jueves, 22 de septiembre de 2022

UNA NOCHE EXTRAÑA

UNA NOCHE EXTRAÑA El hombre despertó en la madrugada con la sensación de que había enfermado. Sintió una descompensación general de su organismo que trató de ubicar entre la incomodidad de un sueño confuso y la aterradora certeza de que se estaba muriendo. Percibió el pánico de estar traspasando las fronteras de la vida en plena conciencia, y se acordó de Dios para implorarle que lo acogiera en su cálido seno. Sin embargo, tuvo la grandeza de permanecer atado al mundo material al cual pertenecía. Siguió inmóvil, tratando de dilucidar qué le estaba pasando. Hizo un esfuerzo más y se sentó en la cama, respiró profundo y estiró la mano para alcanzar el interruptor que se encontraba junto a la cabecera, encendió la luz. Un destello inesperado le mostró la misma habitación de siempre, la foto de su amada Paola en el mismo lugar. Todo igual. Sí, esta era su habitación. Sin la más mínima alteración. Miró el reloj, iban a ser las cuatro. Hizo un recuento mental para establecer el posible origen de su malestar, pero no lo halló, repasó de manera meticulosa cada una de las escenas de la noche anterior, sin descubrir en ellas nada extraño. Pensó que debía ir al baño, quizás para tomar agua o para orinar, o para ambas cosas. Necesitaba convencerse de que, a pesar de todo, aún estaba vivo. Sintió náuseas. Se arrodilló, clavó su rostro en la taza del inodoro para vomitar adentro, pero notó algo extraño, algo como una tira de tela que descolgaba por su cuello, intentó desprenderla, pero le dolió, quiso verla mejor, pero quedó atónito al descubrir que era cabello. Era su propio pelo, que aparecía ahora largo, ondulado y frondoso, se levantó con rapidez y se miró en el espejo, su rostro había adquirido apariencia de mujer, las pestañas largas, las cejas delgadas, los labios rosados, los pómulos tenues, su cabello un poco más abajo de los hombros, el cutis limpio, la mirada seductora de las mujeres que, sin proponérselo, tantas veces lo habían deleitado, y el aire femenino que adquieren las rosas en medio de la primavera. Creyó perder el sentido cuando siguió bajando la mirada y percibió dos pechos, grandes y redondos, de pezones prominentes y areolas rojizas, que se bamboleaban con el leve movimiento de su cabeza al querer contemplarse detenidamente. Pero desfalleció definitivamente cuando llegó a la parte genital y se encontró de repente, que, en lugar de su pene y sus testículos, se escondía ahora, una vagina entre sus piernas. Recorrió minuciosamente cada rincón de su cuerpo, y no halló nada del Alexander de hacía unas cuantas horas. Había reducido su peso y disminuido su estatura, el vello corporal apenas existía, su piel ahora era suave y tersa, sus caderas anchas y sus hombros angostos. ¡Dios mío, Dios mío! Exclamó exaltado, y una voz sutil y aguda brotó del interior de sus cuerdas vocales, asegurándole que la transformación era total, que el Alexander de anoche había desaparecido de forma inexplicable y que ahora una mujer surgía en reemplazo suyo. Se sentó en la cama, y por primera vez desde que tenía conciencia, lloró. Pensó en su trabajo, en los estudiantes, en el colegio, en la forma como disfrutaba enseñando la lengua española, pensó también en su familia, en sus amigos, pero sobre todo pensó en Paola, en aquella Paola Pérez, dueña de su corazón y de su vida, probablemente la única mujer que de verdad había amado en toda su existencia. Imaginó entonces que el mundo era una gran montaña que se estaba desplomando al frente suyo, que un monstruo cruel y despiadado, brotaba del interior de la tierra para devorarlo sin piedad. Cerró un instante sus ojos, anhelando que todo fuera un sueño, que tal vez estuviera delirando, pero al abrirlos descubrió que no, que todo era realidad. Se recostó lentamente en la cama, y trató de razonar de qué se trataba todo esto. Era la sensación más extraña que ser humano alguno, jamás hubiera percibido, algo que al mismo tiempo rompía las leyes de lo lógico y de lo absurdo. Se levantó, tomó un poco de agua, volvió y se recostó. Pensó en que hoy tenía que ir al colegio para realizar las evaluaciones acumulativas, meditó sobre cuál sería su estrategia a seguir, ir o no ir; y si no iba, qué le iba a decir al rector, cómo se lo iba a explicar, continuó navegando por el camino estrecho y oscuro del caos total, y más allá del horizonte, surgió de manera providencial, la figura de Paola, con la receta mágica para ayudarlo. Entonces buscó su celular y se dispuso a llamarla. Había un problema, no le podía hablar de una vez, debido a su voz de mujer, entonces creyó que esa situación generaría tensiones o preocupaciones innecesarias en ella, por lo que consideró que la mejor opción era enviarle un mensaje de texto. -Hola mi amor. Necesito tu ayuda urgente, he sufrido un percance. Te espero en mi apartamento. Por favor, ven pronto- le escribió. Casi de inmediato, el celular comenzó a sonar, leyó en el tablero que decía: “llamando, mi bella princesa”, y no contestó. Antes que ella lo llamara de nuevo, él le volvió a escribir: - ¡No puedo contestar, te espero pronto! La espera se le hizo eterna, recordó distintas escenas de su vida, sus logros, sus novias, sus clases tantas veces elogiadas, y halló un rastro de ironía en que esa palabra “profesor” que a diario retumbaba en sus oídos, de repente había perdido vigencia, en razón a su nueva apariencia. Era Licenciado en Español y Literatura, se desempeñaba como docente de Humanidades en una institución educativa, dictaba clases en dos grados de primaria: 5° y 6°, y dos de secundaria: 11° y 12°; en medio de esa sencillez, transcurría llena de felicidad, la vida del profesor Alexander. El timbre del celular lo sacó de su abstracción, esta vez era el rector del colegio, miró instintivamente el reloj, eran las seis y cuarenta. Tampoco contestó. Pensó que en este momento sus estudiantes ya deberían estar en clase y se conmovió. Recurrió de nuevo al mensaje de texto. -Señor Rector. He amanecido muy indispuesto. Estoy sin voz. Voy para el médico- le escribió. El celular sonó nuevamente, esta vez con más insistencia. Era otra vez el rector, entonces Alexander agregó: -Lo siento, no puedo responder. Estoy sin voz. Todo parecía estar controlado, al menos, momentáneamente. Sin embargo, el problema de fondo permanecía intacto. ¿Cómo iba a recobrar su real apariencia? ¿Cómo iba a recuperar su verdadera personalidad? De lo único que estaba convencido era que requería ayuda profesional. Cuando Paola llegó al apartamento y tocó a la puerta, Alexander sintió que se desvanecía. A pesar de que había preparado una reacción diligente y natural, en el instante del encuentro, la premura de la realidad le hizo perder la compostura, y refugiándose en la certeza de que, al fin y al cabo, él no tenía la culpa de nada, sino que todo había sucedido por designio de Dios o de la vida, se aprestó a abrir la puerta, inspirado en el semblante que adquiriría Paola cuando lo viera en medio de su transformación. Alexander lucía una bata blanca, larga y ceñida a la cintura, que lo cubría desde el cuello hasta las rodillas; su cabello, largo y ondulado, descolgaba de manera desordenada sobre sus hombros. Paola se quedó observándolo en silencio mientras que su rostro se enardecía paulatinamente, entonces con autoridad, inquirió en tono agresivo: -Por favor, ¿Alexander? -Paola, soy yo. Ahora, un semblante irascible se había apoderado de su dulzura tradicional, y una Paola aguerrida, se atrincheraba de forma desafiante en la puerta. - ¡Estúpida! No estoy para sandeces. ¿Dónde está Alexander? De nuevo, la voz tierna y femenina de Alexander, le aseveró con firmeza: -Por favor, Paola, yo sé que esto es una locura, pero necesito que me creas. Me desperté esta mañana antes de las cuatro porque me sentí enfermo, me fui para el baño y descubrí que mi cuerpo se había ido y que ahora en su lugar un cuerpo de mujer lo había reemplazado. Paola permanecía absorta. De manera violenta entró al apartamento, y comenzó a buscar a Alexander en cada habitación y en cada rincón, mientras lo llamaba con insistencia. Alexander la abordó con vehemencia para que le prestara atención y aceptara sin reparos su versión. - ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? - gritó en forma de pregunta, Paola. -Paola, mi bella princesa. ¡Soy yo! - respondió con convicción, Alexander. Alexander percibió que el “mi bella princesa” le asestó un golpe de ternura, a la intemperancia de Paola y aprovechó el instante para darle pistas que la convencieran de que en realidad él