lunes, 13 de julio de 2026
UN HOMBRE DE GRAN DEVOCIÓN
UN HOMBRE DE GRAN DEVOCIÓN
Ibrahim Knoppof era un judío de cuarenta años que había llegado a nuestra tierra para sembrar uvas y producir a gran escala vino tipo malbec, como bien se sabe, la variedad más rica en resveratrol, con el supuesto propósito de aumentar la longevidad de las personas. Todo esto, en cumplimiento de una idea descabellada de un depravado que fungía como presidente, de despojar de la tierra a los naturales indignos que no la aprovechaban, y dársela a judíos emprendedores, ojalá sionistas, para que llovieran bendiciones sobre el país, al acoger al pueblo de Dios en su santo seno.
Tras aceptar la invitación, el judío había dejado atrás a su esposa, una muchacha veinte años menor que él, por considerarla ya vieja, y a sus cuatro hijas, todo con el único objetivo de empezar una nueva vida en estas tierras, en ese afán había encontrado una nueva pareja, una hermosa mujer trans llamada Camila Bradford, dos años mayor que él, presentadora de un noticiero local de televisión, desde el momento en que la vio, se enamoró perdidamente de ella, y la hizo su compañera.
A pesar de la diferencia sexual y cultural de su nuevo amor, nunca tambaleó en su fe, y por el contrario, desde entonces decidió observar con mayor rigurosidad las normas dictadas por su credo y se dedicó al cumplimiento de sus prácticas religiosas con inusitada devoción. Era un santo varón.
Una noche, en que la luz se cortó de manera intempestiva, la pareja encontró un espacio para un acercamiento más profundo y un diálogo más sereno. Sucedió que, en medio de la oscuridad, al no haber reflejo de luz en la atmosfera, comenzó a verse el cielo de una manera más diáfana, con una nitidez inigualable, un paisaje ideal para observar con especial claridad, los astros que adornaban aquella noche iluminada.
Ibrahim tomó a Camila entre sus brazos, la sentó en sus piernas, y mirando a través de la ventana de su casa, mientras acariciaba sus cabellos negros y lisos, empezó a hablarle del poder y la benevolencia de Dios, fijándose en el detalle de una estrella cuya imagen rugía de manera feroz, y mientras el hombre se explayaba en expresiones loables, Camila tan solo se concentraba en imaginar el misterio de aquel resplandor, entonces tomó la palabra y con voz aún grave y densa, le dijo: “Allá en esa estrella hay un planeta, en ese planeta hay una pareja mirando hacia el cielo a través una ventana, viendo una estrella y diciendo, allá en esa estrella hay un planeta, en ese planeta hay una pareja mirando hacia el cielo a través de una ventana, viendo una estrella y diciendo, allá en esa estrella hay un planeta, en ese planeta hay una pareja mirando hacia el cielo a través de una ventana, viendo una estrella y diciendo, allá en esa estrella hay un planeta, en ese planeta hay una pareja, mirando hacia el cielo a través de una ventana, viendo una estrella y diciendo lo mismo, y así sucesivamente con cada estrella y cada planeta que hay en el universo.
Para Ibrahim Knoppof, aquella declaración de Camila Bradford no fue una declaratoria de amor sino de guerra, sintió que el puente que los unía se había resquebrajado de manera total y definitiva, y comenzó a sentir repulsión por aquel ser de maldad, pues sucedió que, en aquella descripción satánica, la mujer que le servía como esposa, había derrumbado los pilares fundamentales de su religión, al negar que Dios fuera el amo supremo del universo, y que Israel fuera el pueblo de Dios. Mil cosas pasaron por la mente de aquel hombre herido profundamente, y tan solo reparó en retirar a Camila de su entorno y dirigiéndose a ella con mirada de odio, le dijo con voz iracunda: “la próxima vez que te haga mía, te voy a arrancar el pene de un mordisco”.
Ante semejante amenaza, Camila tan solo pensó en huir inmediatamente. Y así fue, al amanecer ya se había ido, llevándose consigo sus pertenencias y los recuerdos de un amor que nunca debió ocurrir. Cuando Ibrahim despertó, se encontró inmerso en el vacío y el silencio de la soledad más absoluta, entonces comenzó a caminar, sin rumbo fijo, tan solo reflexionando sobre la maldad del ser humano, la maldad latente de los niños, los ancianos, los jóvenes, las mujeres, que querían despojar a su pueblo de las tierras que Dios le había asignado, pensó que la humanidad es malévola por naturaleza, tan malévola, que apoya que gente inerme y miserable, quiera tomar posesión y posición de lo que una vez fue suyo, pero ya no lo es. Y así siguió caminado, hasta cuando su figura y su recuerdo se perdió para siempre.
Cuatro años después, Camila quedó atónita cuando vio un reportaje de un compañero suyo del canal, sobre un hombre que vivía en una alcantarilla, que comía basura y que había perdido toda ilusión de vida. Se trataba de Ibrahim Knoppof, acabado, envejecido, ojeroso, arrugado, enflaquecido, andrajoso. Lo reconoció, aunque parecía irreconocible, era como si hubieran pasado cien años en lugar de cuatro. Pero lo que más le llamó la atención fue su vientre, tan grande como el de una ballena azul, tenía el abdomen tan inflamado, que le medía más de dos metros de circunferencia, y le pesaba aún más, porque le costaba un tremendo esfuerzo moverse.
FIN
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