viernes, 22 de abril de 2022
LOS SENTIMIENTOS
LOS SENTIMIENTOS
A Paloma le tomó veintiocho años, exactamente los veintiocho años de su vida, para conocer el verdadero poder del fuego, era una hoguera voraz que quemaba con ardor insoportable el interior de sus entrañas, un pavoroso incendio desatado de manera espontánea desde las diversas proximidades de su ser, envolviéndola de manera inclemente, y que terminó consumiendo toda su existencia. Las llamaradas portentosas que se levantaban invencibles alimentaban su apetito insaciable a cada instante, un deseo incontrolable por aquella figura angelical que había conocido apenas unos días antes.
No siempre fue así. Entregada incondicionalmente a su esposo, a sus hijos, a su hogar, y a su trabajo, el diario vivir de Paloma transcurría sin ninguna sorpresa, aguardando siempre que un hecho inesperado rompiera esa rutina escabrosa en la que estaba sumida, imaginando mejores mañanas, aventuras inexistentes, probabilidades difuminadas, emociones efímeras, soñando hasta lo imposible, refugiándose inclusive en la absurda idea de la comparación ajena pero ni en lo más recóndito de su mente considerando que el bálsamo que habría de revitalizarla llegaría en la forma que vino.
Para Paloma lo más emocionante de todos los días, era levantarse bien temprano en la mañana, preparar el desayuno de la familia, dejar hecho el almuerzo, hacer el aseo de la casa, lavar la ropa, bañarse y arreglarse, salir al trabajo, llegar del trabajo corriendo para calentar y servir el almuerzo, lavar la loza del día, salir de nuevo a trabajar, llegar en la noche del trabajo, preparar la comida, ayudarle a los niños con sus tareas, asear de nuevo la casa, y al filo de la media noche planchar la ropa de todos para el día siguiente, y cuando sentía que no daba más, se encontraba con el reclamo airado de su esposo que en ese devenir diario, se sentía el más abandonado de todos, porque su deseo marital no era atendido por la “desnaturalizada” mujer.
Esa rutina se repetía casi todos los días del año, con algunas variaciones cuando los niños no tenían clase, o cuando algún festivo de suma importancia como un 1 de enero lo ameritaba. De resto igual, siempre lo mismo. Poco a poco Paloma empezó a sentirse cansada, una ola de desánimo que crecía vertiginosamente la fue invadiendo y se sintió en las puertas del infierno, una situación en la que lo mejor que podía pasarle era morirse.
Y cuando creyó que su caída al abismo era inevitable sucedió lo que parecía imposible, que un detalle tan pequeño como una curiosidad repentina lograra reanimarla. Sucedió una mañana tibia de octubre mientras iba en el autobús para el trabajo. Reparó en que una mujer un poco más joven que ella, que todos los días tomaba el autobús después de ella pero se quedaba antes que ella, compartía con la misma Paloma un particular detalle que jamás había advertido en alguien más, lo cual la hizo pensar que se trataba de una extraordinaria coincidencia, la mujer llevaba en el dedo anular de su mano izquierda un anillo con un delfín rosado que sonreía espléndidamente, además percibió también que tenía en el dedo anular de la mano derecha una argolla nupcial igual a la suya, que las acreditaba como mujeres del exclusivo club de las casadas. De manera inevitable consideró que, ante tal similitud, sus almas gemelas, emparentadas desde siempre por el destino estaban íntimamente ligadas, y se propuso conocerla más a fondo.
Ante tal incertidumbre decidió que debía abordarla, y tras imaginar la situación ideal en la que debería acercarse para entablar una conversación, se dejó obnubilar por la posibilidad de que una nueva amistad podría traerle algo de oxígeno a su sofocada existencia.
Aconteció que una mañana cualquiera después de haber descubierto el detalle que las hermanaba, la mujer no se quedó antes que Paloma, como siempre lo hacía, sino que esperó más adelante y al notar que Paloma se iba a bajar del autobús, ella se dirigió pronto hasta la puerta y se bajó primero, luego extendió su mano para brindarle un apoyo a Paloma, quien se sintió cautivada con el acto de cortesía.
