miércoles, 22 de junio de 2022
NUNCA ES TARDE PARA ENAMORARSE
NUNCA ES TARDE PARA ENAMORARSE
La vi por primera vez cuando fuimos a tomar el ascensor. Venía apresurada, con su cabello ondeando, debido al viento que le golpeaba el rostro. La hallé recorriendo el pasillo, acercándose con rapidez para no perder el elevador. Al llegar frente a mí, una tenue demostración de victoria por haberlo alcanzado, se dibujó con timidez en su rostro. Una leve sonrisa que irrumpió con ternura en su semblante, fue suficiente para conquistarme.
Diré que en esencia no era la mujer más linda del mundo, pero en el interior de mi conciencia, su imagen fresca sugería que más que una mujer común y corriente, la pureza de su expresión representaba ni más ni menos, que a la hembra más bella que había parido el universo.
Científicamente se ha demostrado que aunque el resto de mortales no perciba una condición especial, la atracción que algunas personas sienten por otras, representan la aceptación biológica de una información genética que encaja a la perfección en la otra, una especie de marca implícita que codifica a cada ser en el imprescindible proceso reproductivo de búsqueda de pareja. Eso es lo que en el lenguaje común se conoce como “química”.
Guardé la máxima expectativa posible para el momento en que ella descendiera del aparato. Esperé con sigilo para ver en qué piso se bajaría pero el corazón se me llenó de alegría cuando vi que curiosamente se había bajado en el mismo piso mío. La dejé salir adelante, como corresponde, pero más que por un acto de cortesía, en realidad lo hice por divisar su figura. La seguí meticulosamente con la mirada.
Puesto que el ascensor está ubicado en el centro del piso y tiene tres apartamentos a su derecha y tres a su izquierda, debía esperar qué rumbo tomaba ella. Yo me dirigí hacia la izquierda y ella hacia la derecha. Sacó con delicadeza las llaves de su bolso y entró al apartamento ubicado justo después del aparato, mientras que el mío, se encontraba ubicado justo antes. Un carnaval de alegría estalló en el fondo de mi alma, cuando interpreté que un elevador me separaba de la felicidad. Mi mente comenzó a elucubrar mil escenas, que desembocaban en una novela de pasión y locura.
Entonces comenzó la tortura. Saber que aquella mujer encantadora se encontraba a solo seis metros de distancia, me generaba una oleada de incertidumbres, que se traducía en una serie de preguntas sustanciales: ¿Cómo se llamaba? ¿Con quién vivía? ¿Era casada? ¿Tenía hijos? ¿En qué trabajaba? ¿De dónde era?
Recuerdo que en los siguientes días, estuve pensándola varias veces; incluso, algunas noches desperté con la firme intención de ir al siguiente día hasta su apartamento con algún pretexto, con tal que me significara el placer de volver a verla. Imaginaba cualquier excusa, desde las más normales como, “disculpe usted, ¿hay luz en su apartamento?” hasta las más extrañas como, “perdone usted, ¿podría decirme qué hora es?” En eso estaba cuando reparé en que después de aquella vez, no la había vuelto a ver.
Era la hora de tomar decisiones. Decidí comprar el periódico, lo guardé en el maletín, y al llegar en la tarde al conjunto, pasé directo a su apartamento con la convicción de decirle: “mire usted, dejaron este periódico en mi apartamento, pero debe tratarse de un error, tal vez sea suyo”. Elabore mil libretos para romper el hielo. Pero todo quedó en el olvido, porque nadie abrió la puerta, entonces fui hasta mi apartamento, tomé el periódico, y escribí en grande, y con lapicero rojo en la parte superior, “604”, y lo eché por debajo de la puerta de su apartamento, que era el 603, con el fin de que al encontrarlo, fuera ella misma la encargada de ir hasta el mío para entregármelo, en una suerte de proceso inverso.
A la mañana siguiente, al salir a trabajar uno de los vigilantes del conjunto, el que se encontraba en la portería, me dijo que la señora del 603, me había dejado un periódico, que fue echado por debajo de su puerta, y que le pidió el favor de que se lo entregara al señor del 604, tan pronto lo viera, porque con toda seguridad se trataba de un error. Salí del conjunto con dos sentimientos encontrados, por un lado, gratamente sorprendido con la honestidad de esa mujer encantadora, y por el otro, aburrido con la triste realidad, de saber que mi plan para verla, había fracasado.
Tres o cuatro días después del episodio del periódico, vi a lo lejos que entraba de nuevo y me apresuré para alcanzarla. Estaba tan radiante como siempre y más bella que nunca. Recuerdo que intercambiamos varias frases, aunque no logro precisar cuáles, tan solo sé que de repente me encontré recorriendo con ella el trayecto hasta el ascensor, luego ya los dos en el elevador, luego bajándonos en el piso, luego esperándola en la puerta de su apartamento; y una vez allí, mirándonos fijamente a los ojos. Fue entonces cuando percibí por primera vez, el fuego ardiente de su mirada, la típica llamarada incandescente que brota del interior de las personas que se gustan y que se atraen poderosamente, mirada que tan sólo la química del amor logra detectar.
Un tinto. No sé si habré dicho que soy vendedor de seguros y que tengo mi oficina, en un local comercial que funciona justo a las afueras del conjunto donde vivo. A la mañana siguiente, la vi frente a mi oficina, el día estaba un poco frío y caía una pertinaz lluvia, la invité a que siguiera y le ofrecí un tinto.
Un dispensador de agua suministra según sea el caso, agua fría o caliente; en este caso agua caliente, una cucharadita de café por pocillo, si es “Candelaria”, mucho mejor, pero si no, cualquier otro; un sobre de azúcar por pocillo, o según el gusto de cada quien, menos de uno o más de uno; una porción de amor, se revuelve y ya tiene a su disposición, un espectacular tinto. Así lo hice aquella mañana, le preparé un tinto que según me confesó ella misma mucho tiempo después, fue la peor de sus perdiciones. Le pedí el número de su celular, y me lo dio sin condiciones.
La llamé esa misma tarde, le dije que quería verla, que necesitaba hablar con ella urgentemente. Me dijo que esa tarde era completamente imposible, que tenía mucho trabajo, pero que con toda seguridad, nos veríamos al siguiente día. Sentí que una enorme ola de regocijo inundaba mi alma.
Esa noche, en la intimidad de mi cama, abracé con fuerza a mi esposa, estaba convencido de que la amaba con todo mi corazón, le susurré al oído “mil veces te amo”, la besé repetidamente en el cuello, e hicimos el amor hasta cuando nos fue fisiológicamente imposible volverlo a hacer, me dormí viendo a través de la ventana un montón de estrellas que danzaban al ritmo de la pasión y la lujuria, y descansé tranquilamente.
Mucho tiempo después, aquella mujer encantadora que la brisa del destino había traído a mi presencia, y de la cual me sentía perdidamente enamorado, me confesó que aquella noche, a ella le había pasado exactamente lo mismo con su esposo, y que sentía firmemente que lo amaba más que nunca.
Ahora que todo ha quedado al descubierto, he reflexionado varias veces hasta qué punto la infidelidad es un factor necesario para el feliz acontecer de la vida en pareja, de cómo entregar el corazón a otra persona ayuda a comprender cuán grande es el amor, que una persona siente en realidad por su pareja, y hasta dónde puede llegar con tal de conservarla. Para eso debe servir tener a otra persona, para entender el verdadero significado de la palabra amor, y de cómo debe aplicarlo en el devenir diario de su relación. No como los pelmazos y pelmazas, que encuentran otra persona y empiezan a echar de lado a su compañera o compañero; o sea que la desplazan. No, eso es un desplazamiento, eso es algo muy diferente a lo que yo estoy planteando. Yo sé que es un poco difícil tratar de interpretar este concepto, sobre todo, si se proviene de posiciones marcadamente religiosas o de ideologías extremas de pensamiento medieval, pero puedo sostener abiertamente la eficacia de mi teoría en el desarrollo positivo de una relación de pareja.
Después del tinto de aquella mañana, nuestra relación dio un vuelco total y se tornó prohibida. Un deseo desaforado comenzó a envolvernos de repente, y una portentosa llamarada de pasión terminó dominando nuestros sentidos. Ahora teníamos la necesidad de vernos y hablarnos en todo momento.
Tal como he dicho, yo me desempeño como vendedor de seguros, visito personas naturales y jurídicas para ofrecerle mis productos, ella es vendedora de productos por catálogo, mi esposa administra un almacén de electrodomésticos y el esposo de ella maneja un taller de motocicletas. Nosotros tenemos dos años de casados y ellos tienen cuatro. Ni ellos ni nosotros tenemos hijos.
Sucedió entonces que una mañana, en que mi esposa ya había salido para el trabajo y el esposo de ella también, yo la invité para que conociera mi apartamento. Aceptó sin reparos. Recorrimos lentamente cada rincón, detallando las alcobas, primero la auxiliar número uno, donde tengo libros, ropa, documentos del trabajo y el portátil; luego la auxiliar número dos, donde mi esposa tiene más libros, mucha ropa, algunos documento del trabajo y su portátil. Posteriormente fuimos a la alcoba principal, con el clóset atestado de ropa de mi esposa, un televisor grande colgado en la pared, pero sobre todo haciendo énfasis en la cama cálida y acogedora, cubierta por una sábana anaranjada y dos almohadas cubiertas por fundas decoradas con labios rojos. Nos detuvimos en la cocina. Entre la estufa y la nevera, justo en el mesón, me acerqué con delicadeza, mi rostro acercándose lentamente al suyo, mis labios intentando posarse suavemente sobre los de ella, ella como queriendo huir de la situación pero a la vez como deseando un beso apasionado, el vaivén de un coqueteo intencionado que se vuelve irresistible, como frenando y acelerando a la vez, el corazón latiendo con fuerza y velocidad, como cuando se baña en salbutamol, una danza que continúa a ese ritmo hasta cuando es imposible seguirse resistiendo y lo mejor es sucumbir ante el deleite. Fue un beso maravilloso que se prolongó más allá de la eternidad, constaté que sus labios carnosos y suculentos estaban elaborados con la miel más pura.
La escena del beso se repitió luego en su apartamento. Lo mismo al principio, el pretexto de conocer su apartamento, una breve visita a las alcobas auxiliares, después a la alcoba principal, con un silencio cómplice que invita con la mirada a acostarnos en esa cama grande y apacible, pero sin hacerle caso, posteriormente a la cocina, sin el beso apasionado de la vez anterior, mas como no es posible irnos invictos cuando nos vemos, el beso sucedió en el pasillo, entre las dos alcobas auxiliares, exactamente frente al baño social. Fui yo quien tomó la iniciativa, la tome de la mano y la traje hacia mí, nuestros rostros quedaron enfrentados, mis ojos sobre sus ojos, mis labios sobre sus labios, y un beso apasionado que aún retumba en el universo.
De ahí en adelante, prosiguieron los encuentros, haciéndose más frecuentes e intensos, siempre en su apartamento o el mío. Siempre a la espera de que la dueña de mi corazón y el dueño del suyo, se fueran rápidamente a cumplir sus tareas. Sé que suena cínico y rastrero, pero nuestro anhelo más vehemente era que ella y él se fueran pronto, para poder vernos, besarnos, sentirnos, amarnos, para darle rienda suelta a nuestro deseo desaforado.
Sin darme cuenta, en el párrafo anterior, he usado por primera vez el verbo amar, y yo me pregunto: ¿puedo acaso hablar de amor entre dos personas que apenas se están conociendo? Yo diría que sí, aunque no estoy convencido, porque es muy común entre los hombres decirle a las mujeres que acaban de conocer, que son el gran amor de su vida, aunque ese título ya esté siendo ostentado con sobradas razones por otra dama.
Debido a la continua aproximación y al máximo entendimiento que había entre los dos, adquirí el hábito de que cada vez que ella aparecía en mi mente, de forma inconsciente, me refería a ella como mi novia. Entonces pensaba, “mi novia tal cosa”, o “mi novia tal otra”, o cosas así. Era una experiencia novedosa y muy gratificante. La situación estaba escalando rápidamente, después de tantos besos sentimos que ya era hora de pasar a otro nivel.
Sucedió que una mañana en la que mi novia no fue a trabajar, y mientras yo atendía en mi oficina a unos clientes para la compra de un seguro de “todo riesgo para vehículos”, ella me envió una foto suya por la aplicación de mensajería instantánea de “Telegram”. En ella, mi novia aparecía sentada en el sofá luciendo un baby doll negro y una leve sonrisa que se dibujaba sensualmente en su rostro. Debajo de la foto, escribió un mensaje que decía: “Estoy dispuesta para ti”. Después escribió en otro mensaje: “Te espero”. Y más abajo me envió un GIF de un corazón grande y rojo que fulguraba constantemente, y que al tocarlo, palpitaba con fuerza. Un deseo incontrolable se apoderó de mi ser y corrí con prontitud a buscarla.
