sábado, 22 de enero de 2022

GUÍA PARA EL PATO

GUÍA PARA EL PATO Cuenta la historia que en San Cristóbal, se efectuó un congreso nacional de grandes bandidos. Se dieron cita en aquel tranquilo poblado, los delegados más peligrosos de poderosas organizaciones criminales vinculadas al narcotráfico, el paramilitarismo, la corrupción y la politiquería. El objetivo principal de aquella asamblea, era definir las estrategias que les permitiera llevar a la presidencia de la república a un reconocido cabecilla que gozaba de todo el aprecio de los maleantes, ya que era hombre muy adinerado que representaba a cabalidad sus oscuros intereses. La oficina estatal de investigación e inteligencia, tuvo conocimiento unos meses antes de la reunión que se iba a llevar a cabo, gracias a la interceptación de llamadas y correos, y determinó enviar a cubrir el caso a un famoso detective, conocido en la agencia como el agente González, muy preparado y especializado en este tipo de operaciones, condecorado mil veces por el éxito obtenido en operativos similares. En un principio contó con poco respaldo por parte de sus superiores, como era de esperarse, ya que como bien es sabido, casi siempre este tipo de delincuentes cuentan con el respaldo de gente muy importante que les cubre la espalda de manera directa o indirecta. Pero como no pudieron obstaculizar el caso optaron por sabotearlo, prestándole muy pocas herramientas logísticas y apoyando el seguimiento con displicencia. El agente González llegó a San Cristóbal, unos días antes de la fecha señalada, montó una pequeña venta de golosinas y cigarrillos junto al parque principal, comenzó a vestirse de manera humilde y desfavoreció su apariencia para que su semblante indicara un hombre mucho mayor de lo que realmente era. Sus compañeros, entre tanto, le iban indicando el movimiento de los forajidos a medida que se acercaba el día. Finalmente los malandrines escogieron una vieja casona situada a una cuadra del parque como sitio ideal para desarrollar el evento. La oficina recogió las coordenadas del lugar y se las entregó a González para que él iniciara su trabajo de inmediato. Su presencia no dejaba presagiar que ese hombre modesto se tratara en realidad del mejor detective del país para este tipo de casos. Lo primero que hizo fue instalar un poderoso micrófono y una sofisticada cámara, instrumentos con los cuales podría captar desde un pequeño monitor ubicado en la venta, todas las imágenes y todos los sonidos emitidos por los pícaros, con el ánimo de poderse colar entre los asistentes. Esa era su táctica para entrar a la reunión. Las últimas indicaciones de la oficina, antes de desconectarse por razones de seguridad, fue que llegaría hasta la puerta de la casona un individuo, el cual era denominado “el pato”, el cual daría una clave que serviría de guía para ingresar al consejo. Llegada la fecha y la hora, el agente González se dispuso a atender la venta de forma denodada mientras observaba todos los movimientos que ocurrían en la casona. Todo parecía transcurrir sin novedad alguna en el pueblo, aquella mañana calurosa y tranquila. De pronto llegó un hombre alto y delgado, era el primer pato. Tocó a la puerta y desde adentro una voz nítida y grave le preguntó: ¿veinticuatro? Y el hombre le respondió de inmediato ¡doce! entonces la puerta se abrió y el hombre entró. González, se quedó pensando cuál era la clave que servía de guía para el pato, debía encontrarla si quería entrar y presenciar de primera mano qué era lo que se estaba ejecutando en aquella infausta cita. Pasaron unos minutos cuando llegó a la casona un hombre bajo y gordo, era el segundo pato. Tocó a la puerta y desde adentro de nuevo la voz preguntó: ¿dieciocho? Y el hombre le respondió ¡nueve! la puerta se abrió y el hombre entró sin problemas, en ese momento González creía tener una pista sobre la clave, pero no se quiso adelantar hasta no estar convencido, por lo que decidió esperar al próximo elemento. Momentos después, llegó a la casona un hombre alto y gordo, era el tercer pato, tocó a la puerta, la voz preguntó: ¿catorce? El hombre contestó ¡siete! la puerta se abrió y el hombre entró libremente, González estaba prácticamente convencido de haber hallado la clave pero esperó una confirmación final. Luego llegó un hombre bajo y delgado, era el cuarto pato, tocó a la puerta, la voz preguntó: ¿ocho? El hombre contestó ¡cuatro! La puerta se abrió sin obstáculos y el hombre entró a su disposición, González quedo plenamente convencido de tener la clave que servía de guía para el pato. González se acercó a la puerta y tocó. La voz maldita le preguntó: ¿cuatro? Y González lúcido y esplendoroso como nunca, replicó ¡dos! Y sucedió lo impensable, la puerta se abrió, el hombre dueño de la voz, le dio a González una patada en los testículos, sacó su arma con silenciador y le pegó seis tiros, mientras le gritaba, “para salvarse tenía que haber dicho seis, tenía que haber dicho seis para salvarse”. FIN

sábado, 15 de enero de 2022

GLORIA