De pronto las dos sonrieron, y sus miradas se cruzaron intempestivamente, y el roce de las manos ocasionó en Paloma un corto circuito, que encendió la llama de la pasión, su corazón comenzó a palpitar con fuerza y rapidez inusitadas, como un caballo dispuesto a ganar una carrera. De repente, un sentimiento extraño comenzó a forjarse en lo más profundo de su corazón, y un deseo incontrolable por esa carne tierna y jugosa que tenía el sabor del paraíso, la aprisionó sin compasión alguna, avizorando en esas manos cálidas y suaves, la ilusión que algún día había abrigado.
Lo último que se supo de Paloma y Briseida fue que lograron romper las cadenas infames que las ataban a la tristeza y dejaron todo atrás, partiendo juntas para el fin del mundo donde por fin conocieron el verdadero significado de la palabra felicidad, en tanto que la humanidad presenciaba la más grande demostración de amor y la prueba fehaciente que les permitiría dilucidar los sentimientos de cariño y ternura que habría de abrazarlas eternamente.
FIN
viernes, 15 de abril de 2022
LOS PENSAMIENTOS
LOS PENSAMIENTOS
Cuando el arquitecto encendió su portentoso Camaro, el rugido del motor retumbó como un ensordecedor trueno, que no sólo se esparció por los rincones del parqueadero sino que alcanzó las áreas descubiertas del edificio anunciando su partida como un monstruo feroz.
El joven guardia, lo siguió con la mirada hasta donde le fue posible, soñando que fuera él quién se desplazara en la formidable máquina deportiva de color rojo, de placas KLL 749, como queriéndole reclamar a la vida por qué había gente con tanta suerte y otra sin nada.
Tan sólo un poco de esa suerte hubiera deseado el arquitecto, al doblar la calle para bajar hasta el centro. Pero su triste realidad era más que deprimente. En ese preciso instante, a esas horas de la noche, su madre agonizaba tras casi dos años de lucha infructuosa contra un cáncer incurable que parecía llegar a su fin, razón por la cual contaba con el tiempo preciso para traer al arzobispo, viejo amigo de la familia y compañero de estudios de la señora, para que le aplicara los santos óleos, misión que su atribulado padre le había encargado en tan difícil momento.
Vivía en el apartamento 2002, el más elegante del edificio más moderno del sector más exclusivo de la ciudad, y pensaba que ni siquiera eso, ni el hecho de andar en el mejor automóvil y el más costoso, le había blindado contra tan terrible mal, porque sabía que los pesares no conocen de estratos.
Bajó entonces por la avenida que conduce hasta el centro, para llegar hasta el Palacio Arzobispal, residencia de Monseñor y centro de reunión de las autoridades eclesiásticas, una colosal mansión, ubicada junto a un frondoso parque que en las noches servía de albergue para todo tipo de personajes de dudosa condición sexual, y frecuentado además por individuos de toda índole que buscaban un placer que en otro contexto parecía esquivo.
Llamó a Monseñor desde su celular para indicarle que el trágico momento había llegado, y que tal como lo habían presupuestado, su presencia era ahora requerida para brindar el consuelo ante la amargura que deja la partida del ser más amado. Lo instó a estar preparado, dejando claro que él mismo lo llevaría en su auto hasta el apartamento, y una vez cumplida la sacra misión, lo devolvería hasta el Palacio Arzobispal.
El arzobispo le contestó con voz intrincada que ya se encontraba en reposo, puesto que los curas son muy dedicados, y suelen acostarse muy temprano a orar y a descansar, pero que podía contar con él de inmediato, tan sólo le solicitó unos minutos, mientras se arreglaba.
El arquitecto llegó sigilosamente y parqueó su automóvil en un costado del parque, lo apagó, sacó entonces un cigarrillo y mientras fumaba, al abrigo de la espera, mil recuerdos fugaces se instalaron en su alma. En todos, su progenitora aparecía providencialmente, entonces reparó que en los momentos más importantes de su existencia era ella quien lo acompañaba, y sintió un profundo deseo de llorar.
En eso estaba cuando percibió que tres jovencitas, se acercaron lentamente al auto, vestían faldas y blusas muy sensuales, y se movían de forma sugestiva mientras coqueteaban con sus ademanes provocadores. De cuerpos delgados, cabellos largos y muy bien maquilladas, abordaron al arquitecto con el fin de ofrecerle sus servicios sexuales, este se sorprendió en gran manera, y como su mente estaba entregada al recuerdo doloroso, tan sólo pudo advertirles que no necesitaba nada de eso, y les pidió de manera respetuosa que por favor lo dejaran tranquilo. Luego llegaron tres mujeres de edad madura, vestían de manera atrevida y algo desarregladas, sus prendas bien ceñidas al cuerpo dejaban al descubierto el exceso de carne que con la edad suele aparecer, y un abundante maquillaje, buscando que alguna arruga pasara desapercibida. Se ofrecieron al arquitecto con la condición de que con ellas conocería el verdadero alcance del placer sexual. De nuevo les dio las gracias insinuando que no buscaba algo así y les pidió el favor que lo dejaran solo.
