martes, 22 de marzo de 2022
LA JORNADA HA TERMINADO
LA JORNADA HA TERMINADO
El doctor Martínez Zanzíbar se encontró de pronto en una situación completamente nueva para él. Ser el más prominente cardiólogo del país, presidente de la Asociación Nacional de Cardiología, presidente de la Academia Nacional de Medicina, y uno de los científicos más prolíficos del continente no le daba mucho campo de acción extra en su jornada diaria de actividades.
Ser poseedor de un reconocimiento a nivel mundial, gracias a sus cientos de arriesgadas y exitosas intervenciones quirúrgicas y a la autoría de varios libros de ciencia escritos en español, que servían de guía y consulta a miles de estudiantes en el mundo entero, invitado de honor a simposios internacionales de medicina y salud y representante de la sociedad en los eventos más relevantes, simplificaban la importancia de su trayectoria.
Se halló de repente en el centro de una situación inusitada. Una mañana que estaba designada como una jornada de vital importancia debido a una intervención altamente compleja que debía practicar a un reconocido dirigente empresarial de la región sufrió un aplazamiento de última hora por causas ajenas a su voluntad, razón por la cual el ilustre médico se vio ante la oportunidad única de sentirse completamente desocupado.
Tomó su automóvil y se devolvió a su casa. Al entrar, percibió el vacío de su esposa también médica que a esa hora participaba en Moscú de un congreso internacional de dermatología, de su hija terminando medicina en París y de su hijo trabajando como médico internista en Roma.
Ante semejante panorama, denudó su carácter a costas de la tortuosa soledad, y buscó un sendero para dilucidar de la mejor manera posible, cómo podría aprovechar ese espacio de tiempo que la vida le había brindado de manera inesperada.
Se sentó en la sala y miró a su alrededor, intentó concentrar su mirada en algo que le llamara la atención, entonces contempló el reloj que marcaba las ocho y veinte de la mañana, y pensó que sólo hasta las seis de la tarde estaría libre, porque a las seis y treinta impartía su clase magistral en la universidad.
Encendió el equipo de sonido. Buscó algo de música, quizás una clásica que lo relajara o una llanera que le recordara su infancia, pero no, era casi imposible hallar lo que quería escuchar; es más, consideró que no quería nada de música, creyó que debía estar informado y buscó las noticias pero se desilusionó en la latente realidad de siempre, las guerras, los atentados, los accidentes y las muertes. Apagó el equipo de sonido y prendió el televisor. Visitó varios canales, tratando de hallar algo que se mostraba indispensable para seguir viviendo. En uno de películas encontró “Corre Lola Corre” pero pasó de largo por haberla visto muchas veces, en uno de naturaleza se quedó perplejo ante la violencia del mundo salvaje, en uno de cocina se decepcionó ante las alternativas de preparar lo que más detestaba: el queso, entonces llegó a los deportivos, allí alcanzó a creer que había llegado a donde quería: el fútbol.
Canal deportivo 1. Fútbol Paraguayo: jornada de clásicos. Nacional-Libertad. Canal deportivo 2. Fútbol Paraguayo: jornada de clásicos. Guaraní-Olimpia. Pensó que sería bueno porque podría ver los dos partidos pero se desmotivó en la frivolidad de las dos horas sentado en un mueble.
Entonces se levantó y fue hasta la biblioteca. Allí descubrió cientos de libros, de todos los temas, desde el pequeño Larousse de todos los años hasta “El túnel”, la obra inmortal de Ernesto Sábato en varias presentaciones, pasando lógicamente por aquellos que llevaban la palabra corazón o cardiología, y por aquellos que consideraba complicados como los que llevaban la palabra piel o dermatología, de su esposa.
Escudriñó en lo más profundo del anaquel la majestuosidad de la poesía o del ensayo, de la épica o del teatro, y se desplomó ante la insignificancia de la literatura en aquel instante trascendental de su existencia. Entonces se asustó, comenzó a ver ante sus propios ojos, un ser que le parecía desconocido, una especie de otro yo, que había saltado de su interior para anteponerse al hombre culto que inspiraba tanto respeto.
Para no dejarse perturbar, deseó salir a caminar al parque y respirar aire puro, o dar una vuelta al centro comercial mirando las mismas vitrinas de siempre, o ir al club a encontrarse con los mismos pequeños burgueses que simulaban saludarlo para hacerle alguna que otra pregunta sobre una enfermedad propia o ajena, o ir al cine a contemplar la simpleza de una película gringa que desde que empezaba ya se sabía cuál iba a ser el final.
Entonces encendió el computador y se entregó sin condición a la red, sucumbió ante la pornografía, y allí en medio del sexo sin pudor, comprendió que era el goce del instinto animal lo que buscaba inconscientemente desde el principio. Sí, era eso, ese rasgo natural que termina dominando al ser humano sin importar su dignidad, sus títulos, su formación o sus logros, porque todo honor parece derrumbarse en los caminos placenteros del sexo explícito.
FIN
martes, 15 de marzo de 2022
LA CELEBRACIÓN
LA CELEBRACIÓN
Carlito no pudo aguantar las ganas de llorar cuando observó que el árbitro se llevó el pito a la boca y señaló la mitad del campo de juego, decretando la finalización del partido, y, por ende, la derrota de su amado equipo. La ilusión había terminado.
Para Carlo, su padre, que desde siempre le enseñó que bastaba la fe, la confianza, la seguridad y el optimismo para alcanzar las cosas, era una verdadera tragedia. No sólo porque su teoría estaba desvirtuada sino porque el sufrimiento de su hijo, en verdad lo estaba matando.
Carlito tenía ocho años, y desde muy pequeño, su padre le había inculcado el amor por su equipo del alma: el Atlético. Esta era la primera vez que lo verían al borde de alcanzar algo importante en su larga trayectoria, pero todo se quedó en la ilusión de verlo triunfar.
Ahora el niño estaba ahí, tirado en el piso, llorando amargamente, como si le hubieran pegado o como si le hubieran arrebatado lo más importante de su vida. Para Carlo, ver a su pequeño en ese lamentable estado era tan doloroso como suficiente para comprender cuánto estaba sufriendo.
La “COPA DEL TIGRE”, era un torneo que todos los años se celebraba entre los mejores equipos de cada confederación de fútbol, que tuvieran como característica principal que su uniforme fuera pantaloneta negra y camiseta con rayas negras y amarillas, como un tigre.
El Atlético había ganado este año el derecho a representar a Suramérica en el campeonato gracias a haber sido el año anterior, el club mejor clasificado entre los que cumplían el requisito del uniforme. De esta manera “sublime” se encaminó en el reto de representar a nuestra tierra en la siempre difícil misión de alcanzar el título, para honor y gloria de quienes vivían en este pedacito de paraíso, tan amado por unos y despreciado por otros.
Era la primera vez que el Atlético iba a participar en este certamen y más de un aficionado estaba pesimista en torno al papel que “el tigre de Suramérica” de este año, pudiera desempeñar en esta edición. Algunos preferían no desesperarse en la malsana idea de las grandes goleadas, de las vergonzosas presentaciones y hasta de las posibles humillaciones que tendríamos que soportar. Los de mayor positivismo situaban su regreso tras la “grandiosa hazaña” de haber pasado la primera ronda. Pero para Carlo y Carlito sucedía lo contrario, a pesar de su pobre y corta nómina, y de sus escasos recursos humanos y técnicos, daban por descontado que el equipo sería el campeón, gracias a su inquebrantable valor y espíritu de lucha.
Por eso no fue sorpresa para ellos ver a su equipo llegar a esta instancia. Con pundonor y sobre todo con mucha suerte, el Atlético fue doblegando a cada uno de sus rivales hasta llegar a la final con “el tigre de Europa”, abriendo una puerta de alegría para todos los que desde este lado del océano anhelaban verlo campeón, aunque para algunos fuera un simple desconocido, colado en una fiesta de grandes, ricos y famosos.
El día de la final, los muchachos de la casa asumieron sus labores bien temprano. En tanto que mamá y hermana iban de compras, ellos se hicieron cargo del aseo, para tener todo listo y en orden a la hora del partido, con el único propósito de ver salir campeón a su equipo.
Pero todo fue diferente, el equipo se descompuso. No valió que el día anterior papá e hijo hubieran ido a misa para pedirle a Dios que le diera una ayudita al Atlético y que pudiera quedar campeón, ni que hubieran ofrecido un desayuno a todos los desvalidos del barrio, con tal de verlo consagrarse.
Si el árbitro no pita, le hubieran metido más. Pero con esos cuatro fue más que suficiente. Carlito recostó su cara contra el piso mientras lloraba desconsolado. Carlo estupefacto, buscaba una respuesta lógica, mientras miraba todo a su alrededor como constatando la ingrata realidad.
Carlo tuvo una brillante idea. Gracias a las ayudas que la tecnología nos ofrece hoy en día, logró armar una presentación muy original en la que el Atlético se coronaba campeón gracias a que el contrario supuestamente había cometido el error de alinear a un jugador inhabilitado, lo cual era motivo suficiente para descalificarlo. Ambientó todo lo editado en los principales medios de comunicación y haciendo uso apropiado de las redes sociales, invitó al niño y de paso a toda la hinchada, a que con sus propios ojos pudieran comprobar la noticia del título. La ciudad entera, la provincia entera, el país entero, salió a celebrar. Una celebración que se prolongó hasta cuando las autoridades finalmente pudieron explicar que todo había sido producto de la desinformación, y que, por tanto, el verdadero ganador de la “COPA DEL TIGRE” era el tigre de Europa.
Lástima los casi 100 muertos, los más de 300 heridos, los casi 600 lesionados, los más de 1200 detenidos, y los miles de millones de pesos en pérdidas que dejó la celebración, demostración inequívoca de todo lo que un padre es capaz de hacer por amor a un hijo.
FIN
KAHVÉ
KAHVÉ
En las lejanas tierras americanas, habitaba una tribu de hombres y mujeres de bravía condición; eximios trabajadores, magníficos exponentes de la noble raza Amerindia. Era una tribu elegida. Derretidos en el sopor del estío eterno, los yaganeses habían establecido un sistema de convivencia con la naturaleza tan perfecto, que los radicales cambios climáticos se sucedían sólo bajo su consentimiento, y a pesar de la fogosidad del ambiente, la fertilidad de sus tierras, parecía un prodigio apenas imaginable.
La magnificencia de su economía, contrastaba con la debilidad de su organización política, cuyo poder absoluto reposaba en manos de Yaití, amo supremo de todo lo increado, fundador único de su mundo y prominente representante de la legión divina en la tierra, su venerabilidad no conocía fronteras.
Era Yaití un anciano decrépito, que en los últimos tiempos, optó por especializarse en el arte de no escuchar para no someter a debate ninguna de sus decisiones. Se había convertido en el tirano perfecto.
