jueves, 22 de septiembre de 2022

UNA NOCHE EXTRAÑA

UNA NOCHE EXTRAÑA El hombre despertó en la madrugada con la sensación de que había enfermado. Sintió una descompensación general de su organismo que trató de ubicar entre la incomodidad de un sueño confuso y la aterradora certeza de que se estaba muriendo. Percibió el pánico de estar traspasando las fronteras de la vida en plena conciencia, y se acordó de Dios para implorarle que lo acogiera en su cálido seno. Sin embargo, tuvo la grandeza de permanecer atado al mundo material al cual pertenecía. Siguió inmóvil, tratando de dilucidar qué le estaba pasando. Hizo un esfuerzo más y se sentó en la cama, respiró profundo y estiró la mano para alcanzar el interruptor que se encontraba junto a la cabecera, encendió la luz. Un destello inesperado le mostró la misma habitación de siempre, la foto de su amada Paola en el mismo lugar. Todo igual. Sí, esta era su habitación. Sin la más mínima alteración. Miró el reloj, iban a ser las cuatro. Hizo un recuento mental para establecer el posible origen de su malestar, pero no lo halló, repasó de manera meticulosa cada una de las escenas de la noche anterior, sin descubrir en ellas nada extraño. Pensó que debía ir al baño, quizás para tomar agua o para orinar, o para ambas cosas. Necesitaba convencerse de que, a pesar de todo, aún estaba vivo. Sintió náuseas. Se arrodilló, clavó su rostro en la taza del inodoro para vomitar adentro, pero notó algo extraño, algo como una tira de tela que descolgaba por su cuello, intentó desprenderla, pero le dolió, quiso verla mejor, pero quedó atónito al descubrir que era cabello. Era su propio pelo, que aparecía ahora largo, ondulado y frondoso, se levantó con rapidez y se miró en el espejo, su rostro había adquirido apariencia de mujer, las pestañas largas, las cejas delgadas, los labios rosados, los pómulos tenues, su cabello un poco más abajo de los hombros, el cutis limpio, la mirada seductora de las mujeres que, sin proponérselo, tantas veces lo habían deleitado, y el aire femenino que adquieren las rosas en medio de la primavera. Creyó perder el sentido cuando siguió bajando la mirada y percibió dos pechos, grandes y redondos, de pezones prominentes y areolas rojizas, que se bamboleaban con el leve movimiento de su cabeza al querer contemplarse detenidamente. Pero desfalleció definitivamente cuando llegó a la parte genital y se encontró de repente, que, en lugar de su pene y sus testículos, se escondía ahora, una vagina entre sus piernas. Recorrió minuciosamente cada rincón de su cuerpo, y no halló nada del Alexander de hacía unas cuantas horas. Había reducido su peso y disminuido su estatura, el vello corporal apenas existía, su piel ahora era suave y tersa, sus caderas anchas y sus hombros angostos. ¡Dios mío, Dios mío! Exclamó exaltado, y una voz sutil y aguda brotó del interior de sus cuerdas vocales, asegurándole que la transformación era total, que el Alexander de anoche había desaparecido de forma inexplicable y que ahora una mujer surgía en reemplazo suyo. Se sentó en la cama, y por primera vez desde que tenía conciencia, lloró. Pensó en su trabajo, en los estudiantes, en el colegio, en la forma como disfrutaba enseñando la lengua española, pensó también en su familia, en sus amigos, pero sobre todo pensó en Paola, en aquella Paola Pérez, dueña de su corazón y de su vida, probablemente la única mujer que de verdad había amado en toda su existencia. Imaginó entonces que el mundo era una gran montaña que se estaba desplomando al frente suyo, que un monstruo cruel y despiadado, brotaba del interior de la tierra para devorarlo sin piedad. Cerró un instante sus ojos, anhelando que todo fuera un sueño, que tal vez estuviera delirando, pero al abrirlos descubrió que no, que todo era realidad. Se recostó lentamente en la cama, y trató de razonar de qué se trataba todo esto. Era la sensación más extraña que ser humano alguno, jamás hubiera percibido, algo que al mismo tiempo rompía las leyes de lo lógico y de lo absurdo. Se levantó, tomó un poco de agua, volvió y se recostó. Pensó en que hoy tenía que ir al colegio para realizar las evaluaciones acumulativas, meditó sobre cuál sería su