Tan pronto entré a su apartamento, comenzamos a besarnos con pasión desenfrenada, como si nos fuéramos a arrancar el alma por la boca, un tsunami de lujuria nos invadió repentinamente, dando rienda suelta a nuestros deseos reprimidos, desinhibiendo cualquier rastro de intención prohibida, haciendo que nuestras manos cobraran vida propia para despojar nuestros cuerpos ardientes de todo aquello que no fuera piel, sumergiendo nuestros sentidos en un elixir de infinito placer, quemándonos en una llamarada libidinosa, y ahogándonos sin misericordia en el abismo del éxtasis total.
Fue maravilloso. Nos conocimos palmo a palmo, nos amamos sin límites, nos deleitamos sin reparos y nos disfrutamos hasta el cansancio. Sentimos que estábamos hechos de la misma esencia y que hablábamos el mismo idioma del placer sexual, gozábamos el sexo en toda su extensión. Tanto ella como yo, alcanzamos el orgasmo varias veces, nuestros cuerpos vibraron al ritmo de un compás desenfrenado, mientras percibíamos claramente, el poder del universo oscilando sobre nuestros cuerpos, signo inequívoco del placer supremo que habíamos alcanzado. Apenas unos minutos después, estábamos bailando suavemente en la sala, “No es casualidad” de Willie González, que emanaba de algún vehículo que reposaba en el parqueadero del conjunto.
Al siguiente día, la escena se repitió en mi apartamiento. Pero esta vez hubo una variable; un hecho extraño, o por lo menos, no tan frecuente, enmarcó aquel encuentro. Puesto que debíamos dar pronto inicio a nuestra jornada laboral, mas como el deseo era incontrolable y el tiempo disponible era mínimo, pero la necesidad de vernos era impostergable y las ganas de amarnos, superior a cualquier compromiso, no tuvimos tiempo de quitarnos la ropa. Nos besamos desaforadamente, mientras las manos palpaban cada textura como si estuvieran buscando un gramo de oro perdido, y yo susurraba al oído con candente suavidad, palabras ininteligibles de electrizante lascivia, nuestros cuerpos intentaban fundirse en uno solo, al ritmo de un lujurioso frenesí, el ímpetu de poseernos desembocó en un orgasmo salvaje y violento que puso a temblar el universo entero. Un prodigioso descubrimiento surgía de manera inesperada y un nuevo hito se escribía en nuestra relación, no era necesario despojarnos del vestuario, para alcanzar el éxtasis total.
Como nuestra relación se profundizara y alcanzara límites insospechados, un beso breve que surgió de manera espontánea en el centro de la ciudad, sirvió de objeción para destapar el idilio que se estaba fraguando desde hacía algún tiempo entre los dos. Sucedió una tarde noche, el sol que empezaba a esconderse detrás de las montañas y la noche que irrumpía de forma victoriosa, sirvieron de trasfondo para pintar un paisaje fascinante.
Tras yo visitar a un cliente y mi novia a una de ella, nos encontramos en “La Díada”, para tomar una deliciosa agua aromática de frutos rojos, mientras conversamos de diversos temas, entre esos uno de los cuales, jamás llegamos a un acuerdo ni siquiera cercano; la política. Pero nuestro enamoramiento era tan grande que aun así, mis ideas de izquierda y las suyas de derecha, sucumbían en el rigor de la postura dogmática y se fusionaban en la inverosímil posibilidad de la alternativa ecléctica, una suerte de capricho ideológico expresamente elaborado para satisfacer las realidades de dos seres cuyas diferencias desaparecían por arte de magia, cuando sus cuerpos se encontraban sobre un mismo plano.
Casualmente, mi esposa que transitaba por ese mismo sitio y en ese preciso instante, pudo captar a simple vista y de primera mano, la manera como mi novia me robaba un beso corto y esporádico, a pesar de mi negativa a aceptarlo, por no tratarse de un lugar ni un momento apropiado.
Entonces estalló la guerra mundial. Ni para qué desmentirle si todo era verdad. Mi esposa relató con precisión los detalles de la escena; el sitio, la hora, la ropa, el entorno. Debía por lo menos ser honesto y aceptar su versión. Caminamos hasta el apartamento, cogidos de la mano, las lágrimas brotaban de sus ojos y resbalaban sutilmente por su rostro. Sentí que era el peor de los monstruos y que merecía el más fuerte de los castigos, quería suicidarme.
Al llegar al apartamento, mi esposa tomó mi celular, y viendo parte de la última conversación, decidió escribirle por el “Telegram” a mi novia. Se identificó, y a manera de reclamo le increpó su actitud desacertada. Yo, preparaba la comida pero reflexionaba intensamente, sobre cómo sería mi vida, de ahora en adelante. La charla se prolongó por más de una hora, pero no pude verla porque mi esposa la borró para mí. Solo para mí.
Entre tanto, mi novia vivía su propio infierno. Su esposo llegó a casa más temprano que de costumbre, y al verla tan descompuesta, tomó su celular a la fuerza, descubriendo la conversación que había sostenido con mi esposa. Tuvieron una discusión muy acalorada que se prolongó más allá de la media noche. No hubo violencia pero sí un altercado muy fuerte, que desembocó en una llamada que el esposo de mi novia me hizo bien entrada la madrugada.
Es de entender que el hombre estaba herido, al igual que mi esposa, y profirió en mi contra, una serie de insultos descomedidos que no lograron ningún impacto. Y si por allá llovía, por aquí no escampaba. Después de la tal llamada, la contienda con mi esposa se prolongó casi hasta el amanecer, siempre girando alrededor de lo mismo aunque sin llegar a una conclusión definitiva. Pero lo peor, tanto para ellos como para nosotros, fue al otro día, cuando todo había quedado al descubierto. Un aire pesado y pegajoso, se percibía en el ambiente y deambulaba suavemente en los espacios, produciendo el silencio sepulcral que reinaba en el lugar, todos como queriendo decir algo, que nadie se atrevía a decir.
El esposo de mi novia llamó a mi esposa para informarle de todo lo que estaba sucediendo entre su esposa y yo. El muy miserable la abrumó, exagerando cada detalle con tal de envenenarla y ponerla en contra mía, haciéndola sentir que era un juguete para mí, cosa que no era cierto, pues como ya lo he manifestado antes, mi esposa es el amor de mi vida, la dueña de mi corazón, el sol que alumbra mis días y la luz que ilumina toda mi existencia.
Sé que mi esposa no creyó completamente lo que él le decía, aunque también sé que a pesar de todo, ellos se siguieron escribiendo por el “Telegram”, quizás para hacer seguimiento del comportamiento de nosotros los dos frente a ellos los dos, o quizás para elucubrar otras intenciones, qué se yo. En cualquier caso, nuestros encuentros continuaron aunque ahora de manera más furtiva y sigilosa. Y ahora venían precedidos por una suerte de prohibición maldita, que sin proponérselo alimentaba de forma desproporcionada y descontrolada nuestro deseo de vernos y amarnos sin límites.
Como siempre se ha dicho, la prohibición es fuente del deseo, y por más que los celos pretendan ser las cadenas con las cuales una persona intente atar a otra, aquella abrirá las puertas de la prisión en cualquier momento, en cualquier lugar y de cualquier forma, y volará libremente.
Tal como lo he manifestado, nuestros encuentros amorosos continuaron, porque descubrimos que no había una manera diferente de tratarnos, aunque a decir verdad, lo intentamos varias veces, pero siempre terminamos sucumbiendo ante el deseo y el deleite. Entonces advertimos la posibilidad de amarnos espiritualmente en el silencio de nuestros días y nuestras noches, pero la necesidad de vernos y amarnos físicamente, nos llevó a fracasar en el intento. No había otra posibilidad que seguirnos viendo en la intimidad de un motel, el lugar ideal para amarnos con locura.
Sucedió un sábado por la tarde noche. En la mañana le había dicho a mi novia, tras agradecerle por una frase dicha en el momento oportuno, “en verdad os digo, que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”, y así fue. Después de tomarnos un par de cervezas, fuimos al motel “El Paraíso”, situado en una calle poco transitada del sector céntrico de la ciudad. Recuerdo que mientras tomábamos la cerveza, comenzamos a besarnos con intensidad; de tal manera, que fue imposible sacarle el quite a la posibilidad de demostrarnos todo el amor y todo el deseo en la calidez de una cama.
Caminamos tres o cuatro cuadras hasta el motel, tomados de la mano, como si fuéramos una verdadera pareja, como si ya no nos importara nada, como si ya no nos preocupara que otra persona nos viera, o que de repente, los legítimos dueños de nuestros corazones nos descubrieran. Tan solo reíamos y nos besábamos, como una pareja de adolescentes enamorados, viviendo su propio idilio. De pronto, estábamos ya en el “El Paraíso”, una luz tenue, que se filtraba tímidamente por entre los arbustos que adornaban la entrada, era el indicativo de que habíamos llegado.
Tomamos el ascensor y nos dimos un beso ardiente y apasionado que puso a tambalear el aparato. Al detenerse, la puerta se abrió instantáneamente, dejando al descubierto a otra pareja que también se besaba, pero de forma más sutil y tranquila, con afecto y dulzura, porque ya habían apagado la pasión y el ardor que los consumía, e iban de salida. Las miradas tropezaron frente a frente, la suya con la nuestra, la de él con la mía, la de ella con la de ella, la de él con la de ella, la de ella con la mía. Yo tenía de la mano a mi novia, y frente a nosotros, el esposo de ella tenía de la mano a mi esposa.
Puedo asegurar que es la escena más incómoda y desagradable que persona alguna pueda presenciar en toda su existencia. ¿Qué se puede hacer en semejante situación? ¿Cómo se puede reaccionar ante semejante despropósito? Nadie se atrevía a decir nada, la puerta del ascensor entreabierta evitaba que el aparato se moviera, y el botón encendido indicaba que el elevador era solicitado con urgencia en otros pisos. ¿Qué hacíamos? ¿Nos bajábamos? ¿Se subían? ¿Nos quedábamos quietos? Otra pareja que salía de una habitación para tomar el elevador, nos hizo salir con rapidez.
La única palabra que se nos vino a la mente a los cuatro, fue el nombre de su respectiva pareja lanzado en forma de exclamación, un sonido incompresible e impreciso se abrió paso con fuerza y velocidad hasta combinarse en uno solo que retumbó en el prominente eco que se hizo interminable en el pasillo desolado. Mi esposa que siempre ha tenido rasgos de liderazgo, tomó la palabra y nos invitó a sentarnos tranquila y civilizadamente en la sala de espera, mientras mi novia pedía cuatro cervezas para conversar como seres racionales. El ambiente seguía siendo tenso, y mientras los hombres reclamábamos la actitud de las mujeres, ellas se refugiaban en la justificación de su actitud, como respuesta a la desconsideración de sus hombres.
La cerveza nos tranquilizó un poco. Comenzamos a dialogar entretenidamente y hasta nos echamos a reír por la inusual situación. Recuerdo que tomamos más cerveza, hasta cuando las mujeres dijeron que era hora de irnos, y el muy imbécil del esposo de mi novia, reafirmando la idea de las chicas se levantó de la silla, con el ánimo de salir de aquel lugar. Sentí que mil demonios me poseían de manera desaforada. Entonces comencé a vociferar con profunda ira, para demostrar mi inconformidad. Era simple de entender, puesto que mi esposa y el esposo de mi novia, ya habían cumplido su encuentro sexual y nosotros aún no, era fácil deducir que faltaba que mi novia y yo, también lo cumpliéramos, para que la faena fuera completa.
Como la recepcionista se percatara de que habían personas hablando muy fuerte en la sala de espera, mandó a la dependienta para que nos callara, recuerdo a la vieja regordeta y paliducha, diciéndonos que nos calláramos, y que saliéramos, pues ya no había razón para estar en el lugar. Una sustancia verde y viscosa comenzó a calentarme la sangre, mi semblante fue perdiendo el color y mi rostro temblaba de furia. Mi esposa, que me conoce a la perfección, notó que yo estaba perdiendo los estribos, y percibió que era necesario tranquilizarme, pues ella sabe que cuando la ira me invade pierdo el control de mí mismo y actúo con agresividad y violencia, sin medir las consecuencias; en ese instante, no soy responsable de mis actos.
Entonces pasamos a una sala más pequeña que se encuentra justo frente a la sala de espera. De inmediato, mi enojo comenzó a concentrarse en el esposo de mi novia, pues me sentía el ridículo de una escena cómica de la cual el infame se burlaba, y mi esposa lo notó claramente. Salió con rapidez y llamó a mi novia, para que entre las dos pudieran tranquilizarme. Sabía que debía actuar con rapidez e inteligencia porque iba a ocurrir una desgracia.
