lunes, 22 de agosto de 2022

TÍO MARCOS

TÍO MARCOS Cuando volvieron a casa, Marquitos estaba rozagante de felicidad. Había estado toda la tarde con sus padres en la feria del pueblo. Visitaron las diferentes ventas, y en una de esas, se encontraron con el señor Rangel, propietario del único camión del pueblo, el mismo en el que trabajaba haciendo acarreos y trasteos. Además, en sus ratos libres, el señor Rangel hacía artesanías en madera, una de esas artesanías era una réplica de aquel portentoso medio de transporte, que era centro de admiración de todo el pueblo, porque según decían sus habitantes, en él cabía hasta una casa. Pues el señor Rangel, como era amigo de Manuel, el padre de Marquitos, le regaló al niño una de esas réplicas y el niño quedó más que contento. Marquitos era el primer hijo de la pareja conformada por Manuel y Conchita. El niño tenía siete años, hacía primer grado en la escuela del pueblo, y era un niño aventajado y comedido. Criado en el seno de un hogar profundamente católico, desde su llegada al mundo, el niño se convirtió en la luz de aquel hogar, el orgullo de aquella familia humilde y trabajadora. Era un niño que aunque no tenía lujos, no le hacía falta lo necesario para vivir. Desde aquel día, el camioncito de madera se convirtió en el juguete preferido de Marquitos. Siempre que llegaba de la escuela se ponía a jugar con él. Antes de acostarse, lo guardaba con cariño, para el siguiente día. Al despertarse, corría hasta donde lo había dejado y jugaba con él. Un día, Marquitos sintió le necesidad de llevar su camión de madera a la escuela, para jugar con él a la hora del recreo, y también para enseñárselo a los demás niños. Pero para los otros pequeños, el novedoso juguete era tan atractivo, que todos quisieron tenerlo, llenarle de tierra el platón y recorrerlo a lo largo y ancho del inmenso patio, con tan mala suerte que ante tanto ajetreo, el camioncito terminó perdiendo una de sus ruedas. Al llegar a casa, el niño fue reprendido por haberse llevado el camión sin el permiso de sus padres, y tendría como consecuencia que con la restitución de la rueda, el camioncito sólo sería usado como lujo, sería para colgar en el anaquel, y no para jugar, porque sin duda alguna se echaría a perder. A partir de aquel instante, el jugar con su camioncito, se convirtió en toda una obsesión para Marquitos. El niño no perdía ocasión para portarse bien, para ser obediente, para hacer pronto sus tareas, para ser el mejor de la clase, con tal que ese esfuerzo le significara el inmenso placer de jugar con su camión de madera. Pero siempre había un pero, que le impedía realizar su sueño: el temor de los padres a que el juguete se volviera a dañar. Un día, cuando Marquitos ocupó el primer lugar en la escuela e izó el pabellón con honores, Conchita insinuó a Manuel, que era el momento de dejar que el niño jugara con el camioncito. Manuel accedió, entendiendo que el niño se lo merecía como premio a su esfuerzo. Sucedió que el viernes en la tarde, Manuel soltó el trabajo temprano, y decidió salir con Conchita y su hijo Marcos al parque principal del pueblo. Lo primero que el niño tomó para llevar, fue el camión de madera que el señor Rangel le había regalado en la feria. Todo era felicidad, mas como la felicidad no existe, sino que es en realidad, el menor grado de tristeza posible, la desgracia decidió que no era posible que esta familia fuera tan feliz como parecía, y llegó en forma de camión. El señor Rangel hacía su entrada triunfal en el parque. El señor Rangel se bajó de su vehículo, y se acercó a la familia que en ese momento departía en una de las bancas. Saludó a Manuel, luego a Conchita y después a Marquitos. El niño le correspondió con una sonrisa. Conversaron un rato sobre temas sin importancia. Marquitos entre tanto, empezó a jugar con su camioncito, cargando arena en el platón del vehículo de madera. Conchita percibió en el patio trasero de su memoria, un recuerdo en que su abuela solía decir, que nunca dejaran jugar a los niños con arena, porque era señal de mal augurio. El señor Rangel se despidió, subió a su camión, lo encendió para arrancar, con tan mala suerte que en la reversa arrolló al niño, que jugaba por última vez con su juguete preferido. La llanta trasera lo arrolló, matándolo al instante. Conchita que venía a decirle al niño que no jugara con arena, llego demasiado tarde. Quienes presenciaron el macabro accidente gritaron de desesperación y las mujeres lloraban desconsoladamente. Ni siquiera en ese instante final el niño soltó su juguete preferido, el camión de madera quedó intacto. Se lo llevó a la tumba, para jugar con él eternamente, sin temor a que en medio del intenso ajetreo del juego, pudiera perder una o dos ruedas de su imponente indumentaria. FIN

