sábado, 15 de octubre de 2022

YO NO QUIERO ESE REGALO

YO NO QUIERO ESE REGALO Santiago Sebastián era un joven verdaderamente ejemplar. Inmerso en el seno de un hogar profundamente cristiano, pudo constituirse desde muy pequeño en un ser dechado de virtudes, que logró gracias a la dedicación y la atención de sus esmerados padres, y aprovechando su condición de hijo único, la construcción de una personalidad aplomada, basada en la ética y los valores humanos, principios que siempre reflejaba en cada una de sus actividades. El día de su matrícula para grado doce; es decir, el año en el que alcanzaría su título de bachiller, estuvo acompañado por sus padres, y luego de adelantar los procedimientos propios de la matrícula, tuvieron tiempo de sentarse en la cafetería y mientras compartían una breve merienda, pudieron recordar, cada uno a su manera, los momentos más trascendentales en la existencia del joven, tejiendo paso a paso, como en un inmenso mosaico de retratos, el camino que Santiago Sebastián había recorrido, hasta llegar a este increíble instante. Al terminar le pidieron el favor a una alumna del colegio, que les tomara una foto, junto a las rosas que adornaban el jardín de aquella imponente institución educativa, esa sería la última fotografía de la familia. El padre del joven era un reconocido y respetado médico dermatólogo, famoso a nivel nacional e internacional por haber desarrollado un tratamiento efectivo para curar el acné juvenil. Con su método hasta los acnés más rebeldes quedaban curados. Por eso, venían pacientes de diferentes ciudades del país, incluso de países cercanos, para que el doctor sanara el terrible mal de la juventud, una enfermedad que se había convertido en toda una moda de la época; algo tan común, que lo verdaderamente extraño era que alguien no la padeciera. Así, su fama trascendió las fronteras locales y regionales, y pronto su caja registradora comenzó a sonar de manera desaforada. Cuando se dio cuenta, era demasiado tarde; se había convertido en un hombre adinerado. La madre por el contrario, era una prestigiosa funcionaria del sector público, médica también, con especialización en “Gerencia Pública en Servicios de Salud”, había ocupado prominentes cargos administrativos y corporativos, que incluía entre otros, Directora del Hospital Municipal, Directora del Hospital Departamental, Secretaria de Salud municipal, Secretaria de Salud Departamental, y se había dado a conocer como una figura valiosa a la hora de gestionar recursos para los entes de su competencia, una mujer encantadora que gracias a su carisma, había llegado incluso hasta las esferas de importantes organismos internacionales, luciendo un conjunto de virtudes, que le pronosticaban grandes éxitos en la gestión púbica y administrativa. El año transcurrió de manera normal hasta mitad de año, fue por aquellos días, en que Santiago Sebastián, habría de conocer los artilugios del amor. Sucedió una tarde de junio, antes de salir a vacaciones, con la misma niña que el día de la matrícula, les había tomado una fotografía en el jardín del colegio. La niña se llamaba Dahsy Joana de los Ángeles, y era conocida simplemente como Deisy, estaba próxima a cumplir los 18 años; es decir, era algo más de un año y medio mayor que el joven. Y era verdaderamente una niña preciosa, hija mayor de una prestigiosa familia de comerciantes de ropa, dueños de su propia marca de camisas y camisetas, para hombre y mujer, fabricadas en una tela especial que tenía la fabulosa propiedad de no tener qué plancharse. Un día, Santiago Sebastián fue invitado a la casa de la muchacha, y allí descubrió un mundo de comodidades completamente desconocido para él. Se dio cuenta de que en realidad no era nada, y sintió la imperiosa necesidad de parecerse más a su novia, en su forma de vivir, si quería seguir manteniéndola a su lado. Percibió que el estatus era un requisito indispensable para su noviazgo y un elemento esencial para triunfar en la vida. Una horripilante sensación de inferioridad comenzó a invadirlo, y atribuyó a la ineptitud de sus padres, el atraso de sus posibilidades. Así las cosas, las dos familias, ricas y prestantes, resultaron emparentadas a través de los dos jóvenes. Pero no todo fue color de rosa. Santiago Sebastián, comenzó a cambiar radicalmente su personalidad, y en lugar de aquel muchacho comprensivo y obediente, ahora aparecía, uno rebelde y altivo, que provocaba en sus padres, un sentimiento que hasta ese momento era extraño para ellos: el sufrimiento. Pero se reconfortaron en la posibilidad de que la edad dificultosa de la adolescencia, que siempre traía tormentas y tempestades, solía apaciguarse con el correr de los días. A esa altura, Santiago Sebastián había probado de diversas formas las mieles de la victoria. Había ganado el concurso de ortografía, las olimpiadas matemáticas, el congreso de oratoria y el campeonato de razonamiento abstracto. En deportes, había representado al colegio, en voleibol (campeón municipal y campeón departamental), en futbol sala (subcampeón