lunes, 22 de noviembre de 2021
EL PRINCIPIO DE LA ETERNIDAD
EL PRINCIPIO DE LA ETERNIDAD
Al comandante le faltaban 1.469 días para entrar por la puerta que habría de conducirlo hasta la eternidad, cuando soñó que un río sucio y turbulento se precipitaba descontrolado y violento contra la pequeña casa donde había pasado su alegre infancia.
Un día decidió que su vida no tendría ningún sentido si no concentraba todos sus esfuerzos para cambiar la situación en la que vivía, inclusive comenzó a imaginar que la construcción de un mundo más justo era perfectamente posible, siempre y cuando, hubiera voluntad para lograrlo.
Por eso transformó su vida en un intrincado paraje de conocimiento integral en el que mientras los demás mortales se divertían, él se dedicaba de manera incansable a estudiar, no perdía el tiempo en banalidades sino que hallaba en cada momento una oportunidad propicia para conocer la verdad.
Se hizo fuerte en el dominio de las habilidades comunicativas. Escuchaba y leía con atención, hablaba y escribía con tal poder que su manera de expresarse cautivaba y convencía al más incrédulo, ya que sus argumentos estaban sustentados en la experiencia y la realidad.
Así logró forjar el más vehemente espíritu revolucionario. Un prodigio extraordinario brotó de su interior cuando al componente humano que lo acompañaba le adicionó un arrollador sentido de liderazgo que produjo el incalculable valor de su grandeza.
Ya, desde sus inicios en la carrera militar había sobresalido por la inobjetable dosis de calidad humana que solía imprimirle a cada una de sus acciones. Desprendido, comprensible, sencillo y amable, pronto sus superiores detectaron en él, un portentoso líder que habría de marcar historia.
Su carisma salió a relucir entre sus compañeros que más que a un rival, comenzaron a ver en él, a un amigo incondicional, al que acudían cuando necesitaban una voz de aliento. Sus palabras caían como un riego espiritual que abría los caminos más estrechos.
Todo ese conjunto hacía presagiar que su irrupción en la escena política era prácticamente inevitable. Una nueva república que se cubría de gloria surgía bajo el manto de su figura, la esperanza adquiría un nuevo significado para los menos favorecidos.
La idea emanó una noche después de ver en las noticias el sufrimiento de una familia desarraigada. La nación se mostraba subyugada a las políticas de poderosos entes internacionales que supeditaban sus estrategias de hambre al sometimiento de los más débiles. El gobierno no tenía otra alternativa que sucumbir ante sus exigencias para evitar el oprobio y el embargo, y dictaba una serie de medidas encaminadas a satisfacer el apetito de los avaros a costas de la asfixia de las clases populares cuyo único logro no podía ser otro que el de la supervivencia.
Analizaba de mil maneras la situación y no lograba entender por qué debía ser el pueblo el encargado de pagar los platos rotos mientras que el despilfarro, la corrupción, la politiquería y el abandono era todo cuanto recibían de un estado incapaz de cumplir su papel, en tanto que los más pobres se hundían en el mar de las injusticias y las desigualdades. Sentía como propio ese dolor y asumía que debía remediarlo. Pensó que finalmente cualquier propósito encontraba su justificación en el hecho irremediable de cambiar el país, y que la transformación de las instituciones era un requisito inquebrantable.
Decidió que era la hora de actuar. La historia de la Patria Grande había llegado a un punto de inflexión. Entonces llamó a sus compañeros de armas más cercanos y con absoluto convencimiento les planteó la idea que a ellos les pareció una auténtica locura:
-“¡Camaradas, la patria os reclama! Es este el momento en que debéis mostrar toda vuestra grandeza, tenéis la oportunidad única de mostraros como los héroes que sois, nuestro pueblo está siendo víctima de la mayor de las infamias, soslayado y vilipendiado por el sólo hecho de estar el poder en manos de élites corruptas que no reparan en actos obscenos con tal de no dejar sucumbir el apetito voraz de sus bolsillos”.
Y se expresaba con tanta certeza que su inesperada capacidad para persuadir tocó pronto las fibras más íntimas de sus compañeros hasta convencerlos, que más que una posibilidad, era una verdadera necesidad. Por eso después de escuchar la propuesta del comandante todos habían llegado a una conclusión definitiva que ya no parecía ninguna locura sino la más cuerda de las realidades: había que tomar el poder para ponerlo al servicio del pueblo.
Con la idea de flanquear el sistema y denunciar públicamente a sus defensores dispusieron de todas sus habilidades y de todos sus conocimientos con el fin de alcanzar el objetivo propuesto. No importaba si durante el intento perdían la vida, la sangre derramada serviría de semilla para que nuevas generaciones de revolucionarios cada vez más vehementes y decididos soñaran libremente con la utópica realidad de que la construcción de un mundo más justo era perfectamente posible. Ante semejante responsabilidad el contingente dedicó todos sus esfuerzos a la preparación de la hazaña.
Después de ires y venires, de reuniones inacabables en las que intentaban no dejar ningún detalle al azar, lograron armar un plan cuyo resultado no podía ser otro que sacar del poder a las clases dominantes que gobernaban el país y crear una nación nueva al servicio del pueblo.
Finalmente llegó el día. El comandante se levantó más temprano que nunca, preparó el café, y mientras lo tomaba, imaginó mil situaciones en las que él y su grupo siempre salían vencedores. Se bañó, se vistió, pasó a su habitación y allí descubrió una escena que le impactó el alma. Su esposa, la mujer de su juventud y de toda su vida dormía plácidamente como la más bella de las princesas, entonces tuvo un pensamiento absurdo, pensó que su semblante era la más grande demostración de tranquilidad y sosiego, y que sin embargo era totalmente ajena a lo que habría de suceder. La admiró como nunca y la descubrió tan hermosa como siempre, así logró entender cuánto la amaba. Una lágrima resbaló por su mejilla al comprender que esta podría ser la última vez que la veía. Intentó acercarse para darle un beso pero en el último instante desistió ante la posibilidad de que despertara y tuviese que dar explicaciones. Ella jamás lo entendería, su amor incondicional era uno de los elementos que más lo impulsaba a luchar.
De repente una película se reveló en su mente. Miles de instantáneas comenzaron a aparecer fugazmente como ráfagas intermitentes que lo transportaban a diversas etapas de su existencia. Todas tenían una latente similitud, aparecía su familia haciendo alarde de una gran demostración de amor y felicidad. Entonces se fortaleció en la idea de que pronto estarían todos de nuevo, sin ningún peligro, y la patria entera los acogería en una demostración profunda de cariño, y juntos llegarían a viejos, criando a sus hijos y a sus nietos, y a todos sus descendientes.
Luego se despidió de sus dos hijas y después de sus dos hijos, y reflexionó sobre la grandeza del amor de un padre, deambuló infructuosamente en la búsqueda de una explicación perfecta para semejante sentimiento pero no encontró la justificación precisa. En la urgencia del tiempo que parecía agotarse, asignó a cada uno de ellos una virtud inequívoca de su personalidad pero se desplomó ante la latente probabilidad de su definitiva ausencia.
Les envió desde lo más profundo de su corazón un beso sincero que voló por los aires inciertos de cada habitación, y los bendijo haciendo una cruz con su mano derecha. De pronto sintió la necesidad de dar marcha atrás, de renunciar de una vez por todas, alcanzó inclusive a imaginar que todo fuera una especie de broma descomunal que llegaba a su fin, entonces volvería a su cama, se acostaría junto a su amada y se arroparían de nuevo, hasta que el mediodía los sorprendiera en medio de un calor extremo. Pero reaccionó interpretando que ya era tarde, todo estaba definido.
Salió a la sala mientras terminaba el café que había comenzado a enfriarse, abrió la cortina y observó la ciudad que dormía. Reparó en la idea de que pronto, esa tranquilidad inexpugnable se esfumaría como por arte de magia ante el inusitado revuelo de una acción militar. El sol comenzaba a despuntar de manera tímida tras las montañas, intentó encender la televisión pero desistió ante la eventualidad de que el ruido pudiera despertar a alguien, dejó el pocillo en la mesa, se puso la boina roja y salió. Antes de cerrar la puerta observó una foto donde aparecían los seis y una refrescante ola de vigor terminó dándole el impulso que necesitaba, ahí comprendió que la decisión tomada había sido la indicada, cualquier duda había quedado disipada.
Al partir, una luz en el espejo retrovisor del vehículo que lo conducía hasta el cuartel general, le dejó entrever que la bombilla de la sala había quedado encendida. De manera providencial dos pensamientos surgieron en su mente: el primero le insinuaba que esa era una señal, para que se devolviera a apagarla, y que ya en su casa, algún acontecimiento inesperado le hiciera abortar o por lo menos aplazar el plan, el segundo era un auténtico misterio, la vida de él y su esposa eran dos líneas rectas que andaban en diferentes direcciones, un día se acercaron y a partir de ese instante continuaron caminando juntas, de forma paralela, hasta que un brillo en el espejo retrovisor de su vehículo las separó para siempre.
Consideró entonces que ese podía ser el brillo del adiós. Sacudió su cabeza con la total seguridad de que los dos pensamientos eran una tontería, que el camino que había escogido era el correcto, y que muy pronto su amado pueblo sería liberado; así las cosas, la suerte estaba echada.
Cuando el comandante llegó al cuartel, divisó a lo lejos un grupo de militares a los que identificó de inmediato como sus compañeros de lucha. Aunque al principio, su segundo le aseguró que en la gesta participarían al menos mil hombres lo único cierto era, que a la hora de la realidad, en total no sumaban cien. La mayoría con fusiles aunque algunos sólo tenían pistolas, cuatro con ametralladoras, también contaba con unos helicópteros, tanques y otros vehículos. Pensó que era una fuerza pequeña pero se reconfortó en la idea de la moral en alto y la decisión de lucha de sus hombres, y sobre todo, en el contingente de más de veinte millones de personas que esperaban con anhelo que alguien diera el paso definitivo para redimirlos.