TÍO HELÍ

TÍO HELÍ La llegada del doctor Rangel al pueblo estuvo precedida por un acto de bienvenida al que asistieron las autoridades civiles, militares y eclesiásticas. A pesar de haber nacido ahí mismo, había salido muy joven. Cuando terminó el bachillerato, partió a la capital a estudiar medicina, luego viajó a España, donde se especializo en pediatría, y cuando se sintió realizado en el campo profesional, decidió que era el momento de regresar a su pueblo natal. Hijo de una prestigiosa y acaudalada familia de once hijos, de donde salieron hombres y mujeres dedicados en su mayoría a la docencia, fue el único que le dio por estudiar ciencias de la salud, aunque también hubo un sacerdote, una abogada que fue una gran líder revolucionaria y un borracho sin remedio. El doctor Rangel, traía de Europa un coctel de vacunas, para que los niños del pueblo crecieran sanos y fuertes. Consistía en una combinación de poderosas vacunas fabricadas por reconocidos laboratorios farmacéuticos, que prevenían enfermedades que en otros ámbitos serían mortales, y que gracias al avance de la ciencia y la tecnología, ahora podrían quedar para siempre en el olvido. A las familias del pueblo, la idea les pareció sensacional. Con mucho ingenio creó entonces, una afamada campaña publicitaria denominada, “El niño más sano”, que consistía en que todos los niños del pueblo, se inscribieran en el consultorio del doctor Rangel, a fin de escoger al niño o la niña, que gracias a su extraordinaria condición de belleza y salud, ganara el título del bebé más sano, para que sirviera de ejemplo a los niños del pueblo, y por ende a sus familias, y de modelo para encabezar la imagen institucional del programa de vacunas del doctor Rangel, razón principal del regreso triunfante del médico a su pueblo. El premio no podía ser mejor. Se trataba de una provisión completa de vacunas, que incluía la inoculación de agentes patógenos que servían para prevenir enfermedades como la poliomielitis, la difteria, el tétano, el sarampión, la rubeola y la parotiditis, todo de acuerdo con un cronograma previamente establecido por las autoridades sanitarias internacionales. Estas enfermedades causaban mucho dolor por aquellos tiempos, tanto en los niños como en sus familias, y en repetidas ocasiones desembocaban inclusive en la muerte. Su prevención significaba un gran alivio para las familias. Conchita y Manuel que tenían un bebé llamado Helí, que iba a cumplir los 18 meses, vieron en el concurso una magnífica oportunidad de brindarle a su pequeño hijo el programa de vacunación que en situación normal no podrían brindarle debido a sus escasos recursos. Así fue como se acercaron al consultorio del doctor Rangel, un recinto lujoso ubicado frente al parque principal del pueblo, para inscribir a Helí en el concurso, y al igual que ellos, otras muchas familias también lo hicieron, desde las más prestantes hasta las más humildes. El concurso tuvo un gran impacto en la población; incluso, durante algunos días, no se hablaba de otra cosa, que hasta en la misa, el cura hacía referencia a la necesidad de cuidar a los bebés y ponía como ejemplo para aclimatar el discurso, el novedoso concurso de “El niño más sano”, idea concebida por el alma caritativa y generosa del eminente doctor Rangel, honor y gloria del pueblo entero. Después de hechas las relativas inscripciones, y tras el cumplimiento de los respectivos requerimientos, se pasó a tomar los registros pertinentes de cada niño, en ellos se midieron elementos básicos como el peso y la estatura, la historia médica y la condición social, entre otros. Finalmente llegó la fecha del veredicto, y tras una decisión bastante reñida, el mismo doctor Rangel dictaminó que por sus condiciones generales, el ganador del concurso de “El niño más sano” era Helí, el hijo de Conchita y Manuel, un niño de 18 meses que terminó enamorando