viernes, 22 de julio de 2022

SER DEL OTRO MUNDO

SER DEL OTRO MUNDO


Ahora el hombre estaba ahí. En medio de una selva interminable de vehículos, y enredado en el trancón más impresionante de la historia. Le parecía imposible que ayer, unas horas antes, era el hombre más feliz del mundo, y hoy, unas horas después, estuviera sumergido en semejante infierno. Ni como dejar de pensar que ayer, fue un día inolvidable para él. El gerente general de la compañía lo mandó llamar a su oficina, lo hizo seguir, le pidió agua aromática, alabó su dedicación al trabajo y le dio la buena noticia que a partir de ese momento sería el nuevo director comercial. Hacía sólo dos años había ingresado a la empresa, pero desde el mismo momento de su entrada, se propuso que su paso como asesor comercial sería transitorio, su verdadero objetivo sería al principio la dirección comercial y más adelante la gerencia general. Por eso desde el comienzo se esforzó por ir más allá, sacrificó muchas veces lo que más le gustaba, soñó que podía ser el mejor y despertó con la firme convicción de que todo cuanto se anhela en la vida se puede alcanzar si se lucha con la vehemencia necesaria para vencer cualquier obstáculo. Ese, que para él era día de descanso, sirvió de pretexto ideal para levantarse tarde. Una extraña sensación de realización y suficiencia desbordaba sus sentidos, instantes de gozo nunca vividos aparecían fugazmente mientras se hacía a la idea su nuevo papel de ejecutivo. La mujer ya había salido a trabajar, pero él, en medio de su ilusión, soñaba despierto con escenas gloriosas de las cuales ellos, eran los únicos protagonistas. En eso estaba, cuando una llamada de alguien conocido lo sacó de su dulce abstracción. -No sé cómo decirle esto- le dijo con inusitada preocupación. -Acabo de ver a su mujer entrando a un motel con un tipo- agregó. El pocillo de café cayó al piso y un temblor incontrolado se apoderó del hombre que hasta hace unos momentos se sentía francamente feliz. -Pero ¿cómo, cuándo, dónde, con quién? Musitó con dificultad. -Pero ¿está seguro que es ella? Preguntó con desesperación. Miraba una y otra vez el celular esperando que fuera una llamada equivocada o alguna broma pesada, de esas que a veces suelen hacerse los amigos. - ¡Sí! La vi hace cinco minutos, en “El Edén”, el motel que está en la autopista al aeropuerto, está vestida de bluyín y una blusa blanca de lunas moradas, el tipo realmente no lo conozco, ella no alcanzó a verme, pero yo sí. Estoy seguro que es ella. -Por favor no vaya a reaccionar mal, hablen, recuerde que el amor es superior a cualquier ofensa y no le vaya a contar que yo le dije. El hombre colgó y quedó como en estado de inconciencia, estaba pálido y frío, su corazón corría como un caballo desbocado, se sentía en otro universo, percibió que el mundo se le había caído encima y que su deseo de vivir había rodado por un precipicio sin fondo, anheló que una especie de remolino apocalíptico hubiera evitado su existencia, y que de haber existido, ojalá un monstruo salvaje lo hubiera devorado sin misericordia alguna, dos lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras su conciencia deambulaba inútilmente por las escenas lascivas de su mujer con el amante. En lugar de haber tomado cualquier otra decisión, lo primero que hizo fue correr despavoridamente hasta el armario en búsqueda de la dichosa blusa blanca de lunas moradas, en cuanto al bluyín, no servía de referencia puesto que la mujer usaba decenas de ellos; al no hallarla fue a la canasta de la ropa sucia y tampoco estaba, entonces sintió que todas sus premoniciones se volvían realidad, y un mar de desgracias se mostraba insuperable ante sus ojos, al notar que efectivamente faltaba esa prenda, y aunque que no estuviera allí no indicaba que su mujer estuviera revolcándose con otro hombre, si surgía una fatal coincidencia que podía dejar la insidiosa situación al descubierto: que el amigo efectivamente la había visto y estaba vestida así. El hombre parecía haber sido poseído por mil demonios. Su rostro alumbraba como la nieve, y una extraña expresión de odio y venganza se instaló en su mirada perdida en el infinito. Su cuerpo temblaba al compás de una melodía infernal y balbuceaba palabras y frases desproporcionadas e ininteligibles. Instintivamente corrió hasta su armario y allí en medio de una selva de libros, en el último recoveco de su independencia, descubrió lo único que sería capaz de restituir su honor y su tranquilidad: la beretta 92, la pistola de sus sueños, la que anheló jamás tener que utilizar. Gastó tres o cuatro minutos en bañarse y vestirse, bajó hasta el parqueadero y sacó su automóvil. En medio de un día que lucía radiante como ninguno, emprendió el camino hasta el famoso “El Edén”. Tomó la autopista que conducía hasta el aeropuerto a una velocidad inadmisible para cualquier ser racional, acelerando a fondo en un recorrido dantesco que se hacía interminable. Mil sentimientos, mil pensamientos pasaban por su mente. Recuerdos fugaces que aparecían intempestivamente y se esfumaban en un