A esa hora el cuartel general de la Guardia Presidencial estaba fuertemente resguardado y se aprestaba para el cambio. El presidente se disponía a salir a caminar como lo hacía todos los días junto a su esposa, y la presencia militar era muy alta. El comandante se dirigió con un grupo hacia la estación de la Televisión Nacional, la cual se encontraba allí mismo, con el ánimo de tomar la señal para mandar un mensaje de libertad a su pueblo.
Entre tanto, la esposa del comandante había despertado ante el inusual crujir de las sirenas que comenzaban a gritar desesperadamente por toda la ciudad, alertando sobre algo anormal que estaba sucediendo. Encendió la televisión y quedó estupefacta al ver que el hombre con el que había dormido toda la noche, el cual coincidencialmente era el mismo con el que había dormido todas las noches, estaba hablando de libertad y de revolución, de justicia y de igualdad, en cadena nacional, y ante miles de compatriotas; en verdad, ese hombre era irreconocible para ella, alcanzo a creer que era alguien muy parecido, pero al ver su ausencia y que su tradicional boina faltaba en la repisa entendió que se trataba del padre de sus hijos. Cambió los canales y descubrió a su esposo hablando en casi todos, de un momento a otro había dejado de ser un militar modesto para convertirse en un personaje reconocido a nivel mundial cuyo mensaje comenzaba a traspasar fronteras, en tanto que su vida colgaba de un hilo frágil que podía romperse en cualquier momento.
La respuesta fue descomunal. Tras cuatro horas de accedio las fuerzas del estado habían matado alrededor de cuarenta insurrectos, entre ellos los de las ametralladoras, de igual manera todos los tanques, los helicópteros y los vehículos se habían perdido.
Ante semejante panorama, el comandante comenzó a considerar que la acción debía ser suspendida, no tanto porque pensara que lo fueran a matar sino porque creía que podía desembocar en un doloroso derramamiento de sangre. Entendió que en ese caso su castigo sería implacable y decidió que era necesario que la responsabilidad recayera completamente en él. No importaba si moría de viejo en una cárcel del régimen, a la sombra de sus hijos que crecían lejos de su presencia, simplemente no importaba. Pero por el bien de la patria esto debía cesar de inmediato. Por ahora tenía que dar marcha atrás, renunciar a su propósito, percibió un sentimiento extraño que no pudo precisar hasta que el alma se le nubló de tristeza, entonces lloró.
Tras la rendición, el comandante y sus compañeros de lucha fueron enjuiciados con todo el rigor de la ley. Así las cosas, unos terminaron en el cementerio y otros en la cárcel. El resultado de la operación fue peor que desastroso. Más allá de tanta crudeza, el comandante halló algo positivo que merecía extractarse: que la sangre derramada por los héroes serviría de semilla para que nuevas generaciones de rebeldes cada vez más audaces e impetuosos se atrevieran a soñar que la construcción de un mundo más justo para todos era completamente viable.
Así pasó sus buenos años en la cárcel. Encerrado entre cuatro paredes, desesperado en el intento de que algo le permitiera salir. Allí se dedicó a leer la catedra de sus precursores, de los arquitectos de la libertad de la patria, y a adaptarla a la realidad histórica y geográfica de su entorno. Luego comenzó a escribir notas que poco a poco fueron tejiendo una nueva doctrina política y filosófica, que le aseguraba al pueblo el derecho irrevocable de acceder al poder y ponerlo al servicio de los menos favorecidos. De pronto lo invadió una sensación que lo fortalecía en lo más profundo: el orgullo de haber nacido en la amada patria grande latinoamericana. Era una fuerza invisible que sacaba a relucir en los instantes de mayor debilidad, una llamarada que encendía su espíritu en el fragor de la espera que se hacía interminable y lo embargaba de un optimismo casi utópico al que algunos llamaban ESPERANZA.
A pesar de que el castigo incluía cero visitas, abogados que simpatizaban con su causa lograban que de vez en cuando, pudiera alguien de su familia venir a visitarlo. Aquellos escasos momentos se convertían en una auténtica prueba de lucidez, recuerdos impactantes que llegaban a su mente, y aunque al inicio entristecían su alma, finalmente terminaban por convertirse en el combustible necesario para continuar la marcha.
Alguna vez vino su esposa, en otra ocasión sus dos hijas y sus dos hijos. En otra oportunidad fue su mamá y su hermano. De resto, seguía ahí; ensimismado, concentrado en una tarea que parecía no concluir, entregando todo de sí para cumplirla de la mejor manera posible.
Entre tanto que pagaba su condena, el mundo descubrió en él a un líder natural que defendía una causa justa. Una especie de Nelson Mandela de la Patria Grande. Una especie de Simón Bolívar de la época moderna. Grandes campañas por su libertad se dieron inicio en el mundo entero, personajes de talla mundial coincidieron en que la liberación del preso político más famoso de la tierra debía producirse de inmediato y sin condición alguna.
La amnistía y el indulto llegaron tan pronto como al establecimiento se le hizo imposible aguantar la presión nacional e internacional. Fue una tarde de Febrero, cuando ante cientos de periodistas, el comandante y sus compañeros salieron por fin libres y en una improvisada rueda de prensa sentenció que en memoria de los héroes que habían caído en la operación para liberar a su pueblo, jamás volvería a intentar que sus ideas se apoyaran en las armas sino en la urnas. Venía desprovisto de cualquier rastro de odio y parecía envuelto en una coraza de grandeza. Ese clamor, espontáneo y genuino, terminó por convertirse en un alud de pasiones que crecía a cada instante entre la gente, como lo hace una bola de nieve que se desprende de la cima de un nevado y que a medida que se precipita, arrastra sin ninguna contemplación todo lo que encuentra a su paso.
De esa manera nació su deseo de participar en política. Fundó junto a sus amigos un movimiento político al que llamó Partido de Integración Latinoamericana, PILA. Proyecto que recogía la aspiración de dignidad y soberanía de una patria grande que comenzaba al sur de los Estados Unidos y se extendía por mar y tierra hasta el sur de Argentina, en torno a los ideales de libertad, igualdad, solidaridad y unidad.
Bajo ese lema y al mando de la campaña electoral más austera de la historia, logró una apabullante victoria que le permitió convertirse en el nuevo presidente de la república, tras alcanzar el 64% de la votación, en tanto que sus otros nueve rivales de contienda obtuvieron entre todos, el restante 36%.
Y eso no fue todo. El PILA que irrumpía por primera vez en la escena política, se hacía con veintiocho escaños de la Asamblea Nacional, la cual tenía cien, constituyéndose en la gran sorpresa, a expensas de los otros partidos tradicionales que aunque gozaban de grandes maquinarias al servicio de las élites del poder, obtenían tan sólo setenta y dos, el pueblo había visto una verdadera opción de cambio en la propuesta del comandante.
Una nueva etapa comenzaba en la república. El día de la posesión, una celebración sin precedentes se llevó a cabo en cada rincón del país, y un aire más puro y fresco empezó a circular en todos los rincones de la patria. El carisma del presidente consiguió pronto la conformación de un gobierno de unidad nacional, que con un amplio apoyo popular se dio a la tarea de transformar al estado para ponerlo al servicio del pueblo, y que necesariamente pasaba por la construcción de un sistema más justo, como medio insuperable para vivir en paz, y para posicionar a la nación como una nueva potencia mundial, para demostrar que todo lo que se necesitaba para alcanzar las metas era tener la voluntad suficiente para lograrlas.
Uno de los primeros actos del comandante como presidente fue la convocatoria de una asamblea nacional constituyente que redactara una nueva carta magna en la cual prevalecieran por siempre los intereses del pueblo por encima de los intereses de la burguesía tramposa que había dominado.
Su discurso exigía control para las entidades financieras abusivas que acrecentaban su capital a costas de los usuarios, para los grandes terratenientes que poseían la tierra inutilizada negando la oportunidad de trabajarla, para las multinacionales que saqueaban la riqueza, a nombre de la explotación de los recursos naturales, para los monopolios que priorizaban el ánimo de lucro por encima de la calidad y el servicio, hablaba de la necesidad de preservar el agua y el medio ambiente, de la vivienda digna y del acceso a los servicios públicos, del derecho fundamental a la salud y a la educación, de la obligación de asistencia a la infancia y a la adolescencia, en su propósito de convertirse en ciudadanos de bien y auténticos forjadores del mañana.
Desde ese mismo momento el comandante recibió una declaratoria de guerra por parte de los grandes poseedores del capital; los poderosos entendieron que este personaje lo que quería era frenar su ambición y su codicia, y no estaban dispuestos a permitírselo. Los grandes monopolios, las empresas multinacionales, la banca privada tanto nacional como internacional, los medios masivos de comunicación, y por supuesto, los imperios extranjeros interesados en hacerse con la riqueza del país, enfilaron baterías para detener el ímpetu de uno que no pertenecía a su clase, no era de las élites que los arropaban sin cuestionar nada, era uno que había surgido nada más y nada menos que de esa “inmundicia” a la que llamaban PUEBLO.
Todos esos sectores encontraron en los políticos tradicionales, los leguleyos corruptos que querían perpetuar en el poder, esa mezcla putrefacta que se había enquistado en el sistema para desviar al estado de su objetivo principal, el cual era procurar el bienestar común, pero eso no fue suficiente para impedir el paso arrollador del pueblo en el poder, que guiado por el comandante, al fin conocía el verdadero significado de la palabra democracia. De esta manera se celebró la asamblea nacional constituyente que quedó conformada en su mayoría por representantes del partido del comandante. La gente había entendido el mensaje y estaba dispuesta a morir en la defensa de sus ideales. Una gigantesca mancha roja comenzó a envolver la patria.