era su novio y no la mujer que parecía tener al frente. Le dijo, el nombre completo, el número de identificación, la fecha de nacimiento, la dirección de residencia, el número de celular, el libro preferido, la comida favorita, los gustos, los pasatiempos, a qué se dedicaban, los nombres de los padres y dónde vivían, todo con detalles pormenorizados tanto de él como de ella; y si aún quedaban dudas, Alexander comenzó a hacer un recuento cronológico de su romance, con sus aventuras y sus desencuentros, sus expectativas y sus apreciaciones, con los instantes inmarcesibles que habían forjado esa relación que parecía indestructible. Alexander notó como Paola se fue tornando más asequible, ahora lucía más que todo sorprendida, se sentaron ya más tranquilos en el comedor, y Alexander le mostró la mancha en la pierna izquierda, el lunar en el brazo derecho, sus señales inconfundibles, sus gestos inimitables, hasta los nombres que les pondrían a sus hipotéticos hijos, y cuando pensó que no le faltaba nada, hizo una descripción completa de todo cuanto habían compartido la noche anterior. Paola terminó por convencerse, se acercaron y de repente se fundieron en un abrazo de cariño y ternura, suplicando en silencio una explicación lógica para esa locura que estaban viviendo y una fórmula mágica que les permitiera de inmediato regresar a la normalidad. Alexander le imploró que lo ayudara a salir de ese laberinto, y le rogó su compañía porque estaba seguro que ella era la única persona con la que podía contar en esos momentos de incertidumbre, Lo cierto era que para entender su encrucijada necesitaba ayuda profesional, pero surgió la primera inquietud, ante quién debía dirigirse para solicitarla, un médico, un abogado, un psicólogo, un sacerdote, a quién podría contarle su versión, sin ser tenido por loco, ridículo o chistoso. Si hasta Internet, que todo lo sabía, reportaba cero resultados en su búsqueda. Para salir del apartamento, Alexander debía experimentar su primer cambio brusco, tenía que variar de forma irremediable su forma de vestir; teniendo en cuenta que su vestuario le resultaba grande debido a su nueva talla, Paola le ofreció su ropa, y su asesoría para vestirlo acorde con su nueva condición, Alexander no tuvo otra alternativa que aceptar tal disposición, entonces Paola fue hasta su residencia y trajo algunas prendas junto con otros aditamentos. Había traído dos bluyines, dos camisetas, dos pares de medias cortas, dos pantis, y además dos brasieres. En algún instante pensó en traer blusas y faldas, pero finalmente no lo hizo, porque consideró que podría ofender la dignidad masculina de su novio. Lo que sí hizo fue traer supuestamente para ella un kit de maquillaje que además de cosméticos, incluía también cremas, desodorantes, talcos, perfumes y otros productos propios de la condición femenina, con la doble intención de que en determinado momento sirviera además para mejorar la presentación de su novio. Cuando Paola regresó, Alexander ya se había bañado y permanecía en bata, ella comenzó a mostrarle las prendas que había traído, para que él escogiera cuáles se iba a poner. Pero Alexander se indispuso, no podía creer que él tuviera que vestirse con una ropa que no correspondía a su identidad sexual, sobre todo con los pantis, los cuales eliminó en el acto, estableciendo que usaría sus bóxeres aunque le resultaran incómodos, y los brasieres que también pretendió eliminar pero que por explicación de Paola, terminó aceptando: “recuerda que el código de policía castiga con multa y pena de prisión a las mujeres que salgan sin brasier y a las mujeres que amamanten a sus bebés en espacios públicos”. Paola le ayudó a vestirse, enseñándole unos trucos inimaginables, que incomodaban y a la vez sorprendían a Alexander, luego pasó a lo que ella llamaba latonería y pintura, lo cual era cubrir y maquillar el rostro, y un arreglo pormenorizado de cada detalle corporal, procedimiento al que el licenciado se opuso rotundamente, y del cual sólo permitió un leve riego de suave perfume que escondiera su posible aroma fuerte de hombre. Cuando Alexander ya estuvo vestido, Paola percibió una extraña sensación. Se quedó mirando fijamente al hombre, que parecía una auténtica mujer, y sintió deseos de besarlo, no tanto porque sintiera atracción, sino para transmitirle el apoyo emocional que él necesitaba. Fue un pico repentino que le permitió inmiscuirse en una disyuntiva insalvable: por primera vez había besado a otra mujer que además era el hombre que ella más amaba en el mundo. Entonces asomó otra inquietud, físicamente Alexander era una mujer, pero psicológicamente qué era; entonces ella le indagó con sutileza. Alexander no lo dudó un solo instante. “Por supuesto que soy un hombre. Un hombre en toda la extensión de la palabra, me gustan las mujeres, no siento ninguna atracción por los hombres. Es de lo único que he estado plenamente convencido desde que sucedió mi transformación”. Decidieron ir al médico. Se trasladaron al Seguro Social, para una cita prioritaria; es decir, una cita en la que, aunque no está la vida en peligro, se requiere una atención médica con rapidez. Una cola interminable permanecía a la espera. Luego de casi una hora lo llamaron, pero al notar la funcionaria, que, al nombre de Alexander, respondía una mujer, requirió la presencia inmediata de quien iba a recibir la atención, es decir de Alexander. - ¿Dónde está Alexander? - inquirió la mujer. - ¡Soy yo! - respondió con decisión el licenciado. -Usted me está tomando por tonta, permítame su cédula de identidad. Alexander se la entregó con displicencia, la actitud agresiva de la funcionaria, lo estaba sacando de quicio. -Aquí dice Alexander, sexo masculino. -Señora, yo soy Alexander. Lo que sucede es que me desperté a medianoche convertido en mujer- intentó responder con calma el profesor. -Señorita, usted no necesita un médico sino un psiquiatra- le contestó en tono sarcástico la vieja. Alexander perdió la compostura. - ¡Vea, señora, a usted qué le importa! Simplemente necesito atención médica y punto- gritó con desesperación. Tanto la gente de la cola como la de la sala de espera comenzó a impacientarse con lo que estaba ocurriendo, y los rumores infundados empezaron a llover en el recinto. Cada cual interpretaba a su manera lo que veía y pretendía dar una solución justa a la situación, lo cierto era que en el ambiente quedaba la idea de que un hombre travesti y su novia estaban solicitando quién sabe qué tipo de servicio, el cual con absoluta seguridad ellos no merecían, pues la atención médica en aquel lugar estaba reservada exclusivamente para gente “normal”, y no para depravados sexuales. Paola intervino de manera diplomática en la escena, asegurando no sólo que la vieja se calmara sino también que el médico los atendiera. La cita médica fue un verdadero desastre; el médico, que, entre otras cosas, era un hombre muy joven para atender semejante caso, se mostró reacio a creer el relato de Alexander, salió de su despacho y se demoró unos quince o veinte minutos, y al ver que era requerido con insistencia por la pareja, regresó con un cartapacio de exámenes, estudios que, según él, debía conocer como requisito preliminar para emitir algún diagnóstico. Entre las pruebas, había varios análisis de sangre, de orina, del cerebro, del corazón, y al final, una orden para que lo viera un psiquiatra, Alexander se mostró inquieto al ver tantas pruebas, entonces le preguntó al doctor: -Doctor, ¿qué será lo que me está pasando? ¿Para qué son todos estos exámenes? El médico, con una sonrisa tremendamente sarcástica le respondió: -Lo que pasa es que ya hemos tenido varios casos parecidos y necesitamos saber a cuál de los cuadros existentes pertenece el suyo. - ¿Y lo del psiquiatra? Preguntó Alexander con vehemencia, advirtiendo que no fuera a ser que estuviera pensando que estaba loco. - ¡Ah! exclamó el galeno, y luego agregó: -Esté tranquilo que eso es protocolario. Lo cierto fue que, tras la revisión médica, tanto Alexander como Paola quedaron más desconcertados que antes. Alexander se mostró parco ante la realización de todas esas pruebas, considerando que, al fin y al cabo, los resultados no iban a dilucidar ningún diagnóstico, ya que él no se encontraba enfermo y que por lo tanto la solución de su problema no pasaba por la formulación de un medicamento ni la implementación de un tratamiento sino un golpe de suerte, para que, por arte de magia, así como todo había comenzado, así mismo volviera a la normalidad. Pero Paola lo convenció sobre la necesidad de practicarse esas