avatar inconcebible que desafiaba las leyes del tiempo y el espacio. Una bola de nieve cargada de ira y rencor se desprendía de su conciencia y crecía a cada instante, atosigaba su espíritu y enceguecía sus sentidos, dejando al descubierto la parte más salvaje que todo ser humano guarda en lo más profundo de su ser. Es posible que hubiera cometido una o varias infracciones de tránsito, es probable que hubiera realizado algunas maniobras inimaginables en otro contexto. Una fuerza incontrolable se había apoderado de su naturaleza, una energía desconocida que descendía de otra dimensión para restablecer su honor, para asistirlo en el propósito de desterrar de este mundo a los canallas que se habían atrevido a burlarse de su confianza. Atravesó la autopista a más de cien kilómetros por hora, no habría andado siete u ocho kilómetros, cuando de pronto se vio inmerso en un monumental trancón, una selva interminable de vehículos se entrelazaba a su alrededor para frenar su ímpetu. Esperó uno o dos minutos y se exasperó al máximo, al comprobar que no podía avanzar, fue entonces cuando quiso regresar, pero ya era demasiado tarde, había quedado encerrado. Ante la incapacidad de avanzar o retroceder, el hombre se sintió en el mayor grado de impotencia posible. Y allí atrapado en el auto, en una pequeña autopista de una ciudad lejana, en un país desconocido de un distante planeta del universo llamado tierra, se percató que era el ser más desgraciado. Comenzó entonces a divagar por los rincones más distantes de su mente y se halló en medio de lo más extravagante de su naturaleza, los pensamientos y los sentimientos más exóticos afloraron desde lo más recóndito de su alma. La pistola recostada en la guantera abierta era la única testigo del desplome moral del hombre. Se halló partícipe de una certera compasión que se extendía en ella y consideró que cualquier mejoría de su situación pasaba necesariamente por el uso que del arma hiciera, inclusive en la hipotética violación del principio fundamental de no utilizarla nunca. De manera inoportuna surgió en su mente la noche aquella en que había conocido la que sería la mujer de su vida. Fue en un hermoso crucero en el rio Paraguay, en la bahía de Asunción, al compás del arpa y el mate, saboreando la mejor carne del mundo y disfrutando la presencia de las mujeres más bellas del universo, sus miradas se encontraron en medio de un bosque de miradas, desde ese mismo instante supo lo que ella representaría en su vida. Se sintió apabullado en la triste idea de que ese momento ha sido el único verdaderamente feliz de su vida. Entonces tuvo una genial idea. El celular que le había regalado tenía el sistema GPS, al llamarla sabría donde se encontraba. Solamente timbró una vez el celular cuando la mujer lo contestó de inmediato. - ¡Hola, mi amor! - - ¿Dónde estás? - -Te acordás que te conté que el señor Leoz, dueño de la compañía, estaba en la ciudad, pues mirá que lo estuve acompañando al aeropuerto porque viaja al sur. Y ahora estoy en un embotellamiento que parece interminable. Creo que me voy a demorar un poco más. El hombre decidió colgar porque descubrió un rasgo de cinismo que consideró sinceramente indignante. El GPS mostraba una ubicación aproximada a la del motel, todo concordaba fatídicamente con la versión del informante. Su semblante lucía descompuesto. Estaba poseído, sus ojos desorbitados acariciaban la locura, y el temblor de sus manos anunciaba que inexorablemente había perdido el control de sí mismo. Su celular comenzó a sonar frenéticamente con la llamada perdida de la mujer de sus sueños. Miró a su alrededor y comprendió que todo había terminado. Sintió envidia de las escenas dibujadas en los otros vehículos, otras alegrías, otras ilusiones, todo tan ajeno para él que prefirió no volver a mirar, entonces fijó la mirada en la pistola salvadora. Pero comprendió que era imposible escapar de ese trancón maldito. Entonces tuvo la sensatez de considerar abandonar el vehículo para ir a pie hasta el lugar de la traición, aún a sabiendas que ese sería un viaje sin regreso, pero no había otra alternativa, era un riesgo insalvable que se debía tomar. Ráfagas de imágenes lujuriosas aparecían una y otra vez por su mente, su mujer en manos de un hombre al que no lograba verle la cara, llenaban su alma de una sustancia verde y pegajosa llamada venganza. Llegó a la conclusión de que efectivamente su amigo estaba en lo cierto. De ahí en adelante todo fue una incontrolable alucinación. Un laberinto sin otra salida que matar a los culpables. Era necesario para restituir su honor y su existencia. Cuánto anheló que algo o alguien hubiera evitado su desgracia, que un milagro borrara de su mente ese mal instante, pero por ahora tendría que salir del vehículo con la pistola en la mano, para ir al fatal encuentro, y poder atravesar esa línea imaginaria que dividía la frontera entre el seguir siendo o no, y que ese imperturbable deseo de ser del otro mundo, quedara superado de una vez por todas, para que a nadie le quedara la más mínima duda que la felicidad no existe, que tan sólo es la más pequeña porción de tristeza posible. FIN

