martes, 1 de marzo de 2022
KAABA
KAABA
El planeta más fascinante fue Kaaba. Era un planeta que giraba alrededor de una estrella de tamaño semejante al sol llamada Fátima la cual se hallaba en la constelación de piscis en una espectacular galaxia denominada deliberadamente: La Vía Láctea.
Diré que, en términos generales, Kaaba era muy similar al planeta tierra, aunque de tamaño ligeramente más grande. Ocupaba el cuarto lugar en distancia a su estrella madre y antes de su actual denominación había recibido el nombre de Fátima 2012 d.
El sistema solar de Fátima había sido finalmente descubierto tras largas observaciones por un grupo especializado de científicos del Observatorio Astronómico de la Unión Árabe, de ahí el nombre de la estrella y de ahí el nombre del planeta.
Las temperaturas ambientales de Kaaba oscilaban entre menos cuarenta y más cuarenta grados centígrados. Tenía estaciones, placas tectónicas, atmósfera, hidrósfera, litósfera y biósfera, y con todos estos elementos, por supuesto albergaba vida inteligente.
Cabe aclarar que su día duraba 24 horas, 12 minutos, 06 segundos y su año 360 días, 00 horas, 06 minutos, 12 segundos. Además, alrededor de Kaaba circundaban dos lunas bautizadas por sus descubridores como La Meca y Medina. Su cielo era de color violeta.
Su diámetro ecuatorial era de 8.642 kilómetros y su diámetro polar era de 8.624 kilómetros, la inclinación de su eje era de 24 grados, 20 minutos, 16 segundos y su densidad era de 1.1 veces la terrestre. En total, el sistema solar tenía diez planetas y alrededor de cien lunas.
Pero más allá de su configuración física lo que más me sorprendía era su organización social. En el planeta convivían diez razas diferentes, según la coloración de su piel: los naranja, los limón, los violeta, los rojos, los azules, los amarillos, los lila, los crema, los celestes y los rosados. Lo interesante era que las diez razas se encontraban distribuidas a lo largo de los diez países que existían en un único supercontinente. El planeta tenía una población aproximada de mil millones de habitantes; es decir, nuestro planeta tierra era más pequeño, pero tenía ocho veces más población.
Aquel supercontinente se encontraba rodeado por una masa de agua salada al que denominaban: “Océano”. Y en el centro del supercontinente se hallaba una masa de agua dulce a la que llamaban: “Lago”. Los países estaban cuidadosamente divididos de tal forma que todos tuvieran el mismo acceso tanto al océano como al lago, ya que del océano obtenían las criaturas de origen animal que les proporcionaban el alimento sólido, mientras que del lago obtenían las criaturas de origen vegetal que les proporcionaban el alimento líquido.
La energía la obtenían en su totalidad de la luz solar que su estrella madre producía constantemente, ya que no manejaban combustibles fósiles de origen animal ni vegetal, ni tampoco procesaban ningún tipo de energía artificial que atentara contra su medio ambiente.
Su modo de reproducción era completamente diferente. El hombre y la mujer se unían íntimamente las veces necesarias para alcanzar la medida exacta de amor con la cual se fecundaba un niño o una niña, según lo que quisieran engendrar. Su embarazo duraba un año y el producto de la gestación era cargado por periodos, por ambos progenitores de acuerdo con una tabla biológica previamente establecida. No siempre que había sexo había embarazo, el número máximo de embarazos era uno o dos. Gracias a este eficaz método no existía la explosión demográfica.
El embarazo duraba exactamente un año porque la nueva vida emergía en el momento exacto en que alcanzaba la misma posición sideral de su fecundación. El bebé nacía de su madre midiendo en promedio un decímetro y ella lo alimentaba durante casi seis meses. Tanto hombres como mujeres disponían de una única edad fértil que estaba comprendida entre los veinte y los cuarenta años, ni antes ni después.
En Kaaba las personas nacían con una cápsula biológica rica en estructuras celulares de restauración que cubrían cualquier deficiencia en el organismo, por esa razón no padecían enfermedades, y si sufrían algún accidente, con rapidez la cápsula se activaba corrigiendo las daños; sin embargo, la cápsula sólo tenía una duración de veinte años, y se podía recargar hasta tres veces, los habitantes de Kaaba sabían de antemano que solamente vivirían hasta los ochenta años, y para qué más, si esa era una existencia plena más que suficiente, que no merecía prolongarse más allá.
El año estaba repartido en doce meses, cada uno de treinta días. De ahí salían los 360 días que componían el año. A diferencia de la tierra, no existían los años bisiestos y los meses eran rigurosamente iguales en el número de días. A su vez, el mes se dividía en seis semanas, cada una de cinco días. El quinto día de cada semana era de descanso. No existían los festivos. El día se dividía en cuatro partes de seis horas: una para trabajar, una para estudiar, una para la familia y una para el descanso. Nadie destinaba más tiempo de lo establecido para cada actividad.
A pesar de que la imagen corporal de los habitantes de Kaaba era muy similar a la de los humanos, poseían algunas diferencias notables. Sus sistemas y aparatos también eran diez: reproductivo, digestivo, respiratorio, circulatorio, urinario, óseo, muscular, nervioso, metabólico, inmunológico. Pero sus sentidos estaban mucho más especializados y en total eran seis: la vista, el oído, el gusto, el olfato, el tacto y el aura. Este último, era el sentido de la percepción extrasensorial, que les permitía alcanzar una experiencia espiritual maravillosa. Sus dos principales órganos, el corazón y el cerebro estaban extraordinariamente desarrollados. Su sangre o líquido vital era de color blanco. No poseían pelo ni uñas.
