martes, 22 de febrero de 2022

INFAMIA

INFAMIA Desde un principio su familia supo que aquella niña iba a ser alguien muy especial. La llegada de la pequeña a este mundo ingrato se produjo entre el olor a sahumerio y los cantos gregorianos de un Viernes Santo en la tarde. Su llanto de recién nacida, retumbó entre los sermones y las procesiones que el pueblo creyente celebraba con tanta devoción en tan sagrada hora. Como fuera concebida luego de una súplica incesante de sus padres a Dios, una vez nacida, decidieron consagrar su vida al señor Jesucristo, porque para ellos, el privilegio de sentirse padres sólo había sido posible bajo la intervención divina; por tanto, dedicaron todos sus esfuerzos a que la niña representara una manifestación auténtica de amor y de servicio. Bautizada como Dios manda, antes de cumplir el año de vida, sobre la pila bautismal fue llamada Estela, en consideración a que su llegada fue como “una estela de la gracia divina”. Desde entonces, Estelita fue una niña tierna y dulce que se distinguió por ser muy aventajada en su desarrollo psicológico y a pesar de su corta edad, obediente en el cumplimiento de sus deberes y colaboradora en los quehaceres de la casa. A medida que fue creciendo, fue dando muestras de su grandeza, ya en el desempeño académico, ya en el ámbito familiar, y pronto sintió la necesidad de vincularse a la iglesia, primero asistiendo al catecismo y luego como monaguilla en la celebración de la Santa Misa. En su escuela fue una niña colmada de virtudes, ganó certámenes tan disímiles como el torneo de natación, las olimpiadas matemáticas, el concurso de ortografía, las ferias de la ciencia, alcanzó inclusive el título de princesa de la escuela y de personera estudiantil. Aclamada siempre como la mejor de las compañeras, y con un liderazgo natural tan sobresaliente, que todos los estamentos de la institución, la abordaban regularmente para conocer su opinión sobre algún tema específico. Todos sabían que podían contar incondicionalmente con ella. A los doce años hizo la primera comunión. No quiso fiestas ni regalos. Su compromiso de ahí en adelante, fue servirle al señor Jesucristo a través del amor a los demás. Su único propósito fue entonces terminar pronto el bachillerato para vincularse como religiosa. En su colegio fue una niña alegre, cordial, respetuosa, ejemplar. Dedicada por completo a sus estudios; pintaba, declamaba, jugaba voleibol, contaba cuentos, todo con gran versatilidad. Representaba a la institución en diferentes actividades y brillaba siempre con su actitud positiva. Contaba con el atributo especial de la persuasión a través de una oratoria fluida, respaldada en el conocimiento profundo de los temas de actualidad y de cultura general. Su tiempo lo distribuía de tal manera que le alcanzara para dedicarse a su verdadera pasión, el servicio a los demás y a la iglesia. Una vez bachiller, se acercó a sus padres con el ánimo de manifestarles que quería ser religiosa. Dada la vocación cristiana de ellos y los antecedentes del nacimiento de la niña, no quisieron interponerse ante la decisión de Estelita sino que por el contrario, le mostraron todo su apoyo. Afortunadamente para la jovencita, existía en el mismo pueblo una congregación religiosa femenina llamada “Las siervas de Cristo”, la cual poseía un afamado convento cerca del parque principal, lugar en el que se asentaban las hermanas para desarrollar sus actividades. De esta manera, Estelita ingresó al monasterio. Sus padres la llevaron una tarde lluviosa de enero, convencidos de su absoluta vocación y de que en tan sólo dos años de formación ella alcanzaría su sueño, entonces ellos mismos vendrían para celebrar con ella su graduación como religiosa. Más como nada de lo que tanto se programa termina por cumplirse, a los seis meses de haber Estelita ingresado al convento, su madre enfermó gravemente. Tras diversos análisis los médicos encontraron que la señora estaba invadida de un cáncer muy agresivo, llevándola a un estado terminal en poco tiempo. Finalmente unos días después de haber cumplido un año de estudios, y en medio de la congoja y el desconcierto, la jovencita y su padre, daban cristiana sepultura a la señora en el cementerio central. Y