viernes, 15 de julio de 2022

SECRETO SIEMPRE SAGRADO

SECRETO SIEMPRE SAGRADO La desdicha de Elisa comenzó el mismo día en que a Jairo le dieron el trabajo. El muchacho apenas había terminado su bachillerato unos meses antes, y pensó que antes de ocasionarle a su mamá otro costo más en carreras universitarias, lo mejor era ponerse a trabajar y pagarse sus estudios mientras le ayudaba a ella a cubrir los gastos básicos. Un aviso clasificado apareció en la prensa local solicitando personal para una empresa innovadora en el servicio de mensajería. Lo primero que a Jairo se le vino a la cabeza es que si iba a trabajar haciendo mandados necesitaba un medio de transporte, pues era imposible realizar ese trabajo a pie, ya que lo primero que buscaba una persona al requerir tal servicio era prontitud. Leyó los requisitos y se ilusionó con la posibilidad de aplicar. Bachiller, mayor de edad, disponibilidad de tiempo, sexo masculino, situación militar definida, no tener medio de transporte. Cumplía con todos los requerimientos, parecía un aviso hecho a su medida. Jairo no dudó en enviar la hoja de vida al anunciador indicado y se sentó a esperar la llamada. Fueron pasando los días y la llamada no llegaba. Consideró entonces que no había sido seleccionado, imaginó mil razones por las cuales no fue tenido en cuenta y cuando se agotaron las razones negativas de su desatención, conjeturó que se había tratado más bien de alguna información imprecisa, como un número celular con una cifra de más o de menos, o un número fijo con una cifra cambiada. Más como la vida se encarga por sí sola, de dar a cada quien lo que se merece, cuando Jairo había abandonado la idea del trabajo, ocho días después de haber presentado la hoja de vida, fue llamado para comunicarle que había sido preseleccionado y que debía presentarse de inmediato a entrevista. Y así lo hizo. Se presentó con la ilusión de que saliera seleccionado y que este fuera el inicio de una vida holgadamente exitosa. Cuando Jairo volvió a casa, luego de una breve pero concisa entrevista, se le vio alegre y radiante, convencido de que iba a entrar a trabajar, y que todas sus buenas razones encontraban una perfecta justificación en el hecho de que todo cuanto anhelaba era ayudar a su mamá a llevar la carga. -Eran más de cien muchachos- le dijo a su mamá. -¡Tranquilo que al que le han de dar le guardan!- agregó ella, con aquella voz de sabiduría que solía imprimir a sus aseveraciones cada vez que le quería dar ánimo a su muchacho. Fue un proceso rápido. Se trataba de una empresa de mensajería cuyo dueño a su vez era dueño de una concesionaria de motocicletas, entonces quien quisiera trabajar en la empresa debía comprarle a él su propia moto, de ahí que no aceptaran gente que ya tuviera su medio de transporte. El plan era muy sencillo. Vender tantas motocicletas como muchachos quisieran trabajar. Pagando 30 cuotas mensuales de 200.000 pesos, cada muchacho se hacía a su medio de transporte, asegurando de esta manera el trabajo con el cual podía hacer realidad sus sueños. Finalmente, surtidos todos los efectos, Jairo firmó contrato y comenzó así su vida laboral. Pasó de estudiante de bachillerato, cuya única obligación es estudiar; a trabajador, cuya relación de subordinación a otra persona a cambio de un salario le hacen como un esclavo, cuya menor diferencia con su amo le puede significar ser echado a la calle. A pesar de la cruda definición, Jairo se encontraba visiblemente complacido. Lo primero que hizo fue pasar por la decisión de escoger la que sería su motocicleta. La eligió de color rojo y le fue asignado el número interno 33, esta experiencia le pareció su entrada material al mundo de la adultez, un mundo que hacía apenas unos meses se le hacía inmensamente lejano. Finalmente comenzó la función, Jairo se había lanzado al ruedo, con antelación había aprendido a conducir su motocicleta y Elisa a rogarle a Dios que se lo protegiera de todo mal y peligro. Así transcurrió el primer día de trabajo, un día en el que todo parecía locura y en el que hubo instantes en los que anheló que surgiera desde la profundidad de la tierra un hueco gigante que acabara por devorarlo sin misericordia alguna. Resultó Jairo ser muy hábil y diligente. Conocía a plenitud las direcciones y acataba sin reparos las normas de tránsito. Con los clientes era muy honesto y decente. Adquirió la pericia necesaria para desenvolverse a cabalidad sobre el velocípedo, y como fuera tan solicitado y proactivo, ganó un premio adicional por ser “el mensajero del mes”. A pesar de las primeras dificultades, el muchacho pronto se halló a gusto con su desempeño. La cosa empezaba a marchar de maravilla. Se sintió realmente importante el día en que recibió su primer sueldo e invitó a su mamá a comer hamburguesa. Pero ese fue sólo el comienzo; después vinieron más experiencias de ese tipo, pagar la cuota de la moto, hacer mercado, pagar los servicios públicos y hasta la sensación gratificante de comprarse una