Quienes habitaban este hermoso planeta siempre vivían felices. A pesar de tantas diferencias entre sí, el grado de aceptación, tolerancia, respeto y consideración por los demás era tan alto que la vida transcurría en medio de un ambiente tranquilo, de convivencia absoluta y de paz integral. La vanidad, la ambición, la envidia y el odio no existían, y como no había necesidad de tener más ni la posibilidad de tener menos, los recursos físicos y materiales eran suficientes para todos, y se encontraban equitativamente distribuidos. No había ricos ni pobres.
Afortunadamente, además de los diez países y las diez razas disponían también de diez credos religiosos, diez partidos políticos, diez doctrinas filosóficas y diez lenguas nacionales, aspectos a los que cada quien podía pertenecer sin ningún tipo de discriminación, ya que ninguno de esos referentes prevalecía sobre otro. Nadie intentaba dominar a nadie y las fronteras no existían ni siquiera como líneas imaginarias. En todos los países convivían todas las razas, se practicaban todos los credos, se aceptaban todos los partidos, se respetaban todas las doctrinas y se hablaban todas las lenguas. Los dos sexos representaban el mismo valor y todas las expresiones culturales eran igualmente importantes.
No había un presidente. El encargado de administrar el planeta era un cuerpo colegiado, compuesto por varios miembros, elegidos al azar por cada uno de los diferentes aspectos que conformaban la sociedad y cuya única misión era la de propiciar el progreso de todos, sin interesarse en el beneficio particular sino en el bien común. El estado proveía educación, salud, vivienda, transporte, trabajo y bienestar. La solidaridad y la fraternidad eran los valores supremos de aquella civilización enclavada en un lejano rincón del universo.
Sin embargo, esta comunidad no siempre fue así. Antes de alcanzar este grado de madurez, tuvo que sufrir el rigor de las guerras, los desastres, los accidentes, las enfermedades, el dolor y la muerte. Pero un buen día, aun cuando era temprano, decidieron cambiar. Primero corrigieron los defectos de su condición social y allí advirtieron que también podían corregir los defectos de su condición natural, entonces recibieron el beneplácito de una vida verdaderamente agradable, sin las banalidades de su anterior y presuntuosa existencia, que los había llevado casi a la extinción total y definitiva. Esta recuperación fue el producto de la construcción firme y decidida del nuevo habitante del planeta Kaaba.
Fui recibido como un héroe. Compartieron conmigo un momento de diálogo y en la grandeza de un detalle rutinario encontré la recompensa de una vida apacible. Sentí envidia. Soñé que un mundo así era posible en el planeta azul del cual yo provenía. Entonces decidí regresar a la Tierra. No intentaron detenerme, no quisieron experimentar conmigo, no me obligaron a hacer nada que no quisiera hacer, ni procuraron matarme.
De pronto me encontré nuevamente en la Tierra. Entre la nostalgia de estar allá y la esperanza de hallarme aquí, reflexioné ante la posibilidad de que mi planeta se convirtiera en una nueva Kaaba. Para empezar, hice un recuento cuantitativo de nuestro planeta. La tierra tenía menor tamaño que Kaaba, pero estaba ocho veces más poblada. Había 200 naciones y 6.000 lenguas, 6 razas y 600 pueblos, 1.000 credos religiosos y 1.000 doctrinas filosóficas, 1.000 partidos políticos y 1.000 expresiones culturales. Además, existían casi 8.000 enfermedades y más de 10.000 formas diferentes de perder la vida. Existía la discriminación en razón a su condición de género, étnica, política, económica, social, cultural, religiosa, filosófica, sexual y de edad. Los hombres y las mujeres guardaban en su corazón grandes proporciones de rencor, odio, egoísmo, envidia, ambición y vanidad.
El mío era un mundo al borde del colapso total. Cualquier intento de transformación no sería fácil. No había suficientes recursos y los existentes estaban en pocas manos. El hambre, la miseria, el desprecio y el dolor abundaban por todas partes. Pero lo peor de todo era la guerra, todos los días estallaban guerras por diferentes motivos en cualquier lugar. Y pensar que en Kaaba ni siquiera conocían el significado de esa dolorosa palabra.
A pesar de ser similares físicamente, comprendí cuán grandes diferencias separaban a estos dos planetas. Pero, aun así, pensé que sería hermoso hacer un alto en el camino y comenzar de nuevo. Qué bello fue imaginar que esto que aquí no era más que una fantástica utopía, allá era una auténtica realidad. Lo distinto radicaba en soñar que un mundo mejor era perfectamente posible.
Pero qué pecado y qué delito tan grande fue pensar que todo podía ser diferente. Para personas como yo este mundo estaba prohibido. Entonces intentaron detenerme, quisieron experimentar conmigo, me obligaron a hacer todo cuanto no quería hacer y finalmente procuraron matarme. Todo para que me quedara bien claro que este planeta tenía que seguir siendo como siempre había sido y que así seguiría por los siglos de los siglos.
FIN
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario