jueves, 10 de julio de 2025
REGLA DE TRES
REGLA DE TRES
A la hora del desayuno don Aureliano Balbuena, gerente general de Editorial Suramericana, me llamó con afán desmedido. El éxito de mi novela “1469” había sido tal, que había llegado a la conclusión de que no solo ameritaba, sino que también exigía una segunda parte.
De hecho, desde el momento en que escribí y leí la novela, yo también lo había considerado así, y adoptando mi posición de autor, pero también de lector, mi esencia creativa comenzó a elucubrar de manera meticulosa todas las situaciones que ilustrarían la segunda parte.
Después de enaltecer mi obra literaria con inusitada preponderancia desde el campo intelectual, describió al detalle el éxito desmesurado en ventas, argumentando que una segunda parte sería catapultarnos a mí como escritor y a él como editor, a las cumbres de la literatura universal, y, por ende, a soñar en la fabulosa probabilidad de alcanzar la riqueza que, sin reconocerlo, en realidad siempre habíamos estado buscando.
Encalló entonces en la necesidad de que el hito se consumara pronto, la segunda parte de la novela debía ver la luz lo más urgente posible, para que no se apagara el deseo vehemente del público lector, y me propuso la fecha de un mes, para la producción, cosa que, al fin y al cabo, el suponía sería muy fácil para mí, tanto por mi fuente inagotable de inspiración como por la imbatible facilidad de expresión escrita, con que la vida me había dotado.
Riéndome en mis adentros, interpreté que ni escribiendo sin parar las 24 horas del día, en un mes podría escribir la segunda parte, le pedí que me diera tiempo para pensar en los plazos, conviniendo en que la segunda parte de “1469” era absolutamente necesaria, y que el mundo se merecía la continuación de tan extraordinaria joya de la literatura universal, ante lo cual ripostó el viejo, en tono sarcástico, que en cualquier caso no podría ser más de dos meses.
Estuve pensando el tema durante todo el día, llegando a la conclusión que el del afán era él, por tanto, si en realidad quería la segunda parte de mi novela, para usufructuarse rápidamente con mi talento, debía atender una serie de peticiones, que yo creía absolutamente indispensables para profundizar mi inspiración y hacerla más eficaz y eficiente en cantidad y calidad. En primer lugar, necesitaba el mar, aquel espejo de agua me sugería paz y tranquilidad, por tanto, equilibrio total, en segundo lugar, requería la presencia de mis dos mujeres justo a mi lado, para saber de ellas a cada instante, en tercer lugar, solicitaba una suma de dinero para atender mis necesidades y las de ellas, y, en cuarto lugar, lo más fácil de todo, pedía tiempo, no podía escribir la segunda parte de una obra maestra en uno o dos meses, sino por lo menos en seis. Cumplidos estos pequeños detalles muy seguramente estudiaría la posibilidad de dedicarme de lleno a escribir una pieza que beneficiaría la historia de la literatura y que catapultaría a la gloria a la editorial, a don Aureliano, a “1469”, y por supuesto, a mí mismo.
Al siguiente día, me llamó bien temprano, era como si hubiera estado esperando que amaneciera para llamarme y hablar del tema. Iban a ser las 06:30 cuando me llamó, pero no le contesté, estaba preparando el primer café del día, y quise hacerle saber que, para mí, este era un instante verdaderamente sagrado. Le devolví la llamada a las 08:00, pero no contestó, era como si hubiera estado atendiendo otra llamada y la hubiera colgado, realzando la importancia de la mía, porque me llamó de inmediato. Sin darle tantas vueltas al asunto, le hice mis peticiones, dejando para el final, la de la compañía de mis dos amadas. Conforme iba hablándole de las solicitudes, el viejo ripostaba con reparos exagerados, pero cuando llegué a la última, enmudeció al instante, quedó perplejo, como si quisiera decir algo que no atinaba, yo también callé porque asumí que me había equivocado al ser tan sincero, hablar con sinceridad crea barreras sociales, pero no importa, es mejor así, ya que finalmente simplifica las relaciones. No sé por qué pensé que había echado todo a perder.