pruebas, ya que, con toda seguridad, los resultados iban a arrojar una luz sobre su condición. Entonces, salieron a tomar un taxi; sin embargo, en la espera sufrieron un inesperado percance. Dos hombres jóvenes, se acercaron intimidándolos con cuchillos, para que les entregaran el celular. Alexander intentó oponerse al atraco, pero de nuevo Paola, llamó a la calma y le pidió a Alexander que entregaran los aparatos para evitar una agresión, petición a la que el profesor se opuso con ímpetu. Al ver Paola que la situación comenzaba a salirse de control porque los muchachos parecían decididos a todo con tal de robarlos, ella misma decidió entregárselos. Los atracadores salieron corriendo, contentos con el botín conseguido. Pero Alexander se dio a la persecución, y continuó corriendo tras ellos hasta cuando ya no fue posible alcanzarlos, porque los muchachos corrían mucho más rápido. Pronto Alexander se sintió cansado, fue entonces cuando notó que tanto su fuerza, como su velocidad, su potencia y su resistencia, también se habían reducido dramáticamente. Se sentaron en la banca de un jardín y Alexander sintió ganas de llorar ante su impotencia. -Nos robaron porque creyeron que éramos dos mujeres, si junto a ti hubieran visto a un hombre, con toda seguridad no se habían atrevido al robo- aseveró él con denuedo. Entonces Paola se quedó mirándolo con un rastro de compasión en su mirada, y unas lágrimas impertinentes rodaron tímidamente por sus mejillas, intentó decir algo, pero un nudo en la garganta se lo impidió. Quiso sonreír para adornar la situación, y con aplomo sentenció: -Es para que te des cuenta cómo es de difícil en este mundo ser mujer. Por ahora, el trámite para la autorización de los estudios había quedado suspendido. Era hora de ir a casa. Caminaron por toda la carrera 39 para llegar al apartamento de Alexander, en varias ocasiones, el profesor quiso tomar de la mano a su novia, y hasta sintió deseos incontrolables de abrazarla y besarla, para reafirmar su convicción de que ella era suya. Pero se abstuvieron. En parte porque Paola le insinuó que esas demostraciones en público no eran posibles ni convenientes, y en parte también, porque Alexander sucumbió ante la incertidumbre de establecer con certeza que nada le importaba lo que los demás pensaran y la de creer que su actitud no daba lugar y era éticamente incorrecta. A la altura del parque San Pio X, se sentaron en una banca, y bajo la sombra de un enorme caracolí que los protegía del sol inclemente, conversaron con franqueza. Alexander abrió su corazón a Paola para contarle que jamás pensó que algo así le sucedería a él, precisamente a él que siempre detestó a quienes no compartieron su filosofía sexual de identidad, orientación, expresión o condición, pero que ahora comprendía su situación, y reconoció cuán equivocado estaba, y se propuso que tan pronto terminara todo esto, se iba a mostrar más tolerante hacia los demás. Para Paola en cambio la situación era mucho más compleja. Ante la inminente posibilidad de que Alexander nunca volviera a su estado natural, su impostergable decisión de casarse con él, para formar una familia, tener un hogar cálido, y estar a su lado hasta la muerte, podía alterarse profundamente. Para el profesor, esa probabilidad fue una herida que le llegó hasta el alma. - ¡Ah! ¿Entonces todos nuestros sueños de pareja dependían únicamente de mi sexo biológico? - preguntó exaltado Alexander. La respuesta de Paola era apenas obvia. -Yo no quiero vivir con una mujer, yo quiero vivir con un hombre. -Pero si yo soy un hombre, esto es algo pasajero- ripostó con indignación el profesor. Paola advirtió que evidentemente aquel Alexander no era su Alexander, y que además de su transformación física, el hombre también habría sufrido alguna alteración psicológica. No podía estar psicológicamente bien, si se atrevía a afirmar semejante despropósito. Entonces comenzó a sospechar que detrás del repentino cambio de su novio se escondía un pasaje oscuro de su existencia del cual debía huir de inmediato. Alexander comenzó a sentir que el mundo se le caía a pedazos, que, a su desgracia de haber despertado en un cuerpo equivocado, debía agregarle la tragedia insuperable de perder el trabajo que tanto disfrutaba y la mujer que tanto amaba. Se sentó a mirar los castaños frondosos, los colibríes que revoloteaban felices en búsqueda de néctar, las ardillas que corrían juguetonas por las ramas más altas, las palomas con sus barrigas hinchadas de tanto comer arroz, y comprendió que lo suyo no era más que una isla de tristeza, rodeada de nubes tormentosas por todas partes. Siguió callado, imaginando mil escenas, recordando aquellas miradas y aquellas sonrisas que supieron cautivarlos, pensando en la infinita inconsistencia de la vida, que le cambiaba a su antojo el destino a las personas, percibiendo que ese romance tan bello que habían soñado se despedazaba de manera inevitable, y en el fragor de aquellos destrozos, tuvo el ferviente deseo de morirse para seguir existiendo más allá de su desdicha. Siguieron caminando, callados, absortos. Queriendo decir algo, pero sin ni siquiera intentarlo. Andando de manera desprevenida, sin ningún afán, esperando con ansiedad que el sendero les mostrara la entrada del edificio. El sopor de la tarde les hizo recordar que no habían almorzado, entonces compraron hamburguesas y gaseosas en “El Toro”, pero no comieron ahí, sino que las llevaron hasta el apartamento. Al entrar, Alexander notó el vacío de su hogar, no era el mismo de ayer a esta hora, ni el mismo de esta mañana, cuando salieron para el médico. El de ahora era un sitio lúgubre, visiblemente opacado, denodadamente enrarecido, el resplandor del amor había desaparecido. Estaban comiendo cuando el teléfono comenzó a sonar con insistencia, Alexander supo desde el inicio que se trataba del rector. Entonces sin mediar palabra a Paola, que apenas lo observaba con detenimiento, pensó: “claro, al ver que yo no le respondo el celular, decidió llamarme al fijo, pero no voy a contestarle, voy a dejar que el maldito timbre suene indefinidamente, hasta que se reviente, si de todas maneras el inepto ese nunca va a entender lo que me pasó. Acaso con decirle que me desperté convertido en mujer, él de inmediato lo va a aceptar y me va a decir, no profesor, usted esté tranquilo que, al fin y al cabo, todos los días de la vida, en todos los rincones del mundo, después de una noche extraña, las personas suelen amanecer convertidas en otra, sin importar su sexo, su género, ni nada, eso es lo más natural que puede suceder, así que puede venir a trabajar como quiera y cuando quiera”. Paola se levantó y salió, la hamburguesa sin acabar y la gaseosa a medias, le sirvió como constancia de su desacuerdo, Alexander se apresuró a detenerla y mientras el teléfono seguía repicando, la sostuvo de los hombros y le pidió que no se fuera, que esperara tan sólo un instante, que todo iba a volver a la normalidad, que él le aseguraba que a más tardar esta misma noche, volvería a ser el mismo Alexander de siempre, y que harían el amor de mil maneras posibles, hasta que la aurora los sorprendiera, y que este infernal día quedaría en el olvido, simplemente como una anécdota para sus descendientes. Pero Paola logró soltarse y salió sin decir nada. Antes de cruzar el umbral, el profesor la tomó con fuerza, y trayéndola hacia sí, la abrazó y la besó con pasión desenfrenada, una demostración espontánea de amor puro, que se prolongó más allá de la eternidad. Tras la partida de Paola, Alexander pasó para su cama y se recostó, estaba completamente desnudo, mirando el reloj sigilosamente, observando como transcurría cada segundo, cada minuto, cada hora. Clavó entonces su mirada en el techo, sin hacer el más mínimo esfuerzo para respirar. Y así permaneció, esperando a que Paola regresara, y pudiera presenciar la majestuosa transformación que estaba a punto de dar inicio. FIN

jueves, 15 de septiembre de 2022

UNA MUJER LLAMADA ISABEL

