzado graves repercusiones internacionales. Los medios masivos de comunicación hacían eco exagerado de la situación y el cubrimiento de la noticia era permanente; no en vano, ahora todos los medios, fueran prensa, radio, televisión o internet se enfocaban en esa noticia, y no porque no hubiera otra, sino porque era la que realmente despertaba interés en la gente.
Ni qué decir de las redes sociales, la gente escroleaba su celular constantemente, con la idea de encontrar más información sobre el caso, y entre más cruda fuera, más compartida era, más gustos recibía y más reacciones generaba. Un lio de faldas se había convertido en el pretexto ideal para armar una trama de misterio que estaba a punto de propiciar un conflicto internacional. Lo único cierto hasta el momento era la desaparición de Roberto y la muerte del atrevido.
La situación se presentó en un escenario ideal para los gobiernos de los dos países, que en ese preciso momento enfrentaban graves escándalos de corrupción, y por eso, dispusieron de todos los recursos financieros y logísticos para que los medios y las redes de cada país se centraran en el crimen de “Muerte Apestosa” y el ataque de sus secuaces por parte del cabecilla de otra banda armada y su misteriosa acompañante.
De repente, el caso dio un giro inesperado, y tras la desaparición de Roberto, Yolanda se convirtió en el centro de interés, ya que, por obvias razones, sobre ella recaía ahora la investigación, como testigo, cómplice y coautora del homicidio. De esta manera la mujer, que hacía apenas un par de días, era tan solo una mujer enamorada pasó a ser la peligrosa instigadora de un atroz crimen que estaba a punto de llevar a la guerra a dos países hermanos.
A esta altura, a la feliz novia que dio inicio a la tragedia ya no le importaba el destino de Roberto, a medida que fue evolucionando la situación, ella se fue apropiando del contexto de la noticia, y consideró que no todo fuera un invento de medios y redes para tener algo interesante de qué hablar, sino que detrás de todo esto, efectivamente había algo de cierto, y que, por lo tanto, lo más probable era que Roberto hubiera sido asesinado por la tal banda.
Pensó que no tenía nada de qué temer. Puesto que no debía nada, iba a esperar cómo evolucionaba esta burda historia, para defenderse. Precisamente se estaba concentrando en eso cuando cruzó por su mente el celular de su novio. Ese maldito celular contenía la verdadera causa de su preocupación, ya no importaba Roberto ni el tuerto, ni siquiera que estallara la guerra, no era problema de ella, necesitaba salir corriendo cuanto antes, porque en ese celular estaba contenida toda su trayectoria como pareja blizz, hacía apenas un año, habían iniciado con Roberto un viaje misterioso por el universo swinger, aterrizando en el mundo blizz, y en ese celular, y no en el de ella, residían las fotos, las imágenes, los videos, los audios, de su vida real.
FIN
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