La Asamblea Nacional Constituyente trajo una nueva organización política, económica, social y cultural a la nación. Contaba con fuertes componentes redistributivos y participativos que procuraban alcanzar el anhelo del comandante de construir una sociedad más justa.
Pero ese esfuerzo requería confrontar a los antiguos dueños del poder y del aparato financiero en todas sus manifestaciones. Había que despojarlos de esos privilegios que siempre habían gozado y ponerlos al alcance de todos, en concordancia con el principio fundamental del bienestar común.
Los primeros días de gobierno tras la nueva carta magna transcurrieron en forma normal, y como quisiera el comandante tener contacto directo con el pueblo, a través de un programa de televisión que se transmitía en cadena nacional a todos los rincones de la patria, un grupo de la élite formó un eje de oposición que decidió declararle la guerra al comandante, señalando el programa como un auténtico golpe a la libertad de prensa.
Desde entonces, la oposición no perdía oportunidad para atacar al comandante, a su gobierno y en general a todos sus seguidores, que eran la inmensa mayoría, para desprestigiar sus logros sociales, disparando desde todos los flancos, inclusive a quemarropa, con tal de aniquilarlo.
Con el paso del tiempo esa misma oposición adquirió un carácter más violento y se valía de su poder mediático para incubar todo tipo de argucias y artimañas, elaborando peligrosas estrategias que ponían en peligro el orden social y económico necesario para el buen funcionamiento del gobierno.
Entonces se concentraron en los medios masivos de comunicación de poderosos grupos financieros y lo usaron como un instrumento eficaz para atacar al presidente, algunas personas incapaces de analizar con espíritu crítico cada situación, prefirieron cambiar de bando, con tal que eso les significara algún beneficio, pero en general la gran mayoría se quedó del lado del presidente que por fin había izado sus banderas.
Ante tanto improperio, la figura del comandante comenzó a adquirir relevancia internacional. Muchos gobiernos y todos los pueblos del mundo reconocieron en su pensamiento acertado, una solución a la crisis de valores de la sociedad moderna, se esforzaron por crear modelos políticos que de alguna manera reflejaban la ideología del comandante y extendieron sus lazos de solidaridad alrededor del mundo. En cada rincón del planeta donde emanaba una manifestación de inconformidad o un clamor de justicia, allí mismo aparecía el rostro del comandante con una de sus célebres frases, como ícono de respaldo, incluso sus más acérrimos rivales advirtieron las virtudes de su liderazgo innegable.
De repente ese hombre humilde, bañado de sencillez y desprendimiento, que se había convertido en modelo universal de ser humano, hasta tal punto que empezaba a ser considerado por muchos como uno de los personajes más importantes en la historia de la humanidad, cruzó una delgada línea que el Imperio del Mal y sus grandes potencias aliadas habían trazado, y se convirtió también para ellos en un peligroso enemigo al que debía detenerse so pena de que pusiera en jaque sus pretensiones de dominar al mundo inerme y de diseñarlo conforme a sus intereses.
Por eso planearon un conjunto de estrategias encaminadas a debilitar el auge inusitado del comandante. Lo primero fue el paro. Los grandes poseedores del capital financiero optaron por cerrar las puertas de sus establecimientos o limitar su funcionamiento, con el fin de crear caos entre la población y culpar al gobierno. Lo segundo fue la especulación. Se pusieron de acuerdo en que debían subir los precios de sus productos o servicios para que la población sintiera en su propio bolsillo el despropósito de su apetito. Lo tercero fue echar a la calle a miles de empleados para que el gobierno se sintiera incapaz de asistir con sus programas a los más necesitados. Lo cuarto fue paralizar el transporte a nivel nacional como medida de presión para que el pueblo estallara a su favor, y como descubrieran que todo era ineficaz debido al gran apoyo popular del comandante, recurrieron a gobiernos foráneos para patrocinar el desorden público a través de mítines y barricadas, llegando al extremo de matar en nombre del gobierno para justificar lo injustificable. La respuesta fue demoledora, la colaboración incondicional del pueblo entero y del mundo entero para sortear las dificultades. Pronto se hallaron sorprendidos ante su propia ineptitud, y su avaricia pareció ceder ante el paso arrollador y firme de la libertad y la justicia.
El país comenzó a vivir una ola de triunfos inesperados. En lo económico con el hallazgo de grandes reservas de petróleo y gas natural, en lo científico con el descubrimiento de vacunas para enfermedades tropicales, en lo tecnológico con la puesta en órbita de avanzados satélites de comunicaciones, en lo deportivo con la consecución de épicas victorias y la cosecha de medallas doradas y plateadas en diversos certámenes. Esto sumado a los incuestionables logros en materia de educación, salud, vivienda, transporte y servicios públicos, puso de moda el nombre del país en el campo internacional, a su modelo político y económico como un ejemplo a seguir, y al comandante como el santo encargado de realizar el milagro.
Entonces fue hasta la Organización de las Naciones Unidas, y logró denunciar en la Asamblea General, lo que nadie se había atrevido. De frente, sin intermediario alguno, señaló con nombre propio los actos inmorales de los gobiernos corruptos que soñaban con el dominio global.
El mundo entero fue testigo de su hazaña y miles de millones sintieron que el comandante había logrado decir lo que ellos nunca habrían podido, y asimilaron como propio aquel mensaje de franqueza. Así las cosas, el comandante terminó por convertirse en la voz de los que no tenían voz.
Pero esto era inaceptable para las élites. Por eso, cuando el país marchaba por la senda victoriosa del progreso y el desarrollo sucedió lo impensable. Una comisión de alto nivel del Imperio del Mal decidió visitar al presidente “con el ánimo de tender puentes de amistad”. El comandante los recibió con los brazos abiertos pensando que esto significaba la aceptación y el respeto en medio de la diferencia. Nada más lejano de la realidad.
El verdadero propósito era aliarse con sujetos proclives a destruir al comandante y a su gobierno. Orquestaron un violento golpe militar con el concurso de algunos elementos radicales de las fuerzas armadas y el mismo grupo de pudientes que no aceptaban las políticas sociales ya que eso les significaba la pérdida de su supremacía desde siempre heredada y una inadmisible aspiración de igualdad que podía aniquilarlos.
Entonces ocurrió lo inimaginable, mientras los golpistas secuestraban al comandante y de paso también a la democracia misma, el pueblo entero salió a las calles de todos los rincones de la patria para pedir su libertad. Fueron cuatro días en los que el país quedó paralizado por completo, la gente se instaló en las plazas, en las avenidas, en los parques, en los establecimientos, gritando y coreando el nombre del presidente, hasta tal punto que les fue imposible seguir manteniendo la usurpación y debieron regresar al presidente porque corría el riesgo que se desatara una lluvia de sangre.
El golpe contra el comandante había fracasado. El pueblo estaba de nuevo en el poder, y ésta vez de manera definitiva, ríos humanos lo trajeron de vuelta hasta el palacio de gobierno, sus aguas cristalinas venían provistas de rostros llenos de esperanza, de rostros cargados de ilusión porque por fin tenían la posibilidad de soñar con un futuro mejor. Los saboteadores salieron por la puerta de atrás, huyendo como un perro traicionero cuando ataca a su amo, hirviendo de rabia por su fracaso, resguardados en el sofisma de que ese era un maldito pueblo que no merecía atención alguna y que, al fin y al cabo, habían ganado porque al menos estaban vivos. Con eso se conformaban, aunque los muertos como siempre los había puesto el pueblo.
Unos meses después de la fatídica visita imperial, el comandante despertó a media noche con un insoportable dolor abdominal, tomó una pastilla cualquiera que encontró en su botiquín, convencido de que se trataba de aquello que los tecnócratas de la salud llamaban estrés, y descansó. Soñó entonces que un río enfurecido y embarrado se precipitaba, salido de su cauce, sin control alguno, sobre la casita en donde había pasado su infancia, la cual era por demás, aquella en la que había empezado a incubar la utopía de construir un mundo más justo para todos.
Al siguiente día despertó con la certeza, no de haber soñado sino de haber vivido una verdadera desgracia, ya que las imágenes aún latentes y con realismo irrefutable, le hacían sentir que su casa había desaparecido, llevándose consigo todo cuanto tenía y quería en la vida.
El dolor volvió pero esta vez más fuerte. Y ahora acompañado de otros síntomas, su espíritu indomable sucumbió ante la dura enfermedad. Sus horas interminables de consagración y trabajo comenzaron a ceder en intensidad y dedicación, pronto su cuerpo se debilitó y sintió la irremediable necesidad de la atención médica. Pero se hallaba intranquilo y vulnerable con la posibilidad de que su estado de salud fuera aprovechado por la inescrupulosa oposición para hacerse con el poder, razón por la cual prefirió viajar hasta un país hermano, reconocido a nivel mundial por su preparación científica y su calidad ética, por su liderazgo y su entrega en pro de alcanzar el bienestar humano, para conocer de primera mano qué era lo que le estaba sucediendo.
Luego de una serie de análisis, con técnicas altamente sofisticadas, los equipos más avanzados y el personal médico mejor calificado, se llegó a la conclusión de que el comandante presentaba un tumor de células malignas localizado en la glándula pancreática, esto traducido a español puro indicaba que el presidente más amado en la historia de la humanidad padecía cáncer de páncreas.
El mundo estaba atónito y perplejo. Cómo podía un hombre tan vigoroso y sano, estar ahora aquejado de semejante enfermedad. La respuesta era clara y contundente, aquel Imperio había aprovechado la cercanía con el comandante para inocular mediante quién sabe qué dispositivo alguna sustancia capaz de desencadenar la aparición de aquellas células precisamente dónde éstas eran menos susceptibles de controlar.
