sábado, 22 de octubre de 2022

YO SOLO QUIERO COMPRAR UN APARTAMENTO

YO SOLO QUIERO COMPRAR UN APARTAMENTO Sólo Dios sabe cuánto quise a aquella mujer encantadora. Y sabe también, que nunca podré amar a nadie como la amé a ella, que hasta daría mi vida entera por verla feliz, y que mi amor incondicional perdurará más allá de la eternidad. Lo triste es que a pesar de mi entrega total, jamás pude encontrar correspondencia, porque amar no basta, se necesita algo más. Hay un elemento desconocido, misterioso, indescifrable, inexpugnable, que rompe las leyes del amor y que se interpone de manera diáfana entre la posibilidad de alcanzar la felicidad y la latente certeza de no poder alcanzarla. Cuán feliz fui aquellos días en que la conocí. Sentía que me desplazaba tranquilamente sobre el mar, me parecía que la brisa fresca de su presencia se había llevado todas mis preocupaciones. Solo vivía en función de ella, de sus expectativas y de sus consideraciones. Oía su voz y ninguna melodía me sonaba tan bella. Veía su figura y ninguna flor me parecía tan hermosa. Estaba enamorado. Intentaba hacer un recuento de cuántas sensaciones placenteras se abren paso en el espíritu de una persona enamorada, y me perdía en el intento de su agradable compañía. Su rostro era un manantial de agua pura que refrescaba mi alma, su sonrisa era un faro que iluminaba el sendero de mi existencia. Si pudiera, devolvería el tiempo y lo suspendería en la magia de aquellos días radiantes que jamás podré olvidar. Es lo más cercano que he estado del paraíso. El destino decidió traerla hasta mí, una lejana tarde de abril. Las circunstancias de su llegada están relacionadas con el oficio que desempeño. Diré que mi profesión es la de asesor inmobiliario. Por si hay alguien que no sepa exactamente de qué se trata tan extraordinario título, le contaré que la mía, es la profesión más bella del mundo, porque se trata de hacer realidad el sueño de una persona o de una familia, de tener un lugar que le sirva de hogar. Las personas interesadas en un lugar para su hogar, llegan a la sala de ventas de mi proyecto habitacional, o me contactan a través de cualquier medio, y de inmediato les presento todas las alternativas que tengo. Ya mirará ella, de acuerdo a su presupuesto, gusto, aspiración y expectativa, cuál de ellas escoge; aunque a decir verdad, no siempre se acomoda a mi propuesta sino que opta por otra. Así es el mundo de las ventas. Nunca seguí carrera profesional alguna, entre otras cosas porque no me gusta ninguna; sin embargo debo decir que sé de todo un poco, incluso mucho más que el común de las personas, porque tengo algo llamado autoformación, que me lleva por los diferentes aires del conocimiento, y que me ha permitido confeccionar un saber que trasciende los horizontes de la sabiduría. No en vano, en la oficina me suelen llamar “Wikipedia”. Bueno, pero este tipo de consideraciones, no vienen al caso, me dedicaré exclusivamente a contarles esta historia, para denunciar públicamente a la mujer que me trató de la peor manera; aunque eso sí, trataré de hacerlo de la forma más imparcial posible, a fin de que ustedes puedan juzgar sin conveniencia alguna. No me interesa ser merecedor de su lástima sino que entiendan la veracidad de la injusticia, de la cual fui víctima. Me encontraba atendiendo en la sala de ventas del proyecto “Condominio Asunción”, cuando de pronto llegó hasta mí, la mujer más bella que ha parido el universo. Con esto no quiero decir, que unánimemente esta sea la mujer más linda que haya en el mundo, la belleza unánime no existe. Lo que pretendo decir es que inevitablemente, ella es para mí, la más bella entre las bellas. Yo sé que para otros ojos, quizás ella sea una mujer común y corriente; y tal vez, para algunos hasta puede ser fea, no lo discuto. Pero para mí, es la princesa de mi vida. Es difícil de explicar pero sucede a diario, que algo que a alguien le gusta demasiado, a otra persona, le parezca absolutamente normal, y que a otras inclusive les fastidie. Estaba leyendo el “Manual práctico de la asesoría inmobiliaria”, cuando atravesó el umbral. Sus ojos negros, su cabello oscuro, su mirada profunda y su sonrisa tierna me sensibilizaron el alma. La majestuosidad de su figura me trastornó la conciencia. Me dijo que quería tener información del proyecto. De inmediato le conté de qué se trataba. Desde el primer instante en que la vi, supe que ella era la mujer de mi vida, que no la acababa de conocer sino que la había conocido desde siempre, desde la fundación del mundo, que el destino decidió traérmela para que yo la amara incondicionalmente, como ella se merecía, y que tan solo estando juntos podríamos conocer el significado de la palabra felicidad. Ella no era alta ni baja, gorda ni flaca, joven ni vieja, blanca ni negra. Para mí era la perfección en forma de mujer. Su cabello era como una fuente de agua fresca, su piel era dorada como la arena de una playa virgen, sus ojos refulgían como dos luceros en medio de una noche oscura, sus labios rojos y carnosos apetecían como frutos silvestres, cuando extendí la mano para saludarla, percibí su piel suave y tersa como el más fino terciopelo. Era una diosa. Me encantó especialmente su nombre. Se lo pregunté para registrarlo en la bitácora de visitas. Recuerdo que me deleitó profundamente porque me recordó un amor de mis seis años, todas las noches me dormí pensando aquel maravilloso instante, su nombre retumbaba en mi mente con insistencia, como el apacible sonido de las olas muriendo en la playa en una noche de luna llena. Repetí su nombre mientras dormía despierto. Le presenté el proyecto. Le mostré sus características, sus ventajas, sus bondades, sus beneficios; le expliqué el plan de pagos, dándole las mejores prerrogativas posibles, y le recomendé la mejor línea de crédito a fin de que se pudiera suplir de la mejor manera. A esta altura de las circunstancias, francamente la venta me importaba un bledo. Todo cuanto anhelaba era tenerla en mis brazos y amarla con pasión y locura. En la labor de ventas del sector inmobiliario, en la medida que va transcurriendo la entrevista, se va acumulando una información que es necesaria para transformar el prospecto en cliente. Por eso de manera sutil, se van preguntando datos como el nombre, el teléfono, el celular, el correo electrónico, y otros mucho más específicos. Sé que esto puede sonar un poco raro, pero diré que contrario a lo que muchas personas creen, el asesor inmobiliario es un profesional integral, con una gran formación en diferentes ámbitos del saber, porque la venta es una ciencia que requiere observar con rigurosidad, los pasos del método científico. Bueno, pero no es de ventas, que les quiero hablar, sino de ella. Sucedió que en el momento de preguntarle el correo electrónico, ella me dijo que me lo apuntaba porque era un poco difícil, entonces previendo una intriga inútil, le pedí que me lo deletreara para ver si era capaz de escribirlo. Al terminar de deletrearlo se formó la dirección: bandarseribegawan@gmail.com. Entonces le dije: -La capital de Brunéi Darussalam, la pequeña nación asiática situada al norte de la isla de Borneo, no es tan difícil de escribir. Una ráfaga de alegría estalló en su interior e iluminó su semblante. -¡Vaya, vaya! Es la primera persona que sabe a qué hace referencia mi correo electrónico. Había logrado impactarla. Sentía que un tsunami de felicidad inundaba mi alma, y su reflejo nos instaló en la coincidencia de una sonrisa espontánea que perduró eternamente. Duramos un par de segundos mirándonos, sin decirnos nada. Una fracción de tiempo que pareció un lapso interminable. -¡Bueno!- Me dijo finalmente. Y luego agregó: Voy a analizar la propuesta. No quise acosarla con la agresiva pero obligatoria: ¿Cómo le pareció el proyecto? sino con la oprobiosa pero necesaria ¡Si quiere mostrarle a su esposo, con mucho gusto yo les enseño el proyecto! En efecto, esa expresión no tenía la sola finalidad de ser más cordial con ella sino también la de comprobar si era casada o no. Saliendo de la sala de ventas, cruzando la puerta, ella devolvió su rostro hacia mí, y con la mayor complacencia del mundo, me dijo con absoluta sinceridad: -No se preocupe, no soy casada. Sentí que un festival de luces y colores estalló en mi interior. Salí a verla mientras se alejaba paulatinamente, y observé con placer su figura de diosa desplazándose con inigualable dulzura. Entonces me asaltó un pensamiento inesperado: ¿Cómo puede acumularse tanta belleza en una sola persona? Aún obnubilado por el destello de tan maravillosa presencia, escribí en un papel cualquiera que había encima de mi escritorio: “Tan sólo en cuatro instantes de mi vida te he amado con pasión y locura: antes, ahora, después y siempre”. Lo doblé y lo guardé en mi agenda, como quién guarda un tesoro. Salí temprano, y caminé alegre por las calles de aquella ciudad acogedora, que apenas unas horas antes me parecía detestable, y recorrí la tarde que caía, con las manos en los bolsillos, pateando las pequeñas piedras del camino. Mi vida necesitó cada día, cada momento de mi existencia para llegar a la más decisiva de las conclusiones: estaba enamorado. Al llegar a mi apartamento, el destino me tenía preparada otra sorpresa. Junto a la puerta de ingreso, una pequeña caja de cartón, obstaculizaba mi entrada. Quise correrla pero noté un leve movimiento, entonces la abrí y descubrí en su interior un pequeño gatito, que despertaba maullando tímidamente. Lo tomé en mis manos y lo acaricié. Me parecía hermoso. Sin ingresar al apartamento, bajé al tercer piso, donde vivía un veterinario vecino, para preguntarle sobre el hallazgo. Le dije que me había encontrado en la entrada de mi apartamento este pequeño gato, y le pregunté si sabía algo al respecto, me dijo que no, lo tomó en sus manos, lo volteó boca arriba y sonriendo notó, que no era un gato sino una gata, y que tenía alrededor de un mes de nacida. Me dio una porción de alimento especial para cachorros y un trago de leche especial para gatos destetados prematuramente, para que le suministrara mientras tanto, y me comprometió para que al día siguiente fuera a comprarle más, y para que la tratara con mucho cariño porque era un animalito muy tierno, desprovisto del amor materno, que yo de ahora en adelante, tenía que de alguna manera proporcionarle. Si aquella noche dormí una o dos horas fue mucho. No sé si habré dicho que sufro de insomnio y que casi siempre el alba suele sorprenderme cuando apenas estoy cerrando los ojos, pero lo de aquella noche fue visiblemente diferente. A mi tiempo de lectura, de escritura, de estudio y de pensamiento, la repentina aparición de esa mujer encantadora y de esa tierna gatita, agregaron dos nuevos elementos que terminaron por reducir aún más mi capacidad de dormir, de por sí disminuida. En mis largas noches, me concentro en buscar las soluciones que los grandes problemas míos y del mundo en general necesitan, y a pesar de que generalmente lo logro, no hay felicidad, porque al siguiente día descubro que esas mismas soluciones que la noche anterior me alegraron, hoy se han convertido en un mal mucho peor que el problema inicial. Es como un mar de satisfacciones e insatisfacciones que visito a diario. Hice un recuento de la llegada de ella a mi vida, analizando cada uno de los detalles que antecedieron a su aparición, dilucidando entreveros, comparando coincidencias, y llegando a la conclusión de que finalmente, el destino es un libro previamente escrito, y que es imposible arrancar o modificar alguna de sus páginas, y que cualquier intento de saltarse o anticiparse a una de ellas, es un desafío estéril que imposibilita conocer el verdadero sentido de la obra. Me fijé en sus palabras y sus ademanes, en las frases que decía y los gestos que hacía, combinando la estúpida psicología de las ventas y la inédita teoría del amor, tratando de hallar los ingredientes ideales para un bello romance que nacía bajo el sol esplendoroso. Intentaba desplomarme en los arrecifes más profundos del sueño, cuando aparecía su fulgurante figura para traerme de nuevo hasta los acantilados de la conciencia. Su voz recitaba las odas más bellas, y las nombraba con su mismo nombre. Ella era la luz que encendía mi alma y el faro que iluminaba mi vida. Entre todo, deduje que lo más trascendental de la visita fue la última frase de la entrevista, la que pronunció traspasando el umbral de mi oficina, la que me dijo con el rostro alegre y la mirada encendida, la que solamente una mujer intensamente enamorada se atrevería a decirle a un hombre que acaba de conocer: “No se preocupe, no soy casada”. En mi real entender, la revelación era mucho más que una frase de seis palabras, once sílabas y veintitrés letras; era ni más ni menos, que una auténtica declaración de amor. La puerta de la felicidad se abría de par en par en mi corazón. En efecto, si yo no hubiera desatado una especie de “tormenta tropical” en su interior, con toda seguridad, no habría tenido que darme semejante declaración, hubiera bastado con un leve silencio, o con una tenue sonrisa; en cambio, la fuerza de su expresión tenía la explícita intención de que yo supiera con total claridad, que ella no tenía ningún tipo de compromiso, y que por tanto, tenía el camino expedito para conquistarla. Busqué infructuosamente mil variables a la posibilidad de que en realidad, ella no hubiera querido decir lo que yo interpreté, sino que por razones de su propia naturaleza, todo cuanto había querido indicarme era que efectivamente, no tenía un compañero, pero que no necesariamente, esto quisiera decir que se había enamorado de mí. Entonces sentí vergüenza de la supuesta “tormenta tropical” que me imaginé inicialmente, y me sentí un poco pretencioso, pero me solivianté en la imposibilidad de encontrar una justificación que no resultara descabellada. Sin ninguna parcialidad, encontré que todas las explicaciones confluían en una sola razón: ella quería que yo supiera que en estos momentos estaba sola y no tenía ningún tipo de compromiso, entonces me reconforté en la necesidad de establecer una estrategia para conquistarla. Ya casi amanecía y me había pasado toda la noche entretejiendo todos esos pensamientos, organizar una estrategia iba a requerir mucho tiempo y pensé dejarlo para la siguiente noche; entre tanto, me di a la tarea de buscar el sueño; en eso estaba cuando me acordé de la gata, entonces me levanté y la halle profundamente dormida. Una idea fugaz, apareció repentinamente en mi cabeza, supuse que en ese preciso instante, a esa misma hora, las 4 y 32 minutos de la mañana, ella estaría igualmente dormida, en la soledad de su cama, como la gatita, y hallé que indefectiblemente esos dos seres estaban ligados a mi existencia; por tal razón, al notar que la gata necesitaba un nombre, concluí que las dos debían llamarse igual, entonces le puse a la gata el nombre de mi amada, por la similitud de circunstancias en que habían llegado a mi vida, y los sentimientos puros y sinceros que en mí, habían despertado. A esa hora, en la que los pájaros empezaban a cantar, fui hasta mi agenda para buscar el papelito que con tanta pasión había escrito, y decidí que necesitaba entregárselo con urgencia, pensando en esto, regresé a la cama y con la convicción propia del deber cumplido, dormí plácidamente. Entonces desperté como nuevo. Había dormido como un bebé y un increíble ánimo rodeaba mi espíritu. El primer pensamiento del día fue ella en su conjunto. Recordé su imagen, su figura, su piel, su voz, su mirada, su sonrisa. Una ola incontenible de pasiones desenfrenadas, irrumpió de manera violenta en lo más profundo de mi alma, al traerla a mi mente. Ni qué hablar del prominente optimismo que me poseía, me sentía el amo del mundo. Abrí la ventana y descubrí el mágico sol que a esa hora se asomaba entre las montañas, la mañana era tibia, el cielo azul dominaba el paisaje y no se divisaba una sola nube. Era un día espectacular. Necesitaba ir a la oficina y negociar con mi jefe un buen descuento para mi