sábado, 22 de octubre de 2022

YO SOLO QUIERO COMPRAR UN APARTAMENTO

YO SOLO QUIERO COMPRAR UN APARTAMENTO Sólo Dios sabe cuánto quise a aquella mujer encantadora. Y sabe también, que nunca podré amar a nadie como la amé a ella, que hasta daría mi vida entera por verla feliz, y que mi amor incondicional perdurará más allá de la eternidad. Lo triste es que a pesar de mi entrega total, jamás pude encontrar correspondencia, porque amar no basta, se necesita algo más. Hay un elemento desconocido, misterioso, indescifrable, inexpugnable, que rompe las leyes del amor y que se interpone de manera diáfana entre la posibilidad de alcanzar la felicidad y la latente certeza de no poder alcanzarla. Cuán feliz fui aquellos días en que la conocí. Sentía que me desplazaba tranquilamente sobre el mar, me parecía que la brisa fresca de su presencia se había llevado todas mis preocupaciones. Solo vivía en función de ella, de sus expectativas y de sus consideraciones. Oía su voz y ninguna melodía me sonaba tan bella. Veía su figura y ninguna flor me parecía tan hermosa. Estaba enamorado. Intentaba hacer un recuento de cuántas sensaciones placenteras se abren paso en el espíritu de una persona enamorada, y me perdía en el intento de su agradable compañía. Su rostro era un manantial de agua pura que refrescaba mi alma, su sonrisa era un faro que iluminaba el sendero de mi existencia. Si pudiera, devolvería el tiempo y lo suspendería en la magia de aquellos días radiantes que jamás podré olvidar. Es lo más cercano que he estado del paraíso. El destino decidió traerla hasta mí, una lejana tarde de abril. Las circunstancias de su llegada están relacionadas con el oficio que desempeño. Diré que mi profesión es la de asesor inmobiliario. Por si hay alguien que no sepa exactamente de qué se trata tan extraordinario título, le contaré que la mía, es la profesión más bella del mundo, porque se trata de hacer realidad el sueño de una persona o de una familia, de tener un lugar que le sirva de hogar. Las personas interesadas en un lugar para su hogar, llegan a la sala de ventas de mi proyecto habitacional, o me contactan a través de cualquier medio, y de inmediato les presento todas las alternativas que tengo. Ya mirará ella, de acuerdo a su presupuesto, gusto, aspiración y expectativa, cuál de ellas escoge; aunque a decir verdad, no siempre se acomoda a mi propuesta sino que opta por otra. Así es el mundo de las ventas. Nunca seguí carrera profesional alguna, entre otras cosas porque no me gusta ninguna; sin embargo debo decir que sé de todo un poco, incluso mucho más que el común de las personas, porque tengo algo llamado autoformación, que me lleva por los diferentes aires del conocimiento, y que me ha permitido confeccionar un saber que trasciende los horizontes de la sabiduría. No en vano, en la oficina me suelen llamar “Wikipedia”. Bueno, pero este tipo de consideraciones, no vienen al caso, me dedicaré exclusivamente a contarles esta historia, para denunciar públicamente a la mujer que me trató de la peor manera; aunque eso sí, trataré de hacerlo de la forma más imparcial posible, a fin de que ustedes puedan juzgar sin conveniencia alguna. No me interesa ser merecedor de su lástima sino que entiendan la veracidad de la injusticia, de la cual fui víctima. Me encontraba atendiendo en la sala de ventas del proyecto “Condominio Asunción”, cuando de pronto llegó hasta mí, la mujer más bella que ha parido el universo. Con esto no quiero decir, que unánimemente esta sea la mujer más linda que haya en el mundo, la belleza unánime no existe. Lo que pretendo decir es que inevitablemente, ella es para mí, la más bella entre las bellas. Yo sé que para otros ojos, quizás ella sea una mujer común y corriente; y tal vez, para algunos hasta puede ser fea, no lo discuto. Pero para mí, es la princesa de mi vida. Es difícil de explicar pero sucede a diario, que algo que a alguien le gusta demasiado, a otra persona, le parezca absolutamente normal, y que a otras inclusive les fastidie. Estaba