Mis dos bellas damas empezaron a hablarme con dulzura y ternura, hasta que lograron apaciguar mi rabia. Les manifesté que sentía la necesidad de romperle la cara al haragán, que además de esposo de mi novia ahora también era novio de mi esposa. Entonces empezamos a buscar puntos de acuerdo, como si se tratara de una negociación trascendental en la que todas las partes debían salir ganando.
Para mí, la única solución era la de ir a la habitación con mi novia, que era la razón por la cual habíamos llegado y pagado. Mi tesis era sencilla, que así como ellos pudieron disfrutar, así mismo nosotros también pudiéramos. A lo cual tanto mi esposa como mi novia se opusieron, argumentando que no era un buen momento, ya que las condiciones no estaban dadas. Supongo que el maldito hijo de puta ese, estaría a favor de ellas, esgrimiendo las mismas babosadas de siempre, que él se acogía a lo que las mayorías dijeran y todas esas boludeces, que suelen repetir los hipócritas y faltos de carácter.
Al ver que no podía ir en contra de ellas, y que no podía obligar a mi novia a estar conmigo contra su voluntad, opté entonces por hacer dos propuestas que me permitieran ganar algo de lo que había perdido. La primera era, que ya que nos íbamos en el mismo taxi, puesto que íbamos para el mismo lugar, el gusano pagara el valor de la carrera, y la segunda era, que yo me iría en la parte de atrás del vehículo, con mis dos hembras de la mano, y me reservaba el derecho de besarlas a las dos en cuanto a mí se me diera la gana. Antes de llevarle la propuesta al canalla, las dos mujeres objetaron la idea del beso, en razón al respeto que ellas merecían frente a terceros, lo cual me pareció una completa estupidez, porque según yo, qué le iba a importar al taxista que yo besara indistintamente a dos mujeres, pero terminé aceptando la objeción en razón a la discreción que ellas reclamaban.
Antes de que ellas salieran a hacerle la propuesta al bribón, ya me había arrepentido de sucumbir en el propósito de tener sexo con mi novia, y no fue algo temporal sino un arrepentimiento que perduraría para siempre. Recuerdo muy bien que en la soledad de esa pequeña sala, durante unos instantes que parecieron siglos, me asaltaron dos pensamientos absurdos que terminaron por obnubilarme el alma.
El primero era, que necesariamente para que mi espíritu alcanzara el equilibrio debía partirle la cara en mil pedazos al granuja, que además de ser esposo de mi novia ahora era también novio de mi esposa. Sentía que todas mis desgracias, incluso que todas las desgracias del mundo entero, se originaban en tan repugnante ser, y que el único remedio efectivo para curarlas, era poderle romper la cara con todo mi furor. Me detuvo el hecho de las posibles consecuencias que traería un evento como ese en pleno motel y las probables reacciones, tanto de mi esposa como de mi novia, que podrían significarme incluso, una ruptura parcial o definitiva con ellas. Por esa razón me abstuve, me entristeció el hecho de llegar a perderlas.
El segundo era, que indudablemente el código genético de hombres y mujeres eran bien diferentes, pues el de la mujer era, “ser tan suficientemente atractiva que le permitiera en determinado momento, escoger al hombre que según ella, habría de darle la mejor descendencia”, mientras que el del hombre era, “poseer tantas mujeres como le fuera posible, con tal de que él pudiera en determinado momento, asegurar su propia descendencia”. Así las cosas, para una mujer no era importante tener dos hombres, pero para un hombre, sí era fundamental tener dos mujeres. Y eso aplicaba tanto para mí, como para el desechable ese. Después de esta breve reflexión, comprendí que debía actuar con inteligencia para terminar imponiéndome sobre él.
Gracias a que mi formación en ventas, me ha enseñado que el éxito se logra a punta de pequeños triunfos y no de grandes victorias, me congratulé en la capciosa interpretación de que yo había sido el gran vencedor de la noche, y que por tanto, podíamos retirarnos los cuatro en plena convivencia y a total satisfacción, siempre y cuando, fueran atendidas mis dos solicitudes y aceptadas mis dos propuestas.
En eso estaba, cuando llegaron los tres, venían sonriendo y por un instante, pensé que se estaban burlando de mí, pero las sonrisas puras y tiernas de las dos mujeres me desarmaron por completo. El sujeto terminó aceptando mis dos propuestas sin condición alguna. De repente, sentí que no era tan mal tipo, entonces aproveché el contexto para hacer la propuesta del beso, para ver si en realidad encontraba en él, la solidaridad y la comprensión que ellas me habían negado. Pero no, les dio la razón a las chicas, pero de inmediato lanzó una proposición que me pareció muy interesante: un beso entre ellas.
Un beso entre dos mujeres, entre mi esposa y mi novia, debía ser algo maravilloso. Sentí que un regocijo inmenso se apoderaba de mi alma, y apoyé la idea sin reparos. Los dos hombres comenzamos a insistir, y las dos mujeres a resistirse de inmediato. La dependienta volvió de nuevo, con el ánimo de sacarnos; pero esta vez, su presencia terminó por alegrarme, porque servía de aliciente, para que el beso entre las muchachas ocurriera rápidamente, so pena de prolongar aún más nuestra ya, fastidiosa permanencia, que amenazaba inclusive, con requerir la fuerza pública.
Sucedió de manera espontánea. Primero un leve acercamiento entre las dos, luego un pequeño murmullo entre sus labios, después una tierna sonrisa que escapa tímidamente, y al final, un beso suave que perdura para siempre. Posteriormente, uno más apasionado, que casi les desprende el interior, como queriendo compensar la brevedad del primero. Aquella imagen aún aparece en mi memoria como una ráfaga multicolor que destella fugazmente, despertando un sentimiento vacuo, fútil, indefinido, incierto, como una playa de olas tristes y alegres, que llegan y se van continuamente.
De aquella noche, hace ya casi un año. Hace seis meses, mi novia abandonó a su esposo y mi esposa me abandonó a mí. Ahora están viviendo las dos, aquel beso, sirvió para despertar el prodigio reprimido, que llevaban por dentro. La otra noche me las encontré en “Salsa y Son”, dicen que por fin están conociendo el verdadero significado de la palabra amor. Supe que próximamente viajarán a España, donde contraerán matrimonio. Y yo mientras tanto aquí, solo y aburrido, sin esposa y sin novia, al igual que me imagino debe estar el infeliz ese que lanzó la propuesta del beso, y que yo apoyé sin restricción alguna. Ahora, me arrepiento de no haber mantenido mi propuesta de estar con mi novia, y de haber sucumbido en ese, que fue mi propósito inicial, para no tener que estar viviendo esta amarga soledad. En cuanto a ellas, no las culpo de nada, nunca es tarde para enamorarse.
Los apartamentos donde vivíamos, y donde pasamos tantos instantes maravillosos, ahora están vacíos, a la espera de que nuevas familias o nuevas parejas, los habiten. Es probable que las personas que lleguen entretejan nuevas situaciones, experimenten sensaciones diferentes o compartan las mismas aventuras y las mismas fantasías, o simplemente que no propongan nada, que vivan por vivir, como lo hace la mayoría de mortales.
FIN
miércoles, 15 de junio de 2022
NO TODO ES LO QUE PARECE
NO TODO ES LO QUE PARECE
Y yo que un día le aseguré a Fernanda, que Alicia era la mujer más fea del mundo; y sin embargo, hoy que me pregunta, no sé cómo explicarle que aun así, varios hombres sucumbieron ante ella, y se perdieron cuando su indiferencia y su rechazo, los llevó a la desidia total.
Primero haré una descripción de ella, lo más imparcial y lo más cercana a la realidad posible. Alicia es una mujer que mide alrededor de 1.60 metros y pesa aproximadamente 70 kilogramos; ni blanca ni negra, más bien de tono grisáceo; ha perdido los dos dientes frontales superiores, dicen que en una pelea callejera con una drogadicta; su cabello, de tono marrón, no lo lleva ni largo ni corto, ni lacio ni rizado, aunque eso sí, algo grasoso. En su rostro perviven huellas de un pasado tormentoso de acné, que adornan unos ojos grandes y verdes, que se pierden entre las abundantes cejas y las escasas pestañas. Su cuerpo marca las medidas perfectas de una reina de belleza pero al revés, 60 – 90 – 60.
Vive en una casa vetusta que se cae a pedazos, en la que cada vez que llueve, cae más agua que afuera, sus ingresos los percibe de una modesta pensión que le quedó a la muerte de su padre, y de un pequeño taller de plisados, en el que casi nunca llega trabajo. Para que la gente se entere, en la entrada de la casa, encima de la puerta, un aviso viejo y destartalado anuncia de manera lacónica y triste: “SE HACEN PLISADOS”.
Alicia es una mujer de mundo, no querrás encontrártela porque ahí mismo, te hará conversación. Te hablará de cualquier tema, te preguntará por cualquier cosa, te dirá cualquier palabra con tal que eso signifique establecer un dialogo contigo. Así logró conocer a muchas personas.
Una de ellas fue el padre Landázuri. Llegado de provincia, logró hacerse cura tras prominentes estudios en el seminario de la ciudad. Era un joven con una tremenda vocación, profundamente católico y entregado íntegramente a Dios, debido a su sencillez, había desarrollado un gran carisma entre la comunidad. Con el padre Landázuri, la misa se había convertido en un rito entretenido, al que la gente quería asistir. Ahora, jóvenes y adultos, participaban de la “Cena del Señor” con anhelo y agrado. Profesaba su apostolado con tanto ahínco, que no sólo los feligreses sentían una razón para asistir a la iglesia, sino que también sus colegas lo veían como un ejemplo a seguir y la comunidad en general lo admiraba por su calidad humana y liderazgo.
Hasta él, llegó un día Alicia. Con su zapatillas rojas y altas, para no parecer tan bajita, con sus labios pintados de rojo carmesí, con sus uñas pintadas de rojo escarlata, con una mirada penetrante detrás de sus lentes de contacto para no dejar en evidencia su marcada miopía, con el bolso rojo para que haga juego con las zapatillas, las uñas y los labios, con una sonrisa leve que no deje al descubierto la falta de sus dos dientes frontales superiores. Llegó para pedir su bendición y a la vez, para ofrecerle su participación desinteresada en cualquier oficio que la iglesia requiera.
A partir de ese día, Alicia entró a formar parte esencial de la iglesia y de la vida del padre Landázuri. Se le veía participando activamente en las diversas actividades que se desarrollaban en la parroquia, adornando los floreros, organizando las recolectas, dirigiendo el santo rosario, limpiando los utensilios sagrados, instruyendo los grupos pastorales, arreglando la ropa del cura para que siempre estuviera elegante y bien presentado. Y fue precisamente allí, donde Landázuri halló la mujer que nunca había tenido. A pesar de ser Alicia, el sacerdote comenzó a albergar en su corazón un raro y novedoso sentimiento, un encanto que lo llenaba de emoción y felicidad. Una infinita alegría comenzó a experimentar por aquellos días.
Sucedió que una tarde, mientras preparaban las hostias, los rostros de Alicia y el padre Landázuri se fueron acercando lenta y paulatinamente hasta que sus labios se fundieron en un beso dulce y apasionado que pareció prolongarse más allá de la eternidad. Era una sensación nueva en la vida del cura.
El solo beso fue más que suficiente, para insuflar un nuevo aire en su vida, una brisa suave y fresca, entró para refrescarle el alma. Pronto comenzó a sentir que la presencia de Alicia era indispensable para seguir existiendo, quería tenerla a su lado en todo momento, y percibía un aire de soledad y tristeza si no se hallaba junto a ella. Era indudable que se estaba enamorando. De repente sucumbió ante el encanto de su compañía, un monstruo enorme irrumpió inesperadamente desde su interior, y lo arrojó sin compasión alguna, a un abismo remoto, cargado de lascivia; una pasión desbordada comenzó a apoderarse de él, entonces sintió la necesidad de poseerla. Creyó posible recorrer con Alicia, los ocultos y mágicos senderos del placer sexual, caminos oscuros e intrigantes, hasta ahora desconocidos y prohibidos para él, a raíz de su virtuosa condición religiosa.
Sucedió en el altar de la casa cural, un domingo por la tarde, después de las dos, cuando ya todos se habían ido. Una demostración de placer sexual llevada al éxtasis, justamente lo necesario para que Landázuri, el principiante, cayera rendido a los pies de Alicia, la experimentada.
Desde ese momento, el sacerdote comenzó a sentir una irresistible atracción hacia aquella mujer lujuriosa, una obsesión insuperable que lo envolvía irremediablemente y lo dominaba a su antojo, solo veía por sus ojos grandes y verdes, solo quería tenerla a su lado a todo momento y para siempre.
Como viera el cura que por su condición célibe, Alicia cada día se hacía más inalcanzable, comenzó a considerar la posibilidad de renunciar al sacerdocio; al fin y al cabo, de qué valía su vocación y su entrega, de qué valía su servicio a Dios y su amor al prójimo, si no podía tener a Alicia.
Exactamente un mes después de haber hecho suya a Alicia en el altar de la casa cural, Miguel Landázuri comunicaba al obispo, su renuncia irrevocable al orden sacerdotal, “porque causas personales le impedían seguir ejerciendo el sacerdocio con el acato y el respeto necesario”.
El ofrecimiento de Landázuri, consistía en trabajar en cualquier cosa, con esmero y dedicación, casarse con ella, conformar una bonita familia, construir un hogar cálido y disfrutar noche tras noche, los placeres del sexo con Alicia, en la intimidad de la cama nupcial.
Demasiado básico para Alicia. Con esos planes, la mujer fue perdiendo poco a poco el interés por aquel hombre enamorado, que ahora le parecía demasiado normal, un sujeto desprovisto de cualquier atractivo; para su gusto, había perdido todo el encanto.
La indiferencia de la mujer causó una crisis nerviosa en el hombre, que tan sólo pudo superar tras seis meses de ingreso en el hospital psiquiátrico. Jamás pudo volver a trabajar, perdió la capacidad para desempeñarse en una labor, de intercomunicarse con otras personas y de integrarse a la sociedad. De aquel joven y agradable sacerdote, que un día ilusionó con una nueva versión de Dios a toda una comunidad, no había quedado rastro alguno.
Y si cree que la fuerte atracción que Alicia sentía por Miguel Landázuri, se debía únicamente a que él fuera sacerdote, pues debo decirle que no. Porque así como se dice que la prohibición es causa del deseo, así también se dice que toda regla tiene su propia excepción.
Lo digo por Efrén Mendieta. Un joven de 20 años, que estudiaba medicina en la única universidad pública de la ciudad. Juicioso, entregado a sus estudios como ninguno; creía ciegamente en su carrera y la amaba con obstinación. No en vano, su promedio de 4.4, le hacía soñar con un Summa Cum Laude.
Sucedió que una tarde, ante una improvisada convocatoria para una clase práctica de oftalmología, la facultad convocó personas que presentaran algún problema de visión, con el fin de aplicar cierta prueba optométrica, con tan mala suerte que Alicia asistió, y le correspondió atenderla a Mendieta.
Llegó como siempre, embadurnada de rojo, con la sonrisa a medias, con la mirada sin precisar, con un marcado olor a perfume barato y el cabello grasoso y desordenado, ondeando con rebeldía. Pero la impresión desagradable del inicio, se transforma pronto, cuando comienza a hablar.
Alicia comenzó a visitar con mayor frecuencia a Efrén, lo hacía por las noches, cuando el joven ya había terminado su jornada de estudio. Le llevaba un jugo de guanábana que ella misma preparaba, aprovechando dos pequeños árboles que crecían en el patio de su casa, y que daban buena cosecha durante gran parte del año. Alicia convenció al futuro médico, sobre las extraordinarias propiedades de la fruta y la necesidad de consumirla, diciéndole que además de rica y nutritiva, mantenía en excelente estado los riñones y los pulmones, actuando también como un antibiótico natural y un poderoso anticancerígeno. Ante semejante panorama, Efrén consintió las visitas permanentes de Alicia, interpretando que la buena acción de aquella mujer desinteresada, respondía al carácter de una persona maravillosa, que a veces se cruzan en el camino de otras, para favorecerlas.
A pesar de la diferencia de edad, por aquella época Alicia tenía entre cuarenta y cincuenta años, y Efrén alrededor de veinte, el futuro doctor Mendieta comenzó a abrigar por Alicia, un sentimiento que sobrepasaba al de una amistad común y corriente, empezó entonces a percibir algo especial por aquella mujer, que un día llegó a su vida, que cada vez estaba más pendiente de él y que se interesaba de manera especial por cada una de sus cosas.
Sucedió que una noche, después del jugo de guanábana, Alicia inquirió a Mendieta sobre un leve dolor que la aquejaba al lado izquierdo del tórax, justo entre la espalda y el pecho. El futuro profesional de la medicina, como hombre dedicado a sus estudios que era, que había ido comprando poco a poco sus equipos médicos, sacó el estetoscopio y lo extendió hacia aquel sector del cuerpo de Alicia, descubriendo que no había ninguna anomalía sino que se debía más bien a alguna molestia muscular sin importancia; en ese trance, sus bocas se acercaron y sus labios se fusionaron en un ardiente beso.
Esa fue la perdición de Mendieta. Desde esa noche comenzó a sentir un deseo incontrolable por Alicia, una rara obsesión se apoderó de él, y la necesidad de hacerla suya en la cama, comenzó a acosarlo de manera intensa. La veía en todas partes, la pensaba en todo momento, recordaba con frecuencia el beso y una excitación desbordante lo invadía de inmediato. Quería hacerle el amor, vivir con ella la primera experiencia sexual de su vida.
La escena del beso comenzó a repetirse frecuentemente pero con otras dolencias. Hasta que finalmente desembocó en una escena de pasión desenfrenada, una demostración del deseo sexual más puro llevado a la práctica. Efrén Mendieta quedó cautivado. Quería hacerle el amor a Alicia en cualquier lugar y en cualquier momento. Ya no importaba la medicina, para qué perder el tiempo estudiando si podía estar disfrutando la vida al lado de Alicia. Para qué tanto esfuerzo si, al fin y al cabo, la vida era muy corta y había que aprovecharla.
Efrén Mendieta fue descuidando sus estudios por estar con Alicia, fue perdiendo las materias de su plan de estudios, y pronto quedó por fuera de la universidad. No volvió a estudiar, con la posibilidad de haber sido un gran médico y no haberlo logrado, Alicia perdió el interés en el joven. Abandonado a su suerte, Efrén Mendieta terminó vendiendo puerta a puerta, unas vitaminas que la gente pagaba a cuotas.
Y no crea que la atracción de Alicia fuera solo hacia sacerdotes o médicos. David Arzuaga tenía alrededor de 30 años y era un empresario exitoso. Era un gestor empresarial que se desempeñaba como contratista estatal, había constituido una entidad reconocida a nivel nacional cuyo objeto social era la negociación de predios para la construcción de vías. El Estado le entregaba un presupuesto para que él comprara las propiedades que el municipio, el departamento o la nación, requirieran para construir obras civiles que beneficiaran a la comunidad respectiva.
Con su capacidad de negociación, su facilidad de expresión y su encanto natural para cautivar a la gente, debido a su buen parecido, David, era un hombre triunfador, que había alcanzado un alto nivel de vida, gracias a sus excelentes ingresos. Esa posición social le había permitido cautivar a un gran número de mujeres y haber tenido novias muy lindas; entre ellas, a la bella Paola Pérez, su actual novia.
Alicia conoció a David por cuestiones laborales. Resulta que el municipio determinó que debía ampliar la calle donde vivía Alicia, y que por ende, tenía que comprar una parte de esas casas para adelantar la ampliación. De esa manera, llegó Daniel un día hasta la casa de Alicia, para socializar el proyecto, y para decirle que la alcaldía estaba dispuesta a pagar a muy buen precio, el pedazo de casa que necesitaba para adelantar la obra.
Fue una negociación que requirió muchas visitas. En cada una de ellas, el funcionario inspeccionaba la casa palmo a palmo, con el fin de establecer en qué cifra podía basar su propuesta de compra. En esos ires y venires, David Arzuaga descubrió que una Alicia muy distinta se escondía detrás de la figura que su apariencia mostraba, y fue sintiendo que un misterio inexpugnable lo acercaba irremediablemente al interior de la mujer.
Fue allí donde el apuesto empresario, sucumbió ante los encantos de Alicia. Sucedió un viernes terminando la tarde. Un beso incandescente que los fue acercando al placer infinito del deseo sexual, terminó envolviéndolos en una esfera ardiente, que los consumió sin misericordia alguna. Esta vez, fue beso y sexo al mismo tiempo. Un torrente de pasión y locura estalló muy dentro de Arzuaga, y lo llevó al borde del delirio.
Ahora quería permanecer todo el día en casa de Alicia, descuidó su trabajo, abandonó sus negocios, relegó sus tareas, olvidó a su novia, y todo por estar cerca de Alicia y disfrutar el deleite de su compañía. Fue perdiendo sus contratos, sus ingresos se fueron para el suelo. Tras la decadencia de Arzuaga, Alicia sintió que aquel hombre poderoso, ya no revestía ninguna importancia para ella y lo dejó para siempre. El hombre terminó trabajando en una pequeña empresa de servicios públicos, entregando las facturas de consumo de cada cliente, para su respectivo pago.
Pero no crea que la atracción de Alicia era solo por sacerdotes, médicos, ejecutivos, o tal como hemos visto, por hombres solteros; o si no, mire lo que le pasó a Horacio Laguado, hombre honrado, tipo dedicado a su hogar y a su familia, con sus ahorros pudo comprar un taxi, y se dedicó a la profesión de taxista, oficio que desempeñaba con amor y esmero, manejaba su taxi de 7 a 1 y de 3 a 7. Descansaba domingos y festivos, libre de las afugias de los que tienen que entregar cuentas a patronos o propietarios. Vivía con una señora muy bonita llamada Victoria Esquivel con quien tenía dos niñas.
Tuvo la mala fortuna de conocer a Alicia, mientras la llevaba a su casa tras una cita médica de rutina. Cuando la recogió no sintió ningún interés, pero para cuando ella se bajó, ya lo había descrestado. Hicieron muy buena química, además de ser contemporáneos.
El taxista comenzó a transportarla frecuentemente. Un interés inusitado se despertó en el hombre, de manera repentina. Sucedió que una mañana, unos días después de haberla conocido, Alicia le pidió a Horacio que la recogiera a las 7 de la mañana, para asistir a una cita médica de control. Era mentira. Alicia lo sedujo y Laguado sucumbió ante su fascinación. No vale la pena describir lo que sucedió ese día ni lo que continuó sucediendo después.
Lo único cierto es que tras desentenderse de su negocio particular, entró en recesión económica, y al serle imposible debido a la obsesión, esconder su relación con Alicia, terminó perdiendo su hogar, su carro y su casa, la cual pasó a manos de su esposa. Exactamente un año después de haberla conocido, Horacio Laguado, estaba desempleado y solo, porque cuando Alicia lo vio en su nueva situación, perdió cualquier interés y lo abandonó para siempre. En la actualidad, el hombre cuida vehículos en un parque de la ciudad, y en agradecimiento, los propietarios le dan alguna moneda.
Si me preguntan, cuál es el encanto de Alicia, diré que en realidad no tiene ninguno porque sostengo que es la mujer más fea del mundo; sin embargo, y en gracia de discusión, debo decir que sí debe tener alguno. Yo creería que son sus besos, aunque jamás me atrevería a probarlos.
FIN
miércoles, 8 de junio de 2022
MORIR ESTÁ CADA VEZ MÁS CERCA
MORIR ESTÁ CADA VEZ MÁS CERCA
El domingo al amanecer, antes de terminar su turno, Dan Tévez tuvo la oportunidad de observar a lo lejos una extraña formación sideral que se desplazaba por un área lejana de la galaxia. Trabajaba en el Observatorio Astronómico desde hacía varios años y nunca había presenciado el descubrimiento de algo interesante. Esa era la hora más crítica de su desempeño: justo antes de entregar su turno. Era el momento en que su cerebro sostenía una dura batalla contra su organismo por mantenerse despierto. Al principio no tuvo certeza si realmente existía o si era la representación gráfica de su cansancio, sintió entonces la necesidad de esforzarse al máximo hasta poder comprobar que efectivamente se trataba de una estructura nueva en los confines de la galaxia misteriosa e inexpugnable que se mostraba invencible ante nosotros.
Luego de cerciorarse no esperó un solo instante y se comunicó de inmediato con su superior. Ese era el protocolo establecido. Sin embargo, siempre había un estrecho límite entre un hallazgo importante y despertar al jefe que trabajaba mucho y casi no tenía tiempo para el descanso. Por eso no pudo dilucidar si su llamado iba a merecer un aplauso o una reprimenda. Pero bueno, al fin y al cabo, ese era su trabajo y así lo hizo.
Informó al director del Instituto Internacional de Asuntos Espaciales la presencia de una estructura cósmica nueva en un área específica de la galaxia, la cual nunca había sido reportada. Esa era una razón importante para que el director diera por terminado el sueño y corriera de inmediato al Observatorio Astronómico para comprobar por sí mismo la situación. Esa era tan sólo una parte de sus funciones.