El tratamiento no se hizo esperar. Una serie de terapias combinadas fueron aplicadas de inmediato, pues el tumor se encontraba en un estado muy avanzado. El comandante desde un principio fue realista en entender que ese tipo de tumores eran muy agresivos y que le esperaban momentos verdaderamente difíciles, pero no perdió la fe en Dios. Fue el inicio de la verdadera lucha.
En una demostración de cariño y afecto, miles de personas alrededor del mundo se despojaron de su cabello y lucieron calvos y calvas, tal como la nueva imagen del presidente se les presentaba ahora, los principales líderes de todas las religiones entraron en ayuno y oración con tal que ese sacrificio significara la salud de tan amado personaje. Pero la oposición y sus detractores en cambio se burlaban de él, haciendo gala de humor negro, se burlaban de su estado, recordando ingratamente como hubiera sido objeto de burla nuestro señor Jesucristo ante la violencia de la crucifixión.
Hasta el último momento de lucidez soñó con la posibilidad de regresar para brindarle a su gente lo que le habían negado en tanto tiempo. Una vez en la soledad de su conciencia se sentó ante un espejo y lloró amargamente en la incertidumbre de su tristeza. Se preguntaba una y otra vez por qué tuvo que sucederle esta desgracia pero se refugiaba en la tesis de que todo hombre importante debía sortear cualquier obstáculo antes de alcanzar la gloria.
Finalmente una fría tarde de Marzo, cubierta de una llovizna pertinaz y melancólica, como el llanto de los santos, el gobierno anunció que el comandante había decidido abrir la puerta que habría de conducirlo hasta la eternidad y que su historia de grandeza apenas comenzaba a escribirse.
FIN
lunes, 15 de noviembre de 2021
EL PRESIDENTE
EL PRESIDENTE
Por fin había llegado el día. La imagen fugaz que desde niño lo perseguía finalmente se hacía realidad. Un profundo sentimiento de satisfacción personal invadía todo su ser. Todo lo que tuvo que sufrir y hacer sufrir estaba perfectamente justificado.
Miró el reloj de su habitación, iban a ser las tres de la mañana. Cuando el reloj volviera a estar en esa misma posición (doce horas más tarde), la ceremonia ya habría comenzado. Se asomó por la ventana y descubrió la inmensa plaza central completamente vacía, como un cementerio.
Pero dentro de doce horas, a las tres de la tarde, el panorama sería totalmente diferente. Estaría llena de gente, principalmente de ricos pero también de pobres, de esos cuya conciencia no vale más que un pan con gaseosa; seguramente, una partida de imbéciles adornaría con pancartas estúpidas el ambiente de fiesta; otros en cambio, corearían su nombre entonando “vivas” al ritmo de una que otra copla mal elaborada. El país entero, desde los parajes más inhóspitos hasta las ciudades más pobladas estaría celebrando su ascenso al poder, una ovación ensordecedora recorrería sin rumbo fijo las calles pequeñas y las grandes avenidas, proclamando su investidura como el nuevo presidente de la república.
Seguramente, vendrían miles de periodistas desde diferentes partes del mundo, grandes personalidades y malos gobernantes se sentarían a su lado, sin importar los valores colectivos sino los intereses particulares, simplemente para alimentar esa sustancia putrefacta, verde y viscosa llamada política, famosa por ser capaz de corromper el espíritu más inmaculado.
Claro, ya en privado brindarían a la medida de una costosísima botella de vino por la salud y la suerte del mandatario, y cuando el alcohol llegara a la sangre y empezara a calentar los ánimos, aparecería el clero (representante de Dios en la tierra), maldiciendo su naturaleza abstemia, con una que otra oración mil veces repetida y un absurdo movimiento de manos como signo de bendición divina para el nuevo gobierno.
Mujeres bellísimas se saludarían sin darse la mano pero con prominente beso en la mejilla generalmente hipócrita, mientras palabras incoherentes que danzaban al compás de una sinfonía de ademanes hostigantes, contextualizarían una situación casi siempre incomprendida, y un tejido de frases indescifrables adornarían una conversación insípida que usualmente terminaba donde mismo había comenzado.
Afortunadamente para él, su madre estaría a esa misma hora sentada en una vieja silla, mirando un paisaje que no le pertenecía a través de una pequeña ventana en un hogar para viejos abandonados, situado en algún país lejano, tan lejano que fuera capaz de mantenerlo a salvo de su presencia, la garantía de que sus inoportunos comentarios no serían recogidos por nadie estaba asegurada, los secretos de su vida pasada seguirían guardados.
Por el contrario, la mujer que le sirve de compañera, estaría junto a él, elaborando una escena de amor eterno, aparentando una réplica de pareja ideal, hasta que intempestivamente sus miradas verdaderas se encontraran y él pudiera descargar ese torrente de desprecio que le sentía, mientras agradecía que el odio que le profesaba no fuera reprimido sino que pudiera desprenderse a través de sus ojos perdidos.
En ese recuento de personas que estarían a su alrededor, percibió el vacío de sus hijos, de esos hijos que nunca ha tenido y que pensando bien, además de ese momento de protocolo, no ha necesitado jamás, porque según él, eran solamente un nido de molestias inesperadas, definitivamente la vida no podía perderse en criar hijos que lo único que acarreaban era la inversión de unos esfuerzos que nunca recibían recompensa.
Ante tales suposiciones, hizo cálculos mentales para hallar el valor de una crianza, pretendía encontrar una fórmula matemática para simplificar el ejercicio pero pronto comprendió la complejidad de la operación, descubrió una cuantía que crecía progresivamente y decidió abandonar la empresa a mitad de camino porque los números habían superado la inquietud, y sus razones estaban perfectamente refrendadas.
De manera inevitable llegó hasta su memoria, el recuerdo de aquella mujer hermosa cuyo nombre no recordaba pero que estaba casi convencido que era hija de un tal señor Pascal, de mucho dinero, que una noche cuando estaban haciendo el sexo, le preguntó por qué razón no tenía hijos, él le contestó que era por pura suerte, la mujer le refutó con una carcajada brusca, y agregó con cierto sarcasmo que si era por pura suerte o por pura esterilidad. Al otro día la joven mujer amaneció tirada en una calle de la zona de tolerancia con cuarenta y ocho puñaladas en el cuerpo, a su vez los encargados del asesinato aparecieron dos horas después al otro extremo de la ciudad con dos tiros de gracia en la frente, propiciados con proyectiles cargados de cianuro; sin embargo, el número de puñaladas no fue casualidad, esa cifra representaba la cantidad de mujeres que él había poseído hasta ese momento, pero como fue tan grave la afrenta, sintió un profundo pesar de que no hubiera sido la mujer cien de su vida.
-¡Maldición!- exclamó el presidente.
Por qué tuvo que llegar hasta su memoria ese maldito recuerdo en este preciso instante, pensó en voz alta. Entonces se vislumbró en su mente, el inmenso torrente de sangre que había corrido desde el día aquel en que se había propuesto llegar ser presidente de la república.
Tres y quince. El hombre, próximo a convertirse en jefe de estado, decide afeitarse, mientras lo hace, trata de darle un repaso general a su vida. Pero lo hace con cuidado, temiendo que el enorme torrente sea un descomunal océano. Con su mirada clavada en el espejo, descubre en su figura externa, una apariencia muy bella, incapaz de engendrar tanta maldad.
Maldad que había comenzado hacía ya mucho tiempo, exactamente cuando tenía seis años, y era apenas un niño tan tierno e inocente como cualquier otro, con la misma capacidad de guardar en su alma detalles imborrables de la memoria, heridas que perturban y perduran eternamente.
Aquel infausto día, estaba almorzando cuando el gato de su casa (probablemente el único ser que ha querido en toda su vida), por alguna razón desconocida, saltó sobre su plato y robó su carne. Entre asustado, sorprendido, enojado y entristecido, el niño tan sólo acató a perseguir el felino, pero este por su intrepidez, lograba escabullirse una y otra vez. Los abuelos del niño, únicos testigos del acontecimiento, reían estrepitosamente y el niño, absorto e incrédulo, se sentía el protagonista central de una escena ridícula, era el artífice de la comedia.
Cuando finalmente lo atrapó, quiso descargar contra el pobre animal toda su ira y sin mucho esfuerzo pronto concibió el castigo perfecto, el atrevido debía ser echado a la nevera, era una lección merecida. Pero con tanta labor, propia de un niño de su edad, olvidó regresar para sacarlo, y cuando lo hizo el gato estaba completamente congelado. El niño había matado a su mascota. El ser que sin condición le brindaba su amor ya no estaba en este mundo. El ser con el que compartió los mejores momentos de su vida ya había partido para siempre.
Semejante despropósito desató un caos en el seno de su familia, no entendían como la insipiente personalidad del pequeño hubiera dictado tal sentencia. El niño tierno e inocente, lloraba de manera inconsolable por última vez y la vida misma le daba así la bienvenida al mundo real que lo rodeaba, sería posiblemente de lo único que tendría que arrepentirse en toda su existencia.
Tras ese incidente, adquirió la mala costumbre de querer vengar la muerte de su gato con la muerte de otros animales. Primero fueron insectos, luego aves, después mamíferos y cuando el reino animal no le alcanzó para calmar su sed de venganza pasó al reino de los humanos, disfrutaba causándole males a sus compañeros del colegio, a sus vecinos del barrio y a los amigos de la familia, pero pronto descubrió que todo era insuficiente, sentía que caía en una espiral, en la cual el hecho siguiente debía superar al anterior para tener justificación y temió recorrer caminos ilimitados, alcanzar metas insospechadas, pero una tarde lejana tras cumplir sus doce años, mientras observaba una fotografía en la que aparecía él, su gato y sus abuelos, comprendió cual era la verdadera causa de su desgracia: sus abuelos.