leyendo el “Manual práctico de la asesoría inmobiliaria”, cuando atravesó el umbral. Sus ojos negros, su cabello oscuro, su mirada profunda y su sonrisa tierna me sensibilizaron el alma. La majestuosidad de su figura me trastornó la conciencia. Me dijo que quería tener información del proyecto. De inmediato le conté de qué se trataba. Desde el primer instante en que la vi, supe que ella era la mujer de mi vida, que no la acababa de conocer sino que la había conocido desde siempre, desde la fundación del mundo, que el destino decidió traérmela para que yo la amara incondicionalmente, como ella se merecía, y que tan solo estando juntos podríamos conocer el significado de la palabra felicidad. Ella no era alta ni baja, gorda ni flaca, joven ni vieja, blanca ni negra. Para mí era la perfección en forma de mujer. Su cabello era como una fuente de agua fresca, su piel era dorada como la arena de una playa virgen, sus ojos refulgían como dos luceros en medio de una noche oscura, sus labios rojos y carnosos apetecían como frutos silvestres, cuando extendí la mano para saludarla, percibí su piel suave y tersa como el más fino terciopelo. Era una diosa. Me encantó especialmente su nombre. Se lo pregunté para registrarlo en la bitácora de visitas. Recuerdo que me deleitó profundamente porque me recordó un amor de mis seis años, todas las noches me dormí pensando aquel maravilloso instante, su nombre retumbaba en mi mente con insistencia, como el apacible sonido de las olas muriendo en la playa en una noche de luna llena. Repetí su nombre mientras dormía despierto. Le presenté el proyecto. Le mostré sus características, sus ventajas, sus bondades, sus beneficios; le expliqué el plan de pagos, dándole las mejores prerrogativas posibles, y le recomendé la mejor línea de crédito a fin de que se pudiera suplir de la mejor manera. A esta altura de las circunstancias, francamente la venta me importaba un bledo. Todo cuanto anhelaba era tenerla en mis brazos y amarla con pasión y locura. En la labor de ventas del sector inmobiliario, en la medida que va transcurriendo la entrevista, se va acumulando una información que es necesaria para transformar el prospecto en cliente. Por eso de manera sutil, se van preguntando datos como el nombre, el teléfono, el celular, el correo electrónico, y otros mucho más específicos. Sé que esto puede sonar un poco raro, pero diré que contrario a lo que muchas personas creen, el asesor inmobiliario es un profesional integral, con una gran formación en diferentes ámbitos del saber, porque la venta es una ciencia que requiere observar con rigurosidad, los pasos del método científico. Bueno, pero no es de ventas, que les quiero hablar, sino de ella. Sucedió que en el momento de preguntarle el correo electrónico, ella me dijo que me lo apuntaba porque era un poco difícil, entonces previendo una intriga inútil, le pedí que me lo deletreara para ver si era capaz de escribirlo. Al terminar de deletrearlo se formó la dirección: bandarseribegawan@gmail.com. Entonces le dije: -La capital de Brunéi Darussalam, la pequeña nación asiática situada al norte de la isla de Borneo, no es tan difícil de escribir. Una ráfaga de alegría estalló en su interior e iluminó su semblante. -¡Vaya, vaya! Es la primera persona que sabe a qué hace referencia mi correo electrónico. Había logrado impactarla. Sentía que un tsunami de felicidad inundaba mi alma, y su reflejo nos instaló en la coincidencia de una sonrisa espontánea que perduró eternamente. Duramos un par de segundos mirándonos, sin decirnos nada. Una fracción de tiempo que pareció un lapso interminable. -¡Bueno!