No solamente tuvo la oportunidad de corroborar la información, sino que en su vaga experiencia alcanzó a considerar que por sus características, la formación indicaba la presencia de algo extraordinario, por eso convocó de inmediato a todos los directores de las agencias espaciales nacionales para comunicarles el hallazgo. Sus colegas avizoraron el fenómeno y percibieron un descubrimiento sorprendente.
Así comenzó ese domingo inolvidable, el día en que se daría a conocer el más grande acontecimiento en toda la historia de la humanidad. Un evento sin precedentes del cual no se tenía la más mínima información, mucho menos imaginar sus causas o sus posibles consecuencias.
En su interior cada uno de los directores presentía lo peor. Y aunque ninguno se atrevía decir nada, sus conocimientos les permitían considerar que se estaban enfrentando a algo muy poderoso, pero ignoraban qué sucedería si a esa extraña formación se le ocurriera aproximarse a nuestro refugio, a ese punto azul cálido que por siempre nos había servido de hogar; por ahora, antes de inquietarse por algo que ni siquiera conocían, se preocupaban por la posibilidad de ser arrastrados hacia el voraz imperio mediático, capaz de lo inimaginable con tal de alcanzar ese grado preciso de sensacionalismo que les ofreciera una audiencia suficiente para merecer el mercado necesario de su apetito insaciable.
Finalmente fue el lunes al mediodía, cuando los representantes de las agencias espaciales nacionales, se reunieron de manera urgente con el secretario general de la Federación de Naciones FENA, y sus asesores más cercanos para informarle sobre el acontecimiento y adoptar una opinión oficial y unificada al respecto. Pero no fue fácil, como casi siempre ocurre cada quien tenía su propia versión del asunto y consideraba que la suya era la que más se ajustaba a la realidad, por eso fue imposible alcanzar una unidad de criterio, razón por la cual la comisión prefirió posponer por un día más la conferencia de prensa en la que se iba a tratar el tema. Mientras tanto ellos siguieron reunidos a puerta cerrada.
Desde lo más profundo de su ser, Dan Tévez pudo presagiar que venían tiempos difíciles para la Tierra. Hizo cálculos intrincados y quedó pasmado con sus probables resultados; sobre todo, le preocupaba la magnitud del fenómeno, la velocidad a la cual se desplazaba, la dirección hacia la cual se dirigía y el total desconocimiento de su composición. A Dan Tévez no le gustaba para nada el manejo que se le estaba dando a la situación, las agencias espaciales nacionales y los grandes grupos de poder estaban más preocupados en que la organización de la Tierra no se viera alterada, que en que la gente tuviera el derecho de enterarse qué era lo que estaba realmente sucediendo.
Finalmente tuvo lugar la conferencia de prensa. Al principio el secretario general de la FENA hizo una larga disertación sobre los principios de la astronomía y su forma como afectaban al planeta y todo lo que dentro de él se encontraba. Posteriormente le cedió la palabra al presidente de la Oficina de Asuntos Espaciales de la FENA, este de manera aplomada y concienzuda, se dio a la tarea de explicar desde el punto de vista puramente científico las realidades y posibilidades a las cuales nuestro hogar se enfrentaba con la presencia, aunque lejana, del extraño fenómeno.
“Se trata de una inmensa nube de polvo cósmico. Que se podría dirigir hacia el brazo de Orión en la Vía Láctea y que eventualmente tendría algún acercamiento a nuestro sistema solar. De cualquier manera, generalmente este tipo de fenómenos suelen ser restos de explosiones de estrellas viejas en lugares muy lejanos del universo, lo cual quiere decir que no habría de representar ningún tipo de problema para el planeta Tierra ni para los objetos de nuestro vecindario; sin embargo, continuaremos investigando esta aparición atípica para tener informada a la opinión pública”.
No hubo preguntas. La tal rueda de prensa no existió ya que el grupo de científicos se retiró de inmediato del recinto, aduciendo que “no había nada más que decir”. Dan Tévez permanecía como un espectador más, ya que paulatinamente su gestión en el observatorio se fue reduciendo y su escasa participación se refería a otros aspectos no relacionados con la “gran nube de polvo cósmico”.
Dan Tévez comprendió que todo era mentira. Ellos sabían que con toda seguridad el fenómeno se dirigía al sistema solar, que se aproximaba a una velocidad abismal, que su magnitud era extraordinaria y que por ignorar su composición, cualquier cosa le podía suceder al planeta y por ende al género humano. Mentían, simplemente mentían para ganar tiempo y salvaguardar los intereses de los países más poderosos de la tierra y de las empresas más representativas de esas naciones, a costa de engañar a la gente. Ese mismo día Dan Tévez renunció al Observatorio Astronómico y al Instituto Internacional de Asuntos Espaciales, tomó entonces la decisión de continuar por sí solo e investigar por sus propios medios cuál era la realidad de esta situación inédita, capaz inclusive de poner en jaque a la humanidad entera.
Mientras tanto, los presidentes de todos los países o sus representantes, poco a poco fueron llegando a la sede de la FENA, porque habían sido convocados para una reunión extraordinaria, lo más extraño es que ésta sería a puerta cerrada; es decir, sin la participación de la prensa.
Entonces comenzaron las conjeturas. Los mismos medios agolpados en los recintos próximos a la sede se encargaron de propagar mil rumores diferentes, mientras que intentaban sobornar cual mejor postor a quien le entregara información de primera mano.
Finalmente cuando la presión se hizo insostenible, el Consejo de Seguridad de la FENA, su Asamblea General, su Secretario General y el Presidente de la Oficina de Asuntos Espaciales, dieron a conocer un primer informe producido por el grupo de científicos de las principales agencias espaciales nacionales, en el cual se aseguraba, entre otras cosas, la consecución de una serie de elementos nuevos que les permitía concluir que estábamos ante el más grande descubrimiento en la historia de la humanidad. Entonces entraron a explicar de qué se trataba todo esto.
Mediante cálculos exhaustivos, se pudo establecer que la enorme nube de polvo cósmico tenía aproximadamente un millón de veces el tamaño del sol, que se desplazaba a la increíble velocidad de un millón de kilómetros por hora, que se dirigía con dirección a un sector de la galaxia, llamado “El brazo de Orión”, una de las espirales de la vía láctea en la cual se encontraba nuestro sistema solar; que su composición era compleja, ya que poseía partículas de agua y otras totalmente desconocidas para nosotros. Con esas dimensiones, a esa velocidad, y en esa dirección era demasiado factible que muy pronto, por cualquier lugar que entrara al sistema solar, la gran nube iba a envolver completamente al planeta, lo que no se podía aún establecer, era cuáles serían las consecuencias de la inesperada visita. No sabíamos todavía muchas cosas del fenómeno, lo cierto es que teníamos que enfrentarnos a una situación desconocida para nosotros, que podría inclusive significar el fin de la especie humana.
Era verdad. La gran incertidumbre de no conocer ni el origen de la nube, ni su destino, ni qué podía depararnos, estaba exacerbando a la opinión pública internacional. Esa fue la principal razón por la cual el mundo entró en un delirio descomunal como no se había visto jamás.
Aún a sabiendas de que no existía ninguna posibilidad comprobada de destrucción, el comunicado de la FENA había conseguido el efecto inversamente deseado, si lo que se quería era que la gente tuviera total tranquilidad para bien de los países más poderosos y de sus empresas más representativas, y del orden establecido, y de la organización mundial, el mundo se desplomó en un abismo de confusión y pesimismo; sobre todo, la mañana aquella en la que apareció muerto en su apartamento Dan Tévez, el padre de la “gran nube de polvo cósmico”.
“Se acostó y no se levantó” le dijo su madre a los medios de comunicación. Posteriormente, se pudo comprobar que su muerte se debió a una sobredosis de polonio 210, lo que le ocasionó un rápido envenenamiento. Desde ese día, el fenómeno sideral que se aproximaba a la tierra, fue bautizado por la prensa como: LA NUBE DE TÉVEZ, nombre que por supuesto no aceptó ni el IIAE ni mucho menos la FENA.
Para contrarrestar toda esta locura, algunos de los más prominentes astrónomos del Observatorio Astronómico del Instituto Internacional de Asuntos Espaciales, IIAE, entidad adscrita a la Oficina de Asuntos Espaciales de la FENA, decidió llamar al fenómeno “LA NUBE DEL GATO”, ya que a pesar de su forma irregular, haciendo un esfuerzo mental, al observarla se podía hacer a la idea de estar viendo “la carita de un gato con sus orejitas bien extendidas”, pero la gente del común prefería llamarla “La nube de Tévez”, en reconocimiento a su descubridor.
Pero el mundo tan sólo vino a comprender la problemática en toda su extensión, el día en que el papa convocó un concilio ecuménico con el único propósito de orar y pedirle a Dios que perdonara nuestros pecados y que nos diera otra oportunidad sobre la Tierra.
A partir de ese momento, surgieron desde todos los rincones del planeta cualquier cantidad de personajes excéntricos, autores de las más disparatadas teorías sobre el fenómeno sideral, y con miles de soluciones absurdas para contrarrestar sus posibles efectos en la Tierra.
Que el paso de la gran nube de polvo cósmico llamada por unos “LA NUBE DE TÉVEZ”, y por otros “LA NUBE DEL GATO”, traería consigo una gran cantidad de acontecimientos trascendentales en nuestro planeta, fue en adelante el pan de cada día.
Que iba a dejar la gente ciega, que iba a absorber el oxígeno, que iba a convertir el agua en sangre, que iba acabar con la vegetación, eran algunas de las ideas más descabelladas que se escuchaban. Que detrás de la gran nube venía un ovni con extraterrestres dispuestos a gobernar el mundo, que detrás de la gran nube venía una legión de ángeles preparando el camino para el juicio final, que detrás de la gran nube se acercaba un enorme asteroide que se iba a estrellar contra la tierra, que detrás de la gran nube se acercaba un poderoso rayo de luz que iba a destruir el planeta. Esto se asemejaba a una novela de ciencia ficción escrita por un autómata incorregible, con el único propósito de crear caos.
De esta paranoia colectiva lo único que había quedado era la muerte de Dan Tévez, tal vez producto de una conspiración o quizás de una persecución, era hasta el momento la primera víctima del fenómeno. Lo demás era pura especulación.
A pesar de la conformación de varias comisiones interdisciplinarias encargadas de investigar a fondo la gran nube, no se conocían nuevos datos de ella, pero existía un foco especial de preocupación para la comunidad internacional y era su composición, ya que según se creía, poseía algunas partículas totalmente desconocidas para nosotros. Ahí estaba la base de la cual emanaba el pesimismo generalizado que cubría la Tierra.
Entre tanto el tiempo seguía trascurriendo y el mundo continuaba a la espera de saber qué era lo que nos deparaba el destino. Pero no había consistencia en los datos, lo que algunos daban por cierto, otros lo denegaban por completo. Por ejemplo, si ayer aparecía algo nuevo, hoy se confirmaba plenamente, pero mañana se desmentía, y pasado mañana se despotricaba de semejante despropósito.
Entonces como siempre suele suceder, aparecieron los salvadores de oficio, personajes beneméritos con la facultad innata de interpretar el pensamiento colectivo y convencer con su moral elevada, de que finalmente habían establecido cuál era el problema y cuál debía ser la solución. Así surgieron personalidades renovadoras que fundaron nuevas iglesias, nuevas comunidades, nuevas organizaciones, nuevas teorías. Poco a poco el mundo se fue tornando desconocido y la capacidad para sorprenderse se fue desgastando con el paso inclemente de aquellos días inéditos.
Aparecieron en el mercado toda clase de productos y servicios dirigidos al público en general con el único propósito de salvarse de la casi segura hecatombe. Cosas impensadas, ideas inopinadas, un conjunto abstracto de elementos absurdos invadieron paulatinamente el pensamiento y el conocimiento para transformar al ser humano en un ser casi irracional, que podía conseguir lo que quisiera con la ayuda del dios dinero que todo lo concedía, siempre y cuando, ese apetito consumista tan común en otros tiempos, pudiera mantenerse indefinidamente.
Y la ciencia, única voz oficial y capaz de enderezar las situaciones más enrevesadas, seguía callada. Incompetente para manifestarse abiertamente, la comunidad científica, en lugar de expresar una opinión que generara caos, optaba por no pronunciarse.
Finalmente cuando se hizo insalvable el hecho de que el fenómeno envolvería la Tierra, el mundo fue adquiriendo un semblante más humano, los países prepotentes fueron cediendo paulatinamente sus pretensiones más audaces y sus gobiernos se tornaron más solidarios entre sí, la gente se hizo más tolerante y comprensiva, y fueron desprendiéndose de sus instintos de ambición y avaricia.