UNA MUJER LLAMADA ISABEL Cerca de las doce de la noche, tuvo que despertarse porque sintió que la niña estaba otra vez ardiendo en fiebre, se levantó y tomó el frasco del medicamento para ver si quedaba algo, pero notó que estaba completamente vacío. De manera providencial recordó que el agua hervida pero fría aplicada con paños blancos en el cuerpo, tenía la propiedad de bajar la temperatura. Entonces, fue a la cocina y puso a hervir agua en una olleta, hizo un recorrido visual, como buscando algo que jamás había existido, hasta que por fin su mirada encontró un punto fijo en la llama, allí se quedó esperando que las burbujas, desesperadas por escapar, anunciaran de manera natural que el agua estaba lista. Se llamaba Isabel. Vivía con sus cuatro niños de ocho, siete, seis y cinco años y su pequeña isabelita de uno, en una casita vieja y fea, en las afueras de la ciudad, una sola alcoba y un solo baño, un espacio diminuto que servía de sala, comedor, cocina y patio, eran algunas de las “comodidades” que su familia podía disfrutar en el lugar de habitación, todo impregnado de un ambiente muy humilde, presentaba al visitante un aire francamente lúgubre y miserable; que, al fin y al cabo, era común, si este provenía del mismo sector. Salía muy temprano en la mañana, antes de la cinco, a vender tinto en las calles frías de una ciudad lánguida que apenas despertaba. Su labor era una actividad que desarrollaba con el mismo ánimo todos los días del año, motivada en el noble propósito de llevar el sustento diario para su casa. Todos los días eran iguales. Ese anhelo de lucha desigual por sobrevivir, en medio de un capitalismo salvaje que devoraba a los más débiles, era la única motivación que la acompañaba de forma permanente, era casi su himno oficial. Sin embargo, no había otra manera de brindarse a sí misma y a su larga descendencia el sustento diario; por tanto, cualquier posibilidad de cambio quedaba supeditada a la voluntad de un presente inclemente. Los cuatro niños primeros habían llegado al mundo de modo similar. Casi un monólogo, en cuatro tiempos diferentes y en cuatro espacios distintos, pero el mismo repertorio, con ella como protagonista principal y un actor de reparto para cada niño. El mismo cuento de siempre, te amaré hasta la muerte, te llevaré hasta el paraíso, te pondré en un trono, te haré la mujer más feliz del mundo; en fin, lo mismo de siempre, como la canción de Frankie Ruiz “la misma historia triste y sin final, el mismo cuento de nunca acabar”, y al final, ella sola con su primer bebé, con su segundo bebé, con su tercer bebé, con su cuarto bebé. Hasta que un día dijo “no más, no volveré a caer”. Y así fue. No más… hasta que conoció al padre del quinto. Este sí diferente. Otro libreto, otro actor, otro lugar, otro tiempo, otro ingrediente: El amor. El quinto hijo era el único del cual estaba totalmente convencida que había sido producto de un amor verdadero. Atractivo, romántico, detallista, tierno, trabajador, generoso. El hombre que cualquier mujer quisiera tener consigo, estaba con ella, pero no por mucho tiempo. Una mañana, murió en medio de un tiroteo con la policía, un hecho que jamás pudo esclarecerse porque como suele pasar en estos casos nadie vio ni oyó nada. Como siempre, ella fue la gran perdedora. De esa unión nació una hermosa niña a la que llamó Isabel. Mientras el calor del fogón elevaba la temperatura del agua, Isabel seguía mirando a su alrededor, hizo un recuento numérico de su material de trabajo, una estufa pequeña a gas natural, diez termos, dos libras de café, dos de azúcar, seis paquetes de vasitos desechables, cuatro de revolvedores, dos cajitas de aromáticas de canela y un carrito bien aseado, conformaban el patrimonio de su negocio. Pensando en lo que haría falta, descubrió un pocillo que el papá de isabelita le había regalado lleno de arequipe el día en que cumplieron un mes de noviazgo, y llegaron a su mente bellas escenas que sucedieron y otras que pudieron haber sucedido, si él estuviera vivo. En eso estaba cuando un golpe seco que provenía de la habitación retumbó en sus oídos y penetró hasta lo más profundo de su alma. - ¡Ay, Dios mío, se cayó la niña de la cama! -exclamó Isabel. Corrió desesperadamente hasta llegar a la pieza, su instinto de madre no había fallado. La niña estaba en el suelo. Por reflejo natural se lanzó sobre ella y la recogió de forma instantánea, pero al hacerlo notó algo extraño, su cuerpo se sacudía de manera violenta y sin control alguno, estaba convulsionando. - ¡La niña, la niña! - exclamó despavorida. Como pudo, se vistió con un bluyín desteñido y una camiseta blanca, le puso un trapo a la niña sobre la cabeza, aún agitada en medio de temblores y sobresaltos, y salió corriendo a la calle mientras tomaba un billete de cinco mil pesos que encontró a la mano. Al salir, tuvo la delicadeza de observar sus cuatro niños, los creyó dormidos, pero se consoló al descubrirlos atentos a la situación, hizo un rápido recorrido visual y descargó su mirada tierna sobre ellos. - ¡Ya regreso, sigan durmiendo! - les alcanzó a decir. De pronto se halló en medio de la noche fría y desolada, la niña ya había superado la crisis, pero aparecía pálida y desencajada. Isabel esperaba con ansiedad que un taxi asomara a la distancia. Una llovizna triste comenzaba a salpicarlas. Después de diez minutos un taxi medio destartalado se detuvo a la señal de la mujer, recogió las pasajeras y se dirigió al hospital central, que era no solamente el más cercano sino también el único. Isabel volteó su cabeza como buscando la casa donde habían quedado sus otros hijos, pero el auto cruzó la esquina y la esperanza de verla se perdió en el intento, entonces su mente se concentró en el deseo de que ojalá se hubieran dormido. El recorrido parecía interminable y una espesa niebla comenzaba a posarse en el centro de la ciudad, Isabel observaba la niña, analizaba su semblante, su respiración, consideraba que de todas maneras estaba mejorando pero que necesitaba conocer el origen de semejante respuesta. Pero no dejaba de preocuparse por sus niños, de cuánto podrían necesitarla eventualmente, pero se tranquilizaba con la probabilidad de que de todas formas estarían bien, y que pronto estaría con ellos nuevamente, entonces siguió pensándolos hasta que una fila de ambulancias al frente suyo le hizo entender que ya habían llegado. El panorama propio de un hospital público en cualquier lugar de Latinoamérica surgía ante sus ojos cansados. - ¡Llegamos! - le dijo el taxista. - ¿Cuánto le debo? - preguntó Isabel. - Tres mil- contestó el hombre. Isabel le entregó un billete bien doblado de cinco mil pesos y él le devolvió al mismo tiempo uno de dos mil, como si supiera con qué le iban a pagar. - Gracias- le dijo ella. Se dirigió al hospital por la puerta de urgencias, con la ilusión de que un buen médico revisara a su pequeña, y le diera un eficaz medicamento que la recuperara pronto, y que las convulsiones sólo hubieran sido una reacción normal de defensa ante uno que otro virus oportunista, al que, al fin y al cabo, los niños se ven obligados a enfrentar y derrotar todos los días, y que por tanto ella pudiera irse pronto a ver a sus hijos. El hospital estaba completamente atiborrado. Decenas de personas esperaban pacientemente para ser atendidas pero una aglomeración mucho mayor de gente se disponía en la sala debido a la presencia de familiares o acompañantes. Niños, adultos y ancianos pintaban un paisaje desolador donde quedaba plenamente demostrado que la enfermedad no respetaba edad, raza, o sexo. Cada enfermo era un universo, con unas condiciones y unas expectativas propias, pero en algún punto convergían: en el estrato. Todos pertenecían a una clase social donde las oportunidades eran escasas, y, por ende, todos sus esfuerzos se encaminaban a una sola posibilidad: la de sobrevivir. Isabel comenzó a hacer una fila que parecía interminable y cuyo objetivo no era el de la atención medica sino el de la entrega de los documentos que acreditaran tal derecho. Su cédula de identidad y su carnet de salud reposaban en el bolsillo trasero de su bluyín desteñido, una ola de tranquilidad alternó de inmediato con una de preocupación al sentir que se hallaba más distante de la ventanilla. Observó la niña y la percibió muy enferma, pensó que no podía estar equivocada ya que nadie más que ella podía conocerla mejor, entonces dispuso su corazón con suficiente fortaleza para aguardar con paciencia el avance de la gente que estaba delante de ella; previendo que quizás la diligencia iba a tardar mucho más de lo que inicialmente había pensado, un gesto de angustia se dibujó intempestivamente en su rostro. El sonido de una ambulancia la arrancó de su abstracción. La puerta de acceso del área de urgencias se abrió de par en par. Dos enfermeros jóvenes ingresaron en una camilla a un hombre completamente bañado en sangre, los huesos desubicados e irregulares de una pierna y un brazo, avisaban además fracturas múltiples, el líquido vital que se tornaba escarlata parecía brotar de cada poro. En medio de la escena dantesca, en la que todos opinan y parecen tener la razón, Isabel pudo enterarse que el hombre era un motociclista que acababa de ser atropellado por un automóvil, alguien que tal vez había sido testigo del accidente, precisó que al salir despedido se estrelló contra el vidrio frontal del auto y tenía esquirlas incrustadas a lo largo de su cuerpo. Esa imagen acabó de estremecer a Isabel, pero un sentimiento extraño logró reconfortarla porque consideró que, de todas maneras, otras personas estaban en peor condición que su pequeña. Mientras la fila avanzaba, Isabel pudo observar a tantos pacientes con cuadros tan complejos que sintió desvanecerse, alcanzó a considerar que un castigo generalizado se había apoderado del mundo y suplicó a Dios misericordia. La niña estaba dormida y tranquila pero aún tenía fiebre, y aunque se le veía enferma, parecía que gozaba de perfecta salud si se miraba a su alrededor. El panorama era desolador, una señora con un ataque cardiaco, un muchacho con una pierna partida, una mujer joven lista para dar a luz, un anciano demolido por un cáncer terminal, un niño con paro cardio-respiratorio tras un ataque de risa, un estudiante con las manos quemadas tras un experimento de química, eran algunos de los cuadros que enmarcaban el apesadumbrado paisaje. La sala de urgencias era una especie de casa de beneficencia donde se imploraba limosna, un lugar en donde la salud no era algo a lo que se tenía derecho sino un artículo suntuoso no disponible para todos; por eso, asistir a ella se convertía en una auténtica demostración de supervivencia. Entre tanto motivo de admiración lo que más llamaba la atención era la gran cantidad de niños y bebés enfermos que llegaban a la sala. Alergias, diarreas, fiebres y toses eran los síntomas que más aquejaban a los pequeños pacientes, parecía que enormes ejércitos de microorganismos hubieran lanzado una ofensiva sin precedentes contra los futuros constructores del mundo, ataque que, al fin y al cabo, no era más que el intento desesperado de virus y bacterias por sobrevivir al increíble avance de la medicina y la ciencia. Ya cerca de la ventanilla, a sólo tres o cuatro personas, Isabel fue nuevamente sorprendida por el infernal grito de la tétrica sirena que anunciaba el arribo de otra ambulancia, traedora casi siempre de noticias malas e instigadora por naturaleza de sentimientos oscuros. Quiso comprobar de qué se trataba, pero no pudo porque la niña comenzó otra vez a convulsionar, ahora de forma más brusca e incontrolable. Isabel empezó a gritar que la niña necesitaba con urgencia un médico, la gente a su alrededor estaba impávida, todos la observaban con atención, pero nadie se atrevía a hacer algo, alguien con voz providencial pidió que la atendieran de inmediato y la auxiliar como recibiendo una orden de ineludible cumplimiento abrió la puerta que conducía hasta la sala de urgencias donde estaban los médicos de turno. ¡Los papeles! - requirió la auxiliar. De modo mecánico, Isabel sacó los papeles de su bolsillo trasero y se los entregó a la auxiliar. Estaba temblando de pánico. ¡Siga hasta el fondo! - le indicó. Allí la recibió una enfermera desaliñada, que la dirigió hacia un consultorio sombrío, la niña seguía convulsionando, Isabel gritaba pidiendo ayuda, un médico de aspecto tosco, gordo y de gafas, y que a pesar de su relativa juventud comenzaba a perder el cabello, fue el encargado de atenderla. Le pidió que acostara la niña en la camilla, mientras le recomendaba que se tranquilizara porque con esa actitud no iba a conseguir nada. Isabelita se seguía sacudiendo, Isabel no dejaba de llorar. La enfermera la hizo salir del consultorio y le brindó agua. Instantes después, el médico asomó por la puerta y mandó a seguir la atribulada madre, se quedó mirándola fijamente. - ¿Por qué hasta ahora la trae? - preguntó. Isabel no supo qué contestarle. Quiso decirle que estaba en el hospital hacía rato, pero pensó que una respuesta así la indispondría con él. - ¡Esta niña está grave! - aseveró. Un gesto de preocupación escapaba del rostro del galeno, mientras enjugaba con su pañuelo el sudor de su frente. - ¡Tráigale esto de inmediato! - ordenó, entregándole una receta médica. - ¿De dónde la traigo? - inquirió Isabel, limpiándose las lágrimas. - ¡De donde la encuentre! - le respondió en tono agrio. Luego la miro con un aire lastimero, y como queriendo reparar la insolencia anterior, sintió la necesidad de agregar algo más... -Este medicamento no lo cubre el seguro social. Además, son dos inyecciones, de nada vale que traiga sólo una- añadió. Al abrir la puerta para salir, Isabel se detuvo ante un nuevo llamado del médico, esta vez con inusitado interés, él le pidió que por favor no demorara, que cualquier motivo de retraso podría ser fatal para la niña, se acomodó las gafas y cerró la puerta de su consultorio. Un profundo sentimiento de soledad invadió a Isabel al salir del hospital, se sintió desolada, desubicada, disminuida e insignificante, y una extraña mezcla de ira, miedo, tristeza y ansiedad estremeció su alma, y la abandonó a su propia suerte. Ahí comenzó su martirio. Contiguo al hospital funcionaba la farmacia del mismo, Isabel se acercó a preguntar el costo de la medicina. Un hombre bastante joven, probablemente estudiante farmacéutico tomó la receta entre sus manos y se dirigió hasta el computador para comprobar la existencia y el precio. - ¡Vale veintidós mil pesos! - aseguró. Isabel se quedó pensativa. - ¿Usted está afiliada al sistema de salud? - preguntó. Isabel gesticuló su cabeza en señal de afirmación. - ¡Tiene un diez por ciento de descuento! - sentenció con cierta displicencia. -Le queda en diez y nueve mil ochocientos pesos- agregó. Sin mediar palabra, Isabel salió llorando de la farmacia. Miró cuánto tenía en su bolsillo y comprobó que no había mayor cosa. Un billete bien doblado de dos mil pesos era lo único que se deslizaba entre sus dedos. La incertidumbre pareció quedarse de manera definitiva en su rostro, y una pregunta comenzó a surgir con denodada insistencia en su mente. ¿Qué hacía ahora? Se repetía una y otra vez sin hallar una respuesta lógica. Entonces recordó que en la casa tenía otros cinco o seis mil pesos, sabía que de todas formas no le iba a alcanzar, pero suponía que en el barrio alguien podría prestarle lo que le hacía falta; sin embargo, pronto recapacitaba dilucidando que sus vecinos eran tan o más pobres que ella. Después de analizar detenidamente sus opciones y percibiendo que en su delirante deambular se había acercado a la zona del comercio, llegó a la conclusión de que probablemente tendría que hacer algo que jamás hubiera imaginado antes: ¡pedir limosna! No necesitó mucha preparación. Su necesidad era tan evidente, que de manera natural comenzó la penosa labor de pedir dinero a los escasos transeúntes que a esa hora recorrían las frías calles del centro de la ciudad, unos porque terminaban su jornada y otros porque apenas la estaban iniciando. Con los primeros, hizo una detallada exposición de sus antecedentes, pero no halló buen resultado porque se encontró con un grupo de personas que, cargadas de ansiedad, sentían la imperiosa necesidad de llegar rápido a alguna parte. Lo que Isabel no comprendía era si la urgencia era real o tan sólo un pretexto para huir de quien ellos creían que les iba a despojar de su dinero. Entonces recordó situaciones similares, pero con ella en la posición de ellos, y justificó su actitud porque consideró que a nadie le gustaba que le estuvieran pidiendo plata, entonces decidió cambiar de estrategia. Con los segundos se hizo más directa y consiguió mayor cobertura. Y así logró después de dos horas de sacrificio reunir casi seis mil pesos. En medio del desespero porque sentía que iba a llegar tarde al hospital con el remedio y con signos de cansancio que ya empezaban a hacer mella en su organismo, se dirigió hacia una pequeña droguería ubicada al final de una calle sin salida. Estaba cerrada. Isabel recorrió el lugar con su mirada y descubrió un letrero junto a una ventanita que decía: TIMBRE AQUÍ. Apenas unos centímetros más abajo, un timbre antiguo y sucio adornaba la fachada. Isabel timbró. Un hombre viejo y desarreglado abrió a ventana. - Por favor, ¿qué vale este medicamento? El viejo tomó la receta, fue hacia una vitrina sin puertas y regresó con una cajita de dos inyecciones. - ¡Veinticuatro mil pesos! -Señor, por favor, colabóreme de alguna manera, tengo a mi niña de un añito hospitalizada y el médico me dice que está grave y necesito llevarle con urgencia esta droga porque está en juego la vida de mi nenita, me ha tocado pedir limosna toda la noche y