- Me dijo finalmente. Y luego agregó: Voy a analizar la propuesta. No quise acosarla con la agresiva pero obligatoria: ¿Cómo le pareció el proyecto? sino con la oprobiosa pero necesaria ¡Si quiere mostrarle a su esposo, con mucho gusto yo les enseño el proyecto! En efecto, esa expresión no tenía la sola finalidad de ser más cordial con ella sino también la de comprobar si era casada o no. Saliendo de la sala de ventas, cruzando la puerta, ella devolvió su rostro hacia mí, y con la mayor complacencia del mundo, me dijo con absoluta sinceridad: -No se preocupe, no soy casada. Sentí que un festival de luces y colores estalló en mi interior. Salí a verla mientras se alejaba paulatinamente, y observé con placer su figura de diosa desplazándose con inigualable dulzura. Entonces me asaltó un pensamiento inesperado: ¿Cómo puede acumularse tanta belleza en una sola persona? Aún obnubilado por el destello de tan maravillosa presencia, escribí en un papel cualquiera que había encima de mi escritorio: “Tan sólo en cuatro instantes de mi vida te he amado con pasión y locura: antes, ahora, después y siempre”. Lo doblé y lo guardé en mi agenda, como quién guarda un tesoro. Salí temprano, y caminé alegre por las calles de aquella ciudad acogedora, que apenas unas horas antes me parecía detestable, y recorrí la tarde que caía, con las manos en los bolsillos, pateando las pequeñas piedras del camino. Mi vida necesitó cada día, cada momento de mi existencia para llegar a la más decisiva de las conclusiones: estaba enamorado. Al llegar a mi apartamento, el destino me tenía preparada otra sorpresa. Junto a la puerta de ingreso, una pequeña caja de cartón, obstaculizaba mi entrada. Quise correrla pero noté un leve movimiento, entonces la abrí y descubrí en su interior un pequeño gatito, que despertaba maullando tímidamente. Lo tomé en mis manos y lo acaricié. Me parecía hermoso. Sin ingresar al apartamento, bajé al tercer piso, donde vivía un veterinario vecino, para preguntarle sobre el hallazgo. Le dije que me había encontrado en la entrada de mi apartamento este pequeño gato, y le pregunté si sabía algo al respecto, me dijo que no, lo tomó en sus manos, lo volteó boca arriba y sonriendo notó, que no era un gato sino una gata, y que tenía alrededor de un mes de nacida. Me dio una porción de alimento especial para cachorros y un trago de leche especial para gatos destetados prematuramente, para que le suministrara mientras tanto, y me comprometió para que al día siguiente fuera a comprarle más, y para que la tratara con mucho cariño porque era un animalito muy tierno, desprovisto del amor materno, que yo de ahora en adelante, tenía que de alguna manera proporcionarle. Si aquella noche dormí una o dos horas fue mucho. No sé si habré dicho que sufro de insomnio y que casi siempre el alba suele sorprenderme cuando apenas estoy cerrando los ojos, pero lo de aquella noche fue visiblemente diferente. A mi tiempo de lectura, de escritura, de estudio y de pensamiento, la repentina aparición de esa mujer encantadora y de esa tierna gatita, agregaron dos nuevos elementos que terminaron por reducir aún más mi capacidad de dormir, de por sí disminuida. En mis largas noches, me concentro en buscar las soluciones que los grandes problemas míos y del mundo en general necesitan, y a pesar de que generalmente lo logro, no hay felicidad, porque al siguiente día descubro que esas mismas soluciones que la noche anterior me alegraron, hoy se han convertido en un mal mucho peor que el problema inicial. Es como un mar de satisfacciones e insatisfacciones que visito a diario. Hice un recuento de la llegada de ella a mi vida, analizando cada uno de los detalles que antecedieron a su aparición, dilucidando entreveros, comparando coincidencias, y llegando a la conclusión de que finalmente, el destino es un libro previamente escrito, y que es imposible arrancar o modificar alguna de sus páginas, y que cualquier intento de saltarse o anticiparse a una de ellas, es un desafío estéril que imposibilita conocer el verdadero sentido de la obra. Me fijé en sus palabras y sus ademanes, en las frases que decía y los gestos que hacía, combinando la estúpida psicología de las ventas y la inédita teoría del amor, tratando de hallar los ingredientes ideales para un bello romance que nacía bajo el sol esplendoroso. Intentaba desplomarme en los arrecifes más profundos del sueño, cuando