como si eso no fuera poco, a raíz de la inesperada pérdida de su esposa, el padre de Estelita comenzó a padecer múltiples dolencias, originadas todas en la soledad repentina en la que su compañera de toda la vida lo había dejado, entre esas afecciones, una traicionera deficiencia inmunitaria, que lo fue doblegando hasta llevarlo a la tumba, unos días antes de cumplir un año de muerta su esposa. Así las cosas, Estelita se halló de pronto sola de familia en este mundo, tan sólo contaba con la compañía de Dios y del señor Jesucristo, y de sus hermanas de fe. Su única familiar, una tía prima muy lejana, le aseveró frente al ataúd de su padre en plena velación “qué por qué Dios había sido tan duro con ella si ella había sido siempre tan buena”, la hermana Estela le recriminó duramente su procacidad, recriminándole con dureza: -¡Apártate de mí, Satanás en forma de tía prima! Ni yo ni nadie, somos alguien para criticar la sagrada voluntad de Dios Omnipotente. Luego de su doble padecimiento, finalmente Estelita se graduó de religiosa, el logro se produjo una tarde de diciembre, en la antesala de la navidad y lejos de ser como ella lo hubiera imaginado, el acontecimiento no pudo contar con la presencia de sus progenitores y sus sentimientos tuvieron que repartirse entre la alegría de servir a Dios, como siempre lo había soñado, y la nostalgia de no poder compartir con ellos el alcance de su éxito. Desde entonces la hermana Estela fue el alma y la vida del convento, entregada siempre a la oración, complementaba su tiempo ayudando en las labores propias del recinto, preparaba los alimentos, hacía el aseo, lavaba la ropa, traía el mercado, además participaba del coro y enseñaba el catecismo a niñas y niños del sector. Pronto su entusiasmo contagiante y su energía desbordante se esparcieron en el convento y lo llenó de luz y alegría. Luego, cuando la hermana Estela cubrió con su devoción toda la congregación, su carisma traspasó las paredes del lugar y trascendió hasta las fronteras del pueblo mismo, donde gracias a sus actividades de misericordia y de servicio alcanzó el reconocimiento invaluable de su trabajo. Ahora la hermana Estela era solicitada a lo largo y ancho del poblado. Enseñaba religión católica en escuelas y colegios a través de una novedosa y acogedora didáctica, consolaba con su visita y su mensaje a los desvalidos, reconfortaba con su compañía y su oración a los enfermos, gracias a sus campañas entre los acomodados, recogía y entregaba mercados a los pobres y juguetes a los niños, dictaba charlas amenas a jóvenes con el fin de apartarlos de los problemas que los aquejaban, y como si esto no fuera poco, su escaso tiempo libre lo dedicaba al estudio y la práctica de la enfermería. San Laureano, el municipio donde nació y creció la hermana Estela, está enclavado en una especie de valle de baja montaña, rodeado por dos ríos más o menos caudalosos, que lentamente se van a cercando a la población pero que al aproximarse vuelven a separarse de manera caprichosa para juntarse de manera definitiva aguas abajo, allí en el sitio del divorcio transitorio, aparece el promontorio de casas blancas y blancuzcas, nunca de colores ni de más de un piso, de clima ardiente pero con terribles aguaceros, de gente cordial y amable, de tierras fértiles y versátiles, de la catedral más grande del mundo porque nunca logra verse colmada, del parque principal que tiene más bancas que árboles. Si, este es San Laureano, donde la utopía y la distopía conviven a la perfección, y sus causas y consecuencias son hechos cotidianos que suceden sin el menor reparo. Es precisamente esa posición privilegiada la fuente de su desdicha, porque aquella población que vista a lo lejos parece ser un pesebre y que en realidad debiera llamarse “Entre Ríos”, forjó una ubicación que le sirvió como caldo de cultivo para que organizaciones armadas ilegales de izquierda y de derecha, encontraran un asiento ideal desde el cual pudieran divisar el paisaje político, económico, social, cultural, ambiental y natural que los rodeaba, y cómo poderlo amoldar para favorecer sus intereses, convirtiendo sus tierras en un lugar propicio para prosperar. Por considerar que aquellas actividades, vinieran de donde vinieran, ofendían a Dios, la hermana Estela las rechazaba de plano. También criticaba de manera implacable el accionar de esas organizaciones sin hacer ningún tipo de distinción y las enfrentaba ideológicamente a sabiendas de que eventualmente, su posición pudiera representarle dificultades; inclusive, llegó a proponer que las armas no debían estar en poder de la gente, y que su municipio era un territorio de paz, del cual debían salir todos los grupos armados ilegales y también los legales, incluida hasta la policía misma. Un día una mujer de aspecto humilde y servicial, y cuyo rostro mostraba las inclemencias de una vida muy dura, se acercó hasta el convento con el ánimo de entrevistarse con la hermana Estela. La religiosa estaba lavando los platos del almuerzo cuando le avisaron que alguien la solicitaba con prontitud, y ella dejando temporalmente su oficio, salió presurosa a fin de poder atenderla. Una vez frente a frente, la mujer le dijo: -Hermana Estela, tengo un compañero muy enfermo que requiere su ayuda. Nosotros sabemos que usted está estudiando enfermería y que tiene un corazón muy grande para ayudar al que lo necesita, si usted no nos ayuda el pobre hombre va a morir. -Y, ¿quién es el hombre? ¿Qué le sucede? ¿Por qué no lo lleva al médico? ¿Por qué recurre a mí? - preguntó sorprendida la hermana Estela. -Él me pidió que hablara con usted primero - respondió la mujer. Y luego agregó: -Estudiaron la secundaria, se llama Julián, siempre la admiró mucho, y por esas cosas de la vida, decidió vincularse a la guerrilla. Ayer fue gravemente herido, en un bombardeo del ejército en la vereda “La Azufrada”, y francamente lo veo muy mal, creo que está al borde de la muerte. La hermana quedó atónita, estaba desencajada, su rostro palidecía y había entrado en estado de choque. Tan sólo acató a decir que la esperara un momento que iba por su maleta, y que ya mismo partían al lugar. Terminó de asear la cocina y salieron pronto rumbo a “La Azufrada”. Y no era para menos. Para la hermana Estela; Julián, a quien ahora conocían con el alias de “Freddy”, había sido siempre un muchacho ejemplar, y si en alguna ocasión la hoy religiosa hubiera optado por enamorarse, con total seguridad habría abrigado aquel sentimiento solamente por Julián; por tanto, más allá de cualquier diferencia política, ideológica o filosófica, o de cualquier otra consideración, por razones puramente de humanidad, debía prestarle la atención médica a un herido que la requería con urgencia. Quedó impávida al encontrarse con el herido. No lograba entender de manera lógica, cómo aquel muchacho tierno con el que desarrollaba las tareas y compartía las clases hacía apenas unos años, hoy se hubiera convertido en un portentoso guerrillero, virtuoso en el manejo de las armas, dispuesto a dar la vida por la construcción de un mundo más justo para todos y que en ese desdibujado salpicar del destino ella estuviera a su lado, mientras parecía morirse en un lejano y agreste campamento, huyendo de los bombardeos inclementes de la fuerzas gubernamentales. De inmediato emprendió el tratamiento médico, consideró que con la curación de la herida, antibióticos cada ocho horas, analgésicos cada seis, una alimentación adecuada, una atención esmerada, y rezando por él, Julián pronto podría recobrar la salud. Afortunadamente el muchacho era fuerte y la herida no había sido mortal. Aun así, la madre Estela tomó la decisión de permanecer dos días más en el campamento, cuidándole el sueño, preparándole los alimentos, tratándole la herida, suministrándole los medicamentos, pidiéndole a Dios por su salud, y haciendo lo necesario para tratar de convencerlo de que abandonara ese infierno en el que se hallaba inmerso, pero todo fue infructuoso, “Freddy” estaba fuertemente arraigado a sus ideales y los defendía con vehemencia. Entonces partió. Se despidió de él convencida de que sería la última vez que lo vería en la vida. Y mientras bajaba las montañas notó como su carácter se fue destemplando, y un sentimiento romántico afloró intempestivamente en su interior, reparando en que aquella manifestación de altruismo era de cierta manera el ejemplo más grande de cristiandad, y que de cualquier forma, la decisión de su excompañero