a todo el pueblo con su mirada tierna y su sonrisa encantadora. Al final de cuentas, todos se sintieron identificados con el resultado y terminaron aceptándolo, como justo. De igual manera, el pediatra invitó a los padres de familia, a vacunar a sus niños, para preservarlos de peligrosas enfermedades futuras. El premio resultó fatal. El niño no resistió el poderoso coctel. Tras la aplicación de las vacunas, Helí comenzó a padecer una fiebre muy alta, debido a una infección generalizada, que fue invadiendo rápidamente su cuerpecito. Tras consultar con el doctor Rangel, el niño fue ingresado al hospital del pueblo, donde murió casi 24 horas después de haber recibido unas vacunas que habían de preservarlo de las terribles enfermedades, que habrían podido inclusive ocasionarle la muerte. Así terminó la historia de “El niño más sano” y del afamado doctor Rangel y su concebido programa. FIN

lunes, 15 de agosto de 2022

TRAFALGAR

TRAFALGAR Trafalgar… Alcanzó a leer finalizando el párrafo. Levantó suavemente su rostro y clavó su mirada perdida en el techo. Trató de recordar algo que le parecía familiar, pero un ruido fugaz logró distorsionar su memoria. Buscó entonces una imagen conocida en el relieve mal labrado del añejo dosel de la habitación vetusta que lo acompañaba noche tras noche, para que lo acercara a su pensamiento más íntimo, pero todo se hacía confuso. Esa palabra tenía algún significado especial en su vida, pero no conseguía hacer la conexión perfecta que le permitiera interpretar de manera precisa ese anuncio de relación entre la realidad virtual que lo rodeaba y una posibilidad remota de realización personal primorosamente escondida. En lo más profundo de sus sueños, encontró la sutileza necesaria para descifrar el enigma milenario de su grandeza. Allá en el patio trasero de su mente halló la voz angelical que de manera providencial dictó la frase milagrosa que debía iluminarlo para siempre: “tu futuro está en Trafalgar”. Recordó perfectamente ese cúmulo de letras organizadas y con un sentido totalmente claro que surgieron una noche pretérita, mientras dilucidaba un sueño absurdo en el que nada tenía relación con nada, pero que desde su fantasmagórica aparición había preservado con inusitado interés. Convencido de que esa proclama encontraría un día una justificación precisa, se dio a la tarea de investigar concienzudamente de qué se trataba tal afirmación, para tal fin trajo varios libros de historia y muchas enciclopedias en los cuales pudiera comprender de manera concisa la definición más completa de aquella batalla inmortal, en la que, por capricho del destino, reposaba ni más ni menos que el trono sagrado de su felicidad. El delirio descomunal comenzó la misma noche en que conoció a la bella princesa. Desde el preciso instante en que sus miradas se encontraron de manera intempestiva, él tuvo el presentimiento de que ella sería la mujer de su vida. Pero ese presagio repentino se fue fortaleciendo abruptamente a medida que se fueron conociendo más a fondo. Un mes después de haberla visto por primera vez, le pidió que fuera su esposa, sintió que una profecía centenaria se hacía realidad en ese preciso momento. Ahora surgía una dificultad y una inquietud turbaba sus intenciones. La raíz del problema radicaba en la idea imprecisa de no saber de qué iban a vivir. Ambos estaban estudiando y se encontraban ad-portas de terminar su bachillerato. La posibilidad del matrimonio sonaba como una bella melodía en medio de un oasis majestuoso, pero era una completa locura. Por eso desde el momento en que escuchó en la radio la llegada del concurso millonario, decidió que esa sería su oportunidad. Se trataba de un concurso que buscaba premiar el conocimiento de las personas. A través de una serie de preguntas se iban eliminando los participantes paulatinamente hasta llegar al último, el cual debía enfrentarse a una computadora para disputarle así el premio mayor: cien millones de pesos. De esta manera resolvió prepararse para el desafío. Se propuso ser un auténtico sabio, el poseedor de la mayor cantidad de conocimiento posible, cualidad que le permitiera responder acertadamente la pregunta que cualquier erudito se atreviera a formularle desprevenidamente. Detrás de semejante despropósito se encontraba una mujer. Se llamaba Olga, Olga Osma. A pesar