miércoles, 22 de diciembre de 2021
EL ÚLTIMO PECADO DE ABRAHAM
EL ÚLTIMO PECADO DE ABRAHAM
Todos los días a la misma ahora sucedía el magno acontecimiento. El hombre bajito de bigote poblado llegaba a la casa apenas unos instantes antes que el arcaico reloj de pared diera las doce campanadas que anunciaban la llegada del mediodía.
Abuelo escuchaba las noticias en el vetusto radio de transistores que funcionaba a pila, abuela remendaba alguna que otra prenda ajada, América jugaba con Abraham, ya fuera en la sala o en el patio, mientras esperaban con inusitada ansiedad la llegada del hombre.
Todo transcurría en la más absoluta tranquilidad y el más riguroso orden. Ya el hombre tocando a la puerta, ya América abriendo, ya abuelo y abuela observando a aquel señor que parecía que nunca se cambiaba de ropa a pesar de estar luciendo siempre limpio, ya Abraham haciendo pronósticos mentales de qué sería el almuerzo, ya la mesa lista, una rutina previamente establecida que se había convertido en todo un protocolo.
El hombre saludaba con una palabra incomprensible, entregaba las cuatro cajas de comida y la jarra grande de limonada y partía de inmediato a continuar su recorrido, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no dejar caer el resto de la encomienda, mientras que la familia quedaba en disposición de tomar el consabido almuerzo, ceremonia sagrada que se repetía sin alteraciones, día tras día.
Era un momento sublime. Una sensación de lucidez y plenitud invadía el hogar. Se trataba de la entrada en una dimensión especial, en la que todos los miembros de la familia se dedicaban a tomar con el mayor sigilo el almuerzo, como si fuera la última vez que fueran a probar alimento o como si acabaran de romper un prolongado ayuno. No había un instante más glorioso, con todo lo que eso podía significar, que el de mediodía.
Y con la misma entereza que se dedicaban al almuerzo, se entregaban a la siesta. De manera prodigiosa la naturaleza acataba la orden divina de elevar la temperatura ambiental al punto que un sopor repentino brotaba del interior de las casas para sumir a sus habitantes en una incontrolable sensación de letargo, que se prolongaba o no, dependiendo de cada situación, hasta bien entrada la tarde. Como por arte de magia la familia caía rendida ante uno de los más fantásticos fenómenos que el ser humano podía experimentar con la mayor sencillez posible: el sueño.
Abuelo traía una vieja colchoneta y sobre ella iban cayendo uno a uno. Primero abuelo, luego abuela, después América y finalmente Abraham. Todos se acomodaban a la medida de sus posibilidades mientras el calor los acompañaba hasta las primeras horas de la noche.
De no ser porque el sueño de Abraham era tan liviano que el menor ruido solía despertarlo, y este por inercia, de inmediato despertaba a América, seguramente pasarían de largo hasta el otro día, pero ya con ellos a la deriva era casi imposible seguir durmiendo.
Pero era mejor así. A pesar del calor insoportable, a esa hora abuela preparaba un chocolate sabroso y lo servía con un pan exquisito que generalmente ella misma preparaba, y que caía de perlas en ese momento en que en la televisión presentaban algún que otro hueso de novela.
Quien más disfrutaba la sencillez de aquellos días inolvidables era América. Ella era una niña verdaderamente encantadora. Tenía cinco años y había sido el producto del amor sincero que sus padres tuvieron una noche de primavera mientras observaban a través de la ventana de su cuarto, la luna llena que corría despavorida a lo largo y ancho del cielo para que el sol y las estrellas no pudieran alcanzarla.
Tal como la anhelaron, así la concibieron. Sus ojitos negros, su cabello oscuro, su mirada de picardía y su sonrisa de inocencia, la hicieron una nena preciosa, luz y camino de aquellos abuelos perdidos en el olvido, que a punta de nostalgia y recuerdos transitaban la última parte del recorrido.
Pero para América la vida no era perfecta. Había tenido que sobrevivir con la ausencia de sus progenitores, ausencia que había sido suplida en parte por sus abuelos y de cierta manera por el propio Abraham, aquellos con el calor fraterno y este con el juego cómplice.
Los padres de América atendían un negocio de papelería en dos ciudades diferentes, las dos principales del país: Cúcuta y Bucaramanga. Por ende su trabajo exigía el viaje constante. En el cumplimiento de su deber encontraron la muerte una tarde de abril, en medio de las prominentes montañas de aquellos paisajes quebradizos, un accidente terminó con la ilusión de ver crecer a su pequeña hija.
A partir de ese momento la niña quedó al cuidado de los abuelos paternos, entonces un par de viejos que atravesaban un túnel oscuro pudieron encontrar una luz tenue al final del camino, albor que con el pasar de los días acabó por convertirse en un faro enorme que iluminaba prácticamente toda su existencia. Así abuelo y abuela se encontraron criando de nuevo, ya no a su hijo sino a su nieta.
Así como las heridas del cuerpo van sanando poco a poco, con el tiempo las del alma sanan también. Con la pérdida del hijo y la nuera, la esperanza de los viejos que en esos momentos aciagos parecía esfumarse encontró el mejor aliciente en esa niña tierna que apenas comenzaba a vivir.
Así la pequeña terminó por convertirse en el eje central de aquel hogar desaliñado. Todo giraba alrededor de ella, era la estrella principal de ese sistema solar, y todo acontecía o no, si a ella le favorecía o no. Ese teorema simple encontró aceptación unánime por cierto tiempo pero tanta preponderancia despojó de los derechos adquiridos al otro miembro consentido de la familia: Abraham. Un sentimiento extraño al que el género humano había dado por llamar “celos”, lo invadió de manera inclemente, no tanto por la calidez exagerada hacia ella sino por el abandono paulatino hacia él. Pero lo peor era el agravante de sentirse desplazado por alguien que vino mucho después. Ante ese convencimiento era lógico que Abraham hubiera optado por hacerse notar, un mecanismo natural de supervivencia inscrito en el manual básico de los seres vivos.
Abraham no se hallaba. Permanentemente estaba llamando la atención. Apretujado entre sus pensamientos más recónditos, Abraham dilucidaba ahora su existencia como algo menos trascendental y aunque era innegable el cariño que le tenía a América, sentía que el carisma de la niña lo había relegado a un segundo plano, entonces comenzó a aparecer como un ser necesitado de amor, pero sin abrigar un rasgo de aversión por la pequeña.
En febrero solía acontecer un fenómeno atmosférico fantástico. A pesar de ser una tierra más bien caliente, un frente frío bajaba a la ciudad y sometía a sus habitantes a una experiencia extraña. A partir de las seis de la tarde la temperatura empezaba a desplomarse y se mantenía en sus mínimos históricos hasta casi las seis de la mañana, momento en que el sol comenzaba a aparecer paulatinamente.
Nuestra estrella madre aún no terminaba de mostrarnos todo su furor, hasta las horas del mediodía, momento en el que todo volvía a la normalidad, su meticulosa presencia se escurría por entre los patios de las casas y calentaba de manera insoportable el ambiente como insinuando que ella estaba presente, y que recogieran todo el calor posible para que pudieran calentar la noche gélida e interminable.
Con la época del frío llegaba también la de las extrañas desapariciones. A veces era el pan, a veces el queso, en otras ocasiones eran las galletas y en otras las frutas. Siempre faltaba algo. Todo desaparecía sin dejar el más mínimo rastro, como si jamás hubiera existido.
Solamente había dos elementos para formular una hipótesis: la primera, que las desapariciones sucedían en las épocas del frío, y la segunda, que su autor nunca dejaba huella. Ante semejante panorama tan sólo aparecía entonces una teoría posible: se trataba de los ratones.
Así se dieron a la tarea de acabar de una vez por todas con el misterio que se repetía año tras año. Entonces los abuelos decidieron reunirse con el único objetivo de hallar una solución y tras un breve concilio determinaron que debían envenenar a los roedores capaces de tal desafío.
Abuelo mismo fue hasta el comercio a comprar el tóxico, procurando adquirir el mejor, con tal que no hubiera probabilidad de supervivencia.
Esa misma noche prepararon la pócima. Dispusieron de un suculento pedazo de queso para impregnarlo con el veneno cuya etiqueta traía dos consideraciones prometedoras. La primera, que era inoloro, incoloro e insípido, y la segunda, que una sola dosis era suficiente para matar a un caballo. Así quedaron completamente convencidos, de que por fin el misterio iba a ser resuelto.