aparecía su fulgurante figura para traerme de nuevo hasta los acantilados de la conciencia. Su voz recitaba las odas más bellas, y las nombraba con su mismo nombre. Ella era la luz que encendía mi alma y el faro que iluminaba mi vida. Entre todo, deduje que lo más trascendental de la visita fue la última frase de la entrevista, la que pronunció traspasando el umbral de mi oficina, la que me dijo con el rostro alegre y la mirada encendida, la que solamente una mujer intensamente enamorada se atrevería a decirle a un hombre que acaba de conocer: “No se preocupe, no soy casada”. En mi real entender, la revelación era mucho más que una frase de seis palabras, once sílabas y veintitrés letras; era ni más ni menos, que una auténtica declaración de amor. La puerta de la felicidad se abría de par en par en mi corazón. En efecto, si yo no hubiera desatado una especie de “tormenta tropical” en su interior, con toda seguridad, no habría tenido que darme semejante declaración, hubiera bastado con un leve silencio, o con una tenue sonrisa; en cambio, la fuerza de su expresión tenía la explícita intención de que yo supiera con total claridad, que ella no tenía ningún tipo de compromiso, y que por tanto, tenía el camino expedito para conquistarla. Busqué infructuosamente mil variables a la posibilidad de que en realidad, ella no hubiera querido decir lo que yo interpreté, sino que por razones de su propia naturaleza, todo cuanto había querido indicarme era que efectivamente, no tenía un compañero, pero que no necesariamente, esto quisiera decir que se había enamorado de mí. Entonces sentí vergüenza de la supuesta “tormenta tropical” que me imaginé inicialmente, y me sentí un poco pretencioso, pero me solivianté en la imposibilidad de encontrar una justificación que no resultara descabellada. Sin ninguna parcialidad, encontré que todas las explicaciones confluían en una sola razón: ella quería que yo supiera que en estos momentos estaba sola y no tenía ningún tipo de compromiso, entonces me reconforté en la necesidad de establecer una estrategia para conquistarla. Ya casi amanecía y me había pasado toda la noche entretejiendo todos esos pensamientos, organizar una estrategia iba a requerir mucho tiempo y pensé dejarlo para la siguiente noche; entre tanto, me di a la tarea de buscar el sueño; en eso estaba cuando me acordé de la gata, entonces me levanté y la halle profundamente dormida. Una idea fugaz, apareció repentinamente en mi cabeza, supuse que en ese preciso instante, a esa misma hora, las 4 y 32 minutos de la mañana, ella estaría igualmente dormida, en la soledad de su cama, como la gatita, y hallé que indefectiblemente esos dos seres estaban ligados a mi existencia; por tal razón, al notar que la gata necesitaba un nombre, concluí que las dos debían llamarse igual, entonces le puse a la gata el nombre de mi amada, por la similitud de circunstancias en que habían llegado a mi vida, y los sentimientos puros y sinceros que en mí, habían despertado. A esa hora, en la que los pájaros empezaban a cantar, fui hasta mi agenda para buscar el papelito que con tanta pasión había escrito, y decidí que necesitaba entregárselo con urgencia, pensando en esto, regresé a la cama y con la convicción propia del deber cumplido, dormí plácidamente. Entonces desperté como nuevo. Había dormido como un bebé y un increíble ánimo rodeaba mi espíritu. El primer pensamiento del día fue ella en su conjunto. Recordé su imagen, su figura, su piel, su voz, su mirada, su sonrisa. Una ola incontenible de pasiones desenfrenadas, irrumpió de manera violenta en lo más profundo de mi alma, al traerla a mi mente. Ni qué hablar del prominente optimismo que me poseía, me sentía el amo del mundo. Abrí la ventana y descubrí el mágico sol que a esa hora se asomaba entre las montañas, la mañana era tibia, el cielo azul dominaba el paisaje y no se divisaba una sola nube. Era un día espectacular. Necesitaba ir a la oficina y negociar con mi jefe un buen descuento para mi bella princesa. Le dije que