GLORIA Antes de aquella noche ya la había visto tres veces en mi vida. La primera vez fue en la calle 35, cuando ella tenía cuatro años y yo dos. Fue una tarde calurosa de abril. Ella iba en un autobús, recuerdo su rostro recostado contra el vidrio de la ventana, su mirada abrumadora encontrándose con la mía en medio de un bosque impenetrable de gente que corría sin saber para qué ni para dónde. Fue como si el tiempo se hubiera detenido durante una fracción de siglo. Y así seguimos, mirándonos hasta cuando ya no fue posible porque el autobús se perdió en la realidad de su recorrido. La segunda vez fue en el parque infantil. Ella tenía ocho años y yo seis. La niña disfrutaba de los juegos mientras que yo, sentado en una banca junto a mi madre, me deleitaba observándola. Pensé que ya la había visto antes y que habría de verla después. En ese momento tuve una extraña sensación, un repentino caos en las leyes de la física me hizo dudar de la veracidad del tiempo y el espacio, una variable desconocida surgía de la nada y se presentaba como un misterio inexpugnable de la naturaleza. Nuevamente nuestras miradas se cruzaron de manera intempestiva. La tercera vez fue en la plaza principal, frente a la alcaldía. Ella tenía doce años y yo diez. El alcalde había organizado un evento para todos los niños de las escuelas del municipio, y allí en medio del desorden, nuevamente nuestras miradas tropezaron. Recuerdo que en ese momento tuve un pensamiento especial, asimilé que nuestras vidas parecían dos olas que se encontraban indefinidamente una con otra antes de llegar a una majestuosa playa, y que esa playa majestuosa a donde llegaban era un hogar cálido y romántico, cuyos únicos residentes éramos ella y yo. Los anuncios del corazón llegaron con los estertores de su tercera presencia. Gracias a ella, una palabra nueva adquiría significado en el diccionario de mi vida: AMOR. Sus ojos brillantes como luceros de media noche, destellaron como una enorme supernova en la galaxia de mi existencia. Esa mirada, esta vez más cierta, se había impregnado en lo más profundo de mi esencia, otorgándome la autoridad necesaria para predecir que dentro de poco, aparecería por cuarta vez, y que esa irrupción sería la definitiva para posicionarse como la dueña absoluta de mi vida. Atendiendo pronósticos puramente matemáticos, advertí que un nuevo encuentro sucedería en cuatro años. Entonces ella tendría dieciséis años y yo catorce. La imaginé con una figura más de mujer que de niña pero no me detuve en detalles físicos sino que hice énfasis en su aspecto espiritual. Interpreté entonces que estaría atravesando la oscura etapa de la adolescencia, edad en la cual era posible que viviera la experiencia de un noviazgo, o que estuviera ad portas de iniciar la vida universitaria, y por ende, de conocer más gente con la cual pudiera sentirse atraída, esas y otras variables me estremecieron profundamente ante la eventualidad de que nuestro próximo encuentro ocurriera demasiado tarde. Mas como en la vida nada es como se presupuesta sino como está previamente establecido, pasaron cuatro años y la predicción no se cumplió. No la volví a ver. Era como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Intentaba buscar su figura en la figura de otras niñas pero era imposible encontrarla. Me faltaba el brillo de sus ojos para reconocerla. Mi búsqueda se complicaba con el agravante de no saber a ciencia cierta a quién estaba buscando, en razón a los cambios físicos que pudiera haber tenido desde la última vez que la vi. La única pista que poseía para hallarla era su mirada profunda, que tantas noches me había hecho soñar, y que era como un faro que me iluminaba a plenitud. Sería como buscar una estrella en el infinito. Una noche, cuando creí que toda esperanza se había perdido, la brisa del destino decidió traerla de nuevo hasta mi vida. Sucedió un 30 de octubre, tenía ella dieciocho años y yo dieciséis. Estaba yo pintando un caballo, sentado en el andén de mi casa. El lápiz casi sin punta, dibujaba los trazos sobre el papel bond, borraba y pintaba una y otra vez la crin, para que adquiriera cierto tipo de movimiento casi imposible para un estudiante de secundaria en una tarea de educación artística. Levanté la cabeza cuando sentí que alguien pasó frente a mí y entonces sucedió lo imposible, que ese alguien era ella. La vi entrar a la tienda de la esquina, la seguí con la mirada como lo hice aquella primera vez. No supe donde me quedé cuando el resplandor de sus ojos me sorprendió de nuevo. Una alegría indescriptible se esbozó en lo más profundo de mi alma, mientras trataba de dilucidar si lo que estaba viviendo era parte de un sueño. Los misterios de la vida son verdaderamente inexpugnables. Al salir de la tienda descubrí que había entrado a una casa que se encontraba exactamente dos casas más abajo de la mía, una que habían desocupado unas semana antes. Pude observarla al detalle mientras caminaba con su porte de reina. Vestía una pequeña falda rosada de líneas rojas y una corta blusa blanca de figuras moradas, se había convertido en la mujer más bella de cuantas ha parido el universo, la flor más hermosa de la primavera, el agua más pura del manantial, la brisa más fresca de la tarde, el néctar más dulce del jardín. Estoy casi seguro que aquella noche no me vio, y sin embargo, cómo