estrategia a seguir, ir o no ir; y si no iba, qué le iba a decir al rector, cómo se lo iba a explicar, continuó navegando por el camino estrecho y oscuro del caos total, y más allá del horizonte, surgió de manera providencial, la figura de Paola, con la receta mágica para ayudarlo. Entonces buscó su celular y se dispuso a llamarla. Había un problema, no le podía hablar de una vez, debido a su voz de mujer, entonces creyó que esa situación generaría tensiones o preocupaciones innecesarias en ella, por lo que consideró que la mejor opción era enviarle un mensaje de texto. -Hola mi amor. Necesito tu ayuda urgente, he sufrido un percance. Te espero en mi apartamento. Por favor, ven pronto- le escribió. Casi de inmediato, el celular comenzó a sonar, leyó en el tablero que decía: “llamando, mi bella princesa”, y no contestó. Antes que ella lo llamara de nuevo, él le volvió a escribir: - ¡No puedo contestar, te espero pronto! La espera se le hizo eterna, recordó distintas escenas de su vida, sus logros, sus novias, sus clases tantas veces elogiadas, y halló un rastro de ironía en que esa palabra “profesor” que a diario retumbaba en sus oídos, de repente había perdido vigencia, en razón a su nueva apariencia. Era Licenciado en Español y Literatura, se desempeñaba como docente de Humanidades en una institución educativa, dictaba clases en dos grados de primaria: 5° y 6°, y dos de secundaria: 11° y 12°; en medio de esa sencillez, transcurría llena de felicidad, la vida del profesor Alexander. El timbre del celular lo sacó de su abstracción, esta vez era el rector del colegio, miró instintivamente el reloj, eran las seis y cuarenta. Tampoco contestó. Pensó que en este momento sus estudiantes ya deberían estar en clase y se conmovió. Recurrió de nuevo al mensaje de texto. -Señor Rector. He amanecido muy indispuesto. Estoy sin voz. Voy para el médico- le escribió. El celular sonó nuevamente, esta vez con más insistencia. Era otra vez el rector, entonces Alexander agregó: -Lo siento, no puedo responder. Estoy sin voz. Todo parecía estar controlado, al menos, momentáneamente. Sin embargo, el problema de fondo permanecía intacto. ¿Cómo iba a recobrar su real apariencia? ¿Cómo iba a recuperar su verdadera personalidad? De lo único que estaba convencido era que requería ayuda profesional. Cuando Paola llegó al apartamento y tocó a la puerta, Alexander sintió que se desvanecía. A pesar de que había preparado una reacción diligente y natural, en el instante del encuentro, la premura de la realidad le hizo perder la compostura, y refugiándose en la certeza de que, al fin y al cabo, él no tenía la culpa de nada, sino que todo había sucedido por designio de Dios o de la vida, se aprestó a abrir la puerta, inspirado en el semblante que adquiriría Paola cuando lo viera en medio de su transformación. Alexander lucía una bata blanca, larga y ceñida a la cintura, que lo cubría desde el cuello hasta las rodillas; su cabello, largo y ondulado, descolgaba de manera desordenada sobre sus hombros. Paola se quedó observándolo en silencio mientras que su rostro se enardecía paulatinamente, entonces con autoridad, inquirió en tono agresivo: -Por favor, ¿Alexander? -Paola, soy yo. Ahora, un semblante irascible se había apoderado de su dulzura tradicional, y una Paola aguerrida, se atrincheraba de forma desafiante en la puerta. - ¡Estúpida! No estoy para sandeces. ¿Dónde está Alexander? De nuevo, la voz tierna y femenina de Alexander, le aseveró con firmeza: -Por favor, Paola, yo sé que esto es una locura, pero necesito que me creas. Me desperté esta mañana antes de las cuatro porque me sentí enfermo, me fui para el baño y descubrí que mi cuerpo se había ido y que ahora en su lugar un cuerpo de mujer lo había reemplazado. Paola permanecía absorta. De manera violenta entró al apartamento, y comenzó a buscar a Alexander en cada habitación y en cada rincón, mientras lo llamaba con insistencia. Alexander la abordó con vehemencia para que le prestara atención y aceptara sin reparos su versión. - ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? - gritó en forma de pregunta, Paola. -Paola, mi bella princesa. ¡Soy yo! - respondió con