era un negocio inminente pero que necesitaba, un beneficio especial, porque corríamos el riesgo de que ella comprara en otro proyecto. Planteé una hipotética negociación de extraordinaria conveniencia para la Constructora, a fin de alcanzar el mayor beneficio posible, yo vería después como me las ingeniaba para manejar la situación. Lo cierto era que necesitaba para ella lo mejor. Debo ser muy sincero en que en realidad, la venta era lo que menos me importaba, lo verdaderamente importante era poder conquistarla. Ya me imaginaba viviendo los dos, en la comodidad de ese imponente apartamento, yo trabajando con ahínco para pagarlo, quizás lo haría con mucho esfuerzo pero con todo gusto. Allí en ese hogar ejemplar, crecerían nuestros hijos, y la nuestra, sería una familia modelo, nuestro romance sería el más bello idilio en la historia de la humanidad, y para ilustrar el significado de la palabra felicidad, seguramente aparecería nuestra imagen como recuadro. Mientras mi jefe averiguaba el descuento para tan “magnífico negocio”, me refugié en la portentosa virtud de la imaginación para soñar las escenas más maravillosas, y en esa isla paradisiaca, una repentina inquietud me asaltó con premura: su profesión. Por el impacto de su presencia, había olvidado preguntarle su profesión. Por su forma de expresarse, sin lugar a dudas, debía tratarse de alguien con una gran formación académica. Preferiblemente instruida en las ciencias sociales, porque su donaire tenía el carisma y el liderazgo propio de las personas formadas en las ciencias humanas, como los grandes líderes de este mundo, que generalmente son hijos de las humanidades, nunca de las matemáticas. Después de divagar por el amplio espectro de las profesiones, llegué a una conclusión inapelable: era docente. Lo había descubierto, cuando me dio el correo electrónico, un conocimiento tan específico solo podía tener como autora a una profesora. Poco a poco fui descartando cada una de la posibilidades, para terminar deduciendo que se trataba de una educadora, una gran intelectual con la capacidad de incidir en el desarrollo de un pensamiento crítico en la futuras generaciones que habrían de regir este mundo. En forma de broma pensé para mis adentros, “si no es maestra, es asesora inmobiliaria”, pero reí interiormente porque era indudable que se trataba de una docente, una ráfaga de lujuria explotó en mi interior intempestivamente. El jefe me dio el descuento que le podíamos manejar a ella, y me pareció francamente interesante; teniendo ya ese dato, solo restaba llamarla, saludarla y contarle lo del descuento, aún no era prudente decirle cuánto la amaba. Con total seguridad, me iba a agradecer lo del descuento, le preguntaría cómo había pasado la noche y aprovecharía para invitarla a comer un helado. Le entregaría el papelito y nos besaríamos apasionadamente. Le envié el correo con toda la información del proyecto y luego la llamé. Y cuando el teléfono comenzó a repicar, sentí que el corazón me palpitaba con violencia, como un tigre que corre desaforado detrás de su presa, estaba nervioso ante la posibilidad de sentirla nuevamente; sin embargo, el teléfono sonó tres o cuatro veces y pasó a buzón de mensajes. Entonces pensé: ¡Comprobado, es una profesora y está en estos momentos dictando clase! Insistí nuevamente con la llamada pero sucedió lo mismo. Entonces le marqué al teléfono fijo, y pasó lo mismo: repicó tres y cuatro veces y se colgó la llamada. Esperé unos minutos y volví a marcarle al fijo pero nadie contestó. No sé cómo pude reconfortarme en la idea de que el hecho que no me contestara, probaba que era una profesora, que en estos momentos estaba trabajando y que además, como me lo había hecho saber, no estaba comprometida, fuera de eso, vivía sola, lo cual era muy positivo para mis aspiraciones. Me sentí entonces en las mismísimas puertas del paraíso. Pensé que lo mejor era dejar de llamarla, para que no se sintiera acosada, entonces la llamaría en la tarde, cuando ya hubiera terminado su