entender que a partir de aquel instante mi existencia ya no volvió a ser la misma. Estuve esperando largo rato para verla nuevamente, pero no salió. Entonces decidí irme a dormir, mi almohada es testigo de todas las ilusiones que se encendieron en mi corazón aquella noche. A pesar de que mi cama yacía fría, un calor inexplicable me abrigaba desde el interior. Supuse mil situaciones, imaginé cien escenas en las que los dos éramos únicos protagonistas, y una ola incontrolable de regocijo se apoderó entonces de mi ser. Un montón de libélulas alborotadas me comenzaron a revolotear en el estómago, o en el hígado, o no sé dónde, para avisarme que las campanas del amor habían comenzado a repicar en mi vida. Cuánta alegría me invadió en ese momento, qué maravillosa sensación pude percibir. A pesar de que dormí muy poco, al siguiente día desperté con la idea absurda de que todo había sido un sueño. Pero pronto volví a la realidad para dejar perfectamente clarificado que mi bella princesa se había pasado a vivir junto a mí y que tan sólo dos casas me separaban de la tierna posibilidad de hacerla mía para siempre. Entonces comenzó mi tortura. Me levantaba bien temprano en la mañana y salía a la calle, iba a la tienda, hacía los mandados que jamás hice, pasaba una y otra vez frente a su casa, o simplemente permanecía inmóvil en la puerta de la mía, a la espera de poder verla de nuevo, para seguir forjando en lo más profundo de mi corazón, ese ideal eterno de convertirla en la dueña absoluta de mi vida. Sin embargo, el tiempo siguió transcurriendo y en noviembre me fue imposible volver a verla. Veía su imagen en la imagen de otras mujeres, inclusive llegué al extremo de escuchar su voz angelical, a pesar de no haberla escuchado nunca, representada en otras voces. Estaba francamente desesperado, comencé a deambular en medio de un laberinto dialéctico buscando alternativas y alcancé a considerar que lo mejor era ir hasta su casa y decirle todo cuanto ella significaba para mí. Pero no. Había muchas imprecisiones que me acercaban a la latente realidad de que ese podría ser el peor de mis errores y me abstuve. Sin otra opción, todo cuanto hice fue esperar, sabía que pronto llegaría diciembre y que sería imposible no poder verla. Con la aparición de diciembre las expectativas llegaron al máximo. Pero ni la noche de las velitas, ni las misas de aguinaldos, ni la noche buena, ni mucho menos la noche vieja, lograron acercármela de nuevo. Entonces empecé a considerar que su paso aquella vez frente a mi casa había sido casual, y que lo más probable era que después de haberla visto tan cerca, jamás volviera a encontrarla. Lo cierto era que estaba profundamente enamorado de alguien que no conocía, que ni siquiera sabía su nombre, cuya voz nunca había escuchado y poseedora de una personalidad que aún ignoraba. Finalmente el aura del nuevo año me trajo el encanto de su presencia. Estaba completando un crucigrama cuando percibí fugazmente su mirada recorriendo los senderos más profundos de mi existencia. Entonces me preguntó si podía ayudarme. Todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de sorprenderme. Yo que siempre había imaginado qué decir al llegar este momento inesperado quedé atónito y como pasmado. Lo cierto fue que mi respuesta arrancó de su rostro una hermosa sonrisa que irradió el cielo oscuro de aquella noche perenne de enero, mi corazón comenzó a latir de manera desenfrenada al confirmar que tras su visita repentina, había descubierto de manera definitiva el resplandor de su mirada y conocido de una vez por todas su voz angelical, su aroma fragante y el encanto de su sonrisa. Mil recuerdos cruzaron mi mente y le agradecí a Dios, el haberme permitido vivir este mágico instante, agradecí que mis padres se hubieran enamorado y me hubieran engendrado con el sólo propósito de haber podido conocer esta bella criatura. A pesar de tanto regocijo recuerdo perfectamente que intercambiamos otras palabras, todas sin ninguna importancia. Pero como siempre he tenido la manía de ver y oír cosas más allá de lo que los sentidos pueden percibir, llegué al descubrimiento trascendental de que poseíamos almas gemelas, y que por lo tanto, la había conocido desde siempre, desde la fundación del mundo, porque era como conocerme a mí mismo. Sentí que mi atracción por ella crecía cada segundo que transcurría, entonces permanecí inmerso en la abstracción de su presencia mientras la escuchaba y la observaba, de pronto la fortuna pareció abandonarme cuando llegó la hora de la despedida, me dijo que ya debía irse a dormir y que pronto nos veríamos de nuevo. Con la partida repentina me había surgido una realidad crítica, el misterio de su nombre. Entonces quise devolverme hasta su casa para decirle que había olvidado algo: preguntarle cómo se llamaba. Pero noté las luces apagadas y pensé que lo mejor era regresar al siguiente día. Hasta me serviría de pretexto para hablarle de nuevo. Con esa incertidumbre me fui a dormir. Pero ya en la soledad de mi cama, me fue completamente imposible conciliar el sueño. Recordé las cuatro veces anteriores en que la había visto y cómo todo lo sucedido ese día, lograba superar lo