martes, 22 de febrero de 2022

INTERINIDAD

INTERINIDAD Todo empezó cuando me dirigía hacia el trabajo. De eso hace ya tres o cuatro días, no estoy seguro. Lo que sí sé es que fue el día de mi cumpleaños, o sea el miércoles 3 de marzo; por si acaso, voy a agregar el año: de 1971. Estaba cumpliendo 23 años, ya que como todos ustedes saben nací el 3 de marzo de 1948, en la misma casa donde actualmente vivo, y en medio de una tarde fría en la que llovía a cántaros. Como ustedes también saben, soy hijo único, ya que mi padre fue una de las víctimas de los infaustos acontecimientos ocurridos el viernes 9 de abril de 1948, cuando apenas tenía un mes de nacido. Mi madre nunca se casó de nuevo, y continuó la vida sin compañero y conmigo. Sea este el momento de resaltar la entrega y el ahínco con que mi madre me sacó adelante. Lo poco o mucho que soy, se lo debo a ella. Aunque reconozco que mi infancia transcurrió entre muchas dificultades, jamás me faltó la comida ni la ropa. Nunca tuve lujos pero tampoco me faltó lo básico para sobrevivir. Estudié la primaria y la secundaria en la educación pública, y no estudié una carrera profesional porque no quise, porque lo que quería verdaderamente era dedicarme a la fotografía, y la fotografía no la enseñan en ninguna universidad sino que se aprende con la práctica. Entonces comencé a trabajar. Mi madre me compró una cámara fotográfica básica, y aprendí por correspondencia el arte de tomar las fotos y desarrollarlas. Mandé a hacer unas tarjetas de presentación agregándole debajo de mi nombre, el título “Fotógrafo Profesional”, y me dediqué a cubrir eventos como cumpleaños, grados, bautizos, matrimonios, actividades culturales, primeras comuniones, reuniones sociales y celebraciones de todo tipo. Espiritualmente era feliz, porque me sentía realizado, aunque económicamente no, porque no alcanzaba a generar ingresos suficientes que me permitieran sobrevivir por sí solo, ni mucho menos ayudarle a mi vieja a cubrir los gastos de la casa. Por esa razón me decidí a buscar otro trabajo. Entonces entré a trabajar en una fotografía que funcionaba en el centro, que había traído desde Estados Unidos una idea extraordinaria. Se trataba de que un fotógrafo profesional, en este caso yo, con una cámara de dotación que el almacén me entregaba, le tomaba las fotos a los despreocupados transeúntes que se movilizaban por el centro de la ciudad. Sí, allí por las calles principales de aquella urbe que comenzaba a despertar a la modernidad, se desplazaban infinidad de personas en situaciones particulares, que merecían ser grabadas para la posteridad. Posteriormente se dirigían al almacén para adquirir los retratos, los cuales eran entregados en un lente especial con figura cúbica de colores, que se colocaba en uno de los ojos para observar la imagen. El experimento fue muy bien recibido y su aceptación, debido a su método innovador, fue total. Yo, por mi parte me sentía feliz, no solo porque trabajaba en lo que me gustaba sino también porque mi situación económica comenzó a mejorar de manera ostensible. Cada foto valía cinco pesos. Me ganaba un peso por cada una, un peso valía el lente, un peso la desarrollada, un peso le quedaba al almacén, y el otro peso era para cubrir la eventualidad de aquella foto que algún transeúnte no quisiera comprar, aunque a decir verdad, casi todos terminaban por comprarla. El almacén tenía diez fotógrafos, y a todos nos iba muy bien, era un negocio redondo. Ahora compraba ropa para mí, para mi madre, la invitaba a comer, hacía mercado, traía a la casa cosas que hacían falta, pagaba los servicios públicos, me sentía realmente útil, pero lo mejor era, que me daba para la realización más importante de un muchacho como yo: tener novia. Mi novia se llama Briceida. Tiene 25 años. Y para mí, es la mujer más linda que ha parido el universo. Vende en un almacén de telas. La conocí precisamente en mi labor de fotógrafo. La retraté un día mientras caminaba