martes, 15 de marzo de 2022
KAHVÉ
KAHVÉ
En las lejanas tierras americanas, habitaba una tribu de hombres y mujeres de bravía condición; eximios trabajadores, magníficos exponentes de la noble raza Amerindia. Era una tribu elegida. Derretidos en el sopor del estío eterno, los yaganeses habían establecido un sistema de convivencia con la naturaleza tan perfecto, que los radicales cambios climáticos se sucedían sólo bajo su consentimiento, y a pesar de la fogosidad del ambiente, la fertilidad de sus tierras, parecía un prodigio apenas imaginable.
La magnificencia de su economía, contrastaba con la debilidad de su organización política, cuyo poder absoluto reposaba en manos de Yaití, amo supremo de todo lo increado, fundador único de su mundo y prominente representante de la legión divina en la tierra, su venerabilidad no conocía fronteras.
Era Yaití un anciano decrépito, que en los últimos tiempos, optó por especializarse en el arte de no escuchar para no someter a debate ninguna de sus decisiones. Se había convertido en el tirano perfecto.
Pero su ambiciosa alma habitaba en un enfermizo cuerpo, que día a día, y en clara lucha con su opositor interno, se agotaba más y más, hasta llegar al lacónico momento en que el inerme dictaba sus órdenes desde el mismo lecho, y ya casi agónico, su mandato era tan claro como su triste final. La infrangible ley de la madre naturaleza depositaba su grano de arena en la inmisericorde playa de lo inevitable.
A pesar de tanta suficiencia, asaltó entonces a los miembros de la tribu una latente incertidumbre:
¿Ante su muerte, quién remplazaría a Yaití? Pero la eminente sabiduría del jefe ya aseguraba una respuesta clara. Según el sagrado código de leyes por él mismo establecido, una vez muerto, sería remplazado por su esposa, pero al no existir esta (como era el caso), heredaría su trono, su hijo mayor (fuese hombre o mujer). Ante esta medida, Yaití obtuvo el favor de sus descendientes, al ver así la constitución de una sociedad esencialmente igualitaria en derechos y deberes tanto para hombres como para mujeres.
La particularidad del hecho radicaba en que Yaití no tenía un hijo mayor sino dos: un hijo y una hija. Efectivamente Kadí y Verá habían nacido en un mismo parto cuya débil madre no pudo resistir, una lejana tarde de llovizna veraniega en la que la canícula y los diminutos corpúsculos cósmicos pintaban un paisaje prehistórico.
Así, nunca se supo a ciencia cierta quién fue primero; Sin embargo, a pesar de su obligada gemelitud, sus caracteres eran estrictamente antagónicos, y así crecieron, estableciendo un complemento ideal: la una tenía lo que al otro le hacía falta.
Cuando su padre no pudo soportar su holgada senectud y se entregó a la otra vida, para cumplir con un displicente parágrafo en el cual se incitaba al futuro rey a contraer nupcias, si quería ser investido, Kadí y Verá se casaron ante una tribu atónita que discutía sin bases legales la inconstitucionalidad de tal disposición, debido a su parentesco.
Para entonces, los jóvenes contaban con dieciocho soles (años) y radiantes de una mágica transparencia, no alcanzaban a comprender el significado completo del magno acontecimiento; llegar al trono y reposar sus blandos glúteos en los sillines dorados del palacio era sinónimo de poseerlo todo, los límites de su autoridad no tenían fronteras, la línea que dividía lo real de lo fantástico había desaparecido.
La ceremonia de la trágica desaparición de Yaití demoró una luna (un mes) y sólo llegó a término con la boda de sus hijos. Así, la tristeza de la vejez final fue depuesta por la alegría de la adolescencia fresca. La tribu terminó aceptando la acción sin reparos y pronto se sintió plenamente reconfortada.