he reunido seis mil pesos. El viejo cogió la caja con rapidez, y con una frialdad que producía terror exclamó cínicamente: - ¡Cómo se le ocurre! Isabel estalló en llanto. El hombre quiso cerrar la ventana, pero se quedó pensando en algo y finalmente no lo hizo. -No sé, no sé - aseveró el hombre. ¡Tal vez, tal vez! - ¿Quizás qué? - inquirió Isabel con vehemencia. -Usted tiene un par de tetas muy lindas y de pronto si se las pudiera besar podría darle media caja por los seis mil pesos. - ¡Imbécil! - gritó Isabel mientras se alejaba de la ventana. ¡Estúpido! ¡Cretino! ¡Desgraciado! Quiso gritarle mil cosas más pero no pudo porque el llanto le ahogó las palabras, entonces se sentó en el andén a maldecir su desgracia y a suplicar misericordia. Una hora después comprendió cuán difícil era pedir limosna. Las palabras de ese hombre sin escrúpulos taladraban su mente, y dos sentimientos completamente opuestos luchaban sin descanso en su interior, como imanes del mismo polo tratando de imponerse uno sobre el otro. Una parte de su yo le ordenaba que, ya que su hija estaba grave, ella debía hacer todo lo que estuviera a su alcance para salvarla, así fuera a costas de su propia dignidad; entre tanto, la otra le mandaba que, ya que los principios eran sagrados, y estaban por encima de todo, no se podían negociar nunca. En medio de esa lucha dialéctica se encontró ante una noche fría que corría de manera desesperada al encuentro de una mañana nueva, el tiempo no le permitía entrar en debates internos sino actuar de inmediato, buscar una solución pragmática. En lo más profundo de su alma, una voz poderosa anunciaba a gritos que la vida de su pequeña isabelita se estaba apagando, su llama se estaba extinguiendo de forma inevitable. No tuvo otra alternativa. Sus preceptos sucumbieron ante el descomunal derrumbe de su existencia. Corrió despavorida a la farmacia del viejo inescrupuloso, para acceder a sus pretensiones, con el convencimiento de que tal sacrificio significaría la recuperación de su amada hija. Tocó nuevamente la ventana por donde se hacían las ventas cuando era de noche, se preparó mentalmente para pasar el trago amargo del ultraje, pero pensó en un recurso de último momento. Imaginó que, al infringirle una mirada impregnada de intenso fastidio, sería suficiente para que el atrevido desistiera de sus oscuros propósitos. De esa manera suponía, que el viejo entendería que su actitud ruin y despreciable no tenía justificación alguna. Esta vez abrió una mujer gorda y arrugada, sus ojos hinchados sugerían el despertar abrupto de un sueño profundo para venir a atender a alguien que quiere comprar un medicamento. Su falta de disposición quedó plasmada en la frase que pronunció al abrir la ventana. - ¿Qué quiere? - preguntó en tono agrio. Isabel quedó atónita. Un sinnúmero de palabras y de situaciones comenzaron a dar vueltas en su cabeza. Un instinto que las mujeres desarrollan desde su niñez, le llevó a dilucidar que la mejor respuesta sería la misma pregunta inicial de su visita anterior. - ¡Disculpe! ¿Cuánto vale este medicamento? La mujer fue hasta la vitrina, dejando en cada huella un enorme rastro de pereza e insatisfacción, pero con la delicadeza de volver enseguida. Isabel la vio venir con la misma cajita del haragán, y a pesar de que de antemano sabía el precio, guardaba la esperanza que la vieja dijera otra cosa, o que se equivocara, o que le hiciera un buen descuento, o aún que, dando el mismo valor al ella explicarle su situación, esta se condoliera de ella y le colaborara de alguna manera. Por un instante pensó que podría volverse su amiga y contarle la desfachatez de su compañero de trabajo. - ¡Veinticinco mil pesos! - respondió en tono seco. Isabel quedó desconcertada. - ¿Cuánto es lo mínimo, señora? Pero antes que la vieja fuera a contestar, Isabel agregó: - ¡Mi hija está grave en el hospital! - Haga una obra de misericordia. - ¡Ah! - exclamó la mujer. Todas vienen con el mismo cuento. Además, esto no es una feria ni una casa de beneficencia. Mil cosas pasaron por la mente de Isabel. Desde decirle de todo hasta robarle la caja de las inyecciones. Pero pronto recapacitó, sacó el dinero de su bolsillo y como mostrando alguna disposición para la compra, finalmente inquirió: - ¿El señor que estaba antes? -ya terminó el turno. Vuelve a las cuatro de la tarde. Isabel sintió desfallecer. Y aunque su alma se inundó temporalmente de angustia, en su interior, un halo de triunfo afloró porque no había tenido que caer tan bajo, pero el sollozo no la abandonó porque presentía que el tiempo de Isabelita estaba llegando a su fin. Cerró sus ojos durante un instante, y un destello divino iluminó su rostro. Un haz repentino le trajo el recuerdo de alguien: - ¡Don Alberto! Era un hombre de más o menos cincuenta años de edad. Su mejor cliente. El que no sólo le compraba tinto todos los días, sino que también la había sacado de otras encrucijadas. Un ser desinteresado cuyo único propósito era servir a los demás. Sólo había un problema: don Alberto llegaba a las cinco de la mañana. A esa hora era que abría su negocio, un pequeño almacén de víveres en la zona comercial. Isabel pidió la hora a un taxista: - ¡Cuatro y cuarenta! - le respondió el hombre, mirando con dificultad el reloj del taxi. Isabel se sentó en la acera a esperar que el señor llegara, supuso que de todas maneras era mejor permanecer ahí que deambular sin claridad por el centro de la ciudad. Cerró durante unos instantes sus ojos cansados, pero pronto tuvo que abrirlos porque escuchó una voz que le resultó familiar: era don Alberto que la estaba saludando. Isabel se levantó de la acera y se arrojó a los brazos del señor, llorando de manera inconsolable le contó la fuente de sus desgracias, como una hija que acaba de encontrar a su padre tras una larga ausencia, buscó el refugio para sus angustias y encontró alivio en los oídos que le prestaban atención. Don Alberto entendió la situación. No sólo le prestó el dinero que ella le había solicitado -veinte mil pesos-, sino que le dio cuarenta mil, no sólo se ofreció a acompañarla -según su deseo¬-, sino a llevarla él mismo en su auto. Un manantial esporádico de esperanza brotó desde el fondo del alma de Isabel, una frágil sonrisa se escapó de sus labios y un tenue resplandor encendió su mirada. Sintió una ligera sensación de optimismo y una brisa de tranquilidad circundó su rostro bañado en lágrimas. A las cinco de la mañana regresó con la droga al sitio donde había dejado a su pequeña niña. Cuando Isabel llegó al hospital, corrió hasta donde se encontraba Isabelita, pero no estaba allí. Lentamente su alegría espontanea se fue transformando en una honda preocupación. Nadie le daba razón de la niña. Con mucha desesperación preguntó por el médico que la había atendido y lo halló en un consultorio administrativo, estaba exhausto y demacrado, como si no hubiera sobrevivido a una jornada francamente extenuante. Don Alberto se anticipó a cualquier pregunta de Isabel. -Doctor, la señora es la mamá de la niña a la que usted le mandó traer este medicamento- Insinuó don Alberto. - ¿Usted es el papá? - inquirió el médico. -No señor. Un amigo de la familia- aseveró don Alberto. -Por favor, déjeme a solas con la señora- acotó el médico. El médico cerró la puerta del consultorio y se acomodó las gafas. -Señora, la niña murió hace casi una hora. Isabel gritó desesperadamente. - ¿Por qué se demoró tanto? - preguntó el médico. Isabel quiso contestarle, pero no pudo, el llanto terminó por ahogarla y sintió que perdía la razón. Don Alberto, al escuchar los gritos entró a consultorio, y recogió a la mujer que ya se estaba desgonzando, y la recostó en una silla de la oficina. El mismo médico ordenó darle un agua aromática con prontitud. Con la incertidumbre de no saber qué hacer en ese momento, y la tristeza por la pérdida de su pequeña, Isabel se sintió desfallecer, un gesto de amargura se dibujó en su semblante y un deseo irresistible de morirse se instaló en lo más profundo de su ser. Ni siquiera la presencia de don Alberto atinaba a consolarla. Tan sólo un comentario suyo la hizo escapar de su abstracción absoluta: -Isabelita, recuerde que le quedan otros cuatro angelitos por quienes luchar. Entonces apareció en su mente la imagen de sus otros cuatro hijos, sumergidos en la inocencia de sus sueños profundos, ajenos a semejante desgracia, convino que no tenían por qué terminar pagando las consecuencias. Casi a las seis de la mañana, don Alberto salió con Isabel a hacer las diligencias del sepelio. Ella traía a su pequeña en un cofre que