rumbo a su trabajo, y desde entonces me enamoré perdidamente de ella, y creo que ella de mí. Briceida, no es alta ni baja, blanca ni negra, gorda ni flaca, bonita ni fea, pero para mí es la más bella entre las bellas. Pero todo cambió el miércoles 3 de marzo. Caminaba plácidamente por la calle 36, me dirigía hacia el almacén para reclamar la cámara fotográfica, y me disponía a vivir un día, en mi concepto, muy productivo. No importaba que estuviera de cumpleaños, mi jefe me ofreció tomarme el día, pero no. Yo quise trabajar para ganar más, para pasarla bien con Briceida. Mi mamá me dio un buen desayuno, y salí a trabajar como de costumbre. De repente, tropecé en un hueco que había en el andén, y caí en él. Me di un fuerte golpe en la cabeza y perdí la consciencia. Cuando desperté, me encontraba en un centro médico muy moderno, con unos equipos muy sofisticados. Una enfermera me dijo que había caído por un agujero y que algunas personas me ayudaron a sacar, y pidieron una ambulancia que me trajo hasta aquí. Hoy me encuentro bien. Recuerdo perfectamente quién soy, y tengo presente todos mis datos personales aunque mis documentos se han extraviado. Le pregunté a la enfermera cuándo ocurrió el accidente y me dijo que fue ayer. Entonces la indagué sobre qué día era, porque estoy casi seguro que era 5 o 6 de marzo, y no otra fecha que ella aseveraba. Pero el misterio iba más allá que uno o dos días de diferencia. La respuesta que ella me dio en ese momento fue devastadora: “Hoy es 25 de septiembre de 2016”, me respondió con absoluta certeza. Quedé sin palabras. Necesitaba comunicarme urgentemente con Briceida y con mi madre. Me miraba en el espejo una y otra vez, para descartar que hubiera caído en un coma o algo parecido, calculé que en tal situación tendría 68 años, pero mi figura seguía siendo la misma, la de un joven de 23 años. Consideré entonces que la enfermera me estaba jugando una broma pesada, pero dicha posibilidad quedó sin valor alguno al comprobar en el almanaque de la habitación donde me encontraba, que efectivamente era domingo 25 de septiembre de 2016. Mi cámara se había extraviado al igual que mis documentos y un poco de dinero que llevaba en el bolsillo. Eso sí, seguía con la ropa y los zapatos. Estaba en un centro médico llamado “Clínica Santa Lucía”, el cual poseía unos equipos médicos y unos elementos increíblemente modernos. Sucedió que frente a mí, había desplegada una pantalla negra y gigante, que al principio confundí con una ventana. Pues cuál no sería mi sorpresa cuando la enfermera apuntó hacia ella con un instrumento de forma rectangular, con varios botones, y se encendió de manera automática para dejarme ver unas imágenes sorprendentemente reales. Yo que estaba como pasmado, ante semejante visión, me sentía ajeno a una situación tan particular. Me levanté para ver qué había detrás de dicho aparato, pero la enfermera me pidió que regresara a la cama, y me entregó el instrumento de los botones, para que “viera lo que quisiera”. La enfermera se quedó mirándome fijamente cuando notó que yo no sabía a qué se refería. -Le entrego el control remoto para que vea el programa que quiera en la televisión- me dijo con una leve sonrisa. Y se retiró. Tomé el instrumento y oprimí aleatoriamente un botón. Noté que lo que yo hacía en el instrumento, de inmediato repercutía en el aparato. Luego de haberlo manipulado varias veces, descubrí que tras una combinación de números y botones, el aparato me mostraba infinidad de situaciones con unas imágenes tan nítidas y coloridas que tenía la rara sensación de estar viviendo en persona, cada una de las situaciones que en la pantalla aparecían. Cuando la enfermera regresó, me encontró muy exaltado debido a la increíble propiedad del aparato y su sofisticado sistema; yo la inquirí, sobre de qué se trataba esta maravilla, pero ella creyendo que yo estaba bromeando, me miró fijamente dejando transmitir con su mirada un mensaje de