bella princesa. Le dije que era un negocio inminente pero que necesitaba, un beneficio especial, porque corríamos el riesgo de que ella comprara en otro proyecto. Planteé una hipotética negociación de extraordinaria conveniencia para la Constructora, a fin de alcanzar el mayor beneficio posible, yo vería después como me las ingeniaba para manejar la situación. Lo cierto era que necesitaba para ella lo mejor. Debo ser muy sincero en que en realidad, la venta era lo que menos me importaba, lo verdaderamente importante era poder conquistarla. Ya me imaginaba viviendo los dos, en la comodidad de ese imponente apartamento, yo trabajando con ahínco para pagarlo, quizás lo haría con mucho esfuerzo pero con todo gusto. Allí en ese hogar ejemplar, crecerían nuestros hijos, y la nuestra, sería una familia modelo, nuestro romance sería el más bello idilio en la historia de la humanidad, y para ilustrar el significado de la palabra felicidad, seguramente aparecería nuestra imagen como recuadro. Mientras mi jefe averiguaba el descuento para tan “magnífico negocio”, me refugié en la portentosa virtud de la imaginación para soñar las escenas más maravillosas, y en esa isla paradisiaca, una repentina inquietud me asaltó con premura: su profesión. Por el impacto de su presencia, había olvidado preguntarle su profesión. Por su forma de expresarse, sin lugar a dudas, debía tratarse de alguien con una gran formación académica. Preferiblemente instruida en las ciencias sociales, porque su donaire tenía el carisma y el liderazgo propio de las personas formadas en las ciencias humanas, como los grandes líderes de este mundo, que generalmente son hijos de las humanidades, nunca de las matemáticas. Después de divagar por el amplio espectro de las profesiones, llegué a una conclusión inapelable: era docente. Lo había descubierto, cuando me dio el correo electrónico, un conocimiento tan específico solo podía tener como autora a una profesora. Poco a poco fui descartando cada una de la posibilidades, para terminar deduciendo que se trataba de una educadora, una gran intelectual con la capacidad de incidir en el desarrollo de un pensamiento crítico en la futuras generaciones que habrían de regir este mundo. En forma de broma pensé para mis adentros, “si no es maestra, es asesora inmobiliaria”, pero reí interiormente porque era indudable que se trataba de una docente, una ráfaga de lujuria explotó en mi interior intempestivamente. El jefe me dio el descuento que le podíamos manejar a ella, y me pareció francamente interesante; teniendo ya ese dato, solo restaba llamarla, saludarla y contarle lo del descuento, aún no era prudente decirle cuánto la amaba. Con total seguridad, me iba a agradecer lo del descuento, le preguntaría cómo había pasado la noche y aprovecharía para invitarla a comer un helado. Le entregaría el papelito y nos besaríamos apasionadamente. Le envié el correo con toda la información del proyecto y luego la llamé. Y cuando el teléfono comenzó a repicar, sentí que el corazón me palpitaba con violencia, como un tigre que corre desaforado detrás de su presa, estaba nervioso ante la posibilidad de sentirla nuevamente; sin embargo, el teléfono sonó tres o cuatro veces y pasó a buzón de mensajes. Entonces pensé: ¡Comprobado, es una profesora y está en estos momentos dictando clase! Insistí nuevamente con la llamada pero sucedió lo mismo. Entonces le marqué al teléfono fijo, y pasó lo mismo: repicó tres y cuatro veces y se colgó la llamada. Esperé unos minutos y volví a marcarle al fijo pero nadie contestó. No sé cómo pude reconfortarme en la idea de que el hecho que no me contestara, probaba que era una profesora, que en estos momentos estaba trabajando y que además, como me lo había hecho saber, no estaba comprometida, fuera de eso, vivía sola, lo cual era muy positivo para mis aspiraciones. Me sentí entonces en las mismísimas puertas del paraíso. Pensé que lo mejor era dejar de llamarla, para que no se sintiera acosada, entonces la llamaría en la tarde, cuando ya hubiera terminado su jornada laboral, y estuviera más dispuesta a escucharme, que hasta me dijera o me diera a entender palabras o frases inesperadas. Hasta alcancé a imaginar que me diría que estuvo pensando en mí, toda la noche, y que necesitaba verme con urgencia, para decirme que me amaba con toda su alma. Caminé alegre por la carrera 27, la recorrí más de 20 cuadras, con una sonrisa genuina que se dibujaba de oreja a oreja, fui hasta el supermercado para comprarle la comida a la gatita y un recipiente marcado con su nombre donde ella supiera encontrar su alimento. Sentía que el ser, solo y desinteresado de unos días atrás había desaparecido, y que ahora en su reemplazo, un hombre exitoso y realizado tomaba decididamente su lugar. En el trayecto, descubrí el surgimiento de un fenómeno inexplicable, y para mí, completamente desconocido. Era como una suerte de encantamiento, que consistía en que todas las mujeres que caminaban por la avenida, se me parecían a ella de manera extraordinaria. Comencé a verla y oírla en otras mujeres, comencé a verla y oírla en todas partes. Ese repentino hallazgo, me producía al inicio una gran alegría, por el hecho de percibirla de nuevo cerca de mí, pero tan pronto me aproximaba o analizaba al detalle su imagen, y descubría que no era ella, y que por el contrario, las características físicas que me la habían acercado, ahora me la alejaban porque me parecían exageradamente diferentes, me sobrevenía una decepción abrumadora, que me arropaba y me ahogaba sin misericordia, una especie de entuerto similar al del insomnio, en el que después de hallar la solución de los principales problemas, encuentro que son mucho peor que los problemas originales, y me causa una profunda decepción. El mar de encuentros y desencuentros que suelo visitar con frecuencia, y que me hacen a caminar a diario a través de profundos y peligrosos acantilados. Quizás sea un trastorno psicológico o alguna alteración mental, que sé yo, quizás inventos técnicos de la sociedad moderna o alcances biológicos de la evolución humana, no me importa, pero el hecho de sentir la vida a plenitud, donde antes no existía, encuentra su sustento en el hecho de estar enamorado. Es increíble lo que hace el amor: que lo que antes era opaco, difícil, feo, triste, ahora se muestra radiante, fácil, hermoso, alegre; que hasta le cambia el semblante a las personas, y las llena de entusiasmo y optimismo. Todo suena muy bello, pero en el caso mío, la realidad habría de ser muy distinta. Era el medio día, el sol caía de forma canicular y hacía un calor insoportable. Compre arroz chino y Pepsi para el almuerzo, llevaba el alimento de la gatita, y un plato con doble función: comida y bebida, para que ella dispusiera de su propia zona de alimentación. A pesar del cansancio, caminaba feliz. Pensar en mi amada, me daba una fortaleza especial que me mantenía imbatible, quería llegar pronto a casa para almorzar, descansar, y luego llamarla, hablar con ella, sentirla de nuevo, percibir el aliento de su belleza penetrando mis sentidos, verla, oírla, entregarle el papelito, abrazarla, besarla, recorrerla de pies a cabeza, acariciar todo su cuerpo, decirle que la amaba con toda mi alma y que quería hacerla mía para siempre. Después de almorzar, dormí tranquilamente cinco o seis minutos, lapso que en realidad me pareció un siglo, entonces sentí la necesidad de despertarme para llamarla; a esta altura, consideraba absolutamente imprescindible entregarle el papelito, y algo más: besarla levemente. Requería probar sus labios carnosos y suculentos para tranquilizar mi espíritu, era un aliciente indispensable para seguir existiendo. Eso sí, debía ser un beso leve, una especie de chispa espontánea que desencadenara en su interior, una llamarada estelar de magnitudes cósmicas. A las dos en punto la llamé al celular y antes de repicar la segunda vez, una voz masculina me respondió. Sentí que el mundo se caía a pedazos, pensé no responder, porque con total seguridad me había equivocado de número. Pregunté por ella, pero el hombre me dijo que no la conocía, que estaba equivocado. Le repetí el número y me dijo que ese era pero que a ella no la conocía. Colgué y de inmediato, una nube oscura y tenebrosa, pareció envolverme de pies a cabeza. Creí que de la incertidumbre, el corazón quería salirse de mi pecho. Un mal presentimiento me invadió de repente. Quedaba la posibilidad del teléfono fijo. Marqué de inmediato, pero al otro lado la voz de una mujer de edad avanzada, me confirmó el peor de los presagios: que ese número no correspondía a la persona que yo buscaba. La anciana me dijo que no la conocía, que en realidad no sabía quién era. Traté de darle indicaciones, pero todo fue en vano. Era número equivocado. Mi mente comenzó a recorrer los parajes más lúgubres de mi carácter y una mezcla tétrica de sensaciones sucias y rastreras me arrojaron al fondo del mismísimo infierno. ¡Esa maldita perra, me ha engañado! Pensé de inmediato. Al escucharme interiormente decir lo que había dicho, sentí asco de mí mismo, me estaba comportando como el peor de los monstruos; sin duda, la hermosa mujer que me había regalado con su presencia, los instantes más felices de mi vida, no podía merecer semejante trato. Debía tratarse de un mal entendido, quizás fui yo, al anotar los números el directo responsable de tan tremendo error, pero aun así, quedaba un inconveniente por resolver: ¿cómo iba a encontrarla? Entonces de manera providencial recordé el correo electrónico que me acercó al encanto de su dulzura. El correo que le había mandado no había rebotado, lo cual quería decir que la dirección a la cual envíe la información del proyecto, efectivamente existía. Entonces se me ocurrió una idea loca pero necesaria, le tomé una foto al papelito que contenía mi declaración de amor y se la mandé. La tarde era calurosa. La gata comenzó a gemir con intensidad, recordé que no había encontrado la leche recomendada por el veterinario y fui a conseguirla. Pensé que el calor la acosaba y le abrí la ventana para que le entrara aire. Entonces salí. Caminé como un autómata, pensando mil posibilidades. Una lucha intensa se desató en mi interior, entre el yo que confiaba en la benevolencia de mi princesa, y el yo que la desprestigiaba por insensata. Pero a cada paso que daba, a cada instante que transcurría, sentía que el que desconfiaba se iba afianzando lenta y paulatinamente. El sol golpeaba mi cara, y sin embargo, no lo percibía, solo me di cuenta cuando me limpié el sudor de la frente y sentí el rostro ardiendo. De pronto el celular me dio aviso de una notificación. Mil cosas pasaron por mi mente cuando descubrí que era la respuesta del correo que acababa de enviar. Todo como en mi vida diaria; al principio, la alegría de algo positivo y cercano que habrá de iluminar mi vida, y luego, un pensamiento negativo y poderoso que lo apaga todo. La verdad, sentí que una fuerza desconocida me alentaba a que no mirara el mensaje, que postergara su lectura para evitar que un golpe certero rompiera de forma inevitable, el anhelo que me rodeaba desde aquel momento en que conocí a aquella mujer encantadora. Le compré la leche a la gatita, y para mí una botella de agua, que me refrescara y me diera fuerzas, para leer la respuesta de ella. Me senté en una banca que había en la avenida debajo de un frondoso árbol, que brindaba una sombra acogedora. Era un mensaje corto, lacónico; un mensaje breve que lo resumía todo: “Señor, no se equivoque, yo sólo quiero comprar un apartamento”. Sentí que el mundo entero se derrumbaba en mi pecho y me aprisionaba hasta asfixiarme. Cuánto desee no haber nacido, para no tener que haber vivido aquel instante infernal. Perdí la noción del tiempo y del espacio. Era como si mil personas cargadas de ira y odio me golpearan sin contemplación alguna, y me condujeran por un laberinto tenebroso a cumplir mi pena de muerte. Pensé tantas cosas, buenas y malas, que ahora mismo me es difícil recordar alguna en especial. Lo único que sé, es que comencé a caminar y que en un momento específico me sentí incómodo debido a que el sol me seguía golpeando de frente, entonces comprendí que estaba caminado en sentido contrario a mi apartamento, sin darme cuenta me había alejado, quizás 10 o 20 cuadras, que sé yo, porque me encontraba visiblemente exaltado. Entonces me devolví, y un pensamiento absurdo comenzó a envolverme de manera inevitable: hace apenas unos instantes, cuando venía hacia acá, me sentía inmensamente feliz, sabiendo de la presencia de mi amada, y ahora de vuelta, me siento completamente infeliz sabiendo de su total y definitiva ausencia. Esta situación me pareció la forma más precisa para describir la vida entera. Finalmente llegue al apartamento, me senté en las escaleras, porque venía muy cansado, me tomé el ultimo sorbo de agua, y tiré la botella al reciclaje. Traté de recomponer mis ideas, de respirar profundo y comprender lo sucedido, de analizar la situación y saber de qué forma iba a reaccionar. Entré al apartamento, le serví la leche a la gatita, volví a leer el mensaje, esperando hallar un mal entendido, pero el mensaje era muy conciso, no tenía otra explicación, no cabía otra interpretación. Saqué el papelito que le había escrito y le prendí fuego. La gatita aún no salía a tomar su leche. Pensando qué le iba a responder, imaginé mil posibles variables, en todas me sentía víctima de un cruel engaño, aunque de repente desde mi interior un ser más aplomado me interrogaba de manera abrupta: ¿oye, de cuál engaño estás hablando? Entonces tomé una hoja de papel, y comencé a escribir cuál de todas las opciones, respondían mejor a la situación; después de mucho calcular cuál podría herirla más sin dejarme en evidencia, opté por la más estúpida de todas, entonces le envié un correo que decía: “Qué pena con usted, me equivoqué de dirección”. Tomé el papel de las opciones y lo tiré a la basura, al hacerlo reparé en que la gata no había tomado su leche; es más, ni siquiera había comido, la llamé y no respondió, entonces comencé a buscarla; en eso estaba cuando me llegó una notificación al celular, se trataba de la respuesta del correo que acababa de mandar. Lo que la notificación me decía era que ella, la mujer de mi vida, me había bloqueado. Un monstruo feroz despertó en mi interior. Estrellé mi celular contra la pared, y reventó en mil pedazos, no sé por qué, al verlo destruido, sentí que me había liberado de un peso enorme que me estaba asfixiando. Mientras pensaba mil cosas, seguía buscando la gatita y no aparecía por ninguna parte, era como si las dos se hubieran puesto de acuerdo para esfumarse de mi vida. Entonces comprendí que inevitablemente todo había terminado. Entendí el tremendo error de ponerle a la gatita, el mismo nombre de mi amada, ahora cada vez que la llamara, necesariamente iba a recordarla. Pero no importaba, eso tenía solución, tan pronto apareciera la gata, le pondría “Policarpa” y de cariño le diría “Pola”, para que nada me atara a ella, y todo se perdiera para siempre en el olvido, para que quedara constancia que no quería volver a saber de aquella mujer ingrata, que todo cuanto alcancé a considerar con ella fue una verdadera farsa, que su presencia no fue más que una trampa del destino, de la cual quería ahora desprenderme. De repente, tocaron a la puerta, no sé bajo qué premisa alcancé a considerar que podía tratarse de ella, si ni siquiera sabía mi lugar de residencia, ni tampoco le hubiera importado saberlo. Era el veterinario, para recomendarme que no dejara la ventana abierta, porque a los gatos les gustaba escapar, trepar, saltar, aventurar, y que la gatita, podía salirse y como no estaba aún acostumbrada a su nuevo domicilio, podía perderse. Entonces recordé que había abierto la maldita ventana para que le entrara aire y no sintiera el calor asfixiante, ese mismo calor que ahora me estaba consumiendo, como una llamarada ardiente, sofocante, tórrida, agobiante, que ni el hielo de la Antártida entera sería capaz de apaciguar. FIN

sábado, 15 de octubre de 2022

YO NO QUIERO ESE REGALO

YO NO QUIERO ESE REGALO Santiago Sebastián era un joven verdaderamente ejemplar. Inmerso en el seno de un hogar profundamente cristiano, pudo constituirse desde muy pequeño en un ser dechado de virtudes, que logró gracias a la dedicación y la atención de sus esmerados padres, y aprovechando su condición de hijo único, la construcción de una personalidad aplomada, basada en la ética y los valores humanos, principios que siempre reflejaba en cada una de sus actividades. El día de su matrícula para grado doce; es decir, el año en el que alcanzaría su título de bachiller, estuvo acompañado por sus padres, y luego de adelantar los procedimientos propios de la matrícula, tuvieron tiempo de sentarse en la cafetería y mientras compartían una breve merienda, pudieron recordar, cada uno a su manera, los momentos más trascendentales en la existencia del joven, tejiendo paso a paso, como en un inmenso mosaico de retratos, el camino que Santiago Sebastián había recorrido, hasta llegar a este increíble instante. Al terminar le pidieron el favor a una alumna del colegio, que les tomara una foto, junto a las rosas que adornaban el jardín de aquella imponente institución educativa, esa sería la última fotografía de la familia. El padre del joven era un reconocido y respetado médico dermatólogo, famoso a nivel nacional e internacional por haber desarrollado un tratamiento efectivo para curar el acné juvenil. Con su método hasta los acnés más rebeldes quedaban curados. Por eso, venían pacientes de diferentes ciudades del país, incluso de países cercanos, para que el doctor sanara el terrible mal de la juventud, una enfermedad que se había convertido en toda una moda de la época; algo tan común, que lo verdaderamente extraño era que alguien no la padeciera. Así, su fama trascendió las fronteras locales y regionales, y pronto su caja registradora comenzó a sonar de manera desaforada. Cuando se dio cuenta, era demasiado tarde; se había convertido en un hombre adinerado. La madre por el contrario, era una prestigiosa funcionaria del sector público, médica también, con especialización en “Gerencia Pública en Servicios de Salud”, había ocupado prominentes cargos administrativos y corporativos, que incluía entre otros, Directora del Hospital Municipal, Directora del Hospital Departamental, Secretaria de Salud municipal, Secretaria de Salud Departamental, y se había dado a conocer como una figura valiosa a la hora de gestionar recursos para los entes de su competencia, una mujer encantadora que gracias a su carisma, había llegado incluso hasta las esferas de importantes organismos internacionales, luciendo un conjunto de virtudes, que le pronosticaban grandes éxitos en la gestión púbica y administrativa. El año transcurrió de manera normal hasta mitad de año, fue por aquellos días, en que Santiago Sebastián, habría de conocer los artilugios del amor. Sucedió una tarde de junio, antes de salir a vacaciones, con la misma niña que el día de la matrícula, les había tomado una fotografía en el jardín del colegio. La niña se llamaba Dahsy Joana de los Ángeles, y era conocida simplemente como Deisy, estaba próxima a cumplir los 18 años; es decir, era algo más de un año y medio mayor que el joven. Y era verdaderamente una niña preciosa, hija mayor de una prestigiosa familia de comerciantes de ropa, dueños de su propia marca de camisas y camisetas, para hombre y mujer, fabricadas en una tela especial que tenía la fabulosa propiedad de no tener qué plancharse. Un día, Santiago Sebastián fue invitado a la casa de la muchacha, y allí descubrió un mundo de comodidades completamente desconocido para él. Se dio cuenta de que en realidad no era nada, y sintió la imperiosa necesidad de parecerse más a su novia, en su forma de vivir, si quería seguir manteniéndola a su lado. Percibió que el estatus era un requisito indispensable para su noviazgo y un elemento esencial para triunfar en la vida. Una horripilante sensación de inferioridad comenzó a invadirlo, y atribuyó a la ineptitud de sus padres, el atraso de sus posibilidades. Así las cosas, las dos familias, ricas y prestantes, resultaron emparentadas a través de los dos jóvenes. Pero no todo fue color de rosa. Santiago Sebastián, comenzó a cambiar radicalmente su personalidad, y en lugar de aquel muchacho comprensivo y obediente, ahora aparecía, uno rebelde y altivo, que provocaba en sus padres, un sentimiento que hasta ese momento era extraño para ellos: el sufrimiento. Pero se reconfortaron en la posibilidad de que la edad dificultosa de la adolescencia, que siempre traía tormentas y tempestades, solía apaciguarse con el correr de los días. A esa altura, Santiago Sebastián había probado de diversas formas las mieles de la victoria. Había ganado el concurso de ortografía, las olimpiadas matemáticas, el congreso de oratoria y el campeonato de razonamiento abstracto. En deportes, había representado al colegio, en voleibol (campeón municipal y campeón departamental), en futbol sala (subcampeón municipal y subcampeón departamental); en artes, campeón intercolegiado en “Representación artística de los planetas extrasolares” y campeón intercolegiado en “Producción audiovisual, área ecología”. Los padres se preguntaban cómo había cambiado todo de manera tan repentina y radical, si hasta recuerdan que el “Viernes Santo”, mientras asistían a la procesión del Santo Sepulcro, frente a la Catedral Metropolitana, de manera espontánea y sin haberle nadie preguntado, Santiago Sebastián expresó de forma contundente su inapelable decisión de estudiar medicina, una manifestación que llenó a sus padres de gran orgullo y profunda alegría. Cuando ya estaban disfrutando las vacaciones, y había comenzado la transformación del joven, sus padres lo invitaron una noche a un prestigioso restaurante, con el propósito de felicitarle por su deseo de estudiar medicina, pero descubrieron que su anhelo se estaba desvaneciendo, que los primeros estertores de rebeldía y altivez hacían su aparición, y la charla terminó convirtiéndose en una lista de pedidos, entre los cuales, coronó como el más grande de todos: el de que para su graduación, quería un automóvil. Al preguntársele el porqué de esa solicitud, se limitó a decir que para una persona como él, era infinitamente necesario poseer un buen automóvil, y profundizó a nivel de mandato, que no se podía tratar de cualquier auto, sino de uno en especial, del imponente “Aurus Taurus”, el cual era apodado “la bestia”, un auto ruso, famoso desde los tiempos de Vladimir Putin. Ante semejante petición, los padres argumentaron el gran costo del automóvil, que hasta tendrían que gastar una fortuna en la sola importación, y ni qué decir de los impuestos y los seguros, entonces fue el padre, quien tomó la palabra, y en tono sereno respondió: -Hijo, hay algo más valioso que cualquier auto del mundo; es más, es más valioso que todos los autos del mundo juntos. Como viera que el muchacho se interesaba en la respuesta, mas permanecía callado, tras una breve pausa el doctor prosiguió: -Es la grandiosa experiencia de contar con la incondicional amistad de Dios y de sentir su maravillosa presencia. El muchacho quedó estupefacto. Y antes de que su padre continuara, Santiago Sebastián, refutó de forma airada: -¿Cómo es posible que unos científicos como ustedes sean tan creyentes, si bien es sabido, que la ciencia y la religión, son contrarias? -Por el contrario, es en las acciones de los científicos donde mejor se puede plasmar la obra de Dios. Como notara la madre, que el joven comenzaba a exasperarse, trató de cambiar el tema, dejando para el momento de la graduación, la decisión de atender la solicitud, o de desecharla completamente. De todas maneras, en la conciencia de Santiago Sebastián quedó la sensación de que la solicitud había sido atendida, pero en la de los padres la interpretación fue que la propuesta había quedado totalmente descartada. El anhelo de Santiago Sebastián de querer equiparar su nivel de vida con el de Dahsy Joana fue su perdición. Al terminar el año lectivo, Deisy viajó dos veces. En el primer viaje, ella y su familia abordaron un imponente crucero y visitaron las Antillas Neerlandesas, estuvieron cuatro días en Kralendijk, Bonaire; cuatro en Oranjestad, Aruba; cuatro en Willemstad, Curazao. Al terminar, tomaron otro crucero y continuaron con su segundo viaje, visitaron las Islas Caimán, y estuvieron ocho días en Gran Caimán, incluida la capital George Town, en Pequeña Caimán y en Caimán Brac. El día de la graduación, tras una imponente ceremonia, Santiago Sebastián recibió su título de bachiller, sus padres lo acompañaron durante toda la jornada, cancelaron sus compromisos profesionales y laborales, para asistir con la mayor disposición y alegría, a la consagración de su hijo. Conscientes de la inmensa responsabilidad, que se les venía encima, acogieron con profunda felicidad, no solo la terminación de los estudios básicos del muchacho, sino también su inminente ingreso a la universidad. Pero el joven aplazó para los primeros días de enero, la elección de la carrera que iba a estudiar, porque consideraba que necesitaba reflexionar, y no podía darse el lujo de tomar una decisión equivocada. El repentino interés de Santiago Sebastián por estudiar medicina se había esfumado, la posibilidad de que se convirtiera en médico, quedó absolutamente descartada. Finalmente en la intimidad de su hogar y desprovistos de todo protocolo, el muchacho inquirió a sus padres sobre el regalo que aquella noche solicitara, el cual constituía un requisito indispensable para seguir existiendo, pero que en realidad lo que buscaba era impactar a la novia. Fue el padre quien tomó la vocería. Le habló sobre todo lo que él significaba para ellos, sobre cómo había sido la luz de sus ojos desde el preciso momento de su nacimiento, sobre cómo con cada uno de sus logros, llenaba sus almas de infinita satisfacción, sobre cómo con cada sonrisa despertaba sus alegrías más profundas, sobre cómo él era para ellos el mejor regalo que Dios les había dado en toda su existencia. La madre entre tanto, asentía permanentemente las consideraciones del padre, y mientras combinaba cada contemplación con el recuerdo inolvidable de aquel niño que ya era un hombre, una que otra lágrima escapaba tímidamente y resbalaba con ternura por sus suaves mejillas, aquel instante permitió la aparición de una imagen conmovedora. La madre, que hasta ese momento había permanecido inmóvil, se levantó del mueble y se acercó a su hijo para darle un beso, el padre se les unió y los tres se fundieron en un cálido y fraterno abrazo. La madre fue a tomar una fotografía con el celular, pero el padre levantó la cabeza y sin culpa tumbó el celular, que al caer, le rompió levemente la sien y un hilo de sangre comenzó a recorrer su rostro. El celular se cayó y se estrelló contra el acuario, que se resquebrajó de inmediato, mientras que el teléfono móvil fue a terminar en el fondo del acuario, dañándose por completo. Recordó ella, que la cámara del aparato guardaba las fotos de la ceremonia de graduación y de todas las últimas fotos de la familia, a excepción de aquella del día de la matrícula, la que tomó la niña que tiempo después habría de ser la novia del muchacho, la cual quedó guardada en el celular del padre. El doctor se indispuso intempestivamente. El muchacho comenzó a exaltarse con prominente desesperación. La pareja de peces dorados, al sentir la reducción del agua, saltaron del acuario y cayeron al piso; Pola, la gata de la casa, se lanzó sobre ellos y se los comió en el acto, la madre gritó con lastimera indignación. Lada, la perra de la casa, más que confundida ante semejante situación, atacó a la gata y la mordió en el cuello. La gata chillaba y sangraba profusamente, al ver el artero ataque de la perra a su mascota consentida, Santiago Sebastián estampó tremenda patada contra la perrita, y esta comenzó a chillar como si le hubiera fracturado todos los huesos. Era una escena verdaderamente dantesca, pero lo peor estaba por venir. Poseído por mil demonios, el joven exigió de inmediato la entrega del regalo que según él, tenía más que merecido. La madre lloraba desconsoladamente y no atinaba si atender al padre herido, a la gata moribunda, a la perra agonizante, o calmar a su hijo que se presentaba en una faceta desconocida para ella. El padre, que sostenía el pañuelo ensangrentado entre la sien y la frente, trataba infructuosamente de tranquilizarla. -¡Sólo quiero mi regalo!- exclamó Santiago Sebastián, mientras su madre le recriminaba su mal comportamiento. El padre subió hasta el segundo piso del apartamento, caminando con dificultad, sosteniendo el pañuelo con la mano derecha, dejando un rastro de sangre por donde pasaba, y convencido de que su hijo se merecía eso y mucho más, trajo en su mano izquierda, una hermosa biblia de terciopelo, pequeña y nueva. A pesar de la situación, una leve pero genuina sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro, y se la entregó a su hijo. -Esta es tu felicidad- aseveró el hombre con absoluta tranquilidad, la tranquilidad de quien acaba de cumplir sagradamente su deber. -¡Maldito hijo de puta, avariento malparido, tacaño malnacido, engendro inmundo!- respondió el muchacho. -¿Cómo se atreve a salirme con esto?- agregó con profunda ira. El joven puso la biblia en la mesa y subió iracundo al segundo piso. La perra y la gata permanecían agónicas, el padre seguía perdiendo sangre y la madre gritaba como loca mientras lloraba desconsoladamente. Se sentía partícipe de una realidad que no le pertenecía, no comprendía qué estaba sucediendo. Mientras ascendía por los escalones, Santiago Sebastián, musitaba repetidamente en una lengua extraña, probablemente desconocida, “Yo no quiero ese regalo, yo no quiero ese regalo”. Un horrible chasquido gutural escapaba de su interior e infundía pavor. Al instante bajó con el arma de la casa, sin saberla disparar pero teniendo nociones de cómo hacerlo, la accionó cuatro veces contra el padre y cuatro veces contra la madre. Los dejó tirados en el piso y salió, pero antes de cerrar la puerta, se devolvió y tomó la biblia que le habían regalado y la estrelló contra la pared. Salió como si nada, pensando que bien merecido lo tenían, y que eso era para que aprendieran a no burlarse nunca más de él. No alcanzó a darse cuenta que tras el golpe, la supuesta biblia se había abierto, dejando al descubierto que no se trataba en realidad de una biblia sino de una cajita decorada cuidadosamente en forma de biblia, y no se percató que de su interior había brotado, como por arte de magia, el hermoso par de llaves doradas y relucientes, de un fantástico “Aurus Taurus” nuevo y original, último modelo, color negro, apodado “la bestia”, que le habían traído con la intención de que ese denodado esfuerzo contribuyera a hacerle realidad el sueño a su hijo, y que sirviera para que aquel muchacho ejemplar conociera de una vez por todas, el verdadero significado de la palabra felicidad, tan esquivo para tantas personas en el mundo entero. FIN