Le dije que necesitaba estar frente al mar, y que requería seis meses para escribir, tener cubiertos mis gastos básicos, y, además, la compañía de mi esposa y de mi novia, aunque sé que en el fondo pensó inicialmente que todo esto era una locura, pero al saber de antemano que yo hablaba con la realidad, esa misma noche me envió un mensaje por Telegram, en el que me decía que me esperaba al siguiente día en su oficina, para que habláramos “de negocios”.
Sé que, a esta altura, al igual que el señor Balbuena, usted también tendrá la misma inquietud de él, en el hecho de saber cómo es eso de llevar a mi esposa y a mi novia como supuestas asistentes de mi producción literaria, a un viaje al mar, en el que estaremos recluidos los tres durante seis meses, en un prestigioso hotel con playas privadas, comiendo y bebiendo sin límites, pues estaremos con un plan todo incluido, sin ningún deber que cumplir, diferente a escribir la segunda parte de “1469”, y que además de todo, tendremos los tres, una asignación mensual de unos millones de pesos. Eso suena realmente espectacular. Como usted bien sabe soy un hombre de 40 años, licenciado en humanidades, profesor de español, escritor aficionado, autor de una novela de ciencia ficción llamada “1469”, en la que narro como una civilización sideral llegó a la tierra y fundó un nuevo mundo, obra que se convirtió en un gran éxito literario al recoger, el anhelo de cambio de una sociedad cansada de la guerra, la desigualdad, la injusticia y la violencia.
Mi esposa tiene 42 años, es licenciada en matemáticas y se desempeña como profesora de matemáticas en un colegio oficial de la ciudad, con ella tengo dos hijas y dos hijos, mi novia tiene 36 años, es licenciada en matemáticas y se desempeña como profesora de matemáticas en un colegio oficial de la ciudad, con ella no tengo hijos, aunque ella tiene una hija y un hijo. Con mi esposa tengo una relación de 24 años y con mi novia tengo una relación de 6 años, cada una sabía de la existencia de la otra, aunque nunca se habían visto ni mucho menos conocido; de hecho, ni siquiera habían hablado una palabra ni siquiera por celular. La idea de llevarlas a ambas al viaje era un experimento que no sabía si funcionaría o no, ya que no les había pedido su opinión al respecto, y tenía por objeto únicamente pasarla bien, porque es claro, que ellas no iban a apoyar mi trabajo, pues no podrían hacerlo ni yo tampoco podría permitirlo.
Recuerdo que aquella noche dormí con el convencimiento de que don Aureliano no iba aceptar mis condiciones, y que, por tanto, tendría el pretexto ideal para no iniciar aún la segunda parte de mi novela que, aunque consideraba necesaria no precisaba que fuera algo inmediato, pues por ahora quería seguir enseñando español, lo cual era algo que disfrutaba profundamente. Por eso traté de poner el listón muy alto con tal que fuera casi imposible de alcanzar.
Al siguiente día fui hasta la oficina de don Aureliano Balbuena en la ciudad, había viajado en avión a primera hora desde la capital con tal que pudiera llegar a tiempo para entrevistarse conmigo. Ese solo gesto me permitió interpretar algo interesante. Tenía en su oficina un frasco de café instantáneo “Buendía”, pues sabía que me gustaba el café instantáneo y específicamente el de esa marca. Eso logró sorprenderme poderosamente, y la imagen de avariento que en algún momento había construido del viejo, se transformó de repente en la de un hombre maduro con una gran calidad humana en su interior. Entonces pensé en el enorme poder de la diplomacia como arma disuasoria, y comprendí su valor en el ejercicio de la política, y en general de todas las relaciones humanas, pero bueno, eso será tema de otra historia, pues ahora quiero concentrarme en contarle lo que sucedió ese día.
El señor Balbuena comenzó su disertación haciendo una remembranza de la evolución del mercado literario desde el punto de vista comercial, significando que, a pesar del avance tecnológico, nada lograba por ahora, reemplazar el libro, después orientó su presentación hacia cómo la innovación literaria, atraía la atención de nuevos lectores, y afianzaba la de los lectores tradicionales, y que mi creación intelectual encajaba perfectamente en todos estos conceptos. Hablamos muchas cosas, incluso del equipo de futbol de mi ciudad, del cual él sabía que yo era hincha acérrimo, y de sus más recientes triunfos, los cuales nos llenaban de orgullo, y cuando creyó haberme sensibilizado lo suficiente retomó el tema de la segunda parte de “1469”.