Pero su ambiciosa alma habitaba en un enfermizo cuerpo, que día a día, y en clara lucha con su opositor interno, se agotaba más y más, hasta llegar al lacónico momento en que el inerme dictaba sus órdenes desde el mismo lecho, y ya casi agónico, su mandato era tan claro como su triste final. La infrangible ley de la madre naturaleza depositaba su grano de arena en la inmisericorde playa de lo inevitable.
A pesar de tanta suficiencia, asaltó entonces a los miembros de la tribu una latente incertidumbre:
¿Ante su muerte, quién remplazaría a Yaití? Pero la eminente sabiduría del jefe ya aseguraba una respuesta clara. Según el sagrado código de leyes por él mismo establecido, una vez muerto, sería remplazado por su esposa, pero al no existir esta (como era el caso), heredaría su trono, su hijo mayor (fuese hombre o mujer). Ante esta medida, Yaití obtuvo el favor de sus descendientes, al ver así la constitución de una sociedad esencialmente igualitaria en derechos y deberes tanto para hombres como para mujeres.
La particularidad del hecho radicaba en que Yaití no tenía un hijo mayor sino dos: un hijo y una hija. Efectivamente Kadí y Verá habían nacido en un mismo parto cuya débil madre no pudo resistir, una lejana tarde de llovizna veraniega en la que la canícula y los diminutos corpúsculos cósmicos pintaban un paisaje prehistórico.
Así, nunca se supo a ciencia cierta quién fue primero; Sin embargo, a pesar de su obligada gemelitud, sus caracteres eran estrictamente antagónicos, y así crecieron, estableciendo un complemento ideal: la una tenía lo que al otro le hacía falta.
Cuando su padre no pudo soportar su holgada senectud y se entregó a la otra vida, para cumplir con un displicente parágrafo en el cual se incitaba al futuro rey a contraer nupcias, si quería ser investido, Kadí y Verá se casaron ante una tribu atónita que discutía sin bases legales la inconstitucionalidad de tal disposición, debido a su parentesco.
Para entonces, los jóvenes contaban con dieciocho soles (años) y radiantes de una mágica transparencia, no alcanzaban a comprender el significado completo del magno acontecimiento; llegar al trono y reposar sus blandos glúteos en los sillines dorados del palacio era sinónimo de poseerlo todo, los límites de su autoridad no tenían fronteras, la línea que dividía lo real de lo fantástico había desaparecido.
La ceremonia de la trágica desaparición de Yaití demoró una luna (un mes) y sólo llegó a término con la boda de sus hijos. Así, la tristeza de la vejez final fue depuesta por la alegría de la adolescencia fresca. La tribu terminó aceptando la acción sin reparos y pronto se sintió plenamente reconfortada.
El cambio fue inmediato, de un leve salto se pasó del sótano de una sociedad febril que todo lo demeritaba, al ático de una comunidad jovial que todo lo apreciaba, la participación popular en los aspectos cotidianos se hacía evidente, se abría camino en la tribu yaganés un nuevo estilo de vida, había nacido una rara forma de gobierno que más tarde se llamaría “Democracia”.
No obstante su notable progreso, la renovada tribu, reconocida por su intransigencia en cosas triviales, vivió su primera gran crisis al final del primer sol del nuevo gobierno; si en ese preciso momento la pareja real desapareciera, la tribu quedaría sin un líder, estaría entonces a la deriva pues no existía un heredero natural legalmente establecido, ante tal situación, Kadí y Verá se dieron a la tarea de dar a la comunidad su futuro rey, pero luego de tres soles, sintieron que sus esfuerzos eran infructuosos, recurrieron a la sabiduría del supremo consejo de ancianos, un grupo de diez eruditos que guardaban en su pensamiento todo el conocimiento necesario para solucionar los más intrincados problemas pero tras profundos estudios, el consejo de sabios llegó a la conclusión de que la pareja real era estéril y jamás podría engendrar un hijo.
Sin embargo, las explicaciones dadas por el consejo en el sentido de que esa era una sabia decisión de la madre naturaleza, no fueron suficientemente convincentes y la pareja optó por una vehemente disposición para alcanzar su objetivo.
De inmediato conformaron comités especiales que cumplirían ciertas parafernalias predeterminadas, y que tras complejos procesos biológicos, psicológicos y hasta religiosos, lograron romper el sigilo una remota mañana tibia en la que ante una improvisada asamblea general, los reyes anunciaron felizmente que muy pronto serían padres. De nuevo la naturaleza había cumplido las órdenes de la tribu yaganés.
La concepción misma del nuevo príncipe fue particularmente singular, puesto que el embarazo de sólo seis lunas trajo al mundo un hermoso niño perfectamente estructurado, inclusive con dimensiones aún superiores a cualquier otro niño; de hecho, los acontecimientos que rodearon el nacimiento del nuevo ser fueron desconcertantes y contradictorios, y seguramente habían de señalar el inicio de la decadencia de la cultura yaganés.
Cerca de la media noche la comunidad fue sorprendida por el inesperado llanto de un niño incólume, de inmediato comenzó a amanecer, y para mayor desconsuelo, ese día no tuvo ocaso. A partir de ese suceso se dio inicio a una nueva era, desde aquel instante el típico clima se transformó en un entorno muy irregular que con el paso de los días, labró un suelo en franco detrimento, la erosión fue apareciendo como un fantasma renegado y la otrora fértil tierra yaganés terminó por convertirse en un piso árido que rara vez daba algún producto mutante o tóxico; ante tal giro, la tribu yaganés se vio entonces obligada a cambiar el eje de la economía, sin encontrar nunca una actividad que los condujera por el camino de la balanza comercial.
En verdad se podía constatar que tras la llegada del nuevo soberano se respiraba otro aire en la aldea. El ambiente era mucho más apacible pero nostálgico. El niño en honor a su nacimiento recibió tantos regalos, como habitantes tenía la tribu, todos perfectamente conocidos y reconocidos, tan sólo uno, no se pudo comprobar jamás con exactitud, ni de qué se trataba ni quién lo había entregado, era un extraño collar de pepas rojas, que producía un delicado aroma a paraíso y que el niño conservó desde el primer día de su vida hasta el último, dando a la aldea un olor característico, que imprimía una ola de sobriedad a cada actitud yaganés.
Para dar nombre al príncipe, sus padres recurrieron a un intricado procedimiento gramatical, cada uno de ellos aportó las primeras sílabas de sus respectivos nombres, entonces de Kadí salió “Ka” y de Verá salió “Ve”, las dos silabas fueron unidas por una conjunción que en su dialecto se representaba como una “H”.
Desde entonces se llamó “Kahvé”, a un pequeño monarca, amo absoluto de lo finito e infinito; avasallador, suntuoso e imponente, que escondía tras su personalidad una inverosímil combinación de magia, virtud, admiración, grandeza y sabiduría que contrastaba con el nuevo aciago ímpetu de la sociedad yaganés.
En los soles siguientes Kahvé, había de convertirse en el eje central de la tribu, todo giraba alrededor de él, desempeñaba a la vez tantas y tan diferentes actividades, que no era difícil encontrarlo al mismo tiempo en lugares distintos; sin embargo, la tarea que realizaba con más regularidad y empeño, era internarse cerca de un pequeño embalse en donde la tribu practicaba la pesca como medio de subsistencia, y allí realizaba una especie de meditación trascendental, que estimulaba frenéticamente la producción de peces, aún fuera de época. La pesca terminó entonces por constituirse en la base de la alimentación, de la economía y de la vida yaganés.
Ese fue el primer prodigio de Kahvé, el que le sirvió para crear fama de ser un hombre muy diferente para ser yaganés, solía ser tranquilo en momentos de angustia y ansioso en momentos de sosiego, poseía también una extraordinaria inteligencia que lo llevaba a descifrar en una fracción de tiempo, un intricado problema eterno, lucía versado en temas científicos e intelectuales; virtud que le hacía aplicar la lógica para atender pronósticos inexpugnables, después de divagar por todos los aspectos del conocimiento, terminó elaborando un nuevo calendario integrado de perfecta división temporal, un código legislativo de magnifica igualdad social, un sistema político y económico cuyo principal énfasis era la asistencia del estado a cada uno de los individuos, engendró una sofisticada filosofía de la cual nacieron dos nuevos principios en la cultura yaganés: educación y salud, logró la adecuación de las tierras para sentar las bases de una futura agricultura y ganadería en serie y de una eventual explotación de recursos energéticos que él suponía se escondían en lo más profundo de sus suelos, ingenió una serie de instrumentos meteorológicos, con los cuales provocaba el movimiento de las nubes hacía sitios previamente destinados con el fin de obtener lluvia, fundó una teoría de la forma y la figura y de su expresión como medio para elevar el espíritu, manifestación a la que denominó “Arte”.
Como fueron tantas cosas hechas por Kahvé, los yaganeses pronto descubrieron que alrededor suyo no faltaba nada más por hacer, entonces miraron al cielo y sostuvieron comunicación con civilizaciones interestelares, poniendo al servicio propio sus avances tecnológicos, establecieron los fundamentos de la astronomía y por medio de las matemáticas dieron rienda suelta a sus sueños de pertenecer a un mundo de perfección.
Allí, en esa utopía, Kahvé fue sorprendido por la realidad de unos padres ajenos, que más que a un futuro rey, lo que veían en su hijo era a un extraño con visos de agitador político, que pronto desestabilizaría la concertada organización de la tribu, se arrepintieron de su desmedido afán por traerlo al mundo, y dejaron entrever el “desorden mental” de su hijo, como una consecuencia natural de la incestuosa relación biológica que habían sostenido, reconocieron como ciertas las apreciaciones del consejo de ancianos y recurrieron a él con un propósito perfectamente claro: “era necesario quitarle la vida a Kahvé”. El consejo estaba completamente de acuerdo con tal disposición, como única medida para restablecer el orden en el seno de la comunidad yaganés.
Sólo el más viejo del consejo fue capaz de contradecir la sacra decisión con un argumento tan sólido para él mismo como exiguo para sus opositores: “No podemos atentar contra Kahvé, a menos que deseemos desaparecer de la faz de la tierra; Kahvé es la última reencarnación de un príncipe inmortal, amo absoluto de lejanas tierras abisinias donde se supone nació el mundo, su misión es llegar a todos los rincones del planeta, ahora mismo viene desde el imperio otomano”.
El anciano fue callado súbitamente y repudiado en público por “blasfemo”, aunque nunca su apreciación trascendió fuera del interior del consejo; de esta manera, se concretó con sus padres el veredicto y su inmediato cumplimiento: “Kahvé debía morir si la cultura yaganés quería seguir viviendo”.
La disposición de tal mandato suponía la ejecución de una coartada perfecta y había de señalar el golpe final para la otrora magna tribu.
Así decía un antiguo documento encontrado en fértiles tierras de Sudamérica, escrito al parecer por un descendiente yaganés:
“Cuando Kahvé cumplió quince soles, según una disposición real, debía hacer su presentación como príncipe ante los dioses que regían la tribu; para tal fin, nuestros antepasados escogieron un remoto paraje de niebla que tenía como punto culminante, la cima de un imponente cerro. Como únicos testigos actuarían los delegados del supremo consejo de ancianos; así Kahvé, debía despojarse de su investidura humana, para entrar a la legión divina.