sábado, 8 de octubre de 2022

Y LA LUZ SE HIZO

Y LA LUZ SE HIZO Al terminar la misa de seis, el sacerdote pidió a los feligreses que fueran todos hasta la calle del experimento. Estaba situada a cuatro cuadras de la catedral, en todo el centro del pueblo que para ese entonces era la gran ciudad de hoy. Cerca de 300 personas caminaban con velas, veladoras, antorchas de brea y lámparas de querosene; acompañando al párroco, quien iba en su calidad de primera autoridad eclesiástica, pero sobre todo para bendecir la obra. El sermón había versado sobre cómo los avances de la ciencia y la tecnología eran obsequios que Dios ponía en manos del ser humano para alcanzar el progreso y el desarrollo, eso para acallar tantos rumores que se tejían entre la población ignorante en estos asuntos, que veía el tema como algo inapropiado para la moral pública y un auténtico desafío a la ley divina. No faltaban eso si los escépticos, portadores siempre de toda clase de improperios y desavenencias, amos absolutos de la verdad, para quienes en definitiva el día y la noche debían estar claramente diferenciados, el día estaría siempre rodeado de luz y la noche de tinieblas. Cualquier esfuerzo en contrario debía ser producto de la magia o la brujería. Al llegar la comitiva, el escenario que parecía listo ahora quedaba completo. La platea principal con el gobernador y esposa, el alcalde y esposa, los secretarios de despacho tanto departamentales como municipales, el comandante de policía, el comandante del ejército, los representantes de las corporaciones públicas, los eminentes hombres de negocios, y por supuesto el cura, representante de Dios en la tierra, encargado de dar la bendición. Atrás, el cortejo parroquial y un grupo de curiosos esperaban con ansiedad el acontecimiento. El sereno comenzaba a bajar, y dejaba al descubierto que el tiempo iba transcurriendo, y el evento no iniciaba. Algunos comentarios emanaban de la multitud y se precipitaban en la insalvable y estéril discusión del origen benigno o maligno de semejante suceso. Los rumores crecían y se desvanecían como las olas del mar, que al acercarse a la playa producen un demoledor estruendo y luego al alejarse tenuemente dejan una estela de profundo silencio. Y ahí, en uno de esos intervalos, apareció a lo lejos el encanto de las notas musicales, era la banda marcial que hacía su entrada triunfal en la callejuela adornada de postes y cables, para beneplácito de la concurrencia que empezaba a interrogarse sobre la causa de la inesperada demora. Las damas de la alta alcurnia, atosigadas con enormes vestidos, agitaban los abanicos europeos recién desempacados por los insipientes mercaderes, mientras que sus maridos, sofocados entre camisas de cuellos almidonados, no atinaban a sentirse más cómodos, y unas y otros, olvidando que hacía apenas unos minutos adolecían de un frío que en realidad era casi imperceptible, se exasperaban en la vana idea de que esto, fuera lo que fuera, terminara de una vez por todas, porque el siguiente día era lunes, y desde ese entonces ya se reconocía que el lunes era el día más ocupado de la semana. Los niños, autores siempre de alegrías, pero también de travesuras, corrían por los rincones de la callejuela y sus alrededores, anunciando la pérdida de control por parte de los padres sobre los pequeños, basada ante todo en la demora. Y como fuera necesario llegar a la reprensión física para acallarlos, todo desembocó en un caos en el que algunas de las más prestantes familias amenazaron inclusive con marcharse si el evento no daba pronto inicio. Finalmente, cuando todo parecía que se diluía en el intento, apareció el director de la compañía eléctrica, acompañado de un hombre delgado y bajito al que nadie conocía, el cual era nada más y nada menos que el encargado de subir las cuchillas que habrían de transmitir la electricidad suficiente para encender los 30 focos instalados en aquella calle exigua para iluminarla. Un silencio sepulcral dominaba la escena. Un aire tenso se percibía en el ambiente. Todos con la mirada fija en los focos, la respiración corta y el pulso acelerado, los rostros palidecidos y los labios resecos, los niños sujetados a las manos de sus padres, un mar misterioso que rodeaba sin consideración a los testigos de semejante prodigio. El hombre delgado y bajito levantó la cuchilla con un palo, y ajeno a la posibilidad de que se hubiera podido electrocutar dio inicio a la hazaña. La calle oscura apareció de pronto llena de luz, como si hubiese ya amanecido, los rostros perplejos de los testigos no acababan de sorprenderse y tras un segundo de silencio que pareció un siglo, miles de cohetes estallaron en el firmamento, la banda marcial tocó nuevamente y las campanas de la iglesia repicaron sin cesar. A lo lejos, los cargadores que apenas regresaban a casa atravesando montes con sus mulas cansadas, veían como una lucecita que de manera inexplicable se había encendido, resplandecía en las tinieblas de aquella noche del domingo 30 de agosto de 1891, anunciando la llegada inminente del progreso para esta ciudad naciente que lucía distante de algo que en otras latitudes era casi una rutina. FIN

sábado, 1 de octubre de 2022

Y BROTÓ AGUA DE REPENTE

Y BROTÓ AGUA DE REPENTE Juan se encontraba francamente abatido. Sentado sobre la roca más grande, suscitaba toda clase de ideas en procura de hallar un atenuante que le permitiera entender mejor la locura de haber comprado esas tierras baldías, en las que había invertido los ahorros de toda su vida. Pensaba que todo su futuro había quedado sepultado. Se preguntaba insistentemente cuáles fueron los parámetros que le llevaron a considerar que ese terreno estéril sería la gran oportunidad de su vida, pero por más que intentaba no hallaba una respuesta convincente. Todo comenzó un par de años atrás. Cuando un amigo de un amigo suyo, pensó que debía vender el terreno que un día fue su herencia y partir con su familia hacia otro lugar del país, en búsqueda de más oportunidades; entonces, comenzó la tarea haciendo el ofrecimiento entre los conocidos. Les propuso a sus amigos y estos a los suyos, la compra de la tierra o en su reducto, una buena comisión a quien le ayudara a encontrar el comprador. De tal manera, que pronto todos los habitantes de la ciudad que estaba naciendo, se vieron entreverados en el propósito de vender o comprar el terreno. Todos menos Juan García, aquel famoso personaje conocido entre los vecinos por ser un hombre trabajador y ahorrador, soltero y austero, cuya única preocupación era atender todos los días su pequeño almacén de imágenes religiosas, a fin de amasar la gran fortuna que siempre soñó. Cuando su amigo le hizo la propuesta, Juan sintió que una puerta de posibilidades se abría de par en par ante sus ojos. Sólo necesitó un día para dar el sí. Hizo un balance financiero y encontró que tenía la disponibilidad para hacer la compra, entonces no lo pensó dos veces, Agilizó el procedimiento jurídico para dar pronto inicio a su sueño, y se halló dueño y señor del terreno, un paraje cercano situado al suroeste de la pequeña ciudad. Su proyecto ideal era el de sembrar quinua, producto de moda en aquella época por ser una auténtica panacea. Se le hallaba uso en casi todos los aspectos de la vida diaria pero tenía especial relevancia en la medicina debido a sus solicitados y comprobados atributos tónicos y antisépticos. “Se vende como pan caliente”, titulaban los periódicos, al publicar reportajes con especialistas. “Sirve para casi todo”, comentaban los más avezados. Una vez se hizo dueño de la tierra, se dio a la tarea de la siembra. No tenía idea de cuán costoso era el proceso, pero tenía que hacerlo, todo encontraba justificación en la posibilidad de convertirse en ese gran empresario agroindustrial, amado y respetado por la misma sociedad que según él, lo había rechazado. Por eso, decidió también vender el almacén de imágenes religiosas que tanta fama le dio para poner esos recursos al servicio de la causa; de esta manera, pronto se dio cuenta que toda su estabilidad dependía ahora única y exclusivamente de su loco ensueño. La cosecha no pudo ser peor. Una inusitada ola de verano echó a perder todo el esfuerzo. Más como Juan fuera siempre de esas personas que nunca abandonan sus objetivos hasta alcanzarlos, decidió repetir la siembra, ahora sin almacén qué vender, y con los recursos reducidos a la mínima expresión, debía acceder a un crédito con alguna entidad financiera o algún particular sin ningún tipo de escrúpulos. Pero nuevamente la historia se repitió. Sólo que esta vez fue una inusual temporada invernal que trajo consigo lluvias y tormentas que también echaron a perder la cosecha. “toda el agua que se recogió el año pasado se regó este año”, fue lo que se le ocurrió decirle a los trabajadores encargados del cultivo cuando llegaron a cobrarle los jornales, para explicarles que había quedado en la quiebra total y no tenía un peso cómo pagarles. De ahí en adelante fue sólo pesares. Día tras día llegaban los trabajadores y los acreedores, y se apostaban frente al terreno maldito con el fin de presionar el pago de sus dineros. Pero como él mismo les decía “no tenía ni con qué comer, mucho menos para pagar deudas”. Los días se hicieron insoportables, e inmerso en la más completa abstracción, pensó incluso en suicidarse, porque por más que pensaba no hallaba solución viable. Estaba sentado sobre la roca más grande mirando esas tierras baldías, causa de su desgracia, cuando comenzó a ser víctima de un ataque a piedra por parte de quienes esperaban el pago. Intentó resguardarse pero no fue posible debido a que una de las piedras se estrelló contra la roca gigante y de manera prodigiosa comenzó a brotar agua, el preciado líquido emanaba sin control alguno y con tanta fuerza, que pensó que era producto del delirio. Golpeó otras rocas y la respuesta fue la misma. El compuesto vital escapaba por todas partes. El “infame” terreno estaba plagado del agua más pura y fresca que alguien pudiera imaginar, el propietario construyó pilares para almacenar el líquido y los encerró con cercas. En adelante, proveyó de agua al vecindario llegando inclusive a fungir como el único acueducto en aquellos tiempos inolvidables. Se llenó de dinero, como jamás pudo imaginar. FIN