camisa o un pantalón. Mas como Jairo poseía un espíritu inquieto, empezó a soñar con la idea de llegar mucho más lejos. Así fue como decidió dar dos pasos fundamentales en su vida y en la vida de cualquier hombre: estudiar y tener novia. Y con un esfuerzo extra en su trabajo, pudo entrar a estudiar en la jornada nocturna la carrera de Administración de Empresas y tener también alguien más con quien compartir sus triunfos. El tiempo fue pasando y Jairo se acostumbró a su trabajo, más para Elisa siempre que su hijo salía a trabajar, un suplicio se instalaba en su corazón porque vivía atemorizada de que algo malo le sucediera a él en la motocicleta. Y no es que fueran infundados los temores, todos los días los titulares en los periódicos locales eran las muertes y los accidentes de los motorizados; por eso, ella le pedía constantemente que cambiara de trabajo, pues era consciente de que a pesar de lo bien que su hijo la estaba pasando, existía la posibilidad de que estuviera aún mejor. Una tarde después del almuerzo, Jairo salió a trabajar, y como siempre su mamá salió a despedirlo. Pero ese día hubo algo más. Elisa lo vio ya hecho todo un hombre y su mente divagó repentinamente por los avatares del recuerdo. Imágenes de su niñez brotaron de manera fugaz del alma de la señora mientras que una o dos lágrimas escaparon por sus mejillas. Jairo Estaba rozagante y alegre, se veía verdaderamente feliz. -¡Bendición madre! -¡Que mi Dios me lo bendiga! Se quedaron mirando fijamente, como queriendo decir algo que ninguno de los dos se atrevió a decir. Elisa le dio la bendición con la mano y mirándolo a los ojos le suplicó que cambiara de trabajo. Jairo sonrió levemente y le informó que le tenía una sorpresa pero que no se la podía dar todavía hasta que no estuviera confirmada. Subiéndose a la motocicleta le solicitó que ese fuera un secreto siempre sagrado. Fue la última vez que se vieron. Elisa salió esa tarde para una cita médica de control a la que tenía que asistir cada mes, venía reconfortada con la noticia de que al igual que siempre, el médico la había encontrado en buen estado de salud. Sucedió que, al regresar, Elisa tomó el autobús para volver a casa, recostó su cabeza en la ventana y comenzó a imaginar cuál sería el secreto que su hijo le iba a confiar. En eso estaba, cuando se percató de que el autobús se había detenido porque un tumulto de gente y vehículos formaba un trancón monumental y un grupo de personas observaba detenidamente un accidente de tránsito. Elisa se bajó rápidamente del autobús para observar qué estaba pasando. Sobre el pavimento yacía una motocicleta tirada. Una ola incontrolable de angustia se apoderó de su ser, sobre todo después de levantar su mirada y hallar veinte metros más adelante una sábana blanca y ensangrentada arropando el cuerpo sin vida de una persona. El pánico la fue invadiendo mientras mil escenas diferentes se cruzaron por su mente. Sintió la imperiosa necesidad de acercarse más para ver de quién se trataba. Las autoridades ya habían acordonado el lugar y era imposible acceder, la gente comentaba que el muchacho de la moto se había estrellado contra el separador por ir a alta velocidad y se había matado. Elisa creyó desfallecer. La motocicleta estaba irreconocible. Un rio de sangre emanaba sin control del cuerpo de la persona que yacía bajo la sábana. A pesar de que el aire comenzaba a faltarle, Elisa logró acercarse tanto como para reconocer que los zapatos de la víctima eran los mismos que ella le había regalado a Jairo en diciembre pasado. La mujer estalló en una especie de llanto desenfrenado e imperecedero. Alcanzó a halar un poco la sábana y la mano del muerto quedó expuesta, el reloj que Jairo se había comprado con su primer sueldo quedó al descubierto. El corazón de Elisa parecía salirse del pecho y corría como un guepardo hambriento detrás de su presa. Cerca de la oscuridad absoluta, Elisa se percató de llamar a Jairo a su celular, pero se desplomó cuando oyó vibrar el tono de su móvil debajo de la sábana que tapaba al cuerpo. No había lugar a dudas. Jairo era el muerto. Imágenes y sonidos se entrecruzaban de aquí para allá y de allá para acá en un vaivén infernal. La respiración y el pulso se detuvieron paulatinamente y la mirada se fue perdiendo en el infinito. Ya en el piso, la mujer vio tirada la placa interna 33 de la motocicleta que su hijo compró un día con el anhelo de salir adelante y brindarle a su mamá algo de lo que ella con tanto esfuerzo le había proporcionado. Fue lo último que tuvo la oportunidad de observar en este mundo de infamia. Elisa no aguantó la tragedia y un infarto fulminante se encargó de llevarla al reino donde no existe el dolor ni la necesidad. Entre tanto, en la inspección de policía junto a su novia y aún descalzo, Jairo instauraba la denuncia penal contra el ladrón que de manera insolente le había robado la motocicleta, los zapatos, el reloj y el celular. A pesar, que no quería asustar a Elisa con esa noticia, su amada logró convencerlo de que la llamara para contarle lo sucedido, le marcaron al celular con insistencia, pero no contestaba, era como si se hubiera ido y lo hubiera abandonado para siempre. FIN