El cambio fue inmediato, de un leve salto se pasó del sótano de una sociedad febril que todo lo demeritaba, al ático de una comunidad jovial que todo lo apreciaba, la participación popular en los aspectos cotidianos se hacía evidente, se abría camino en la tribu yaganés un nuevo estilo de vida, había nacido una rara forma de gobierno que más tarde se llamaría “Democracia”.
No obstante su notable progreso, la renovada tribu, reconocida por su intransigencia en cosas triviales, vivió su primera gran crisis al final del primer sol del nuevo gobierno; si en ese preciso momento la pareja real desapareciera, la tribu quedaría sin un líder, estaría entonces a la deriva pues no existía un heredero natural legalmente establecido, ante tal situación, Kadí y Verá se dieron a la tarea de dar a la comunidad su futuro rey, pero luego de tres soles, sintieron que sus esfuerzos eran infructuosos, recurrieron a la sabiduría del supremo consejo de ancianos, un grupo de diez eruditos que guardaban en su pensamiento todo el conocimiento necesario para solucionar los más intrincados problemas pero tras profundos estudios, el consejo de sabios llegó a la conclusión de que la pareja real era estéril y jamás podría engendrar un hijo.
Sin embargo, las explicaciones dadas por el consejo en el sentido de que esa era una sabia decisión de la madre naturaleza, no fueron suficientemente convincentes y la pareja optó por una vehemente disposición para alcanzar su objetivo.
De inmediato conformaron comités especiales que cumplirían ciertas parafernalias predeterminadas, y que tras complejos procesos biológicos, psicológicos y hasta religiosos, lograron romper el sigilo una remota mañana tibia en la que ante una improvisada asamblea general, los reyes anunciaron felizmente que muy pronto serían padres. De nuevo la naturaleza había cumplido las órdenes de la tribu yaganés.
La concepción misma del nuevo príncipe fue particularmente singular, puesto que el embarazo de sólo seis lunas trajo al mundo un hermoso niño perfectamente estructurado, inclusive con dimensiones aún superiores a cualquier otro niño; de hecho, los acontecimientos que rodearon el nacimiento del nuevo ser fueron desconcertantes y contradictorios, y seguramente habían de señalar el inicio de la decadencia de la cultura yaganés.
Cerca de la media noche la comunidad fue sorprendida por el inesperado llanto de un niño incólume, de inmediato comenzó a amanecer, y para mayor desconsuelo, ese día no tuvo ocaso. A partir de ese suceso se dio inicio a una nueva era, desde aquel instante el típico clima se transformó en un entorno muy irregular que con el paso de los días, labró un suelo en franco detrimento, la erosión fue apareciendo como un fantasma renegado y la otrora fértil tierra yaganés terminó por convertirse en un piso árido que rara vez daba algún producto mutante o tóxico; ante tal giro, la tribu yaganés se vio entonces obligada a cambiar el eje de la economía, sin encontrar nunca una actividad que los condujera por el camino de la balanza comercial.
En verdad se podía constatar que tras la llegada del nuevo soberano se respiraba otro aire en la aldea. El ambiente era mucho más apacible pero nostálgico. El niño en honor a su nacimiento recibió tantos regalos, como habitantes tenía la tribu, todos perfectamente conocidos y reconocidos, tan sólo uno, no se pudo comprobar jamás con exactitud, ni de qué se trataba ni quién lo había entregado, era un extraño collar de pepas rojas, que producía un delicado aroma a paraíso y que el niño conservó desde el primer día de su vida hasta el último, dando a la aldea un olor característico, que imprimía una ola de sobriedad a cada actitud yaganés.
Para dar nombre al príncipe, sus padres recurrieron a un intricado procedimiento gramatical, cada uno de ellos aportó las primeras sílabas de sus respectivos nombres, entonces de Kadí salió “Ka” y de Verá salió “Ve”, las dos silabas fueron unidas por una conjunción que en su dialecto se representaba como una “H”.
Desde entonces se llamó “Kahvé”, a un pequeño monarca, amo absoluto de lo finito e infinito; avasallador, suntuoso e imponente, que escondía tras su personalidad una inverosímil combinación de magia, virtud, admiración, grandeza y sabiduría que contrastaba con el nuevo aciago ímpetu de la sociedad yaganés.