convicción, Alexander. Alexander percibió que el “mi bella princesa” le asestó un golpe de ternura, a la intemperancia de Paola y aprovechó el instante para darle pistas que la convencieran de que en realidad él era su novio y no la mujer que parecía tener al frente. Le dijo, el nombre completo, el número de identificación, la fecha de nacimiento, la dirección de residencia, el número de celular, el libro preferido, la comida favorita, los gustos, los pasatiempos, a qué se dedicaban, los nombres de los padres y dónde vivían, todo con detalles pormenorizados tanto de él como de ella; y si aún quedaban dudas, Alexander comenzó a hacer un recuento cronológico de su romance, con sus aventuras y sus desencuentros, sus expectativas y sus apreciaciones, con los instantes inmarcesibles que habían forjado esa relación que parecía indestructible. Alexander notó como Paola se fue tornando más asequible, ahora lucía más que todo sorprendida, se sentaron ya más tranquilos en el comedor, y Alexander le mostró la mancha en la pierna izquierda, el lunar en el brazo derecho, sus señales inconfundibles, sus gestos inimitables, hasta los nombres que les pondrían a sus hipotéticos hijos, y cuando pensó que no le faltaba nada, hizo una descripción completa de todo cuanto habían compartido la noche anterior. Paola terminó por convencerse, se acercaron y de repente se fundieron en un abrazo de cariño y ternura, suplicando en silencio una explicación lógica para esa locura que estaban viviendo y una fórmula mágica que les permitiera de inmediato regresar a la normalidad. Alexander le imploró que lo ayudara a salir de ese laberinto, y le rogó su compañía porque estaba seguro que ella era la única persona con la que podía contar en esos momentos de incertidumbre, Lo cierto era que para entender su encrucijada necesitaba ayuda profesional, pero surgió la primera inquietud, ante quién debía dirigirse para solicitarla, un médico, un abogado, un psicólogo, un sacerdote, a quién podría contarle su versión, sin ser tenido por loco, ridículo o chistoso. Si hasta Internet, que todo lo sabía, reportaba cero resultados en su búsqueda. Para salir del apartamento, Alexander debía experimentar su primer cambio brusco, tenía que variar de forma irremediable su forma de vestir; teniendo en cuenta que su vestuario le resultaba grande debido a su nueva talla, Paola le ofreció su ropa, y su asesoría para vestirlo acorde con su nueva condición, Alexander no tuvo otra alternativa que aceptar tal disposición, entonces Paola fue hasta su residencia y trajo algunas prendas junto con otros aditamentos. Había traído dos bluyines, dos camisetas, dos pares de medias cortas, dos pantis, y además dos brasieres. En algún instante pensó en traer blusas y faldas, pero finalmente no lo hizo, porque consideró que podría ofender la dignidad masculina de su novio. Lo que sí hizo fue traer supuestamente para ella un kit de maquillaje que además de cosméticos, incluía también cremas, desodorantes, talcos, perfumes y otros productos propios de la condición femenina, con la doble intención de que en determinado momento sirviera además para mejorar la presentación de su novio. Cuando Paola regresó, Alexander ya se había bañado y permanecía en bata, ella comenzó a mostrarle las prendas que había traído, para que él escogiera cuáles se iba a poner. Pero Alexander se indispuso, no podía creer que él tuviera que vestirse con una ropa que no correspondía a su identidad sexual, sobre todo con los pantis, los cuales eliminó en el acto, estableciendo que usaría sus bóxeres aunque le resultaran incómodos, y los brasieres que también pretendió eliminar pero que por explicación de Paola, terminó aceptando: “recuerda que el código de policía castiga con multa y pena de prisión a las mujeres que salgan sin brasier y a las mujeres que amamanten a sus bebés en espacios públicos”. Paola le ayudó a vestirse, enseñándole unos trucos inimaginables, que incomodaban y a la vez sorprendían a Alexander, luego pasó a lo que ella llamaba latonería y pintura, lo cual era cubrir y maquillar el rostro, y un arreglo pormenorizado de cada detalle corporal, procedimiento al que el licenciado se opuso rotundamente, y del