Me dijo que haría una reserva para tres personas, en un reconocido hotel de la ciudad de Santa Marta con playas privadas, instalaciones modernas y acogedoras, y un plan todo incluido, por seis meses, así como una asignación mensual a mi nombre de unos millones de pesos, pero que firmaríamos un contrato de cumplimiento de obra, dijo también que yo debía reconocer el enorme esfuerzo que él y su editorial estaba haciendo por satisfacer mis peticiones, que el viaje a esa ciudad, y su posterior estancia, era muy costoso, pero que lo hacía para que yo estuviera en las mejores condiciones para que pudiera escribir con tranquilidad la segunda parte de la novela, y que pudiera igualar, o incluso superar, la primera parte. Sobre el hecho de compartir con mi esposa y mi novia, no mencionó absolutamente nada, menos una referencia muy general a algo de que “cada quien viva su vida como mejor le plazca”.
A pesar de que reconozco que la respuesta del señor Balbuena me había dejado gratamente sorprendido, debo mencionar que había un aspecto muy importante que no tocamos. Se trataba de los emolumentos de mis bellas princesas, puesto que ellas, de aceptar mi propuesta, cosa que, aún no habíamos hablado, seguramente pedirían una licencia no remunerada de seis meses, con lo cual no podrían cubrir sus gastos básicos en ese tiempo, requería entonces para ellas, una asignación mensual similar a la mía, para que me pudieran acompañar sin reparar en problemas económicos. Como era de esperarse puso el grito en el cielo, pero yo aduje que era como adquirir una póliza para asegurar el éxito. Dejé entrever que el viaje se hiciera en transporte terrestre, para ahorrar costos, aunque la realidad, era que los tres disfrutábamos viajar por tierra más que viajar por aire, lo presenté como si fuera una gran ganancia para él. El viejo se mostró reacio, pero como viera que el proyecto quedaba en riesgo de ejecución al ver mi decisión de echar todo atrás, si no lográbamos un acuerdo en ese punto tan esencial, determinó que aceptaba, pero agregando que no accedería a una sola solicitud más.
Recuerdo que salí feliz de la oficina de don Aureliano, era una mañana maravillosa, el sol brillaba con todo su resplandor, y no había rastro de nubes en el radiante cielo azul, bajé por la calle 36, la calle que tanto me gusta, con las manos en los bolsillos y pateando suavemente, y con dirección, las pequeñas piedras que encontraba en el camino, como si estuviera jugando futbol, mil cosas pasaban por mi mente y de tanto que pensaba, no atinaba a nada en particular, solo algo logró sacarme temporalmente de la abstracción. ¿Cómo iba a decirles a ellas de mi idea, de tal manera que pudiera convencerlas?
Una cena. La más romántica, no para dos sino para tres, en el mejor restaurante de la ciudad, la mejor comida y también la más costosa, las carnes más finas con el vino tinto más delicioso y más rico en resveratrol, puede ser Cabernet sauvignon, Pinot noir, merlot o malbec, mi preferido, por ser el de mi tierra, con un pie de frutos rojos, con fresas, frambuesas, cerezas y moras, excitante y seductor, a las mujeres las cautiva mucho la idea de que su hombre, les ofrezca siempre lo mejor sin reparar en costos, les sugiere donaire y galantería, eso las atrae poderosamente. Ahora solo se trataba de programar la velada y convencer a las invitadas. Yo sé que usted creerá que yo estoy loco, pero no es eso, se trata de soñar y de hacer realidad los sueños, es solo eso.
Las invité a cenar a “La Carreta”, el restaurante más costoso y de mayor prestigio de la ciudad, con comida típica colombiana y churrasco argentino, paraguayo y uruguayo. Las cité a las seis, pero yo llegué a las cinco y treinta, le indiqué a la asistente que estaría en tal mesa, que estaba esperando dos chicas, las cuales llegarían por separado, que me avisara cuando llegaran para venir a recogerlas. Para convencerlas de la velada, les dije que tenía que darles una noticia muy importante y que era preciso que estuviéramos presentes los tres. Debo reconocer que estaba nervioso, el corazón me latía como un tigre que corre desbocado detrás de su presa, de repente me surgió un pensamiento insidioso, si eso era yo, que conocía la situación, ¿cómo sería entonces ellas?