Las guerras finalizaron, lo conquistado regresó a sus legítimos dueños y los perjuicios sufridos fueron reparados por completo, los habitantes del planeta cesaron su abuso del medio ambiente y aprendieron a convivir con la naturaleza, se tejieron lazos de amistad entre todas las sociedades del mundo, las características humanas negativas que habían generado tantos conflictos y sembrado tantos odios se esfumaron intempestivamente y dejaron los espíritus inmaculados y desprovistos de toda maldad; así, mucho antes de su paso, la gran nube de polvo cósmico, conocida por unos como LA NUBE DE TÉVEZ, y por otros como LA NUBE DEL GATO, había logrado su primer milagro: que después de 10.000 años finalmente los seres humanos viviéramos con humanismo, como debimos haber vivido siempre y no ahora que era ya demasiado tarde.
Finalmente después de tantos ires y venires, el tiempo se agotó, pronto la gran nube de polvo cósmico alcanzaría la nube de Oort, luego llegaría hasta el cinturón de Kuiper, posteriormente envolvería las orbitas de los gigantes gaseosos, seguidamente abarcaría el cinturón de asteroides y después haría su entrada triunfal en las orbitas de los pequeños rocosos, donde se encontraba nuestro amado refugio: el planeta Tierra.
Para nosotros probablemente, todo habría terminado, pero para la gran nube el camino seguiría, visitaría al Sol y continuaría su recorrido, ahora de forma invertida, hasta salir del sistema solar, y proseguir así su sendero caprichoso, divagando por los confines difusos de la galaxia.
Apenas unos días antes de la llegada de la gran nube, un grupo de excompañeros de Dan Tévez, dijeron a la prensa que el descubridor del fenómeno había sido asesinado por haber descifrado algo en la nube que iba a cambiar el destino de la Tierra. “Dan Tévez se fue con el secreto a su tumba, luego su muerte, se debió a un complot para acallar la verdad y someter a la humanidad a la voluntad de los más poderosos”.
Por fin llegó el momento esperado. La gran nube de polvo cósmico tocó tierra. El cálculo de los científicos estipuló que el paso del fenómeno duraría a aproximadamente dos días. Por esa razón, por mandato de la FENA y de los diferentes gobiernos, el mundo se iba a paralizar durante cuatro días. Las empresas, las oficinas, los almacenes, los negocios, las escuelas, los colegios, las universidades, los institutos, los cines, los teatros, los coliseos, los escenarios, y en general, todos los establecimientos públicos y privados, sin ninguna excepción, debían cerrar sus puertas.
Tan sólo funcionarían hospitales, clínicas, centros de salud y centros de información, así como los cuarteles de la policía, las fuerzas militares, los organismos de atención de desastres y las entidades de servicios voluntarios. Las autoridades despacharían desde guarniciones militares, en donde estarían con sus familiares y sus colaboradores del gobierno. Todo organizado bajo un esquema especial que funcionaba de manera similar en todos los rincones del mundo, desde la ciudad más grande hasta el poblado más pequeño.
Sería un festivo internacional de 96 horas. Todas las personas debían permanecer resguardadas en sus lugares de residencia o el que hiciera sus veces, durante cuatro días, o hasta cuando las autoridades de la FENA, así lo determinaran. Cada persona debía poseer un radio y estar atenta a la información. Los servicios públicos serían suspendidos hasta nueva orden.
De igual manera en cada hogar, las personas debían proveerse de todo tipo de alimentos, medicamentos, agua y ropa, así como de pitos y linternas, y elementos necesarios para este tipo de situaciones y seguir las recomendaciones de las autoridades; entre otras, la de no asomarse a la calle bajo ninguna circunstancia.
Cuando ya estaba todo preparado comenzó el acontecimiento. De repente el cielo empezó a oscurecerse, una densa mancha de partículas prehistóricas tiñó de rojo y naranja el ambiente, la luz del Sol no pudo penetrar y se hizo noche. La temperatura descendió en promedio diez grados y un rugido aterrador se apoderó del entorno, en esos primeros instantes la mayor parte de la gente creyó que había llegado el fin del mundo.
A estas alturas hasta el más optimista había perdido toda esperanza de sobrevivir, aún en el hogar más incrédulo, una oración se alzó y una plegaria se elevó para implorar perdón y misericordia, hasta el más ateo de los seres invocó a Dios en ese momento final de su existencia.
Las horas se hacían interminables. La gente vivía verdaderos momentos de desesperación. Por un lado, la incertidumbre de no saber qué acontecería; por el otro, la consternación de soportar una experiencia completamente desagradable: sin poder salir, sin agua, sin luz, sin gas y sin teléfono. Las radios se mantenían encendidas a la espera de una información cargada de malas noticias que no llegaba de ninguna parte.
Los temores que se suscitaron en el seno de las familias se fueron disipando a medida que el fenómeno fue transcurriendo y la tranquilidad comenzó a aflorar tímidamente, en tanto que todo parecía volver a la normalidad o que por lo menos la situación tendía a ser algo más habitual.
Lo único que se pudo percibir fue una llovizna de partículas que pintaron el ambiente de tonos rojos y naranjas, y un tenue olor a alguna sustancia indeterminada, un rugido que se fue perdiendo hasta que quedó convertido en un sonido leve y una sensación térmica muy baja que hizo prever el inicio de una gran tormenta. El Sol se escondió, y ni su luz ni su calor tuvieron la delicadeza de aparecerse por aquellos días.
El tránsito de “LA NUBE DE TÉVEZ” por la Tierra duró 50 horas, 40 minutos y 30 segundos. Las radios comenzaron a difundir un mensaje a través del cual “el paso del fenómeno no había provocado ninguna alteración y que pronto todo volvería a la normalidad”.
Entonces las gentes del mundo entero, en perfecta sincronización, comenzaron a salir desprevenidamente de sus casas, contradiciendo las recomendaciones de las autoridades que hablaban de cuatro días de recogimiento, pero nadie quería perderse la inolvidable experiencia de interactuar con los últimos estertores de la gran nube de polvo cósmico que tanto había perturbado a la humanidad.
Finalmente, y para no quedar mal ante su ineficiencia, la FENA terminó por levantar la cuarentena y permitió que las personas pudieran salir, y que a partir de ese momento todo volviera progresivamente a la normalidad, ya que no existía el más mínimo riesgo para la salud humana.
Al siguiente día, un sol radiante y un cielo azul permitieron descubrir un ambiente más puro y un mundo nuevo que estaba naciendo. La ilusión para muchos de iniciar una nueva vida, cargada de cosas positivas, se convirtió en una especie de nuevo mandamiento para la especie humana. Allí se pudo determinar el fracaso total de los pesimistas, de los charlatanes, de los falsos profetas, de los líderes negativos, y en general, de todos esos personajes oscuros que en toda sociedad suelen aparecer con el ánimo de tergiversar la realidad para acomodarla a sus intereses.
A pesar de que el paso de la gran nube no había ocasionado ningún inconveniente, el miedo y la debilidad de alrededor de un millón personas en todo el mundo las llevaron a optar por el suicido antes de sucumbir ante la supuesta inclemencia del destino. Ese era el trágico balance, la pérdida por ignorancia como la de este millón de personas y la pérdida por ilustración como la del científico Dan Tévez.
El mundo se llenó de felicidad y se volvió más tolerante, las características negativas inherentes al ser humano parecieron esfumarse y por fin se conoció al significado cabal de la palabra PAZ, todo parecía un auténtico milagro. Por esa razón, las iglesias se entrelazaron en sendas plegarias y vigilias de agradecimiento, porque su interpretación redundaba en una prueba inequívoca de la misericordia de Dios.
El planeta quedo sumergido en un estado permanente de fiesta y la alegría se extendió por todo el mundo. Fueron muchos días de celebración los que se vivieron, desde la ciudad más grande hasta el poblado más pequeño, desde la familia más poderosa hasta el clan más humilde.
Una comisión de alto nivel que tuvo a cargo el análisis de la gran nube tras su paso por la tierra, llegó a cuatro conclusiones:
La primera, que se habían detectado diez componentes en la gran nube de polvo cósmico. De esos componentes, ocho fueron perfectamente reconocidos y dos resultaron completamente desconocidos.
La segunda, que la gran nube se dirigía hacia los confines de la Vía Láctea, a una velocidad aproximada de un millón de kilómetros por hora.
La tercera, que no había presencia anormal de ningún tipo de radiación, que se hubiera eventualmente depositado en la litósfera, en la atmósfera o en la hidrósfera.
La cuarta, que no se había producido en el mundo ningún tipo de evento, percance, accidente o daño a infraestructura asociado con el fenómeno.
Un grupo interdisciplinario conformado por médicos, biólogos, geólogos, ecólogos, astrónomos, físicos, químicos, matemáticos y otros; todos, con profundas especializaciones en diversas ramas del saber científico y del saber humano, se encargarían del estudio de las dos sustancias que resultaron extrañas en la composición de la gran nube para examinarlas y así poder determinar su significado exacto.
Entre tanto el mundo continuaba su curso regular, la gente fue poco a poco retomando su rutina y los buenos propósitos se fueron perdiendo a medida que el inexorable paso del tiempo continuaba su ritmo. Pronto ese aliento de cosas positivas en que quedó convertido el planeta tras el paso del fenómeno se esfumó y todo volvió a la misma realidad de siempre. Nuevas guerras estallaron alrededor del mundo, y regresó con más fuerza la violencia, la intolerancia, el irrespeto y el desprecio; nuevas tormentas políticas y sociales brotaron alrededor del planeta y renació con más ímpetu la ambición, la envidia, el egoísmo y el odio. La muerte extendió de manera incontrolable su sombra sobre la faz de la Tierra.
La gran nube de polvo cósmico conocida por unos como LA NUBE DE TÉVEZ y por otros como LA NUBE DEL GATO, quedó pronto sepultada en el pasado y con ella también el recuerdo de su descubridor Dan Tévez y el de más de un millón de personas que ante su inminente llegada optaron por el suicidio como único medio de trascendencia.
Entonces apareció en el mundo una noticia tan inesperada como desconcertante. Fue precisamente un médico indio el primero en detectar el problema. Según su teoría a partir del paso de la gran nube de polvo cósmico por la Tierra, no se habían vuelto a presentar nuevos casos de embarazos en su país, el más fértil del mundo.
Teniendo en cuenta que el promedio de hijos por mujer en la India es de aproximadamente seis, resultaba muy extraño que en ningún centro de salud grande o pequeño de ese país se hubiera registrado embarazo alguno después del paso del fenómeno; inclusive, el médico pudo documentar que efectivamente los embarazos que se habían producido sucedieron antes del paso de la gran nube, pero nunca después.
La noticia corrió despavorida por todo el mundo y varios de sus colegas coincidieron con el informe. Noticias llegadas de China, Estados Unidos, Indonesia, Pakistán, Brasil, Nigeria, Bangladesh y Rusia, las naciones más pobladas del mundo, certificaban el hecho. De igual manera desde todos los demás países del mundo llegaron datos que confirmaron el extraño acontecimiento. Así surgieron entonces las conjeturas en torno a que esta era una posible consecuencia del paso de la nube, pero pronto fueron desmentidas por la Agencia Internacional de Salud Pública, que determinó que no era cierto que no se hubieran presentado embarazos después del paso de la gran nube, que lo que sucedía era que eran pocos, ya que debido a que esa fue una época muy estresante, obviamente no hubo tiempo para la sexualidad pero que pronto todo iba a volver a la normalidad.
Tras esa aseveración se generó en el mundo una reacción en cadena, que fue envolviendo la Tierra en una nueva ola de angustia tanto o más preocupante que el paso mismo de LA NUBE DE TÉVEZ, razón por la cual se convirtió en el tema preferido de la comunidad internacional, de los medios de comunicación, de las redes sociales, de los grupos de opinión y de la gente del común en general.
Y era verdad. Ni en las naciones más prolíficas ni en las menos, se habían reportados nuevos embarazos tras el paso de la gran nube. Pero como la Agencia Internacional de Salud Pública decía que esa información carecía de veracidad, la FENA optaba por decir que era una “campaña de desinformación fundada en intereses mezquinos”. Por tanto, la teoría del médico indio cayó, por unos días, en desuso.
Más como un secreto a voces no puede acallarse indefinidamente, uno a uno, los presidentes de las grandes naciones, fueron poco a poco aceptando la realidad. Y comenzaron individualmente a investigar cuál era la razón de aquel gran misterio.
Fue una tarde lejana de febrero, cuando las grandes agencias especializadas aceptaron ante una improvisada rueda de prensa que efectivamente tras el paso de LA NUBE DEL GATO, la reproducción humana había entrado en un inusual estado de aletargamiento.
Con esa declaración comenzó la más grande investigación científica en la historia de la humanidad. Con la participación de entes públicos y privados y bajo la dirección de la FENA, se dio inicio a la operación que finalmente debía determinar si efectivamente el final estaba cerca.