cual sólo permitió un leve riego de suave perfume que escondiera su posible aroma fuerte de hombre. Cuando Alexander ya estuvo vestido, Paola percibió una extraña sensación. Se quedó mirando fijamente al hombre, que parecía una auténtica mujer, y sintió deseos de besarlo, no tanto porque sintiera atracción, sino para transmitirle el apoyo emocional que él necesitaba. Fue un pico repentino que le permitió inmiscuirse en una disyuntiva insalvable: por primera vez había besado a otra mujer que además era el hombre que ella más amaba en el mundo. Entonces asomó otra inquietud, físicamente Alexander era una mujer, pero psicológicamente qué era; entonces ella le indagó con sutileza. Alexander no lo dudó un solo instante. “Por supuesto que soy un hombre. Un hombre en toda la extensión de la palabra, me gustan las mujeres, no siento ninguna atracción por los hombres. Es de lo único que he estado plenamente convencido desde que sucedió mi transformación”. Decidieron ir al médico. Se trasladaron al Seguro Social, para una cita prioritaria; es decir, una cita en la que, aunque no está la vida en peligro, se requiere una atención médica con rapidez. Una cola interminable permanecía a la espera. Luego de casi una hora lo llamaron, pero al notar la funcionaria, que, al nombre de Alexander, respondía una mujer, requirió la presencia inmediata de quien iba a recibir la atención, es decir de Alexander. - ¿Dónde está Alexander? - inquirió la mujer. - ¡Soy yo! - respondió con decisión el licenciado. -Usted me está tomando por tonta, permítame su cédula de identidad. Alexander se la entregó con displicencia, la actitud agresiva de la funcionaria, lo estaba sacando de quicio. -Aquí dice Alexander, sexo masculino. -Señora, yo soy Alexander. Lo que sucede es que me desperté a medianoche convertido en mujer- intentó responder con calma el profesor. -Señorita, usted no necesita un médico sino un psiquiatra- le contestó en tono sarcástico la vieja. Alexander perdió la compostura. - ¡Vea, señora, a usted qué le importa! Simplemente necesito atención médica y punto- gritó con desesperación. Tanto la gente de la cola como la de la sala de espera comenzó a impacientarse con lo que estaba ocurriendo, y los rumores infundados empezaron a llover en el recinto. Cada cual interpretaba a su manera lo que veía y pretendía dar una solución justa a la situación, lo cierto era que en el ambiente quedaba la idea de que un hombre travesti y su novia estaban solicitando quién sabe qué tipo de servicio, el cual con absoluta seguridad ellos no merecían, pues la atención médica en aquel lugar estaba reservada exclusivamente para gente “normal”, y no para depravados sexuales. Paola intervino de manera diplomática en la escena, asegurando no sólo que la vieja se calmara sino también que el médico los atendiera. La cita médica fue un verdadero desastre; el médico, que, entre otras cosas, era un hombre muy joven para atender semejante caso, se mostró reacio a creer el relato de Alexander, salió de su despacho y se demoró unos quince o veinte minutos, y al ver que era requerido con insistencia por la pareja, regresó con un cartapacio de exámenes, estudios que, según él, debía conocer como requisito preliminar para emitir algún diagnóstico. Entre las pruebas, había varios análisis de sangre, de orina, del cerebro, del corazón, y al final, una orden para que lo viera un psiquiatra, Alexander se mostró inquieto al ver tantas pruebas, entonces le preguntó al doctor: -Doctor, ¿qué será lo que me está pasando? ¿Para qué son todos estos exámenes? El médico, con una sonrisa tremendamente sarcástica le respondió: -Lo que pasa es que ya hemos tenido varios casos parecidos y necesitamos saber a cuál de los cuadros existentes pertenece el suyo. - ¿Y lo del psiquiatra? Preguntó Alexander con vehemencia, advirtiendo que no fuera a ser que estuviera pensando que estaba loco. - ¡Ah! exclamó el galeno, y luego agregó: -Esté tranquilo que eso es protocolario. Lo cierto fue que, tras la revisión médica, tanto Alexander como Paola quedaron más desconcertados que antes. Alexander se mostró parco ante la realización de todas esas pruebas, considerando que, al fin y al cabo, los resultados