incredulidad. Pensando que yo había perdido la memoria, me recordó que aquello era un televisor de 42 pulgadas, que me ofrecía una amplia y variada gama de programación, a través de un sofisticado sistema satelital que me permitía ver hasta 360 canales, con una innumerable variedad de géneros y con las más altas propiedades cuantitativas y cualitativas de imagen y sonido, y que el instrumento era un control remoto, a través del cual yo podía manejar la pantalla sin tener que levantarme de la cama. Todo esto me dejó perplejo, era obvio que yo no podía recordar algo que jamás había conocido. Todo esto empezó a darme vuelta en la cabeza y me dejó entrever, la posibilidad de que realmente me hallara en el año 2016, tal como me lo había manifestado la enfermera. Yo sé que parece una locura, pero les pido que me entiendan, qué más podía pensar yo ante semejante situación. Sentí la necesidad de comunicarme con mi madre o con Briceida, entonces requerí a la enfermera, para que por favor, me permitiera una llamada. Era de noche, y asumí que mi madre debería estar en la casa y Briceida en la suya, sabía perfectamente sus números telefónicos, pero me asaltó entonces un interrogante complejo: ¿Por qué no estaban junto a mí? Y tras este, sobrevino otro: ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Voy a hacer un gran esfuerzo para describir lo que sucedió a continuación. Llegó la enfermera con un aparato, diré que algo similar al tal control remoto, pero de dimensiones menores, en ancho, largo y alto; sin teclas, números o botones. Con una pantalla plana, que cubría todo el aparato, y me lo entregó, pidiéndome que llamara. Quedé atónito. Cómo iba a llamar de semejante esperpento, que no tenía ni de dónde marcar, ni por dónde hablar, además sin cables ni conexiones. La enfermera me miró esta vez, con cara de angustia, como si estuviera ante una persona que hubiera perdido la razón o la memoria. Percibí su preocupación. Entonces me pidió el número, y me dijo que ella misma marcaría. Le di los dos números a la espera de ver qué era lo que ella iba a hacer. -1469, el de Briceida. 1888, el de mi madre- le dije. Me dijo que esos no eran números de teléfonos, que los números eran de diez cifras, y utilizó por primera vez, un término que me puso al borde de la locura: el celular. Diré que según ella, este es un instrumento que todas las personas tienen y que posee múltiples funciones y aplicaciones; entre ellas, hablar, escuchar, leer, escribir, jugar, observar, aprender y hacer; y cómo si fuera poco también tomar fotos. ¡Imagínense, también toma fotos! Sentí la imperiosa necesidad de hablar detenidamente con la enfermera, para que me ayudara a dilucidar qué era lo que me estaba sucediendo. Se llamaba Camila. Tenía 27 años. Era enfermera profesional. Por el momento, pertenecía al exclusivo club de las solteras. -Camila- le dije. Necesito que me escuche y que me crea. Estoy advirtiendo cosas muy extrañas en mi vida, cosas que no corresponden con mi realidad. Hace tres o cuatro días, salía yo rumbo a mi trabajo, el cual es el de fotógrafo, y mientras caminaba, caí por un agujero que había en el andén, hasta ahí recuerdo. Al despertar, me encuentro ante un conjunto de situaciones completamente desconocidas para mí, usted me da la fecha, y hay un desfase de 45 años, aproximadamente, entonces yo necesito que por favor me explique qué ocurrió con mi vida durante ese tiempo. -La verdad- me respondió ella con absoluta honestidad, es que es posible que usted haya sufrido un trastorno neurológico o algo parecido. Lo único que yo puedo certificar es que estamos en el año 2016, que no tenemos documentos suyos, que según su historia médica ya se encuentra bien de salud, y que no hemos podido contactarnos con un algún familiar o conocido suyo, porque a pesar de que hemos recurrido a los medios de comunicación, lo cierto es que nadie lo conoce. Y para completar, como ya ha sido dado de alta, debo informarle que no puede permanecer