jornada laboral, y estuviera más dispuesta a escucharme, que hasta me dijera o me diera a entender palabras o frases inesperadas. Hasta alcancé a imaginar que me diría que estuvo pensando en mí, toda la noche, y que necesitaba verme con urgencia, para decirme que me amaba con toda su alma. Caminé alegre por la carrera 27, la recorrí más de 20 cuadras, con una sonrisa genuina que se dibujaba de oreja a oreja, fui hasta el supermercado para comprarle la comida a la gatita y un recipiente marcado con su nombre donde ella supiera encontrar su alimento. Sentía que el ser, solo y desinteresado de unos días atrás había desaparecido, y que ahora en su reemplazo, un hombre exitoso y realizado tomaba decididamente su lugar. En el trayecto, descubrí el surgimiento de un fenómeno inexplicable, y para mí, completamente desconocido. Era como una suerte de encantamiento, que consistía en que todas las mujeres que caminaban por la avenida, se me parecían a ella de manera extraordinaria. Comencé a verla y oírla en otras mujeres, comencé a verla y oírla en todas partes. Ese repentino hallazgo, me producía al inicio una gran alegría, por el hecho de percibirla de nuevo cerca de mí, pero tan pronto me aproximaba o analizaba al detalle su imagen, y descubría que no era ella, y que por el contrario, las características físicas que me la habían acercado, ahora me la alejaban porque me parecían exageradamente diferentes, me sobrevenía una decepción abrumadora, que me arropaba y me ahogaba sin misericordia, una especie de entuerto similar al del insomnio, en el que después de hallar la solución de los principales problemas, encuentro que son mucho peor que los problemas originales, y me causa una profunda decepción. El mar de encuentros y desencuentros que suelo visitar con frecuencia, y que me hacen a caminar a diario a través de profundos y peligrosos acantilados. Quizás sea un trastorno psicológico o alguna alteración mental, que sé yo, quizás inventos técnicos de la sociedad moderna o alcances biológicos de la evolución humana, no me importa, pero el hecho de sentir la vida a plenitud, donde antes no existía, encuentra su sustento en el hecho de estar enamorado. Es increíble lo que hace el amor: que lo que antes era opaco, difícil, feo, triste, ahora se muestra radiante, fácil, hermoso, alegre; que hasta le cambia el semblante a las personas, y las llena de entusiasmo y optimismo. Todo suena muy bello, pero en el caso mío, la realidad habría de ser muy distinta. Era el medio día, el sol caía de forma canicular y hacía un calor insoportable. Compre arroz chino y Pepsi para el almuerzo, llevaba el alimento de la gatita, y un plato con doble función: comida y bebida, para que ella dispusiera de su propia zona de alimentación. A pesar del cansancio, caminaba feliz. Pensar en mi amada, me daba una fortaleza especial que me mantenía imbatible, quería llegar pronto a casa para almorzar, descansar, y luego llamarla, hablar con ella, sentirla de nuevo, percibir el aliento de su belleza penetrando mis sentidos, verla, oírla, entregarle el papelito, abrazarla, besarla, recorrerla de pies a cabeza, acariciar todo su cuerpo, decirle que la amaba con toda mi alma y que quería hacerla mía para siempre. Después de almorzar, dormí tranquilamente cinco o seis minutos, lapso que en realidad me pareció un siglo, entonces sentí la necesidad de despertarme para llamarla; a esta altura, consideraba absolutamente imprescindible entregarle el papelito, y algo más: besarla levemente. Requería probar sus labios carnosos y suculentos para tranquilizar mi espíritu, era un aliciente indispensable para seguir existiendo. Eso sí, debía ser un beso leve, una especie de chispa espontánea que desencadenara en su interior, una llamarada estelar de magnitudes cósmicas. A las dos en punto la llamé al celular y antes de repicar la segunda vez, una voz masculina me respondió. Sentí que el mundo se caía a pedazos, pensé no responder, porque con total seguridad me había equivocado de número. Pregunté por