jueves, 22 de septiembre de 2022

UNA NOCHE EXTRAÑA

UNA NOCHE EXTRAÑA El hombre despertó en la madrugada con la sensación de que había enfermado. Sintió una descompensación general de su organismo que trató de ubicar entre la incomodidad de un sueño confuso y la aterradora certeza de que se estaba muriendo. Percibió el pánico de estar traspasando las fronteras de la vida en plena conciencia, y se acordó de Dios para implorarle que lo acogiera en su cálido seno. Sin embargo, tuvo la grandeza de permanecer atado al mundo material al cual pertenecía. Siguió inmóvil, tratando de dilucidar qué le estaba pasando. Hizo un esfuerzo más y se sentó en la cama, respiró profundo y estiró la mano para alcanzar el interruptor que se encontraba junto a la cabecera, encendió la luz. Un destello inesperado le mostró la misma habitación de siempre, la foto de su amada Paola en el mismo lugar. Todo igual. Sí, esta era su habitación. Sin la más mínima alteración. Miró el reloj, iban a ser las cuatro. Hizo un recuento mental para establecer el posible origen de su malestar, pero no lo halló, repasó de manera meticulosa cada una de las escenas de la noche anterior, sin descubrir en ellas nada extraño. Pensó que debía ir al baño, quizás para tomar agua o para orinar, o para ambas cosas. Necesitaba convencerse de que, a pesar de todo, aún estaba vivo. Sintió náuseas. Se arrodilló, clavó su rostro en la taza del inodoro para vomitar adentro, pero notó algo extraño, algo como una tira de tela que descolgaba por su cuello, intentó desprenderla, pero le dolió, quiso verla mejor, pero quedó atónito al descubrir que era cabello. Era su propio pelo, que aparecía ahora largo, ondulado y frondoso, se levantó con rapidez y se miró en el espejo, su rostro había adquirido apariencia de mujer, las pestañas largas, las cejas delgadas, los labios rosados, los pómulos tenues, su cabello un poco más abajo de los hombros, el cutis limpio, la mirada seductora de las mujeres que, sin proponérselo, tantas veces lo habían deleitado, y el aire femenino que adquieren las rosas en medio de la primavera. Creyó perder el sentido cuando siguió bajando la mirada y percibió dos pechos, grandes y redondos, de pezones prominentes y areolas rojizas, que se bamboleaban con el leve movimiento de su cabeza al querer contemplarse detenidamente. Pero desfalleció definitivamente cuando llegó a la parte genital y se encontró de repente, que, en lugar de su pene y sus testículos, se escondía ahora, una vagina entre sus piernas. Recorrió minuciosamente cada rincón de su cuerpo, y no halló nada del Alexander de hacía unas cuantas horas. Había reducido su peso y disminuido su estatura, el vello corporal apenas existía, su piel ahora era suave y tersa, sus caderas anchas y sus hombros angostos. ¡Dios mío, Dios mío! Exclamó exaltado, y una voz sutil y aguda brotó del interior de sus cuerdas vocales, asegurándole que la transformación era total, que el Alexander de anoche había desaparecido de forma inexplicable y que ahora una mujer surgía en reemplazo suyo. Se sentó en la cama, y por primera vez desde que tenía conciencia, lloró. Pensó en su trabajo, en los estudiantes, en el colegio, en la forma como disfrutaba enseñando la lengua española, pensó también en su familia, en sus amigos, pero sobre todo pensó en Paola, en aquella Paola Pérez, dueña de su corazón y de su vida, probablemente la única mujer que de verdad había amado en toda su existencia. Imaginó entonces que el mundo era una gran montaña que se estaba desplomando al frente suyo, que un monstruo cruel y despiadado, brotaba del interior de la tierra para devorarlo sin piedad. Cerró un instante sus ojos, anhelando que todo fuera un sueño, que tal vez estuviera delirando, pero al abrirlos descubrió que no, que todo era realidad. Se recostó lentamente en la cama, y trató de razonar de qué se trataba todo esto. Era la sensación más extraña que ser humano alguno, jamás hubiera percibido, algo que al mismo tiempo rompía las leyes de lo lógico y de lo absurdo. Se levantó, tomó un poco de agua, volvió y se recostó. Pensó en que hoy tenía que ir al colegio para realizar las evaluaciones acumulativas, meditó sobre cuál sería su estrategia a seguir, ir o no ir; y si no iba, qué le iba a decir al rector, cómo se lo iba a explicar, continuó navegando por el camino estrecho y oscuro del caos total, y más allá del horizonte, surgió de manera providencial, la figura de Paola, con la receta mágica para ayudarlo. Entonces buscó su celular y se dispuso a llamarla. Había un problema, no le podía hablar de una vez, debido a su voz de mujer, entonces creyó que esa situación generaría tensiones o preocupaciones innecesarias en ella, por lo que consideró que la mejor opción era enviarle un mensaje de texto. -Hola mi amor. Necesito tu ayuda urgente, he sufrido un percance. Te espero en mi apartamento. Por favor, ven pronto- le escribió. Casi de inmediato, el celular comenzó a sonar, leyó en el tablero que decía: “llamando, mi bella princesa”, y no contestó. Antes que ella lo llamara de nuevo, él le volvió a escribir: - ¡No puedo contestar, te espero pronto! La espera se le hizo eterna, recordó distintas escenas de su vida, sus logros, sus novias, sus clases tantas veces elogiadas, y halló un rastro de ironía en que esa palabra “profesor” que a diario retumbaba en sus oídos, de repente había perdido vigencia, en razón a su nueva apariencia. Era Licenciado en Español y Literatura, se desempeñaba como docente de Humanidades en una institución educativa, dictaba clases en dos grados de primaria: 5° y 6°, y dos de secundaria: 11° y 12°; en medio de esa sencillez, transcurría llena de felicidad, la vida del profesor Alexander. El timbre del celular lo sacó de su abstracción, esta vez era el rector del colegio, miró instintivamente el reloj, eran las seis y cuarenta. Tampoco contestó. Pensó que en este momento sus estudiantes ya deberían estar en clase y se conmovió. Recurrió de nuevo al mensaje de texto. -Señor Rector. He amanecido muy indispuesto. Estoy sin voz. Voy para el médico- le escribió. El celular sonó nuevamente, esta vez con más insistencia. Era otra vez el rector, entonces Alexander agregó: -Lo siento, no puedo responder. Estoy sin voz. Todo parecía estar controlado, al menos, momentáneamente. Sin embargo, el problema de fondo permanecía intacto. ¿Cómo iba a recobrar su real apariencia? ¿Cómo iba a recuperar su verdadera personalidad? De lo único que estaba convencido era que requería ayuda profesional. Cuando Paola llegó al apartamento y tocó a la puerta, Alexander sintió que se desvanecía. A pesar de que había preparado una reacción diligente y natural, en el instante del encuentro, la premura de la realidad le hizo perder la compostura, y refugiándose en la certeza de que, al fin y al cabo, él no tenía la culpa de nada, sino que todo había sucedido por designio de Dios o de la vida, se aprestó a abrir la puerta, inspirado en el semblante que adquiriría Paola cuando lo viera en medio de su transformación. Alexander lucía una bata blanca, larga y ceñida a la cintura, que lo cubría desde el cuello hasta las rodillas; su cabello, largo y ondulado, descolgaba de manera desordenada sobre sus hombros. Paola se quedó observándolo en silencio mientras que su rostro se enardecía paulatinamente, entonces con autoridad, inquirió en tono agresivo: -Por favor, ¿Alexander? -Paola, soy yo. Ahora, un semblante irascible se había apoderado de su dulzura tradicional, y una Paola aguerrida, se atrincheraba de forma desafiante en la puerta. - ¡Estúpida! No estoy para sandeces. ¿Dónde está Alexander? De nuevo, la voz tierna y femenina de Alexander, le aseveró con firmeza: -Por favor, Paola, yo sé que esto es una locura, pero necesito que me creas. Me desperté esta mañana antes de las cuatro porque me sentí enfermo, me fui para el baño y descubrí que mi cuerpo se había ido y que ahora en su lugar un cuerpo de mujer lo había reemplazado. Paola permanecía absorta. De manera violenta entró al apartamento, y comenzó a buscar a Alexander en cada habitación y en cada rincón, mientras lo llamaba con insistencia. Alexander la abordó con vehemencia para que le prestara atención y aceptara sin reparos su versión. - ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? - gritó en forma de pregunta, Paola. -Paola, mi bella princesa. ¡Soy yo! - respondió con convicción, Alexander. Alexander percibió que el “mi bella princesa” le asestó un golpe de ternura, a la intemperancia de Paola y aprovechó el instante para darle pistas que la convencieran de que en realidad él era su novio y no la mujer que parecía tener al frente. Le dijo, el nombre completo, el número de identificación, la fecha de nacimiento, la dirección de residencia, el número de celular, el libro preferido, la comida favorita, los gustos, los pasatiempos, a qué se dedicaban, los nombres de los padres y dónde vivían, todo con detalles pormenorizados tanto de él como de ella; y si aún quedaban dudas, Alexander comenzó a hacer un recuento cronológico de su romance, con sus aventuras y sus desencuentros, sus expectativas y sus apreciaciones, con los instantes inmarcesibles que habían forjado esa relación que parecía indestructible. Alexander notó como Paola se fue tornando más asequible, ahora lucía más que todo sorprendida, se sentaron ya más tranquilos en el comedor, y Alexander le mostró la mancha en la pierna izquierda, el lunar en el brazo derecho, sus señales inconfundibles, sus gestos inimitables, hasta los nombres que les pondrían a sus hipotéticos hijos, y cuando pensó que no le faltaba nada, hizo una descripción completa de todo cuanto habían compartido la noche anterior. Paola terminó por convencerse, se acercaron y de repente se fundieron en un abrazo de cariño y ternura, suplicando en silencio una explicación lógica para esa locura que estaban viviendo y una fórmula mágica que les permitiera de inmediato regresar a la normalidad. Alexander le imploró que lo ayudara a salir de ese laberinto, y le rogó su compañía porque estaba seguro que ella era la única persona con la que podía contar en esos momentos de incertidumbre, Lo cierto era que para entender su encrucijada necesitaba ayuda profesional, pero surgió la primera inquietud, ante quién debía dirigirse para solicitarla, un médico, un abogado, un psicólogo, un sacerdote, a quién podría contarle su versión, sin ser tenido por loco, ridículo o chistoso. Si hasta Internet, que todo lo sabía, reportaba cero resultados en su búsqueda. Para salir del apartamento, Alexander debía experimentar su primer cambio brusco, tenía que variar de forma irremediable su forma de vestir; teniendo en cuenta que su vestuario le resultaba grande debido a su nueva talla, Paola le ofreció su ropa, y su asesoría para vestirlo acorde con su nueva condición, Alexander no tuvo otra alternativa que aceptar tal disposición, entonces Paola fue hasta su residencia y trajo algunas prendas junto con otros aditamentos. Había traído dos bluyines, dos camisetas, dos pares de medias cortas, dos pantis, y además dos brasieres. En algún instante pensó en traer blusas y faldas, pero finalmente no lo hizo, porque consideró que podría ofender la dignidad masculina de su novio. Lo que sí hizo fue traer supuestamente para ella un kit de maquillaje que además de cosméticos, incluía también cremas, desodorantes, talcos, perfumes y otros productos propios de la condición femenina, con la doble intención de que en determinado momento sirviera además para mejorar la presentación de su novio. Cuando Paola regresó, Alexander ya se había bañado y permanecía en bata, ella comenzó a mostrarle las prendas que había traído, para que él escogiera cuáles se iba a poner. Pero Alexander se indispuso, no podía creer que él tuviera que vestirse con una ropa que no correspondía a su identidad sexual, sobre todo con los pantis, los cuales eliminó en el acto, estableciendo que usaría sus bóxeres aunque le resultaran incómodos, y los brasieres que también pretendió eliminar pero que por explicación de Paola, terminó aceptando: “recuerda que el código de policía castiga con multa y pena de prisión a las mujeres que salgan sin brasier y a las mujeres que amamanten a sus bebés en espacios públicos”. Paola le ayudó a vestirse, enseñándole unos trucos inimaginables, que incomodaban y a la vez sorprendían a Alexander, luego pasó a lo que ella llamaba latonería y pintura, lo cual era cubrir y maquillar el rostro, y un arreglo pormenorizado de cada detalle corporal, procedimiento al que el licenciado se opuso rotundamente, y del cual sólo permitió un leve riego de suave perfume que escondiera su posible aroma fuerte de hombre. Cuando Alexander ya estuvo vestido, Paola percibió una extraña sensación. Se quedó mirando fijamente al hombre, que parecía una auténtica mujer, y sintió deseos de besarlo, no tanto porque sintiera atracción, sino para transmitirle el apoyo emocional que él necesitaba. Fue un pico repentino que le permitió inmiscuirse en una disyuntiva insalvable: por primera vez había besado a otra mujer que además era el hombre que ella más amaba en el mundo. Entonces asomó otra inquietud, físicamente Alexander era una mujer, pero psicológicamente qué era; entonces ella le indagó con sutileza. Alexander no lo dudó un solo instante. “Por supuesto que soy un hombre. Un hombre en toda la extensión de la palabra, me gustan las mujeres, no siento ninguna atracción por los hombres. Es de lo único que he estado plenamente convencido desde que sucedió mi transformación”. Decidieron ir al médico. Se trasladaron al Seguro Social, para una cita prioritaria; es decir, una cita en la que, aunque no está la vida en peligro, se requiere una atención médica con rapidez. Una cola interminable permanecía a la espera. Luego de casi una hora lo llamaron, pero al notar la funcionaria, que, al nombre de Alexander, respondía una mujer, requirió la presencia inmediata de quien iba a recibir la atención, es decir de Alexander. - ¿Dónde está Alexander? - inquirió la mujer. - ¡Soy yo! - respondió con decisión el licenciado. -Usted me está tomando por tonta, permítame su cédula de identidad. Alexander se la entregó con displicencia, la actitud agresiva de la funcionaria, lo estaba sacando de quicio. -Aquí dice Alexander, sexo masculino. -Señora, yo soy Alexander. Lo que sucede es que me desperté a medianoche convertido en mujer- intentó responder con calma el profesor. -Señorita, usted no necesita un médico sino un psiquiatra- le contestó en tono sarcástico la vieja. Alexander perdió la compostura. - ¡Vea, señora, a usted qué le importa! Simplemente necesito atención médica y punto- gritó con desesperación. Tanto la gente de la cola como la de la sala de espera comenzó a impacientarse con lo que estaba ocurriendo, y los rumores infundados empezaron a llover en el recinto. Cada cual interpretaba a su manera lo que veía y pretendía dar una solución justa a la situación, lo cierto era que en el ambiente quedaba la idea de que un hombre travesti y su novia estaban solicitando quién sabe qué tipo de servicio, el cual con absoluta seguridad ellos no merecían, pues la atención médica en aquel lugar estaba reservada exclusivamente para gente “normal”, y no para depravados sexuales. Paola intervino de manera diplomática en la escena, asegurando no sólo que la vieja se calmara sino también que el médico los atendiera. La cita médica fue un verdadero desastre; el médico, que, entre otras cosas, era un hombre muy joven para atender semejante caso, se mostró reacio a creer el relato de Alexander, salió de su despacho y se demoró unos quince o veinte minutos, y al ver que era requerido con insistencia por la pareja, regresó con un cartapacio de exámenes, estudios que, según él, debía conocer como requisito preliminar para emitir algún diagnóstico. Entre las pruebas, había varios análisis de sangre, de orina, del cerebro, del corazón, y al final, una orden para que lo viera un psiquiatra, Alexander se mostró inquieto al ver tantas pruebas, entonces le preguntó al doctor: -Doctor, ¿qué será lo que me está pasando? ¿Para qué son todos estos exámenes? El médico, con una sonrisa tremendamente sarcástica le respondió: -Lo que pasa es que ya hemos tenido varios casos parecidos y necesitamos saber a cuál de los cuadros existentes pertenece el suyo. - ¿Y lo del psiquiatra? Preguntó Alexander con vehemencia, advirtiendo que no fuera a ser que estuviera pensando que estaba loco. - ¡Ah! exclamó el galeno, y luego agregó: -Esté tranquilo que eso es protocolario. Lo cierto fue que, tras la revisión médica, tanto Alexander como Paola quedaron más desconcertados que antes. Alexander se mostró parco ante la realización de todas esas pruebas, considerando que, al fin y al cabo, los resultados no iban a dilucidar ningún diagnóstico, ya que él no se encontraba enfermo y que por lo tanto la solución de su problema no pasaba por la formulación de un medicamento ni la implementación de un tratamiento sino un golpe de suerte, para que, por arte de magia, así como todo había comenzado, así mismo volviera a la normalidad. Pero Paola lo convenció sobre la necesidad de practicarse esas pruebas, ya que, con toda seguridad, los resultados iban a arrojar una luz sobre su condición. Entonces, salieron a tomar un taxi; sin embargo, en la espera sufrieron un inesperado percance. Dos hombres jóvenes, se acercaron intimidándolos con cuchillos, para que les entregaran el celular. Alexander intentó oponerse al atraco, pero de nuevo Paola, llamó a la calma y le pidió a Alexander que entregaran los aparatos para evitar una agresión, petición a la que el profesor se opuso con ímpetu. Al ver Paola que la situación comenzaba a salirse de control porque los muchachos parecían decididos a todo con tal de robarlos, ella misma decidió entregárselos. Los atracadores salieron corriendo, contentos con el botín conseguido. Pero Alexander se dio a la persecución, y continuó corriendo tras ellos hasta cuando ya no fue posible alcanzarlos, porque los muchachos corrían mucho más rápido. Pronto Alexander se sintió cansado, fue entonces cuando notó que tanto su fuerza, como su velocidad, su potencia y su resistencia, también se habían reducido dramáticamente. Se sentaron en la banca de un jardín y Alexander sintió ganas de llorar ante su impotencia. -Nos robaron porque creyeron que éramos dos mujeres, si junto a ti hubieran visto a un hombre, con toda seguridad no se habían atrevido al robo- aseveró él con denuedo. Entonces Paola se quedó mirándolo con un rastro de compasión en su mirada, y unas lágrimas impertinentes rodaron tímidamente por sus mejillas, intentó decir algo, pero un nudo en la garganta se lo impidió. Quiso sonreír para adornar la situación, y con aplomo sentenció: -Es para que te des cuenta cómo es de difícil en este mundo ser mujer. Por ahora, el trámite para la autorización de los estudios había quedado suspendido. Era hora de ir a casa. Caminaron por toda la carrera 39 para llegar al apartamento de Alexander, en varias ocasiones, el profesor quiso tomar de la mano a su novia, y hasta sintió deseos incontrolables de abrazarla y besarla, para reafirmar su convicción de que ella era suya. Pero se abstuvieron. En parte porque Paola le insinuó que esas demostraciones en público no eran posibles ni convenientes, y en parte también, porque Alexander sucumbió ante la incertidumbre de establecer con certeza que nada le importaba lo que los demás pensaran y la de creer que su actitud no daba lugar y era éticamente incorrecta. A la altura del parque San Pio X, se sentaron en una banca, y bajo la sombra de un enorme caracolí que los protegía del sol inclemente, conversaron con franqueza. Alexander abrió su corazón a Paola para contarle que jamás pensó que algo así le sucedería a él, precisamente a él que siempre detestó a quienes no compartieron su filosofía sexual de identidad, orientación, expresión o condición, pero que ahora comprendía su situación, y reconoció cuán equivocado estaba, y se propuso que tan pronto terminara todo esto, se iba a mostrar más tolerante hacia los demás. Para Paola en cambio la situación era mucho más compleja. Ante la inminente posibilidad de que Alexander nunca volviera a su estado natural, su impostergable decisión de casarse con él, para formar una familia, tener un hogar cálido, y estar a su lado hasta la muerte, podía alterarse profundamente. Para el profesor, esa probabilidad fue una herida que le llegó hasta el alma. - ¡Ah! ¿Entonces todos nuestros sueños de pareja dependían únicamente de mi sexo biológico? - preguntó exaltado Alexander. La respuesta de Paola era apenas obvia. -Yo no quiero vivir con una mujer, yo quiero vivir con un hombre. -Pero si yo soy un hombre, esto es algo pasajero- ripostó con indignación el profesor. Paola advirtió que evidentemente aquel Alexander no era su Alexander, y que además de su transformación física, el hombre también habría sufrido alguna alteración psicológica. No podía estar psicológicamente bien, si se atrevía a afirmar semejante despropósito. Entonces comenzó a sospechar que detrás del repentino cambio de su novio se escondía un pasaje oscuro de su existencia del cual debía huir de inmediato. Alexander comenzó a sentir que el mundo se le caía a pedazos, que, a su desgracia de haber despertado en un cuerpo equivocado, debía agregarle la tragedia insuperable de perder el trabajo que tanto disfrutaba y la mujer que tanto amaba. Se sentó a mirar los castaños frondosos, los colibríes que revoloteaban felices en búsqueda de néctar, las ardillas que corrían juguetonas por las ramas más altas, las palomas con sus barrigas hinchadas de tanto comer arroz, y comprendió que lo suyo no era más que una isla de tristeza, rodeada de nubes tormentosas por todas partes. Siguió callado, imaginando mil escenas, recordando aquellas miradas y aquellas sonrisas que supieron cautivarlos, pensando en la infinita inconsistencia de la vida, que le cambiaba a su antojo el destino a las personas, percibiendo que ese romance tan bello que habían soñado se despedazaba de manera inevitable, y en el fragor de aquellos destrozos, tuvo el ferviente deseo de morirse para seguir existiendo más allá de su desdicha. Siguieron caminando, callados, absortos. Queriendo decir algo, pero sin ni siquiera intentarlo. Andando de manera desprevenida, sin ningún afán, esperando con ansiedad que el sendero les mostrara la entrada del edificio. El sopor de la tarde les hizo recordar que no habían almorzado, entonces compraron hamburguesas y gaseosas en “El Toro”, pero no comieron ahí, sino que las llevaron hasta el apartamento. Al entrar, Alexander notó el vacío de su hogar, no era el mismo de ayer a esta hora, ni el mismo de esta mañana, cuando salieron para el médico. El de ahora era un sitio lúgubre, visiblemente opacado, denodadamente enrarecido, el resplandor del amor había desaparecido. Estaban comiendo cuando el teléfono comenzó a sonar con insistencia, Alexander supo desde el inicio que se trataba del rector. Entonces sin mediar palabra a Paola, que apenas lo observaba con detenimiento, pensó: “claro, al ver que yo no le respondo el celular, decidió llamarme al fijo, pero no voy a contestarle, voy a dejar que el maldito timbre suene indefinidamente, hasta que se reviente, si de todas maneras el inepto ese nunca va a entender lo que me pasó. Acaso con decirle que me desperté convertido en mujer, él de inmediato lo va a aceptar y me va a decir, no profesor, usted esté tranquilo que, al fin y al cabo, todos los días de la vida, en todos los rincones del mundo, después de una noche extraña, las personas suelen amanecer convertidas en otra, sin importar su sexo, su género, ni nada, eso es lo más natural que puede suceder, así que puede venir a trabajar como quiera y cuando quiera”. Paola se levantó y salió, la hamburguesa sin acabar y la gaseosa a medias, le sirvió como constancia de su desacuerdo, Alexander se apresuró a detenerla y mientras el teléfono seguía repicando, la sostuvo de los hombros y le pidió que no se fuera, que esperara tan sólo un instante, que todo iba a volver a la normalidad, que él le aseguraba que a más tardar esta misma noche, volvería a ser el mismo Alexander de siempre, y que harían el amor de mil maneras posibles, hasta que la aurora los sorprendiera, y que este infernal día quedaría en el olvido, simplemente como una anécdota para sus descendientes. Pero Paola logró soltarse y salió sin decir nada. Antes de cruzar el umbral, el profesor la tomó con fuerza, y trayéndola hacia sí, la abrazó y la besó con pasión desenfrenada, una demostración espontánea de amor puro, que se prolongó más allá de la eternidad. Tras la partida de Paola, Alexander pasó para su cama y se recostó, estaba completamente desnudo, mirando el reloj sigilosamente, observando como transcurría cada segundo, cada minuto, cada hora. Clavó entonces su mirada en el techo, sin hacer el más mínimo esfuerzo para respirar. Y así permaneció, esperando a que Paola regresara, y pudiera presenciar la majestuosa transformación que estaba a punto de dar inicio. FIN