Ahora los dos grupos de mujeres observaban por separado la situación, el arquitecto comenzó a sentirse incómodo y miró el reloj anhelando que fuera el momento en que Monseñor bajara para trasladarlo rápidamente, pero al levantar el rostro encontró ahora tres mujeres de edad media, que vestían de manera vulgar y grotesca, le insinuaron con voz de hombre que eran ellas lo que él realmente buscaba. El arquitecto quedó absorto ante una mezcla de pensamientos imprecisos y le indicó a los travestis que no buscaba algo como eso. De repente observó a lo lejos la figura rechoncha del arzobispo, con su maletín en una mano y su paraguas en la otra, para cubrirse de una llovizna pertinaz que comenzaba a caer.
Los tres grupos, observaron con detenimiento como el arquitecto abría la puerta a Monseñor de manera cordial y lo saludaba con un beso de cortesía, y un montón de pensamientos descabellados pasaron por sus mentes pervertidas, en tanto que el infernal ruido del Camaro al encenderse, anunciaba la marcha.
FIN
viernes, 8 de abril de 2022
LA PRIMERA VENTA
LA PRIMERA VENTA
Bien claro me repetía mi madre una y otra vez: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Y a pesar de tanta claridad, aún no logro asimilar ese mensaje en toda su extensión.
Después de tanto deambular por el soterrado mundo del capitalismo salvaje, finalmente me hice vendedor de sueños. Explicaré a continuación quién es y qué hace el personaje al que se le ha dado semejante título.
Es un individuo que tiene la capacidad de hacer realidad el anhelo, tan propio del ser humano, de darle un hogar a su familia. Ese es un sueño que generalmente compartimos quienes pertenecemos a este reino. Entonces, surge de la nada este sujeto y se especializa en ofrecer los espacios donde crecen las familias, donde al calor del amor fraterno se transmiten las costumbres y se forjan las descendencias. Tras esa ilusión y la posterior realización de levantar una prole bajo el techo cálido de un hogar, en el que se comparten los triunfos y las derrotas, las satisfacciones y los sufrimientos, y todas las maravillosas experiencias que se viven con regularidad en ese hogar, habitualmente hay un vendedor de sueños.
Pues bien, una amiga con la que nos conocíamos desde que éramos niños, y que por esas circunstancias propias de la vida, que finalmente no dejan de sorprendernos, logró con el tiempo y sus virtudes, adquirir una buena posición social y económica, me la encontré entonces como accionista, directora comercial, esposa del presidente y eje central de una compañía constructora, y me invitó de inmediato, a formar parte de su equipo de ventas. Nuestra tarea era la de vender un proyecto de vivienda ubicado en Girón, un municipio que pertenece al área metropolitana de Bucaramanga.
Girón es una ciudad acogedora y apacible, en ella se conjuga lo antiguo y lo moderno, lo turístico y lo empresarial, lo urbano y lo campestre, lo humano y lo divino. Un lugar maravilloso donde el pasado se entrelaza con el futuro, forjando una realidad virtual que parece de ensueño. Un sitio mágico donde se despliegan en todo su esplendor las alas del inmenso tinglado social y cultural que subyace en el suelo de Latinoamérica. Girón es un tesoro dorado que todo el mundo debiera conocer, un paraíso terrenal que todo el planeta debiera visitar, al menos una vez en la vida.
Por esa sencilla razón acepté la invitación. Tras un intensivo curso de ventas, adquirí las herramientas necesarias para entender el negocio, para cogerle amor al asunto y plantearme entonces la posibilidad de asumir mi nueva profesión como un auténtico proyecto de vida.
Con inusitada lucidez, di inicio a mi labor comercial, ejercicio al que han dado por llamar los tecnócratas de ahora: ASESORÍA. Advierto que las ventas no son fáciles, por el contrario son y serán siempre una disciplina muy compleja, en la que se debe ser y saber de todo un poco.