más en la clínica. -¿Quién ha pagado mis gastos médicos? -El municipio tiene una póliza para cubrir los gastos generados en una situación como esta. -¿Dónde fue el incidente? -Según la historia médica, quien lo trajo manifestó haberlo recogido inconsciente tras haber caído por un hueco que había sobre el andén de la calle 36 entre carreras 15 y 16. También informó que varias personas lo auxiliaron, porque el vacío era de casi 5 metros de profundidad. -Me parece imposible, que yo no hubiera visto ese orificio. -Es que parece que no estaba. Simplemente se abrió al usted pisar el sitio. Y con respecto a la pérdida de sus elementos, el señor que lo trajo, dice no haber visto nada, pero resalta que pudo haber sido que en el intento de rescate, alguien hubiera aprovechado la ocasión para sustraerlos. -Exactamente, ¿qué dirección es esta? -En estos momentos nos encontramos, en la “Clínica Santa Lucía”, calle 48 número 24-12. -Yo vivo muy cerca de esta dirección, mi madre debe estar preocupada. Por favor Camila, le pido que me acompañe hasta mi casa, porque a pesar de vivir tanto tiempo en el sector no recuerdo este centro médico. Yo vivo en la calle 45 número 21-36. No estamos lejos. -Lo voy a acompañar hasta donde usted dice, porque realmente es cerca, pero me debe esperar hasta que termine mi turno; es decir, hasta las 7. Finalmente, tras un par de horas que se hicieron eternas, Camila llegó hasta la sala de espera donde me encontraba y salimos rumbo a mi casa. El trayecto se me hizo largo, dispendioso y desconocido. Ahora había amplias avenidas, autobuses gigantes, y un inmenso parque de luces fulgurantes. Se me ocurrió que aquella era otra ciudad, pero al preguntarle a Camila, me certificó que era la misma. Pero yo la veía muy diferente. Seguimos caminando por la avenida, y al cruzar un verdadero enjambre de vías, Camila se detuvo de manera abrupta porque habíamos llegado. -Esta es la dirección- me dijo. -No, no puede ser- respondí con absoluta certeza. Mi casa no existía. Ahora, en su lugar, un moderno edificio de cinco pisos se levantaba imponente. La dirección era la correcta, un cartel en la parte superior de la primera planta de la edificación señalaba que esta era la calle 45 número 21-36. De aquella callecita de casas humildes que tantas veces recorrí, no quedaba nada. A cambio de ella, ahora había una espectacular avenida de dos carriles y un inmenso separador cubierto de frondosos árboles. Desplacé la mirada alrededor de la cuadra, intentando recordar cada vivienda y quién vivía en cada una de ellas, para establecer algún tipo de contacto con alguno de mis vecinos, para que me contara qué había sucedido en estos tres o cuatro días, pero descubrí que al igual que mi casa, toda la cuadra se había transformado. Grandes y coloridas edificaciones la adornaban; inclusive en cada acera, más o menos a mitad de cuadra, dos enormes obras se erguían como monstruos gigantes que resguardaban la calle. Un edifico tenía 24 pisos y el otro 30. Continué el recorrido visual, esperando encontrar algo que me fuera familiar. Pero todo me era desconocido. Caminamos a lo largo de la cuadra, y cuando creí que mis esfuerzos habían sido infructuosos, allá al final, en toda la esquina, una casita vieja aún se mantenía en pie. Sí, por fin hallé algo que me atara al pasado de mi presente. Era la casa de doña Blanca, con el mismo color de pared, con las mismas cicatrices en su superficie, aunque ahora me parecía mucho más pequeña de lo que siempre la consideré, era la misma. Le pedí a Camila que me acompañara, para visitar a doña Blanca, ya que ella era una gran amiga de mi madre, y pudiera ser que ella me contara algo que yo ignoraba. Llegamos a la casa y tocamos a la puerta. Salió una jovencita, diré de 15 o 16 años, la cual yo no conocía. Le pregunté por doña Blanca, y me dijo que estaba recostada, que si la necesitaba era mejor que volviera al siguiente día. Le manifesté que era urgente; además, agregué que yo era Alberto, Alberto Palermo, el hijo de doña Flor Elba, su mejor amiga. Me dijo que iba a decirle y que ya volvía. Dos cosas me llamaron poderosamente la atención; la primera, que doña Blanca estuviera acostada tan temprano, apenas eran las 7 y 15, entonces consideré la posibilidad de que estuviera enferma; o por lo menos, algo indispuesta. La segunda, giraba en torno a quién era esa niña que nos había atendido, siendo yo su vecino de toda la vida, cómo era posible que jamás la hubiera visto. Camila permanecía expectante. Al instante llegó hasta nosotros, una señora de edad muy avanzada, la cual tampoco yo conocía, calculo que tendría alrededor de 90 años. -Buenas noches- le dije. Estoy buscando a la señora Blanca. La anciana se quedó mirándome fijamente, como si no pudiera ver con claridad, y luego dirigió su mirada hacia Camila, con el mismo esfuerzo. -Yo soy Blanca- me respondió con absoluta lucidez, mientras reparaba en quién la solicitaba a esta hora, en la puerta de su casa. El corazón comenzó a palpitarme con gran rapidez, y parecía que se me iba a salir del pecho, empecé a sudar frío, como si me hubieran echado un balde de agua helada. Pasaron muchos segundos antes de que pudiera decir algo. Estaba atónito. Tan sólo acaté a decirle que yo era Alberto, Alberto Palermo, el hijo de doña Flor Elba, su mejor amiga. Doña Blanca permanecía absorta. Pero noté que al nombrar a “doña Flor Elba”, de manera intempestiva un fulgurante rayo de luz se encendió en su rostro. Entonces intentó decirme algo, pero al notar lo particular de la escena, prefirió seguir callada; luego, me miró fijamente y como buscando algo en el lugar más recóndito de la memoria, me dijo: -La única Flor Elba que he conocido, murió hace más de cuarenta años. Yo sentía, que un monstruo enorme y voraz comenzaba a devorarme desde el interior de mi alma, y percibí que me desvanecía lenta y paulatinamente. Al ver que yo era incapaz de pronunciar palabra alguna, Camila inquirió a la anciana sobre lo que había ocurrido con la señora Flor Elba. -Flor Elba, se enfermó gravemente desde la desaparición de su hijo, el muchacho Albertico. Y luego agregó: -Ah pérdida tan extraña, la de ese muchacho. Camila me observaba con sigilo, y en medio del desconcierto, se hizo partícipe de la situación más incómoda; aún proseguíamos instalados en la puerta de la casa de la señora, sin la posibilidad de poder entrar siquiera, al menos para sentarnos y que alguien nos brindara un vaso de agua con azúcar, para tratar de dilucidar toda esta locura, y descifrar el misterio más inexpugnable, que jamás alguien hubiera vivido. Sabiendo que doña Blanca nunca iba a entender, que yo era el “Albertico”, que ella estaba nombrando, preferí no entrar en detalles, y le dije simplemente que nosotros éramos unos conocidos de la familia de Flor Elba, y que necesitábamos que ella nos diera alguna información al respecto. Doña Blanca nos invitó a seguir, dejándonos en claro, que no había dónde sentarnos, y que en la sala no había luz, por lo que tendríamos que solventarnos con la penumbra de la puerta entreabierta. Camila, me hizo señas de que ya era muy tarde, y que quería llegar pronto a su casa porque estaba muy cansada. Entonces nos despedimos de doña Blanca con el compromiso de que yo volvería al siguiente día, para que me ampliara la información. Ahora que había quedado confirmada mi teoría, surgía la mayor de las incertidumbres: ¿qué iba a ser de mi vida de ahora en adelante? Por el momento, lo prioritario era saber dónde iba a dormir y qué iba a comer. Ya era de noche y tenía hambre. Camila me insinuó de muy buena manera que con todo gusto ella me hubiera invitado a su casa pero que vivía en un apartaestudio (vaya a saber qué es eso), y que por lo tanto le era completamente imposible acogerme. Pero me hizo un gran favor, me acompañó de nuevo hasta la clínica, y tras hablar con alguien, logró la aprobación para que me pudiera quedar allí, y recibir