Estuvieron atentos toda la noche esperando una señal, un ruido o algo que dejara al descubierto al responsable de las extrañas desapariciones, pero el alba los sorprendió en medio de un frío insoportable y de un silencio total. El ladrido de los perros anunciaba que había amanecido, y sintieron la necesidad de levantarse. En eso estaban cuando escucharon un golpe seco, un ruido irregular que provenía del patio. Corrieron hasta allí para ver qué sucedía pero lo que vieron los dejó atónitos, una escena escalofriante se revelaba ante sus ojos incrédulos.
Un ratón gigante se retorcía al compás de un ritmo desenfrenado en medio del patio. Migas del suculento queso, esparcidas por el suelo, mostraban el resultado de su lucha infernal contra el tóxico maldito. Pero lo peor estaba por venir. Desde algún rincón invisible apareció Abraham, como un fantasma renegado saltó sobre el roedor y lo atrapó con sus dientes afilados, mientras lo despedazaba las voces lejanas de abuela y abuelo se entrecruzaban en un rotundo ¡Abraham no! ¡Abraham no! que terminaron por despertar a la pequeña América, la única espectadora ausente de esa película de vida salvaje que se rodaba en el mismísimo patio de su casa. Por fin todo había quedado resuelto.
Era normal, como buen gato que era, a Abraham le encantaba comer ratones, sobre todo aquellos que se proclamaban autores de las extrañas desapariciones que solían suceder en las épocas atípicas en las que el frío bajaba a debilitar hasta los espíritus más aplomados.
FIN
miércoles, 15 de diciembre de 2021
EL TIEMPO Y EL ESPACIO
EL TIEMPO Y EL ESPACIO
Cuando volteé la cara me encontré de frente con un señor muy alto que vestía todo de negro. Me llamó mucho la atención, además de su forma de vestir, el hecho de que usara sombrero y que llevara en su mano izquierda un maletín muy sofisticado, ambos elementos, por supuesto, negros también. Su mirada absorta y profunda me estremeció el alma. Al instante se sentó junto a mí y comenzó a mirar el paisaje.
El parque estaba prácticamente vacío. Tres o cuatro personas descansaban en bancas un tanto separadas. Era el medio día, el sol caía estrepitosamente y el calor se hacía insoportable. Estábamos bajo la sombra de un inmenso árbol de mango que lucía frondoso y espeso debajo de la canícula inclemente. Quise ignorar su presencia mirando un hermoso racimo de mangos maduros y jugosos que colgaban en lo más alto.
-¿Qué es eso?- preguntó con denodado interés.
-¡Mangos, buenos mangos!- le respondí.
Esa pregunta tan absurda fue suficiente para comprobar la extrañeza de aquel hombre recién aparecido. Era completamente improbable que el tipo, en este momento y en este lugar, no supiera que se trataba de sendos y apetitosos mangos. Bien, hice entonces un rápido análisis psicológico para entender las posibles causas de su ignorancia. Podría ser que viniera de una región donde efectivamente no hubiera mangos, o que si los había eran tan completamente diferentes a estos, que sería razón suficiente para no reconocerlos. También cabría la idea que el tipo estuviera probando mis conocimientos con ese tipo de interrogantes tan aparentemente ilógicos, seguramente con el oscuro propósito de sacar algún tipo de ventaja. Otra posibilidad era que el hombre tuviera cierto tipo de desorden mental que le impidiera razonar de manera cuerda y cayera en una especie de vacío intelectual en el cual era capaz de elucubrar semejantes despropósitos. Había otra eventualidad, la más descabellada de todas, que ese personaje que se encontraba junto a mí, viniera como en las películas de ciencia ficción, de un planeta lejano, en representación de alguna civilización avanzada para establecer a través de mi persona, contacto con la especie humana para, de pronto, intercambiar tecnologías o no sé qué cosas.
Tras un breve recuento me encontré con una lista de disparates que en lugar de ir abriendo ventanas lo que hacía era cerrarlas más y profundizaba las dudas sobre mi compañero de banca, a tal punto que sentí la necesidad de averiguar a fondo sobre aquel personaje.
-¿No conoce los mangos?- le pregunté con ironía.
-¡No!- me respondió en tono seco y agregó:
-¡Sin embargo, usted no conoce muchas otras cosas!
-Un momento: ¿usted no es de por acá, cierto?
-¡Yo no, pero mis antepasados sí!
Aunque yo era consciente de que en ese instante debí detenerme para obtener una mayor profundización de esa respuesta, preferí suplantar mi interés con otra pregunta, la cual debía despojarme de cualquier prejuicio que yo pudiera tener.
-¿Y de dónde es usted?
-¡De muy lejos!
-¿Y por allá, todos son así de altos?
-¡No todos, algunos son mucho más altos!
El hombre medía más o menos dos metros y pesaba cerca de cien kilogramos. Era blanco y tenía unos cuarenta años. Su piel relucía, como si estuviera recién enjabonada y sus ojos brillaban, como si llevara lentes. Debo reconocer que el sujeto había logrado sorprenderme en gran manera. Poseía un conjunto de características que lo hacían un ser verdaderamente extraño, probablemente el ser más raro que yo hubiera conocido en mis veinte años de vida. De pronto, un absurdo presentimiento cruzó mi mente y comenzó a acosarme.
Regresé a la frase que me había quedado sonando y continué con el interrogatorio.
-¿Cuáles son sus antepasados, tal vez los conozca?
-¡Vine a buscarlos y los he encontrado, usted es uno de ellos!
Qué cosa tan descabellada era aquella que aquel tipo me estaba insinuando. Un elemento que se aparece de un momento a otro, totalmente vestido de negro, con una mirada tan profunda como un abismo, un acento tan desconocido que a veces dudo siquiera que hable español, un conjunto de cosas que lo hacen el ser más misterioso que jamás haya tratado, y como si esto fuera poco, me confiesa con toda frescura, que es a mí a quien busca porque yo soy su antepasado y que coincidencialmente, me ha encontrado aquí, en el parque más pequeño de la ciudad más pequeña de este mundo.
Entonces agregué:
“Mire señor, no sé si usted lo perciba, pero yo tengo veinte años, soy padre de dos pequeñas niñas de tres y cuatro años, estoy aquí en este parque porque acabo de tener una pequeña discusión con mi esposa y salí a caminar. De pronto, una muchacha me entregó un folleto que hablaba de la celebración de los quinientos años del descubrimiento de América por parte de un tal Cristóbal Colón, acontecimiento que se llevará a cabo el doce de octubre de este año y me senté a leerlo desprevenidamente, y lo leí mil veces hasta que por fin me harté y lo rompí en mil pedazos. Entonces de buenas a primeras se me aparece usted, con un aspecto por cierto original, a decirme que me estaba buscando porque yo soy su antepasado y quería conocerme, y que por tanto debo creerle ya que no tengo otra alternativa, pues no puedo siquiera considerar que se está burlando de mí, o que está completamente loco, o peor aún, que se está haciendo el loco, o inclusive, que el loco soy yo”.
Se quedó mirándome fijamente y sentenció:
-Ahora entiendo perfectamente porque yo también reacciono a veces así.
Recuerdo con impresionante exactitud las condiciones climáticas de ese día inolvidable. Había un sol radiante, una corona multicolor lo envolvía, y pintaba de alegría el paisaje. Una que otra nube aparecía y desaparecía caprichosamente, como si estuviera jugando con alguien a las escondidas, mientras yo caía por el precipicio de ese dilema existencial, de no saber qué estaba sucediendo a mi alrededor.
-¿Hoy qué día es?- me preguntó.
-Hoy es viernes uno de octubre- le respondí.
-Pero, ¿de qué año?
-De mil novecientos noventa y dos.
-¡Ah! entonces hace quinientos años descubrieron a América. Ahora dígame algo: ¿ya tumbaron las torres gemelas?
-¿Qué?
-¡Perdón! ¿Las torres gemelas aún existen?
-Qué cosa tan absurda está usted diciendo. Por supuesto que aún existen y existirán por siempre.
-¡Un momento!- dijo. Si hay algo que la vida me ha enseñado, es a no decir nunca ni siempre.
No sé por qué razón, esa frase sabia hizo que me detuviera para analizar minuciosamente las características especiales de aquel hombre enigmático, de repente sentí la necesidad de conocer más de él, porque en el fondo estaba empezando a creer todo lo que me había dicho.