En los soles siguientes Kahvé, había de convertirse en el eje central de la tribu, todo giraba alrededor de él, desempeñaba a la vez tantas y tan diferentes actividades, que no era difícil encontrarlo al mismo tiempo en lugares distintos; sin embargo, la tarea que realizaba con más regularidad y empeño, era internarse cerca de un pequeño embalse en donde la tribu practicaba la pesca como medio de subsistencia, y allí realizaba una especie de meditación trascendental, que estimulaba frenéticamente la producción de peces, aún fuera de época. La pesca terminó entonces por constituirse en la base de la alimentación, de la economía y de la vida yaganés.
Ese fue el primer prodigio de Kahvé, el que le sirvió para crear fama de ser un hombre muy diferente para ser yaganés, solía ser tranquilo en momentos de angustia y ansioso en momentos de sosiego, poseía también una extraordinaria inteligencia que lo llevaba a descifrar en una fracción de tiempo, un intricado problema eterno, lucía versado en temas científicos e intelectuales; virtud que le hacía aplicar la lógica para atender pronósticos inexpugnables, después de divagar por todos los aspectos del conocimiento, terminó elaborando un nuevo calendario integrado de perfecta división temporal, un código legislativo de magnifica igualdad social, un sistema político y económico cuyo principal énfasis era la asistencia del estado a cada uno de los individuos, engendró una sofisticada filosofía de la cual nacieron dos nuevos principios en la cultura yaganés: educación y salud, logró la adecuación de las tierras para sentar las bases de una futura agricultura y ganadería en serie y de una eventual explotación de recursos energéticos que él suponía se escondían en lo más profundo de sus suelos, ingenió una serie de instrumentos meteorológicos, con los cuales provocaba el movimiento de las nubes hacía sitios previamente destinados con el fin de obtener lluvia, fundó una teoría de la forma y la figura y de su expresión como medio para elevar el espíritu, manifestación a la que denominó “Arte”.
Como fueron tantas cosas hechas por Kahvé, los yaganeses pronto descubrieron que alrededor suyo no faltaba nada más por hacer, entonces miraron al cielo y sostuvieron comunicación con civilizaciones interestelares, poniendo al servicio propio sus avances tecnológicos, establecieron los fundamentos de la astronomía y por medio de las matemáticas dieron rienda suelta a sus sueños de pertenecer a un mundo de perfección.
Allí, en esa utopía, Kahvé fue sorprendido por la realidad de unos padres ajenos, que más que a un futuro rey, lo que veían en su hijo era a un extraño con visos de agitador político, que pronto desestabilizaría la concertada organización de la tribu, se arrepintieron de su desmedido afán por traerlo al mundo, y dejaron entrever el “desorden mental” de su hijo, como una consecuencia natural de la incestuosa relación biológica que habían sostenido, reconocieron como ciertas las apreciaciones del consejo de ancianos y recurrieron a él con un propósito perfectamente claro: “era necesario quitarle la vida a Kahvé”. El consejo estaba completamente de acuerdo con tal disposición, como única medida para restablecer el orden en el seno de la comunidad yaganés.
Sólo el más viejo del consejo fue capaz de contradecir la sacra decisión con un argumento tan sólido para él mismo como exiguo para sus opositores: “No podemos atentar contra Kahvé, a menos que deseemos desaparecer de la faz de la tierra; Kahvé es la última reencarnación de un príncipe inmortal, amo absoluto de lejanas tierras abisinias donde se supone nació el mundo, su misión es llegar a todos los rincones del planeta, ahora mismo viene desde el imperio otomano”.
El anciano fue callado súbitamente y repudiado en público por “blasfemo”, aunque nunca su apreciación trascendió fuera del interior del consejo; de esta manera, se concretó con sus padres el veredicto y su inmediato cumplimiento: “Kahvé debía morir si la cultura yaganés quería seguir viviendo”.