ella, pero el hombre me dijo que no la conocía, que estaba equivocado. Le repetí el número y me dijo que ese era pero que a ella no la conocía. Colgué y de inmediato, una nube oscura y tenebrosa, pareció envolverme de pies a cabeza. Creí que de la incertidumbre, el corazón quería salirse de mi pecho. Un mal presentimiento me invadió de repente. Quedaba la posibilidad del teléfono fijo. Marqué de inmediato, pero al otro lado la voz de una mujer de edad avanzada, me confirmó el peor de los presagios: que ese número no correspondía a la persona que yo buscaba. La anciana me dijo que no la conocía, que en realidad no sabía quién era. Traté de darle indicaciones, pero todo fue en vano. Era número equivocado. Mi mente comenzó a recorrer los parajes más lúgubres de mi carácter y una mezcla tétrica de sensaciones sucias y rastreras me arrojaron al fondo del mismísimo infierno. ¡Esa maldita perra, me ha engañado! Pensé de inmediato. Al escucharme interiormente decir lo que había dicho, sentí asco de mí mismo, me estaba comportando como el peor de los monstruos; sin duda, la hermosa mujer que me había regalado con su presencia, los instantes más felices de mi vida, no podía merecer semejante trato. Debía tratarse de un mal entendido, quizás fui yo, al anotar los números el directo responsable de tan tremendo error, pero aun así, quedaba un inconveniente por resolver: ¿cómo iba a encontrarla? Entonces de manera providencial recordé el correo electrónico que me acercó al encanto de su dulzura. El correo que le había mandado no había rebotado, lo cual quería decir que la dirección a la cual envíe la información del proyecto, efectivamente existía. Entonces se me ocurrió una idea loca pero necesaria, le tomé una foto al papelito que contenía mi declaración de amor y se la mandé. La tarde era calurosa. La gata comenzó a gemir con intensidad, recordé que no había encontrado la leche recomendada por el veterinario y fui a conseguirla. Pensé que el calor la acosaba y le abrí la ventana para que le entrara aire. Entonces salí. Caminé como un autómata, pensando mil posibilidades. Una lucha intensa se desató en mi interior, entre el yo que confiaba en la benevolencia de mi princesa, y el yo que la desprestigiaba por insensata. Pero a cada paso que daba, a cada instante que transcurría, sentía que el que desconfiaba se iba afianzando lenta y paulatinamente. El sol golpeaba mi cara, y sin embargo, no lo percibía, solo me di cuenta cuando me limpié el sudor de la frente y sentí el rostro ardiendo. De pronto el celular me dio aviso de una notificación. Mil cosas pasaron por mi mente cuando descubrí que era la respuesta del correo que acababa de enviar. Todo como en mi vida diaria; al principio, la alegría de algo positivo y cercano que habrá de iluminar mi vida, y luego, un pensamiento negativo y poderoso que lo apaga todo. La verdad, sentí que una fuerza desconocida me alentaba a que no mirara el mensaje, que postergara su lectura para evitar que un golpe certero rompiera de forma inevitable, el anhelo que me rodeaba desde aquel momento en que conocí a aquella mujer encantadora. Le compré la leche a la gatita, y para mí una botella de agua, que me refrescara y me diera fuerzas, para leer la respuesta de ella. Me senté en una banca que había en la avenida debajo de un frondoso árbol, que brindaba una sombra acogedora. Era un mensaje corto, lacónico; un mensaje breve que lo resumía todo: “Señor, no se equivoque, yo sólo quiero comprar un apartamento”. Sentí que el mundo entero se derrumbaba en mi pecho y me aprisionaba hasta asfixiarme. Cuánto desee no haber nacido, para no tener que haber vivido aquel instante infernal. Perdí la noción del tiempo y del espacio. Era como si mil personas cargadas de ira y odio me golpearan sin contemplación alguna, y me condujeran por un laberinto tenebroso a cumplir mi pena de muerte. Pensé tantas cosas, buenas y malas, que ahora mismo me es difícil recordar alguna en especial. Lo único que sé, es que comencé a caminar y que en un momento