jueves, 15 de septiembre de 2022

UNA MUJER LLAMADA ISABEL

UNA MUJER LLAMADA ISABEL Cerca de las doce de la noche, tuvo que despertarse porque sintió que la niña estaba otra vez ardiendo en fiebre, se levantó y tomó el frasco del medicamento para ver si quedaba algo, pero notó que estaba completamente vacío. De manera providencial recordó que el agua hervida pero fría aplicada con paños blancos en el cuerpo, tenía la propiedad de bajar la temperatura. Entonces, fue a la cocina y puso a hervir agua en una olleta, hizo un recorrido visual, como buscando algo que jamás había existido, hasta que por fin su mirada encontró un punto fijo en la llama, allí se quedó esperando que las burbujas, desesperadas por escapar, anunciaran de manera natural que el agua estaba lista. Se llamaba Isabel. Vivía con sus cuatro niños de ocho, siete, seis y cinco años y su pequeña isabelita de uno, en una casita vieja y fea, en las afueras de la ciudad, una sola alcoba y un solo baño, un espacio diminuto que servía de sala, comedor, cocina y patio, eran algunas de las “comodidades” que su familia podía disfrutar en el lugar de habitación, todo impregnado de un ambiente muy humilde, presentaba al visitante un aire francamente lúgubre y miserable; que, al fin y al cabo, era común, si este provenía del mismo sector. Salía muy temprano en la mañana, antes de la cinco, a vender tinto en las calles frías de una ciudad lánguida que apenas despertaba. Su labor era una actividad que desarrollaba con el mismo ánimo todos los días del año, motivada en el noble propósito de llevar el sustento diario para su casa. Todos los días eran iguales. Ese anhelo de lucha desigual por sobrevivir, en medio de un capitalismo salvaje que devoraba a los más débiles, era la única motivación que la acompañaba de forma permanente, era casi su himno oficial. Sin embargo, no había otra manera de brindarse a sí misma y a su larga descendencia el sustento diario; por tanto, cualquier posibilidad de cambio quedaba supeditada a la voluntad de un presente inclemente. Los cuatro niños primeros habían llegado al mundo de modo similar. Casi un monólogo, en cuatro tiempos diferentes y en cuatro espacios distintos, pero el mismo repertorio, con ella como protagonista principal y un actor de reparto para cada niño. El mismo cuento de siempre, te amaré hasta la muerte, te llevaré hasta el paraíso, te pondré en un trono, te haré la mujer más feliz del mundo; en fin, lo mismo de siempre, como la canción de Frankie Ruiz “la misma historia triste y sin final, el mismo cuento de nunca acabar”, y al final, ella sola con su primer bebé, con su segundo bebé, con su tercer bebé, con su cuarto bebé. Hasta que un día dijo “no más, no volveré a caer”. Y así fue. No más… hasta que conoció al padre del quinto. Este sí diferente. Otro libreto, otro actor, otro lugar, otro tiempo, otro ingrediente: El amor. El quinto hijo era el único del cual estaba totalmente convencida que había sido producto de un amor verdadero. Atractivo, romántico, detallista, tierno, trabajador, generoso. El hombre que cualquier mujer quisiera tener consigo, estaba con ella, pero no por mucho tiempo. Una mañana, murió en medio de un tiroteo con la policía, un hecho que jamás pudo esclarecerse porque como suele pasar en estos casos nadie vio ni oyó nada. Como siempre, ella fue la gran perdedora. De esa unión nació una hermosa niña a la que llamó Isabel. Mientras el calor del fogón elevaba la temperatura del agua, Isabel seguía mirando a su alrededor, hizo un recuento numérico de su material de trabajo, una estufa pequeña a gas natural, diez termos, dos libras de café, dos de azúcar, seis paquetes de vasitos desechables, cuatro de revolvedores, dos cajitas de aromáticas de canela y un carrito bien aseado, conformaban el patrimonio de su negocio. Pensando en lo que haría falta, descubrió un pocillo que el papá de isabelita le había regalado lleno de arequipe el día en que cumplieron un mes de noviazgo, y llegaron a su mente bellas escenas que sucedieron y otras que pudieron haber sucedido, si él estuviera vivo. En eso estaba cuando un golpe seco que provenía de la habitación retumbó en sus oídos y penetró hasta lo más profundo de su alma. - ¡Ay, Dios mío, se cayó la niña de la cama! -exclamó Isabel. Corrió desesperadamente hasta llegar a la pieza, su instinto de madre no había fallado. La niña estaba en el suelo. Por reflejo natural se lanzó sobre ella y la recogió de forma instantánea, pero al hacerlo notó algo extraño, su cuerpo se sacudía de manera violenta y sin control alguno, estaba convulsionando. - ¡La niña, la niña! - exclamó despavorida. Como pudo, se vistió con un bluyín desteñido y una camiseta blanca, le puso un trapo a la niña sobre la cabeza, aún agitada en medio de temblores y sobresaltos, y salió corriendo a la calle mientras tomaba un billete de cinco mil pesos que encontró a la mano. Al salir, tuvo la delicadeza de observar sus cuatro niños, los creyó dormidos, pero se consoló al descubrirlos atentos a la situación, hizo un rápido recorrido visual y descargó su mirada tierna sobre ellos. - ¡Ya regreso, sigan durmiendo! - les alcanzó a decir. De pronto se halló en medio de la noche fría y desolada, la niña ya había superado la crisis, pero aparecía pálida y desencajada. Isabel esperaba con ansiedad que un taxi asomara a la distancia. Una llovizna triste comenzaba a salpicarlas. Después de diez minutos un taxi medio destartalado se detuvo a la señal de la mujer, recogió las pasajeras y se dirigió al hospital central, que era no solamente el más cercano sino también el único. Isabel volteó su cabeza como buscando la casa donde habían quedado sus otros hijos, pero el auto cruzó la esquina y la esperanza de verla se perdió en el intento, entonces su mente se concentró en el deseo de que ojalá se hubieran dormido. El recorrido parecía interminable y una espesa niebla comenzaba a posarse en el centro de la ciudad, Isabel observaba la niña, analizaba su semblante, su respiración, consideraba que de todas maneras estaba mejorando pero que necesitaba conocer el origen de semejante respuesta. Pero no dejaba de preocuparse por sus niños, de cuánto podrían necesitarla eventualmente, pero se tranquilizaba con la probabilidad de que de todas formas estarían bien, y que pronto estaría con ellos nuevamente, entonces siguió pensándolos hasta que una fila de ambulancias al frente suyo le hizo entender que ya habían llegado. El panorama propio de un hospital público en cualquier lugar de Latinoamérica surgía ante sus ojos cansados. - ¡Llegamos! - le dijo el taxista. - ¿Cuánto le debo? - preguntó Isabel. - Tres mil- contestó el hombre. Isabel le entregó un billete bien doblado de cinco mil pesos y él le devolvió al mismo tiempo uno de dos mil, como si supiera con qué le iban a pagar. - Gracias- le dijo ella. Se dirigió al hospital por la puerta de urgencias, con la ilusión de que un buen médico revisara a su pequeña, y le diera un eficaz medicamento que la recuperara pronto, y que las convulsiones sólo hubieran sido una reacción normal de defensa ante uno que otro virus oportunista, al que, al fin y al cabo, los niños se ven obligados a enfrentar y derrotar todos los días, y que por tanto ella pudiera irse pronto a ver a sus hijos. El hospital estaba completamente atiborrado. Decenas de personas esperaban pacientemente para ser atendidas pero una aglomeración mucho mayor de gente se disponía en la sala debido a la presencia de familiares o acompañantes. Niños, adultos y ancianos pintaban un paisaje desolador donde quedaba plenamente demostrado que la enfermedad no respetaba edad, raza, o sexo. Cada enfermo era un universo, con unas condiciones y unas expectativas propias, pero en algún punto convergían: en el estrato. Todos pertenecían a una clase social donde las oportunidades eran escasas, y, por ende, todos sus esfuerzos se encaminaban a una sola posibilidad: la de sobrevivir. Isabel comenzó a hacer una fila que parecía interminable y cuyo objetivo no era el de la atención medica sino el de la entrega de los documentos que acreditaran tal derecho. Su cédula de identidad y su carnet de salud reposaban en el bolsillo trasero de su bluyín desteñido, una ola de tranquilidad alternó de inmediato con una de preocupación al sentir que se hallaba más distante de la ventanilla. Observó la niña y la percibió muy enferma, pensó que no podía estar equivocada ya que nadie más que ella podía conocerla mejor, entonces dispuso su corazón con suficiente fortaleza para aguardar con paciencia el avance de la gente que estaba delante de ella; previendo que quizás la diligencia iba a tardar mucho más de lo que inicialmente había pensado, un gesto de angustia se dibujó intempestivamente en su rostro. El sonido de una ambulancia la arrancó de su abstracción. La puerta de acceso del área de urgencias se abrió de par en par. Dos enfermeros jóvenes ingresaron en una camilla a un hombre completamente bañado en sangre, los huesos desubicados e irregulares de una pierna y un brazo, avisaban además fracturas múltiples, el líquido vital que se tornaba escarlata parecía brotar de cada poro. En medio de la escena dantesca, en la que todos opinan y parecen tener la razón, Isabel pudo enterarse que el hombre era un motociclista que acababa de ser atropellado por un automóvil, alguien que tal vez había sido testigo del accidente, precisó que al salir despedido se estrelló contra el vidrio frontal del auto y tenía esquirlas incrustadas a lo largo de su cuerpo. Esa imagen acabó de estremecer a Isabel, pero un sentimiento extraño logró reconfortarla porque consideró que, de todas maneras, otras personas estaban en peor condición que su pequeña. Mientras la fila avanzaba, Isabel pudo observar a tantos pacientes con cuadros tan complejos que sintió desvanecerse, alcanzó a considerar que un castigo generalizado se había apoderado del mundo y suplicó a Dios misericordia. La niña estaba dormida y tranquila pero aún tenía fiebre, y aunque se le veía enferma, parecía que gozaba de perfecta salud si se miraba a su alrededor. El panorama era desolador, una señora con un ataque cardiaco, un muchacho con una pierna partida, una mujer joven lista para dar a luz, un anciano demolido por un cáncer terminal, un niño con paro cardio-respiratorio tras un ataque de risa, un estudiante con las manos quemadas tras un experimento de química, eran algunos de los cuadros que enmarcaban el apesadumbrado paisaje. La sala de urgencias era una especie de casa de beneficencia donde se imploraba limosna, un lugar en donde la salud no era algo a lo que se tenía derecho sino un artículo suntuoso no disponible para todos; por eso, asistir a ella se convertía en una auténtica demostración de supervivencia. Entre tanto motivo de admiración lo que más llamaba la atención era la gran cantidad de niños y bebés enfermos que llegaban a la sala. Alergias, diarreas, fiebres y toses eran los síntomas que más aquejaban a los pequeños pacientes, parecía que enormes ejércitos de microorganismos hubieran lanzado una ofensiva sin precedentes contra los futuros constructores del mundo, ataque que, al fin y al cabo, no era más que el intento desesperado de virus y bacterias por sobrevivir al increíble avance de la medicina y la ciencia. Ya cerca de la ventanilla, a sólo tres o cuatro personas, Isabel fue nuevamente sorprendida por el infernal grito de la tétrica sirena que anunciaba el arribo de otra ambulancia, traedora casi siempre de noticias malas e instigadora por naturaleza de sentimientos oscuros. Quiso comprobar de qué se trataba, pero no pudo porque la niña comenzó otra vez a convulsionar, ahora de forma más brusca e incontrolable. Isabel empezó a gritar que la niña necesitaba con urgencia un médico, la gente a su alrededor estaba impávida, todos la observaban con atención, pero nadie se atrevía a hacer algo, alguien con voz providencial pidió que la atendieran de inmediato y la auxiliar como recibiendo una orden de ineludible cumplimiento abrió la puerta que conducía hasta la sala de urgencias donde estaban los médicos de turno. ¡Los papeles! - requirió la auxiliar. De modo mecánico, Isabel sacó los papeles de su bolsillo trasero y se los entregó a la auxiliar. Estaba temblando de pánico. ¡Siga hasta el fondo! - le indicó. Allí la recibió una enfermera desaliñada, que la dirigió hacia un consultorio sombrío, la niña seguía convulsionando, Isabel gritaba pidiendo ayuda, un médico de aspecto tosco, gordo y de gafas, y que a pesar de su relativa juventud comenzaba a perder el cabello, fue el encargado de atenderla. Le pidió que acostara la niña en la camilla, mientras le recomendaba que se tranquilizara porque con esa actitud no iba a conseguir nada. Isabelita se seguía sacudiendo, Isabel no dejaba de llorar. La enfermera la hizo salir del consultorio y le brindó agua. Instantes después, el médico asomó por la puerta y mandó a seguir la atribulada madre, se quedó mirándola fijamente. - ¿Por qué hasta ahora la trae? - preguntó. Isabel no supo qué contestarle. Quiso decirle que estaba en el hospital hacía rato, pero pensó que una respuesta así la indispondría con él. - ¡Esta niña está grave! - aseveró. Un gesto de preocupación escapaba del rostro del galeno, mientras enjugaba con su pañuelo el sudor de su frente. - ¡Tráigale esto de inmediato! - ordenó, entregándole una receta médica. - ¿De dónde la traigo? - inquirió Isabel, limpiándose las lágrimas. - ¡De donde la encuentre! - le respondió en tono agrio. Luego la miro con un aire lastimero, y como queriendo reparar la insolencia anterior, sintió la necesidad de agregar algo más... -Este medicamento no lo cubre el seguro social. Además, son dos inyecciones, de nada vale que traiga sólo una- añadió. Al abrir la puerta para salir, Isabel se detuvo ante un nuevo llamado del médico, esta vez con inusitado interés, él le pidió que por favor no demorara, que cualquier motivo de retraso podría ser fatal para la niña, se acomodó las gafas y cerró la puerta de su consultorio. Un profundo sentimiento de soledad