La tribu entera en cabeza de los reyes fue la encargada mediante un sencillo homenaje de dar la despedida a Kahvé, quien iniciaba el recorrido resguardado en el centro del grupo por los delegados.
Lucía un fulgurante traje dorado y portaba aún su característico collar de pepas rojas, tersas y blandas, que expelían un suave aroma a paraíso y del cual nunca se conoció su origen.
Desde el momento mismo en que el grupo dobló la última curva y no se observó más, invadió a la aldea un extraño olor, por cierto delicioso, pero que trajo una ola de intranquilidad a la tribu. Era el fragor de la tierra mojada, señal inequívoca de que algo inesperado estaba por suceder.
A medida que la comitiva se acercaba al sitio convenido, la temperatura ambiental fue descendiendo a niveles extremos, y donde antes parecía un desierto ahora parecía un páramo, el cielo se tiñó de gris oscuro y de repente estalló un terrible aguacero que parecía una réplica del diluvio universal.
Ya en la cima de la montaña; Kahvé rasgó sus vestidos, el grupo de delegados se hizo a un lado, pero cuando Kahvé completamente desnudo, con su típico collar alzó los brazos al cielo, una estampida apocalíptica lo arrasó y sucedió lo impensable, que una centella indómita lo arrebató del planeta. Por los poros de la tierra se iba la esencia de su ser, lo último que se vio de él fue un líquido tinto oscuro que se escapaba por las profundidades subterráneas, ese hilo de sangre era la única prueba de que Kahvé hubiese existido una vez.
Los delegados estupefactos, observaron como por la misma abertura brotaba una prodigiosa planta de hermosas pepas rojas, tersas y blandas que expelían un suave aroma a paraíso. Era el aroma a Kahvé, se escuchó decir”.
Desde entonces me dediqué al estudio de aquella cultura, la de mis ancestros y me enteré que el nombre de aquel príncipe pasó del dialecto yaganés a nuestro idioma con el nombre de CAFÉ, supe que el sitio donde ocurrió el sobrenatural acontecimiento, está ubicado en una amplia región de la actual Sudamérica, que la preservación de aquella planta por medio de su cultivo se ha convertido en todo un arte y un orgullo, porque produce una bebida tan deliciosa que ha conquistado los paladares más exquisitos.
Impactado por tanta fantasía, desperté entonces una mañana sobresaltado, un extraño sueño me había incomodado, de repente la puerta se abrió y un profundo olor a café, invadió mis sentidos, penetró por mis poros y me estremeció el alma. Era la esencia del placer que desde el cielo había llegado para quedarse conmigo por siempre.
No podía creerlo. Parecía una utopía. La cabeza me daba vueltas y tenía la impresión de estar viviendo una escena mágica. La relación tiempo y espacio surgía como una variable de difícil pronóstico, y un viaje a través del tiempo se hacía inminente. Frente a mí, una invencible taza de café se rendía a mi voluntad, flotando por los contornos de la felicidad absoluta, dominaba mis ideas y sentenciaba el inicio de un maravilloso día que Dios me daba como regalo. Vi entonces perfectamente revelada, la figura de un príncipe de traje dorado y un collar de pepas rojas, que sonreía sutilmente a través de mi ventana.
FIN
martes, 1 de marzo de 2022
KAABA
KAABA
El planeta más fascinante fue Kaaba. Era un planeta que giraba alrededor de una estrella de tamaño semejante al sol llamada Fátima la cual se hallaba en la constelación de piscis en una espectacular galaxia denominada deliberadamente: La Vía Láctea.
Diré que, en términos generales, Kaaba era muy similar al planeta tierra, aunque de tamaño ligeramente más grande. Ocupaba el cuarto lugar en distancia a su estrella madre y antes de su actual denominación había recibido el nombre de Fátima 2012 d.
El sistema solar de Fátima había sido finalmente descubierto tras largas observaciones por un grupo especializado de científicos del Observatorio Astronómico de la Unión Árabe, de ahí el nombre de la estrella y de ahí el nombre del planeta.
Las temperaturas ambientales de Kaaba oscilaban entre menos cuarenta y más cuarenta grados centígrados. Tenía estaciones, placas tectónicas, atmósfera, hidrósfera, litósfera y biósfera, y con todos estos elementos, por supuesto albergaba vida inteligente.
Cabe aclarar que su día duraba 24 horas, 12 minutos, 06 segundos y su año 360 días, 00 horas, 06 minutos, 12 segundos. Además, alrededor de Kaaba circundaban dos lunas bautizadas por sus descubridores como La Meca y Medina. Su cielo era de color violeta.
Su diámetro ecuatorial era de 8.642 kilómetros y su diámetro polar era de 8.624 kilómetros, la inclinación de su eje era de 24 grados, 20 minutos, 16 segundos y su densidad era de 1.1 veces la terrestre. En total, el sistema solar tenía diez planetas y alrededor de cien lunas.
Pero más allá de su configuración física lo que más me sorprendía era su organización social. En el planeta convivían diez razas diferentes, según la coloración de su piel: los naranja, los limón, los violeta, los rojos, los azules, los amarillos, los lila, los crema, los celestes y los rosados. Lo interesante era que las diez razas se encontraban distribuidas a lo largo de los diez países que existían en un único supercontinente. El planeta tenía una población aproximada de mil millones de habitantes; es decir, nuestro planeta tierra era más pequeño, pero tenía ocho veces más población.
Aquel supercontinente se encontraba rodeado por una masa de agua salada al que denominaban: “Océano”. Y en el centro del supercontinente se hallaba una masa de agua dulce a la que llamaban: “Lago”. Los países estaban cuidadosamente divididos de tal forma que todos tuvieran el mismo acceso tanto al océano como al lago, ya que del océano obtenían las criaturas de origen animal que les proporcionaban el alimento sólido, mientras que del lago obtenían las criaturas de origen vegetal que les proporcionaban el alimento líquido.
La energía la obtenían en su totalidad de la luz solar que su estrella madre producía constantemente, ya que no manejaban combustibles fósiles de origen animal ni vegetal, ni tampoco procesaban ningún tipo de energía artificial que atentara contra su medio ambiente.
Su modo de reproducción era completamente diferente. El hombre y la mujer se unían íntimamente las veces necesarias para alcanzar la medida exacta de amor con la cual se fecundaba un niño o una niña, según lo que quisieran engendrar. Su embarazo duraba un año y el producto de la gestación era cargado por periodos, por ambos progenitores de acuerdo con una tabla biológica previamente establecida. No siempre que había sexo había embarazo, el número máximo de embarazos era uno o dos. Gracias a este eficaz método no existía la explosión demográfica.
El embarazo duraba exactamente un año porque la nueva vida emergía en el momento exacto en que alcanzaba la misma posición sideral de su fecundación. El bebé nacía de su madre midiendo en promedio un decímetro y ella lo alimentaba durante casi seis meses. Tanto hombres como mujeres disponían de una única edad fértil que estaba comprendida entre los veinte y los cuarenta años, ni antes ni después.
En Kaaba las personas nacían con una cápsula biológica rica en estructuras celulares de restauración que cubrían cualquier deficiencia en el organismo, por esa razón no padecían enfermedades, y si sufrían algún accidente, con rapidez la cápsula se activaba corrigiendo las daños; sin embargo, la cápsula sólo tenía una duración de veinte años, y se podía recargar hasta tres veces, los habitantes de Kaaba sabían de antemano que solamente vivirían hasta los ochenta años, y para qué más, si esa era una existencia plena más que suficiente, que no merecía prolongarse más allá.
El año estaba repartido en doce meses, cada uno de treinta días. De ahí salían los 360 días que componían el año. A diferencia de la tierra, no existían los años bisiestos y los meses eran rigurosamente iguales en el número de días. A su vez, el mes se dividía en seis semanas, cada una de cinco días. El quinto día de cada semana era de descanso. No existían los festivos. El día se dividía en cuatro partes de seis horas: una para trabajar, una para estudiar, una para la familia y una para el descanso. Nadie destinaba más tiempo de lo establecido para cada actividad.
A pesar de que la imagen corporal de los habitantes de Kaaba era muy similar a la de los humanos, poseían algunas diferencias notables. Sus sistemas y aparatos también eran diez: reproductivo, digestivo, respiratorio, circulatorio, urinario, óseo, muscular, nervioso, metabólico, inmunológico. Pero sus sentidos estaban mucho más especializados y en total eran seis: la vista, el oído, el gusto, el olfato, el tacto y el aura. Este último, era el sentido de la percepción extrasensorial, que les permitía alcanzar una experiencia espiritual maravillosa. Sus dos principales órganos, el corazón y el cerebro estaban extraordinariamente desarrollados. Su sangre o líquido vital era de color blanco. No poseían pelo ni uñas.
Quienes habitaban este hermoso planeta siempre vivían felices. A pesar de tantas diferencias entre sí, el grado de aceptación, tolerancia, respeto y consideración por los demás era tan alto que la vida transcurría en medio de un ambiente tranquilo, de convivencia absoluta y de paz integral. La vanidad, la ambición, la envidia y el odio no existían, y como no había necesidad de tener más ni la posibilidad de tener menos, los recursos físicos y materiales eran suficientes para todos, y se encontraban equitativamente distribuidos. No había ricos ni pobres.
Afortunadamente, además de los diez países y las diez razas disponían también de diez credos religiosos, diez partidos políticos, diez doctrinas filosóficas y diez lenguas nacionales, aspectos a los que cada quien podía pertenecer sin ningún tipo de discriminación, ya que ninguno de esos referentes prevalecía sobre otro. Nadie intentaba dominar a nadie y las fronteras no existían ni siquiera como líneas imaginarias. En todos los países convivían todas las razas, se practicaban todos los credos, se aceptaban todos los partidos, se respetaban todas las doctrinas y se hablaban todas las lenguas. Los dos sexos representaban el mismo valor y todas las expresiones culturales eran igualmente importantes.
No había un presidente. El encargado de administrar el planeta era un cuerpo colegiado, compuesto por varios miembros, elegidos al azar por cada uno de los diferentes aspectos que conformaban la sociedad y cuya única misión era la de propiciar el progreso de todos, sin interesarse en el beneficio particular sino en el bien común. El estado proveía educación, salud, vivienda, transporte, trabajo y bienestar. La solidaridad y la fraternidad eran los valores supremos de aquella civilización enclavada en un lejano rincón del universo.
Sin embargo, esta comunidad no siempre fue así. Antes de alcanzar este grado de madurez, tuvo que sufrir el rigor de las guerras, los desastres, los accidentes, las enfermedades, el dolor y la muerte. Pero un buen día, aun cuando era temprano, decidieron cambiar. Primero corrigieron los defectos de su condición social y allí advirtieron que también podían corregir los defectos de su condición natural, entonces recibieron el beneplácito de una vida verdaderamente agradable, sin las banalidades de su anterior y presuntuosa existencia, que los había llevado casi a la extinción total y definitiva. Esta recuperación fue el producto de la construcción firme y decidida del nuevo habitante del planeta Kaaba.
Fui recibido como un héroe. Compartieron conmigo un momento de diálogo y en la grandeza de un detalle rutinario encontré la recompensa de una vida apacible. Sentí envidia. Soñé que un mundo así era posible en el planeta azul del cual yo provenía. Entonces decidí regresar a la Tierra. No intentaron detenerme, no quisieron experimentar conmigo, no me obligaron a hacer nada que no quisiera hacer, ni procuraron matarme.
De pronto me encontré nuevamente en la Tierra. Entre la nostalgia de estar allá y la esperanza de hallarme aquí, reflexioné ante la posibilidad de que mi planeta se convirtiera en una nueva Kaaba. Para empezar, hice un recuento cuantitativo de nuestro planeta. La tierra tenía menor tamaño que Kaaba, pero estaba ocho veces más poblada. Había 200 naciones y 6.000 lenguas, 6 razas y 600 pueblos, 1.000 credos religiosos y 1.000 doctrinas filosóficas, 1.000 partidos políticos y 1.000 expresiones culturales. Además, existían casi 8.000 enfermedades y más de 10.000 formas diferentes de perder la vida. Existía la discriminación en razón a su condición de género, étnica, política, económica, social, cultural, religiosa, filosófica, sexual y de edad. Los hombres y las mujeres guardaban en su corazón grandes proporciones de rencor, odio, egoísmo, envidia, ambición y vanidad.
El mío era un mundo al borde del colapso total. Cualquier intento de transformación no sería fácil. No había suficientes recursos y los existentes estaban en pocas manos. El hambre, la miseria, el desprecio y el dolor abundaban por todas partes. Pero lo peor de todo era la guerra, todos los días estallaban guerras por diferentes motivos en cualquier lugar. Y pensar que en Kaaba ni siquiera conocían el significado de esa dolorosa palabra.
A pesar de ser similares físicamente, comprendí cuán grandes diferencias separaban a estos dos planetas. Pero, aun así, pensé que sería hermoso hacer un alto en el camino y comenzar de nuevo. Qué bello fue imaginar que esto que aquí no era más que una fantástica utopía, allá era una auténtica realidad. Lo distinto radicaba en soñar que un mundo mejor era perfectamente posible.
Pero qué pecado y qué delito tan grande fue pensar que todo podía ser diferente. Para personas como yo este mundo estaba prohibido. Entonces intentaron detenerme, quisieron experimentar conmigo, me obligaron a hacer todo cuanto no quería hacer y finalmente procuraron matarme. Todo para que me quedara bien claro que este planeta tenía que seguir siendo como siempre había sido y que así seguiría por los siglos de los siglos.
FIN
martes, 22 de febrero de 2022
INTERINIDAD
INTERINIDAD Todo empezó cuando me dirigía hacia el trabajo. De eso hace ya tres o cuatro días, no estoy seguro. Lo que sí sé es que fue el día de mi cumpleaños, o sea el miércoles 3 de marzo; por si acaso, voy a agregar el año: de 1971. Estaba cumpliendo 23 años, ya que como todos ustedes saben nací el 3 de marzo de 1948, en la misma casa donde actualmente vivo, y en medio de una tarde fría en la que llovía a cántaros.
Como ustedes también saben, soy hijo único, ya que mi padre fue una de las víctimas de los infaustos acontecimientos ocurridos el viernes 9 de abril de 1948, cuando apenas tenía un mes de nacido. Mi madre nunca se casó de nuevo, y continuó la vida sin compañero y conmigo. Sea este el momento de resaltar la entrega y el ahínco con que mi madre me sacó adelante. Lo poco o mucho que soy, se lo debo a ella.
Aunque reconozco que mi infancia transcurrió entre muchas dificultades, jamás me faltó la comida ni la ropa. Nunca tuve lujos pero tampoco me faltó lo básico para sobrevivir. Estudié la primaria y la secundaria en la educación pública, y no estudié una carrera profesional porque no quise, porque lo que quería verdaderamente era dedicarme a la fotografía, y la fotografía no la enseñan en ninguna universidad sino que se aprende con la práctica.
Entonces comencé a trabajar. Mi madre me compró una cámara fotográfica básica, y aprendí por correspondencia el arte de tomar las fotos y desarrollarlas. Mandé a hacer unas tarjetas de presentación agregándole debajo de mi nombre, el título “Fotógrafo Profesional”, y me dediqué a cubrir eventos como cumpleaños, grados, bautizos, matrimonios, actividades culturales, primeras comuniones, reuniones sociales y celebraciones de todo tipo. Espiritualmente era feliz, porque me sentía realizado, aunque económicamente no, porque no alcanzaba a generar ingresos suficientes que me permitieran sobrevivir por sí solo, ni mucho menos ayudarle a mi vieja a cubrir los gastos de la casa. Por esa razón me decidí a buscar otro trabajo.
Entonces entré a trabajar en una fotografía que funcionaba en el centro, que había traído desde Estados Unidos una idea extraordinaria. Se trataba de que un fotógrafo profesional, en este caso yo, con una cámara de dotación que el almacén me entregaba, le tomaba las fotos a los despreocupados transeúntes que se movilizaban por el centro de la ciudad. Sí, allí por las calles principales de aquella urbe que comenzaba a despertar a la modernidad, se desplazaban infinidad de personas en situaciones particulares, que merecían ser grabadas para la posteridad.
Posteriormente se dirigían al almacén para adquirir los retratos, los cuales eran entregados en un lente especial con figura cúbica de colores, que se colocaba en uno de los ojos para observar la imagen. El experimento fue muy bien recibido y su aceptación, debido a su método innovador, fue total.
Yo, por mi parte me sentía feliz, no solo porque trabajaba en lo que me gustaba sino también porque mi situación económica comenzó a mejorar de manera ostensible. Cada foto valía cinco pesos. Me ganaba un peso por cada una, un peso valía el lente, un peso la desarrollada, un peso le quedaba al almacén, y el otro peso era para cubrir la eventualidad de aquella foto que algún transeúnte no quisiera comprar, aunque a decir verdad, casi todos terminaban por comprarla. El almacén tenía diez fotógrafos, y a todos nos iba muy bien, era un negocio redondo.
Ahora compraba ropa para mí, para mi madre, la invitaba a comer, hacía mercado, traía a la casa cosas que hacían falta, pagaba los servicios públicos, me sentía realmente útil, pero lo mejor era, que me daba para la realización más importante de un muchacho como yo: tener novia.
Mi novia se llama Briceida. Tiene 25 años. Y para mí, es la mujer más linda que ha parido el universo. Vende en un almacén de telas. La conocí precisamente en mi labor de fotógrafo. La retraté un día mientras caminaba rumbo a su trabajo, y desde entonces me enamoré perdidamente de ella, y creo que ella de mí. Briceida, no es alta ni baja, blanca ni negra, gorda ni flaca, bonita ni fea, pero para mí es la más bella entre las bellas.
Pero todo cambió el miércoles 3 de marzo. Caminaba plácidamente por la calle 36, me dirigía hacia el almacén para reclamar la cámara fotográfica, y me disponía a vivir un día, en mi concepto, muy productivo. No importaba que estuviera de cumpleaños, mi jefe me ofreció tomarme el día, pero no. Yo quise trabajar para ganar más, para pasarla bien con Briceida. Mi mamá me dio un buen desayuno, y salí a trabajar como de costumbre.
De repente, tropecé en un hueco que había en el andén, y caí en él. Me di un fuerte golpe en la cabeza y perdí la consciencia. Cuando desperté, me encontraba en un centro médico muy moderno, con unos equipos muy sofisticados.
Una enfermera me dijo que había caído por un agujero y que algunas personas me ayudaron a sacar, y pidieron una ambulancia que me trajo hasta aquí. Hoy me encuentro bien. Recuerdo perfectamente quién soy, y tengo presente todos mis datos personales aunque mis documentos se han extraviado.
Le pregunté a la enfermera cuándo ocurrió el accidente y me dijo que fue ayer. Entonces la indagué sobre qué día era, porque estoy casi seguro que era 5 o 6 de marzo, y no otra fecha que ella aseveraba. Pero el misterio iba más allá que uno o dos días de diferencia. La respuesta que ella me dio en ese momento fue devastadora: “Hoy es 25 de septiembre de 2016”, me respondió con absoluta certeza. Quedé sin palabras.
Necesitaba comunicarme urgentemente con Briceida y con mi madre. Me miraba en el espejo una y otra vez, para descartar que hubiera caído en un coma o algo parecido, calculé que en tal situación tendría 68 años, pero mi figura seguía siendo la misma, la de un joven de 23 años.
Consideré entonces que la enfermera me estaba jugando una broma pesada, pero dicha posibilidad quedó sin valor alguno al comprobar en el almanaque de la habitación donde me encontraba, que efectivamente era domingo 25 de septiembre de 2016.
Mi cámara se había extraviado al igual que mis documentos y un poco de dinero que llevaba en el bolsillo. Eso sí, seguía con la ropa y los zapatos. Estaba en un centro médico llamado “Clínica Santa Lucía”, el cual poseía unos equipos médicos y unos elementos increíblemente modernos.
Sucedió que frente a mí, había desplegada una pantalla negra y gigante, que al principio confundí con una ventana. Pues cuál no sería mi sorpresa cuando la enfermera apuntó hacia ella con un instrumento de forma rectangular, con varios botones, y se encendió de manera automática para dejarme ver unas imágenes sorprendentemente reales. Yo que estaba como pasmado, ante semejante visión, me sentía ajeno a una situación tan particular. Me levanté para ver qué había detrás de dicho aparato, pero la enfermera me pidió que regresara a la cama, y me entregó el instrumento de los botones, para que “viera lo que quisiera”. La enfermera se quedó mirándome fijamente cuando notó que yo no sabía a qué se refería.
-Le entrego el control remoto para que vea el programa que quiera en la televisión- me dijo con una leve sonrisa. Y se retiró.
Tomé el instrumento y oprimí aleatoriamente un botón. Noté que lo que yo hacía en el instrumento, de inmediato repercutía en el aparato. Luego de haberlo manipulado varias veces, descubrí que tras una combinación de números y botones, el aparato me mostraba infinidad de situaciones con unas imágenes tan nítidas y coloridas que tenía la rara sensación de estar viviendo en persona, cada una de las situaciones que en la pantalla aparecían.
Cuando la enfermera regresó, me encontró muy exaltado debido a la increíble propiedad del aparato y su sofisticado sistema; yo la inquirí, sobre de qué se trataba esta maravilla, pero ella creyendo que yo estaba bromeando, me miró fijamente dejando transmitir con su mirada un mensaje de incredulidad.
Pensando que yo había perdido la memoria, me recordó que aquello era un televisor de 42 pulgadas, que me ofrecía una amplia y variada gama de programación, a través de un sofisticado sistema satelital que me permitía ver hasta 360 canales, con una innumerable variedad de géneros y con las más altas propiedades cuantitativas y cualitativas de imagen y sonido, y que el instrumento era un control remoto, a través del cual yo podía manejar la pantalla sin tener que levantarme de la cama. Todo esto me dejó perplejo, era obvio que yo no podía recordar algo que jamás había conocido.