específico me sentí incómodo debido a que el sol me seguía golpeando de frente, entonces comprendí que estaba caminado en sentido contrario a mi apartamento, sin darme cuenta me había alejado, quizás 10 o 20 cuadras, que sé yo, porque me encontraba visiblemente exaltado. Entonces me devolví, y un pensamiento absurdo comenzó a envolverme de manera inevitable: hace apenas unos instantes, cuando venía hacia acá, me sentía inmensamente feliz, sabiendo de la presencia de mi amada, y ahora de vuelta, me siento completamente infeliz sabiendo de su total y definitiva ausencia. Esta situación me pareció la forma más precisa para describir la vida entera. Finalmente llegue al apartamento, me senté en las escaleras, porque venía muy cansado, me tomé el ultimo sorbo de agua, y tiré la botella al reciclaje. Traté de recomponer mis ideas, de respirar profundo y comprender lo sucedido, de analizar la situación y saber de qué forma iba a reaccionar. Entré al apartamento, le serví la leche a la gatita, volví a leer el mensaje, esperando hallar un mal entendido, pero el mensaje era muy conciso, no tenía otra explicación, no cabía otra interpretación. Saqué el papelito que le había escrito y le prendí fuego. La gatita aún no salía a tomar su leche. Pensando qué le iba a responder, imaginé mil posibles variables, en todas me sentía víctima de un cruel engaño, aunque de repente desde mi interior un ser más aplomado me interrogaba de manera abrupta: ¿oye, de cuál engaño estás hablando? Entonces tomé una hoja de papel, y comencé a escribir cuál de todas las opciones, respondían mejor a la situación; después de mucho calcular cuál podría herirla más sin dejarme en evidencia, opté por la más estúpida de todas, entonces le envié un correo que decía: “Qué pena con usted, me equivoqué de dirección”. Tomé el papel de las opciones y lo tiré a la basura, al hacerlo reparé en que la gata no había tomado su leche; es más, ni siquiera había comido, la llamé y no respondió, entonces comencé a buscarla; en eso estaba cuando me llegó una notificación al celular, se trataba de la respuesta del correo que acababa de mandar. Lo que la notificación me decía era que ella, la mujer de mi vida, me había bloqueado. Un monstruo feroz despertó en mi interior. Estrellé mi celular contra la pared, y reventó en mil pedazos, no sé por qué, al verlo destruido, sentí que me había liberado de un peso enorme que me estaba asfixiando. Mientras pensaba mil cosas, seguía buscando la gatita y no aparecía por ninguna parte, era como si las dos se hubieran puesto de acuerdo para esfumarse de mi vida. Entonces comprendí que inevitablemente todo había terminado. Entendí el tremendo error de ponerle a la gatita, el mismo nombre de mi amada, ahora cada vez que la llamara, necesariamente iba a recordarla. Pero no importaba, eso tenía solución, tan pronto apareciera la gata, le pondría “Policarpa” y de cariño le diría “Pola”, para que nada me atara a ella, y todo se perdiera para siempre en el olvido, para que quedara constancia que no quería volver a saber de aquella mujer ingrata, que todo cuanto alcancé a considerar con ella fue una verdadera farsa, que su presencia no fue más que una trampa del destino, de la cual quería ahora desprenderme. De repente, tocaron a la puerta, no sé bajo qué premisa alcancé a considerar que podía tratarse de ella, si ni siquiera sabía mi lugar de residencia, ni tampoco le hubiera importado saberlo. Era el veterinario, para recomendarme que no dejara la ventana abierta, porque a los gatos les gustaba escapar, trepar, saltar, aventurar, y que la gatita, podía salirse y como no estaba aún acostumbrada a su nuevo domicilio, podía perderse. Entonces recordé que había abierto la maldita ventana para que le entrara aire y no sintiera el calor asfixiante, ese mismo calor que ahora me estaba consumiendo, como una llamarada ardiente, sofocante, tórrida, agobiante, que ni el hielo de la Antártida entera sería capaz de apaciguar. FIN

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