viernes, 8 de agosto de 2025
REINADO DEL LEOPARDO
REINADO DEL LEOPARDO
Los días que antecedieron a aquella noche gloriosa, seguramente habrían de ser los más felices de mi vida. Resulta casi imposible de entender como un hecho aparentemente tan trivial, puede cambiar positivamente a una persona, a una comunidad, a una ciudad y a una región entera. Y es que después de 75 años, después de tantas alegrías, pero sobre todo de tantas tristezas, el sueño de todas las personas que estaban y que ya no estaban, finalmente se hacía realidad.
Todo sucedió repentinamente. Fue tan rápido que ni siquiera tuvimos tiempo de sorprendernos. La manera abrupta con que todo se fue dando, hacía presagiar que la hazaña podría llegar a consumarse. Es increíble que cuando las cosas están para darse, hasta el universo se confabula de manera sigilosa para que el propósito pueda cumplirse. Todo había comenzado igual que siempre, con más desaciertos que aciertos, los reparos y las improvisaciones que surgen ante una nueva oportunidad en una institución como esta, son situaciones que, en el imaginario colectivo, a pesar de que siempre se tiene la ilusión de algo grande, se sabe casi que, de antemano, que va a pasar lo mismo de siempre, pero esta vez estábamos muy equivocados.
Conforme el torneo fue avanzando y los resultados se fueron dando, un fervor inusitado comenzó a apoderase de la hinchada y de la ciudad, que veía que la ilusión de 75 años por salir campeón, por fin pudiera darse. A pesar de no ser un equipo de grandes figuras, ni un capital desbordante, quienes se enfundan la camiseta del club, adquieren la garra y el pundonor que impregna a cada uno de los jugadores que han tenido el privilegio de lucirla.
Poco a poco se fue creando en el imaginario colectivo la posibilidad de alcanzar la primera estrella. Los primeros en soñarlo fueron los gemelos, pero yo trataba de tranquilizarlos, tomando como ejemplo, campañas similares del pasado que no condujeron a nada, para no entrar en detalles y desilusionarlos del todo, yo les decía que era aún muy temprano para pensar en algo tan grande, que lo mejor era ir paso a paso, sin tratar de adelantarnos al futuro.
Aun así, en lo más profundo de mi interior, una tenue llama de esperanza comenzó a encenderse tímidamente, consideraba que cada detalle, por insignificante que fuera, nos ataba de manera inevitable a la latente posibilidad de la gloria, y que una alegría inmensa, añorada por tantos, estaba por venir. Por ejemplo, la noche aquella que desprevenidamente coincidí con un programa de leopardos en “Love Nature”, y un sentimiento de amor genuino por tan portentoso animal, se desató de manera inexplicable en mi corazón, sentía como si esos poderosos felinos, encarnaran la garra de los muchachos, y un deseo vehemente de que todo saliera bien, me invadió de repente, para que no fueran a surgir inconvenientes de último momento, y poder salir campeones.
Hasta la llegada del autobús que traía a los jugadores se convirtió en todo un ritual. Era una nave imponente, su cuerpo era un leopardo esbelto y furioso, había sido decorado para hacer alusión a la tradicional garra del equipo. Desde que iniciaba el trayecto, desde la sede del club hasta el estadio, iba seguido de una caravana imponente de vehículos y motocicletas, que seguían su andar con rigurosidad primorosa, transfiriéndole toda clase de augurios y buenas energías para alcanzar la victoria, energías limpias para acompañar al equipo hasta el altar sagrado de la cancha. En todo el recorrido, salía la multitud de gente para aplaudir el paso del leopardo, y más al arribar al coloso, coronando su paso triunfal, con la entrada liberadora de la tropa victoriosa.
Todo fue así, paso a paso, como un sueño esplendoroso que, tras tejerse escena por escena, parece que finalmente se va haciendo realidad. Pero el hecho definitivo que nos catapultó a la gloria, fue el paso a la final, donde tenía que darse una serie de intrincadas combinaciones para acceder a la gran final del campeonato, cuando todos los resultados terminaron por darse, fue cuando realmente comprendimos que era ahora o nunca. Fue la primera de las grandes celebraciones que estábamos por vivir, se desató la locura colectiva cuando el árbitro central pitó la finalización del encuentro, la ciudad estalló en una gigantesca ola de alegría como jamás se había visto y un carnaval generalizado reventó en el alma de cada hincha leopardo. La fiesta terminó cerca de las cuatro de la mañana, y no porque la gente quisiera, sino porque la lluvia indolente decidió que era hora de irse a dormir.
Parecía algo imposible de creer, pero estábamos en la final. Nos tocó con un equipo de la capital, muy bueno, pero como suele pasar con los hijos de uno, el equipo de uno, será siempre el mejor. Por la mejor clasificación en la tabla general, nos correspondió empezar de locales y terminar de visitantes.
La semana que antecedió al primer juego, fue una fiesta sin igual. Por donde pasara, había algo alusivo al leopardo, cuando menos, grupos de personas sin conocerse, que se agrupaban en una esquina con el pretexto de ponderar el equipo y vanagloriar a los muchachos. Pero surgió desde el alma de la ilusión la cumbia del leopardo, una canción adaptada a la situación, para que los hinchas pudiéramos encontrar en el canto de un himno, la expresión musical del sentimiento que nos brotaba del corazón. Así sonaba por todas partes nuestra canción, desde el más humilde de los ranchos hasta el más imponente de los condominios, retumbaba la cumbia del leopardo, tocando las fibras más íntimas, sin hacer diferenciación de estratos, en espera de la primera estrella.
Todos los negocios y todas las empresas, se vistieron con los colores del equipo, y las banderas del leopardo revoloteaban alegres por todas partes, en una suerte de danza mágica que pintaba el horizonte. Las escuelas y los colegios, hacían coreografías y comparsas alusivas a la ocasión, se vestían de leopardos mientras entonaban el himno de la victoria. Hasta personas que habían dejado de hablarse, sucumbieron al ímpetu del orgullo, con tal que eso les significara encontrarse en el ensueño de la gloria. Oficinas públicas y privadas, adquirieron los símbolos del leopardo como eslogan para atraer a usuarios y compradores.
La primera final fue de local. Y la venta de boletos fue un éxito total. Las plataformas completamente colapsadas dejaban entrever un lleno absoluto en nuestra cancha sagrada, era normal, era una situación integralmente inédita, que nadie quería perderse. Nosotros que apostamos todo a la suerte de estar en primera fila para la compra de los boletos, nos quedamos por fuera. Los gemelos renegaban, pero algo en el fondo me decía que mi no presencia en el estadio, era una garantía definitiva para conseguir el triunfo. Entonces nos aprestamos con tranquilidad para ver el juego por la televisión.
En el primer juego, en el que oficiamos de locales ganamos uno a cero, un gol solitario en la mitad del segundo tiempo fue suficiente para llevarnos los puntos, el estadio y la ciudad lo gritaron a rabiar, así concluyó el encuentro, y vino la otra celebración, esta de mayor envergadura que la anterior, como siempre, el lugar de concentración, la plazoleta de nuestro máximo escenario deportivo, la que unos meses más tarde, habría de albergar al colosal y despampanante leopardo de bronce, sitio obligado de peregrinación deportiva, como homenaje a tan grande hazaña.
Nos íbamos tomando confianza, con el marcador a nuestro favor y la enorme superioridad de juego, nos alistamos para enfrentar el segundo encuentro, hasta el más pesimista, daba por hecho le estrella. El viaje hasta la capital parecía una visita a La Meca, una caravana interminable de autos y buses, salieron de la ciudad para acompañar al equipo, otros más sofisticados, viajaron en avión para cumplir su cita con la historia; al final, unos y otros se unieron a los hinchas que ya vivían en la capital para conformar la más grande red de apoyo al leopardo, que hasta los medios, sensacionalistas como siempre, titulaban en sus portadas, que la capital estaba padeciendo una tremenda epidemia de fiebre amarilla, haciendo referencia a la avalancha de seguidores y al color del equipo.
En los 90 municipios de la provincia se instalaron sendas pantallas gigantes con la señal del partido, para que todos pudieran celebrar la primera estrella, en la capital de la provincia la pantalla estuvo en el templo sagrado del leopardo, con un estadio totalmente atiborrado de gente a la espera del triunfo. A las 19.00, la ciudad y los demás municipios se paralizaron por completo, la gente desapareció para encontrarse frente a las pantallas y observar la proeza.
En la capital, los 90 minutos finales pintaban de maravilla, el primer tiempo se fue con la victoria del leopardo por dos goles a cero, el ánimo estaba por encima de las nubes, y el optimismo desbordante hacía presagiar un triunfo inobjetable como preámbulo de la más fabulosa de las celebraciones. Pero el contrario nos traía una sorpresa para el segundo tiempo, un cambio de actitud y de sistema, nos llevó a la debacle, tan pronto arrancó la segunda parte vino el primero, a mitad de tiempo nos hizo el segundo y al final nos hizo el tercero, para remontarnos y llevarnos al límite.
Como el primer encuentro había terminado uno a cero, a favor nuestro, y el segundo tres a dos, a favor de ellos, había quedado todo supeditado a la definición de tiros desde el fatídico punto del penalti. Aquella noche, aquí y allá, llovía como nunca, miles de pensamientos, positivos y negativos se cruzaban por la mente hasta del más optimista de los hinchas, ahora faltaba lo peor, la paridera de los penaltis, pensé en voz alta. Los gemelos estaban muy nerviosos y se comían las uñas; yo, hacía rato ya me las había devorado, mi esposa hacía sudokus, para disipar la tensión.
A las 21.54, el ultimo cobrador del otro equipo desperdició el cobro, y un grito sórdido y agudo, vibró hasta en los confines más vastos del universo, y un equipo, una hinchada, una ciudad y una región, conoció por primera vez el olor, el sabor y el color de una estrella, y una ola incontrolable de absoluta felicidad estalló en lo más profundo del alma de cada hincha leopardo, para salud y vida de los que habíamos presenciado la hazaña, de los que siempre estuvimos al lado del equipo y de los que ya no estaban, porque se habían ido al más allá sin saborear la miel de la victoria.
La fiesta duró hasta las seis de la mañana y tan solo concluyó porque a las diez el equipo regresaba a la ciudad, con la copa dorada entre sus manos, para traerla hasta sus hinchas que tanto la habían añorado, en un recibimiento esplendoroso como el que jamás se pudo presenciar, que un recorrido de 40 minutos desde el aeropuerto hasta el estadio se transformó en uno de 12 horas, porque los ríos desbordados de gente, que emanaban sin cesar, impedían el traslado del carro de bomberos de la gloria, que traía a los centauros indomables en una procesión sagrada que se hacía interminable, y las lágrimas de alegría inundaron hasta al más desprevenido de los transeúntes. A las 21:54, el equipo hizo su entrada triunfal al gramado que los vio formarse en el anhelo de ser campeones. FIN
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