vivido en magnitud e intensidad. Cuando estaba cayendo al abismo de la inconciencia tuve la grandeza de regresar al mundo material para reparar en lo más importante de todo: ¿por qué razón ella no me había insinuado nuestros encuentros anteriores? ¿Acaso no habían sido para ella tan importantes como lo fueron para mí? Me consolé en la frívola posibilidad de que todo hubiera quedado premeditadamente relegado para la próxima vez en que nos viéramos. Al siguiente día estuve desde temprano en la acera del encuentro de la noche anterior, mas no apareció. Intenté llegar hasta su casa con el pretexto de conocer su nombre pero pensé que esa actitud podría rayar en lo ridículo. Entonces seguí esperando hasta cuando me di cuenta que ya era demasiado tarde, y que en cualquier caso, era imposible que ella saliera a esa hora, por lo que consideré que lo mejor sería esperar a mañana. Pero fue sólo hasta la siguiente noche cuando llegó de nuevo hasta mí. Esta vez venía de manera casual y más hermosa que nunca. Mi corazón corría como un tigre hambriento tras su presa y mi mente obnubilada discurría entre los recovecos de su latente compañía. Reconozco que no era dueño de mí, y que más bien me dedicaba a aprobar cualquier aseveración con tal que eso me significara la recompensa de su sonrisa. Sabía en mi interior que era inevitable preguntarle su nombre y hacerle referencia a los encuentros anteriores, pero no acataba a descifrar el momento preciso para abordarla. Surgió de la manera más espontánea, en medio de palabras y sonrisas, como una gota de rocío en el amanecer, como un grano de arena en el desierto. -¿Cuál es su nombre?- Le pregunté. -¡Para usted, simplemente Gloria!- Me respondió. La frase con la que ella me contestó fue determinante para hacerme olvidar que necesitaba también la otra precisión. -¿Qué quiso decir cuando dijo “para usted, simplemente Gloria”?- Pensé a grito entero. Una nube inmensa con diversas variables se precipitó sobre mi cabeza. Fue nuevamente en la soledad de mi cama, y en el absoluto silencio de mi alcoba, donde comencé a dilucidar todas las opciones probables y llegué a la conclusión de que indefectiblemente todas y cada una de ellas, desembocaban en dos únicas vertientes posibles. La una, me la entregaba en mis brazos y nos instalaba en las puertas del paraíso. La otra, me arrojaba a un precipicio angosto y oscuro que me asfixiaba sin contemplación alguna. Un túnel largo y peligroso se extendía en mi interior con dos vehículos que se aproximaban a gran velocidad, en sentido contrario y en tinieblas, mientras yo intentaba encender una luz para aclarar semejante incertidumbre. La primera se refería a que en efecto “para usted, simplemente Gloria”, era una presentación que quizás utilizaría por primera y única vez, puesto que estaba destinada para aquel que se habría de convertir en el amor de su vida, y que según mi interpretación, incluía un mensaje implícito de pertenencia. La segunda, en cambio, hacía referencia a que “para usted, simplemente Gloria”, era una presentación común y corriente, dirigida a una persona que no representaba para ella ninguna trascendencia. Mi interpretación es que era para alguien que jamás ocuparía un lugar de relevancia en su corazón. Pensé que sería inevitable que nos viéramos urgentemente, no tanto para vernos como tal, sino para esclarecer el total significado de dicha aseveración. Mas como fuera imposible encontrarnos de nuevo, porque con ella no había forma de establecer le regularidad que uno desearía tener en una relación, llegué a la conclusión de que el mensaje que ella había querido transmitir con esa respuesta, no era otro que el de brindar una expresión completamente espontánea, genuina, pura y sincera, que no llevaba ningún código secreto sino que era una manifestación esporádica, propia de su sencillez. Mas como me suele suceder siempre, que en determinados momentos siento imprescindible conocer la respuesta de algo a cambio de seguir viviendo, y al cabo de un rato, deducir que dicha inquietud es totalmente intrascendente para el transcurso normal de mi vida, tanto el tema de los cuatro encuentros anteriores como el de la inusual presentación se perdieron en el olvido porque los días y las noches posteriores vinieron cargados de energía. Me sentía sumergido en un océano profundo y tranquilo en donde había conocido a plenitud el significado completo de una palabra a la que los eruditos de todos los tiempos denominaron simplemente AMOR, y que era el sentimiento más bello que pudiera incubar ser humano alguno. Ahora nos encontrábamos en todo lugar y en todo momento. Me alegré Imaginando que ahora nuestros núcleos se habían fusionado en un sol inmenso, y que miles de universos giraban alrededor nuestro, desafiando cualquier ley que pretendiera usurparnos el legítimo derecho a ser felices. Tanta cercanía me produjo la inserción de un catálogo de nuevas y variadas sensaciones que aumentaban a cada instante la irresistible atracción que me ataba a ella, y que me ponía de patitas en las puertas del paraíso, al abrigo de su encanto y en la comodidad de su dulzura. Pero un par de noches después fue diferente. Un susurro en el oído