Quise detallarlo con absoluto rigor, mientras sacaba algo de su portentoso maletín negro. Era un objeto plano al parecer electrónico, diré que se parecía a un libro muy delgado pero por la forma como lo manipulaba supuse que tenía algunas funciones como de computador.
-¿Qué es eso?- le pregunté.
-Ya le digo- me respondió.
Mientras seguía escribiendo, analicé su voz y su acento, y los hallé desconocidos. Pero había más: su piel, el tono de su piel era muy distinto a lo que yo conocía. Sin embargo, lo más desconcertante fue cuando trató de sonreír. Observé la rareza de sus dientes resplandecientes como la nieve y de estructura complexa como el acero, cosa que me hizo suponer que eran artificiales.
-Es un instrumento de conocimiento. Aquí está contenido todo cuanto un ser humano debe saber- replicó sin más reparo.
Quise probar su teoría con una pregunta capciosa, pero que después de hecha, advertí que con cualquier respuesta, el hombre quedaría bien parado.
-¿El mundo se va a acabar en el año dos mil?
Hubo un silencio prolongado y luego una sonrisa burlona pero corta.
-Por favor, ni en el dos mil, ni en el dos mil doce, ni en el dos mil treinta y seis, ni tampoco en el dos mil setenta y dos. Para que usted sepa yo vengo del año dos mil cien y véame aquí estoy, igual que mis contemporáneos, igual que siempre, bueno no exactamente igual pero si básicamente igual.
Cuando mencionó que venía del futuro, una enorme ola de curiosidad me invadió de inmediato, y un viajero del espacio de esos de las películas de ficción se posó en mi mente, pero no pude separar racionalmente el punto exacto, en el cual la realidad se apartaba de la fantasía.
Él, mientras tanto seguía mirando la pantalla de su original aparato y como observara que yo no podía esconder mi interés, volvió hacia mí con una leve sonrisa y mostrándome la fecha que marcaba el instrumento sentenció con cierto aire de suficiencia:
-Hoy es domingo veintidós de febrero del año dos mil cien.
Luego agregó:
-¡Ah! Para contestar su pregunta esto es un condensador.
Y señaló:
-Por lo que le voy a mostrar es que estoy aquí. Resulta que usted es el autor de este libro.
Entonces me reveló en su condensador la imagen de la portada de un libro que se llamaba: “El tiempo y el espacio”. Me dijo que era yo quien lo había escrito, y que lo recibió de su padre, y él de su abuelo, y este de su bisabuelo. Por eso decidió venir del futuro para conocerme en persona. Además de ser su tatarabuelo me había convertido en su escritor preferido.
Yo me encontraba completamente anonadado, pero no terminaba de sorprenderme con tanta barbaridad que el hombre decía. Sobre todo después que me habló de cosas que yo no comprendía porque se refería a sucesos que iban a ocurrirme en la vida y cuando quise que me ampliara los detalles, calló súbitamente y sentenció:
-Le pido el favor que no me haga entrar en detalles ya que podría influir en la historia y cambiarla radicalmente, lo cual podría ser fatal no sólo para mí sino también para usted, para nuestra familia y hasta para la especie misma.
Tal vez percibió mi mirada de asombro y con una ternura sin igual, agregó:
-Usted no se imagina todo el sufrimiento que le falta vivir al mundo.
Inquirí con vehemencia a qué se refería con esa frase tan ambigua.
Entonces señaló:
“El último enfermo de cáncer murió hace cincuenta años, pero los virus se han hecho más resistentes y letales. En términos generales se ha hallado la cura para la mayoría de males y se ha logrado prolongar la vida. Los desastres naturales han seguido ocurriendo y los avances tecnológicos han ocasionado tragedias. Pero lo peor es la guerra. Actualmente se está librando una guerra terrible que nos está aniquilando. Es más, en estos momentos la población mundial no llega a mil millones. Y hay cosas peores”. Entonces me mostró en el condensador el mapa de la tierra.
Quedé atónito. El mapa era completamente diferente. Si todo este disparate era cierto, el planeta del año dos mil cien estaría cubierto de agua en un ochenta por ciento de su superficie, montones de islas y costas habían desaparecido y las placas tectónicas se desplazaban sin ningún control.
Como respuesta lógica de acondicionamiento a la nueva situación, le exigí al hombre una prueba fehaciente que demostrara que todo cuanto había aseverado fuera absolutamente verídico y que por tanto no quedara la más mínima duda sobre su teoría.
Me concedió entonces la oportunidad de viajar a través del tiempo. Tenía en su poder un aparato aún más sofisticado, el cual era semejante a una calculadora muy avanzada que producía sonidos, signos, señales y símbolos tan extraños como él mismo. Lo que más me llamó la atención fue dos botones táctiles que emanaban una fuente poderosa de luz incandescente, una de color rojo y la otra de color azul.
De pronto, observé cómo escribía una línea seguida de números y letras junto a un título que decía: “Coordenadas”. Después escribió: uno de octubre de mil novecientos setenta y ocho en otro que decía: “Fecha”. Entonces sucedió una experiencia demoledora. Sentí que todas las células de mi cuerpo se desgarraban a través de un abismo interminable y en segundos que parecieron siglos, aparecí en medio de una calle familiar.
Tras un breve caos existencial recobré la lucidez. Entonces supe dónde me encontraba. Estaba frente a la escuela donde hice mis estudios de primaria. Ese hecho fue suficiente para aceptar que todo cuanto aquel hombre predicaba era realmente cierto y que debía renunciar a seguir dudando.
Oí cuando sonó la campana y los niños comenzaron a salir de clase rumbo a sus casas. Allá, por esa puerta alicaída que tantas veces crucé, salió un niñito que me pareció conocido, mientras pensaba de quién se trataba, observé detenidamente la maletita donde cargaba sus útiles escolares y descubrí entonces quién era. Aquella maleta anaranjada en la que un niño rosado le daba una flor verde a un burro celeste, había sido el regalo de mi madre el diciembre pasado. Ese niño era ni más ni menos que yo mismo. En ese preciso instante pude ver que mi bella madre llegaba por mí y me saludaba con el beso más tierno y puro del mundo.
Qué experiencia tan maravillosa y devastadora. Haber tenido la oportunidad de observarme a mí mismo en otro tiempo y otro espacio, era como convertir una utopía en la rutina más natural, era volver realidad la hipótesis más inverosímil de todas. Sinceramente no sabía si estaba despierto o soñando. Pero de todas formas entendí, comprendí, creí y acepté sin ninguna condición, todo cuanto aquel hombre me había dicho, incluido por supuesto, el señalamiento absurdo de que yo, veinte años menor que él, era su tatarabuelo. Cuántas preguntas, cuántas inquietudes me asaltaron de manera imprevista.
Después de admitir su grandeza y declarar que efectivamente provenía del futuro, y tras el diluvio de preguntas e inquietudes que cruzaron por mi mente, opté sin proponérmelo por la más estúpida de todas:
-¿Por qué usa sombrero?
-¡Ah, el sombrero!- respondió. Es que busqué en el condensador una prenda común de esta época y fue la que más me llamó la atención. Pero creo que la razón más importante es esta. Entonces descubrió su cabeza y me dejó entrever que era completamente calvo.
Y agregó:
-En el futuro perderemos el pelo, tanto hombres como mujeres iremos despojándonos del cabello y el vello.
Quise preguntar muchas cosas pero nos dispusimos a hablar de su época y de mi época, y me entretuve con su relato. Diré a continuación algunas de las cosas más relevantes que me dijo: por ejemplo, que ya se había acabado la última gota de petróleo, me habló de la existencia de huracanes de mil kilómetros por hora y terremotos de diez grados de intensidad, me contó de la prohibición de mascotas en los hogares ya que estaba comprobada su incidencia en la aparición de enfermedades cada vez más raras y terribles, me dijo de la caída del imperio gringo tras varias guerras, del derretimiento de los polos y las fracturas de las placas tectónicas, me nombró la existencia de casi cuatrocientos países, del aniquilamiento del ser humano por el uso de armas temibles, de la extinción de muchas especies animales y vegetales, y me llamó la atención sobre la ocurrencia de un fenómeno sideral que iba a poner en jaque nuestra existencia, también me habló de muchas otras cosas que no logro recordar con total exactitud, y que a mi juicio no son tan determinantes, aunque para ser sincero todo lo que me dijo fue sorprendente y desconcertante.
De pronto calló súbitamente y anunció que estaba llegando la hora de su partida, entonces me preguntó si había algo o alguien que quisiera conocer pero me dejó en claro la imposibilidad de participar activamente en la historia y de cambiarla de manera radical.
-En efecto, hay un personaje al que siempre he admirado y del cual me gustaría constatar la existencia y la grandeza de su personalidad y de su obra. Su nombre es Jesús de Nazaret, hijo de una familia muy humilde que vivió en Palestina hace aproximadamente dos mil años.
Aquel personaje que insistía en ser tataranieto mío, se quedó mirándome fijamente y logró comprender cuán importante era para mí ese acontecimiento, entonces asintió y tras entender que no tenía otra alternativa, accedió a mi petición sin ninguna clase de reparo.
-No es tan fácil- me dijo. Lo primero es la ropa, no se puede aparecer en esa época con esta ropa, lo segundo es el idioma, cómo va a saber lo que están diciendo, pero a no ser que tan sólo quiera observar, bastaría con solucionar lo del vestuario. Lo otro es que tendrá que ir usted solo. Entonces le enseñaré a manipular el teletransportador pero no olvide su compromiso de no cambiar la historia y de ni siquiera intentarlo.
De pronto nos encontramos en un lugar, el cual supongo era su sitio de habitación, por más que intento, no logro entrar en detalles, razón por la cual no podré describirlo con exactitud. Recordé que en alguna ocasión había representado a un personaje árabe en una obra de teatro escolar y que para entonces no había necesitado más que una sábana blanca que envolvía mi cuerpo, al instante me hallé completamente desnudo y con la sábana blanca entrelazada. Fue en ese preciso momento en el que mi descendiente me entregó el instrumento de transportación, y me despidió con un fuerte y fraternal abrazo.
De repente me encontré en la Palestina del año treinta y seis de nuestra era, todo estaba en el más absoluto silencio y el paisaje despuntaba ensoñador y nostálgico. El sol rojizo empezaba a esconderse tras la colina, signo inequívoco de que comenzaba a caer la tarde. Estaba dilucidando esa escena mágica cuando escuché voces, entonces advertí la presencia de varias personas que venían con palos y espadas. Se acercaron a un hombre delgado, de casi uno setenta de estatura, algo así como de treinta años de edad, cabello negro, largo y crespo, barba y bigote, que vestía una túnica roja y calzaba unas sandalias negras, uno de los tipos se aproximó y le dio un beso en la mejilla izquierda, de inmediato supe que se trataba de Jesús, observé que un grupo de judíos se le acercaron con ánimo de golpearlo.
Yo, que siempre había pensado que si hubiese estado presente en el tiempo de Jesús, lo habría defendido de tanto improperio, no pude evitarlo y salí en su defensa, en ese preciso momento algunos individuos del grupo de los judíos la emprendieron contra mí, entonces recordé que no podía participar en la historia y aunque creí que ya era demasiado tarde, solamente acaté a salir corriendo para escabullirme de los judíos y así poder oprimir el botón rojo del teletransportador para regresar al futuro al cual pertenecía. Pero en el forcejeo se me cayó la sábana y quedé completamente desnudo. Sin embargo alcancé a operar el aparato y este me trajo de vuelta al lugar del cual había salido y me encontré con el autor de todo este disparate, o sea mi descendiente, esperándome.
No tuve que contarle nada porque él observó todo en el condensador, me dijo que estuviera tranquilo ya que no había cambiado la historia, que ahora yo era parte de la historia, que bastaba que leyera en la biblia, Marcos capítulo 14, versículos 51 y 52.
Entonces volteé la cara para preguntarle más cosas pero ya no estaba, una horrible sensación de soledad comenzó a envolverme de manera irremediable mientras pensaba en él y en todo lo sucedido, y un túnel profundo y misterioso comenzó a cubrirme física y mentalmente. De repente, un halo de luz tenue comenzó a alúmbrame y sentí la imperiosa necesidad de escribir esta y otras historias en un libro llamado “El tiempo y el espacio”. Todo, en honor a mi tataranieto querido, de quien en un principio dudé y a quien consideré un vago de la peor índole.
Lástima que tuvieron que pasar más de veinte años desde aquel día glorioso para ver plasmada en la realidad aquella experiencia maravillosa, ese resplandor fue la inspiración final para que este sueño mágico que pude vivir no se perdiera en la memoria sino que perdurara eternamente.
FIN
miércoles, 8 de diciembre de 2021
EL TERRORISTA
EL TERRORISTA
Ya estaba todo decidido. Ahora era imposible dar marcha atrás, se trataba simplemente de esperar, de darle tiempo al tiempo, de aguantar con total resignación mientras llegaba el momento propicio para llevar a cabo el plan establecido.
La mañana que apenas nacía, presagiaba un día triste y frío. Las nubes densas se entrelazaban como plaquetas celestiales y teñían de gris el cielo matutino. El azul cielo no lograba vislumbrarse desde ningún rincón y una llovizna pertinaz brotaba como riego divino.
El hombre intentó buscar algún significado entre las nubes tupidas, pero no lo encontró, se estaba esforzando al máximo por conseguirlo cuando vio aparecer a lo lejos el autobús de la desgracia, entonces sintió que ya no seria necesario buscar más, porque pronto estaría en el helado mundo de la insensibilidad absoluta donde las formas específicas no tenían importancia alguna, ni siquiera para el recuerdo humano.
El autobús era un vehículo medio vetusto, que cubría la ruta que iba desde el barrio, el cual se encontraba en el extremo de la ciudad, hasta el centro, donde estaba ubicada la zona comercial; allí, confluían bancos, almacenes, oficinas y dependencias oficiales, pero también cientos de personas de rebusque, que confeccionaban su propio comercio y lo ponían al servicio de desprevenidos transeúntes que caminaban sin rumbo alguno, y que sin proponérselo formaban un verdadero caos existencial. El vehículo, blanco y con rayas rojas, mostraba un aviso de color amarillo con letras negras que anunciaba los sitios principales que visitaba mientras hacía su recorrido, brindando a los pasajeros la posibilidad de movilizarse hacia varios destinos, razón por la cual casi siempre el autobús terminaba convirtiéndose en la opción más barata de turismo.
El conductor, un hombre medio joven, parecía no inmutarse por su condición, deseaba proseguir así por el resto de su vida. Su rostro, escondía un aire jovial que no se condolía con la exigencia de su profesión, que lo aislaba de su familia la mayor parte del tiempo. Salía de su casa desde mucho antes de salir el sol y tan sólo regresaba bien entrada la noche cuando la ciudad se acostaba a dormir. Se acostumbró a ver a sus hijos siempre en la misma posición, cuando se iba, se quedaban dormidos en la cama, y al volver, así mismo los encontraba. Esa era su rutina de todos los días.
En eso estaba, evocando a sus hijos en el recuerdo más común, con sus ojitos cerrados, arrullando una fantasía mientras se paseaban por el reino de los sueños, cuando un pasajero autómata, el primero del día, mostró la palma de su mano como señal inequívoca de que se detuviera porque necesitaba abordarlo. Subió al autobús sin ninguna preocupación, estaba resuelto como nunca a cumplir su objetivo, al pasar la registradora sintió la incomodidad del dispositivo de la carga entonces un reflejo mental lo situó de lleno en su triste realidad. ¡Veinticinco kilogramos son veinticinco! pensó. A la vez que su mirada recorría el puesto donde habría de sentarse pero que se detuvo al comprobar que era el primer pasajero en subir.
El hombre había guardado la cantidad precisa del pasaje para no tener que esperar el cambio. Ya adentro, con el panorama totalmente a su disposición, un instinto básico de preservación lo guió hacia un puesto ubicado en la mitad del autobús, entonces se sintió un ser infinitamente superior, a la espera de que pronto todos los puestos estuvieran ocupados, para él poder actuar y cumplir de una vez por todas, esa misión.
La carga estaba compuesta por veinticinco kilogramos de anfo, un explosivo de alto poder, cuidadosamente amarrada a su cuerpo con esparadrapo, unida a un mecanismo artesanal por un cordón detonante que anhelaba con riguroso sigilo que fuera prontamente encendido para que el objetivo por el cual había sido elaborado se cumpliera a cabalidad, y que como casi siempre sucedía, no se perdiera en el intento. Nadie hubiera imaginado que ese hombre de bluyín, camiseta roja, chaqueta negra y tennis blancos, llevara consigo semejante encomienda, un auténtico pasaporte al infierno, tan efectivo que diera término a la insensata vida que el devenir le había asignado, tan efectivo que el inconmensurable camino de su desdicha llegara al final de una vez por todas, arrastrando consigo a personas tan inocentes como su esposa, sus hijas y sus hijos.