Conociéndolas como las conozco, asumía que cada una estaría arreglándose más allá de lo humanamente posible, no tanto para mí, sino para sorprender gratamente a la otra, entonces tomó fuerza la expresión común que existe entre la gente de que al final, las mujeres no se visten para deleitar a los hombres sino para impresionar a las demás mujeres, es algo que viene impreso en el código genético femenino. Mientras esperaba, observé el atardecer, el sol se escondía detrás de las montañas, y percibí que estaba oscureciendo rápidamente, entonces miré el celular, eran las seis, ninguna había llegado.
La primera en llegar fue mi esposa, salí a recogerla cuando vinieron a avisarme, estaba divina, le di un beso en cada mejilla, y justo en ese instante, llegó también mi novia, también divina, la saludé con un beso en cada mejilla, tal y como es mi costumbre, aquí debo hacer dos precisiones, un consejo importante para todos los hombres que viven una situación similar es que deben tratarlas a las dos lo más parecido posible, lo que haga con la una, también debe hacerlo con la otra, pues como usted bien sabe, las mujeres son extremadamente susceptibles y pueden sentirse menospreciadas por un detalle ínfimamente insignificante, la otra precisión es que tengo una circunstancia muy particular, y es que solamente a las personas que verdaderamente amo, saludo con dos besos, uno en la mejilla izquierda y otro en la mejilla derecha; por eso, aquella ocasión lo hice así, luego sentí que un carnaval de luces y colores estallaba en mi alma, cuando al presentarlas, por su nombre y no por su grado, noté que ellas al saludarse, lo hicieron de la misma manera.
Ya sentados los tres en la misma mesa, había un silencio profundo, aunque no de mal ambiente sino más bien como de intentar decir algo que nadie se atrevía a decir, pero en general, había un buen ambiente, como en familia. Las chicas se miraban de reojo, se escaneaban meticulosamente sin que la otra lo notara, yo no atinaba qué decir, pero hice lo que hago cuando estoy en esas circunstancias, hablo de cosas muy generales, casi abstractas, y eso me da solvencia intelectual, los inteligentes expresan de manera simple las cosas complejas, los intelectuales expresamos de manera compleja las cosas simples.
Pedimos punta de anca, la más exquisita de las carnes, y el mejor vino tinto, mientras llegaba el pedido, me levanté de la mesa fingiendo una llamada del señor Balbuena, para que ellas rompieran el hielo y entraran en confianza. Sé que para ellas no debe ser fácil, aunque en ultimas, tampoco creo que sea muy difícil, de hecho, en mi universo, es algo absolutamente normal. Al regresar, las chicas estaban hablando, intercambiaban ideas sobre el sitio, diciendo que era muy acogedor, y que era un restaurante muy distinguido, yo me sentí en el paraíso. Mi novia me preguntó qué me había dicho el señor Balbuena, y yo le dije que unos detalles que les iba a compartir; mi esposa, me preguntó que cuál era el motivo de la cita, y yo le dije que ya les iba contar, las dos coincidieron de manera jocosa en que había mucho misterio, entonces sus sonrisas se encontraron intempestivamente y mi ansiedad desapareció de inmediato.
Con la llegada de la comida, evité cualquier comentario que pudiera alterar la tranquilidad de la mesa. Ellas hablaban sobre el trabajo, sobre la educación, sobre el sistema, sobre el gobierno, y otras cosas que no logré precisar. Antes de que pudieran preguntar algo sobre el motivo de la cita, me anticipé diciendo que al terminar les iba a dar una buena noticia, me limité entonces a hablar de la comida, del clima y de otras sandeces de las que uno habla cuando no tiene nada de qué hablar. En eso estaba cuando llegó el pie de frutos rojos, pequeño pero sobrio, vi su expresión de agrado y eso me complació profundamente.