la alimentación básica. Esa noche no pude dormir. Mil cosas pasaron por mi cabeza, y por más que trataba de encontrar una respuesta lógica a todo lo que me había sucedido, me era imposible hallarla. Aguardé con mucha expectativa que amaneciera pronto, para regresar a donde doña Blanca, y poder clarificar de esta manera, el tremendo enigma que me estaba consumiendo, no tanto porque fuera a encontrarle una solución inmediata a mi problema sino por saber qué habría sido de mi madre, y qué había ocurrido conmigo mismo. Volví a la vetusta casa de doña Blanca, y esta vez pude percibir en toda su extensión, la pobreza que la azotaba; apenas podía recordar los aires de grandeza y suficiencia que se respiraban en esta casa en el pasado, o sea hace tres o cuatro días, que hasta yo mismo fui reprendido en alguna ocasión por sentarme en tan lujosos muebles, de la sala de tan prestante familia. Una prueba más de cuánto puede cambiar la vida, para bien o para mal. Después de rectificar que en realidad yo era nieto de Alberto, el hijo de doña Flor Elba, se sintió más confiada y se dispuso a contarme cosas. Me enteré que la niña que vivía con ella, era su bisnieta, es decir era la nieta de Álvaro su hijo, el mismo que en la niñez jugaba fútbol conmigo. Álvaro había muerto y su hija, es decir la mamá de la niña, salía todas las mañanas a trabajar desde muy temprano, y regresaba en la noche. La niña había terminado su bachillerato, y ante la imposibilidad de seguir estudiando, debido a dificultades económicas, estaba cuidando de su bisabuela. Doña Blanca me contó cuándo, dónde y de qué había muerto mi madre, y donde fue enterrada. De igual manera, estuvo narrando durante más de una hora, con detalles que incluso yo desconocía, todo lo relacionado con mi extraña desaparición; y todo, absolutamente todo, coincidía con la versión que yo manejaba. Regresé a la clínica a almorzar, era casi la una de la tarde, me encontré con Camila, y le conté todo lo que doña Blanca de había dicho, y agregué que según ella, mi cuerpo nunca fue encontrado, a pesar de haber excavado más de 25 metros. Ahora sólo me quedaba algo por hacer: buscar a Briceida. Briceida vivía cerca al Palacio de Justicia. Le pedí a Camila que me acompañara a buscarla esa noche, pero como era un poco distante de la clínica, Camila me pidió que mejor fuéramos al siguiente día en la mañana, ya que era su día de descanso. A pesar, de mi afán desmedido, terminé comprendiendo a Camila, y coincidí en que mañana, sería un mejor día para ir a buscarla; entre tanto, aprovechando que comenzaba a entender la distribución geográfica de la ciudad, decidí que esa tarde iría hasta el lugar de mi trabajo, para buscar pistas que me permitieran comprender lo acaecido. En la tarde fui notificado de que no podía continuar en la clínica. Mi alternativa fue ir hasta la fotografía y devolverme para esperar a Camila. No tenía ropa ni dinero, necesitaba bañarme y afeitarme. Estaba desesperado. Yo que estaba acostumbrado a no depender de nadie, ahora me hallaba a expensas de la buena voluntad de los demás, perdido en el laberinto del tiempo, y a 45 años de distancia de mi real existencia. Bajé por la calle 36, aprendí a leer las direcciones tal y como Camila me lo había enseñado, la descubrí de nuevo. Vi la catedral, el parque, los almacenes, los edificios, era el centro de la ciudad. La de ahora, era una urbe moderna y portentosa que se mostraba rauda e imponente, me sentía como si hubiera acabado de llegar de un largo viaje, con la irreparable sensación de haberme perdido los enormes cambios que el desarrollo había traído en mi ausencia. Sentí la necesidad de entrar a la iglesia, y oré. En mi mente aparecieron mil recuerdos vividos en este recinto sagrado, entonces la hallé como una parte del ayer que me ataba al hoy. Desde lo más profundo de mi alma rogué a Dios Omnipotente, que me permitiera salir de esta encrucijada, que me diera la oportunidad de superar esta dificultad, que