y una sonrisa en el alma hicieron inevitable que nuestros labios se encontraran y se fundieran en un maravilloso beso que se prolongó más allá de la eternidad. Era una noche calurosa y sin testigos de aquel enero glorioso. La luna, que reposaba en la alfombra celestial reía a carcajadas y su luz romántica irradiaba erotismo. Fue lo más sublime jamás inmortalizado. Otros astros más imponentes pero menos esplendorosos, se limitaban a observar y reparaban en cómo dos locos enamorados eran capaces de hacer temblar el universo. De pronto un inusual pensamiento atravesó fugazmente mi conciencia. Percibí que aquella mujer cuyos labios suculentos destilaban la miel más dulce, y con quien había protagonizado mi primer beso, y también el más apasionado de la historia, había sellado para siempre su vida con la mía. Que a partir de ese instante sería mía por los siglos de los siglos y que no existiría fuerza alguna capaz de separarnos nunca. Nominada a convertirse en la autora de mi más grande locura, sentí la imperiosa necesidad de congraciarme con ella. Y tras el infructuoso anhelo de hallar la manera más precisa de retribuir tanta belleza, fue finalmente una antorcha resplandeciente la encargada de mostrarme el sendero perfecto para conquistarla. La naturaleza contaba con un recurso que tenía un poder mágico ante el cual todas las mujeres sucumbían: las flores. Un ramo de flores, el más grande y el más hermoso. Con frutas, chocolates, dulces y licores, como adornos. Y rosas de todas las formas y de todos los colores, con una sonrisa de oreja a oreja en sus pétalos, ¡Ah! y una “mafalda” que no se fuera a parecer a una “pequeña lulú”. Así como lo soñé, así llego a su casa. Su familia quedó atónita y no atisbaba a descubrir su origen ni su significado. Pronto se hallaron ajenos en su propio hogar debido al olor repentino de la primavera. Sus hermanos jugaron a hacer pronósticos sobre quién lo había enviado, algunos no se atrevieron a opinar, otros dijeron que éste o aquél, incluso los más osados alcanzaron a sugerir que se trataba de una equivocación. Pero todos coincidieron en que era el ramo más bello que jamás habían visto. Lo más importante era que Gloria hubiese quedado impactada, y que yo hubiera logrado mi propósito. Esa misma noche nos vimos. Contrario a lo que pude haber imaginado no traía consigo el aire de fascinación que yo estaba esperando, era más bien como un cierto anhelo de algo abstracto, lo que se dibujaba en su rostro. Entonces la miré fijamente y sonrió, y su mirada se encendió como siempre, pero como algo furtivo o pasajero. Percibí que hacia grandes esfuerzos por decir algo que no quería o que temía decir. Finalmente me habló. -¡Gracias!- me dijo. Y brotó de su boca una sonrisa casi artificial, un gesto que era completamente nuevo para mí. -¿De qué?- le pregunté. Tratando de ignorar algo que yo conocía a la perfección pero que quería escuchar de sus propios labios. Entonces se quedó callada. Su expresión cambió de inmediato y se transformó en aquella expresión que adquieren las personas cuando se acaban de enterar de una mala noticia. Sus ojos intentaron huir de los míos con discreción y la noté como si se hubiera puesto nerviosa. Mil cosas pasaron por mi mente porque interpreté que además de mí, podrían existir más personas que también le habrían podido enviar el ramo, y por lo tanto, no constituir para ella ninguna sorpresa. Jamás imaginé que no tuviera la certeza de que indefectiblemente era yo, quien se lo había enviado. De repente se abalanzó contra mí y me dijo: -Gracias por ese hermoso ramo. Entonces se acercó para besarme. Y yo como un estúpido tan sólo acaté a dejarme. Me había despojado de cualquier rastro de dignidad. Ella volvió a ser la misma de siempre. Con su gracia encantadora, con su ternura angelical, su magia apareció de nuevo. Pero yo ya estaba en las puertas del mismísimo infierno. Mi entusiasmo no pasaba de las plantas de los pies, caí en el abismo de la depresión más profunda y sentí que mi vida se desvanecía sin ningún remedio. Su sonrisa, su mirada, su voz y su luz, ahora me parecían detestables. Mi explicación era muy simple. Si en efecto, yo hubiese sido su única opción como autor del envío, bastaría con que me hubiera agradecido de una buena vez, sin dudas ni vacilaciones. Pero dudó y vaciló porque no estaba segura, consideraba que había podido ser éste o aquél, tenía otras opciones posibles, y por tanto, podía haber quedado en evidencia, al agradecerme algo de lo cual yo era completamente ajeno. Así surgió nuestra primera pelea. Fue como una tormenta tropical en la paradisiaca isla de nuestro romance y me sirvió para hacerme entender que esa diosa inmortal tenía tantos errores como cualquier mujer mortal, y que mi amor inconmensurable podía o no, ser correspondido. Entonces consideré necesario anteponer una prueba a la relación que sería definitiva para sellar o no, nuestro amor: que fuera mía carnalmente. De ahora en adelante debía ser muy cuidadoso. La invité a comer helados, me disculpé por mi actitud y le pedí que me permitiera aclarar la situación, ella accedió sin condición alguna, percibí que de nuevo tenía al frente a la reina de