Ahí comenzó su martirio. Incluso cuando el autobús arrancó y pasó frente a una venta de comida, sintió una poderosa sensación de abortar el plan, consideró la posibilidad de bajarse, y como cualquier transeúnte disfrutar de un bocado que, al fin y al cabo, necesitaba porque llevaba casi dos días sin comer. Pero no. El hombre se hallaba francamente convencido de que alguien tenía que compartir su dolor, aunque ese alguien fuera totalmente ajeno a él, porque era la única manera que había para que su familia encontrara el descanso definitivo de sus almas, por eso no le importaba nada, si mañana una o varias personas en medio del universo se atreviera o atrevieran a llamarlo así: “terrorista”.
Como era el primer pasajero y tenía el autobús a su entera disposición, se sentó donde le provocó, en un asiento en la mitad del vehículo, en el lado derecho, junto a la ventana para tener mejor visual, clavó su cabeza en el vidrio y su mente comenzó a perderse en los atavíos de la imaginación, soñó despierto que pronto se encontraría con su esposa y con el producto de su amor común: sus hijos. Esa imagen le produjo una profunda sensación de satisfacción y una inevitable ola de tranquilidad invadió su alma. Pensó también que pronto los periodistas centrados en alguna que otra nota de poca importancia, empezarían a cubrir la noticia y que lanzarían un “Extra” según era la costumbre, como pretexto para tener algo preciso de qué hablar; eso si, con la misma exageración y manipulación de siempre, y de acuerdo con los intereses y las circunstancias de la ocasión.
Entonces comenzaron a aparecer en su mente destellos intermitentes, imágenes que aparecían repentinamente y que siempre traían consigo la silueta de ella, de la mujer que amó con todo su corazón, de la madre de sus cuatro hijos, de la mujer de su vida. Primero en un viaje interminable en un autobús repleto de gente, luego en un parque tranquilo en medio de una calle muy congestionada, después en la sala de la casa, en una noche apacible, con la luz de la luna llena colándose por la ventana, tarareando una canción conocida por ambos. Ahora el recuerdo se pierde pero reaparece pronto. Otra vez interpretando la misma canción pero con una variante, los niños intentando entrar en el coro. En ese instante, sintió la imperiosa necesidad de escapar, de salir de ese laberinto de recuerdos perdidos que solían propiciarle un golpe mortal a su espíritu debilitado.
En eso estaba cuando el autobús hizo la segunda parada. La primera en subir fue una mujer de edad avanzada, de rostro curtido y un reflejo de dolor que lograba perdurar en las capas superiores de su semblante. El segundo fue un joven estudiante, de esos que irradian vitalidad por cada uno de sus poros, probablemente preocupado por algún parcial rebuscado. La tercera fue una mujer joven de porte empresarial, de las que anuncian que pronto estará en condición de dejar el autobús como su medio de transporte. El cuarto fue un hombre maduro con un maletín ejecutivo, de aquellas personas que cargan en su valija todo un portafolio de ilusiones y elaboran una entrevista de ventas mientras hacen el recorrido.
Entonces tuvo un razonamiento extraño. Se quedó pensando que esas personas iban en ese viaje porque tenían una misión por cumplir, igual que él; claro que, era una misión muy diferente a la suya, pero que sin embargo él tenía la potestad sobre ellas, es decir, que dependía de su voluntad, sí podían lograr sus propósitos o no; luego, según su criterio, en ese momento era omnipotente.
En medio de ese pensamiento oscuro, no alcanzó a detallar las otras personas que también ingresaron al vehículo pero sentenció que en cualquier caso quedarían en la misma condición de las otras, a no ser que se bajaran antes del momento por él indicado.
Un niño cuya imagen se cruzó por su ventana lo trasladó de inmediato a su propia infancia. Se descubrió muy pequeño, riendo a carcajadas tras una aventura pueril, pero de pronto apareció en una escena recóndita, inmerso en un mar de llanto que lo ahogaba sin compasión, y en un permanente deambular, entraba y salía por tiempos y espacios disímiles, pero aún así tuvo la suficiente lucidez para entender que el reflejo de la edad primera no estaba para nada relacionado con el de la edad adulta, y que las miradas y sonrisas del bebe no eran el preámbulo de lo que sería el individuo, entonces sintió un profundo pesar por ese niño que fue, antecesor de ese hombre de treinta años, cargado con veinticinco kilogramos de anfo amarrado a su cuerpo, que había tomado un autobús para hacerse estallar a si mismo, y a todo aquél que se encontrara a su lado, con el único propósito de dar descanso a su alma atribulada, esa alma que pudo presenciar en toda su magnitud la intemperancia de la vida.
Ante semejantes reflexiones, se encontró con un autobús ya casi lleno, pero notó que como cosa curiosa, el asiento justo al lado suyo aún permanecía vacío. Era como si estuviera guardando que un ángel llegara a última hora, y trajera consigo una propuesta inesperada, capaz de detener esa locura que él mismo había confeccionado.
Y así fue, apareció el ángel. Era la mujer más linda que el hombre había visto con sus propios ojos. Su cabello era negro como el cielo nocturno, sus ojos eran radiantes como las estrellas fugaces, su piel era dorada como la arena virgen, sus labios eran carnosos como las fresas silvestres. Su sonrisa, su mirada, su figura, su porte, interpretaban una tierna melodía que provenía del paraíso. La diosa más bella del Olimpo había llegado y estaba sentada junto a él. Un profundo estremecimiento brotó de su alma y alcanzó sinceramente a considerar la posibilidad de desistir del plan.
Un juego de palabras y de imágenes se vislumbró en su mente y mil suposiciones surgieron de forma intempestiva. Era algo así como un nuevo orden en el universo, o la oportunidad de generar un punto de partida, o la pérdida absoluta de la memoria, o un descanso tras equilibrar las fuerzas. Las razones suficientes de hacía apenas unos instantes ya no lo eran tanto, su corazón endurecido había quedado reducido a una masa gelatinosa.
Un teléfono celular sonó al compás de un tono alegre. El terrorista, que navegaba por un mar de cavilaciones fue sorprendido al percatarse que fue su compañera de puesto, la protagonista de tan bellas escenas, quién contestó la llamada. Simplemente calló y procuró escuchar con la mayor atención posible el diálogo de su amada. Lo primero que percibió fue su voz, una voz terrenal rodeada de expresiones tontas que se centró en una charla sin sentido que parecía tomada de alguna telenovela de mala calidad y que dejó al descubierto una mujer superficial y vacía.
Pronto el hombre recapacitó y percibió cómo se moría una esperanza. Con cada frase, el terrorista sintió que se deslizaba por un inmenso precipicio del cual era imposible escapar. Cuando la llamada terminó, su ánimo se había desplomado por un túnel sin fondo, entonces hizo un esfuerzo mental para recordar las razones que lo tenían sumergido en esa situación extrema, en medio de un viaje sin regreso, recorriendo una dimensión cuyo alcance no conocía, pero que sabía perfectamente que terminaba allá, en el mismísimo infierno.
El hombre, con la cabeza recostada contra el vidrio de la ventana de su puesto, se dispuso a realizar un viaje a través del tiempo y en una milésima de segundo se instaló en la noche aquella en la que había conocido a la que sería la mujer de su vida.
Estaba vestida con un conjunto de falda corta y buzo de manga larga, era de color blanco, salpicado de figuritas rojas, entre las que se destacaban estrellas, lunas, soles y planetas. Todo formaba un paisaje de magia que empezaba con el encanto de su imagen y terminaba con la llegada a las puertas del paraíso. Era la chica de sus sueños. No importaba si para los demás estaba llena de defectos, para él era simplemente perfecta.
Ese instante de fascinación dio inicio a su historia de amor, una historia que a pesar de tantas adversidades lograba sobreponerse a la aridez del desierto y terminaba flotando sobre el oasis más sereno. Su idilio era una demostración que terminaba por convencer al más incrédulo de que el amor sí existía. Lo que algunos no entendían, era que para que funcionara requería de grandes sacrificios para superar los obstáculos.