Duró muchas noches pensando de qué manera ellos debían pagar su culpa, la idea apareció como una estrella fugaz, una madrugada de insomnio, una solución que aunque oprobiosa debía ser ejecutada sin compasión y de inmediato, bajó hasta el garaje y envenenó los frenos del auto en el que todos los sábados sus abuelos salían a hacer mercado. Preciso. Ese sábado, pocos momentos después de haber salido de casa, el teléfono infernal comenzó a sonar, era la policía para avisar que en un lamentable accidente de tránsito, sus abuelos habían fallecido. Peor aún al perder el control del auto no sólo causaron su propia muerte sino también la de cuatro peatones más que a esa hora esperaban el autobús para ir al trabajo.
Ante semejante tragedia, el muchacho con una tranquilidad sin igual, comprendió que poseía un don particular para alcanzar a través de la maldad cualquier cosa que se propusiera, ya que con la muerte de los padres de su madre y de esos pobres inocentes, su alma se reconfortó ligeramente tras un remordimiento inicial que pronto desapareció al entender que ahora sí, la injusta muerte de su gato había sido bien vengada.
La relación con su madre fue siempre muy tormentosa, debido a que desde pequeño aprendió a sobornarla fácilmente, comenzó a pedirle cosas cada vez más difíciles, a sabiendas que ella accedería sin ninguna condición y cuando la mujer intentó reaccionar ya era tarde, porque la amenazaba con irse de la casa, con enfermarse, con dejar de quererla, con suicidarse. Con esos argumentos tan sólidos, la mujer nunca tuvo otra alternativa que ceder y terminar de convencerse que sería la forjadora de un gran hombre, de un hombre ejemplar sobre el cual reposaría el sustento de su vejez.
En ese preciso instante apareció en su mente la imagen de su padre, surgió como un destello repentino que se apagaba y se encendía paulatinamente, con esa perturbación a cuestas, se esforzó por pensar en otra cosa pero no lo logró hasta que se prometió que la próxima vez que su recuerdo se cruzara en su pensamiento, iba a desplegarse sin ninguna contemplación, un mosaico de ideas brotó de la nada y una de ellas acaparó su atención.
Estaba ubicado en una tarde cualquiera de sus quince años, y dos deseos nuevos comenzaron a perseguirlo con insoportable vehemencia, la obsesión de poseer el mayor número de mujeres posibles y la alucinación de llegar a ser presidente de la república.
Tres y veinte. El presidente siempre ha tenido el leve temor de que al deslizar la cuchilla suavemente sobre su rostro, ante un mal movimiento, esta pueda cortarlo, por eso se afeita con gran sigilo, pero a pesar de tanta cautela, sufre una pequeña cortada que de inmediato lo traslada a su época universitaria.
Con algo de sacrificio y mucha astucia, logró estudiar medicina en una de las universidades más importante del país, y allí descubrió varios elementos íntimamente ligados a su personalidad como la sangre, la muerte, la destrucción, la repugnancia y otros que le hicieron sentirse a la perfección. Aún seguía el recuerdo del gato persiguiéndolo sin misericordia y aunque ya lo había vengado varias veces, sólo hallaba equilibrio mental en el hecho de propiciar un acto cargado de tanto dolor, que fuera suficientemente superior al anterior como para permitirle calmar su equivocación.
En realidad, académicamente nunca fue muy bueno, aunque a decir verdad poseía un talento tan extraordinario para sorprender, que tanto compañeros como profesores, no terminaban de debatir sus ideas cuando de su mente surgía otra, eran conceptos que al principio sonaban descabellados pero que poco a poco iban encontrando tanta aceptación que terminaban por imponerse en la práctica.
No podrán refutar nunca que fue él quien sugirió, que ante la escasez de cadáveres para realizar las prácticas médicas, debían utilizar cuerpos de alguno que otro indigente previamente asesinado para adelantar los estudios biológicos correspondientes, de tal forma que no sólo les ayudaba a ellos a cumplir sus deberes académicos sino también ahorrarle valiosos recursos a la universidad, limpiar la ciudad de tan execrables seres y de paso mandarlos a descansar de esa miserable vida. Realmente había sido una idea genial.
Fue precisamente allá, en la universidad, donde conoció al hombre que de alguna manera se convirtió en el artífice central de su obra porque le enseñó el método de ganar dinero de manera fácil. Pero como en la antigua epopeya en la que el discípulo supera al maestro, tuvo que eliminarlo para asegurarse el control absoluto del negocio y la realización completa de sus sueños.
Un día cualquiera, aquel amigo le propuso que le prestara una pequeña cantidad de dinero que necesitaba con urgencia, con la condición que si le hacía tan grande favor en sólo cinco días recibiría como recompensa el doble de lo prestado. El futuro presidente accedió con el único propósito de hacerlo caer en desgracia, porque era un tipo que le caía mal y estaba convencido que el hombre nunca podría cumplir su promesa. Pero se había equivocado. Cinco días después del préstamo, lo vio llegar hasta él, con el doble del dinero que le debía, no sólo cumplió su palabra sino que también en agradecimiento lo invitó al mejor burdel de la ciudad para disfrutar de una orgía romana con las prostitutas más deseadas y el licor más caro.
Todo lo que se tejía alrededor de ese negocio, le producía un enorme placer, ya que tras el dinero se escondía un manto de poder y sexo, que colmaba a plenitud su exigente nivel de satisfacción personal, elementos que se complementaban de manera ideal con la sencillez del negocio. Por todos esos detalles decidió desde aquel mismo día, buscar el espacio preciso para entrar en él, de tomarlo como su proyecto de vida, para que más adelante se convirtiera en el instrumento que le permitiera alcanzar el propósito fundamental: llegar a ser el presidente de la república.
Se trataba de cultivar una pequeña planta que producía una sustancia con la increíble capacidad de transportar a su consumidor hasta el paraíso. Por esa característica especial la gente estaba dispuesta a pagar lo que fuera con tal de vivir esa sensación, estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de sentir esa experiencia; ahí radicaba el éxito del negocio y su singular rentabilidad. Las posibilidades eran magníficas.
Pero su amigo no la cultivaba, le pagaba a algunos campesinos para que ellos lo hicieran. Era tan buena la utilidad que él mismo suministraba las semillas, los nutrientes, los insumos, el agua, y aun así, les compraba toda la producción. De esa manera se articulaba una poderosa cadena productiva en la que todos ganaban, unos de una forma y otros de otra pero todos participaban de tan lucrativa actividad.
Fue él mismo, el presidente, quién replanteó el negocio, así logró que las ganancias se multiplicaran. Lo primero que hizo fue asumir el cultivo. Para ese fin estableció un régimen de terror, mediante el cual a sangre y fuego usurpó las tierras a los campesinos, bajo la premisa de que quién se opusiera sería asesinado junto a toda su familia. Su palabra se convirtió en ley y su pensamiento en mandato.
Consiguió fundar una verdadera empresa. Redujo notablemente los costos de producción, mejoró ostensiblemente el control de calidad, amplió los canales de distribución, diversificó los medios de comercialización, pero lo más importante que realizó fue eliminar la competencia, asegurándose para sí, la comercialización del producto y la exclusividad del negocio. El mercado era suyo.
La utilidad aumentó de manera desproporcionada, el crecimiento superó todos los pronósticos; de pronto, el presidente se encontró sumergido en un inmenso caudal de dinero que poco a poco iba alimentado su hambre de poder, un apetito caníbal que no lograba satisfacerse, un tumor maligno que no conseguía detenerse, la corriente descontrolada de sus deseos arrastraba todo cuanto encontraba a su paso.
Tres y veinticinco. Por más cuidado que el presidente tiene, no logra evitar el desliz de su mano, el movimiento inexacto de la máquina en su rostro indica inequívocamente que se encuentra nervioso, se trata ahora de una cortada leve, menor que la anterior, que se dibuja en la parte derecha del mentón, es una señal precisa que lo envía a lo más recóndito de su profesión: la medicina.
Nunca la ejerció, entre otras cosas porque no tuvo necesidad de hacerlo pero por sobre todo porque no le gustaba, si en algún momento de su vida tomó la determinación de hacerse médico lo hizo solamente con un propósito: el de encontrar a través de su carrera el método que le permitiera explorar con mayores posibilidades de éxito, la técnica exacta para alcanzar sus dos mayores obsesiones: el dinero y las mujeres.
Siempre había creído que los médicos eran formados en ausencia total de ética y que condicionaban su proceder al factor económico, claro que no eran los únicos, eso mismo sucedía con los abogados y con cualquier profesional que gracias a sus conocimientos, engañaban y estafaban sin ninguna compasión a los incautos que requerían sus servicios, y eso lo hacía sentir bien, porque era exactamente lo que buscaba al desempeñarse como un profesional de la medicina. Gracias a que no ejerció, el mundo se salvó de haber conocido una verdadera lacra de la ciencia.
Ese fue su amigo, un incauto que sucumbió ante su talento, fue como un paciente que requirió sus servicios. Matarlo a él, a su papá, a su mamá y a su hermana ha sido de las cosas más fáciles que ha hecho en su vida. Un asado. Se compra la mejor carne, se adoba de la mejor manera, se pone a asar en las brasas, al aire libre, se acompaña con papa, yuca y ají, se da de beber una buena cerveza y ya tenemos un banquete al que es imposible decir no. Pero este banquete llevaba un ingrediente más: cianuro. Más demoraron en probar la comida que en caer al piso y morir envenenados. De esa forma se convirtió en el amo absoluto del negocio; sin remordimientos, él mismo los recogió y los echó al río, el mismo del que nunca los pudieron sacar. De no haber tomado esa decisión, nunca habría llegado al punto donde hoy se encontraba.
Bueno, en realidad, los peldaños que siempre había escalado de forma brillante, encontraban su sustento en el hecho de que a pesar de todos sus crímenes, jamás su nombre fue puesto en tela de juicio, y si en algún instante de su existencia, alguien hubiera intentado poner en duda su dignidad, sería su pericia la que le habría permitido vencer cualquier vicisitud, porque aprendió a manejar el arte del soborno de la mejor manera y así pudo comprar cuanta conciencia quiso, esa es una virtud con la que se debe contar a la hora de florecer.