Todo esto empezó a darme vuelta en la cabeza y me dejó entrever, la posibilidad de que realmente me hallara en el año 2016, tal como me lo había manifestado la enfermera. Yo sé que parece una locura, pero les pido que me entiendan, qué más podía pensar yo ante semejante situación.
Sentí la necesidad de comunicarme con mi madre o con Briceida, entonces requerí a la enfermera, para que por favor, me permitiera una llamada.
Era de noche, y asumí que mi madre debería estar en la casa y Briceida en la suya, sabía perfectamente sus números telefónicos, pero me asaltó entonces un interrogante complejo: ¿Por qué no estaban junto a mí? Y tras este, sobrevino otro: ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Voy a hacer un gran esfuerzo para describir lo que sucedió a continuación.
Llegó la enfermera con un aparato, diré que algo similar al tal control remoto, pero de dimensiones menores, en ancho, largo y alto; sin teclas, números o botones. Con una pantalla plana, que cubría todo el aparato, y me lo entregó, pidiéndome que llamara.
Quedé atónito. Cómo iba a llamar de semejante esperpento, que no tenía ni de dónde marcar, ni por dónde hablar, además sin cables ni conexiones. La enfermera me miró esta vez, con cara de angustia, como si estuviera ante una persona que hubiera perdido la razón o la memoria. Percibí su preocupación.
Entonces me pidió el número, y me dijo que ella misma marcaría. Le di los dos números a la espera de ver qué era lo que ella iba a hacer.
-1469, el de Briceida. 1888, el de mi madre- le dije.
Me dijo que esos no eran números de teléfonos, que los números eran de diez cifras, y utilizó por primera vez, un término que me puso al borde de la locura: el celular. Diré que según ella, este es un instrumento que todas las personas tienen y que posee múltiples funciones y aplicaciones; entre ellas, hablar, escuchar, leer, escribir, jugar, observar, aprender y hacer; y cómo si fuera poco también tomar fotos. ¡Imagínense, también toma fotos!
Sentí la imperiosa necesidad de hablar detenidamente con la enfermera, para que me ayudara a dilucidar qué era lo que me estaba sucediendo.
Se llamaba Camila. Tenía 27 años. Era enfermera profesional. Por el momento, pertenecía al exclusivo club de las solteras.
-Camila- le dije. Necesito que me escuche y que me crea. Estoy advirtiendo cosas muy extrañas en mi vida, cosas que no corresponden con mi realidad. Hace tres o cuatro días, salía yo rumbo a mi trabajo, el cual es el de fotógrafo, y mientras caminaba, caí por un agujero que había en el andén, hasta ahí recuerdo. Al despertar, me encuentro ante un conjunto de situaciones completamente desconocidas para mí, usted me da la fecha, y hay un desfase de 45 años, aproximadamente, entonces yo necesito que por favor me explique qué ocurrió con mi vida durante ese tiempo.
-La verdad- me respondió ella con absoluta honestidad, es que es posible que usted haya sufrido un trastorno neurológico o algo parecido. Lo único que yo puedo certificar es que estamos en el año 2016, que no tenemos documentos suyos, que según su historia médica ya se encuentra bien de salud, y que no hemos podido contactarnos con un algún familiar o conocido suyo, porque a pesar de que hemos recurrido a los medios de comunicación, lo cierto es que nadie lo conoce. Y para completar, como ya ha sido dado de alta, debo informarle que no puede permanecer más en la clínica.
-¿Quién ha pagado mis gastos médicos?
-El municipio tiene una póliza para cubrir los gastos generados en una situación como esta.
-¿Dónde fue el incidente?
-Según la historia médica, quien lo trajo manifestó haberlo recogido inconsciente tras haber caído por un hueco que había sobre el andén de la calle 36 entre carreras 15 y 16. También informó que varias personas lo auxiliaron, porque el vacío era de casi 5 metros de profundidad.
-Me parece imposible, que yo no hubiera visto ese orificio.
-Es que parece que no estaba. Simplemente se abrió al usted pisar el sitio. Y con respecto a la pérdida de sus elementos, el señor que lo trajo, dice no haber visto nada, pero resalta que pudo haber sido que en el intento de rescate, alguien hubiera aprovechado la ocasión para sustraerlos.
-Exactamente, ¿qué dirección es esta?
-En estos momentos nos encontramos, en la “Clínica Santa Lucía”, calle 48 número 24-12.
-Yo vivo muy cerca de esta dirección, mi madre debe estar preocupada. Por favor Camila, le pido que me acompañe hasta mi casa, porque a pesar de vivir tanto tiempo en el sector no recuerdo este centro médico. Yo vivo en la calle 45 número 21-36. No estamos lejos.
-Lo voy a acompañar hasta donde usted dice, porque realmente es cerca, pero me debe esperar hasta que termine mi turno; es decir, hasta las 7.
Finalmente, tras un par de horas que se hicieron eternas, Camila llegó hasta la sala de espera donde me encontraba y salimos rumbo a mi casa.
El trayecto se me hizo largo, dispendioso y desconocido. Ahora había amplias avenidas, autobuses gigantes, y un inmenso parque de luces fulgurantes. Se me ocurrió que aquella era otra ciudad, pero al preguntarle a Camila, me certificó que era la misma. Pero yo la veía muy diferente.
Seguimos caminando por la avenida, y al cruzar un verdadero enjambre de vías, Camila se detuvo de manera abrupta porque habíamos llegado.
-Esta es la dirección- me dijo.
-No, no puede ser- respondí con absoluta certeza.
Mi casa no existía. Ahora, en su lugar, un moderno edificio de cinco pisos se levantaba imponente. La dirección era la correcta, un cartel en la parte superior de la primera planta de la edificación señalaba que esta era la calle 45 número 21-36.
De aquella callecita de casas humildes que tantas veces recorrí, no quedaba nada. A cambio de ella, ahora había una espectacular avenida de dos carriles y un inmenso separador cubierto de frondosos árboles. Desplacé la mirada alrededor de la cuadra, intentando recordar cada vivienda y quién vivía en cada una de ellas, para establecer algún tipo de contacto con alguno de mis vecinos, para que me contara qué había sucedido en estos tres o cuatro días, pero descubrí que al igual que mi casa, toda la cuadra se había transformado. Grandes y coloridas edificaciones la adornaban; inclusive en cada acera, más o menos a mitad de cuadra, dos enormes obras se erguían como monstruos gigantes que resguardaban la calle. Un edifico tenía 24 pisos y el otro 30.
Continué el recorrido visual, esperando encontrar algo que me fuera familiar. Pero todo me era desconocido. Caminamos a lo largo de la cuadra, y cuando creí que mis esfuerzos habían sido infructuosos, allá al final, en toda la esquina, una casita vieja aún se mantenía en pie.
Sí, por fin hallé algo que me atara al pasado de mi presente. Era la casa de doña Blanca, con el mismo color de pared, con las mismas cicatrices en su superficie, aunque ahora me parecía mucho más pequeña de lo que siempre la consideré, era la misma. Le pedí a Camila que me acompañara, para visitar a doña Blanca, ya que ella era una gran amiga de mi madre, y pudiera ser que ella me contara algo que yo ignoraba.
Llegamos a la casa y tocamos a la puerta. Salió una jovencita, diré de 15 o 16 años, la cual yo no conocía. Le pregunté por doña Blanca, y me dijo que estaba recostada, que si la necesitaba era mejor que volviera al siguiente día. Le manifesté que era urgente; además, agregué que yo era Alberto, Alberto Palermo, el hijo de doña Flor Elba, su mejor amiga. Me dijo que iba a decirle y que ya volvía.
Dos cosas me llamaron poderosamente la atención; la primera, que doña Blanca estuviera acostada tan temprano, apenas eran las 7 y 15, entonces consideré la posibilidad de que estuviera enferma; o por lo menos, algo indispuesta. La segunda, giraba en torno a quién era esa niña que nos había atendido, siendo yo su vecino de toda la vida, cómo era posible que jamás la hubiera visto. Camila permanecía expectante.
Al instante llegó hasta nosotros, una señora de edad muy avanzada, la cual tampoco yo conocía, calculo que tendría alrededor de 90 años.
-Buenas noches- le dije. Estoy buscando a la señora Blanca.
La anciana se quedó mirándome fijamente, como si no pudiera ver con claridad, y luego dirigió su mirada hacia Camila, con el mismo esfuerzo.
-Yo soy Blanca- me respondió con absoluta lucidez, mientras reparaba en quién la solicitaba a esta hora, en la puerta de su casa.
El corazón comenzó a palpitarme con gran rapidez, y parecía que se me iba a salir del pecho, empecé a sudar frío, como si me hubieran echado un balde de agua helada. Pasaron muchos segundos antes de que pudiera decir algo. Estaba atónito.
Tan sólo acaté a decirle que yo era Alberto, Alberto Palermo, el hijo de doña Flor Elba, su mejor amiga. Doña Blanca permanecía absorta. Pero noté que al nombrar a “doña Flor Elba”, de manera intempestiva un fulgurante rayo de luz se encendió en su rostro. Entonces intentó decirme algo, pero al notar lo particular de la escena, prefirió seguir callada; luego, me miró fijamente y como buscando algo en el lugar más recóndito de la memoria, me dijo:
-La única Flor Elba que he conocido, murió hace más de cuarenta años.
Yo sentía, que un monstruo enorme y voraz comenzaba a devorarme desde el interior de mi alma, y percibí que me desvanecía lenta y paulatinamente.
Al ver que yo era incapaz de pronunciar palabra alguna, Camila inquirió a la anciana sobre lo que había ocurrido con la señora Flor Elba.
-Flor Elba, se enfermó gravemente desde la desaparición de su hijo, el muchacho Albertico.
Y luego agregó:
-Ah pérdida tan extraña, la de ese muchacho.
Camila me observaba con sigilo, y en medio del desconcierto, se hizo partícipe de la situación más incómoda; aún proseguíamos instalados en la puerta de la casa de la señora, sin la posibilidad de poder entrar siquiera, al menos para sentarnos y que alguien nos brindara un vaso de agua con azúcar, para tratar de dilucidar toda esta locura, y descifrar el misterio más inexpugnable, que jamás alguien hubiera vivido.
Sabiendo que doña Blanca nunca iba a entender, que yo era el “Albertico”, que ella estaba nombrando, preferí no entrar en detalles, y le dije simplemente que nosotros éramos unos conocidos de la familia de Flor Elba, y que necesitábamos que ella nos diera alguna información al respecto.
Doña Blanca nos invitó a seguir, dejándonos en claro, que no había dónde sentarnos, y que en la sala no había luz, por lo que tendríamos que solventarnos con la penumbra de la puerta entreabierta. Camila, me hizo señas de que ya era muy tarde, y que quería llegar pronto a su casa porque estaba muy cansada. Entonces nos despedimos de doña Blanca con el compromiso de que yo volvería al siguiente día, para que me ampliara la información.
