domingo, 12 de octubre de 2025

REBELIÓN DE CORBATA

REBELIÓN DE CORBATA Ahora el hombre estaba ahí, frente al espejo, revisando minuciosamente cada detalle de su presencia. Su rostro comenzaba a dar muestras de madurez, las líneas de expresión que anteceden a las arrugas ya se dibujaban con cierta claridad. Su cabello, ya pintaba algunas canas, muchas menos de las que debiera y muchas más de las que quisiera, en eso se centró, en su pelo. Entonces pensó, “los hombres tenemos dos opciones, canosos o calvos” y luego agregó, “es mejor canoso que calvo”, porque las mujeres nos ven más interesantes, pero inmediatamente reparó en que lo decía porque era su caso, pues si hubiera sido lo contrario, seguramente hubiera pensado que era mejor calvo, porque las mujeres solían verlos más interesantes, esa deducción dialéctica le sirvió para entender que finalmente, así era todo en la vida, que uno terminaba aceptando lo de uno, pero criticando lo de los demás. Ese pensamiento tan absurdo, despertó en el hombre una inesperada noción de trascendencia. Ahora se miró de cuerpo entero, le gustaba su figura, su yin azul y su camisa blanca contrastaban con sus zapatos naranjas perfectamente lustrados y su correa también naranja, que se perdía en el azul intrépido de su pantalón, camiseta interior blanca, medias azules del mismo tono del yin, entonces pensó, “hace ya veinte años de esto”, pero reparó en que faltaba algo, ¡Ah claro, la corbata! Sin corbata no era él. Desde hacía veinte años todo era igual, de domingo a domingo, vestido desde las seis, esperando a los feligreses, todo había comenzado la lejana tarde de un 24 de julio, en que sintió “el llamado de Dios”. Desde entonces se sabía de memoria los 66 libros de la biblia protestante, con sus capítulos y versículos, al pie de la letra, desde entonces se había dedicado de tiempo completo a la lectura de la palabra. Todo en su vida funcionaba así, rigurosamente cuadriculado, sin la más mínima posibilidad de improvisación. Inspeccionó su inventario de ropa, pantalones, 24; camisas, 24, todas blancas; zapatos, 12 pares, 6 naranjas y 6 negros; correas, 4, 2 naranjas y 2 negras; camisetas interiores, 12, todas blancas; todo en perfecto orden; corbatas, 60. Entonces las miró fijamente y las contó con denuedo. Estaban las 60, pero su atención se detuvo en algo. Observando ese accesorio al detalle, el hombre reparó en que realmente era una prenda absolutamente superflua, inútil, por primera vez en toda su existencia había alcanzado el nivel de lucidez verdaderamente superior, que le permitiera llegar a una magnánima conclusión, la corbata no servía para nada. Si al principio la tal se usaba con el único fin de amarrar la camisa y ajustarla a conveniencia, con la aparición de los botones del cuello, la pobre quedó relegada a una fútil función decorativa, algo así, como ser lo que los incapaces necesitaban para impresionar a los fáciles de una sociedad inerme y vacía, que requería de símbolos para comprender qué era la sobriedad. Era una verdad inobjetable. Entonces se sorprendió con el ser que era capaz de elucubrar semejantes despropósitos, y en su interior, un fantasma renegado, pareció apropiarse de su pensamiento, y mil cosas más surgieron en su conciencia. Una rebelión de sentimientos estalló intempestivamente, y un nuevo hombre surgió de su propio interior, mientras observaba las 60 corbatas que a su vez, lo contemplaban con sorna y displicencia, aquel hombre, cuya prominente exactitud le permitía conocer de antemano qué ropa vestiría el 22 de febrero o el 30 de junio o el 13 de agosto, había roto su inflexible precisión y se estaba desmoronando lentamente, ahora quería acabar con todas estas sandeces y ser un hombre normal, con ganas de ir a futbol, de ver porno, de ir donde las putas, de fumar, de emborracharse, de acostarse con una y con otra, disfrutar la vida sin más preámbulos, porque sin lugar a dudas, la vida era corta y había que disfrutarla al máximo. De ahora en adelante, nunca más usaría corbata, esa prenda inane que solo servía para esconder la hipocresía de una clase cuya elegancia dependía de la frivolidad de un símbolo, era la fiel representación de una sociedad en franca decadencia, de la cual ya no quería hacer parte, entonces las bajó del placard, las 10 de unicolor, las 10 de rayas, las 10 de cuadros, las 10 de líneas, las 10 de pepas, las 10 de puntos, las 60 corbatas, una tras otra, y las comenzó a cortar sigilosamente, con unas tijeras gigantes, cada una en 6 partes, para obtener un total de 360 retazos, los 360 grados de una circunferencia, que representaban el giro radical de un hombre renovado que a partir de hoy empezaba a escribir un nuevo capítulo de su historia. FIN