municipal y subcampeón departamental); en artes, campeón intercolegiado en “Representación artística de los planetas extrasolares” y campeón intercolegiado en “Producción audiovisual, área ecología”. Los padres se preguntaban cómo había cambiado todo de manera tan repentina y radical, si hasta recuerdan que el “Viernes Santo”, mientras asistían a la procesión del Santo Sepulcro, frente a la Catedral Metropolitana, de manera espontánea y sin haberle nadie preguntado, Santiago Sebastián expresó de forma contundente su inapelable decisión de estudiar medicina, una manifestación que llenó a sus padres de gran orgullo y profunda alegría. Cuando ya estaban disfrutando las vacaciones, y había comenzado la transformación del joven, sus padres lo invitaron una noche a un prestigioso restaurante, con el propósito de felicitarle por su deseo de estudiar medicina, pero descubrieron que su anhelo se estaba desvaneciendo, que los primeros estertores de rebeldía y altivez hacían su aparición, y la charla terminó convirtiéndose en una lista de pedidos, entre los cuales, coronó como el más grande de todos: el de que para su graduación, quería un automóvil. Al preguntársele el porqué de esa solicitud, se limitó a decir que para una persona como él, era infinitamente necesario poseer un buen automóvil, y profundizó a nivel de mandato, que no se podía tratar de cualquier auto, sino de uno en especial, del imponente “Aurus Taurus”, el cual era apodado “la bestia”, un auto ruso, famoso desde los tiempos de Vladimir Putin. Ante semejante petición, los padres argumentaron el gran costo del automóvil, que hasta tendrían que gastar una fortuna en la sola importación, y ni qué decir de los impuestos y los seguros, entonces fue el padre, quien tomó la palabra, y en tono sereno respondió: -Hijo, hay algo más valioso que cualquier auto del mundo; es más, es más valioso que todos los autos del mundo juntos. Como viera que el muchacho se interesaba en la respuesta, mas permanecía callado, tras una breve pausa el doctor prosiguió: -Es la grandiosa experiencia de contar con la incondicional amistad de Dios y de sentir su maravillosa presencia. El muchacho quedó estupefacto. Y antes de que su padre continuara, Santiago Sebastián, refutó de forma airada: -¿Cómo es posible que unos científicos como ustedes sean tan creyentes, si bien es sabido, que la ciencia y la religión, son contrarias? -Por el contrario, es en las acciones de los científicos donde mejor se puede plasmar la obra de Dios. Como notara la madre, que el joven comenzaba a exasperarse, trató de cambiar el tema, dejando para el momento de la graduación, la decisión de atender la solicitud, o de desecharla completamente. De todas maneras, en la conciencia de Santiago Sebastián quedó la sensación de que la solicitud había sido atendida, pero en la de los padres la interpretación fue que la propuesta había quedado totalmente descartada. El anhelo de Santiago Sebastián de querer equiparar su nivel de vida con el de Dahsy Joana fue su perdición. Al terminar el año lectivo, Deisy viajó dos veces. En el primer viaje, ella y su familia abordaron un imponente crucero y visitaron las Antillas Neerlandesas, estuvieron cuatro días en Kralendijk, Bonaire; cuatro en Oranjestad, Aruba; cuatro en Willemstad, Curazao. Al terminar, tomaron otro crucero y continuaron con su segundo viaje, visitaron las Islas Caimán, y estuvieron ocho días en Gran Caimán, incluida la capital George Town, en Pequeña Caimán y en Caimán Brac. El día de la graduación, tras una imponente ceremonia, Santiago Sebastián recibió su título de bachiller, sus padres lo acompañaron durante toda la jornada, cancelaron sus compromisos profesionales y laborales, para asistir con la mayor disposición y alegría, a la consagración de su hijo. Conscientes de la inmensa responsabilidad, que se les venía encima, acogieron con profunda felicidad, no solo la terminación de los estudios básicos del muchacho, sino también su inminente ingreso a la universidad. Pero el joven aplazó para los primeros días de enero, la elección de la carrera que iba a estudiar, porque consideraba que necesitaba reflexionar, y no podía darse el lujo de tomar una decisión equivocada. El repentino interés de Santiago Sebastián por estudiar medicina se había esfumado, la posibilidad de que se convirtiera en médico, quedó absolutamente descartada. Finalmente en la intimidad de su hogar y desprovistos de todo protocolo, el muchacho inquirió a sus padres sobre el regalo que aquella noche solicitara, el cual constituía un requisito indispensable para seguir existiendo, pero que en realidad lo que buscaba era impactar a la novia. Fue el padre quien tomó la vocería. Le habló sobre todo lo que él significaba para ellos, sobre cómo había sido la luz de sus ojos desde el preciso momento de su nacimiento, sobre cómo con cada uno de sus logros, llenaba sus almas de infinita satisfacción, sobre cómo con cada sonrisa despertaba sus alegrías más profundas, sobre cómo él era para ellos el mejor regalo que Dios les había dado en toda su