no iban a dilucidar ningún diagnóstico, ya que él no se encontraba enfermo y que por lo tanto la solución de su problema no pasaba por la formulación de un medicamento ni la implementación de un tratamiento sino un golpe de suerte, para que, por arte de magia, así como todo había comenzado, así mismo volviera a la normalidad. Pero Paola lo convenció sobre la necesidad de practicarse esas pruebas, ya que, con toda seguridad, los resultados iban a arrojar una luz sobre su condición. Entonces, salieron a tomar un taxi; sin embargo, en la espera sufrieron un inesperado percance. Dos hombres jóvenes, se acercaron intimidándolos con cuchillos, para que les entregaran el celular. Alexander intentó oponerse al atraco, pero de nuevo Paola, llamó a la calma y le pidió a Alexander que entregaran los aparatos para evitar una agresión, petición a la que el profesor se opuso con ímpetu. Al ver Paola que la situación comenzaba a salirse de control porque los muchachos parecían decididos a todo con tal de robarlos, ella misma decidió entregárselos. Los atracadores salieron corriendo, contentos con el botín conseguido. Pero Alexander se dio a la persecución, y continuó corriendo tras ellos hasta cuando ya no fue posible alcanzarlos, porque los muchachos corrían mucho más rápido. Pronto Alexander se sintió cansado, fue entonces cuando notó que tanto su fuerza, como su velocidad, su potencia y su resistencia, también se habían reducido dramáticamente. Se sentaron en la banca de un jardín y Alexander sintió ganas de llorar ante su impotencia. -Nos robaron porque creyeron que éramos dos mujeres, si junto a ti hubieran visto a un hombre, con toda seguridad no se habían atrevido al robo- aseveró él con denuedo. Entonces Paola se quedó mirándolo con un rastro de compasión en su mirada, y unas lágrimas impertinentes rodaron tímidamente por sus mejillas, intentó decir algo, pero un nudo en la garganta se lo impidió. Quiso sonreír para adornar la situación, y con aplomo sentenció: -Es para que te des cuenta cómo es de difícil en este mundo ser mujer. Por ahora, el trámite para la autorización de los estudios había quedado suspendido. Era hora de ir a casa. Caminaron por toda la carrera 39 para llegar al apartamento de Alexander, en varias ocasiones, el profesor quiso tomar de la mano a su novia, y hasta sintió deseos incontrolables de abrazarla y besarla, para reafirmar su convicción de que ella era suya. Pero se abstuvieron. En parte porque Paola le insinuó que esas demostraciones en público no eran posibles ni convenientes, y en parte también, porque Alexander sucumbió ante la incertidumbre de establecer con certeza que nada le importaba lo que los demás pensaran y la de creer que su actitud no daba lugar y era éticamente incorrecta. A la altura del parque San Pio X, se sentaron en una banca, y bajo la sombra de un enorme caracolí que los protegía del sol inclemente, conversaron con franqueza. Alexander abrió su corazón a Paola para contarle que jamás pensó que algo así le sucedería a él, precisamente a él que siempre detestó a quienes no compartieron su filosofía sexual de identidad, orientación, expresión o condición, pero que ahora comprendía su situación, y reconoció cuán equivocado estaba, y se propuso que tan pronto terminara todo esto, se iba a mostrar más tolerante hacia los demás. Para Paola en cambio la situación era mucho más compleja. Ante la inminente posibilidad de que Alexander nunca volviera a su estado natural, su impostergable decisión de casarse con él, para formar una familia, tener un hogar cálido, y estar a su lado hasta la muerte, podía alterarse profundamente. Para el profesor, esa probabilidad fue una herida que le llegó hasta el alma. - ¡Ah! ¿Entonces todos nuestros sueños de pareja dependían únicamente de mi sexo biológico? - preguntó exaltado Alexander. La respuesta de Paola era apenas obvia. -Yo no quiero vivir con una mujer, yo quiero vivir con un hombre. -Pero si yo soy un hombre, esto es algo pasajero- ripostó con indignación el profesor. Paola advirtió que evidentemente aquel Alexander no era su Alexander, y que además de su transformación física, el hombre también habría sufrido alguna alteración