Solamente una vez, un colega suyo, un tal doctor Eliseo, intentó quebrantar su imagen, curiosamente sucedió la única oportunidad en que el presidente estuvo cercano a la muerte, y no fue porque alguien hubiese tenido la osadía de atacarlo sino por una sobredosis de su propio alcaloide. El entonces insipiente político y empresario revelación, envuelto en una repentina ola de estrés, encontró refugio en la variedad más concentrada, pero perdió el control y terminó en la sala de urgencias de un hospital de la ciudad, en donde nadie se atrevió a dar información acerca de su situación.
El “imbécil” se atrevió a sugerir que los síntomas que él presentaba eran compatibles con los de un cuadro de sobredosis por alucinógenos. Al otro día el doctorcito amaneció tirado en un parque, con la lengua cortada y un disparo en la frente, también apareció sin el anillo de grado ni el reloj de pulso, para que todo apuntara a un caso de hurto, ojalá “eso le hubiera servido para dárselas de muy hombrecito en el mismísimo infierno”. Días después, los principales diarios del país señalaron que se trataba de una afección metabólica pasajera llamada hipoglicemia y se organizaron liturgias para orar por su pronta recuperación, oración tan efectiva que horas después se encontró de nuevo al frente de todas sus actividades.
A medida que el futuro presidente iba adquiriendo relevancia nacional se fue acostumbrando a la necesidad de eliminar todo rasgo de oposición, pero lo hacía con tal sutileza que todo parecía dentro de un proceso natural en el que no cabían responsables. Especialmente enfiló baterías contra lo que él consideraba “bichos raros”, personas cercanas al partido comunista, que soñaban con la construcción de un país más justo para todos pero que para él no eran más que una cofradía de bandidos, vulgares bandoleros que ponían en peligro su riqueza y sus intereses políticos, y sobre todo, que propagaban una teoría basada en dos palabras que francamente él detestaba: justicia e igualdad. Así se dio a la tarea de crear poderosos ejércitos paramilitares, especializados en la eliminación de sus opositores y sus seguidores, formando una organización que actuaba de la mano con la fuerza pública en la ejecución de procedimientos macabros, estableciendo así una alianza de terror a su servicio.
Que días tan hermosos aquellos en los que con alevosía y sevicia alcanzaba sus propósitos, que bellos fueron esos tiempos en que esos elementos tan profundamente ligados a él, estaban a sus disposición para acabar con esa plaga de comunistas, socialistas, obreros, campesinos, estudiantes, docentes, que merecían morir de la peor manera posible, por atreverse a pensar en justicia e igualdad, había que acabar con ellos y con toda su parentela para que el problema fuera eliminado de raíz y no pudiera reaparecer después.
En este punto, el presidente evitó entrar en detalles porque estaba convencido que tras ellos se escondía un agujero negro de la historia, que tras ellos la dignidad humana había alcanzado el nivel más bajo, detalles que en las instancias cercanas de su soñada posesión no podía permitirse recordar porque necesitaba estar muy tranquilo, entonces pasó la hoja de su mente, trastabilló en uno que otro recuerdo sin importancia, y quedó con la mirada fija en el espejo para comprobar en qué punto se encontraba su afeitada.
Tres y treinta. Un prodigio de la naturaleza le ha permitido al presidente borrar sus cortadas, sus heridas prácticamente han sanado, ahora son unas pequeñas protuberancias que tan sólo se perciben si se observan fijamente, la afeitada ha terminado y solamente restan algunos detalles menores.
Entonces recuerda a su padre, lo deja para el final porque significa para él, el ser más repugnante que el mundo le ha prodigado, sucede que en algún momento descubrió que todos sus males tenían un solo origen, que todos sus errores tenían una sola causa, todas sus desgracias convergían en un solo punto: en el individuo aquél que el destino le había determinado como padre.
Jamás vivió con él porque cuando se enteró que su madre se encontraba embarazada, la abandonó sin ninguna explicación dejando a los dos a la deriva, a la misericordia de sus abuelos, mientras que él se daba la gran vida, disfrutando de todo tipo de placeres.
Entre otras cosas, esa era también una de las razones que lo habían impulsado a llegar a ser presidente; demostrarle a su padre cuán lejos podía llegar sin su ayuda pero por sobre todo, poder propiciarle una dura lección de venganza y por tanto de justicia.
Un día envió a sus hombres más temerarios para que lo trajeran, les pidió que fueran hasta su casa; eso sí, no les mencionó de quién se trataba, solamente les insinuó que debían infligirle un gran sufrimiento, claro que sin llegar a matarlo, porque se trataba de un maldito revolucionario, que ponía en peligro su proyecto político para refundar el país, y que era necesario que él mismo lo contuviera con sus propias manos.
Lo trajeron hasta una de sus fincas, una que estaba ubicada en medio de la selva inhóspita, la inclemencia del clima propiciaba el desarrollo de toda clase de bichos e insectos, capaces de producir las enfermedades tropicales más terribles, el calor insoportable agobiaba el organismo más resistente y la espesa maleza tupía un paisaje de horror del que era imposible escapar, y si aún todo esto no era suficiente, en las noches era imposible conciliar el sueño ya que un ejército de reptiles hostigaba el lugar con el ánimo de alejar cualquier intruso.
Ordenó que lo amarraran a un árbol inmenso de mango biche y que no le dieran nada de comer ni de beber durante siete días, pero debido a su edad adulta y a su origen sedentario, las condiciones ambientales pronto hicieron mella en él, y fue cayendo en un estado de postración tal, que quienes lo estaban cuidando creyeron que se estaba muriendo, entonces apareció el hijo, el mismo que el ahora viejo decrépito había abandonado un día, y que tiempo después sería presidente de la república, venía con intención clara de prestarle ayuda, la misma ayuda que el progenitor le prestó cuando él la necesitó, y ni siquiera en ese momento de sensibilidad el descendiente mostró algún signo de debilidad.
Ya frente a frente, el presidente le confesó que era su hijo, pero que no tenía nada de qué preocuparse, puesto que él estaba ahí para liberarlo de semejante mal, le expresó que cualquier error del pasado estaba saldado y que de ahora en adelante, serían los amigos que nunca habían sido, entonces le preguntó si quería comer algo, que sin temor le pidiera lo que quisiera y que él se lo traería de inmediato, el viejo se quedó mirándolo fijamente y una ola de lágrimas inundaron sus ojos, atrapando una mirada tierna que escapaba de lo más profundo de su alma.
Carne de res, carne de cerdo, arroz y plátano, papa y yuca, todo en grandes cantidades, preparado delicadamente y con los más exquisitos sabores, una bebida deliciosa que incluía gaseosa y cerveza acompañaba el banquete y apaciguaba la picante salsa de ají que hacía aún más excitante la bandeja, haciendo de esa la recompensa ideal para varios días de hambre y sed en el mismísimo infierno.
El presidente puso la comida al lado suyo y comenzó a hacer una remembranza de su niñez y un recuento de su vida; el viejo, aún amarrado, le pedía que por favor lo soltara y le escucharía con la mayor atención, pero la exposición del hijo se fue extendiendo indefinidamente, la ironía y el sarcasmo fueron adornando cada palabra, cada frase, y la solicitud del padre se fue tornando una súplica. A medida que la conversación avanzaba, la comida se iba acabando porque el presidente no dejaba de consumirla, lo hacía con una avidez tan exagerada que no le permitía oír los ruegos del viejo, que terminaron siendo gritos lastimeros que se extendieron por toda la selva como el llanto de algún espanto mítico.
Finalmente, el padre entendió de qué se trataba todo, un aguacero que parecía réplica del diluvio universal acortó la agonía, porque el hijo corrió a resguardarse de la lluvia, mientras que él, aún amarrado al árbol observaba cómo un poco de comida y algunos huesos que sobraron, terminaron en las fauces de los perros que llegaron al lugar atraídos por el olor del banquete sensacional que se había servido. La misma nube de lágrimas volvió a aparecer en el viejo pero esta vez de forma más densa, su mirada se clavó en el monstruo que se alejaba paulatinamente, y siguió observándolo hasta cuando ya no lo pudo hacer porque la muerte lo había sorprendido en el cumplimiento de una deuda inaplazable.
Al otro día, supieron que el viejo había muerto porque una bandada de buitres comenzó a sobrevolar el lugar, atraídos por el nauseabundo olor de la carne humana en descomposición. Ya por la tarde el presidente quiso asomarse pero no fue necesario, pues las aves asociadas a la muerte ya habían desaparecido, signo inequívoco de que su tarea estaba cumplida. El horizonte pintaba despejado, el sol radiante que empezaba a teñirse de rojo, anunciaba un atardecer majestuoso y romántico. A esta altura, el diccionario del presidente ya desconocía el significado de dos palabras: piedad y perdón. Con sobradas razones estaba demostrado que la habilidad del presidente para alcanzar sus propósitos no tenía límites.
Impresionado por ese recuerdo impertinente, el presidente prefirió pensar en otra cosa, quizás en algo efímero y fantástico, hizo un esfuerzo pero no lo consiguió porque casi siempre aparecían imágenes reales cargadas de violencia, intentó coger el agua fría con sus manos y arrojarla contra su rostro pero casi toda escapó entre sus dedos; entonces determinó que era la hora de tomar un baño, un prodigioso baño de agua caliente que lo reconfortara, que abriera su mente a pensamientos menos oscuros, y que cerrara de una vez por todas esas escenas que estaban grabadas en su vida, y que las más inmundas, que ni siquiera se atrevía a recordar en la intimidad de su conciencia, quedaran borradas para siempre.