Una vez terminada la cena, pedimos una cerveza, la cerveza nacional, y brindamos los tres, alguna dijo algo que no recuerdo exactamente qué, pero nos hizo sonreír con autenticidad. “Amores míos”, dije espléndidamente, y una ola de confianza me invadió de repente, entonces me sentí pleno, con una fuerza imbatible, con un poder devastador, como si hubiera vivido cada instante de mi vida, paso a paso, con el único propósito de llegar hasta este momento grandioso, el punto cumbre de toda mi existencia. “Tengo que darles una noticia maravillosa. ‘1469´ ha sido un éxito total y don Aureliano me ha pedido que escriba la segunda parte. Desde luego no puedo rehusarme a una responsabilidad tan grande, he aceptado con el mayor gusto, estaré en Santa Marta, en el mejor hotel, con todos los gastos pagos, durante seis meses, con una asignación salarial suficiente”. Las chicas parecían estar gratamente sorprendidas, pero un rastro de incertidumbre se dibujaba en su rostro, por no saber quizás si lo que les estaba diciendo era realidad u otra de mis ficciones.
Hasta ahí todo iba bien, ahora pasaba a la segunda parte. Pedí otras tres cervezas, de la cerveza nacional, recuerdo que mientras las traían les hablé de algunos de los logros de la primera parte de la novela y de sus cifras memorables, ellas se mostraban realmente entusiasmadas. Llegó la cerveza y le serví a cada una, entonces tomé sus manos izquierdas, tal como corresponde a mi posición ideológica, y las puse entre las mías, las cuatro manos se entrelazaron y me sobrevino un estremecimiento. “Amores míos, yo las amo mucho y no quiero dejarlas solas todo este tiempo, deseo que me acompañen, cada una tendrá su propia asignación mensual, y podrán disfrutar los mismos beneficios míos”. La mano de mi esposa se soltó intempestivamente y, como acto reflejo, la de mi novia también. El silencio se apoderó de la singular escena. Una pareja que se encontraba justo detrás de nosotros, y que parecía seguir con especial interés la situación, aunque disimulando con astucia, se mostraban expectantes ante el desenlace.
Antes de que pudieran decir algo, pedí un permiso para ir al baño. Desde ahí pude ver que ellas hablaban con inquietante seriedad, pero luego las vi sonreír fugazmente, y quedé sorprendido al notar que, tras intercambiar más palabras, empezaron a reír estrepitosamente. Eso me pareció una buena señal, pero no me hice ilusiones, sabía que lo más probable era que no aceptaran; de hecho, en ese preciso instante deseé con todo mi corazón que no aprobaran mi propuesta, y que así tuviera el pretexto ideal para cancelar el proyecto y no siguiera con toda esta locura, que seguramente me iba a arrancar la paz y la tranquilidad.
Recuerdo que me sentía muy lleno, exageradamente lleno. Pero lo único que me interesaba era conocer la opinión de mis amadas, entonces me acerqué con sigilo y les pregunté: “¿Qué opinan?”. Ellas se miraban entre sí y sonreían, pero era una sonrisa nerviosa como de complicidad, entonces mi novia tomó la palabra, y mirándonos a los dos, dijo: “¡Yo no tengo problema!” de inmediato mi esposa ripostó: “¡Yo tampoco!”. De repente, un festival de luces y colores estalló en mi alma, entonces les dije que tenían que ir a la Secretaría de Educación a solicitar la licencia no remunerada, y que teníamos que ir de compras, para sus vestidos de baño y demás accesorios, todo a mi cuenta; además, dejar organizado lo de nuestros hijos, los cuales iban a quedar al cuidado de sus respetivas abuelas, decidí que era la hora de pagar e irnos, pero antes quería celebrar el acontecimiento compartiendo una cerveza con mis mujeres, entonces pagamos y nos fuimos. De nuevo en el taxi, me sentí extremadamente lleno, pero mi mente estaba en el viaje.
Nos fuimos para “Party 80”, como usted bien sabe, allí suena la música de nuestra época, solo clásicos, lo mejor de la salsa, el merengue, el vallenato, el rock en español, el pop latino y los ritmos afrocaribeños, todo lo que nos gusta a los tres. Nuevamente pedimos cerveza y brindamos, yo las veía muy contentas y sentía que habían hecho buena química, es bien importante que en una relación de tres siempre haya buena química, si no, seguramente no va a funcionar porque en algún momento se va a romper el encanto. Ellas reían, haciendo gala del buen humor y chocaban sus manos como dos compañeras tras alcanzar un logro. Me sentía realmente feliz, tenía lo que todo hombre anhela tener, dos mujeres, una carrera promisoria, buena posición económica y fama.