viernes, 8 de julio de 2022

PERDER ES TAMBIÉN GANAR

PERDER ES TAMBIÉN GANAR Efraín tenía catorce años cuando el destino decidió que debía ser papá. Entreverado en los albores de la inusitada situación, comenzó a elucubrar los posibles escenarios, en los que tendría que desempeñarse para responder acertadamente en su nuevo rol de padre. En esa búsqueda infructuosa, comprendió que puesto que apenas estaba terminando su bachillerato, solamente tenía dos caminos por recorrer, seguir estudiando y no hacerse cargo de su responsabilidad o dejar de estudiar y ponerse a trabajar para sacar a su hijo o su hija adelante. Imelda iba a cumplir dieciocho años, cuando supo que en realidad, no iba a tener un bebé sino dos. Sucedió que una tarde en la casa de la joven, Imelda y Efraín preparaban juiciosos la evaluación final de mitad de año de Economía, cuando la libido surgió en su interior como un fantasma renegado y una mirada encendió una llamarada de pasión que terminó devorándolos en el ardor de su propia cama. Ambos cursaban el grado doce; él, adelantado dos años; y ella, atrasada también dos, supieron de repente, que harían parte del novedoso mundo de los padres adolescentes. Veintiún días después de la lección de Economía que los llevó a sacar la mejor de las notas en la evaluación final de mitad de año, pero también a probarse en el papel de los buenos amantes, le comenzaron los síntomas a la joven. Las náuseas, el mareo, el vómito y el malestar en general, hacían presagiar que algo estaba sucediendo en el cuerpo de Imelda, pero jamás imaginaron que ese “algo” fuera un bebé, o mejor dicho, dos. Fue cuando los padres la llevaron ante una médica, para descartar la presencia de algún tumor, que se abrió la posibilidad de un embarazo. Y aunque la niña, siempre negó que hubiera tenido relaciones sexuales, una ecografía permitió ver, que en el útero de Imelda, se hallaban implantados dos embriones, que crecían de forma normal y tranquila. Efraín sintió que el mundo se rompía en mil pedazos y se le venía encima. Al principio la culpa recayó en el novio de ella, un joven de nombre Fermín, pero nunca en Efraín, aún más a sabiendas que la novia de él, era una joven de nombre Piedad. Y que todo el colegio, el barrio, el círculo de amigos y el entorno familiar, reconocían en ellos a sus parejas oficiales. El año terminó sin aspavientos. La tan anhelada fiesta de graduación de los jóvenes, terminó siendo una pequeña reunión familiar, en la que no participaron ni su novia ni su novio oficiales. No hubo brindis ni regalos. Había llegado el momento de enfrentar la dura realidad de ser padres. Sucedió, que una mañana calurosa de enero, mientras Efraín caminaba desprevenidamente por el centro de la ciudad en búsqueda de una fuente de ingresos, el joven descubrió la forma de ganarse la vida honradamente. Se trataba de una venta de mangos que funcionaba al frente de una gran escuela de primaria. Teniendo en cuenta que la primaria constaba de seis grados, que iban de primero a sexto, con niñas y niños, en promedio de cinco a diez años, con seis grupos por grado, con entre treinta y cuarenta estudiantes por grupo, distribuidos en dos jornadas, había una gran oportunidad de trabajo. Lo que Efraín no tuvo en cuenta era que ese negocio ya tenía dueño. Se trataba de un hombre al que llamaban “Curramba” y que no entendía, que a pesar de que la calle era una vía pública, y que si él podía vender mangos, cualquier otra persona también lo podía hacer, aquel hombre se sentía con los derechos suficientes para proclamarse propietario exclusivo de la única venta de mangos, en aquella institución educativa. Efraín reunió todo lo que tenía en ahorros y fue a la central de abastos para comprar un bulto de mangos. Tras preguntar el valor en varios locales, finalmente lo compró donde le dieron más económico y mejor. Tomó un taxi que lo llevó hasta la escuela, y en un pequeño vehículo que previamente había construido para transportar y vender los mangos, comenzó a exhibirlos como quien expone las mejores obras de arte. Tendría tiempo de pelarlos y organizarlos, para cuando los estudiantes salieran al descanso. En eso estaba cuando un tipo de unos cuarenta años, apodado “Curramba” se le acercó en términos nada amistosos, exhortándolo a que abandonara el lugar, puesto que él era el único autorizado para vender. En medio de semejante situación, y sin saber qué más decir, Efraín, tan solo atinó a responder que “la vía era pública y que así como aquel tenía derecho a la venta, él también lo tenía”. Tuvieron un fuerte encuentro que incluyó por parte de “Curramba”, insultos y groserías. El altercado se tornó violento y en medio del caos, “Curramba”, cogió el cuchillo con el que pelaba los mangos y cortó a Efraín en el rostro, en un rápido movimiento de manos, Efraín aprovechó que el otro dejó expuestas sus extremidades y alcanzó a cortarle el brazo izquierdo. Fue un caos total. El carro de venta de Efraín fue a