Luego de varios de estudios y análisis, la FENA dictaminó en un mensaje a través de los diferentes medios de comunicación que “A pesar de que el estrés por el paso del fenómeno había desaparecido y aun así, las parejas no lograban concebir”, la profunda investigación de un ente multisectorial de alto nivel, dejó al descubierto la fatídica noticia de que “El hombre había perdido la capacidad de producir espermatozoides”.
Y para completar el mensaje apocalíptico, en uno de sus apartes el informe señalaba: “Era perfectamente posible que el extraño acontecimiento se debiera al contacto del género humano con el fenómeno sideral llamado: LA NUBE DEL GATO”.
Y más adelante agregaba: “Se han hecho recuentos de células sexuales masculinas bajo diferentes parámetros, aplicando variadas metodologías, en diversas regiones del mundo y el conteo en todos ellos, ha arrojado el mismo resultado: cero”.
Y luego finalizaba: “Bajo esa premisa, no es difícil dilucidar que al perder el hombre la facultad de producir células sexuales, la reproducción humana y; por ende, la supervivencia del ser humano sobre la faz de la tierra, está prácticamente llamada a desaparecer”.
Ante semejante escenario, se llevaron a cabo todo tipo de investigaciones concernientes a la producción de espermatozoides; inclusive, se recurrió a una serie de estímulos económicos para la pareja que lograra concebir. El mundo cayó en una especie de orgía universal encaminada única y exclusivamente a concebir el primer ser humano tras el paso de LA NUBE DE TÉVEZ.
La naturaleza en medio de sus sabias decisiones, había reservado la extraña medida únicamente para los machos de la especie humana, en las demás especies, la vida continuaba su curso normal. Era la especie humana la única perjudicada con su caprichosa disposición.
Entonces asaltó a los habitantes de la tierra una serie de poderosas inquietudes: ¿Qué iba a ser del mundo sin la existencia de los niños? ¿Cómo podía concebirse el planeta sin la participación de los más fantásticos seres que jamás han existido en él?
Y es que a pesar de todas las preocupaciones y las indisposiciones que ellos nos causaban, cómo podría un adulto alcanzar su realización, si ellos eran ni más ni menos, que la más grande y profunda razón de vivir, con ellos la trascendencia alcanzaba su punto más alto.
Qué sería de todos esos elementos propios de la niñez, como los juguetes, las mascotas, los dulces, los helados, las galletas, las tortas, las escuelas, los colegios, las bromas, los juegos, las sonrisas, los chistes, y todo lo demás que es inherente a la más bella época del ser humano.
Cómo sería de triste y vacío un mundo sin niños, cómo se podría mantener unida a una familia sin su necesaria participación, cómo se podría sostener emocionalmente un hogar sin su bella presencia, cómo se podría preservar una economía en la que la mejor parte de ella estaba destinada a ofrecer productos y servicios para los más pequeños, cómo se podría proseguir en la vida sin el tierno aliento de su prominente existencia.
Un pesimismo generalizado se fue apoderando del género humano. El tiempo continuó transcurriendo y las fuerzas se fueron agotando. Los que habían alcanzado a nacer comenzaron a crecer y con ellos, la esperanza de niñez se fue acabando. Por la mente de los habitantes de la Tierra, cruzaba el fugaz recuerdo de esos loquillos tiernos que tanta alegría habían sembrado en los corazones de todas las épocas.
Entonces aparecieron las advertencias de un tal Dan Tévez, astrónomo casi desconocido, que una lejana tarde dominical había descubierto en su insignificante cuarto de estudio, el fenómeno sideral más grandioso en la historia de la humanidad, del cual tuvo siempre la impresión que traería infaustas noticias para nuestras vidas, y cuyo recelo inerme lo paseó de manera inútil por el mismísimo camino de la muerte.
Una latente depresión comenzó a afligir la conciencia humana sobre este punto azul pálido, incrustado en el brazo inconcluso de una galaxia espiral, ubicada en el punto más indeterminado del universo, con el único propósito de conmover hasta los espíritus más inamovibles, para que nadie se atreviera a poner en duda el poder supremo de la naturaleza que anunciaba a gritos que definitivamente la muerte estaba cada vez más cerca.
FIN
miércoles, 1 de junio de 2022
MONTAÑAS DE MENTIRAS CAEN DE VERDAD
MONTAÑAS DE MENTIRAS CAEN DE VERDAD
El sol comenzaba a caer. En la lejanía, el horizonte teñido de rojo, propio de los atardeceres veraniegos, pintaba un paisaje prehistórico. Danilo seguía impaciente la espera. Sentado sobre una piedra, aguardaba que la providencial figura de Malena, surgiera en la distancia.
El astro rey, que había mostrado toda su imponencia durante el día, buscaba un refugio para ocultarse, y nada mejor que entre la depresión que unía los dos enormes promontorios de tierra y vegetación, que daba nombre y forma al tan conocido “Cerro de las tetas”.
Y fue allí mismo, frente a la superpuesta imagen del cerro con torso femenino, en donde Danilo percibió a Malena en toda su extensión, la pensó no como una hermanastra sino como una mujer, y descubrió que su presencia era una condición indispensable para seguir existiendo.
La espera que se hacía eterna, comenzó a disiparse repentinamente, y se transformó en un sentimiento profundo de alegría, cuando a lo lejos, Danilo vio venir a Malena, con su bluyín y su blusa roja, entonces sintió que un oasis de felicidad brotaba de su alma.
Sí, ahí venía Malena, con su cabello negro como el petróleo puro, con su piel dorada como la arena limpia, con su mirada seductora como la noche tibia, con su sonrisa encantadora como la brisa fresca. Malena tenía 22 años y Danilo iba a cumplir 20. Eran hijos del mismo padre aunque de diferente madre. Compartían la información genética de un progenitor que jamás había visto de ellos; en efecto, su padre terminó sin proponérselo engendrando tantos hijos, que un día se sintió desfallecer en el propósito de responder por todos, y decidió partir con rumbo desconocido, sin dejar el más mínimo rastro, y para siempre. Jamás se supo más de él.
Sucedió que un día cualquiera, los dos hermanos se conocieron y atando cabos, llegaron a la conclusión de que efectivamente eran hermanos, y a partir de ese momento, se siguieron viendo de manera esporádica. Pero a Danilo, desde el primer instante en que la vio, Malena se le quedó metida en la cabeza. Aparecía repentina y fugazmente, alegrándole la vida, como una nube que sonríe en el cielo o como una rosa que fulgura en el jardín. Su media hermana poco a poco se le fue instalando en un rinconcito del corazón, hasta convertirse en su dueña absoluta. Y lo peor era saber que a nadie podría contárselo, para no ser reprimido por pervertido e incestuoso.
Por eso un día, Danilo decidió que debía confesarle a Malena todo el amor que por ella sentía; a sabiendas de que debía ser muy cuidadoso con lo que le iba a decir y en la forma en que lo iba a hacer, porque podría ser que ella se asustara y saliera huyendo de él, de forma despavorida. Danilo elaboró un intrincado protocolo de palabras y señales, que cubría un amplio abanico de posibilidades, pero que en cualquier caso, le daba a él la oportunidad de quedar bien parado ante ella, pues al fin y al cabo, todo lo que él quería que ella supiera, era que la amaba profundamente.
En cierto momento, Danilo percibió que todo esto era una locura, y sintió la necesidad de cancelar la cita, porque podría ser posible que la poderosa atracción que él sentía por su hermana no fuera otra cosa que un capricho febril y pasajero que pronto acabaría, y sí terminara por dañar la naciente amistad que los dos estaban forjando. Pero con el arrojo y la valentía que había heredado de su padre, sintió que fuera lo que fuera, debía emprender la travesía y hacerle saber a Malena el sentimiento que su corazón abrigaba, el cual no era otra cosa, que el amor más puro y sincero del mundo.
Pasadas las cinco se encontraron en la pradera, frente al imponente “Cerro de las tetas”, el cuál actuaría como único testigo de la más inesperada declaración de amor que el mundo jamás hubiera presenciado. En aquella ocasión, Danilo descubrió a Malena mucho más mujer que media hermana, y sentenció que en cualquier caso, amar no era un pecado ni un delito, y justificó su proceder en la noble condición humana de ser leal consigo mismo.
Malena entre tanto, ajena a cualquier confesión, empezaba a ver a Danilo como aquel hermano que jamás había tenido, y un desconocido amor fraterno comenzaba a aflorar desde el fondo de su alma. Se sentaron sobre unas piedras que adornaban el camino, y mientras contemplaban la tarde que iba cayendo, fueron conversando de cosas triviales, casi sin sentido, que servían para romper el hielo y abrir las puertas del incipiente acercamiento.
Danilo estaba feliz, y en el máximo esplendor de su apogeo, experimentó la sensación impostergable de manifestarle a Malena la razón de la cita.
-Malena- dijo Danilo con voz temblorosa-, el motivo de mi cita es que tengo algo muy importarte qué decirle.
-Sí, claro Danilo le escucho- respondió Malena con total frescura, mientras pasaba su mano sobre su cabello desarreglado por el viento.
-Pero antes de contarle lo que quiero contarle, debo hacerle una pregunta: ¿usted qué pensaría de un hermano que se enamora de una hermana?
-¡Ah, no! Que es una total locura, un desafío a la naturaleza humana, una ofensa a Dios, una total aberración, lo peor que una persona pueda pensar. Habiendo tantas mujeres en el mundo y preciso fijarse en su hermana. ¡No! Imposible de aceptar. El tipo está loco.
Ante semejante respuesta, Danilo quedó completamente desarmado, sintió que un monstruo grande y hambriento le devoraba las entrañas, y deseó no haber nacido, no le importaba haberse perdido de tantos instantes maravillosos con tal que eso le hubiera significado evitarse tan amargo momento.
Danilo permaneció absorto, en total silencio, mirando hacia el cerro, con la mirada ausente y perdida, como pensando en algo abstracto, como recordando una escena jamás vivida, ahogado en la posibilidad incierta de un anhelo indeterminado. Quedó apesadumbrado.
-Pero Danilo- inquirió Malena-, ¿qué era lo que quería decirme?
Danilo permaneció callado durante unos segundos que parecieron eternos, y antes de que Malena dijera algo más, Danilo manifestó:
-Allá en el “Cerro de las tetas”, me cuenta un amigo que sucedió una historia increíble. Resulta que en la época de la colonia, existía en ese lugar un monasterio, en el cual vivía una comunidad de nazarenos, dedicados a la oración y la penitencia. Vestían de traje negro, con su cuerpo totalmente cubierto y un sombrero también negro que terminaba en forma cónica, que cubría y protegía su cabeza. Había en ese lugar más o menos cuarenta hombres que vivían de la limosna y la caridad pública. Pero comenzó a correr entre la población de aquel entonces, la idea de que cuánto más dieran en dádivas a aquella comunidad de “santos varones”, Dios devolvería a su dador, el doble de lo entregado. Por esa razón el pueblo emprendió una intensa campaña de extensos donativos, de grandes donaciones en cantidad y calidad, por parte de propios y extraños, de ricos y pobres, de hombres y mujeres, que entregaban toda clase de objetos, joyas, riquezas y pertenencias, con tal que eso les significara la devolución doble de su ofrenda, por parte de Dios. Claro, la idea no era dar porque les naciera, sino para que al final pudieran tener más. Con el transcurrir del tiempo, la comunidad se fue haciendo dueña de una inmensa riqueza, compuesta por formidables tesoros de dinero, de joyas, de finas telas, de delicadas especias, de piedras preciosas, y de toda clase de objetos y piezas que tuvieran algún valor material. Pronto se encontraron ante la realidad de no saber ya qué hacer con tantas cosas, ni dónde poder guardarlas, por lo que tuvieron que empezar a cavar túneles y a construir galerías para esconder semejante fortuna, mas como no ha existido ni existirá imperio alguno que pueda conservarse a través de los tiempos, porque tarde o temprano termina cayendo, a aquella congregación de nazarenos le llegó también la hora de rendir cuentas. El ejército revolucionario que nacía en aquellos días, para luchar contra la tiranía de los invasores de nuestras sagradas tierras, acusó a dicha comunidad de convertir su monasterio en un centro de acopio de armas y una fortaleza económica de quienes defendían la presencia de los usurpadores en la región, y decidieron que debían ser requeridos para que devolvieran al pueblo agraviado, las armas y el dinero, que iban a ser usadas en su contra. Ante semejante panorama, los nazarenos optaron por una improvisada dispersión, que dejó como único representante de la comunidad, y por tanto, como único dueño de tan extraordinaria riqueza, a Maximiliano, líder máximo de la congregación, y en quién recayó la vital tarea de resguardar y preservar el gigantesco tesoro, el cual se aseguraba que era superior al entendimiento humano, que hasta se llegó a decir por aquellos días, que ni el mismísimo Salomón había poseído tanto caudal. La persecución fue intensa y violenta, uno a uno fueron cayendo los miembros de la comunidad, pero ninguno decía dónde se escondía el nazareno y su tesoro, sencillamente porque desconocían su paradero. Pero luego de infructuosas búsquedas y tras varios días de seguimiento, finalmente se halló la ubicación de Maximiliano. El ejército revolucionario lo exhortó a declarar la ubicación del tesoro, para devolverlo a sus legítimos dueños, a lo cual el líder se negó rotundamente, aduciendo que todo pertenecía a Dios y que él tan solo era su administrador. A pesar de haber sido torturado, Maximiliano guardó silencio, entonces los insurgentes le practicaron un juicio sumario, el cual sentenció que ante la negativa del sujeto a revelar el sitio donde escondía las riquezas, este sería condenado a la decapitación y la desmembración. Su cabeza, su torso, sus dos extremidades superiores y sus dos extremidades inferiores serían enterrados en seis puntos diferentes del autodenominado cerro, para que la tierra se comiera para siempre a tan detestable engendro, embaucador de ignorantes y traidor de la causa rebelde. Y que solicitaba a la comunidad en general, que continuara la búsqueda del tesoro a fin de encontrarlo y distribuirlo entre el pueblo en general, y hasta se creó para tal fin una recompensa de cuatro pesos, imagínese Malena, cuatro pesos, para quien la encontrara. Finalmente un indio grande y grueso, ejecutó con un hacha, la decapitación y la desmembración de Maximiliano, y los demás insurgentes, enterraron las partes del cuerpo en el cerro, según lo sentenciado. Y hasta el día de hoy, tan extraordinario tesoro, que según dicen podría ser el más grande del mundo en la actualidad, no ha aparecido. Mi amigo me ha dicho que es posible que no hayan buscado en los túneles ni en las galerías, porque no tenían las herramientas adecuadas para hacerlo. De todas maneras, mientras el tiempo fue pasando, la idea fue quedando en el olvido, y mi amigo, que es uno de los descendientes del indio verdugo, ha proseguido la búsqueda de manera ocasional, y tuvo la dicha de encontrar en días pasados el hacha del crimen.
Malena, que hasta antes del relato, parecía desinteresada e incómoda con la cita, como si tan sólo hubiera ido a cumplirla por compromiso, cambió repentinamente de semblante y sus ojos se fueron tornando brillantes de emoción, su rostro empezó adquirir una tonalidad rojiza, y sintió la necesidad de saber más, haciendo preguntas sin cesar, imaginando mil situaciones que la acercaban a la búsqueda y posterior hallazgo del tesoro.
Danilo, no ocultaba la felicidad de sentir a Malena interesada en él; o por lo menos, en su “novela”, y continuaba agregando ingredientes al relato, con el fin de que Malena prosiguiera su disposición, ya que según él, esto le aseguraba la posibilidad de estar más cerca de ella.
Cuando Danilo creyó tener todo bajo control, tras el fracaso del paso en falso inicial, Malena logró despertarse del ensueño, y regresando al mundo real al cual pertenecía, tuvo la cortesía de volver a la indelicadeza del interrogante primero, y abordó a Danilo con una pregunta que lo descompuso:
-¿Y por qué me preguntó al principio lo del amor entre hermanos?
Pero Danilo, que ya había dado muestras de lucidez intelectual, supo anticiparse de manera brillante a la reacción de la respuesta, y le dijo:
-¡Pero es apenas obvio!
Malena, que unos momentos antes permanecía absorta, ahora empezaba a descomponerse nuevamente, y como presagiando un desacierto, repuso:
-No. No tengo idea.
Danilo, dedujo que definitivamente no podía decirle nada en esta ocasión, que era aún demasiado temprano para semejante declaración y que debía manejar la situación, siguiendo adelante con la historia, y que en medio del relato que intempestivamente había inventado con el único fin de tenerla cerca, poco a poco iba a poder acceder a ella, demostrándole sin afugias todo lo que significaba para él, hasta que el tiempo hiciera su trabajo y la arrojara a sus brazos, y que llegado el momento de la verdad, Malena pudiera entender, el alcance imaginativo de su amor incondicional, y respondió:
-Es lo que le está sucediendo a alguien que mi amigo conoce, o sea a alguien que el conocedor de esta historia conoce muy bien.
La noche empezaba a caer y decidieron que era la hora de regresar al poblado. En el camino tuvieron tiempo de dilucidar mil inquietudes, cada vez más rebuscadas por parte de Malena y mejor resueltas por parte de Danilo. Era evidente el fervor que la narración había despertado en ella, que hasta le sirvió a él, para concretar nuevas citas en las que tratarían el tema, y por qué no, hasta para organizar la búsqueda del extraordinario tesoro.
Llegando al poblado se despidieron. Un beso tierno escapo de manera natural de los labios de Malena y se implantó espontáneamente en la mejilla de su hermanastro, lo cual constituyó para él, el más grande acontecimiento de toda su existencia. Fue el premio nobel a su creación literaria.
Al llegar a casa, Malena se encontró con la celebración del cumpleaños del señor Virgilio Inspitia, presidente de la junta de acción comunal del poblado. La casa estaba completamente llena. Gran cantidad de amigos, vecinos, compañeros y familiares departían de manera cordial y afectuosa el aniversario de tan querido personaje. Malena fue inquirida de inmediato por su mamá sobre la razón de la tardanza, no teniendo ella, otra opción que la de contar a todos los presentes, el motivo de su demora, para justificar su inasistencia a la festividad. Malena comenzó el relato, tal y como Danilo lo había hecho, agregándole además, la emotividad propia de quién conoce a la perfección un tema y disfruta su exposición. De repente, todos los presentes se hallaron expectantes de la narración, y seguían con especial atención la historia del extraordinario tesoro, que sin duda alguna debía reposar en algún paraje del “Cerro de las tetas”, y que tenía motivos suficientes para convertirse en patrimonio cultural del poblado, y por ende, de todos sus habitantes.
De esta manera, se empezó a regar el rumor del tesoro escondido de la congregación nazarena. Cada invitado que estuvo presente en el cumpleaños, y escuchó el relato de Malena, al llegar a su casa, contó la historia a sus familiares, a sus amigos, a sus vecinos y a sus compañeros, y estos a su vez a los suyos, hasta que todo el poblado terminó enterándose de la historia en cuestión de horas. A la mañana siguiente, el cuento ya había traspasado las fronteras municipales. Pronto la historia sería conocida a nivel departamental, nacional e internacional.
En los siguientes días, el “Cerro de las tetas” habría de convertirse en un gran centro de acopio de buscadores de fortuna. Llegados desde el mismo poblado y desde afuera, los soñadores fueron tomando posesión del cerro y de sus terrenos aledaños, construyendo cambuches donde se instalaron de forma irregular con sus respectivas familias. Los nativos, que siempre habían tenido el cerro entre ellos, comenzaron a verle determinadas características, que comprobaban de manera irrefutable, la presencia del extraordinario tesoro. Los más creyentes, entre tanto, atribuían al crimen del religioso, la pobreza del pueblo y los permanentes castigos que la naturaleza les infligía, lo cual confirmaba irremediablemente la ejecución del crimen, asegurando como la más posible causa la posesión de la riqueza. El ambiente natural y social del cerro se fue deteriorando con el paso de los días, y se fue transformando en un terreno erosionado y un territorio hostil que no respondía al llamado de ninguna autoridad.
El asentamiento se fue expandiendo aceleradamente y de modo desorganizado, sin servicios públicos, ni servicios básicos, la explosión demográfica se implantó en el cerro y las costumbres agrestes y violentas tupieron un tejido social en franca decadencia. Dos grupos se hicieron visibles en la búsqueda de la supuesta fortuna. En la “teta” izquierda del cerro, se instalaron los que querían hallar el tesoro para repartirlo entre el pueblo en general. En la “teta” derecha del cerro, se instalaron los que querían hallar el tesoro para repartirlo entre ellos mismos. Los dos grupos estaban separados por una línea imaginaria que dividía el cerro y que nadie se atrevía a cruzar so pena de perder la vida. Una frontera invisible había quedado trazada entre las dos repúblicas independientes que acababan de nacer.
Entre tanto, Danilo y Malena continuaban sus vidas rutinarias, en medio de un poblado que comenzaba a quedar vacío, y una comunidad que empezaba a desesperarse por el descomunal avance de la violencia fratricida y el no hallazgo del sensacional tesoro, a pesar de su intensa búsqueda.
Los encuentros entre los dos hermanos se hicieron más frecuentes, y comenzaron a hacerse más comunes en otros ambientes. Sin ninguna restricción, Malena iba hasta la casa de la mamá de Danilo, y Danilo iba sin ninguna restricción hasta la casa de la mamá de Malena. Así las cosas, las dos mujeres se fueron acercando, y fueron forjando un aprecio casi fraterno, sustentado en la amistad de los jóvenes, y dejando atrás cualquier prejuicio, surgido por los intereses antagónicos de su rivalidad familiar. Danilo estaba viviendo los instantes más maravillosos de su existencia.
Malena, obnubilada por la latente probabilidad de abandonar de una vez por todas, la presurosa pobreza que siempre le había rodeado, exhortó a Danilo a ir junto a ella, en búsqueda del tesoro, contando con la participación activa del amigo, del descendiente del indio verdugo, para que los guiara con mayor acierto en la búsqueda del tesoro. Además, exigió ver con sus propios ojos, el cuerpo del delito; es decir, el hacha del crimen.
Para Danilo no iba a ser difícil contar con Álvaro, Oliverio, Efraín o Hernán, excompañeros suyos del colegio, para que alguno de ellos representara el papel del descendiente del indio; de igual manera, al abuelo de Romina y al tío de Lesbia, les había visto una hacha en la casa. Entonces todo estaba preparado para presentarle a Malena los testimonios que probaban la veracidad de su historia. Si en algún momento sintió vergüenza por la vileza de su mentira, justificó su proceder en el profundo amor que sentía por su media hermana.
Finalmente le pidió el favor a Hernán, porque según él, era el que más rasgos indígenas tenía, aunque todos estos valores de juicio, estaban fundados en su sola intuición, porque Danilo jamás permitió a nadie acercarse al remolino de pensamientos que se generaban en el interior de su mente. Él era el autor intelectual y material de todos sus actos y su único cómplice. Entonces le explicó muy bien a Hernán el papel que tenía que representar, pero sin dejarle entrever cuál era el verdadero motivo de su propósito. Le pidió que fuera hasta donde Romina para que intercediera ante el abuelo y le prestara el hacha, diciéndole que era para cortar unas ramas del árbol de la casa, lo entrenó en el rol que debía desempeñar y le pidió que no respondiera preguntas. Lo llevó hasta Malena, para que ella creyera en su relato, y así pudiera consolidar, de una vez por todas, la relación amorosa que él anhelaba.
El abuelo accedió al préstamo del hacha, siempre y cuando la nieta Romina, la tuviera con ella en todo momento. Así las cosas, Danilo, Malena, Hernán y Romina, se pusieron de acuerdo para encontrarse en el camino que iba hasta el “Cerro de las tetas”. Malena vio con sus propios ojos, la supuesta hacha del crimen, y conoció de primera mano, al descendiente del indio, aunque a decir verdad, ya se conocían porque como bien es sabido, en los pueblos pequeños, todos se conocen con todos. Ante la incertidumbre de la inusitada reunión de sus amigos; Álvaro, Efraín, Oliverio y Lesbia, que habían conocido de boca de Hernán, la extraña citación de Danilo, decidieron acompañarlos, y terminaron por encontrarse todos cerca del cerro, en el sitio llamado “El guanábano”. El hacha era conducida por Hernán como una reliquia divina, mientras todos maravillados, la contemplaban con singular importancia.
A medida que los ocho muchachos se fueron acercando, notaron que en la teta izquierda del cerro, se producía una gran algarabía. Entonces continuaron caminando, hasta que se hallaron inmersos en la escena, y percibieron expresiones de júbilo. Intentaron adentrarse en el jolgorio, para saber de qué se trataba aquella demostración de alegría, y descubrieron que un grupo de hombres traía en hombros a un muchacho que era saludado con vítores y aplausos. Era el hijo menor de Virgilio Inspitia, el presidente de la junta de acción comunal. El joven de trece años traía en sus manos un hacha que había encontrado, y que según sus mentores, era el arma con la que habían decapitado al nazareno. Los ocho se miraron fijamente entre sí, luego miraron el hacha que Hernán traía en sus manos y la compararon con la del muchacho, todos como queriendo decir algo que nadie se atrevía. Un manicomio cantaba a grito entero en la mente de Danilo: “montañas de mentiras caen de verdad, montañas de mentiras caen de verdad”.
FIN
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