invadió a Isabel al salir del hospital, se sintió desolada, desubicada, disminuida e insignificante, y una extraña mezcla de ira, miedo, tristeza y ansiedad estremeció su alma, y la abandonó a su propia suerte. Ahí comenzó su martirio. Contiguo al hospital funcionaba la farmacia del mismo, Isabel se acercó a preguntar el costo de la medicina. Un hombre bastante joven, probablemente estudiante farmacéutico tomó la receta entre sus manos y se dirigió hasta el computador para comprobar la existencia y el precio. - ¡Vale veintidós mil pesos! - aseguró. Isabel se quedó pensativa. - ¿Usted está afiliada al sistema de salud? - preguntó. Isabel gesticuló su cabeza en señal de afirmación. - ¡Tiene un diez por ciento de descuento! - sentenció con cierta displicencia. -Le queda en diez y nueve mil ochocientos pesos- agregó. Sin mediar palabra, Isabel salió llorando de la farmacia. Miró cuánto tenía en su bolsillo y comprobó que no había mayor cosa. Un billete bien doblado de dos mil pesos era lo único que se deslizaba entre sus dedos. La incertidumbre pareció quedarse de manera definitiva en su rostro, y una pregunta comenzó a surgir con denodada insistencia en su mente. ¿Qué hacía ahora? Se repetía una y otra vez sin hallar una respuesta lógica. Entonces recordó que en la casa tenía otros cinco o seis mil pesos, sabía que de todas formas no le iba a alcanzar, pero suponía que en el barrio alguien podría prestarle lo que le hacía falta; sin embargo, pronto recapacitaba dilucidando que sus vecinos eran tan o más pobres que ella. Después de analizar detenidamente sus opciones y percibiendo que en su delirante deambular se había acercado a la zona del comercio, llegó a la conclusión de que probablemente tendría que hacer algo que jamás hubiera imaginado antes: ¡pedir limosna! No necesitó mucha preparación. Su necesidad era tan evidente, que de manera natural comenzó la penosa labor de pedir dinero a los escasos transeúntes que a esa hora recorrían las frías calles del centro de la ciudad, unos porque terminaban su jornada y otros porque apenas la estaban iniciando. Con los primeros, hizo una detallada exposición de sus antecedentes, pero no halló buen resultado porque se encontró con un grupo de personas que, cargadas de ansiedad, sentían la imperiosa necesidad de llegar rápido a alguna parte. Lo que Isabel no comprendía era si la urgencia era real o tan sólo un pretexto para huir de quien ellos creían que les iba a despojar de su dinero. Entonces recordó situaciones similares, pero con ella en la posición de ellos, y justificó su actitud porque consideró que a nadie le gustaba que le estuvieran pidiendo plata, entonces decidió cambiar de estrategia. Con los segundos se hizo más directa y consiguió mayor cobertura. Y así logró después de dos horas de sacrificio reunir casi seis mil pesos. En medio del desespero porque sentía que iba a llegar tarde al hospital con el remedio y con signos de cansancio que ya empezaban a hacer mella en su organismo, se dirigió hacia una pequeña droguería ubicada al final de una calle sin salida. Estaba cerrada. Isabel recorrió el lugar con su mirada y descubrió un letrero junto a una ventanita que decía: TIMBRE AQUÍ. Apenas unos centímetros más abajo, un timbre antiguo y sucio adornaba la fachada. Isabel timbró. Un hombre viejo y desarreglado abrió a ventana. - Por favor, ¿qué vale este medicamento? El viejo tomó la receta, fue hacia una vitrina sin puertas y regresó con una cajita de dos inyecciones. - ¡Veinticuatro mil pesos! -Señor, por favor, colabóreme de alguna manera, tengo a mi niña de un añito hospitalizada y el médico me dice que está grave y necesito llevarle con urgencia esta droga porque está en juego la vida de mi nenita, me ha tocado pedir limosna toda la noche y he reunido seis mil pesos. El viejo cogió la caja con rapidez, y con una frialdad que producía terror exclamó cínicamente: - ¡Cómo se le ocurre! Isabel estalló en llanto. El hombre quiso cerrar la ventana, pero se quedó pensando en algo y finalmente no lo hizo. -No sé, no sé - aseveró el hombre. ¡Tal vez, tal vez! - ¿Quizás qué? - inquirió Isabel con vehemencia. -Usted tiene un par de tetas muy lindas y de pronto si se las pudiera besar podría darle media caja por los seis mil pesos. - ¡Imbécil! - gritó Isabel mientras se alejaba de la ventana. ¡Estúpido! ¡Cretino! ¡Desgraciado! Quiso gritarle mil cosas más pero no pudo porque el llanto le ahogó las palabras, entonces se sentó en el andén a maldecir su desgracia y a suplicar misericordia. Una hora después comprendió cuán difícil era pedir limosna. Las palabras de ese hombre sin escrúpulos taladraban su mente, y dos sentimientos completamente opuestos luchaban sin descanso en su interior, como imanes del mismo polo tratando de imponerse uno sobre el otro. Una parte de su yo le ordenaba que, ya que su hija estaba grave, ella debía hacer todo lo que estuviera a su alcance para salvarla, así fuera a costas de su propia dignidad; entre tanto, la otra le mandaba que, ya que los principios eran sagrados, y estaban por encima de todo, no se podían negociar nunca. En medio de esa lucha dialéctica se encontró ante una noche fría que corría de manera desesperada al encuentro de una mañana nueva, el tiempo no le permitía entrar en debates internos sino actuar de inmediato, buscar una solución pragmática. En lo más profundo de su alma, una voz poderosa anunciaba a gritos que la vida de su pequeña isabelita se estaba apagando, su llama se estaba extinguiendo de forma inevitable. No tuvo otra alternativa. Sus preceptos sucumbieron ante el descomunal derrumbe de su existencia. Corrió despavorida a la farmacia del viejo inescrupuloso, para acceder a sus pretensiones, con el convencimiento de que tal sacrificio significaría la recuperación de su amada hija. Tocó nuevamente la ventana por donde se hacían las ventas cuando era de noche, se preparó mentalmente para pasar el trago amargo del ultraje, pero pensó en un recurso de último momento. Imaginó que, al infringirle una mirada impregnada de intenso fastidio, sería suficiente para que el atrevido desistiera de sus oscuros propósitos. De esa manera suponía, que el viejo entendería que su actitud ruin y despreciable no tenía justificación alguna. Esta vez abrió una mujer gorda y arrugada, sus ojos hinchados sugerían el despertar abrupto de un sueño profundo para venir a atender a alguien que quiere comprar un medicamento. Su falta de disposición quedó plasmada en la frase que pronunció al abrir la ventana. - ¿Qué quiere? - preguntó en tono agrio. Isabel quedó atónita. Un sinnúmero de palabras y de situaciones comenzaron a dar vueltas en su cabeza. Un instinto que las mujeres desarrollan desde su niñez, le llevó a dilucidar que la mejor respuesta sería la misma pregunta inicial de su visita anterior. - ¡Disculpe! ¿Cuánto vale este medicamento? La mujer fue hasta la vitrina, dejando en cada huella un enorme rastro de pereza e insatisfacción, pero con la delicadeza de volver enseguida. Isabel la vio venir con la misma cajita del haragán, y a pesar de que de antemano sabía el precio, guardaba la esperanza que la vieja dijera otra cosa, o que se equivocara, o que le hiciera un buen descuento, o aún que, dando el mismo valor al ella explicarle su situación, esta se condoliera de ella y le colaborara de alguna manera. Por un instante pensó que podría volverse su amiga y contarle la desfachatez de su compañero de trabajo. - ¡Veinticinco mil pesos! - respondió en tono seco. Isabel quedó desconcertada. - ¿Cuánto es lo mínimo, señora? Pero antes que la vieja fuera a contestar, Isabel agregó: - ¡Mi hija está grave en el hospital! - Haga una obra de misericordia. - ¡Ah! - exclamó la mujer. Todas vienen con el mismo cuento. Además, esto no es una feria ni una casa de beneficencia. Mil cosas pasaron por la mente de Isabel. Desde decirle de todo hasta robarle la caja de las inyecciones. Pero pronto recapacitó, sacó el dinero de su bolsillo y como mostrando alguna disposición para la compra, finalmente inquirió: - ¿El señor que estaba antes? -ya terminó el turno. Vuelve a las cuatro de la tarde. Isabel sintió desfallecer. Y aunque su alma se inundó temporalmente de angustia, en su interior, un halo de triunfo afloró porque no había tenido que caer tan bajo, pero el sollozo no la abandonó porque presentía que el tiempo de Isabelita estaba llegando a su fin. Cerró sus ojos durante un instante, y un destello divino iluminó su rostro. Un haz repentino le trajo el recuerdo de alguien: - ¡Don Alberto! Era un hombre de más o menos cincuenta años de edad. Su mejor cliente. El que no sólo le compraba tinto todos los días, sino que también la había sacado de otras encrucijadas. Un ser desinteresado cuyo único propósito era servir a los demás. Sólo había un problema: don Alberto llegaba a las cinco de la mañana. A esa hora era que abría su negocio, un pequeño almacén de víveres en la zona comercial. Isabel pidió la hora a un taxista: - ¡Cuatro y cuarenta! - le respondió el hombre, mirando con dificultad el reloj del taxi. Isabel se sentó en la acera a esperar que el señor llegara, supuso que de todas maneras era mejor permanecer ahí que deambular sin claridad por el centro de la ciudad. Cerró durante unos instantes sus ojos cansados, pero pronto tuvo que abrirlos porque escuchó una voz que le resultó familiar: era don Alberto que la estaba saludando. Isabel se levantó de la acera y se arrojó a los brazos del señor, llorando de manera inconsolable le contó la fuente de sus desgracias, como una hija que acaba de encontrar a su padre tras una larga ausencia, buscó el refugio para sus angustias y encontró alivio en los oídos que le prestaban atención. Don Alberto entendió la situación. No sólo le prestó el dinero que ella le había solicitado -veinte mil pesos-, sino que le dio cuarenta mil, no sólo se ofreció a acompañarla -según su deseo¬-, sino a llevarla él mismo en su auto. Un manantial esporádico de esperanza brotó desde el fondo del alma de Isabel, una frágil sonrisa se escapó de sus labios y un tenue resplandor encendió su mirada. Sintió una ligera sensación de optimismo y una brisa de tranquilidad circundó su rostro bañado en lágrimas. A las cinco de la mañana regresó con la droga al sitio donde había dejado a su pequeña niña. Cuando Isabel llegó al hospital, corrió hasta donde se encontraba Isabelita, pero no estaba allí. Lentamente su alegría espontanea se fue transformando en una honda preocupación. Nadie le daba razón de la niña. Con mucha desesperación preguntó por el médico que la había atendido y lo halló en un consultorio administrativo, estaba exhausto y demacrado, como si no hubiera sobrevivido a una jornada francamente extenuante. Don Alberto se anticipó a cualquier pregunta de Isabel. -Doctor, la señora es la mamá de la niña a la que usted le mandó traer este medicamento- Insinuó don Alberto. - ¿Usted es el papá? - inquirió el médico. -No señor. Un amigo de la familia- aseveró don Alberto. -Por favor, déjeme a solas con la señora- acotó el médico. El médico cerró la puerta del consultorio y se acomodó las gafas. -Señora, la niña murió hace casi una hora. Isabel gritó desesperadamente. - ¿Por qué se demoró tanto? - preguntó el médico. Isabel quiso contestarle, pero no pudo, el llanto terminó por ahogarla y sintió que perdía la razón. Don Alberto, al escuchar los gritos entró a consultorio, y recogió a la mujer que ya se estaba desgonzando, y la recostó en una silla de la oficina. El mismo médico ordenó darle un agua aromática con prontitud. Con la incertidumbre de no saber qué hacer en ese momento, y la tristeza por la pérdida de su pequeña, Isabel se sintió desfallecer, un gesto de amargura se dibujó en su semblante y un deseo irresistible de morirse se instaló en lo más profundo de su ser. Ni siquiera la presencia de don Alberto atinaba a consolarla. Tan sólo un comentario suyo la hizo escapar de su abstracción absoluta: -Isabelita, recuerde que le quedan otros cuatro angelitos por quienes luchar. Entonces apareció en su mente la imagen de sus otros cuatro hijos, sumergidos en la inocencia de sus sueños profundos, ajenos a semejante desgracia, convino que no tenían por qué terminar pagando las consecuencias. Casi a las seis de la mañana, don Alberto salió con Isabel a hacer las diligencias del sepelio. Ella traía a su pequeña en un cofre que el hospital le había prestado, mientras don Alberto iba a buscar funeraria, le pidió a Isabel que llevara la niña hasta la casa para hacerle unas horas de velación según era la costumbre. La dejó en la esquina y él partió a lo suyo; entre tanto, Isabel con el cofrecito entre sus brazos recorrió la cuadra que la separaba de su casa, acompañada de una tenue llovizna que a esa hora caía y que comenzaba a mojar su ropa, mientras en sus pómulos se confundía con el llanto perpetuo que brotaba de sus ojos. Recorrió la misma callecita de ranchos humildes, que impregnaban de miseria a todo aquel que se atreviera a atravesarla, y por la que apenas unas horas antes había transitado con su pequeña por última vez. Pero en esta ocasión percibió algo más. Un suave murmullo de voces adoloridas se entrelazaba en un coro de pesar, que se iba fortaleciendo a medida que ella se iba acercando a su hogar, mientras que un mar de miradas se clavaba en su figura, estremeciendo su alma. Todo encontró su explicación cuando llegó a su morada. Una escena dantesca ante sus ojos esculpió un gesto de espanto en su rostro. La modesta casita se había incendiado. En el momento en que iniciaron las convulsiones de la niña, Isabel tuvo que salir corriendo despavorida hacia el hospital, y en su desmedido afán, olvidó apagar el fogón que hervía el agua para los paños que habrían de bajarle la fiebre a la pequeña. El incendio fue total. Sus cuatro niños yacían en posición fetal, carbonizados, abrazados unos a otros, tirados sobre las cenizas de la que en algún momento fue su cama, como esperando a que por fin amaneciera, y acabara de una vez por todas esa noche infernal que parecía interminable. FIN