de alguna manera lograra encontrarle una explicación lógica a esta locura, y que finalmente pudiera regresar al pasado al cual pertenecía, para seguir disfrutado la presencia de mi madre, de mi novia, de mi trabajo y de mi vida. Mientras me aproximaba al lugar de la fotografía, como era de esperarse, noté que esta ya no estaba. Había un espectacular y flamante local comercial de ropa y calzado. Pero unos metros antes de alcanzar la puerta de ingreso, me encontré de frente con la fuente de mi desgracia. Era el agujero de la desdicha. Las autoridades municipales lo habían encerrado y unos obreros trabajaban en su sellamiento. Me pareció muy pequeño y poco profundo. A uno de los trabajadores, le pregunté qué había sucedido allí, y me dijo que un joven había caído, pero que por fortuna no le había pasado nada grave. Sin haber resuelto nada en particular, y por el contrario, haber ahondado aún más todas mis inquietudes, decidí devolverme hasta la clínica para esperar a Camila. Cuando ella salió le conté lo acontecido, y le pedí el favor de que me dejara quedar en su casa, solo por esa noche, le dije que necesitaba asearme, que mañana me iba a encontrar con Briceida, para contarle lo que me había pasado, y que de seguro todo volvería a la normalidad, y una corriente de energía positiva me invadió de repente, me ilusioné con la posibilidad de hallar un buen trabajo, que quizás hasta me pudiera convertir en una figura rampante de la fotografía, y que de esta manera pudiera ofrecerle a Briceida todo lo que siempre había soñado. Tras reconocer, que era verdad lo de mi extravío en el tiempo, Camila accedió a permitirme descansar en su casa, con la condición de que sería únicamente por esa noche, y que al siguiente día, ella misma me ayudaría a encontrar una solución definitiva, bien fuera con lo de Briceida o con alguna colaboración por parte de la alcaldía. Vivía en un apartamento muy pequeño, que tenía una sola alcoba, entonces fue cuando comprendí el concepto de apartaestudio. Pero todo estaba muy bien distribuido y organizado; reparé en que, de un aparato largo y blanco salía un aire frío que refrescaba el apartamento y me dijo que se llamaba aire acondicionado, lo cual me pareció increíblemente sofisticado, y ni qué decir de la nevera, la estufa, la lavadora, el televisor; además, me enseñó un instrumento negro de pantalla plana, más pequeño que un televisor pero con mil funciones más, elemento al que ella llamaba portátil. Comí algo que ella llamaba “sánduche”, y tomé gaseosa, era lo que Camila había preparado para los dos, luego me bañe, y me cambié con una pantaloneta y una camiseta de Camila, y lavé la ropa que traía para que se secara para el otro día, entonces Camila me prestó el portátil para que conociera las profundas transformaciones que el mundo había vivido en todos sus aspectos, en los últimos 45 años, y quedé fascinado, advertí que en las actuales circunstancias, la vida era mucho más fácil y llegué a la conclusión de que en cualquier caso, todo tiempo pasado siempre fue peor. Camila me acompañó por un par de horas pero después se fue a descansar, porque me dijo que mañana saldríamos temprano para ir hasta donde Briceida. Recuerdo que el alba me sorprendió en el insaciable deseo de saber y conocer más, y apenas pude descansar unos minutos antes de levantarme. Temprano en la mañana, salimos para ir hasta donde Briceida. Antes de salir, Camila me brindó un desayuno de huevos fritos con jugo de naranja, huevos que me sabían diferente a los de mi época y un jugo que no había que preparar sino que ya venía preparado. Agradezco infinitamente a Camila todas sus atenciones. Mientras tomaba el desayuno vino a mi mente un pensamiento absurdo. Imaginaba que Camila y yo podríamos ser novios, ya que teníamos más o menos la misma edad, y la verdad me parecía una mujer muy bonita; ella tenía 27 años y yo supuestamente 23, aunque en la realidad, tenía 68 años, y cruzó entonces por mi