Pedimos otra cerveza y seguimos tomando, ya habíamos bebido varias y se nos estaban subiendo a la cabeza, entonces comenzamos a bailar. Yo bailaba con ambas, pero no me sentía físicamente bien, y en un momento en el que sonaba una mezcla de Rikarena, salimos a bailar los tres, pero tras permanecer un breve instante en la pista me senté, entonces ellas se quedaron bailando en pareja, eso me pareció extremadamente excitante, mil cosas pasaban por mi mente al conjugar la escena y situarla en el viaje. Al terminar, nos habían traído una picada de fresas con salsa de chocolate, y en una suerte de actividad, propuse jugar a que yo les daba fresas de mi boca a cada una en su boca, rematando con un portentoso beso, para dictar una sentencia de amor eterno.
La gente empezaba a mirarnos y más de uno, creía reconocerme, en eso estábamos cuando una algarabía estalló en la puerta del bar, entonces todos nos asomamos para ver qué estaba sucediendo, lo que le voy a contar parece sacado de una novela de ciencia ficción, pero sucedió realmente. Un convoy de seis tanques Armata T-14 subían por toda la Avenida La Rosita, como buscando la Segunda División del Ejército, se trataba de la cuota asignada a la ciudad por el gobierno nacional tras la compra de nuevo armamento para modernizar las fuerzas militares. Fue un espectáculo majestuoso, como el que jamás había visto ni veré en mi vida, ver pasar frente a mí, a tan extraordinarias naves, me llenó tremendamente de inspiración y suficiencia, a tal punto que llegué a considerar que por todo lo sucedido, ese día hubiera sido el día más feliz de mi vida, hasta que llegué a casa.
Llevamos a mi novia hasta su casa y nosotros nos fuimos para la nuestra. Recuerdo que nos acostamos de una vez, mi esposa recostó su espalda contra mi pecho, su trasero contra mi pelvis, y yo la abracé con fuerza, como si con el abrazo quisiera transmitirle un profundo agradecimiento. Así me fui apagando lentamente, me estaba quedando dormido pensando en todo lo que había sucedido ese día, desde el encuentro de ellas las dos hasta el desfile de los Armata T-14, y todo lo que iríamos a vivir en el dichoso viaje, a pesar de sentirme realmente feliz de estar con ellas, me asaltaba la idea de si viajar con ambas sería una buena idea, y ciertos pensamientos me hacían presagiar que sería vivir en el paraíso, pero otros me hacían creer que estaría en el infierno, y a pesar de cualquier rastro de incertidumbre, me resguardé en la sensación de que iba a escribir las mejores páginas de mi existencia.
A media noche me despertó un fuerte dolor de estómago. Todas las molestias que había estado sintiendo se conjugaron en ese dolor infernal, que era el más fuerte que había padecido en toda mi vida. Intentaré describirlo, era un dolor agudo e intenso en la parte superior derecha del abdomen, justo debajo de la costilla, que irradiaba a toda la cavidad abdominal, acompañado de náuseas y distención, tomé varias pastillas para el dolor estomacal pero no me hacían efecto, creía estar muriendo, hablé con Dios Omnipotente, la fuerza creadora según mi filosofía deísta, pedí perdón por mis errores y cerré los ojos, porque pensé que era mi hora. Mi esposa despertó porque percibió mi desespero, sé que muchas veces, algunas personas, sobre todo mujeres, dicen que los hombres somos extremadamente flojos, pero este dolor era en verdad, de otro mundo, no podía compararlo con nada.
Quería ir a recibir atención médica, pero el solo hecho de pensar en las incomodidades del sistema de salud, así sea medicina prepagada, me hizo abstenerme. Estaba confiado en que pronto terminaría este tremendo suplicio, atribuí semejante malestar al exceso de la comida, y a la avidez con que comí, sumado a la cerveza que tomé, y a la alteración nerviosa de la singular situación que había vivido. Finalmente me quedé dormido, pero sabía que algo no andaba bien, y tenía que averiguar de qué se trataba. Decidí que lo mejor era que al siguiente día, iría a recibir la atención médica correspondiente, para comenzar de inmediato, los análisis necesarios que me permitieran dilucidar qué estaba sucediendo en el interior de mi organismo.