parar al piso, y los mangos se regaron, dispersándose a lo largo y ancho de la vía, las personas que pasaban a esa hora y los niños que estaban saliendo al descanso, cogían alegremente los mangos que rodaban sin cesar por la acera y el pavimento. Tan grande fue el alboroto, que de repente llegó la policía, y encontrando al muchacho con el cuchillo en la mano, lo detuvieron por “porte ilegal de armas cortopunzantes y escándalo en la vía pública”. Así terminó el negocio de Efraín: sin mangos, sin utensilios, sin carro, sin ilusión y sin nada. Antes de las dos de la tarde, Imelda y la mamá de Efraín llegaron al calabozo, y pagando una fianza, pudieron sacar al muchacho. Su propia madre le limpió el rostro, dejando entrever una cortada pequeña y poco profunda que en cualquier caso, le dejaría cicatriz para siempre. Esa noche, Efraín e Imelda, se quedaron en la habitación de él, y llorando se repetían insistentemente, que la vida era muy injusta, que él necesitaba trabajar para brindarle a su esposa y a sus bebés una vida digna. Estuvieron hasta altas horas de la noche, pensando qué iba a ser de sus vidas. La jefe de la estación, después de haber conocido el caso, y previendo que en cualquier caso, la situación de los jóvenes era muy difícil, le permitió a Efraín instalar su venta de mangos, la cual con mucho esfuerzo y dedicación logró sacar adelante, poco a poco fue haciendo su propia clientela, y aunque el negocio no le daba riquezas, por lo menos le permitía atender los asuntos básicos de la familia. En ese ambiente nacieron Pedro y Pablo, sus gemelos. Pronto tuvieron la posibilidad de instalar otra venta en otra estación cercana. La cual tuvo también mucho éxito, debido a la buena atención, la higiene, el buen precio y la calidad del producto. Esta era atendida por Imelda, cuando ya los gemelos tenían un año, y estaban al cuidado de la mamá de él. Posteriormente diversificaron el negocio con la piña, y luego con la manzana y la pera, después ganaron una licitación en todas estaciones de policía de la ciudad, debido a la novedad del negocio y al amor con que lo atendían. Posteriormente presentaron la propuesta ante todas las oficinas públicas, para instalar fruterías en el interior de esas dependencias, y en todas fueron aceptadas; luego, la idea se extendió al estado, y de allí, a la nación entera. Cuando se dieron cuenta, eran dueños de grandes extensiones de tierras, donde de acuerdo con su piso térmico, cultivaban las frutas de su conveniencia, y comenzaron a exportarlas a otros países del mundo. Fue allí donde alcanzaron el máximo apogeo profesional y financiero. Efraín e Imelda, pudieron finalmente culminar sus estudios, lograron hacerse profesionales en Economía. La ciencia cuya lección de aquella lejana tarde de junio, les permitió vivir por primera vez la experiencia del sexo, y de ser padres adolescentes, era ahora su proyecto de vida. Un día, cuando Efraín regresaba de un viaje de negocios por varias de las principales capitales del mundo, transitaba tranquilamente en su hermosa y costosa camioneta último modelo, al dar una curva, atropelló una pequeña y destartalada venta de mangos instalada en una escuela vetusta, y atendida por un hombre de edad al que todos llamaban “Curramba”, destruyéndola involuntariamente, y mandando los mangos a rodar por el pavimento, mientras que personas que caminaban por la calle y niños que esa hora salían al descanso, los tomaban para sí, con sorpresa y alegría. La reacción inmediata de Efraín fue la de reconocer su error, pedir disculpas al propietario e indemnizarlo por los daños causados, cuestión a la que “Curramba” no quiso acceder, ya que consideraba un agravio imperdonable del sujeto, y se despachó en insultos y groserías contra el dueño de la camioneta; sobre todo, cuando la pequeña herida en la cara le permitió descubrir que se trataba de aquel mismo joven que una mañana de enero se había atrevido a desafiarlo, poniéndole competencia en su propio territorio. La respuesta del vendedor de mangos se tornó violenta. Considerando que esto era una burla y una ofensa que no podía pasar por alto, el viejo sacó su cuchillo, y sin mediar palabra, se dispuso a atacar al exitoso empresario, clavándolo primero en la cara, y luego varias veces en el pecho, Efraín se desplomó sin remedio, mientras gritaba con desespero que lo salvaran. Lo último que sus ojos alcanzaron a ver, fue las múltiples cortadas en los brazos del asesino, prueba inequívoca de sus repetidos ataques. “Curramba” fue detenido y condenado a 72 años de cárcel, de los cuales solo cumplió seis meses, porque perdió la vida tras sufrir un paro cardiorrespiratorio mientras leía en el periódico local, que Efraín no habría alcanzado su exitosa vida, si el tal “Curramba” no lo hubiera sacado corriendo de aquel sitio, la mañana calurosa de enero en la que el entonces joven, instaló el primer negocio de frutas de su vida. FIN

viernes, 1 de julio de 2022

PACTO CON EL DIABLO