La disposición de tal mandato suponía la ejecución de una coartada perfecta y había de señalar el golpe final para la otrora magna tribu.
Así decía un antiguo documento encontrado en fértiles tierras de Sudamérica, escrito al parecer por un descendiente yaganés:
“Cuando Kahvé cumplió quince soles, según una disposición real, debía hacer su presentación como príncipe ante los dioses que regían la tribu; para tal fin, nuestros antepasados escogieron un remoto paraje de niebla que tenía como punto culminante, la cima de un imponente cerro. Como únicos testigos actuarían los delegados del supremo consejo de ancianos; así Kahvé, debía despojarse de su investidura humana, para entrar a la legión divina.
La tribu entera en cabeza de los reyes fue la encargada mediante un sencillo homenaje de dar la despedida a Kahvé, quien iniciaba el recorrido resguardado en el centro del grupo por los delegados.
Lucía un fulgurante traje dorado y portaba aún su característico collar de pepas rojas, tersas y blandas, que expelían un suave aroma a paraíso y del cual nunca se conoció su origen.
Desde el momento mismo en que el grupo dobló la última curva y no se observó más, invadió a la aldea un extraño olor, por cierto delicioso, pero que trajo una ola de intranquilidad a la tribu. Era el fragor de la tierra mojada, señal inequívoca de que algo inesperado estaba por suceder.
A medida que la comitiva se acercaba al sitio convenido, la temperatura ambiental fue descendiendo a niveles extremos, y donde antes parecía un desierto ahora parecía un páramo, el cielo se tiñó de gris oscuro y de repente estalló un terrible aguacero que parecía una réplica del diluvio universal.
Ya en la cima de la montaña; Kahvé rasgó sus vestidos, el grupo de delegados se hizo a un lado, pero cuando Kahvé completamente desnudo, con su típico collar alzó los brazos al cielo, una estampida apocalíptica lo arrasó y sucedió lo impensable, que una centella indómita lo arrebató del planeta. Por los poros de la tierra se iba la esencia de su ser, lo último que se vio de él fue un líquido tinto oscuro que se escapaba por las profundidades subterráneas, ese hilo de sangre era la única prueba de que Kahvé hubiese existido una vez.
Los delegados estupefactos, observaron como por la misma abertura brotaba una prodigiosa planta de hermosas pepas rojas, tersas y blandas que expelían un suave aroma a paraíso. Era el aroma a Kahvé, se escuchó decir”.
Desde entonces me dediqué al estudio de aquella cultura, la de mis ancestros y me enteré que el nombre de aquel príncipe pasó del dialecto yaganés a nuestro idioma con el nombre de CAFÉ, supe que el sitio donde ocurrió el sobrenatural acontecimiento, está ubicado en una amplia región de la actual Sudamérica, que la preservación de aquella planta por medio de su cultivo se ha convertido en todo un arte y un orgullo, porque produce una bebida tan deliciosa que ha conquistado los paladares más exquisitos.
Impactado por tanta fantasía, desperté entonces una mañana sobresaltado, un extraño sueño me había incomodado, de repente la puerta se abrió y un profundo olor a café, invadió mis sentidos, penetró por mis poros y me estremeció el alma. Era la esencia del placer que desde el cielo había llegado para quedarse conmigo por siempre.
No podía creerlo. Parecía una utopía. La cabeza me daba vueltas y tenía la impresión de estar viviendo una escena mágica. La relación tiempo y espacio surgía como una variable de difícil pronóstico, y un viaje a través del tiempo se hacía inminente. Frente a mí, una invencible taza de café se rendía a mi voluntad, flotando por los contornos de la felicidad absoluta, dominaba mis ideas y sentenciaba el inicio de un maravilloso día que Dios me daba como regalo. Vi entonces perfectamente revelada, la figura de un príncipe de traje dorado y un collar de pepas rojas, que sonreía sutilmente a través de mi ventana.
FIN
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