FIN
lunes, 8 de noviembre de 2021
EL POLLO ESPERADO
EL POLLO ESPERADO
El patrullero Durán despertó aquel día sin igual con una extraña sensación en la boca del estómago. Era algo difícil de describir. No alcanzaba a distinguir si lo que sentía era dolor, ardor, ambas cosas o quizás ninguna. Hizo un esfuerzo para recordar qué había sucedido la noche anterior para descifrar de qué se trataba todo esto y halló la respuesta a su inquietud.
Después de una discusión con su amada por un mensaje en su celular que ella no supo explicar, el patrullero se exaltó de tal manera que antes que pasara a mayores, prefirió irse. Recordó que no se despidió de ella y que al llegar a su casa terminó una botella de ron empezada, cuando sintió que el alcohol comenzó a hacer efecto, buscó algo de comer y halló que no había nada para calmar su apetito entonces decidió irse a dormir. La fuente de su malestar no era otra que aquello que el ser humano denominaba hambre.
Se trataba de un hambre tenaz, algo así como lo que llamaban agonía, una especie de presión en el espinazo que le impedía dilucidar sus pensamientos y sus sentimientos. Entonces pensó que lo mejor era levantarse rápido, bañarse y afeitarse para ir afuera a comer algo antes de que entrara a trabajar.
Se puso su uniforme bien planchado y lustró sus zapatos de charol lo mejor que pudo. Lucía impecable. Salió de inmediato en su motocicleta e hizo un repaso mental de qué podía comer y en dónde, pero cuando estaba a punto de hallar la opción ideal, tuvo la mala fortuna de mirar su reloj de pulso y percatarse de que era muy tarde. A duras penas tenía el tiempo suficiente para llegar al trabajo.
Alcanzó a considerar que primero desayunaría y después iría al comando, que inventaría algún pretexto para justificar su retraso, pero imaginó la contrariedad con el comandante y prefirió evitarle un disgusto, intuyó que lo mejor era presentarse primero, y luego, ante cualquier oportunidad, salir a comer algo, así fuera a la tienda, a este punto ya no pensaba en preferencias ni delicias, se trataba simplemente de sobrevivir.
Trabajaba en un comando móvil de policía, se había hecho agente de la policía nacional hacía casi diez años, más por necesidad que por convicción, como muchas veces él mismo lo dijo en privado, “porque no había nada más en qué trabajar”.
Estaba algo aletargado, no era capaz de pensar en nada, ni de concentrarse. Analizaba si esa incapacidad intelectual se debía al hambre que estaba trozándole el alma, o si era acaso, que había algo más de fondo.
-En eso también tienen razón esos malditos comunistas hijos de puta, nadie puede hacer nada con el estómago vacío- pensó mientras se aproximaba al comando.
Al llegar notó la presencia de una camioneta negra blindada, y a varios de sus compañeros dispuestos como escoltas. Se trataba del general, que de vez en cuando, visitaba los comandos móviles, y hacia reunión con el personal para cerciorarse de su correcto funcionamiento.
-Dios mío, ahora reunión y yo con esta hambre- pensó.
La reunión se prolongó por dos o tres horas, Durán estaba al borde del desmayo. Oyó las palabras del general más no las escuchó. Le imploró a Dios que terminara pronto, que su jefe se fuera a su casita rápido para visitar a su mujercita o a su madrecita, o al mismísimo infierno si podía, pero que de todas maneras esto acabara de una buena vez.
Al fin de cuentas el general finalizó la reunión. Eran las once de la mañana, hacía casi 24 horas que Durán no probaba nada, estaba pálido y se sentía sin fuerzas. De repente tuvo una idea genial. Un pollo. El más grande y el más exquisito, con papa y arepa, con ají y gaseosa, que le sirviera de una vez por todas de comida, de desayuno y de almuerzo, para disipar esa sensación que pretendía doblegarlo y que prometía aniquilarlo.
Buscó la guía telefónica y encargó el pollo, en el restaurante más cotizado, No importaba que costara lo que fuera. La única condición era que llegara lo más pronto posible, era cuestión de vida o muerte. Ahora había una sola cosa por hacer: esperar.
Hasta que por fin llegó el pollo esperado. Su mirada perdida se transformó en el resplandor de la alegría. Pagó y recibió las vueltas. Empezó a desempacarlo con un gusto cercano al placer cuando el maldito teléfono comenzó a sonar sin descanso. Al otro lado de la línea una mujer angustiada suplicaba su presencia para evitar una desgracia.
Entre la incertidumbre de sentarse a comer o atender el llamado, Durán sucumbió ante su propio reclamo de cumplir primero con su deber, con tal suerte que a tan sólo dos cuadras del comando, un vehículo que transitaba a gran velocidad terminó arrollando la motocicleta en la que el patrullero se movilizaba. El golpe fue mortal. Durán se fue a la otra vida, un mundo frío y vacío donde la palabra hambre no tenía significado alguno.
FIN
lunes, 1 de noviembre de 2021
EL HORMIGUERO
EL HORMIGUERO
Todos los días se iban para el jardín de su casa. Miraban los nuevos frutos del guayabo, disfrutaban el aroma de las flores multicolores, a veces veían las gotas de agua resbalando por las hojas verdes y frescas de las plantas, pero ante todo, observaban con atención y delicadeza el esmerado trabajo de las formidables hormigas.
Las arañas, tres o cuatro, entretejían telarañas esplendorosas alrededor del jardín, uniendo intrincados ramajes para sorprender algún que otro insecto despabilado que se cruzara por el camino, con el único propósito de atraparlo y convertirlo en su alimento, para poder sobrevivir de esta manera en un mundo cada vez más competitivo; las mariposas entretanto, escapaban raudas al sentirse presas de la pegajosa tela de sus adversarias, que a veces parecían sucumbir ante un lejano sentimiento de lástima por sus víctimas pero que en cualquier caso desestimaban, si en verdad querían levantar una descendencia digna de prolongar la especie.
Y más allá de las rosas y las violetas, al fondo del jardín, entre el pasto y la maleza, aparecían las hormigas, trabajadoras incansables, aprovechando al máximo sus posibilidades de tiempo y espacio, como un organismo múltiple con funciones individuales, construyendo enormes y perfectos hormigueros que servían de albergue para toda la comunidad, y de paso, a la contemplación humana, moviendo con gran esfuerzo, uno a uno, cada grano de tierra, hasta remover la cantidad necesaria para desarrollar las imponentes galerías, ejemplo de arquitectura para la desvalida civilización humana.
La niña y el niño, sustentaban su frecuente estadía en aquel lugar de la casa en el incomparable placer que percibían al presenciar de primera mano uno de los espectáculos más bellos de la naturaleza, y se congratulaban además en el juego de dilucidar el origen de aquella capacidad innata de construir tan complejas estructuras, que se constituían en un auténtico desagravio a la oprobiosa creencia de superioridad del género humano.
Pero no. La realidad era otra, más allá de observar el magno acontecimiento lo que verdaderamente incitaba a los niños a visitar el hormiguero era fastidiar a tan extraordinarios seres. Destruían sus senderos de comida, derrumbaban sus paredes, les tapaban los respiraderos, pero sobre todo, derramaban enormes cantidades de agua en el hormiguero, provocando que esta se desbordara en la superficie, dejando al descubierto el lastre de la inundación, con miles de individuos, que flotaban muertos en el promontorio de residuos que asomaba ante la mirada de satisfacción de los pequeños, que reían estrepitosamente ante semejante panorama. Era una guerra desigual entre la naturaleza representada por aquellos insectos majestuosos y aquellos niños traviesos en representación de la especie humana. Ese lienzo era el que se presentaba desafiante todos los días ante las abnegadas hormigas.
Hasta que un día todo cambió. Ante tanto improperio, los laboriosos insectos se cansaron y decidieron que tenían que defenderse, entonces esperaron a que los niños llegaran al hormiguero, como si fuera otro día cualquiera, y una vez allí, todos se enfilaron hacia ellos y dispararon un chorro de ácido fórmico, provocando que el niño y la niña redujeran su tamaño de manera drástica y quedaran a su mismo nivel.
De inmediato un batallón de hormigas soldados, o sea machos estériles, prendieron a los niños, y los llevaron ante la reina, con el fin de adelantarles un juicio sumario, con el cual pudieran responder por los ataques que le habían ocasionado a la comunidad durante tanto tiempo.
La colonia se reunió en pleno, en la plaza central de la galería; la reina, que más que una verdadera reina fungía como una auténtica diosa, lucía exuberante física y mentalmente, y era venerada y glorificada por todos, recibió entonces la visita de un grupo de respetados consejeros entrados en años, y entre todos éstos, uno tomó la palabra:
“Queridos compatriotas, desde tiempos anteriores hemos venidos siendo víctimas de estos niños de forma sistemática. Nuestra comunidad, pacífica como ninguna, ha sufrido de manera inclemente los ataques de estos pequeños representantes de la humanidad. Durante mucho tiempo los ignoramos a pesar de tanto daño, basándonos en su condición de niños. Creímos decididamente en que serían reprendidos por sus padres, o en que con el pasar del tiempo, a medida que ellos iban creciendo, su actitud también cambiaría y cederían en su comportamiento agresivo. Pero nuestra paciencia ha alcanzado el límite tras el infame ataque del día anterior, en el que el hormiguero fue inundado de manera atroz, con una manguera de uso industrial, la cual causó además de millones de víctimas, la destrucción casi total de nuestra sociedad, tanto en lo material como en lo espiritual. Y por eso estamos aquí, para que nuestra amada reina, tome una decisión que sirva de castigo a estos niños maleducados, y asegure la existencia de nuestra sagrada colonia, basados como siempre en la unidad y el servicio”.
Los niños permanecían absortos y ensimismados, como si estuvieran soñando despiertos, y no tanto por la singular situación sino porque además de todo, no lograban entender nada de lo que decían, ya que como es bien sabido, las hormigas de cada región al igual que los humanos de cada región hablan su propio idioma.