era entendible y debía aceptarla. La sobrecogedora imagen de la hermana Estela regresando a su hogar natural después de la repentina ausencia, trajo a la comunidad la felicidad de contar nuevamente con ella, y sobre todo, de cuantificar y cualificar el verdadero valor de su incondicional aporte. A pesar de que habían sido sólo dos días sin su presencia, parecía como si al convento lo hubiera sorprendido una vejez prematura, adquiriendo en ciertos espacios, contornos lúgubres, que dibujaban en su interior los paisajes opacos de la tristeza y de la nostalgia. Su llegada puso todo en orden y la alegría volvió de nuevo. No habían pasado ocho días de aquel acontecimiento cuando la desgracia, disfrazada de traje militar, tocó a las puertas de la congregación manchando a la hermana Estela, a la comunidad, al pueblo y al mundo entero con los tonos más infames de la vileza y la ruindad del ser humano. Un grupo de paramilitares de ultraderecha que controlaban una de las montañas adyacentes, conoció a través de informantes a los que pagaban por traer información del pueblo, sobre la noble acción de la hermana Estela con su excompañero y la declaró objetivo militar por sus “evidentes vínculos con la guerrilla”, razón por la cual decidió darle un castigo que le sirviera de escarmiento a ella y a quien intentara repetir la afrenta. 16 hombres y 4 mujeres fuertemente armados, llegaron hasta el convento ubicado en un sector céntrico del municipio, a la luz del día, a dos cuadras del cuartel general de policía y de la alcaldía, del parque principal y de la catedral, y nadie vio ni oyó nada. Tocaron a la puerta y al entreabrir la hermana que servía en la portería, la empujaron con fuerza y se metieron como perro por su casa, reunieron a toda la comunidad en el patio central, atemorizando a las religiosas con un discurso cargado de odio y venganza, de improperios y vulgaridades, y pidiéndole a la hermana Blanca, la Madre Superiora del convento, que entregara a la hermana Estela, la cual, según ellos, había cometido una falta grave contra los principios cristianos y contra el pueblo entero. La hermana Estela, dio un paso adelante acercándose a una de las mujeres y recriminando al grupo por su entrada violenta al recinto. Un hombre bajito y barrigón, peludo pero calvo, quien fungía como líder del grupo la requirió, intimidándola con palabras soeces y actitud desafiante: -¿Y quién es usted?- preguntó él con desprecio. -¡Yo soy Estela!- respondió ella con decisión. -Si estamos aquí, es por culpa suya- agregó el bribón. -Yo no he hecho nada malo, pero si tienen que decirme algo, díganmelo a mí misma y yo daré mis razones, pero no tienen ningún derecho de someter a mis hermanas a todos sus vejámenes, irrespetando además esta casa sagrada donde vive el Señor- ripostó la hermana. -Además alzada, la bellaca- aseveró el calvo, manoseándole el rostro a la hermana de manera abrupta. -¡Insolente!- exclamó la hermana, sembrándole una bofetada de refleja inspiración, por atrevido. De inmediato comenzó el infierno. Las 4 mujeres del grupo, detuvieron con violencia a las hermanas de la congregación, en tanto que los 16 hombres, de manera escabrosa comenzaron a desnudar a la hermana Estela, la madre Blanca, profería gritos de rechazo mientras intentaba zafarse para auxiliar a la hermana Estela, las otras hermanas la secundaban en su propósito con similar actitud, pero todo era caos, las mujeres comenzaron entonces a golpear a puños y patadas a las hermanas, para lograr dominarlas y que los forajidos pudieran cumplir su objetivo. Pero peor suplicio estaba padeciendo la hermana Estela, al ver que querían despojarla de sus vestidos, intentaba defenderse como gato patas arriba, arañando, rasguñando, manoteando y mordiendo, pero como vieran que era indomable intentando preservar su honor, uno de los rufianes le dio un fuerte golpe en la cabeza, con el fusil, descalabrándola y dejándola además inconsciente. Una vez desnuda y sometida, los 16 hombres, fueron uno a uno abusando sexualmente de ella. Si es difícil describir las dantesca escena como sería presenciar tan execrable espectáculo, que 16 paramilitares fuertemente armados, estuvieran violando sin aspavientos a una joven religiosa indefensa