Desde siempre he contado con un espíritu muy acucioso, poseo un carácter estudioso que me exhorta a profundizar cada vez más y saber más. Procuro día a día, desarrollar mejor todas mis potencialidades para ponerlas al servicio de la persona que se acerca a mí, y que esa misma persona advierta que está frente a alguien, en quien puede confiar plenamente. En ese principio se basa el transcurrir de mi vida diaria.
Diré, que siempre he sido una persona que he pecado por ser demasiado optimista. Veo muy fácil lo que los demás ven muy difícil. Y que esa característica me ha permitido dar rienda suelta a mi imaginación y vivir en un mundo de fantasía en el cual todos los objetivos se cumplen de manera más rápida y efectiva. Sin embargo, algunas veces he sentido el peso de una visión menos positiva sobre mi espalda, y de manera inevitable me he estrellado de frente con el muro de la realidad, una barrera visible que el optimismo se ha encargado de camuflar completamente.
Mi primera “planta”, es decir, el espacio en el cual se tiene contacto directo con el público, fue acogida con sobriedad y misticismo. Convencido de que ese mismo día efectuaría mi primera venta, elaboré un intrincado plan con el cual el cliente no tendría opción diferente que la de comprar lo que yo le estaba ofreciendo.
Pero qué lejano estaba de la realidad. No solamente la visita de clientes potenciales fue escasa, sino que además los pocos que llegaron lo hicieron con unas expectativas muy diferentes de las que yo les ofrecía. Aquella primera jornada culminó entonces con la frustración de no haber vendido.
El tiempo fue transcurriendo, y cada día fui comprendiendo que mi optimismo estaba mal fundado. Ahora tendría que esforzarme al máximo para cumplir mi prometido. De ahora en adelante, debía tener la suficiente perspicacia para saber cómo y cuándo podía romper esos obstáculos que la gente solía poner como objeciones, y que se interponían entre mi labor y mi anhelado sueño de cerrar la primera venta.
Pero como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo pueda resistir, y mi persistencia nunca disminuyó, finalmente llegó el día. Mi oportunidad venía en forma de mujer, desde el primer momento en que entró a la oficina, supe que poseía el aura característica de los que vienen decididos a comprar.
Se llamaba María Arias. Conocía algo del proyecto porque un compañero suyo de trabajo había comprado hacía poco uno de nuestros inmuebles, y por tal razón sabía del esquema financiero. Tras observar con sus propios ojos el plano urbanístico y la maqueta de lo que iba a ser su futura vivienda, y al comprobar a cabalidad que todas sus necesidades quedaban satisfechas, la mujer se mostró sencillamente encantada. La propuesta se ajustaba totalmente a sus posibilidades. Ahí percibí claramente que por fin estaba ad portas de lograr mi objetivo, y que ese sería tan sólo el primero, de los muchos logros que alcanzaría de ahora en adelante. Sin embargo, faltaba algo: visitar la casa modelo, conocer el sitio de la obra, que pudiera percibir con sus propios sentidos, el hogar y el entorno que había escogido para su familia.
No le vi ningún inconveniente, por el contrario lo encontré necesario. Me sugirió que la visita se hiciera de inmediato a fin de poder hacer la transacción financiera y cerrar la negociación de inmediato, pero por exceso de confianza o simplemente por cosas de la vida que uno no logra entender, preferí que fuera al siguiente día, el sábado. Y así acordamos.
A las diez y diez de la mañana, del viernes once de febrero de 2005, en mi oficina, y ante la inminencia de mi primera venta, logré verme como un auténtico vendedor de sueños. Sentí que no había nada en el mundo que pudiera despojarme de ese título.
A las seis de la tarde, salí de la oficina con la satisfacción del deber cumplido. Una sonrisa espontánea se dibujó en mi rostro y en mi corazón al tomar el ascensor, como prueba fehaciente de mi gran hazaña. Con la certeza absoluta de mi primer negocio, me dispuse, tal y como siempre ha sido mi costumbre, a hacer el ejercicio mental de imaginar cuál sería la mejor manera de gastarme la comisión. Inclusive, en las sutilezas propias de una situación cien veces planificada, me sorprendí otra vez en medio del mundo de fantasía al cual pertenezco, y del cual soy protagonista principal, en el centro de una escena inacabada. En eso estaba cuando sentí las primeras gotas estrellándose en mi cara. Alcé la mirada y descubrí el cielo completamente encapotado. Unas portentosas nubes negras perfectamente entrelazadas, me hicieron prever que un fuerte aguacero estaba por desatarse.