de no ser tan indiscutiblemente divina como cualquiera pudiera soñar, para él era, ni más ni menos, que una verdadera diosa, la auténtica encarnación de afrodita a su alcance. Su rostro, su cabello, su piel, su cuerpo, sus labios, sus ojos, su sonrisa, su mirada, todo a la medida perfecta para confeccionar el ser más maravilloso que había existido y que de manera inevitable lo introducía por un túnel misterioso que desembocaba en las mismísimas puertas del paraíso. Para Olga, él tampoco le era indiferente, de hecho, como pudo manifestarlo en alguna ocasión, le parecía un hombre supremamente romántico, detallista, inteligente e incluso atractivo. En ellos el código genético predeterminadamente inscrito en la especie humana enmarcaba en hilos dorados la realización sublime de todo ser vivo de nacer, formarse, reproducirse y morir con absoluta tranquilidad. Como cualquier hombre, él cayó de rodillas ante quien según su criterio era la dueña de su corazón, y estaba dispuesto a cualquier cosa para conquistarla, y hacerla suya para siempre, y que como fruto de ese amor perenne brotaran los hijos, seres que pudieran transmitir sus cromosomas de generación en generación, y asegurar así su presencia en el devenir de los tiempos. Por eso cuando oyó que llegaba a la ciudad el famoso programa que hacía millonarios no tuvo el más mínimo reparo en prepararse de la mejor manera posible para participar y ganarse así cien millones de pesos de premio, suma necesaria para hacer realidad su sueño de casarse con Olga. De esta manera se mezclaron en el manicomio de su corazón las dos pasiones más grandes que su ser pudiera abrigar: el amor obsesivo por su amada y el anhelo casi patológico de ganar el concurso, recurso único para alcanzar su propósito de vivir con Olga por toda la eternidad. Logró reunir entre sus familiares y amigos cuarenta y dos enciclopedias con más de seiscientos cuarenta volúmenes, ochenta atlas con cerca de seis mil mapas generalizados y especializados, treinta y seis libros de biografías con los datos más importantes de casi diez mil personas consideradas como los seres humanos de mayor trascendencia en la historia del mundo. Hizo un préstamo en la cooperativa estudiantil para adquirir un bloque de más o menos mil fichas técnicas que contenían información general de cada una de las diferentes ramas del saber, las cuales reposaban desde tiempos inmemoriales en los anaqueles de la biblioteca municipal. Y por último se dedicó a comprar toda clase de periódicos y revistas para que le brindaran la información concisa y lo más actualizada posible. Todo tenía un propósito: poseer el conocimiento necesario para ganar el concurso. Por esa razón, por aquellos días se olvidó del mundo y de toda su rutina y de todos sus problemas, solamente vivía para aprender más. Los escasos instantes de distracción los utilizaba en pensar en su amada y en la felicidad que pronto alcanzarían. Dormía una o dos horas, no volvió al colegio y comía sólo una vez al día, escasamente se echaba agua en la cara y no se bañaba. Se convirtió en un autómata, el prototipo ideal de una supercomputadora humana, capaz de desarrollar en un segundo un intrincado problema eterno. Pero lo que superó la barrera de la locura, fue la noche aquella en que se descubrió en medio del patio de su casa, trazando catetos e hipotenusas, hallando las funciones trigonométricas que le permitiera ubicar constelaciones y nebulosas, habitantes inermes del infinito misterioso que habían puesto a soñar a caballeros andantes y barones excelsos en la consecución del más grande de los valores de la raza humana: la sabiduría. Repetía con persistencia frases ininteligibles, palabras indescifrables, oraciones incomprensibles y expresiones inescrutables que lo alejaban del mundo real al cual pertenecía. Sus amigos más cercanos creyeron perderlo definitivamente en el despeñadero de la locura total, un montón de cosas absurdas danzaban en su mente extraviada mientras los suyos lo observaban desde los senderos de la desesperación. El día del concurso pareció recobrar la lucidez. Se levantó bien temprano, se afeitó, se bañó, se vistió y desayunó. Quedó listo. Todo en riguroso orden, un ritual meticuloso que parecía inquebrantable y que lo empujaba con inusitado interés a enfrentarse con el desafío que la vida le había