PACTO CON EL DIABLO El señor Puyana yacía recostado en el inmenso sofá de su sala, cuando Ramón llegó a la casa para pedir ayuda para su hijo. “Sargento” uno de los perros, el más viejo y quizás el más bravo, le había mordido el labio, y el niño sangraba profusamente. Vinieron los sirvientes, y hasta la señora Eduvigis, para hacerle una curación al muchachito. Lo primero que hicieron fue limpiarle bien con alcohol para comprobar la profundidad de la herida. Por el ardor, el niño gritaba desesperado. Descubrieron que efectivamente la herida era profunda. La dejaron expuesta y libre de sangre, y le echaron café, el santo remedio que nunca fallaba para detener la hemorragia. -¡Todo es culpa del mismo vergajito!- señaló enojado el señor Puyana. -¿Pero por qué del niño, Valero?- preguntó indignada doña Eduvigis. -Porque se la pasa jodiendo al pobre perro- aseveró don Valero. -Pero Ramón dice que el niño estaba quieto y que el perro lo mordió- ripostó doña Eduvigis. -El niño cogió una rama del uvo, y comenzó a pegarle por la jeta al perro, pues claro, no le dejó otra opción que defenderse- agregó don Valero. Ramón estaba perplejo al ver que don Valero, había relatado con detalles, lo sucedido en el incidente. Permaneció absorto antes de responder, y aunque sabía que todo ocurrió como lo dijo don Valero Puyana, prefirió mantenerse en lo dicho inicialmente, para no quedar como un mentiroso. Desde ese entonces, Ramón quedó con la duda de por qué razón, el viejo Valero Puyana, se había enterado con tanta precisión de la verdadera razón de tan tremendo mordisco: que el niño había arrancado una rama del uvo y empezó a pegarle a “Sargento”, y él le había dicho que dejara de molestarlo porque lo iba a morder, y dicho y hecho, que lo mordió y casi lo deja boquineto. Todo, tal como el viejo lo había contado. “¡Tenía pacto con el diablo! Claro, por eso tenía tanta plata, por eso lo sabía todo, por eso nunca se enfermaba, por eso siempre le iba bien en todo”, pensó Ramón. Don Valero Puyana vivía junto a su esposa la señora Eduvigis de Puyana, en una inmensa mansión desde la cual dominaba las inmensas tierras que poseía. Si hasta un día, contestándole a un amigo, que le preguntó sobre hasta dónde llegaban los límites de sus propiedades, tuvo la osadía de decirle que “hasta allá, donde el llano se une con el cielo”, para darle a entender que sus terrenos eran tan grandes que ni siquiera él, sabía dónde terminaban. Sus dos hijas y sus dos hijos habían estudiado en Europa, y ahora ya profesionales, trabajaban y vivían de manera acomodada, con sus respectivas familias. El anciano rondaba los 78 años, dos años menos que doña Eduvigis, y siempre se le veía muy activo, hasta el punto de que nadie creía que tuviera esa edad. Su trabajo consistía en levantarse muy temprano, a divisar las tierras y a supervisar el trabajo de los jornaleros, que hicieran todo bien, y que no le fueran a robar ni un minuto de su tiempo, que era lo que en realidad le preocupaba. Tenía 80 jornaleros, que ganaban cada uno, la “descomunal” cifra de un peso al día. Alguna vez, un amigo suyo le preguntó, que por qué no les pagaba más, y él en tono irónico le respondió: “a ellos no se les puede dar más porque si no se vuelven locos”. Y sin embargo, siempre se le llenaba la jeta de orgullo diciendo que había que trabajar, trabajar y trabajar. Tenía enormes plantaciones de tabaco que exportaba a Holanda y a las Indias Orientales. Eran cientos de hectáreas cultivadas con la planta Nicotiana tabacum, llamada por aquellos lejanos días, la “Hierba Santa”. De igual manera poseía gran cantidad de animales, entre vacas, cerdos, caballos, burros, pollos y patos. Además de la gran casona que habitaba, famosa por las 32 ventanas y las 16 habitaciones. El lunes por la mañana, don Severiano había llegado a trabajar con los rigores de la borrachera del domingo. Se bañó, se vistió y salió para su trabajo como si nada, llegó a la casona para presentársele a don Valero Puyana, tal como era la costumbre diaria de los 80 obreros, antes de iniciar sus tareas. Pasó a cabalidad, sin dejar al descubierto su guayabo infernal, y se dirigió al sitio de trabajo para realizar sus labores correspondientes. Pero no estaba bien. Tan pronto se enfrentó al sol, comenzó a desbaratarse. El desesperante dolor de cabeza, el leve mareo, el estado febril, la sed insoportable y el vómito incontrolable, le hacían caer al abismo de la perdición total, en el que comprendía el papel maligno del alcohol y aseveraba desde lo más profundo de su conciencia, que jamás volvería a tomarse un trago, mientras enfrentaba las consecuencias de la peor borrachera de su vida. Se sentó a la sombra del árbol de mango y durmió un rato, y hubiera pasado de largo si sus compañeros no le avisan que ya era la hora de ir a la casona a almorzar. Don Severiano se sintió reconfortado con la idea del almuerzo. Descubrió que el descanso le había asentado bien y percibió que en la tarde, después de recuperar plenamente sus fuerzas, trabajaría con más ahínco, a sabiendas de que en realidad no merecía nada porque no había trabajado, se refugió en la posibilidad de una carnecita bien frita, y una buena