el hospital le había prestado, mientras don Alberto iba a buscar funeraria, le pidió a Isabel que llevara la niña hasta la casa para hacerle unas horas de velación según era la costumbre. La dejó en la esquina y él partió a lo suyo; entre tanto, Isabel con el cofrecito entre sus brazos recorrió la cuadra que la separaba de su casa, acompañada de una tenue llovizna que a esa hora caía y que comenzaba a mojar su ropa, mientras en sus pómulos se confundía con el llanto perpetuo que brotaba de sus ojos. Recorrió la misma callecita de ranchos humildes, que impregnaban de miseria a todo aquel que se atreviera a atravesarla, y por la que apenas unas horas antes había transitado con su pequeña por última vez. Pero en esta ocasión percibió algo más. Un suave murmullo de voces adoloridas se entrelazaba en un coro de pesar, que se iba fortaleciendo a medida que ella se iba acercando a su hogar, mientras que un mar de miradas se clavaba en su figura, estremeciendo su alma. Todo encontró su explicación cuando llegó a su morada. Una escena dantesca ante sus ojos esculpió un gesto de espanto en su rostro. La modesta casita se había incendiado. En el momento en que iniciaron las convulsiones de la niña, Isabel tuvo que salir corriendo despavorida hacia el hospital, y en su desmedido afán, olvidó apagar el fogón que hervía el agua para los paños que habrían de bajarle la fiebre a la pequeña. El incendio fue total. Sus cuatro niños yacían en posición fetal, carbonizados, abrazados unos a otros, tirados sobre las cenizas de la que en algún momento fue su cama, como esperando a que por fin amaneciera, y acabara de una vez por todas esa noche infernal que parecía interminable. FIN

jueves, 8 de septiembre de 2022

UN DÍA DESPUÉS

UN DÍA DESPUÉS Al menor de los hermanos le correspondió la realización de la tarea. Se llamaba Isaac, tenía catorce años y ocupaba el puesto doce de nacimiento entre seis hermanas y seis hermanos. La madre había muerto unos días antes y el muchacho fue el elegido para viajar hasta Puerto Petróleo, para traer desde la notaría única de esa ciudad el certificado de matrimonio en donde constaba que su padre y su madre se habían unido en un pasado lejano con el fin de vivir en pareja y conformar una familia, para así dar inicio al proceso legal a través del cual podrían disponer de aquella pequeña casa donde la familia había proliferado, y la cual había sido testigo de tantas alegrías y tristezas en el seno de aquel hogar cálido. El padre, tan incansable trabajador como empedernido bebedor, cuya única misión era la de alimentar y sostener a la familia, había muerto cinco años antes, tras sufrir miles de problemas de salud que incluían haber padecido todas las enfermedades catalogadas oficialmente más muchas otras que tan sólo se habían observado en él. La madre, abnegada mujer sin otra misión que la de traer al mundo a la prole y criarla de acuerdo a su estado de ánimo, lograba la hazaña increíble de supervivencia con el mísero sueldo del viejo o su pensión cuando éste decidió irse al otro mundo. Toda esa lucha constante terminó agotando las de por sí minadas fuerzas de la vieja, hasta que no pudo más y “sacó la mano”, dejando a la deriva a tan numerosa cantidad de gente. El día del velorio, un abogado allegado a la familia les insinuó que lo mejor era vender la casa y que cada quien tomara su propio rumbo, razón con la que estuvieron de acuerdo, principalmente los más grandes, imaginando que quizás tendrían en sus bolsillos miles de millones de pesos producto de la venta. Pero para eso, el primer paso que debían dar, era traer el registro del matrimonio. La decisión fue unánime. Isaac era la mejor opción para el viaje, sin la oportunidad de decir sí o no, porque el mandato incluía regaño y todo, el muchacho no tuvo más que aceptar la orden de la mejor manera posible, a sabiendas que ni siquiera conocía esa ciudad, aunque para ser justos entre todos los hermanos le reunieron la plata para el viaje y para que comiera algo por el camino. La idea era que Isaac debía ir y volver el mismo día. Es decir; llegar, pedir el papel y devolverse. Y así se hizo. El hermano mayor lo llevó hasta la terminal de transportes y lo embarcó en el bus que primero encontró. El muchacho se quedó observando a través de la ventana cómo la figura se iba reduciendo hasta cuando fue imposible seguir observándolo, entonces se halló solo y abandonado a su suerte por primera vez en su vida. El viaje transcurrió entre varios sentimientos y muchos pensamientos. Un Isaac desconocido para sí mismo emergió de repente, cubierto de un manto pesado y oscuro al que llamaban miedo, y terminó aprisionando su pecho contra la inevitable realidad de la soledad absoluta. Su mirada perdida en la insensatez de cosas sin importancia como un árbol, una vaca, una nube, un niño que intempestivamente se cruzaba por la ventana del paisaje absorto, lo transportaron por el océano del olvido. Se sintió abandonado, a las puertas de la desgracia y tuvo ganas de llorar. En eso estaba cuando la vista de las primeras casas le dejaron entrever su entrada triunfal a la calurosa ciudad donde el petróleo parecía brotar por cada poro del suelo. Hacía un calor insoportable y las calles polvorientas lograron traerlo de vuelta al mundo, porque de alguna manera, el hecho de sentirse atado al cumplimiento de una misión asignada, rescataba su condición humana que unos momentos antes parecía destruida. Pero sucedió lo impensable. Al llegar a la notaría un aviso grande, escrito a mano, decía: CERRADO POR INVENTARIO. ABRIMOS MAÑANA. Isaac deseó que la tierra se lo hubiera tragado, maldijo su suerte y lloró ahogado en el mar de la incertidumbre. Pensó que lo mejor era buscar un teléfono para informar a su hermano lo sucedido, y que le diera las instrucciones del caso. Quedó sumergido en la preocupación de qué debía hacer con tan poco dinero y en tan poco tiempo, y que su decisión no defraudara a la familia que atenta lo esperaba, caminó hasta encontrar un teléfono que nunca logró hallar, decidió seguir caminando hasta que sus pies se cansaron y su mente se nubló definitivamente, entonces entró sin querer a territorios prohibidos, donde fuerzas oscuras se lo llevaron y lo desaparecieron, creyendo que se trataba de una conspiración. Se perdió para siempre, obnubilado en la insipiencia de sus catorce años, y en la irresponsabilidad de una tarea que le había quedado grande cumplir, pero fortalecido en la ilusión de que, al fin y al cabo, un día después, estaría de nuevo en casa. FIN

jueves, 1 de septiembre de 2022

UN CUENTO DE FÚTBOL

UN CUENTO DE FÚTBOL Bueno sí. Ya me cansé de que a toda hora me estén preguntando por qué soy un revolucionario. Pero sí lo hacen porque creen que les voy a contestar que simplemente porque me da la gana, pues no tengo otra explicación, están muy equivocados. En realidad, no hay una razón, hay varias; es más, hay muchas. Por eso, no me detendré a comentarlas una a una, sino que describiré detenidamente de la manera más imparcial posible la más trascendental y absurda de todas: la primera. Ahora debo regresar a mi infancia. Sucede que el domingo once de octubre de mil novecientos ochenta y uno, se iba a jugar en la ciudad de Bucaramanga un partido de fútbol, un verdadero clásico entre el Atlético Bucaramanga de esta ciudad y el Atlético Júnior de la ciudad de Barranquilla, encuentro en el que se iba a definir la entrada a la liguilla final de uno de los equipos en contienda. El Bucaramanga era el favorito, ya que además de ser local, llevaba la ventaja de que el empate lo clasificaba a la final, toda una proeza si se tiene en cuenta que hacía mucho tiempo no ocurría semejante acontecimiento. Para entonces, yo no era más que un niño de nueve años, que además de disfrutar las aventuras propias de tan extraordinaria época, tenía la encomiable misión de ser el acompañante oficial de mi tío Gustavo, empedernido y fiel hincha Búcaro, a todos los encuentros que nuestro equipo disputaba, bien fuera un domingo o un miércoles, en el día o en la noche. No importaba, ahí estábamos, siempre listos. Ese partido crucial, por supuesto, no sería la excepción. Recuerdo muy bien que durante la semana se fue creando un ambiente de expectativa sin precedentes en la ciudad y que no se hablaba de otra cosa que no fuera el partido entre Bucaramanga y Júnior. Era un viernes. Mi tío Gustavo me pidió que fuera temprano por las entradas, a fin de asegurar el ingreso a la tribuna donde siempre asistíamos: la oriental. Eso hice, pero hubo una pequeña variación. Cuando me dirigía hacia el