puesto por delante. Cuando estaba a punto de salir tuvo la delicadeza de mirarse al espejo, pero la sorpresa de no reconocerse lo hizo detenerse. Había perdido casi veinte kilogramos de peso y tal vez veinte milímetros de estatura, sus rasgos faciales se mostraban más pronunciados y daba la impresión de haber envejecido unos diez años, por lo que alcanzó a creer que ese sería él dentro de diez años tras una larga enfermedad. Sin embargo, nada le impedía sentirse imponente. Estaba listo para enfrentar el más grande de los retos, se sentía capaz de desafiar al destino mismo si fuese necesario con tal de hacer realidad su sueño, un sueño que habría de llevarlo hasta las puertas de la felicidad eterna. Tras una especie de meditación trascendental se encontró de pronto en el escenario del concurso, en medio de un día radiante y magnífico descubrió miles de respuestas que brotaban de manera diáfana para derrotar uno a uno a sus más encarnados contendores, así los fue doblegando sin ninguna contemplación, parecía una máquina inexpugnable que dejaba atónito al más escéptico. A medida que el concurso fue avanzando y sus oponentes fueron cayendo como un castillo de naipes en medio de un fuerte sismo, las preguntas se hicieron más complejas y las respuestas ya eran más difíciles de encontrar. Pero aun así contestaba de forma prodigiosa los intrincados problemas que el grupo de eruditos había elaborado y cuya solución prácticamente ya nadie conocía en el público. En medio del cansancio que comenzaba a hacer mella en su organismo, se halló de repente en la parte final del concurso, miró a su alrededor y se descubrió completamente solo. Entendió entonces que estaba al frente de la computadora y que ahora la lucha sería con él mismo. Disponía de treinta segundos para vencer la máquina, respondiendo acertadamente la última pregunta y proclamándose campeón absoluto de su propia fantasía. En ese momento, las escenas más bellas de amor con su amada cruzaron por su cabeza de manera intermitente y tocaron las fibras más íntimas de sus sentimientos, estaba en una dimensión completamente desconocida de la cual él era el único sobreviviente. A puertas de ser el ganador absoluto del concurso, la posibilidad de casarse con Olga era prácticamente un hecho inevitable. Apenas pudo escuchar al presentador formulándole la pregunta: - ¿Tela de algodón, especie de linón ordinario? a) Trafagar b) Trasfagar c) Trasfalgar d) Trafalgar Con el peso latente de la consagración o el fracaso, y la duda suspicaz a cuestas, tuvo la necesidad de respirar profundo y poner su mente en blanco. Recordó perfectamente la inmortal batalla que glorificó al almirante Nelson y la identificó con la respuesta “d”, sabía que las respuestas “c” y “b” eran palabras que no existían y por tanto la única respuesta posible era la “a”. Pero no entendió la relación con la frase que le daba luz a su vida. Cuando oprimió la tecla “a”, el timbre infernal que marcaba “Error” taladró sus sentidos y estremeció su corazón. La máquina maldita había señalado como correcta la opción “d”. Había perdido. Olga ya no sería para él ni su futuro estaría en Trafalgar. Su anhelo había sucumbido para siempre. FIN

TIGRES Y LEONES

TIGRES Y LEONES Ahora estaban ahí, medio adormecidos y como pasmados. Movieron la cabeza de lado a lado y comprobaron con total certeza que era el mismo lugar de hacía una hora. El calor era insoportable. La alta temperatura se desprendía del suelo en forma de vapor seco y provocaba una ilusión óptica de falsa humedad que distorsionaba el paisaje. De todas maneras ahí era mejor. Al estar más cerca del río y a la escasa sombra de los últimos árboles que quedaban, una extraña sensación de frescura los envolvía. Y era extraña porque hablar de frescura a los cuarenta grados era un verdadero exabrupto. La brisa suave y el sonido del agua que se estrellaba contra las piedras mostraban un ambiente más favorable, y el clima se hacía menos inclemente. Mientras tanto el tiempo iba transcurriendo lentamente y la tarde empezaba a caer. Ramón fijó su mirada en Berta, probablemente estableciendo un recuento cronológico de sus cambios físicos desde la noche aquella en que se habían conocido hasta hoy. Quizás se entretenía vagamente en secuencias ilógicas que casi siempre terminaban donde mismo habían comenzado. Berta