mi corazón. Comimos un helado de vainilla envuelto en chocolate, maní y coco. Reímos sin parar, nos miramos como antes y nos besamos como siempre. Me explicó que era normal que no hubiera reaccionado como yo esperaba, en razón a que era la primera vez que ella o alguien de su familia recibía tan bello detalle, lo cual me pareció lógico, también me aseguró que había llorado de la emoción, cosa que me alegró en lo más profundo del alma porque me acercó nuevamente a la mujer de la que yo estaba enamorado, y de paso, me hizo sentir una especie de monstruo por haber dudado de ese ser colmado de ternura y sinceridad que tenía al frente. Caminamos por toda la calle 36, cogidos de la mano, abrazándonos y besándonos como dos locos enamorados, embadurnando de amor lo que encontrábamos a nuestro paso, contagiando a los incrédulos del corazón con la idea de que este bello sentimiento aún existía en el mundo. Entonces pasamos cerca de donde la vi por primera vez aquella lejana tarde de mi infancia cuando quedó registrada para siempre en mi vida, pero no le dije nada para evitar que se me perdiera este instante sublime y para que no fuera a pensar que me estaba volviendo loco. Hablamos de casarnos, de tener hijos, de vivir en una casa grande, de administrar un gran negocio, y en general de todas esas boludeces que hablan los que están enamorados. Entonces reparé en que era el momento preciso para hacerle la propuesta. El sol incandescente nos daba de frente pero aun así éramos felices. Fue en la esquina de la 36 con 15, eran como las tres o las cuatro de la tarde. La tomé de las dos manos, la besé y le dije: -Mi amor, cuánto diera yo porque tú fueras la mujer de mi vida. Se quedó mirándome fijamente y me respondió: -Mi amor, gracias a ti eso es perfectamente posible. Esas palabras endulzaron mi alma; sobre todo, porque me daban pie para pedirle una prueba de que eso era “perfectamente posible”. No tanto como una exigencia para continuar el romance sino para convencerme de una vez por todas, que efectivamente ella estaba dispuesta a todo. Cuando le anuncie que necesitaba hacerla mía carnalmente, de nuevo su apariencia se transformó por aquella que se interponía a su propia naturaleza. Lo primero que me dijo fue que hacia menos de un mes que nos conocíamos, y que por lo tanto, consideraba que era demasiado pronto para tomar esa decisión; y agregó, que aunque se sentía muy bien conmigo, no quería pensar que al final de cuentas, yo terminaba siendo igual a todos los hombres. Entonces no me pude controlar. Me detuve con violencia para recriminarle su dureza y le grité a la cara: -¿Cómo que hace menos de un mes? Si nos conocemos hace catorce años. Su mirada regresó pero esta vez con un aire inquisidor. Su aspecto parecía ahora cargado de desdén y desprecio. -¿Catorce años? Es como si acabaran de presentarnos. Quedamos callados. Continuamos caminando por la calle 36 pero ahora de subida. Un silencio sepulcral era todo cuanto se escuchaba entre los dos. Pero aun así, llegamos a casa y nos despedimos sin hacer esfuerzo por besarla porque quería que supiera que estaba herido de muerte. Al llegar a casa, entré en mi habitación y no quise comer. Me sentía abatido. Me acosté en la cama, mirando el techo y las figuras que en él se dibujaban, haciendo un recuento de todo lo sucedido aquella tarde maldita, y de cómo en un lapso tan corto había pasado de ser el hombre más feliz del mundo para convertirme en el más infeliz de todos. Analice mil veces la situación y llegué a dos interpretaciones que me llevaron a concluir que el hecho de estar los dos era el requisito más indispensable para que esto no acabara. La primera era que para ella nunca habían sucedido los primeros encuentros, lo cual era para mí completamente indignante; la segunda, que esa mujer a la que yo me había entregado en cuerpo y alma, tenía la peligrosa habilidad de convertir a una víctima en victimario y a un victimario en víctima. Bajo esa premisa el panorama se mostraba francamente desalentador. Sin embargo recordé que me había dicho en algún momento, que gracias a mi comportamiento, era perfectamente posible que ella fuera la mujer de mi vida. Lo cual era muy gratificante, y me indicaba que había un pequeño trecho más que suficiente para recuperar lo que, al fin y al cabo, era mi razón de ser. Miré el reloj y al percatarme que no era tan tarde tomé la decisión de llamarla por teléfono. Y aunque al principio pensé que no me la iban a pasar, luego de una breve espera me la comunicaron. Al oírla al otro lado, pude percibir que había estado llorando, lo cual inexplicablemente me trajo una grata sensación, no tanto porque su dolor me produjera placer sino porque un día escuché decir de alguien, que entre más se amaba más se sufría. Le hable como si nada. Le dije que no podía dormir por todo lo que había sucedido. Le repetí que la amaba con desesperación y que necesitaba con urgencia que estuviéramos los dos en la intimidad para demostrarle cuanto significaba para mí y le manifesté que la esperaba mañana a las dos de la tarde en el parque Bolívar para llevarla hasta las puertas del paraíso. Antes de que me contestara, me despedí con un beso puro que me brotó del alma y colgué. Nunca llegó. Decidí llamarla para saber la razón por la cual no había ido. Al otro lado de la línea, alguien que no pude identificar, me dijo que había salido de viaje a primera hora del día y que llegaría la otra semana. El desconsuelo logró abatirme por completo. La busqué en lo más recóndito de mi alma y no pude encontrarla. Se había ido para siempre. Entonces lloré. Y el nivel del mar subió un metro con mi llanto, y varias de las ciudades más importantes del mundo, que estaban al nivel del mar, quedaron bajo sus aguas, para que ese hecho no pasara desapercibido, y que nadie se atreviera a dudar del incalculable valor de un amor incondicional que había nacido en los albores de mi infancia. FIN