A pesar de no estar preparados, como producto de ese amor genuino comenzaron a llegar del cielo unos angelitos que poco a poco fueron dando un toque de alegría al hogar, unos seres que con su inocencia inspiraban tanta ternura, que sus padres terminaban haciendo sin darse cuenta esfuerzos descomunales, aún a sabiendas de que ese esmero probablemente nunca tendría recompensa. Se trataba de los hijos, esa palabra mágica que alienta la vida, eso que surge de nuestro interior y que es capaz de generar tanto regocijo en el fondo del corazón.
Aquel refugio, aquella familia, sin los recursos económicos ni morales suficientes para fundar una prole, se enfrentaba a semejante empresa. Y pensar que mientras ellos eran premiados con el don de la fertilidad, otros tendrían que conformarse con la idea de tenerlo todo menos eso: los hijos.
Fueron en total dos niñas y dos niños. Primero las niñas. Un óvulo fecundado por un espermatozoide que por puro capricho de la naturaleza decide dividirse en dos y listo el resultado: gemelas. Luego los niños. Con dos años de diferencia y exactamente el mismo ejercicio anterior, produce un resultado igual pero de sexo masculino: gemelos. Si, dos pares de gemelos, homocigóticos, univitelinos, idénticos. Las niñas parecidas a la mamá, los niños al papá. Fue como criarse a sí mismos dos veces, un espectáculo sin igual en el universo.
No habían hecho tanto en la vida para lograr semejante merecimiento. Por donde caminaran siempre se convertían en centro de atención, cualquier transeúnte deseaba hacerse participe de su admiración y era difícil que de su rostro no brotara una sonrisa espontánea que en otros ambientes era generalmente esquiva. Todo era un milagro. Cómo suponer que esa familia inmersa en condiciones tan adversas fuera capaz de transmitir una felicidad tan real, cómo imaginar que ese hogar sumergido en circunstancias tan hostiles fuera capaz de producir una alegría tan pura.
Pero todo empeoró. Sucedió que el hombre, víctima del sistema capitalista salvaje, se quedó sin su sustento diario, fue despedido en uno de los consabidos recortes de personal, y su esposa, que de alguna manera también ayudaba a sufragar los gastos de la casa, fue incapaz de absorber toda la responsabilidad y terminó desfalleciendo ante semejante compromiso; de pronto, se encontraron una tarde sentados frente a frente, en la sala pequeña de una casa vieja, rodeados de dos pares de gemelos llenos de necesidades y carencias, en medio de una situación desesperante que los llevó a tomar una decisión extrema. Ya no se trataba de unas condiciones mínimas de dignidad humana, se requería de algo que por lo menos les permitiera alcanzar la supervivencia.
Partieron hacia un pequeño pueblo, donde encontrarían alguna oportunidad laboral, ya que se decía que en ese lugar había sido descubierto un yacimiento de petróleo. Llegaron cargados de ilusión, ilusión que como casi todas, acaban esfumándose en el horizonte de la desesperanza.
Un día comprendieron que todo era una utopía, que la prosperidad estaba prohibida para ellos; pero aun así, antes de terminar pidiendo limosna en la calle, quemaron la última opción: la creatividad. Prefirieron dedicarse a un pequeño negocio de comida que consistía en lo siguiente: la mujer elaboraba unas ricas empanadas que había aprendido a hacer en su casa materna, el hombre preparaba una limonada de panela bien helada, ideal para los calores del lugar y con esa combinación magnifica se disponía a recorrer los caminos polvorientos en busca de los clientes casuales.
Al principio fue muy difícil, como todo en la vida, pero luego con el esmero, la atención, el sacrificio y la voluntad, fueron cultivando una clientela que les permitía tener el sustento diario para la familia, poder comer algo tres veces al día era más que una ganancia. Más como la felicidad nunca es completa, cuando la familia empezó a entender ese trabajo como una opción de vida, ocurrió lo impensable, para ellos aplicó aquella ley inexorable que rige la existencia: la vida puede cambiar para bien o para mal en un segundo.
Ocurrió que un día el hombre salió a cumplir su itinerario, y llegaron hasta la casa unos militares, casi todos coinciden en que eran miembros del Ejército Nacional. Entraron a la casa, reunieron a la mujer y a sus hijos en la sala, y los inculparon de ser colaboradores de una organización revolucionaria que se había establecido en la región, la mujer negó rotundamente tal acusación pero aun así los militares los hicieron subir a un camión y tomaron rumbo desconocido. A la vez, otros grupos de soldados perpetraron la misma acción en otras humildes viviendas.
El hombre, que a esa hora estaba terminando el primer recorrido, vio pasar en un camión militar a su esposa y a sus cuatro hijos, totalmente convencido de que se trataba de ellos, soltó su venta ambulante y emprendió carrera para averiguar por qué se los llevaban, pero ningún esfuerzo fue más infructuoso, pronto el camión aceleró y se perdió en la distancia y dejó al hombre sumergido en la más completa consternación.
En medio del desespero caminó hasta la casa, y pudo constatar que no era una pesadilla, que todo era real, porque algunos vecinos le contaron lo sucedido, confirmando los hechos y sus autores. Entonces, se dirigió hacia la guarnición militar para averiguar algo pero nadie le dio razón, nadie entendía de qué estaba hablando. Él no sabía que en ese lugar era común que las fuerzas militares adelantaran ese tipo de purgas con el ánimo de limpiar la sociedad de personas que ellos consideraban indeseables, sólo porque presumían que a futuro podían organizarse para una reivindicación social. Y peor aún, todo se realizaba con el consentimiento del alto gobierno, era una política de estado.
Desde ese preciso instante, se dio a la tarea de vengar su injusta muerte, cruzó la línea del peligro y llegó hasta el seno de un pequeño grupo revolucionario que tenía su centro de operaciones en la comarca, buscó al comandante y le manifestó su decisión de vincularse a sus tropas. En ningún momento dejó entrever que se tratara de una situación personal sino que declaró su total convencimiento de la causa rebelde. Con las mejores notas superó las pruebas políticas, filosóficas, ideológicas, militares, físicas y éticas que le permitieron recibir con honor el título de revolucionario, pero en el fondo, más allá de cualquier condición altruista lo que el hombre buscaba era ni más ni menos, que tener a su alcance el medio ideal para calmar esa sed de venganza que no dejaba tranquila su alma y que en todo momento ahogaba su vida.
Tras exitosas operaciones, el hombre consiguió labrar un respeto considerable dentro del grupo, lo que le permitió tener opinión en las reuniones y participación en las decisiones. Un día propuso que debían dar un golpe en la capital, un acto terrorista que les asegurara temor en la población civil, para que se generara caos, y su lucha política y revolucionaria fuera tenida en cuenta por el gobierno y por el pueblo.
El comandante del grupo no compartió semejante apreciación, y se desplegó en argumentos para contrarrestar tan grande despropósito, el hombre fue callado súbitamente y debido a su intemperancia fue castigado a un día sin comer ni beber, mientras que una mujer leía en voz alta el decálogo de la revolución que impide a cualquiera de sus miembros ejecutar un acto que pueda lesionar los intereses del pueblo. Esas horas de profunda meditación le permitió al hombre entender que su ingreso a la organización no era ya necesario para lograr su cometido, que todo cuanto debía hacer era actuar por su propia cuenta y asegurarse, que su dolor tenía que ser compartido por alguien más.
Y así lo hizo, tan pronto pudo robó un cargamento de veinticinco kilogramos de anfo que el grupo tenía resguardado y huyó con él, cuando los subversivos se dieron cuenta, el hombre ya se encontraba a muchos kilómetros de distancia en las afueras de la capital, montado en un autobús con los explosivos amarrados a su cuerpo y con la total disposición de hacerse estallar y causar así el mayor daño posible, para que el mundo comprendiera su dolor, para convertirse en un auténtico terrorista, capaz de cumplir la misión que la vida le había asignado, y que el vil asesinato de los seres que más quiso en la vida, no quedara impune sino que fuera vengado conforme a su grandeza.
Entonces se encontró sentado en el puesto de un autobús atiborrado de gente, personas que marchaban a cumplir sus actividades, inocentes, como su esposa, sus hijas, sus hijos, inocentes como esa mujer divina que se encontraba justo a su lado, que le había permitido soñar por un instante que un futuro mejor era aún posible, una mujer que al igual que la madre de sus hijos, perfectamente pudo haber sido su chica ideal. Pero un océano de sentimientos indescriptibles inundó su corazón y sintió asco, asco del mundo y de sí mismo, asco de la vida y de su destino, un asco profundo que le llegó al alma como un ácido verde y viscoso, opaco y pegajoso que derretía todo su cuerpo, entonces comprendió que todo había llegado a su triste final.