mente, de manera inesperada, una idea grotesca: podría ser posible que Camila fuera mi hija o mi nieta, lo cual constituía no solamente una total locura, sino también mi inevitable caída hacia un precipicio oscuro y profundo que me conducía hasta el mismísimo infierno. Pero pronto me reconforté en la latente posibilidad de encontrarme nuevamente con Briceida; que pudiera regresar al pasado, que todo volviera a la normalidad y que acabara de una vez por todas, este disparate. Fue cuando Camila, me dijo que ella sabía qué pudo haber ocurrido con mi vida. Salimos a la calle, recuerdo perfectamente que era un día radiante, el sol brillaba en todo su esplendor y no aparecía una sola nube en el cielo. Noté que las casas y los establecimientos estaban adornados con el pabellón nacional, entonces pensé que se estaba celebrando alguna fiesta patria, o algo por el estilo, pregunté qué fecha era, Camila me dijo que era martes 27 de septiembre de 2016. Me sentí perdido, extraño, solitario, acabado. Camila me dijo que hoy era un día de gloria para la nación y para el mundo entero. Con profunda alegría me contó que hoy se firmaba la paz entre el gobierno nacional y la insurgencia armada, que hoy se acababa la guerra, y unas tiernas lágrimas de felicidad, aguaron sus ojos, rodaron por sus mejillas, y me estremecieron el alma; quise abrazarla y celebrar con ella algo que no sabía en realidad, de qué se trataba. Para ir hasta la dirección de Briceida, pasamos nuevamente por el agujero por donde me había caído, y descubrimos que ya había sido tapado por completo, no quedaba rastro alguno. De alguna manera, interpreté que había quedado atrapado para siempre en el futuro, que mi viaje de regreso estaba cancelado. Seguimos caminando, los televisores permanecían encendidos, el ambiente era de fiesta, la gente se saludaba de manera cordial, las personas se abrazaban con afecto. Aún sin entender el verdadero significado de la fiesta que se estaba viviendo, me sentía conmovido y estaba contagiado de optimismo y energía positiva. Mientras nos acercamos a la dirección señalada, Camila estuvo narrándome, los horrores de la guerra fratricida que llegaba su fin, guerra que había comenzado en mis tiempos, apenas unos días después de mi nacimiento, y que vea usted, terminaba con mi irrupción intempestiva en el futuro. Camila me comentó que lo que me pudo haber sucedido, fue que al caer por aquel orificio, me hubiera resbalado por un agujero de gusano; es decir, por un atajo que une dos lugares del universo, separados por las variables del tiempo y el espacio, y este me hubiera arrojado a la época actual. Ante semejante definición, me sentí el hombre más ignorante del mundo, pero lo dijo con un convencimiento tal, que aunque para mí, fue lo más absurdo que escuchado en mi vida; para ella, toda esa locura era la única explicación posible al despropósito que yo estaba viviendo. Finalmente llegamos a la dirección que estábamos buscando, y cuál no sería mi sorpresa al descubrir, que en toda esa manzana no había una sola casa, ahora en su lugar se erigía una enorme plazoleta, construida en nombre de un gran líder político inmolado de la región, con el ánimo de celebrar todo tipo de acontecimientos. En la plazoleta había dispuesta una pantalla gigante que transmitía en directo el acto de firma de la paz, era como un televisor gigante con un gran sonido, y cientos de personas alrededor, presenciando tan extraordinario acontecimiento. Mientras todos los presentes se regocijaban de forma unánime con el fin de la guerra, yo me hundía en el abismo de la desesperación total. Y pensar que hacía apenas tres o cuatro días, me encontraba trabajando tranquilamente, disfrutando la compañía de mi madre y de mi novia, y que ahora estaba aquí, a 45 años de distancia, perdido en el inconmensurable océano del incierto destino que se había anticipado al normal transcurrir de mi existencia. FIN

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