miércoles, 21 de octubre de 2026

UNA COINCIDENCIA MUY GRANDE

UNA COINCIDENCIA MUY GRANDE Cerca de la media noche, Bella despertó con los dolores del parto. Todo había comenzado una tarde entre los árboles, hacía ya casi 10 meses, cuando se había unido con Fuerte con el fin de reproducirse. El mundo era tan reciente que ni siquiera existían nombres para los individuos, y se les llamaba según un atributo que poseyeran. A Bella se le había asignado un promontorio de hojas frescas que haría de cama, con el fin de que pariera a su cría de manera más cómoda. Dichas camas no eran tan grandes, como todos sabemos, por aquellos tiempos remotos la estatura promedio era de 1,50 metros para los machos, y de 1,35 metros para las hembras. Recostada sobre la fina estructura de hojas, descansaba Bella, asistida por un séquito de hembras, entre las que se destacaban su madre, su abuela, sus tías, sus hermanas, sus primas, sus sobrinas, todas unidas por el sentimiento de solidaridad, elemento clave para el desarrollo de la especie en aquellos días complejos y difíciles. Para entonces, hace 200.000 años, los grupos humanos todavía se conocían como manadas, y estaban conformados por entre 50 y 60 individuos, de los cuales, unos 10 o 20 eran machos y unas 30 o 40 eran hembras. A esta altura no sé si deba seguir diciendo machos y hembras, o sea mejor referirme a hombres y mujeres, según sea el caso. No sé. Lo curioso de aquella noche inolvidable, era que además de Bella, al otro lado de la manada, Linda también estaba en trabajo de parto, era el producto del desenfreno sexual de Fuerte hace aproximadamente 10 meses, al igual que a Bella, a Linda, también la acompañaba el séquito de hembras que constituían su núcleo familiar. Ante la carencia de cuchillos o elementos afilados, la única forma de cortar el cordón umbilical era con los dientes. La loable y sorprendente tarea le correspondía a la madre de la madre; es decir, a la abuela de la criatura, o a otra hembra de la familia. El padre no tomaba parte alguna en el desarrollo del parto, su función era procurar la caza para alimentar a su prole y reproducirse. En cualquier caso, ya no era como antes, la irrupción de otros machos como Inteligente, Valiente y Tenaz, obligaba a Fuerte a emplearse a fondo. Igual sucedía con las hembras, además de Bella y Linda, estaban también Seductora, Espléndida, Lista, y una más joven que arrasaba, una tal Decidida. La competencia era galopante, y exigía a unos y otras, a ser cada día mejores. La “moda” de caminar en dos pies, cosa llamada bipedismo, había traído consecuencias, y eran las mujeres las primeras en experimentarlas, se trataba de la pelvis, ahora era más corta y ancha, lo que significaba la estrechez del conducto vaginal, acontecimiento que coincidió con el aumento del cerebro humano al momento de nacer, convirtiéndose el parto en un evento tortuoso. Mas como la evolución siempre se adapta, buscando soluciones a las distintas problemáticas de la biología, redujo el tiempo de embarazo de 20 meses a 10 en solo 2 millones de años, pero trayendo consigo otro problema, las crías debían nacer más pequeñas para que pudieran pasar por el conducto vaginal, dejándolas extremadamente expuestas al peligro de la naturaleza. Entonces, la solución era casi peor que el problema. Para que las hembras pudieran tener sus crías, estas debían nacer aún inmaduras, y por tanto, las madres tenían que cuidar de ellas, como nunca se había visto en el reino animal, menos en los mamíferos. Con solo un 25% de desarrollo, una cría de Homo sapiens era un auténtico desafío de supervivencia. Dicho de otra manera, para que un bebé humano pudiera desenvolverse como cualquier otro primate, su gestación debería durar al menos entre 24 y 30 meses, con la consabida dificultad de que no tendría por donde nacer, porque a su vez, la pelvis se hacía más ancha y corta, y el conducto vaginal más estrecho, mientras que el cerebro de la criatura era todavía más grande. Las noches, generalmente serenas, menos aquella del doble parto, alterada por la inusual situación, solían ser muy rutinarias. Todo sucedía alrededor de una fogata, que más que dar calor lo que hacía era alejar a los predadores, pero el fuego se utilizaba principalmente para cocinar los alimentos, el Homo sapiens descubrió que los alimentos cocidos eran más fáciles de digerir, exigían menos gasto de energía, y sobre todo, daban un mejor sabor a la comida, por lo que el fuego adquirió un carácter casi sagrado. En esa sociedad sucedía un fenómeno muy particular, los más viejos eran los primeros en quedarse dormidos y los primeros en levantarse al día siguiente, mientras que los más jóvenes, eran los últimos en acostarse y los primeros en despertarse, coincidiendo los tiempos de unos y otros, en una especie colectiva de vigilia en el que algún grupo etario permanecía expectante ante la posible presencia de fieras salvajes, por lo que el horario de sueño no estaba tan estandarizado como hoy en día. No había casi ocasión para algo tan común como dialogar, no tanto porque no hubiera tiempo, sino porque no había palabras, la comunicación era tan incipiente, que el lenguaje se basaba en el intercambio de sonidos y gestos que indicaban a alguien o a algo, era un movimiento primitivo que apenas requería