sábado, 1 de octubre de 2022

Y BROTÓ AGUA DE REPENTE

Y BROTÓ AGUA DE REPENTE Juan se encontraba francamente abatido. Sentado sobre la roca más grande, suscitaba toda clase de ideas en procura de hallar un atenuante que le permitiera entender mejor la locura de haber comprado esas tierras baldías, en las que había invertido los ahorros de toda su vida. Pensaba que todo su futuro había quedado sepultado. Se preguntaba insistentemente cuáles fueron los parámetros que le llevaron a considerar que ese terreno estéril sería la gran oportunidad de su vida, pero por más que intentaba no hallaba una respuesta convincente. Todo comenzó un par de años atrás. Cuando un amigo de un amigo suyo, pensó que debía vender el terreno que un día fue su herencia y partir con su familia hacia otro lugar del país, en búsqueda de más oportunidades; entonces, comenzó la tarea haciendo el ofrecimiento entre los conocidos. Les propuso a sus amigos y estos a los suyos, la compra de la tierra o en su reducto, una buena comisión a quien le ayudara a encontrar el comprador. De tal manera, que pronto todos los habitantes de la ciudad que estaba naciendo, se vieron entreverados en el propósito de vender o comprar el terreno. Todos menos Juan García, aquel famoso personaje conocido entre los vecinos por ser un hombre trabajador y ahorrador, soltero y austero, cuya única preocupación era atender todos los días su pequeño almacén de imágenes religiosas, a fin de amasar la gran fortuna que siempre soñó. Cuando su amigo le hizo la propuesta, Juan sintió que una puerta de posibilidades se abría de par en par ante sus ojos. Sólo necesitó un día para dar el sí. Hizo un balance financiero y encontró que tenía la disponibilidad para hacer la compra, entonces no lo pensó dos veces, Agilizó el procedimiento jurídico para dar pronto inicio a su sueño, y se halló dueño y señor del terreno, un paraje cercano situado al suroeste de la pequeña ciudad. Su proyecto ideal era el de sembrar quinua, producto de moda en aquella época por ser una auténtica panacea. Se le hallaba uso en casi todos los aspectos de la vida diaria pero tenía especial relevancia en la medicina debido a sus solicitados y comprobados atributos tónicos y antisépticos. “Se vende como pan caliente”, titulaban los periódicos, al publicar reportajes con especialistas. “Sirve para casi todo”, comentaban los más avezados. Una vez se hizo dueño de la tierra, se dio a la tarea de la siembra. No tenía idea de cuán costoso era el proceso, pero tenía que hacerlo, todo encontraba justificación en la posibilidad de convertirse en ese gran empresario agroindustrial, amado y respetado por la misma sociedad que según él, lo había rechazado. Por eso, decidió también vender el almacén de imágenes religiosas que tanta fama le dio para poner esos recursos al servicio de la causa; de esta manera, pronto se dio cuenta que toda su estabilidad dependía ahora única y exclusivamente de su loco ensueño. La cosecha no pudo ser peor. Una inusitada ola de verano echó a perder todo el esfuerzo. Más como Juan fuera siempre de esas personas que nunca abandonan sus objetivos hasta alcanzarlos, decidió repetir la siembra, ahora sin almacén qué vender, y con los recursos reducidos a la mínima expresión, debía acceder a un crédito con alguna entidad financiera o algún particular sin ningún tipo de escrúpulos. Pero nuevamente la historia se repitió. Sólo que esta vez fue una inusual temporada invernal que trajo consigo lluvias y tormentas que también echaron a perder la cosecha. “toda el agua que se recogió el año pasado se regó este año”, fue lo que se le ocurrió decirle a los trabajadores encargados del cultivo cuando llegaron a cobrarle los jornales, para explicarles que había quedado en la quiebra total y no tenía un peso cómo pagarles. De ahí en adelante fue sólo pesares. Día tras día llegaban los trabajadores y los acreedores, y se apostaban frente al terreno maldito con el fin de presionar el pago de sus dineros. Pero como él mismo les decía “no tenía ni con qué comer, mucho menos para pagar deudas”. Los días se hicieron insoportables, e inmerso en la más completa abstracción, pensó incluso en suicidarse, porque por más que pensaba no hallaba solución viable. Estaba sentado sobre la roca más grande mirando esas tierras baldías, causa de su desgracia, cuando comenzó a ser víctima de un ataque a piedra por parte de quienes esperaban el pago. Intentó resguardarse pero no fue posible debido a que una de las piedras se estrelló contra la roca gigante y de manera prodigiosa comenzó a brotar agua, el preciado líquido emanaba sin control alguno y con tanta fuerza, que pensó que era producto del delirio. Golpeó otras rocas y la respuesta fue la misma. El compuesto vital escapaba por todas partes. El “infame” terreno estaba plagado del agua más pura y fresca que alguien pudiera imaginar, el propietario construyó pilares para almacenar el líquido y los encerró con cercas. En adelante, proveyó de agua al vecindario llegando inclusive a fungir como el único acueducto en aquellos tiempos inolvidables. Se llenó de dinero, como jamás pudo imaginar. FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario