sábado, 8 de octubre de 2022
Y LA LUZ SE HIZO
Y LA LUZ SE HIZO
Al terminar la misa de seis, el sacerdote pidió a los feligreses que fueran todos hasta la calle del experimento. Estaba situada a cuatro cuadras de la catedral, en todo el centro del pueblo que para ese entonces era la gran ciudad de hoy. Cerca de 300 personas caminaban con velas, veladoras, antorchas de brea y lámparas de querosene; acompañando al párroco, quien iba en su calidad de primera autoridad eclesiástica, pero sobre todo para bendecir la obra.
El sermón había versado sobre cómo los avances de la ciencia y la tecnología eran obsequios que Dios ponía en manos del ser humano para alcanzar el progreso y el desarrollo, eso para acallar tantos rumores que se tejían entre la población ignorante en estos asuntos, que veía el tema como algo inapropiado para la moral pública y un auténtico desafío a la ley divina. No faltaban eso si los escépticos, portadores siempre de toda clase de improperios y desavenencias, amos absolutos de la verdad, para quienes en definitiva el día y la noche debían estar claramente diferenciados, el día estaría siempre rodeado de luz y la noche de tinieblas. Cualquier esfuerzo en contrario debía ser producto de la magia o la brujería.
Al llegar la comitiva, el escenario que parecía listo ahora quedaba completo. La platea principal con el gobernador y esposa, el alcalde y esposa, los secretarios de despacho tanto departamentales como municipales, el comandante de policía, el comandante del ejército, los representantes de las corporaciones públicas, los eminentes hombres de negocios, y por supuesto el cura, representante de Dios en la tierra, encargado de dar la bendición.
Atrás, el cortejo parroquial y un grupo de curiosos esperaban con ansiedad el acontecimiento. El sereno comenzaba a bajar, y dejaba al descubierto que el tiempo iba transcurriendo, y el evento no iniciaba. Algunos comentarios emanaban de la multitud y se precipitaban en la insalvable y estéril discusión del origen benigno o maligno de semejante suceso. Los rumores crecían y se desvanecían como las olas del mar, que al acercarse a la playa producen un demoledor estruendo y luego al alejarse tenuemente dejan una estela de profundo silencio.
Y ahí, en uno de esos intervalos, apareció a lo lejos el encanto de las notas musicales, era la banda marcial que hacía su entrada triunfal en la callejuela adornada de postes y cables, para beneplácito de la concurrencia que empezaba a interrogarse sobre la causa de la inesperada demora.
Las damas de la alta alcurnia, atosigadas con enormes vestidos, agitaban los abanicos europeos recién desempacados por los insipientes mercaderes, mientras que sus maridos, sofocados entre camisas de cuellos almidonados, no atinaban a sentirse más cómodos, y unas y otros, olvidando que hacía apenas unos minutos adolecían de un frío que en realidad era casi imperceptible, se exasperaban en la vana idea de que esto, fuera lo que fuera, terminara de una vez por todas, porque el siguiente día era lunes, y desde ese entonces ya se reconocía que el lunes era el día más ocupado de la semana.
Los niños, autores siempre de alegrías, pero también de travesuras, corrían por los rincones de la callejuela y sus alrededores, anunciando la pérdida de control por parte de los padres sobre los pequeños, basada ante todo en la demora. Y como fuera necesario llegar a la reprensión física para acallarlos, todo desembocó en un caos en el que algunas de las más prestantes familias amenazaron inclusive con marcharse si el evento no daba pronto inicio.
Finalmente, cuando todo parecía que se diluía en el intento, apareció el director de la compañía eléctrica, acompañado de un hombre delgado y bajito al que nadie conocía, el cual era nada más y nada menos que el encargado de subir las cuchillas que habrían de transmitir la electricidad suficiente para encender los 30 focos instalados en aquella calle exigua para iluminarla.
Un silencio sepulcral dominaba la escena. Un aire tenso se percibía en el ambiente. Todos con la mirada fija en los focos, la respiración corta y el pulso acelerado, los rostros palidecidos y los labios resecos, los niños sujetados a las manos de sus padres, un mar misterioso que rodeaba sin consideración a los testigos de semejante prodigio.
El hombre delgado y bajito levantó la cuchilla con un palo, y ajeno a la posibilidad de que se hubiera podido electrocutar dio inicio a la hazaña. La calle oscura apareció de pronto llena de luz, como si hubiese ya amanecido, los rostros perplejos de los testigos no acababan de sorprenderse y tras un segundo de silencio que pareció un siglo, miles de cohetes estallaron en el firmamento, la banda marcial tocó nuevamente y las campanas de la iglesia repicaron sin cesar. A lo lejos, los cargadores que apenas regresaban a casa atravesando montes con sus mulas cansadas, veían como una lucecita que de manera inexplicable se había encendido, resplandecía en las tinieblas de aquella noche del domingo 30 de agosto de 1891, anunciando la llegada inminente del progreso para esta ciudad naciente que lucía distante de algo que en otras latitudes era casi una rutina.
FIN
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