el uso rudimentario de la laringe y las cuerdas vocales, la voz daba sus primeros pasos para conquistar al mundo. Desde esos tiempos inmemoriales, la voz masculina ya empezaba a hacerse más grave que la femenina. Aquellas, fueron realmente épocas muy difíciles, el Homo sapiens apenas comenzaba a consolidarse como especie, pero se veía crecer rápidamente gracias a ese sentimiento de solidaridad que siempre nos ha acompañado y que, en los momentos actuales, nos parece a veces tan esquivo. Fue esa la gran diferencia que marcó el desempeño de nuestros antepasados y que nos permitió estar donde hoy estamos. Sin esa característica, el Homo sapiens, se habría extinguido sin ningún reparo. Este doble parto sucedió una noche en una amplia sabana ubicada en el noreste de África, hace alrededor de 200.000 años, en lo que hoy se denomina el cuerno africano. Estas dos mujeres de aquella manada, Bella y Linda, trajeron al mundo dos preciosas niñas, hijas de un hombre corpulento, de aproximadamente 30 años de edad, llamado Fuerte, eximio cazador y gran reproductor, mientras él dormía plácidamente, en preparación de la nueva jornada de caza del siguiente día. Eran los descendientes 15 y 16 de Fuerte. Algo muy especial sucedía tras el parto, todas las hembras del núcleo familiar que habían asistido a la madre, se acercaban tiernamente a ella, la acariciaban con dulzura y le implantaban un prominente beso que servía de aliento, desde aquellos tiempos pretéritos, se sembró la evidencia genética según la cual, todas las mujeres son en menor o mayor grado bisexuales. La única función de los machos, además de la función reproductora, era proveer de alimento a la manada. La labor consistía en salir al entorno de la sabana, con ciertas armas que habían aprendido a elaborar, seguir a la presa, y atacarla hasta matarla, el grupo conformado por los machos adultos de la tribu, regresaba entonces al terminar la tarde, con su trofeo de caza, que no era otra cosa que el alimento para todo el grupo, como podrán imaginar con una existencia tan cruda, la esperanza de vida a duras penas llegaba a los 30 años. De todas estas maravillas que hoy nos venimos a enterar, debemos resaltar fundamentalmente el papel de las abuelas, sobre todo de las abuelas maternas, en el desarrollo de nuestra especie; su consideración, su esfuerzo, su experiencia y su dedicación, nos permitió avanzar hasta consolidarnos en lo que hoy somos. Si tuviéramos que establecer una jerarquía, inicialmente hablaríamos de la importancia de las abuelas maternas; luego, de las abuelas paternas; después de los abuelos maternos, y finalmente, de los abuelos paternos. A Fuerte, el protagonista de nuestra historia, le empezaron a atraer otras hembras, entre ellas, una llamada Decidida, una hembra joven con una característica relativamente nueva, una actitud desafiante ante la naturaleza, virtud que influyó poderosamente en las demás mujeres para motivarlas a participar activamente en actividades como la recolección de vegetales, la preparación de alimentos, la fabricación de utensilios, así como en el desempeño de otras tareas diferentes a su función reproductiva. Fuerte ya lo había sentenciado, tomaría a Decidida, con el fin de reproducirse, sucedería una tarde de estas, allá mismo, detrás de los árboles. No había afán, simplemente se trataba de esperar. Estas y muchas otras cosas pensaba Fuerte, mientras esperaba con Inteligente, Valiente, Tenaz, y otros machos más jóvenes, la aparición de una presa que sirviera esa noche de alimento a la manada. El sol caía de forma perpendicular, y hacía un calor devastador, era una época de sequía y de escasez de animales, y no podían fallar. Y a pesar de tanta incertidumbre no existía en ninguna de las poblaciones, la más mínima opción de sostener relaciones incestuosas. Venía cuidadosamente impreso en el ADN del Homo sapiens la prohibición natural, social, biológica y antropológica del incesto. Y no era por cuestiones supersticiosas ni divinas, ya que por esos días aún no se advertía la existencia de un ser superior, era simplemente la predisposición química y genética de renunciar a cualquier práctica sexual con quien se compartía lazos de sangre. En ese entonces, los Homo sapiens cazaban grandes herbívoros como cebras, búfalos, antílopes, jabalíes, y los más osados como Fuerte, optaban por animales aún más descomunales como rinocerontes e hipopótamos, aunque en ciertas ocasiones, los cazadores debían contentarse con liebres y aves. El problema no era que no hubiera comida, el verdadero problema era que detrás de esa comida también había una gran competencia, félidos y cánidos de gran tamaño, se peleaban el derecho de alimentarse con las mejores presas. Hace 200.000 años, en la inmensa sabana de África oriental, un hipopótamo grande y pesado deambulaba tranquilamente, mientras Fuerte y sus compañeros de caza, lo veían como la cena del festín de esa noche, pero Fuerte quería terminar rápido con eso, tenía la intención de conocer a sus dos hijas, pero ante todo de seducir a la encantadora Decidida, pero un homoterio decidió lo contrario, cazó a Fuerte y se lo llevó de cena a su manada, el sol empezaba a esconderse y el atardecer fulguraba en todo su esplendor. FIN

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