mientras tanto, ajena a la idea efímera de su fiel compañero, de la que ella era protagonista, permanecía absorta, sus párpados caídos escondían una mirada cansada de tanta rutina. En eso estaban cuando oyeron los primeros pasos. Inicialmente fue Ramón, levantó su enorme cabeza y aguzó sus sentidos. Un pequeño estremecimiento recorrió todo su cuerpo, se desplazó desde la punta de los cuernos hasta el extremo de las patas y allí se tradujo en un repentino sentimiento de miedo. Berta abrió los ojos y percibió también los ruidos. El sonido inconfundible de aquellas pisadas venía acompañado por el característico aroma de la intimidación. Se miraron fijamente, pero no se dijeron nada, lo único que el silencio les permitió oír fue la fuerza y la rapidez con la que sus alterados corazones palpitaban. Berta buscó un aliciente provisional en una pregunta que más que capciosa era estúpida. Pero Ramón supo interpretarla como una manifestación propia de las hembras, que muestran tales actitudes cuando creen tener en peligro a su familia: -¿Es un león?- preguntó ella con total inocencia. -¡Es un tigre!- respondió él con absoluta certeza. Se levantaron de inmediato. Buscaron el resto de su manada y la descubrieron un poco más allá, entonces escudriñaron la extensa sabana hasta encontrar la otra manada y no descansaron hasta que también la hallaron. A lo lejos, todos sus congéneres se veían tranquilos, ajenos ante el peligro que se hacía inminente. Berta tenía veinte años y pesaba ochocientos cuarenta kilogramos, Ramón tenía veintidós años y pesaba novecientos sesenta kilogramos. Era una pareja extraordinaria de búfalos asiáticos, que ostentaban el cargo de jefes de la manada asiática compuesta por cuarenta y ocho miembros y pertenecían al consejo de búfalos del que también hacía parte la manada de búfalos africanos conformada por sesenta y cuatro miembros. Era la comunidad que sobresalía en la sabana como la más organizada. Lo mismo sucedía con el consejo de hipopótamos, compuesto por una manada asiática de sesenta y seis miembros y una africana de ochenta y cuatro. El consejo de rinocerontes estaba conformado por una manada asiática de cincuenta y seis miembros y una africana de setenta y ocho. Y por último, el consejo de elefantes, con una manada asiática de setenta y dos miembros y una africana con noventa y seis. Claro que también había otros animales, principalmente herbívoros, y un grupo de grandes felinos confinado a las profundidades de la sabana que de cuando en cuando salía a cazar, y del cual hacían parte leones, leopardos, guepardos, jaguares, pumas, y desde aquel momento, tigres. Estos animales y otros habían sido trasladados a una región inhóspita de Australia. Debido a la urbanización de antiguas zonas del mundo salvaje, hubo la necesidad de concentrar allí esas especies para evitar su extinción. Pero los tigres por la insoportable intolerancia con sus oponentes naturales, los leones, vivían en otra área. Tenían alimento suficiente pero por su descomunal apetito, probablemente ya lo habían agotado y ahora estaban en el mismo lugar de los leones. La lucha que se veía venir, no tenía buen pronóstico. La guerra por la supervivencia estaba declarada. El viejo búfalo tenía razón. Con su vista bien desarrollada pudo divisarlo a lo lejos. Era un tigre majestuoso. Medía casi tres metros y pesaba alrededor de trescientos kilogramos. Su cuerpo complexo, esbelto, fuerte y ágil no tenía paralelo en el reino animal. Su pelaje, claro en el vientre y anaranjado con rayas negras en el resto del cuerpo, daba testimonio de belleza en su máxima expresión. Su mirada recia e inquisidora, aplicaba sin proponérselo una dosis de terror a su destinatario. Pero quizás lo más imponente era su presencia, un profundo aire de respeto y acato acompañaba su lento pero seguro caminar. Verlo de frente suponía el encuentro con una de las maravillas de la naturaleza. Berta también pudo apreciarlo, y lo hubiera hecho detenidamente, si su instinto maternal no le avisara que debía transmitir cautela a su descendencia. Meneó su cabeza para divisar a su manada y descargó una mirada profunda de advertencia. Ramón percibió su preocupación. -Lo mejor es irnos- dijo el búfalo. -Sí, es lo mejor- respondió la búfala. Hicieron ingentes esfuerzos por levantarse, y aunque no fue tarea fácil lo consiguieron, impartiendo con el ejemplo, una orden de ineludible cumplimiento. De inmediato el resto de la manada hizo lo mismo. Después fue la otra manada de búfalos, y después toda la de hipopótamos, y la de rinocerontes, y la de elefantes, y la de todas las otras especies que vivían en la sabana. Y comenzaron a desplazarse bajo el inclemente sol que a esa hora caía de manera estrepitosa y que sin ninguna consideración sobre los viandantes, producía una sustancia espesa y amorfa que envolvía sus sentimientos, depositando en lo más profundo el presentimiento aciago de que un pasaje obscuro e inevitable estaba por desencadenarse. A medida que la tarde iba muriendo, cada familia, cada especie, introdujo el tema en su conversación. Una tormenta apocalíptica se precipitó de forma espontánea en la sabana, y sirvió de preludio a una noche singular en la que cada clan se reunió en torno a sus mayores, propiciando una charla particular, extraña para algunos e inédita para otros. Berta y Ramón convocaron a una reunión urgente. Ramón hizo un recuento histórico de lo que había sido su existencia en ese territorio salvaje. A medida que la conversación iba avanzando, la lluvia se fue disipando poco a poco, dando paso a una luna llena espléndida, rodeada de miles de estrellas resplandecientes que tejían una noche iluminada, que en nada se parecía a la situación que estaban viviendo con la llegada de los tigres. Las constelaciones podían apreciarse en forma clara y daban un toque mágico a aquel momento trascendental de sus vidas. En el clan de Berta y Ramón, una palabra escapaba sin remedio: ¡tigres! iba y venía sin rumbo fijo: ¡tigres! Y se escuchaba en diferentes tonos. Los más pequeños no tenían la más mínima idea a qué se referían. Para los mayores dos sentimientos nacían con su pronunciación: temor y misterio. “Son como los leones”, dijo Ramón, “sólo que más grandes y más salvajes”, atinó a responderle a los más jóvenes. Y ellos exclamaron dando señal de admiración ante semejante definición. “Si antes teníamos que cuidarnos de los leones y los otros grandes felinos ahora con más razón debemos extremar los cuidados. Teniendo a los tigres tan cerca, todo puede pasar”, dijo Berta. Y todos suspiraron con tal proposición. Algunos murmuraban, otros reían. Pero sólo los más viejos comprendían en toda su extensión de qué estaban hablando. Algunos porque conocían de historias, otros porque las habían vivido en carne propia. Un silencio repentino inundó la aldea a la espera de que alguien hablara. -¡Entonces son peores que los leones!- aseguró la más pequeña del grupo en tono inquisidor. -¡No!- dijo Ramón. -Lo que pasa es que por su misma naturaleza tienen más fortaleza y son más agresivos- añadió. -Aquí no se trata de ser mejor o peor. Lo que pasa es que cada especie tiene sus propias características- agregó. Nuevamente regresó el silencio y nadie se atrevía a pronunciar palabra. En más de veinte años de dominio, los leones se habían apoderado de sus territorios y de sus sueños, de sus costumbres y de sus esperanzas, y peor aún de sus sentimientos y de sus anhelos. Seguro. Habían abusado de forma inmisericorde de la autoridad por ellos mismos conferida, hasta el punto de haber generado en toda la sabana una mezcla de fastidio y odio que ellos equivocadamente interpretaban como respeto y acato. El poder que los leones habían ejercido en la sabana era una auténtica vergüenza para el reino animal. Era tan vil y despiadado el actuar de los leones que algunos alcanzaron a considerar la llegada de los tigres, más que una invasión bárbara, una auténtica liberación. Era tanta la sangre que injustamente se había derramado y el esperpento que inútilmente se había vivido a causa de los leones, que la presencia de los tigres, con tal de equilibrar las fuerzas, era un despropósito bien recibido. -¿Pero quién es más poderoso?- preguntó insistentemente una de las más jóvenes. -No hay más poderoso- Respondió Ramón. -El león es el rey de la selva y el tigre es el rey de la jungla- añadió con inusitada sabiduría el viejo búfalo mirando hacia el horizonte, mientras la imagen de la luna se reflejaba en un charco del aguacero primero. -Y es necesario que sea así- agregó el portentoso animal que en otra época había convivido sin problemas con tigres de bengala, en lo más profundo de la selva india bajo un elaborado plan de convivencia y tolerancia. Inevitablemente recordó aquellos momentos crueles en que los leones, ungidos con el aceite de la altivez y la arrogancia asesinaron a tantos miembros de su manada, todo bajo el cínico pretexto del ataque preventivo y la legítima defensa, entonces surgía desde la profundidad de su interior una pregunta tan absurda como paradójica: -¿Qué clase de peligro podía representar un búfalo para un león? Su memoria se ubicó en el centro de una escena infernal. Una apacible tarde de febrero, las dos manadas de búfalos se encontraban cerca del río, tal y como casi siempre sucedía; de repente, un grupo de leones los emboscó de manera cruel y despiadada. Al principio pensaron que el ataque iba dirigido a los más débiles pero después pudieron comprender que estaba orientado a acabar con las parejas líderes, quizás para crear el caos y aprovechar ese instante de confusión para aniquilar cualquier forma de oposición. En ese asalto brutal y cobarde provisto de actitud perversa y fuerza desproporcionada habían muerto los padres de Ramón y Berta junto a su hermano y su hermana. Milagrosamente ellos dos se habían salvado, a costa de los suyos. Y no fue ni el único ni el peor de los pasajes que debieron vivir bajo el reinado de los leones. Tuvieron que resignarse a presenciar la desaparición constante y sistemática de varios de los miembros más queridos de sus manadas e inclusive a vivir en la total zozobra ante los incesantes atropellos de los que eran víctimas, simplemente porque a los leones les provocaba. Mientras las lágrimas brotaban, la noche fue entrando con todo su furor. Las mariposas y las libélulas revoloteaban sin cesar y pintaban sin proponérselo, la típica noche veraniega que se mostraba en todo su esplendor. El sopor y el estío se conjugaban en un sentimiento indescriptible y confuso. Al otro día, un aire pegajoso acompañado de un silencio sepulcral, les permitió acoger el recóndito presagio de la infamia y el delirio. Era algo que la experiencia les había enseñado, ese aliento extraño que se perdía en la sabana cuando la naturaleza hacía cumplir sus leyes y que se manifestaba en todo su estertor esa mañana inadmisible. Era verdad. La pradera estaba conmovida. Mientras las distintas manadas se habían reunido en torno a sus líderes para someter a opinión la llegada de los tigres y sacar sus propias conclusiones, los leones vivían su propia desgracia. Un grupo de tigres, los más grandes y fuertes, los más agiles y feroces, desafiando el orgullo de los leones, los habían atacado en su propio terreno. En un hecho sin precedentes en la sabana, los tigres propiciaron un golpe contundente a esa organización experta en dar lo que habían recibido. El rey, la reina, un cachorro y una cachorra, también de la familia real, habían muerto en el certero ataque. Sí. Allá estaban los leones, atribulados y entristecidos, como en otras ocasiones estuvieran los miembros de las otras manadas, cuando eran ellos quienes ejecutaban esos actos; ahora, que a ellos les hicieron lo mismo, estaban sintiendo lo que otros sintieron, mientras ellos se jactaban. Pero esta vez sería diferente, los que antes provocaban el dolor era ahora quienes lo sufrían. Los leones no iban a recibir los gestos solidarios que nunca brindaron. Mientras un grupo de leones dispersos, deambulaban con torpeza, a lo lejos las hienas reían con sarcasmo. De todas maneras, Berta no dejaba de sentirse acongojada y hasta cierto punto Ramón también. Los pequeños en cambio, estaban inmersos en un mar de confusión, en parte porque ahora tendrían que adaptarse a una nueva realidad, la realidad inverosímil de ver, que quienes siempre habían sido los dominadores, en adelante serían, al igual que ellos, los dominados. Sin ningún orgullo, pero con los vestigios irremediables de la gloria consumada a cuestas, el reinado de los leones había llegado a su fin. De ahora en adelante, nadie podía atreverse a poner en duda que cualquier imperio, por poderoso que pareciera, si estaba fundado en la injusticia y la desigualdad, sería arrasado por las mismas leyes de la naturaleza que lo habían inspirado, pero que, al fin y al cabo, eran esas sagradas leyes las encargadas de aplicar los designios inexpugnables que ella dictaba en sus sabias e inapelables decisiones. FIN