El consejero se acercó entonces a los niños y con voz intimidatoria preguntó:
-¿Qué es lo que pretenden ustedes, por qué nos hemos hecho acreedores de tanta maldad por parte suya?
Los niños permanecían callados y asustados.
El consejero volvió a preguntar pero se mostró molesto por la falta de respuesta, un silencio sepulcral se instaló en la colonia, y de repente una voz más suave surgió en el recinto:
-¡Es que ellos no entienden lo que se les está preguntando! Repuso entre la multitud una hembra que fungía en la comunidad como maestra.
-Yo viví en una casa de humanos mucho tiempo y aprendí a hablar español- agregó con humildad. Y a partir de ese instante se reprodujo en el ambiente, una traducción simultánea de todos los diálogos.
Entonces la maestra les contó de qué se trataba todo esto y tradujo al pie de la letra la inquisición del consejero. Los niños estallaron en llanto, en tanto que la asamblea, sorprendida, murmuraba sobre lo que estaba sucediendo, hasta que alguien al fondo comenzó a gritar desaforadamente, y el ambiente tendió a tornarse agresivo, por lo que los soldados irrumpieron en la escena asegurando el recinto, la reina observaba con detenimiento la situación y hacía con sus múltiples brazos señas que llamaban a la serenidad y el silencio.
La hormiga maestra tomó de nuevo la palabra. Ahora se mostraba como la abogada defensora en el juicio final, los niños seguían llorando con desconsuelo, mientras la comunidad rumoraba comentarios de distinta índole en favor de la culpabilidad de los pequeños.
-¿Por qué ustedes nos echaban agua? Preguntó la maestra.
-Era para ver como el agua salía por los huequitos - atinó a decir la niña.
-¡Claro!- exclamó de manera natural el niño, y agregó:
-Porque al salir venía el agua cargada de hojitas.
Entonces la maestra habló de nuevo, de un modo más suave, tratando de cautivar a los menos radicales del auditorio:
-Pero ustedes no se imaginaban todo el daño que nos estaban causando, eso destruía nuestros hogares, nuestras familias, el núcleo de nuestra organización que es el albergue de nuestra reina madre, donde a su vez había millones de niños como ustedes, indefensos e inocentes.
-¡Un momento!- aseveró el consejero, dilucidando que la maestra estaba incitando a la falsa creencia de que estaban frente a unos niños incautos.
Entonces el consejero asumió de lleno el papel de agente acusador y se extendió en el propósito de describir hechos crueles de los cuales supuestamente había sido testigo, con el objetivo claro de promover entre el público, la idea loca de que estaban frente a unos individuos altamente peligrosos, que requerían el peor de los castigos, que sirviera además de escarmiento no sólo para ellos sino para la humanidad entera.
Los niños, según su entender, todo cuanto acataban era llorar ante su infortunio, pero se reconfortaban en la figura y el parecer de la hormiga maestra, quién a partir de aquel instante adquirió también el papel de madre protectora, consolándoles entonces en la adversidad.
Con la cruel descripción de la hormiga consejero, la colonia asumió una actitud de agresividad hacia los niños, situación en la que inclusive debió intervenir la fuerza pública hormiga a fin de evitar una desgracia, y la galería cayó en un caos que se propagó rápidamente.
Y en el instante más arduo fue la propia líder, madre, reina y diosa, quién tomó la palabra; y lo hizo únicamente para clarificar que no iba a permitir un solo acto de violencia en su presencia. Su orden fue acatada de inmediato sin la más mínima oposición.
Entonces la colonia pareció tranquilizarse un poco y comenzaron a escucharse posturas menos radicales, lo cual favoreció las posibilidades de adelantar un juicio justo que permitiera dictar el veredicto de semejante causa. Los niños fueron inquiridos por la hormiga maestra para que explicaran las razones por las cuales habían actuado de esa manera, el auditorio entero permaneció en absoluto silencio.
-¡Sí!- dijo el niño. Yo le echaba agua porque me gustaba ver cuando se rebosaba, dejando las hojitas esparcidas, nunca pensé que fuera malo.
-¡Sí!- dijo la niña. Para nosotros era simplemente un juego, no había nada de maldad, era para ver las hojitas flotando en el agua.
-¡Ven!- dijo la maestra. No hay nada de malo. Sólo la inocencia de este par de niños, cuyo corazón no se percata del mal, es hora de perdonar y de darles la oportunidad de que de ahora en adelante, respetarán no sólo al hormiguero sino también a la naturaleza entera.
-¡Ven!- dijo el consejero. La maestra trata de tergiversar los acontecimientos y los argumentos, aquí lo que hay es un acto premeditado para causarnos el mayor daño posible. Vosotros lo debéis saber muy bien, que los humanos son malos por naturaleza, aún desde pequeños.
Ante esas palabras, la colonia pareció llenarse de ira y las ofendidas hormigas comenzaron a lanzar toda clase de improperios contra los niños; que cándidos, se resguardaron en el seno de la hormiga maestra y con su mirada cargada de angustia y tristeza le imploraron compasión y benevolencia.
-Yo simplemente os pido una cosa- dijo la maestra -Que perdonéis a estos niños y que les hagamos firmar un acta de compromiso, para que respeten la naturaleza entera, al reino mineral, al reino vegetal, al reino animal, y al reino humano mismo- agregó con dulzura.
-¿Y dónde queda nuestro dolor y nuestros muertos?- preguntó el consejero -Es que el vivir con humanos os ha hecho tan insensible como ellos. ¡No! Aquí no hay cabida para el perdón, por la memoria de nuestros mayores y de nuestros menores, de todos los que han caído a manos de estos pequeños bandidos, pido a nuestra majestad, la reina madre, que se les aplique el máximo castigo, el cual es la pena de muerte, para que les sirva de escarmiento a ellos y a toda su especie, que la tiranía y el desprecio hacia los demás tiene sus consecuencias- aseveró con desdén.
El auditorio permanecía ahora en silencio, al ver que el consejero había inquirido a la reina sobre la necesidad de aplicar la pena de muerte.
Entonces tomó la palabra la reina, que hasta ese momento había permanecido callada, tan sólo escuchando los argumentos de cada parte.
“¿Consideráis que nuestros soldados deben clavar sus mandíbulas en el cuello de estos infantes, y que su veneno se riegue por todo su organismo, hasta causarles la muerte, y que su sufrimiento se convierta en el instrumento único de salvación de nuestro hormiguero, porque de manera premeditada o no premeditada, han causado daño a nuestra colonia, y es así como deben pagar su ofensa?”.
-Su majestad, todo cuánto yo pretendo es que se haga justicia, es este el momento oportuno para reivindicar nuestros derechos, tantas veces vulnerados y doblegados, si no acabamos con ellos ahora mismo, ellos acabarán con nosotros más adelante- sentenció el consejero.
La reina madre decretó un receso en tanto que tomaba una decisión. Se trataba de reunirse en lo más recóndito de su conciencia con su otro yo, un yo capaz de dilucidar entre razón y corazón a plenitud, un yo desplegado de sabiduría en torno a la justicia, que le permitiera decidir sanamente, y alcanzar el equilibrio entre ese sentimiento maternal que la rodeaba y el dolor de patria que aquejaba a sus súbditos.
Entonces sucedió lo impensable. Una vez retirados, los niños fueron llevados a una celda en donde permanecieron detenidos junto a otras hormigas que habían violado el manual de convivencia de las hormigas, mas no podían comunicarse entre sí debido a la dificultad del idioma.
De pronto se escuchó un gran estruendo, la galería comenzó a temblar, y empezó a rodar un enorme torrente de agua. Era el diluvio universal, la corriente arrasaba todo lo que encontraba a su paso, se oía el ruido ensordecedor del agua estrellándose contra las paredes de la galería y los gritos de dolor de las hormigas llorando su desgracia. Era una escena dantesca, el agua fue inundando poco a poco las celdas, mientras los niños lloraban suplicando misericordia porque se iban a ahogar, varios oficiales de las fuerzas de seguridad hormiga y la maestra, vinieron en balsas para rescatar a los reclusos pero luchar contra la naturaleza es y ha sido a través de los tiempos, una tarea casi imposible de ejecutar.
Las balsas se voltearon y los oficiales cayeron al agua, perdiendo pronto la vocación del rescate, tan sólo la hormiga maestra y su novio, un oficial de la guardia presidencial que la acompañaba siguieron firme en su convicción, nadaron desesperadamente teniéndose de un pedazo de balsa hasta llegar a la celda, allí se encontraron que las hormigas detenidas se habían ahogado pero no hallaron a los niños, sus fuerzas comenzaban a debilitarse entre tanto que el agua seguía subiendo, de pronto el oficial levantó la mirada y alcanzó a percibir que los niños sollozantes habían logrado subirse hasta el piso superior de la galería, donde permanecían absortos en los atavíos de un inimaginable episodio de locura.
Continuaron el esfuerzo y pronto los alcanzaron, pero lejos de concluir los pesares, de repente se vieron inmiscuidos en otro, un verdadero batallón de hormigas soldados los perseguía con rapidez y decisión, venían con la firme convicción de matarlos; a los niños, por haber causado la tragedia y a las hormigas, por alta traición a la colonia patria. Los niños corrían presurosos por los caminos inundados y parecían esfumarse en medio de la galería destruida, cuando una horda violenta de hormigas enardecidas los sorprendió en la huida, enfilaron sus poderosas mandíbulas hacia ellos con el fin de atravesar sus afligidos cuerpos para acabar con esa horrenda pesadilla de una vez por todas. Y así hubiera sido de no ser porque el reloj despertador anunciaba con su timbre desagradable que un nuevo día estaba naciendo y que debían levantarse de inmediato, porque el hormiguero los estaba esperando nuevamente.
FIN
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