Un deseo vehemente de llorar, lo instó a oprimir el botón, buscó el mecanismo de la carga y allí descansó su dedo índice pero aún no lo presionó, se detuvo porque unos niños que iban comiendo helados cruzaron frente a su ventana y lo hicieron detenerse, entonces esperó hasta que el autobús medio destartalado hizo su entrada triunfal a la estación central donde a esa hora cientos de personas se disponían a iniciar un día maravilloso.
Tan sólo un terrorista, víctima de algún pasaje horrendo, sería capaz de evitar ese propósito, descargando de forma intencional su dedo inquisidor, y un mecanismo artesanal de detonación activara la carga explosiva compuesta por veinticinco kilogramos de un poderoso explosivo y más de mil toneladas de venganza, mezcla suficiente para matar tantas personas, como para que de una vez por todas supieran que nadie podía poner en duda su palabra, y que había quedado plenamente establecido que la cruz de su dolor tenía que ser cargada también por otros.
FIN
miércoles, 1 de diciembre de 2021
EL PRODUCTO DEL SILENCIO
EL PRODUCTO DEL SILENCIO
Cuenta la historia que hace unos años, vivía en la ciudad de Cúcuta una familia humilde y trabajadora, honesta y responsable, conformada por el papá, llamado Adolfo, de 26 años de edad, que trabajaba en la elaboración de camisas para hombres y tenía un pequeño almacén de telas que funcionaba en un local de la casa donde residía junto a su familia; la mamá, llamada Alcira, de 28 años de edad, encargada de la administración del hogar y que en ocasiones le ayudaba a su esposo a atender el almacén, y el producto de ese virtuoso matrimonio: tres hermosas niñas llamadas, Alcirita de seis años, Elvirita de cuatro años e Indirita de dos años. No tenían riquezas pero vivían de forma alegre y sencilla.
Eran felices, sin embargo sentían que les hacía falta la presencia de un varoncito, que sirviera de apoyo al padre, de anhelo a la madre y de compañía a sus hermanas, por lo que creyeron Adolfo y Alcira, que era necesario concebir un niño que pudiera llenar aquel vacío espiritual de la familia. De esta manera, nació Adolfito, el menor de la familia, el cual fue acogido como un auténtico regalo, ya que según ellos, habiendo podido Dios enviarles otra niña, había preferido darles el niño, para que la felicidad fuera completa, y dejarles en claro que sus ruegos habían sido escuchados.
La llegada del niño al seno del hogar, trajo un aire adicional de alegría a la casa. Aunque la presencia de las niñas les había enseñado el significado de la palabra felicidad, la llegada de Adolfito, les permitió comprender su verdadero alcance.
Pronto el niño comenzó a crecer, y junto al crecimiento comenzaron a aparecer también todas aquellas gracias propias de los niños de su edad, que llenan de ternura el amor parental, y acrecientan el sentimiento de una madre y un padre hasta límites inconmensurables.
Un día antes de cumplir los tres meses, el pequeño comenzó a presentar un broto, que lentamente se fue esparciendo por todo su cuerpo, hasta cubrirlo totalmente. Al principio, no le pusieron mayor cuidado, y lo trataban con baños de yerbabuena y albahaca, pero como vieran que la erupción, aunque era leve, no desaparecía sino que por el contrario, se extendía en cobertura e intensidad, decidieron llevarlo al médico, para consultarle por qué Adolfito presentaba esta condición, ya que era el único miembro de la familia que lo padecía y no conocían de otros antecedentes.
Resultó que el niño sufría de una enfermedad alérgica ocasionada por el clima cálido de la ciudad, no era una enfermedad grave, pero le ocasionaba una gran molestia, ya que el pequeño se brotaba, le picaba todo el cuerpo y la comezón se extendía de forma incontrolable, poniéndosele la piel roja como si fuera a echar sangre, en semejante situación, Adolfito se la pasaba llorando todo el día y sus padres se estremecían de pesar al verlo sufrir, impidiéndoles trabajar a cabalidad en su almacén y creando zozobra en la familia, que hasta las niñas, que apenas presenciaban sin entender lo que sucedía, se sentían también incómodas e intranquilas, llegando a la conclusión de que la familia entera estaba padeciendo las consecuencias de la enfermedad.
La única solución que pudieron advertir, fue la de trasladarse hasta otra ciudad, una que tuviera un clima más benévolo, en la que el niño dejara de sufrir aquel padecimiento. Esta decisión implicaba un esfuerzo adicional: radicarse en una ciudad nueva para ellos, rodeados de gente diferente en la cual pudieran seguir trabajando, y que además les ofreciera la oportunidad de crecer como familia.
Era Bucaramanga. La ciudad que integraba esas condiciones era Bucaramanga. El mismo Adolfo viajó solo hasta esa ciudad y buscó una casa bien ubicada, económica, grande, que tuviera un local para el almacén y que les sirviera de trampolín para alcanzar el éxito personal y profesional que tanto soñaban. No pretendían una vida de ostentaciones pero si una existencia digna que les permitiera sobrevivir en un mundo cada vez más exigente. El viaje le sirvió a Adolfo además para dilucidar que en cualquier caso, la felicidad seguía presente en su vida, que la existencia de todo ser humano estaba determinada no, en nunca tener obstáculos, sino que en habiéndolos tenido haberlos podido superar, y hasta llegó a una conclusión trascendental que le sonó cruda y también poderosa: le felicidad consistía en saber manejar el menor grado de tristeza posible.
Tras su regreso a Cúcuta, Adolfo se sintió renovado y llegó considerando que además de proporcionarle salud y bienestar a su hijo y a toda su familia, tenía la enorme posibilidad de desarrollar grandes negocios en aquella ciudad bendita que parecía un auténtico milagro ante sus ojos.
Adolfo informó a su mujer sobre el resultado de su gestión en Bucaramanga, y con un optimismo inusitado organizó un plan para trasladarse de manera inmediata, hacia lo que ellos consideraban “una vida nueva, llena de triunfos y realizaciones”.
El viaje quedó definido para el viernes 13 de marzo, aprovecharían ese fin de semana para organizar su casa, e iniciarían labores ese mismo lunes 16, todo muy rápido para acoplarse pronto a su realidad, la cual era ni más ni menos que empezar de nuevo. Todo parecía tan fácil, que sustraerse de cumplir el plan, podía considerarse un atentado contra la posibilidad de alcanzar el éxito, pero sobre todo contra la recuperación de Adolfito.
Sucedió que empacaron sus ropas y sus pertenencias, y encomendaron a los padres de Alcira, el envío de los muebles y los enseres, que aunque Adolfo y Alcira pretendieron aprovechar la ocasión para comprar todo nuevo y estrenar, en este inicio debían practicar la austeridad total.
El viernes 13 de marzo, a las 7 en punto de la noche, tomaron el autobús que los habría de llevar hasta la ciudad de Bucaramanga, el día sábado llegarían las cosas y el domingo las organizarían, y hacer de esta manera, la flamante apertura, el día lunes 16, tal como estaba previsto.
Cuando el bus arrancó, Adolfo tomó las manos de Alcira y entre los dos, abrazaron a Alcirita, a Elvirita y a Indirita, y a su vez todos terminaron abrazando a Adolfito, mientras elevaban con fe una oración al cielo para que Dios escuchara sus súplicas de haber tomado la mejor decisión.
El viaje comenzó de manera agradable, dilucidando al máximo las posibilidades de bienestar que se abrían ante sus ojos. Adelante en dos puestos, las tres niñas y atrás de ellas, papá y mamá junto con el niño, dibujaban una familia ejemplar que labraba su propio destino.
Pero todo cambió de repente. Alcira sintió la necesidad de orinar, entonces le pidió el favor a Adolfo que se encargara de las tres niñas y del niño mientras ella iba al baño y regresaba. Era casi la media noche y estaban atravesando el páramo en ese preciso momento. Dentro del bus la gente dormía plácidamente y bien arropada, para resguardarse del frío que lograba colarse con rebeldía por entre las rendijas, a pesar de que las ventanas iban bien cerradas.