Ahora que había quedado confirmada mi teoría, surgía la mayor de las incertidumbres: ¿qué iba a ser de mi vida de ahora en adelante?
Por el momento, lo prioritario era saber dónde iba a dormir y qué iba a comer. Ya era de noche y tenía hambre. Camila me insinuó de muy buena manera que con todo gusto ella me hubiera invitado a su casa pero que vivía en un apartaestudio (vaya a saber qué es eso), y que por lo tanto le era completamente imposible acogerme. Pero me hizo un gran favor, me acompañó de nuevo hasta la clínica, y tras hablar con alguien, logró la aprobación para que me pudiera quedar allí, y recibir la alimentación básica.
Esa noche no pude dormir. Mil cosas pasaron por mi cabeza, y por más que trataba de encontrar una respuesta lógica a todo lo que me había sucedido, me era imposible hallarla. Aguardé con mucha expectativa que amaneciera pronto, para regresar a donde doña Blanca, y poder clarificar de esta manera, el tremendo enigma que me estaba consumiendo, no tanto porque fuera a encontrarle una solución inmediata a mi problema sino por saber qué habría sido de mi madre, y qué había ocurrido conmigo mismo.
Volví a la vetusta casa de doña Blanca, y esta vez pude percibir en toda su extensión, la pobreza que la azotaba; apenas podía recordar los aires de grandeza y suficiencia que se respiraban en esta casa en el pasado, o sea hace tres o cuatro días, que hasta yo mismo fui reprendido en alguna ocasión por sentarme en tan lujosos muebles, de la sala de tan prestante familia. Una prueba más de cuánto puede cambiar la vida, para bien o para mal.
Después de rectificar que en realidad yo era nieto de Alberto, el hijo de doña Flor Elba, se sintió más confiada y se dispuso a contarme cosas. Me enteré que la niña que vivía con ella, era su bisnieta, es decir era la nieta de Álvaro su hijo, el mismo que en la niñez jugaba fútbol conmigo. Álvaro había muerto y su hija, es decir la mamá de la niña, salía todas las mañanas a trabajar desde muy temprano, y regresaba en la noche. La niña había terminado su bachillerato, y ante la imposibilidad de seguir estudiando, debido a dificultades económicas, estaba cuidando de su bisabuela. Doña Blanca me contó cuándo, dónde y de qué había muerto mi madre, y donde fue enterrada. De igual manera, estuvo narrando durante más de una hora, con detalles que incluso yo desconocía, todo lo relacionado con mi extraña desaparición; y todo, absolutamente todo, coincidía con la versión que yo manejaba.
Regresé a la clínica a almorzar, era casi la una de la tarde, me encontré con Camila, y le conté todo lo que doña Blanca de había dicho, y agregué que según ella, mi cuerpo nunca fue encontrado, a pesar de haber excavado más de 25 metros. Ahora sólo me quedaba algo por hacer: buscar a Briceida.
Briceida vivía cerca al Palacio de Justicia. Le pedí a Camila que me acompañara a buscarla esa noche, pero como era un poco distante de la clínica, Camila me pidió que mejor fuéramos al siguiente día en la mañana, ya que era su día de descanso. A pesar, de mi afán desmedido, terminé comprendiendo a Camila, y coincidí en que mañana, sería un mejor día para ir a buscarla; entre tanto, aprovechando que comenzaba a entender la distribución geográfica de la ciudad, decidí que esa tarde iría hasta el lugar de mi trabajo, para buscar pistas que me permitieran comprender lo acaecido.
En la tarde fui notificado de que no podía continuar en la clínica. Mi alternativa fue ir hasta la fotografía y devolverme para esperar a Camila. No tenía ropa ni dinero, necesitaba bañarme y afeitarme. Estaba desesperado. Yo que estaba acostumbrado a no depender de nadie, ahora me hallaba a expensas de la buena voluntad de los demás, perdido en el laberinto del tiempo, y a 45 años de distancia de mi real existencia.
Bajé por la calle 36, aprendí a leer las direcciones tal y como Camila me lo había enseñado, la descubrí de nuevo. Vi la catedral, el parque, los almacenes, los edificios, era el centro de la ciudad. La de ahora, era una urbe moderna y portentosa que se mostraba rauda e imponente, me sentía como si hubiera acabado de llegar de un largo viaje, con la irreparable sensación de haberme perdido los enormes cambios que el desarrollo había traído en mi ausencia. Sentí la necesidad de entrar a la iglesia, y oré. En mi mente aparecieron mil recuerdos vividos en este recinto sagrado, entonces la hallé como una parte del ayer que me ataba al hoy. Desde lo más profundo de mi alma rogué a Dios Omnipotente, que me permitiera salir de esta encrucijada, que me diera la oportunidad de superar esta dificultad, que de alguna manera lograra encontrarle una explicación lógica a esta locura, y que finalmente pudiera regresar al pasado al cual pertenecía, para seguir disfrutado la presencia de mi madre, de mi novia, de mi trabajo y de mi vida.
Mientras me aproximaba al lugar de la fotografía, como era de esperarse, noté que esta ya no estaba. Había un espectacular y flamante local comercial de ropa y calzado. Pero unos metros antes de alcanzar la puerta de ingreso, me encontré de frente con la fuente de mi desgracia. Era el agujero de la desdicha. Las autoridades municipales lo habían encerrado y unos obreros trabajaban en su sellamiento. Me pareció muy pequeño y poco profundo. A uno de los trabajadores, le pregunté qué había sucedido allí, y me dijo que un joven había caído, pero que por fortuna no le había pasado nada grave. Sin haber resuelto nada en particular, y por el contrario, haber ahondado aún más todas mis inquietudes, decidí devolverme hasta la clínica para esperar a Camila.
Cuando ella salió le conté lo acontecido, y le pedí el favor de que me dejara quedar en su casa, solo por esa noche, le dije que necesitaba asearme, que mañana me iba a encontrar con Briceida, para contarle lo que me había pasado, y que de seguro todo volvería a la normalidad, y una corriente de energía positiva me invadió de repente, me ilusioné con la posibilidad de hallar un buen trabajo, que quizás hasta me pudiera convertir en una figura rampante de la fotografía, y que de esta manera pudiera ofrecerle a Briceida todo lo que siempre había soñado.
Tras reconocer, que era verdad lo de mi extravío en el tiempo, Camila accedió a permitirme descansar en su casa, con la condición de que sería únicamente por esa noche, y que al siguiente día, ella misma me ayudaría a encontrar una solución definitiva, bien fuera con lo de Briceida o con alguna colaboración por parte de la alcaldía.
Vivía en un apartamento muy pequeño, que tenía una sola alcoba, entonces fue cuando comprendí el concepto de apartaestudio. Pero todo estaba muy bien distribuido y organizado; reparé en que, de un aparato largo y blanco salía un aire frío que refrescaba el apartamento y me dijo que se llamaba aire acondicionado, lo cual me pareció increíblemente sofisticado, y ni qué decir de la nevera, la estufa, la lavadora, el televisor; además, me enseñó un instrumento negro de pantalla plana, más pequeño que un televisor pero con mil funciones más, elemento al que ella llamaba portátil.
Comí algo que ella llamaba “sánduche”, y tomé gaseosa, era lo que Camila había preparado para los dos, luego me bañe, y me cambié con una pantaloneta y una camiseta de Camila, y lavé la ropa que traía para que se secara para el otro día, entonces Camila me prestó el portátil para que conociera las profundas transformaciones que el mundo había vivido en todos sus aspectos, en los últimos 45 años, y quedé fascinado, advertí que en las actuales circunstancias, la vida era mucho más fácil y llegué a la conclusión de que en cualquier caso, todo tiempo pasado siempre fue peor.
Camila me acompañó por un par de horas pero después se fue a descansar, porque me dijo que mañana saldríamos temprano para ir hasta donde Briceida. Recuerdo que el alba me sorprendió en el insaciable deseo de saber y conocer más, y apenas pude descansar unos minutos antes de levantarme.
Temprano en la mañana, salimos para ir hasta donde Briceida. Antes de salir, Camila me brindó un desayuno de huevos fritos con jugo de naranja, huevos que me sabían diferente a los de mi época y un jugo que no había que preparar sino que ya venía preparado. Agradezco infinitamente a Camila todas sus atenciones. Mientras tomaba el desayuno vino a mi mente un pensamiento absurdo. Imaginaba que Camila y yo podríamos ser novios, ya que teníamos más o menos la misma edad, y la verdad me parecía una mujer muy bonita; ella tenía 27 años y yo supuestamente 23, aunque en la realidad, tenía 68 años, y cruzó entonces por mi mente, de manera inesperada, una idea grotesca: podría ser posible que Camila fuera mi hija o mi nieta, lo cual constituía no solamente una total locura, sino también mi inevitable caída hacia un precipicio oscuro y profundo que me conducía hasta el mismísimo infierno.
Pero pronto me reconforté en la latente posibilidad de encontrarme nuevamente con Briceida; que pudiera regresar al pasado, que todo volviera a la normalidad y que acabara de una vez por todas, este disparate. Fue cuando Camila, me dijo que ella sabía qué pudo haber ocurrido con mi vida.
Salimos a la calle, recuerdo perfectamente que era un día radiante, el sol brillaba en todo su esplendor y no aparecía una sola nube en el cielo. Noté que las casas y los establecimientos estaban adornados con el pabellón nacional, entonces pensé que se estaba celebrando alguna fiesta patria, o algo por el estilo, pregunté qué fecha era, Camila me dijo que era martes 27 de septiembre de 2016. Me sentí perdido, extraño, solitario, acabado.
Camila me dijo que hoy era un día de gloria para la nación y para el mundo entero. Con profunda alegría me contó que hoy se firmaba la paz entre el gobierno nacional y la insurgencia armada, que hoy se acababa la guerra, y unas tiernas lágrimas de felicidad, aguaron sus ojos, rodaron por sus mejillas, y me estremecieron el alma; quise abrazarla y celebrar con ella algo que no sabía en realidad, de qué se trataba.
Para ir hasta la dirección de Briceida, pasamos nuevamente por el agujero por donde me había caído, y descubrimos que ya había sido tapado por completo, no quedaba rastro alguno. De alguna manera, interpreté que había quedado atrapado para siempre en el futuro, que mi viaje de regreso estaba cancelado. Seguimos caminando, los televisores permanecían encendidos, el ambiente era de fiesta, la gente se saludaba de manera cordial, las personas se abrazaban con afecto. Aún sin entender el verdadero significado de la fiesta que se estaba viviendo, me sentía conmovido y estaba contagiado de optimismo y energía positiva. Mientras nos acercamos a la dirección señalada, Camila estuvo narrándome, los horrores de la guerra fratricida que llegaba su fin, guerra que había comenzado en mis tiempos, apenas unos días después de mi nacimiento, y que vea usted, terminaba con mi irrupción intempestiva en el futuro.