Apenas abría la puerta de mi residencia cuando estalló el diluvio. Una tormenta que jamás había presenciado, se mostraba ante mí como un monstruo renegado. Afortunadamente, mi esposa y mis hijos ya estaban en casa. Tras unos instantes de tempestad, la electricidad quedó cortada. A oscuras, no tuvimos otra opción que irnos a dormir temprano, con la convicción de que pronto dejaría de llover. Pero qué equivocados estábamos. A media noche los truenos y los relámpagos nos despertaron de nuevo y los niños comenzaron a llorar de miedo.
Era como si toda el agua del planeta se hubiera condensado en un solo punto y los océanos se estuvieran derramando sobre nosotros. Llovía como nunca, con una fuerza natural tan inusitada como desproporcionada, que no dejaba de sorprendernos. Los niños seguían asustados y no hallábamos la forma de tranquilizarlos.
Llovió toda la noche. La tormenta apenas bajaba su intensidad en pequeños intervalos y reaparecía de nuevo como un aguacero de renovada fortaleza. En eso se mantuvo hasta cuando el gemir de las sirenas de un pelotón interminable de ambulancias que corría despavorido en todas las direcciones comenzó a anunciar el desastre.
A las seis de la mañana, aún lloviendo con vehemencia, comprendimos que algo muy grave había sucedido. Conforme la electricidad se fue restableciendo y las noticias fueron llegando, empezamos a enterarnos de la magnitud de la tragedia, el dolor había tocado a esta tierra bendita, en la que tuve la fortuna de crecer.
El río Frío y el río de Oro bajaban enfurecidos, arrasando todo cuanto encontraban a su paso. Piedecuesta, Floridablanca, Bucaramanga y Girón conocieron el peor aguacero de su historia, sus habitantes presenciamos la furia de la naturaleza en toda su extensión y advertimos con absoluta precisión su poder destructivo.
El sábado doce de febrero de 2005 pasó a la historia como un día trágico. Dieciséis horas de lluvia, 135 milímetros cúbicos de agua, cinco mil familias damnificadas, treinta y dos muertos y un millón de dólares en pérdidas fueron algunas de las fatales consecuencias. Pero la peor parte fue para mí, cuando llamé a doña María para ir a visitar la obra, noté que su estado de ánimo estaba por el suelo. Lo único que acató a decirme fue: “que había pensado dejar para después”. Al colgar, advertí perfectamente que la venta se había caído, entonces escuché en mi conciencia la voz de mi madre repitiéndome con insistencia: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.
FIN
viernes, 1 de abril de 2022
LA NOCHE TRISTE DE BRÍGIDA CONTENTA
LA NOCHE TRISTE DE BRÍGIDA CONTENTA
Brígida estaba limpiando la vitrina calentadora cuando vio al joven lotero pasar frente a ella. El muchacho de unos doce años, se había hecho famoso debido a que, según se decía, había vendido varias veces el premio mayor de la lotería, razón por la cual, según se creía, poseía un buen capital ahorrado, producto de las propinas entregadas por los ganadores como recompensa a la fortuna recibida. Ya lo conocía pero nunca había hallado una oportunidad más espléndida para comprarle que esta, cuando se sintió finalmente ungida por las fuerzas más poderosas del universo.
Una ola repentina de felicidad la invadió paulatinamente porque apenas eran las seis de la tarde, y ya había terminado la venta.
-¡Hay día de días!- pensó en voz alta.
Hizo un recuento rápido de sus ingresos del día, para ver si podía comprar la lotería, pues imaginó que bien pudiera, ser la ganadora del premio mayor y que su vida sufrida cambiara radicalmente. Por eso le compró el billete al muchacho y lo guardó como su más preciado tesoro.
Brígida era una humilde mujer que vivía junto a su familia en uno de los sectores más deprimidos de la ciudad. Era un barrio ubicado en toda la ladera de la montaña, al cual denominaban “La Ladera”. Trabajaba con su esposo en la venta de empanadas con limonada de panela, alimentos que ellos mismos preparaban con el mayor esmero e higiene. Con el producto de su trabajo mantenían a sus pequeños hijos, una niña de cuatro años y un niño de tres, y a los padres de Brígida, unos pobres señores que todo cuanto tenían en esta vida era el día y la noche.