psicológica. No podía estar psicológicamente bien, si se atrevía a afirmar semejante despropósito. Entonces comenzó a sospechar que detrás del repentino cambio de su novio se escondía un pasaje oscuro de su existencia del cual debía huir de inmediato. Alexander comenzó a sentir que el mundo se le caía a pedazos, que, a su desgracia de haber despertado en un cuerpo equivocado, debía agregarle la tragedia insuperable de perder el trabajo que tanto disfrutaba y la mujer que tanto amaba. Se sentó a mirar los castaños frondosos, los colibríes que revoloteaban felices en búsqueda de néctar, las ardillas que corrían juguetonas por las ramas más altas, las palomas con sus barrigas hinchadas de tanto comer arroz, y comprendió que lo suyo no era más que una isla de tristeza, rodeada de nubes tormentosas por todas partes. Siguió callado, imaginando mil escenas, recordando aquellas miradas y aquellas sonrisas que supieron cautivarlos, pensando en la infinita inconsistencia de la vida, que le cambiaba a su antojo el destino a las personas, percibiendo que ese romance tan bello que habían soñado se despedazaba de manera inevitable, y en el fragor de aquellos destrozos, tuvo el ferviente deseo de morirse para seguir existiendo más allá de su desdicha. Siguieron caminando, callados, absortos. Queriendo decir algo, pero sin ni siquiera intentarlo. Andando de manera desprevenida, sin ningún afán, esperando con ansiedad que el sendero les mostrara la entrada del edificio. El sopor de la tarde les hizo recordar que no habían almorzado, entonces compraron hamburguesas y gaseosas en “El Toro”, pero no comieron ahí, sino que las llevaron hasta el apartamento. Al entrar, Alexander notó el vacío de su hogar, no era el mismo de ayer a esta hora, ni el mismo de esta mañana, cuando salieron para el médico. El de ahora era un sitio lúgubre, visiblemente opacado, denodadamente enrarecido, el resplandor del amor había desaparecido. Estaban comiendo cuando el teléfono comenzó a sonar con insistencia, Alexander supo desde el inicio que se trataba del rector. Entonces sin mediar palabra a Paola, que apenas lo observaba con detenimiento, pensó: “claro, al ver que yo no le respondo el celular, decidió llamarme al fijo, pero no voy a contestarle, voy a dejar que el maldito timbre suene indefinidamente, hasta que se reviente, si de todas maneras el inepto ese nunca va a entender lo que me pasó. Acaso con decirle que me desperté convertido en mujer, él de inmediato lo va a aceptar y me va a decir, no profesor, usted esté tranquilo que, al fin y al cabo, todos los días de la vida, en todos los rincones del mundo, después de una noche extraña, las personas suelen amanecer convertidas en otra, sin importar su sexo, su género, ni nada, eso es lo más natural que puede suceder, así que puede venir a trabajar como quiera y cuando quiera”. Paola se levantó y salió, la hamburguesa sin acabar y la gaseosa a medias, le sirvió como constancia de su desacuerdo, Alexander se apresuró a detenerla y mientras el teléfono seguía repicando, la sostuvo de los hombros y le pidió que no se fuera, que esperara tan sólo un instante, que todo iba a volver a la normalidad, que él le aseguraba que a más tardar esta misma noche, volvería a ser el mismo Alexander de siempre, y que harían el amor de mil maneras posibles, hasta que la aurora los sorprendiera, y que este infernal día quedaría en el olvido, simplemente como una anécdota para sus descendientes. Pero Paola logró soltarse y salió sin decir nada. Antes de cruzar el umbral, el profesor la tomó con fuerza, y trayéndola hacia sí, la abrazó y la besó con pasión desenfrenada, una demostración espontánea de amor puro, que se prolongó más allá de la eternidad. Tras la partida de Paola, Alexander pasó para su cama y se recostó, estaba completamente desnudo, mirando el reloj sigilosamente, observando como transcurría cada segundo, cada minuto, cada hora. Clavó entonces su mirada en el techo, sin hacer el más mínimo esfuerzo para respirar. Y así permaneció, esperando a que Paola regresara, y pudiera presenciar la majestuosa transformación que estaba a punto de dar inicio. FIN

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