Sucedió que en el instante en que la madre se encontraba en el baño, el bus fue detenido por un retén policial que a esa hora adelantaba una requisa en todos los vehículos que transitaban la vía, para dar con el paradero de un cargamento de licor que había ingresado al país de manera ilegal desde Venezuela.
Primero hicieron bajar a todos los varones, les pidieron que llevaran la cédula en la mano para confrontar posibles antecedentes; Adolfo, que cargaba al niño entre sus brazos, se sintió en medio de la incertidumbre, de bajar para acatar el requerimiento de las autoridades o esperar a que su esposa volviera, para que lo relevara en el cuidado de los pequeños, pero como viera que la solicitud se hacía más apremiante optó por bajar del bus, dejando a sus cuatro hijos, a la espera de su madre. El comandante de la patrulla le informó al conductor que el bus debía ser requisado minuciosamente.
Aconteció que cuando Adolfo estaba siendo objeto de requisa, Alcira se asomó por la puerta del bus para preguntarle por Adolfito, ya que según ella, el niño no estaba donde lo había dejado. Adolfo le dijo que el niño había quedado en el puesto de ella, pero Alcira no lo encontró. Las tres niñas permanecían dormiditas pero el niño no aparecía. Una lanza atravesó el corazón del padre, cuando subió al bus para percatarse de la situación.
Efectivamente el niño no estaba. Despertaron a las niñas para preguntarles por Adolfito, pero ellas no sabían nada, dormían profundamente. Alcira estalló en llanto. Adentro del bus el caos fue total. Pronto las luces se encendieron, las mujeres que aún permanecían en sus asientos ahora despertaban, y en su mirada se dibujaba la incertidumbre de saber qué era lo que estaba pasando. Unos policías entraron con rapidez al bus para ver lo que ocurría.
El ambiente era desolador, Adolfo y Alcira preguntaban con desespero la suerte de su hijo, el mismo bebé que hacía apenas unos minutos, yacía junto a ellos en el interior del bus. Pero nadie respondía, se miraban unos a otros, encontrándose todos en la certeza de que no sabían nada.
El comandante de la patrulla fue alertado sobre el suceso, el hombre, joven y de aspecto recio, no lograba entender cómo fue posible que un bebé hubiera desaparecido en un segundo, ante la mirada atónita de todos y que ahora en pleno centro del páramo, ellos y la tripulación de aquel infausto vehículo de transporte público se encontraran absortos en semejante situación que además de inexplicable era también inédita.
Los atribulados padres buscaban aún en los lugares más recónditos del automotor, y cuando dos jovencitas quisieron bajar, para tomar un poco de aire ellos se lo impidieron, argumentando que nadie debería moverse del sitio hasta tanto la policía no revisara.
Un frío insoportable estremecía los huesos, y el sereno de la noche se envalentonaba de manera airada y desafiante. El jefe policial que no lograba esconder su inexperiencia para manejar este tipo de situaciones, habló con su superior durante un buen rato, para informarle todo lo acaecido y recibir instrucciones sobre cómo debía proceder. Al regresar, ordenó el desalojo inmediato del bus, de forma ordenada, para revisar cada pasajero y cada equipaje, con miras a esclarecer lo que verdaderamente había sucedido. Estaban al frente de un auténtico enigma.
Alcira continuaba llorando desconsoladamente y Adolfo, aunque un poco más tranquilo no podía evitar que las lágrimas escaparan de sus ojos adoloridos; quizás para tratar de transmitir a su familia una fortaleza que no alcanzaba y actuar con el sosiego necesario que no poseía.
Las primeras en bajar fueron una mujer de aproximadamente 34 años y una niña de 13 o 14 años, dijeron que eran mamá e hija que iban a Bucaramanga porque le iban a practicar a la niña unos exámenes de sangre a primera hora de la mañana, y que de una vez se devolvían. Ocupaban la silla 1 y 2.
Luego bajaron dos muchachas de más o menos 18 y 20 años, dijeron que viajaban a Bucaramanga a visitar a su mamá que trabajaba allá. Se iban a estar un mes y luego regresaban. Ocupaban la silla 3 y 4.
Después bajó un hombre sólo, de aproximadamente 45 años, se trasladaba a Bucaramanga para comprar un carro que le habían ofrecido. Se regresaba en el carro ese mismo día, ocupaba la silla 5.
Así mismo bajó también un señor de edad, alrededor de 67 años, iba para Bucaramanga para visitar una hija que lo había invitado, regresaba en dos semanas, ocupaba la silla 6.
Bajó un parejita de jóvenes que dijeron ser novios, él de 17 años y ella de 18, iban a Bucaramanga para buscar donde alojarse porque iban a estudiar en la Universidad de Santander. Se regresaban en dos o tres días, ocupaban las sillas 7 y 8.
Le siguieron unas monjitas de alrededor de 39 años la una y 53 la otra, iban a Bucaramanga para participar de un retiro espiritual de su comunidad, regresaban en tres días, ocupaban las sillas 9 y 10.
El siguiente en bajar fue un hombre joven, de aspecto campesino, de más o menos 29 años, que se puso muy nervioso cuando le preguntaron sobre las razones de su viaje, así como su permanencia, lo acompañaba un niño de 3 o 4 años, que dijo ser hijo suyo. Ocupaban las sillas 11 y 12.
En la silla 13 y 14, venían las tres niñas del matrimonio, Alcirita, Elvirita e Indirita, se quedaron dormidas desde que el bus arrancó y no supieron de nada, hasta que sus padres las despertaron para preguntarles por el niño.
Después bajó, un hombre joven, de unos 21 años, que manifestó que iba a Bucaramanga porque se iba a probar suerte en el Deportivo Santander, equipo de futbol de esa ciudad, y si le iba bien se quedaba, y si le iba mal en unos cuatro días se regresaba, ocupaba la silla 15.
La silla 16 venía vacía. En la silla 17 y 18, venían Adolfo y Alcira, junto con su bebé ahora extraviado.
Posteriormente descendió un hombre de unos 40 años que manifestó ser agente de seguridad del Estado, se mostró reacio a colaborar con información aduciendo que en razón a su trabajo no podía dar explicaciones, ocupaba la silla 19. La silla 20 venía vacía.
Más tarde descendieron del bus un hombre y una mujer de aproximadamente 49 años él y 50 ella, que dijeron ir a Bucaramanga de paseo, ya que sus hijos les habían pagado un viaje con motivo de sus 25 años de casados, regresaban en 5 días, ocupaban las sillas 21 y 22.
Luego bajó una familia compuesta por el papá, la mamá, la hija mayor, el hijo del medio y la hija menor, que iban a Bucaramanga porque la mamá era de esa ciudad y quería que su familia la conociera. Regresaba en una semana, ocupaban las sillas 23, 24, 25, 26 y 27.
El último en bajar fue un hombre de aproximadamente 24 años, vestido de manera muy informal que dijo ir a Bucaramanga para el “rebusque”, que no tenía familia, y que estaría en esa ciudad hasta cuando se aburriera. Al preguntarle a qué se refería con “rebusque”, no supo dar explicaciones, ocupaba la silla 28. Las sillas 29, 30, 31 y 32 estaban desocupadas.
Finalmente se sometió al improvisado interrogatorio y la respectiva requisa, tanto al conductor como a su auxiliar. Mientras el bus era revisado, las personas permanecían fuera de él, y Adolfo supervisaba la penosa labor; entre tanto, los policías adentro, eran a su vez, supervisados por Alcira que en compañía de las niñas proseguían dentro del vehículo. Todo se hizo de manera meticulosa y se llegó a una sola conclusión: no había rastros del niño.
“¡Es imposible!”, repetían una y otra vez los atribulados padres, que se negaban a aceptar la desaparición del pequeño.
Lo único cierto era que no existía una sola prueba de la existencia de Adolfito, la adoración de la familia; era como si la tierra, de manera caprichosa se lo hubiera tragado, dejando a sus padres sumergidos en la mayor prueba de desesperación y dolor posible.
Y cuenta la historia, que el bus tuvo que continuar su viaje hacia Bucaramanga, para que sus ocupantes pudieran cumplir sus propósitos, mientras que aquella familia humilde, se devolvió a pie, siguiendo el mismo camino de aquel infausto recorrido, para ver si de forma prodigiosa lo encontraban, entreverado en algún rancho, o que de pronto algún viandante de esa madrugada gélida se les acercara, para decirles que no se preocuparan, que aquí les tenía su niño, sano y salvo, bien cubierto y resguardado del páramo infernal que los estaba congelando.
FIN
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