limonada, que era todo lo que le imploraba al cielo en esos momentos de intensa agonía. Al llegar a la casona, don Valero Puyana llamó a don Severiano a la sala y le dijo: -Severiano, ¿usted por qué no ha trabajado hoy? -Sí señor, yo sí he trabajado. -¡Mentiroso! Se sentó debajo del árbol de mango y estuvo allá durmiendo toda la mañana, para usted no hay almuerzo. No puedo mantener un zángano. Si trabaja la tarde, le pago la media jornada. Severiano no acataba qué decir, miraba a su alrededor como buscando apoyo, pero no lo encontró. Visiblemente sorprendido por los detalles del patrón, no se atrevió a desmentirlo sino que implorando una misericordia inmerecida, de manera casi que sumisa, ripostó: -Estoy muy enfermo. Pero le prometo que en la tarde sí voy a trabajar. Ramón le compartió un pedazo de carne, una yuca, un poco de arroz y medio vaso de limonada, conversaron un rato y llegaron a la conclusión de que “Don Valero Puyana todo lo sabía, que era prácticamente imposible engañarlo y que todo se debía a que tenía pacto con el diablo”. Otro día el turno fue para Jairo, que había traído una mochila para guardar y llevar a la casa los mamoncillos grandes y dulces de un árbol que estaba que se reventaba, y que al llegar en la tarde a cobrar el jornal, el viejo le obligó a voltear la mochila, y los mamoncillos salieron volando ante la mirada atónita de don Valero y de doña Eduvigis. A ese le fue peor, porque no solamente no le pagó sino que además lo echó. Al salir, se encontró con Ramón y don Severiano, y contándole lo sucedido, llegaron a la conclusión de que definitivamente el viejo tenía pacto con el diablo. Después le tocó a Aurelio. Unos periquitos habían hecho un nido sobre un frondoso árbol de mango, y a Aurelio se le hizo fácil coger dos pichoncitos, para llevárselos a la casa, y a la hora del pago, el viejo le abrió la maleta y le sacó la bolsa donde el muchacho guardaba los dos animalitos. A este, no le pagó, lo echó con insultos, y además prometió, que iba a denunciarlo ante el comisario de policía por ladrón y sinvergüenza. Aurelio le contó lo que le había ocurrido a Ramón y a don Severiano, y estos le dijeron que lo que pasaba era, que el viejo tenía pacto con el diablo. Por cosas como estas y otras más, comenzó a correr por la región y pronto se extendió hasta más allá, el rumor de que don Valero Puyana, el dueño del llano, había firmado con Satanás un convenio mediante el cual, el viejo recibiría en vida, grandes privilegios como salud, dinero y amor, pero que cuando ya hubiera vivido lo suficiente y muriera, indefectiblemente el demonio vendría por el alma del anciano. Pero un día, don Valero Puyana quedó desconcertado. Comenzó a observar que a la hora del descanso, los obreros entraban a cierto rastrojo que se encontraba muy cerca de las ahuyamas, el cual era un lugar muy conocido de la hacienda, llamado familiarmente como “el rastrojo de las ahuyamas”. Sin saber a qué se dirigían con tanta rigurosidad, no se atrevió a acusarlos sin saber a ciencia cierta, a qué se debía la visita, entonces decidió él mismo ir a comprobar de qué se trataba, pero no encontró nada. Dedujo que sin duda había algo que los motivaba a ir, pero que no sabía qué era. Cierto día, al terminar la jornada laboral, don Valero Puyana reunió a todo el personal para indagarles sobre qué era lo que ellos hacían a la hora del descanso en “el rastrojo de las ahuyamas”, entonces llamó a los jóvenes que con mayor frecuencia asistían a dicho lugar, todos se miraban entre sí, pero ninguno se atrevía a decir nada. Siete u ocho jovencitas, hijas del personal de aseo y cocina de la hacienda, seguían la situación a lo lejos, mientras que una sonrisa cómplice se desprendía tímidamente de sus labios y con toda certeza las llenaba de felicidad. De manera espontánea, todos se pusieron de acuerdo en desmentirlo, diciendo que ninguno entraba a ese sitio a esa hora, pues no tenían nada que ir a hacer allá, y que si alguno de manera desprevenida algún día había entrado era única y exclusivamente para orinar. El viejo ricachón se quedó sin argumentos, y ante la falta de evidencias, optó por descalificar al personal, tratándolo de injustos e irrespetuosos, que él que se esmeraba porque tuvieran con qué comer, ellos y sus respectivas familias, resultaba siendo el malo del paseo. Pero que no importaba, que arriba estaba el que para abajo veía, y cuando dijo eso, comenzó a oírse que todos rumoraban, que claro, que como si no supieran que había hecho pacto con el diablo, para que nunca la faltara nada, pero que ya verían ellos, el día que se estuviera muriendo, como el mismo Satanás en persona vendría por su alma. A pesar de los ingentes esfuerzos de don Valero Puyana por saber todo cuánto acontecía en sus dominios, esta vez tuvo que ignorarlo. El viejo organizó de inmediato un viaje a Europa para cambiar los viejos lentes binoculares que gracias a su extraordinario aumento le dejaban ver de cerca, todo lo que se encontraba lejos, pero que no le habían permitido ver, qué era lo que ocurría dentro de los rastrojos. FIN