sábado, 8 de enero de 2022

FRUICIÓN

FRUICIÓN Poco a poco me fui despertando. Los parpados cargados con el sueño más pesado sucumbían ante la inminencia del letargo y mis sentidos trataban infructuosamente de cruzar presurosos las fronteras que habrían de traerme de vuelta hasta el imperio de la realidad. Después de una lucha casi interminable, finalmente pude abrir los ojos, desperté. Me hallaba desubicado, había perdido la noción del tiempo y el espacio, me sentía un elemento extraño de la naturaleza, traté entonces de recordar lo sucedido pero cualquier esfuerzo me fue insuficiente. Era una habitación pequeña y desordenada, un ventilador de torre en una mesita y una pantalla de televisión en su soporte de pared, su respectivo control remoto junto al ventilador, un citófono blancuzco y al fondo un baño, las paredes de color naranja suave, como jugo de curuba en leche, la luz encendida, lo único claro en aquel entorno es que no había nada claro, todo me parecía absolutamente desconocido. Un aire de comodidad me invadió de repente a raíz del colchón, suave como una nube, el cual estaba empotrado sobre una cama de un material rígido como el cemento, eso me sirvió para entender que inequívocamente me encontraba en un motel, entonces giré mi cuerpo hacia la izquierda y me quedé atónito al descubrir que junto a mí se hallaba una mujer. Si, seguro. Era una mujer que francamente a primera vista me pareció la más hermosa, estaba profundamente dormida y completamente desnuda. Intenté poner mis sentidos en orden para tratar de esclarecer de qué se trataba todo esto, pero fui incapaz. Me detuve entonces a admirar a la mujer que me acompañaba en este trance de locura, y la percibí desaforadamente bella, procuré relacionarla con alguien que yo conociera pero me fue imposible reconocerla. Yo también estaba desnudo, lo cual significaba que muy probablemente hubiéramos tenido sexo, pero la idea me resultó perturbadora ante la incertidumbre de no saber de quién se trataba aquella mujer preciosa y bajo qué circunstancias terminamos en aquel recinto de placer. Sigilosamente recorrí toda su figura con la mirada, para evitar que despertara porque ignoraba cuál iba a ser su reacción. Su rostro tenía un aire de dulzura que me seducía poderosamente, su cabello negro y suave parecía el mar en una noche fresca, sus labios rojos y carnosos parecían fresas silvestres en plena cosecha, su piel dorada y suave era como la arena de una playa virgen; entonces observé sus tetas, grandes y redondas como el sol, y continué explorándola hasta llegar a lo más puro de su sexo, que se asemejaba a la puerta de entrada al paraíso. Intenté tocarla pero se movió levemente, entonces temí despertarla por miedo a que toda esta fantasía terminara abruptamente, me dediqué a escudriñarla como un pintor a su cuadro, tratando de recabar toda la información posible para descifrar este inexplicable misterio. Ahora la hallé en una faceta nueva. Dormía plácidamente, de repente un destello de sonrisa se dibujó en su rostro, me pareció conocer la gloria en ese instante de delirio. Soñaba algo que la hacía feliz, porque tenía el semblante que irradian quienes conocen de cerca la felicidad. -¡Quieta!- gimió con ternura en medio del sueño. Su voz delicada era como mil serafines entonando un coro celestial de bienvenida. Entonces reparé en que cómo era posible que un ser terrenal pudiera conservar tanta belleza, y que ese ser maravilloso se encontrara justo aquí, en este mismo lugar y en este preciso momento. Entonces la lujuria pareció envolverme acaloradamente, sentí el loco deseo de poseerla de mil maneras, de hacerla mía para siempre; al fin y al cabo, si la vida me la había puesto al frente era para que yo pudiera disfrutar su presencia, entonces quise besarla, pero nuevamente se movió, esta vez se volteó a su derecha y quedó junto a mí, se recostó sobre mi pecho, e intempestivamente me besó. Me quedé dormido en los laureles del éxtasis, dormí quizás una o dos horas, quizás uno o dos siglos, no lo sé ni me importa saberlo, lo verdaderamente importante fue que la tuve entre mis brazos, a la princesa más encantadora de este mundo, la tuve entre mis brazos. Tiempo después desperté y ya no estaba a mi lado. La luz del baño encendida y la luz de la habitación apagada me dieron la noción de que se había ido, ya no quedaba ni el más mínimo rastro de su paso por mi vida, abracé la almohada como si hubiera sido ella y sentí su olor de hembra en celo, su sabor de fruta tropical, su voz angelical gimiendo ¡quieta!, su sonrisa de noche fresca que me había permitido conocer la gloria. Pero ahora estaba solo, aquí en el lugar más lúgubre y sombrío, abandonado en el inmenso desierto de la soledad absoluta, a sabiendas de que pude haberla disfrutado sin ni siquiera conocerla, sin ni siquiera saber su nombre, para ponérselo a una estrella que pudiera ver todas las noches, con el fin de poder recordarla. FIN