en el patio central de un convento y a la vista de las demás religiosas de la congregación y de sus 4 compañeras de fechorías, mientras afuera nadie se daba por entendido de semejante esperpento. Cuando terminaron, se vistieron y salieron. Se fueron riendo como si nada, y el calvo, con repugnante ademán, se masajeaba la barriga como dando a entender a sus secuaces, que “había estado muy buena la comida” y se carcajeaban de forma estrepitosa y vulgar. En el interior entre tanto la confusión era general. Las religiosas, corrieron a auxiliar a la hermana Estela, mientras trataban de asimilar que el horrendo panorama era real, y que la hermana Estela se hallaba tirada en el piso, emanando sangre por su cuerpo: un chorro que salía de su cabeza, y un hilo que escapaba tímidamente entre sus piernas como prueba indudable de su virginidad. De repente, a lo lejos se oyó una sirena y apareció una patrulla de la policía que recogió a la herida y la llevó al hospital. Las autoridades, los medios de comunicación y una brigada de curiosos rodearon el convento para comentar el alcance de la barbarie, rumorando mil versiones sobre el verdadero origen de tan grotesca imagen. La noticia se regó como pólvora por el municipio, y pronto trascendió también al departamento, al país y al mundo entero, reseñando a través de los medios, el brutal acontecimiento con irracional sensacionalismo y criticando el acto de provocación de la religiosa al visitar el campamento rebelde. La hermana Estela estuvo por aquellos días a punto de morir, física y espiritualmente, pero se reconfortó en la idea de justicia y de perdón de Dios Omnipotente, y logró recuperarse paulatinamente. Su fortaleza le alcanzó hasta para abrigar una tenue luz de esperanza en que todo podría ser mejor, y una misteriosa e inexplicable ola de optimismo la invadió poderosamente. Pero lo peor estaba por venir. Como demostración irrefutable de cuánto puede cambiar la vida de una persona en un instante, al mes de aquel infausto suceso, la hermana Estela se hallaba inmersa en una situación espantosa. Tras diversas pruebas médicas, se pudo confirmar que por efecto de la violación había quedado embarazada, ante semejante condición la madre superiora optó por despedirla de su vida religiosa, predicando que era imposible servir al señor como religiosa siendo madre, y que más bien debía buscar al padre del bebé para sellar esa unión ante los ojos de Dios. La hermana Estela quedó absorta ante tan terrible designio y sintió que un monstruo grande y furioso la devoraba desde el interior de su alma. Pero había otra opción: abortar. La hermana Estela se encontró entonces en medio de una inmensa disyuntiva, o tenía su hijo y le decía adiós al servicio del señor Jesucristo, o abortaba, violando la ley sagrada que ella como cristiana tantas veces había defendido. De pronto una nueva Estela, rebelde e inflexible, brotó de su interior y decidió que era imposible aceptar un hijo que no fuera producto del amor genuino sino de la más grande infamia que jamás hubiera presenciado el género humano. Y que como fuera inevitable que esta decisión trajera numerosas consecuencias, entre ellas la de ser expulsada de la vida religiosa, lo cual fue desde siempre su más grande anhelo, optó por abortar. Entonces con sus únicos ahorros, partió hasta el pueblo más cercano, visitó al médico que practicaba este tipo de procedimientos y lo convenció para que la ayudara, y una vez liberada de su martirio, buscó a Julián y le pidió que la dejara acompañarlo en su propósito, el cual era la lucha revolucionaria. Desde entonces desapareció la dulce hermana Estela, en su remplazo, una mujer aguerrida y sin compasión alguna, tomó las armas y se hizo rebelde. Su primer acto fue tomar prisioneros a los 16 hombres que la violaron y a las 4 mujeres que los secundaron, para bajarlos hasta el parque principal, y ante el pueblo allí reunido, ella misma con un fusil de asalto AK-47, con su boina negra mal acomodada, su traje militar de camuflaje pictórico, sus cananas entrecruzadas en el pecho, y su rostro entristecido, los fusiló uno a uno, empezando con las mujeres y acabando con el calvo que labró su desgracia. FIN

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