Camila me comentó que lo que me pudo haber sucedido, fue que al caer por aquel orificio, me hubiera resbalado por un agujero de gusano; es decir, por un atajo que une dos lugares del universo, separados por las variables del tiempo y el espacio, y este me hubiera arrojado a la época actual. Ante semejante definición, me sentí el hombre más ignorante del mundo, pero lo dijo con un convencimiento tal, que aunque para mí, fue lo más absurdo que escuchado en mi vida; para ella, toda esa locura era la única explicación posible al despropósito que yo estaba viviendo.
Finalmente llegamos a la dirección que estábamos buscando, y cuál no sería mi sorpresa al descubrir, que en toda esa manzana no había una sola casa, ahora en su lugar se erigía una enorme plazoleta, construida en nombre de un gran líder político inmolado de la región, con el ánimo de celebrar todo tipo de acontecimientos. En la plazoleta había dispuesta una pantalla gigante que transmitía en directo el acto de firma de la paz, era como un televisor gigante con un gran sonido, y cientos de personas alrededor, presenciando tan extraordinario acontecimiento.
Mientras todos los presentes se regocijaban de forma unánime con el fin de la guerra, yo me hundía en el abismo de la desesperación total. Y pensar que hacía apenas tres o cuatro días, me encontraba trabajando tranquilamente, disfrutando la compañía de mi madre y de mi novia, y que ahora estaba aquí, a 45 años de distancia, perdido en el inconmensurable océano del incierto destino que se había anticipado al normal transcurrir de mi existencia.
FIN
INFAMIA
INFAMIA
Desde un principio su familia supo que aquella niña iba a ser alguien muy especial. La llegada de la pequeña a este mundo ingrato se produjo entre el olor a sahumerio y los cantos gregorianos de un Viernes Santo en la tarde. Su llanto de recién nacida, retumbó entre los sermones y las procesiones que el pueblo creyente celebraba con tanta devoción en tan sagrada hora.
Como fuera concebida luego de una súplica incesante de sus padres a Dios, una vez nacida, decidieron consagrar su vida al señor Jesucristo, porque para ellos, el privilegio de sentirse padres sólo había sido posible bajo la intervención divina; por tanto, dedicaron todos sus esfuerzos a que la niña representara una manifestación auténtica de amor y de servicio.
Bautizada como Dios manda, antes de cumplir el año de vida, sobre la pila bautismal fue llamada Estela, en consideración a que su llegada fue como “una estela de la gracia divina”. Desde entonces, Estelita fue una niña tierna y dulce que se distinguió por ser muy aventajada en su desarrollo psicológico y a pesar de su corta edad, obediente en el cumplimiento de sus deberes y colaboradora en los quehaceres de la casa.
A medida que fue creciendo, fue dando muestras de su grandeza, ya en el desempeño académico, ya en el ámbito familiar, y pronto sintió la necesidad de vincularse a la iglesia, primero asistiendo al catecismo y luego como monaguilla en la celebración de la Santa Misa.
En su escuela fue una niña colmada de virtudes, ganó certámenes tan disímiles como el torneo de natación, las olimpiadas matemáticas, el concurso de ortografía, las ferias de la ciencia, alcanzó inclusive el título de princesa de la escuela y de personera estudiantil. Aclamada siempre como la mejor de las compañeras, y con un liderazgo natural tan sobresaliente, que todos los estamentos de la institución, la abordaban regularmente para conocer su opinión sobre algún tema específico. Todos sabían que podían contar incondicionalmente con ella.
A los doce años hizo la primera comunión. No quiso fiestas ni regalos. Su compromiso de ahí en adelante, fue servirle al señor Jesucristo a través del amor a los demás. Su único propósito fue entonces terminar pronto el bachillerato para vincularse como religiosa.
En su colegio fue una niña alegre, cordial, respetuosa, ejemplar. Dedicada por completo a sus estudios; pintaba, declamaba, jugaba voleibol, contaba cuentos, todo con gran versatilidad. Representaba a la institución en diferentes actividades y brillaba siempre con su actitud positiva. Contaba con el atributo especial de la persuasión a través de una oratoria fluida, respaldada en el conocimiento profundo de los temas de actualidad y de cultura general. Su tiempo lo distribuía de tal manera que le alcanzara para dedicarse a su verdadera pasión, el servicio a los demás y a la iglesia.
Una vez bachiller, se acercó a sus padres con el ánimo de manifestarles que quería ser religiosa. Dada la vocación cristiana de ellos y los antecedentes del nacimiento de la niña, no quisieron interponerse ante la decisión de Estelita sino que por el contrario, le mostraron todo su apoyo.
Afortunadamente para la jovencita, existía en el mismo pueblo una congregación religiosa femenina llamada “Las siervas de Cristo”, la cual poseía un afamado convento cerca del parque principal, lugar en el que se asentaban las hermanas para desarrollar sus actividades.
De esta manera, Estelita ingresó al monasterio. Sus padres la llevaron una tarde lluviosa de enero, convencidos de su absoluta vocación y de que en tan sólo dos años de formación ella alcanzaría su sueño, entonces ellos mismos vendrían para celebrar con ella su graduación como religiosa.
Más como nada de lo que tanto se programa termina por cumplirse, a los seis meses de haber Estelita ingresado al convento, su madre enfermó gravemente. Tras diversos análisis los médicos encontraron que la señora estaba invadida de un cáncer muy agresivo, llevándola a un estado terminal en poco tiempo. Finalmente unos días después de haber cumplido un año de estudios, y en medio de la congoja y el desconcierto, la jovencita y su padre, daban cristiana sepultura a la señora en el cementerio central.
Y como si eso no fuera poco, a raíz de la inesperada pérdida de su esposa, el padre de Estelita comenzó a padecer múltiples dolencias, originadas todas en la soledad repentina en la que su compañera de toda la vida lo había dejado, entre esas afecciones, una traicionera deficiencia inmunitaria, que lo fue doblegando hasta llevarlo a la tumba, unos días antes de cumplir un año de muerta su esposa.
Así las cosas, Estelita se halló de pronto sola de familia en este mundo, tan sólo contaba con la compañía de Dios y del señor Jesucristo, y de sus hermanas de fe. Su única familiar, una tía prima muy lejana, le aseveró frente al ataúd de su padre en plena velación “qué por qué Dios había sido tan duro con ella si ella había sido siempre tan buena”, la hermana Estela le recriminó duramente su procacidad, recriminándole con dureza:
-¡Apártate de mí, Satanás en forma de tía prima! Ni yo ni nadie, somos alguien para criticar la sagrada voluntad de Dios Omnipotente.
Luego de su doble padecimiento, finalmente Estelita se graduó de religiosa, el logro se produjo una tarde de diciembre, en la antesala de la navidad y lejos de ser como ella lo hubiera imaginado, el acontecimiento no pudo contar con la presencia de sus progenitores y sus sentimientos tuvieron que repartirse entre la alegría de servir a Dios, como siempre lo había soñado, y la nostalgia de no poder compartir con ellos el alcance de su éxito.
Desde entonces la hermana Estela fue el alma y la vida del convento, entregada siempre a la oración, complementaba su tiempo ayudando en las labores propias del recinto, preparaba los alimentos, hacía el aseo, lavaba la ropa, traía el mercado, además participaba del coro y enseñaba el catecismo a niñas y niños del sector. Pronto su entusiasmo contagiante y su energía desbordante se esparcieron en el convento y lo llenó de luz y alegría.
Luego, cuando la hermana Estela cubrió con su devoción toda la congregación, su carisma traspasó las paredes del lugar y trascendió hasta las fronteras del pueblo mismo, donde gracias a sus actividades de misericordia y de servicio alcanzó el reconocimiento invaluable de su trabajo.
Ahora la hermana Estela era solicitada a lo largo y ancho del poblado. Enseñaba religión católica en escuelas y colegios a través de una novedosa y acogedora didáctica, consolaba con su visita y su mensaje a los desvalidos, reconfortaba con su compañía y su oración a los enfermos, gracias a sus campañas entre los acomodados, recogía y entregaba mercados a los pobres y juguetes a los niños, dictaba charlas amenas a jóvenes con el fin de apartarlos de los problemas que los aquejaban, y como si esto no fuera poco, su escaso tiempo libre lo dedicaba al estudio y la práctica de la enfermería.
San Laureano, el municipio donde nació y creció la hermana Estela, está enclavado en una especie de valle de baja montaña, rodeado por dos ríos más o menos caudalosos, que lentamente se van a cercando a la población pero que al aproximarse vuelven a separarse de manera caprichosa para juntarse de manera definitiva aguas abajo, allí en el sitio del divorcio transitorio, aparece el promontorio de casas blancas y blancuzcas, nunca de colores ni de más de un piso, de clima ardiente pero con terribles aguaceros, de gente cordial y amable, de tierras fértiles y versátiles, de la catedral más grande del mundo porque nunca logra verse colmada, del parque principal que tiene más bancas que árboles. Si, este es San Laureano, donde la utopía y la distopía conviven a la perfección, y sus causas y consecuencias son hechos cotidianos que suceden sin el menor reparo.
Es precisamente esa posición privilegiada la fuente de su desdicha, porque aquella población que vista a lo lejos parece ser un pesebre y que en realidad debiera llamarse “Entre Ríos”, forjó una ubicación que le sirvió como caldo de cultivo para que organizaciones armadas ilegales de izquierda y de derecha, encontraran un asiento ideal desde el cual pudieran divisar el paisaje político, económico, social, cultural, ambiental y natural que los rodeaba, y cómo poderlo amoldar para favorecer sus intereses, convirtiendo sus tierras en un lugar propicio para prosperar.
Por considerar que aquellas actividades, vinieran de donde vinieran, ofendían a Dios, la hermana Estela las rechazaba de plano. También criticaba de manera implacable el accionar de esas organizaciones sin hacer ningún tipo de distinción y las enfrentaba ideológicamente a sabiendas de que eventualmente, su posición pudiera representarle dificultades; inclusive, llegó a proponer que las armas no debían estar en poder de la gente, y que su municipio era un territorio de paz, del cual debían salir todos los grupos armados ilegales y también los legales, incluida hasta la policía misma.
Un día una mujer de aspecto humilde y servicial, y cuyo rostro mostraba las inclemencias de una vida muy dura, se acercó hasta el convento con el ánimo de entrevistarse con la hermana Estela. La religiosa estaba lavando los platos del almuerzo cuando le avisaron que alguien la solicitaba con prontitud, y ella dejando temporalmente su oficio, salió presurosa a fin de poder atenderla. Una vez frente a frente, la mujer le dijo:
-Hermana Estela, tengo un compañero muy enfermo que requiere su ayuda. Nosotros sabemos que usted está estudiando enfermería y que tiene un corazón muy grande para ayudar al que lo necesita, si usted no nos ayuda el pobre hombre va a morir.
-Y, ¿quién es el hombre? ¿Qué le sucede? ¿Por qué no lo lleva al médico? ¿Por qué recurre a mí? - preguntó sorprendida la hermana Estela.