A primera hora de la mañana salí a buscar atención médica, ya no sentía dolor, pero aún tenía malestar. Recuerdo que camino al centro médico pensé en muchas cosas, pero una me envolvió profundamente, de manera superflua caí en un remolino dialectico, del que lo único que podía extraer era que ahora que tenía todo para ser feliz, la vida me salía con esta charada, entonces reflexioné en que finalmente la felicidad no existe, sino que es más bien la menor cantidad de tristeza posible, y fiel a mi instinto realista considere, que era perfectamente posible que así como fuera algo pasajero como una indigestión, un virus o algo así, también podría tratarse de la aparición de una terrible enfermedad que comenzaba a invadirme.
Me atendió un médico muy joven, como recién salido de su carrera, me valoró y exploró físicamente mi condición, hallando una fuerte distención abdominal y tras hacerme la palpación corporal, descubrió el lugar de origen del dolor, situándolo en la parte superior derecha justo debajo de la costilla. Me preguntó otros síntomas y antecedentes familiares para elaborar un posible diagnóstico. Pesaba 75 kilogramos, un peso ideal para mis 1.75 metros de estatura. Me ordenó varios exámenes de sangre, así como una ecografía abdominal para descartar cálculos o masas, solo me dejó un medicamento por si me volvía el fuerte dolor. Al salir del consultorio pensé, “bonita la vida mía, en lugar de estar de compras con mis mujeres, yo por aquí buscando unos remedios”.
Consciente de que debido al viaje estaba corto de tiempo, me apresuré a realizarme los exámenes de sangre y a programar la ecografía, no sé por qué, pero me imaginaba lo peor. Mi esposa y mi novia, entre limites, funciones, derivadas e integrales, me escribían por Telegram para saber de mi estado de salud. Les expliqué la situación, aseverándoles que no había indicios de preocupación alguna, pero que todo quedaba supeditado a los resultados de los análisis, y les recalqué la necesidad de que hoy mismo radicaran las licencias, para que las aprobaran pronto. El viaje era inminente. Me hice las pruebas de sangre y me fui para el colegio, tenía exposiciones en los grados 11 y 12. Programé la ecografía para el día siguiente a las 08.00.
Cuando iba a la toma de la ecografía, observé una escena que me dio malas sensaciones, una paloma macho de la especie doméstica, perseguía alegremente a dos palomas hembras con el ánimo de pisarlas, pero en su loco intento, dio un paso en falso y terminó bajo las llantas de un portentoso auto que a esa hora transitaba por aquella calle, eso me dio mala espina y lo asocié a mi situación, el palomo era yo, y terminaría despedazado por la vida.
El resultado fue inmediato y no ameritaba ninguna duda. Un enorme y colosal cálculo se alojaba desprevenidamente en mi vesícula biliar, la descomunal estructura medía 27 kilómetros, para que usted se haga una idea, el asteroide que provocó el cráter de Chicxulub, cuya colisión terminó extinguiendo a los dinosaurios y al 75 % de la vida, hace cerca de 66 millones de años, medía solo 12 kilómetros. Le presenté los resultados de inmediato al médico, y certificó que la causa de mi dolor abdominal era una colelitiasis con colecistitis; es decir, el cálculo había causado una infección y una inflamación de la vesícula biliar. La única solución era extraer la vesícula, antes de que se convirtiera en una pancreatitis, que generalmente era fatal, o peor aún, que se malignizara, en un agresivo tumor canceroso. Lo malo era que no se podía intervenir así, necesitábamos tres meses para controlar la infección y la inflamación, antes de realizar la operación, y después otros tres meses, antes de que pudiera volver a la normalidad; entre tanto, debía guardar una dieta absoluta de lácteos, carnes, huevos, granos, licores, harinas, dulces, fritos, necesitaba absoluto reposo, beber mucha agua, realizar ejercicio permanente y tomarme los medicamentos con juicio. El viaje quedaba cancelado, por ahora. Es como si a la vida le diera envidia verlo a uno feliz.
FIN
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