sábado, 1 de enero de 2022

FRENTE FRÍO EN MEDIO DEL VERANO

FRENTE FRÍO EN MEDIO DEL VERANO Antonio Ascanio y su bella y encantadora esposa Paola Telma, salieron temprano como todos los viernes de sus respectivos trabajos, fueron a cenar a “El Mediterráneo” y partieron presurosos a su apartamento donde los esperaba un dulce y sensual encuentro. Desde hacía unos meses estaba sucediendo lo mismo, una luna de miel que se prolongaba en el tiempo, todos los viernes de cada semana, repitiendo cada sesión con la exactitud del ritual que se antepone pero con las variables infinitas que la seducción y la excitación suelen provocar en las personas que se gustan y que se atraen poderosamente, una prueba inequívoca de las sensaciones que albergan quienes verdaderamente se aman. Estaban instalados en aquel pasaje del romance fecundo en el cual, el amor logra esconder las imperfecciones del espíritu, saturando de pasión y lujuria cada movimiento y cada palabra, en esta instancia no se pierde el tiempo en banalidades, sino que se aprovecha para recorrer cada poro y cada pliegue, para compartir el aliento y el sudor que produce el ardor del goce y del placer, donde el éxtasis se apropia de la condición humana. Pero aquella noche de calor tendría algo especial. Las variaciones que parecían inagotables, encontrarían un ingrediente nuevo. La sección de sexo de aquella noche venía cargada de un elemento rojo y vivo, primordial y fundamental, que atemoriza con su sola presencia. Todo funcionó de la mejor manera posible. La entrega total de dos personas que se gustan, que se desean, que se aman y que se desinhiben ante el sexo, da como resultado una formidable muestra de placer en la que los dos protagonistas alcanzan su recompensa, una descomunal mezcla de sensaciones cuya única proclama es el agradecimiento de estar en ese lugar y en ese momento, en esa situación y con esa persona. Lo de esa noche fue una demostración del mejor sexo. Una faena que se prolongó durante varias horas, trajo consigo el obvio cansancio del esfuerzo realizado. Casi rendidos pero realizados, sus bocas y sus cuerpos terminaron entrelazados en una combinación de esencias, a la vez que sus labios y sus mentes sucumbieron ante un genuino y espontáneo “te amo” y como acto reflejo, un sincero y decidido “y yo a vos”. De ahí en adelante, todo cambió de forma inesperada. Paola Telma, se levantó para ir al baño a orinar y bañarse la boca, para acostarse a descansar fresca y relajada. Al salir, le correspondió el turno a su esposo. Fue al baño a orinar y bañarse la boca también, Pero Antonio, notó algo más. Percibió que el tubo de la pasta dental había sido oprimido en su parte central, dejando al descubierto una depresión en su superficie a la altura media del tubo, que le generaba una inexplicable pero agresiva sensación de estrés y fastidio. -Paola, el tubo de la crema dental se oprime desde abajo, para hacer subir la pasta lentamente, nunca desde arriba o desde el medio- esgrimió Antonio. Paola no contestó. Empezaba a quedarse dormida. -¡Paola!- gritó Antonio con afán inusitado. -¿Qué estupidez estás diciendo?- aseveró Paola, con tono de disgusto. -¡Ah! Entonces pensás que es una estupidez- agregó Antonio. -Tenés que saber que es algo que me molesta y que espero no se repita- añadió Antonio en tono desafiante. Paola se levantó de manera agitada y se sentó en la cama, sus ojos bien abiertos confirmaban que su sueño había quedado en el pasado. -¿De qué me estás hablando, Antonio? -preguntó Paola desconcertada, y luego agregó de forma irónica: -Es ridículo que estés peleando por eso. -Ridículo ha sido que me haya casado con vos, que no sos más una buena para nada, maldita perra. -La única buena para nada en este mundo es la perra que te parió. Antonio estalló en cólera y le mandó el tubo de la pasta con violencia a Paola por la cara, golpeándola en el pómulo, Paola le lanzó con fuerza el tubo a Antonio, pero este se agachó y el tubo se estrelló contra el espejo del baño, rompiéndolo en mil pedazos. Varias esquirlas se enterraron en el cuerpo de Antonio, y una en particular le cortó el rostro. Un Antonio poseído se abalanzó entonces contra Paola que permanecía en la cama, tomó el trozo más grande de vidrió y lo enterró con desenfreno en el cuerpo de su esposa, con la última gota de fuerza, Paola logró quitarle el vidrio a Antonio y se lo insertó en la aorta, y la hizo estallar en sangre como una fuente a presión, embadurnando cada rincon de la habitación, la sábana blanca ahora lucía roja, Antonio había quedado tendido encima de Paola, ambos con los ojos abiertos y la mirada perdida de los amantes que reciben un frente frío en medio del verano. FIN