expendio, unos amigos con los cuales jugaba fútbol me pidieron que me quedara con ellos para echar un partido. Solicitud, a la que no me pude rehusar, porque de niño, sólo se vive en función del juego. Como siempre, el encuentro se prolongó más de lo esperado, por aquellas situaciones extrañas, propias de un partido disputado en plena calle. Salí corriendo para el expendio, pero al llegar descubrí un letrero lánguido y miserable que decía: SÓLO HAY BOLETAS PARA SOMBRA. Como el dinero que llevaba no me alcanzaba para boletas de sombra, decidí enfrentar la situación, ir a casa y contarle a mi madre que por no haber ido temprano al expendio nos habíamos quedado sin entradas, y debía asumir las consecuencias del disgusto de mi tío por la desobediencia mía. Mi madre lo llamó para darle la noticia. Por supuesto, él se desplegó en regaños e insultos por mi irresponsabilidad, y le pidió un castigo ejemplar. Pero eso sí, primero que le prestara el dinero faltante y que me enviara de inmediato a comprar las boletas de sombra antes que también fuera tarde, porque de ninguna manera quería perderse la oportunidad de disfrutar con sus propios sentidos, el más trascendental de los partidos. Tiempo después tuvo la grandeza de transformar su disgusto en un elogioso agradecimiento a mi desobediencia. El día del partido nos levantamos muy temprano; tomamos el desayuno, y nos fuimos para el estadio. Una larga fila de personas ya estaba apostada en el lugar, aguardando que llegaran las doce para ingresar al escenario y conseguir un buen puesto. Pero ahí no terminaba la espera, el encuentro comenzaba a las tres y treinta. Un sol inclemente empezaba a mostrarse, como presagio de un día excepcionalmente caluroso. La mañana se hizo interminable, como cuando se espera algo, y parece que pasan siglos, aunque en realidad no han transcurrido más que unos segundos. Así llegaron las doce, en medio de un ambiente monótono que era casi imposible seguir aguantando. Cuando abrieron las puertas, un caudal desenfrenado de personas corrió con desespero en busca de un puesto. Pero estos pronto se agotaron ante la arremetida inusitada de visitantes, prueba inequívoca de que el número de entradas era muy superior a la capacidad real del recinto deportivo. Un calor insoportable destilaba pequeñas gotas de sudor viscoso que se pegaban al cuerpo, era la antesala ideal de lo que serían otras tres horas de espera. El partido comenzó en un ambiente de fiesta inigualable. Los equipos saltaron a la cancha en medio de una lluvia de papel multicolor y pólvora. Un espectáculo majestuoso jamás antes vivido se dibujó en mi corazón y un destello en la memoria me advirtió no haber visto nunca un derroche de alegría tan generalizado. Con la piel erizada, escuché con atención los himnos interpretados por las bandas marciales. Todo concordaba con el prólogo de una tarde inolvidable, que desembocaba en el ferviente deseo de ver a mi equipo ganador. Desde el inicio se previó un juego difícil. El ambiente era sofocante y pesado, pero nunca se puso en duda que, a pesar de la complejidad de la situación, nuestro equipo saliera avante porque ya no era un anhelo repentino sino una pasión incontrolable. Pero si alguien analizaba con cabeza fría, podía percibir perfectamente que algo extraño rodeaba el partido, como si el juez central estuviera observando un encuentro completamente diferente al del público ardoroso que imploraba el triunfo búcaro. Pronto las dudas se fueron disipando. Al Bucaramanga le pitaban faltas inexistentes, sus jugadores eran injustamente amonestados, se veía un inusitado interés para que el Júnior consiguiera la victoria como diera lugar, entonces mi tío Gustavo puso su mano sobre mi cabeza y cuando lo volteé a mirar, dejó escapar una mirada de preocupación profunda y con absoluta realeza sentenció: ¡este partido está comprado! Al finalizar el primer tiempo íbamos perdiendo uno a cero. El Júnior se había echado atrás y esperaba el contragolpe. El Bucaramanga, atacaba sin descuidar la retaguardia, la esperanza de todo un pueblo de ver a su elenco en una fase final parecía esfumarse, aunque nuestros muchachos arremetían sin clemencia contra un equipo de once jugadores metidos en el pórtico y un juez infame que le ayudaba de forma descarada sin saber con qué oscuro interés. El segundo tiempo arrancó con buenas expectativas, expectativas que con el transcurrir de los minutos se fueron diluyendo. Poco a poco los ánimos empezaron a caldearse y el monólogo del período inicial se repetía ahora de manera más evidente. La angustia comenzó a apoderarse de la hinchada que se sentía impotente ante el paso inclemente del reloj que parecía dictar una sentencia inapelable. El hecho que rebosó la copa ocurrió minutos antes de finalizar el partido. El Bucaramanga atacaba sin cesar y el Júnior se defendía como podía. Pero en una de esas jugadas, un delantero búcaro entró al área chica y presto a rematar al arco, fue derribado por un defensa juniorista, el público estalló en júbilo al detectar una pena máxima inobjetable, pero quedó atónito al comprobar que el juez no la había pitado. De inmediato comenzó el infierno. Una turba enardecida, humillada en su amor propio, no pudo resistir más y la emprendió sin contemplaciones. Varias personas se unieron en grupos espontáneos, y haciendo gala de nuestro carácter recio, se apostaron en diferentes sitios y sin funciones precisas dieron rienda suelta a su insatisfacción. Expresiones tan disímiles y violentas aparecieron como fantasmas renegados, y se manifestaron para la opinión como un despropósito, despropósito tan sólo entendido si se encontraba en aquella situación inmanejable. Unos rompieron la malla y entraron a la cancha, otros quemaron el papel y la pólvora, otros destruyeron la pista sintética, otros atacaron las emisoras y los baños, pero los más osados se enfrentaron con la policía que en ese momento se hacía ya insuficiente, mientras que los que ya estaban en la gramilla quisieron atacar a los jugadores contrarios, pero principalmente a los jueces, que corrían despavoridos a buscar el camerino búcaro. Claro, abrazados por una ola incontenible de ira, que a cada instante crecía como una bola de nieve que baja por la montaña, y que se mezclaba de forma peligrosa con el alcohol, el calor, el dolor y la ofensa, produjeron una estampida de violencia que pintaba en el terreno de juego una escena dantesca. Una batalla campal se desarrollaba en el mismo escenario donde hacía apenas unos segundos, dos equipos de fútbol se jugaban la posibilidad de pasar a la final para brindarle a sus hinchas una alegría tan pura y tan grande que en otras circunstancias no hubieran podido vivir. A mi corta edad no alcanzaba a dilucidar lo que estaba pasando, y peor aún, en qué podía terminar todo. Simplemente me dedicaba a observar. Mi tío Gustavo como buen padre que fue para mí, me tomó de la mano, y con expresión serena me explicó que teníamos que irnos. Le pregunté que por qué, si el partido no había concluido, su respuesta fue tan corta como contundente: ¡el partido ya terminó! Estaba tratando de entender todo cuanto acontecía, cuando un escuadrón militar muy bien armado ingresó al estadio y comenzó a tomar posición, mi tío apuró el paso, pero se encontró en medio de una fila interminable de personas que con desesperación buscaba la salida, el panorama era desolador, parecía el paisaje de una batalla que acababa de terminar, pero qué equivocados estábamos: apenas empezaba. Ráfagas interminables tronaban en el horizonte, principalmente en la tribuna oriental donde por mi irresponsabilidad no habíamos encontrado boletas, y se estrellaban sin compasión en los hinchas que encontraban a su paso. Mi tío trataba de resguardarme, pero aun así podía observar de primera mano semejante masacre. Jamás podré olvidar como algunas personas corrían despavoridas y caían lentamente, en un zigzag infernal, mientras la danza de la muerte los sorprendía a sus espaldas, y se desplomaban sin remedio en una laguna de sangre. Un policía amigo de mi tío Gustavo nos encontró y nos llevó por el camerino, varios cuerpos yacían tendidos sin vida en la loza fría del pasillo, el policía lo miró a él, me miró a mí, y luego sentenció: “mire Gustavito, estos maricas del ejército la cagaron”. Estas imágenes me siguen dando vuelta en la cabeza y me han llevado a concluir algo: que una banda de desalmados hubiera acribillado tan vilmente a un grupo de inermes que todo cuanto deseaban era disfrutar la fiesta del fútbol, es la peor infamia que he podido presenciar en este mundo. FIN