martes, 22 de marzo de 2022

LA JORNADA HA TERMINADO

LA JORNADA HA TERMINADO El doctor Martínez Zanzíbar se encontró de pronto en una situación completamente nueva para él. Ser el más prominente cardiólogo del país, presidente de la Asociación Nacional de Cardiología, presidente de la Academia Nacional de Medicina, y uno de los científicos más prolíficos del continente no le daba mucho campo de acción extra en su jornada diaria de actividades. Ser poseedor de un reconocimiento a nivel mundial, gracias a sus cientos de arriesgadas y exitosas intervenciones quirúrgicas y a la autoría de varios libros de ciencia escritos en español, que servían de guía y consulta a miles de estudiantes en el mundo entero, invitado de honor a simposios internacionales de medicina y salud y representante de la sociedad en los eventos más relevantes, simplificaban la importancia de su trayectoria. Se halló de repente en el centro de una situación inusitada. Una mañana que estaba designada como una jornada de vital importancia debido a una intervención altamente compleja que debía practicar a un reconocido dirigente empresarial de la región sufrió un aplazamiento de última hora por causas ajenas a su voluntad, razón por la cual el ilustre médico se vio ante la oportunidad única de sentirse completamente desocupado. Tomó su automóvil y se devolvió a su casa. Al entrar, percibió el vacío de su esposa también médica que a esa hora participaba en Moscú de un congreso internacional de dermatología, de su hija terminando medicina en París y de su hijo trabajando como médico internista en Roma. Ante semejante panorama, denudó su carácter a costas de la tortuosa soledad, y buscó un sendero para dilucidar de la mejor manera posible, cómo podría aprovechar ese espacio de tiempo que la vida le había brindado de manera inesperada. Se sentó en la sala y miró a su alrededor, intentó concentrar su mirada en algo que le llamara la atención, entonces contempló el reloj que marcaba las ocho y veinte de la mañana, y pensó que sólo hasta las seis de la tarde estaría libre, porque a las seis y treinta impartía su clase magistral en la universidad. Encendió el equipo de sonido. Buscó algo de música, quizás una clásica que lo relajara o una llanera que le recordara su infancia, pero no, era casi imposible hallar lo que quería escuchar; es más, consideró que no quería nada de música, creyó que debía estar informado y buscó las noticias pero se desilusionó en la latente realidad de siempre, las guerras, los atentados, los accidentes y las muertes. Apagó el equipo de sonido y prendió el televisor. Visitó varios canales, tratando de hallar algo que se mostraba indispensable para seguir viviendo. En uno de películas encontró “Corre Lola Corre” pero pasó de largo por haberla visto muchas veces, en uno de naturaleza se quedó perplejo ante la violencia del mundo salvaje, en uno de cocina se decepcionó ante las alternativas de preparar lo que más detestaba: el queso, entonces llegó a los deportivos, allí alcanzó a creer que había llegado a donde quería: el fútbol. Canal deportivo 1. Fútbol Paraguayo: jornada de clásicos. Nacional-Libertad. Canal deportivo 2. Fútbol Paraguayo: jornada de clásicos. Guaraní-Olimpia. Pensó que sería bueno porque podría ver los dos partidos pero se desmotivó en la frivolidad de las dos horas sentado en un mueble. Entonces se levantó y fue hasta la biblioteca. Allí descubrió cientos de libros, de todos los temas, desde el pequeño Larousse de todos los años hasta “El túnel”, la obra inmortal de Ernesto Sábato en varias presentaciones, pasando lógicamente por aquellos que llevaban la palabra corazón o cardiología, y por aquellos que consideraba complicados como los que llevaban la palabra piel o dermatología, de su esposa. Escudriñó en lo más profundo del anaquel la majestuosidad de la poesía o del ensayo, de la épica o del teatro, y se desplomó ante la insignificancia de la literatura en aquel instante trascendental de su existencia. Entonces se asustó, comenzó a ver ante sus propios ojos, un ser que le parecía desconocido, una especie de otro yo, que había saltado de su interior para anteponerse al hombre culto que inspiraba tanto respeto. Para no dejarse perturbar, deseó salir a caminar al parque y respirar aire puro, o dar una vuelta al centro comercial mirando las mismas vitrinas de siempre, o ir al club a encontrarse con los mismos pequeños burgueses que simulaban saludarlo para hacerle alguna que otra pregunta sobre una enfermedad propia o ajena, o ir al cine a contemplar la simpleza de una película gringa que desde que empezaba ya se sabía cuál iba a ser el final. Entonces encendió el computador y se entregó sin condición a la red, sucumbió ante la pornografía, y allí en medio del sexo sin pudor, comprendió que era el goce del instinto animal lo que buscaba inconscientemente desde el principio. Sí, era eso, ese rasgo natural que termina dominando al ser humano sin importar su dignidad, sus títulos, su formación o sus logros, porque todo honor parece derrumbarse en los caminos placenteros del sexo explícito. FIN

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