Su hogar era una pequeña casa de latas, cartones, plásticos y tablas. En ella, sobrevivían de manera inalterable los seis personajes que el destino de manera caprichosa había decidido unir con el único propósito de ponerlos en el camino del sufrimiento. Sufrimiento que por lo general es producto de los errores cometidos, el haberse hecho padres tan jóvenes los privó de la posibilidad de formarse en una disciplina que les hubiera permitido progresar en la vida. Así, desembocaron en la cruda realidad de esta vida arbitrariamente insensata.
Empanada con limonada. Para las empanadas, se prepara una masa a base de harina de trigo, se recorta una porción y se le da una forma característica, se rellena luego con una mezcla de arroz y carne molida suavemente sazonada, se echa a freír hasta alcanzar el punto medio y sale calientita, lista para el consumo. Así se obtiene uno de los alimentos más populares y económicos de América Latina. Para la limonada, se pone a derretir la panela, se les exprimen los limones y se le agrega suficiente hielo, se revuelve bien hasta que alcance el punto medio y sale heladita, lista para el consumo. Así se obtiene la bebida más deliciosa, refrescante, nutritiva y saludable que existe. Esta es la combinación mágica que le permite a esta familia sobrevivir dignamente, aunque con las penurias propias que la vida le ofrece a las personas humildes.
Esta era la filosofía de vida de Brígida y su esposo. La misma rutina todos los días de la semana, todas las semanas del año. Salían muy temprano en la mañana a la plaza de mercado con el ánimo de comprar los ingredientes necesarios para elaborar sus productos de venta, y a las cuatro de la tarde instalaban su puesto y comenzaban a vender. A pesar de que mucha gente ya era cliente nunca había un índice fijo de venta, razón por la cual se sabía a qué horas empezaban pero nunca a qué horas terminaban. A veces la faena se prolongaba más allá de las doce de la noche, en otras ocasiones entre las diez y las doce, otras entre las ocho y las diez, otras entre las seis y las ocho, pero ese día habían terminado a las seis.
Otras veces ni siquiera esperando después de las doce lograban terminar de vender, y tenían que disponer de las empanadas y la limonada para su desayuno y hasta para su almuerzo, inclusive en ciertas ocasiones repartían entre los viandantes que vivían en las calles; eso sí, nunca vendían al siguiente día algo que hubiera quedado del día anterior. Esa era la clave de la buena fama que gozaban sus productos.
A pesar de que su jornada comenzaba bien temprano en la mañana y terminaba bien tarde en la noche, Brígida no tenía impedimentos para ejercer plenamente su labor de madre, esposa e hija. Era una mujer abnegada, dedicada completamente a su trabajo y a su hogar. En ella solía acontecer un continuo milagro, no importaban sus ocupaciones ni sus preocupaciones, siempre tenía una sonrisa tierna para ofrecer y una palabra cálida para decir. Su puesto de trabajo siempre permanecía limpio y organizado, y se esmeraba al máximo por brindar al público un excelente producto y una magnífica atención. Su espíritu emanaba una actitud siempre positiva y por sus poros brotaba un optimismo contagiante.
Ese día a las seis de la tarde ya no había en la vitrina una sola empanada, eso se debió a que en el barrio hubo una reunión política, vinieron varios políticos con el mismo discurso de siempre, que les voy a dar, que les voy a conseguir, que salud, que educación, que vivienda, que trabajo, bueno lo mismo de siempre. Más como en estos países tropicales, la conciencia de la gente se compra a punta de comida y bebida, vinieron los de la campaña y compraron todo, repartieron todo, y lograron convencer de esta manera sencilla a los seguros electores.
Con la alegría de encontrar a sus pequeños despiertos y no dormidos, como todos los días, Brígida quiso apurar sus tareas, en eso estaba cuando vio pasar al pequeño lotero y lo llamó para comprarle una fracción. La tomó y la guardó en su cartera con el mayor cuidado para no maltratarla y pidió desde lo más profundo de su ser que ese papel impreso con cuatro cifras fuera su salvación definitiva.
Se bañó, se cambió y se acostó junto a sus pequeños, les habló, les cantó e hicieron una oración. Se sintió plenamente reconfortada, con la tranquilidad del deber cumplido se entregó al placer sublime del sueño, ese mundo virtual donde cualquier cosa puede suceder. Se estaba quedando dormida cuando se oyeron los primeros ruidos. Eran fuertes rugidos que escapaban de las profundidades de la tierra.
Toda la familia pareció escucharlos. Al principio creyeron que era algún carro o algún camión, pero cuando se hicieron más repetidos e intensos, tuvieron la certeza de que algo malo iba a ocurrir, por eso Brígida decidió rápidamente ponerse el bluyín y la camiseta blanca que acababa de quitarse. Sacó de la cartera la fracción de la lotería y la depositó en un cofre, donde guardaba cosas de gran importancia para ella, en ese momento comenzó a escuchar gritería en la calle. Con ese instinto que tan sólo las madres logran desarrollar tomó a sus pequeños entre sus brazos y salió corriendo con su marido porque la casa empezó a moverse. Sacó a sus padres ya dormidos y salió corriendo para ver qué acontecía.
Lo que presenciaron fue una escena dantesca. La montaña que había servido de refugio a tantas familias durante tanto tiempo, se estaba cayendo a pedazos, la ladera se estaba deslizando a un ritmo infernal arrastrando consigo todo cuanto encontraba a su paso.
Todo era caos. Gritos, llanto, dolor y muerte era todo cuanto se oía y se veía. La noche era oscura y fría, y pintaba un paisaje desolador. Brígida y su familia corrían desesperadamente para que el alud no los alcanzara y aunque sentían que las fuerzas se les acababan, su instinto de preservación les daba el valor suficiente para seguir huyendo, para correr antes de que fueran sepultados.
El desastre fue total. Las casas de la parte de arriba habían caído sobre las de más abajo, arrastrando consigo todo lo que tenían en su interior, las personas que en ellas habitaban, sus cosas y sus sueños. El panorama no podía ser más tenebroso, toneladas de tierra cubrían ahora familias enteras, familias que por su condición no podían aspirar a vivir en un lugar digno, familias que el sistema mismo había relegado de manera infame.
Mientras tanto Brígida y su familia no paraban de correr, seguían haciéndolo como si fueran a ganar una carrera atlética, la carrera de su propia supervivencia, porque sentían que el mundo se estaba desmoronando a sus espaldas. Por eso continuaron hasta cuando el cansancio y la fatiga los dominó completamente. A pesar de que no había transcurrido más de dos minutos parecía como si hubiera pasado un siglo. Los niños lloraban con desespero, sus padres, ya agotados, rezaban sin cesar. Brígida y su esposo no dejaban de mirar hacia arriba para comprobar cómo lo que hasta hacía unos instantes fue su hogar y el de sus vecinos y amigos, ahora era un montón de tierra y escombros. En un respiro, terminaron agradeciendo a Dios por haberlos salvado de semejante tragedia, aunque lo habían perdido absolutamente todo.
Fue en ese preciso instante que Brígida recordó la bendita fracción de la lotería que un famoso muchachito le había vendido hacía apenas unas horas, y la cual ella alcanzó a considerar que cambiaría su existencia. En ese momento de dolor, el billete de la lotería cobró plena vigencia. Brígida tuvo la convicción infinita de que ella sería la ganadora. Y sintió también que era la hora de que por fin se le diera algo bueno en la vida, sobre todo después de lo acontecido. Buscó entonces la fracción en medio de su ropa embarrada pero no la encontró.
Hizo un recorrido mental para tratar de recordar donde podía estar la fracción de la lotería, preguntó a su marido, preguntó a sus niños, preguntó a sus padres, pero ninguno comprendía de qué estaba hablando, era como si todos hubieran quedado golpeados por el devastador paso de un asteroide. Continuó buscando en todos los rincones de su intrincada mente, y allí en el recoveco más profundo de su conciencia, pudo encontrarla.
De manera prodigiosa pudo recordar que al iniciar la catástrofe, había guardado el billete en aquel cofre sagrado que contenía los recuerdos más trascendentales de su existencia, y que ante la consternación de lo que estaba por venir lo había dejado tirado, para sacar con prontitud a su familia, aquella familia maravillosa que era, al fin y al cabo, todo cuanto tenía y amaba en la vida.
Miró nuevamente hacia arriba e imaginó el cofre enterrado entre miles de toneladas de escombros naturales, que una montaña insolente había decidido echar encima de aquellas familias humildes, que todo cuanto soñaban, era sobrevivir en un mundo cruel que se comportaba ajeno a sus necesidades, y cuyo anhelo no era otro que esperar a que la suerte hiciera por ellos lo que ellos no habían podido hacer por sus propias vidas.
FIN
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