-Él me pidió que hablara con usted primero - respondió la mujer. Y luego agregó:
-Estudiaron la secundaria, se llama Julián, siempre la admiró mucho, y por esas cosas de la vida, decidió vincularse a la guerrilla. Ayer fue gravemente herido, en un bombardeo del ejército en la vereda “La Azufrada”, y francamente lo veo muy mal, creo que está al borde de la muerte.
La hermana quedó atónita, estaba desencajada, su rostro palidecía y había entrado en estado de choque. Tan sólo acató a decir que la esperara un momento que iba por su maleta, y que ya mismo partían al lugar. Terminó de asear la cocina y salieron pronto rumbo a “La Azufrada”.
Y no era para menos. Para la hermana Estela; Julián, a quien ahora conocían con el alias de “Freddy”, había sido siempre un muchacho ejemplar, y si en alguna ocasión la hoy religiosa hubiera optado por enamorarse, con total seguridad habría abrigado aquel sentimiento solamente por Julián; por tanto, más allá de cualquier diferencia política, ideológica o filosófica, o de cualquier otra consideración, por razones puramente de humanidad, debía prestarle la atención médica a un herido que la requería con urgencia.
Quedó impávida al encontrarse con el herido. No lograba entender de manera lógica, cómo aquel muchacho tierno con el que desarrollaba las tareas y compartía las clases hacía apenas unos años, hoy se hubiera convertido en un portentoso guerrillero, virtuoso en el manejo de las armas, dispuesto a dar la vida por la construcción de un mundo más justo para todos y que en ese desdibujado salpicar del destino ella estuviera a su lado, mientras parecía morirse en un lejano y agreste campamento, huyendo de los bombardeos inclementes de la fuerzas gubernamentales.
De inmediato emprendió el tratamiento médico, consideró que con la curación de la herida, antibióticos cada ocho horas, analgésicos cada seis, una alimentación adecuada, una atención esmerada, y rezando por él, Julián pronto podría recobrar la salud. Afortunadamente el muchacho era fuerte y la herida no había sido mortal. Aun así, la madre Estela tomó la decisión de permanecer dos días más en el campamento, cuidándole el sueño, preparándole los alimentos, tratándole la herida, suministrándole los medicamentos, pidiéndole a Dios por su salud, y haciendo lo necesario para tratar de convencerlo de que abandonara ese infierno en el que se hallaba inmerso, pero todo fue infructuoso, “Freddy” estaba fuertemente arraigado a sus ideales y los defendía con vehemencia.
Entonces partió. Se despidió de él convencida de que sería la última vez que lo vería en la vida. Y mientras bajaba las montañas notó como su carácter se fue destemplando, y un sentimiento romántico afloró intempestivamente en su interior, reparando en que aquella manifestación de altruismo era de cierta manera el ejemplo más grande de cristiandad, y que de cualquier forma, la decisión de su excompañero era entendible y debía aceptarla.
La sobrecogedora imagen de la hermana Estela regresando a su hogar natural después de la repentina ausencia, trajo a la comunidad la felicidad de contar nuevamente con ella, y sobre todo, de cuantificar y cualificar el verdadero valor de su incondicional aporte. A pesar de que habían sido sólo dos días sin su presencia, parecía como si al convento lo hubiera sorprendido una vejez prematura, adquiriendo en ciertos espacios, contornos lúgubres, que dibujaban en su interior los paisajes opacos de la tristeza y de la nostalgia. Su llegada puso todo en orden y la alegría volvió de nuevo.
No habían pasado ocho días de aquel acontecimiento cuando la desgracia, disfrazada de traje militar, tocó a las puertas de la congregación manchando a la hermana Estela, a la comunidad, al pueblo y al mundo entero con los tonos más infames de la vileza y la ruindad del ser humano.
Un grupo de paramilitares de ultraderecha que controlaban una de las montañas adyacentes, conoció a través de informantes a los que pagaban por traer información del pueblo, sobre la noble acción de la hermana Estela con su excompañero y la declaró objetivo militar por sus “evidentes vínculos con la guerrilla”, razón por la cual decidió darle un castigo que le sirviera de escarmiento a ella y a quien intentara repetir la afrenta.
16 hombres y 4 mujeres fuertemente armados, llegaron hasta el convento ubicado en un sector céntrico del municipio, a la luz del día, a dos cuadras del cuartel general de policía y de la alcaldía, del parque principal y de la catedral, y nadie vio ni oyó nada. Tocaron a la puerta y al entreabrir la hermana que servía en la portería, la empujaron con fuerza y se metieron como perro por su casa, reunieron a toda la comunidad en el patio central, atemorizando a las religiosas con un discurso cargado de odio y venganza, de improperios y vulgaridades, y pidiéndole a la hermana Blanca, la Madre Superiora del convento, que entregara a la hermana Estela, la cual, según ellos, había cometido una falta grave contra los principios cristianos y contra el pueblo entero.
La hermana Estela, dio un paso adelante acercándose a una de las mujeres y recriminando al grupo por su entrada violenta al recinto. Un hombre bajito y barrigón, peludo pero calvo, quien fungía como líder del grupo la requirió, intimidándola con palabras soeces y actitud desafiante:
-¿Y quién es usted?- preguntó él con desprecio.
-¡Yo soy Estela!- respondió ella con decisión.
-Si estamos aquí, es por culpa suya- agregó el bribón.
-Yo no he hecho nada malo, pero si tienen que decirme algo, díganmelo a mí misma y yo daré mis razones, pero no tienen ningún derecho de someter a mis hermanas a todos sus vejámenes, irrespetando además esta casa sagrada donde vive el Señor- ripostó la hermana.
-Además alzada, la bellaca- aseveró el calvo, manoseándole el rostro a la hermana de manera abrupta.
-¡Insolente!- exclamó la hermana, sembrándole una bofetada de refleja inspiración, por atrevido.
De inmediato comenzó el infierno. Las 4 mujeres del grupo, detuvieron con violencia a las hermanas de la congregación, en tanto que los 16 hombres, de manera escabrosa comenzaron a desnudar a la hermana Estela, la madre Blanca, profería gritos de rechazo mientras intentaba zafarse para auxiliar a la hermana Estela, las otras hermanas la secundaban en su propósito con similar actitud, pero todo era caos, las mujeres comenzaron entonces a golpear a puños y patadas a las hermanas, para lograr dominarlas y que los forajidos pudieran cumplir su objetivo.
Pero peor suplicio estaba padeciendo la hermana Estela, al ver que querían despojarla de sus vestidos, intentaba defenderse como gato patas arriba, arañando, rasguñando, manoteando y mordiendo, pero como vieran que era indomable intentando preservar su honor, uno de los rufianes le dio un fuerte golpe en la cabeza, con el fusil, descalabrándola y dejándola además inconsciente. Una vez desnuda y sometida, los 16 hombres, fueron uno a uno abusando sexualmente de ella. Si es difícil describir las dantesca escena como sería presenciar tan execrable espectáculo, que 16 paramilitares fuertemente armados, estuvieran violando sin aspavientos a una joven religiosa indefensa en el patio central de un convento y a la vista de las demás religiosas de la congregación y de sus 4 compañeras de fechorías, mientras afuera nadie se daba por entendido de semejante esperpento.
Cuando terminaron, se vistieron y salieron. Se fueron riendo como si nada, y el calvo, con repugnante ademán, se masajeaba la barriga como dando a entender a sus secuaces, que “había estado muy buena la comida” y se carcajeaban de forma estrepitosa y vulgar.
En el interior entre tanto la confusión era general. Las religiosas, corrieron a auxiliar a la hermana Estela, mientras trataban de asimilar que el horrendo panorama era real, y que la hermana Estela se hallaba tirada en el piso, emanando sangre por su cuerpo: un chorro que salía de su cabeza, y un hilo que escapaba tímidamente entre sus piernas como prueba indudable de su virginidad. De repente, a lo lejos se oyó una sirena y apareció una patrulla de la policía que recogió a la herida y la llevó al hospital. Las autoridades, los medios de comunicación y una brigada de curiosos rodearon el convento para comentar el alcance de la barbarie, rumorando mil versiones sobre el verdadero origen de tan grotesca imagen.
La noticia se regó como pólvora por el municipio, y pronto trascendió también al departamento, al país y al mundo entero, reseñando a través de los medios, el brutal acontecimiento con irracional sensacionalismo y criticando el acto de provocación de la religiosa al visitar el campamento rebelde.
La hermana Estela estuvo por aquellos días a punto de morir, física y espiritualmente, pero se reconfortó en la idea de justicia y de perdón de Dios Omnipotente, y logró recuperarse paulatinamente. Su fortaleza le alcanzó hasta para abrigar una tenue luz de esperanza en que todo podría ser mejor, y una misteriosa e inexplicable ola de optimismo la invadió poderosamente. Pero lo peor estaba por venir.
Como demostración irrefutable de cuánto puede cambiar la vida de una persona en un instante, al mes de aquel infausto suceso, la hermana Estela se hallaba inmersa en una situación espantosa. Tras diversas pruebas médicas, se pudo confirmar que por efecto de la violación había quedado embarazada, ante semejante condición la madre superiora optó por despedirla de su vida religiosa, predicando que era imposible servir al señor como religiosa siendo madre, y que más bien debía buscar al padre del bebé para sellar esa unión ante los ojos de Dios. La hermana Estela quedó absorta ante tan terrible designio y sintió que un monstruo grande y furioso la devoraba desde el interior de su alma.
Pero había otra opción: abortar. La hermana Estela se encontró entonces en medio de una inmensa disyuntiva, o tenía su hijo y le decía adiós al servicio del señor Jesucristo, o abortaba, violando la ley sagrada que ella como cristiana tantas veces había defendido.
De pronto una nueva Estela, rebelde e inflexible, brotó de su interior y decidió que era imposible aceptar un hijo que no fuera producto del amor genuino sino de la más grande infamia que jamás hubiera presenciado el género humano. Y que como fuera inevitable que esta decisión trajera numerosas consecuencias, entre ellas la de ser expulsada de la vida religiosa, lo cual fue desde siempre su más grande anhelo, optó por abortar.
Entonces con sus únicos ahorros, partió hasta el pueblo más cercano, visitó al médico que practicaba este tipo de procedimientos y lo convenció para que la ayudara, y una vez liberada de su martirio, buscó a Julián y le pidió que la dejara acompañarlo en su propósito, el cual era la lucha revolucionaria.
Desde entonces desapareció la dulce hermana Estela, en su remplazo, una mujer aguerrida y sin compasión alguna, tomó las armas y se hizo rebelde. Su primer acto fue tomar prisioneros a los 16 hombres que la violaron y a las 4 mujeres que los secundaron, para bajarlos hasta el parque principal, y ante el pueblo allí reunido, ella misma con un fusil de asalto AK-47, con su boina negra mal acomodada, su traje militar de camuflaje pictórico, sus cananas entrecruzadas en el pecho, y su rostro entristecido, los fusiló uno a uno, empezando con las mujeres y acabando con el calvo que labró su desgracia.
FIN
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