existencia. La madre entre tanto, asentía permanentemente las consideraciones del padre, y mientras combinaba cada contemplación con el recuerdo inolvidable de aquel niño que ya era un hombre, una que otra lágrima escapaba tímidamente y resbalaba con ternura por sus suaves mejillas, aquel instante permitió la aparición de una imagen conmovedora. La madre, que hasta ese momento había permanecido inmóvil, se levantó del mueble y se acercó a su hijo para darle un beso, el padre se les unió y los tres se fundieron en un cálido y fraterno abrazo. La madre fue a tomar una fotografía con el celular, pero el padre levantó la cabeza y sin culpa tumbó el celular, que al caer, le rompió levemente la sien y un hilo de sangre comenzó a recorrer su rostro. El celular se cayó y se estrelló contra el acuario, que se resquebrajó de inmediato, mientras que el teléfono móvil fue a terminar en el fondo del acuario, dañándose por completo. Recordó ella, que la cámara del aparato guardaba las fotos de la ceremonia de graduación y de todas las últimas fotos de la familia, a excepción de aquella del día de la matrícula, la que tomó la niña que tiempo después habría de ser la novia del muchacho, la cual quedó guardada en el celular del padre. El doctor se indispuso intempestivamente. El muchacho comenzó a exaltarse con prominente desesperación. La pareja de peces dorados, al sentir la reducción del agua, saltaron del acuario y cayeron al piso; Pola, la gata de la casa, se lanzó sobre ellos y se los comió en el acto, la madre gritó con lastimera indignación. Lada, la perra de la casa, más que confundida ante semejante situación, atacó a la gata y la mordió en el cuello. La gata chillaba y sangraba profusamente, al ver el artero ataque de la perra a su mascota consentida, Santiago Sebastián estampó tremenda patada contra la perrita, y esta comenzó a chillar como si le hubiera fracturado todos los huesos. Era una escena verdaderamente dantesca, pero lo peor estaba por venir. Poseído por mil demonios, el joven exigió de inmediato la entrega del regalo que según él, tenía más que merecido. La madre lloraba desconsoladamente y no atinaba si atender al padre herido, a la gata moribunda, a la perra agonizante, o calmar a su hijo que se presentaba en una faceta desconocida para ella. El padre, que sostenía el pañuelo ensangrentado entre la sien y la frente, trataba infructuosamente de tranquilizarla. -¡Sólo quiero mi regalo!- exclamó Santiago Sebastián, mientras su madre le recriminaba su mal comportamiento. El padre subió hasta el segundo piso del apartamento, caminando con dificultad, sosteniendo el pañuelo con la mano derecha, dejando un rastro de sangre por donde pasaba, y convencido de que su hijo se merecía eso y mucho más, trajo en su mano izquierda, una hermosa biblia de terciopelo, pequeña y nueva. A pesar de la situación, una leve pero genuina sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro, y se la entregó a su hijo. -Esta es tu felicidad- aseveró el hombre con absoluta tranquilidad, la tranquilidad de quien acaba de cumplir sagradamente su deber. -¡Maldito hijo de puta, avariento malparido, tacaño malnacido, engendro inmundo!- respondió el muchacho. -¿Cómo se atreve a salirme con esto?- agregó con profunda ira. El joven puso la biblia en la mesa y subió iracundo al segundo piso. La perra y la gata permanecían agónicas, el padre seguía perdiendo sangre y la madre gritaba como loca mientras lloraba desconsoladamente. Se sentía partícipe de una realidad que no le pertenecía, no comprendía qué estaba sucediendo. Mientras ascendía por los escalones, Santiago Sebastián, musitaba repetidamente en una lengua extraña, probablemente desconocida, “Yo no quiero ese regalo, yo no quiero ese regalo”. Un horrible chasquido gutural escapaba de su interior e infundía pavor. Al instante bajó con el arma de la casa, sin saberla disparar pero teniendo nociones de cómo hacerlo, la accionó cuatro veces contra el padre y cuatro veces contra la madre. Los dejó tirados en el piso y salió, pero antes de cerrar la puerta, se devolvió y tomó la biblia que le habían regalado y la estrelló contra la pared. Salió como si nada, pensando que bien merecido lo tenían, y que eso era para que aprendieran a no burlarse nunca más de él. No alcanzó a darse cuenta que tras el golpe, la supuesta biblia se había abierto, dejando al descubierto que no se trataba en realidad de una biblia sino de una cajita decorada cuidadosamente en forma de biblia, y no se percató que de su interior había brotado, como por arte de magia, el hermoso par de llaves doradas y relucientes, de un fantástico “Aurus Taurus” nuevo y original, último modelo, color negro, apodado “la bestia”, que le habían traído con la intención de que ese denodado esfuerzo contribuyera a hacerle realidad el sueño a su hijo, y que sirviera para que aquel muchacho ejemplar conociera de una vez por todas, el verdadero significado de la palabra felicidad, tan esquivo para tantas personas en el mundo entero. FIN

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