lunes, 15 de agosto de 2022
TRAFALGAR
TRAFALGAR
Trafalgar… Alcanzó a leer finalizando el párrafo. Levantó suavemente su rostro y clavó su mirada perdida en el techo. Trató de recordar algo que le parecía familiar, pero un ruido fugaz logró distorsionar su memoria. Buscó entonces una imagen conocida en el relieve mal labrado del añejo dosel de la habitación vetusta que lo acompañaba noche tras noche, para que lo acercara a su pensamiento más íntimo, pero todo se hacía confuso. Esa palabra tenía algún significado especial en su vida, pero no conseguía hacer la conexión perfecta que le permitiera interpretar de manera precisa ese anuncio de relación entre la realidad virtual que lo rodeaba y una posibilidad remota de realización personal primorosamente escondida.
En lo más profundo de sus sueños, encontró la sutileza necesaria para descifrar el enigma milenario de su grandeza. Allá en el patio trasero de su mente halló la voz angelical que de manera providencial dictó la frase milagrosa que debía iluminarlo para siempre: “tu futuro está en Trafalgar”.
Recordó perfectamente ese cúmulo de letras organizadas y con un sentido totalmente claro que surgieron una noche pretérita, mientras dilucidaba un sueño absurdo en el que nada tenía relación con nada, pero que desde su fantasmagórica aparición había preservado con inusitado interés.
Convencido de que esa proclama encontraría un día una justificación precisa, se dio a la tarea de investigar concienzudamente de qué se trataba tal afirmación, para tal fin trajo varios libros de historia y muchas enciclopedias en los cuales pudiera comprender de manera concisa la definición más completa de aquella batalla inmortal, en la que, por capricho del destino, reposaba ni más ni menos que el trono sagrado de su felicidad.
El delirio descomunal comenzó la misma noche en que conoció a la bella princesa. Desde el preciso instante en que sus miradas se encontraron de manera intempestiva, él tuvo el presentimiento de que ella sería la mujer de su vida. Pero ese presagio repentino se fue fortaleciendo abruptamente a medida que se fueron conociendo más a fondo. Un mes después de haberla visto por primera vez, le pidió que fuera su esposa, sintió que una profecía centenaria se hacía realidad en ese preciso momento.
Ahora surgía una dificultad y una inquietud turbaba sus intenciones. La raíz del problema radicaba en la idea imprecisa de no saber de qué iban a vivir. Ambos estaban estudiando y se encontraban ad-portas de terminar su bachillerato. La posibilidad del matrimonio sonaba como una bella melodía en medio de un oasis majestuoso, pero era una completa locura.
Por eso desde el momento en que escuchó en la radio la llegada del concurso millonario, decidió que esa sería su oportunidad. Se trataba de un concurso que buscaba premiar el conocimiento de las personas. A través de una serie de preguntas se iban eliminando los participantes paulatinamente hasta llegar al último, el cual debía enfrentarse a una computadora para disputarle así el premio mayor: cien millones de pesos.
De esta manera resolvió prepararse para el desafío. Se propuso ser un auténtico sabio, el poseedor de la mayor cantidad de conocimiento posible, cualidad que le permitiera responder acertadamente la pregunta que cualquier erudito se atreviera a formularle desprevenidamente.
Detrás de semejante despropósito se encontraba una mujer. Se llamaba Olga, Olga Osma. A pesar de no ser tan indiscutiblemente divina como cualquiera pudiera soñar, para él era, ni más ni menos, que una verdadera diosa, la auténtica encarnación de afrodita a su alcance. Su rostro, su cabello, su piel, su cuerpo, sus labios, sus ojos, su sonrisa, su mirada, todo a la medida perfecta para confeccionar el ser más maravilloso que había existido y que de manera inevitable lo introducía por un túnel misterioso que desembocaba en las mismísimas puertas del paraíso.
Para Olga, él tampoco le era indiferente, de hecho, como pudo manifestarlo en alguna ocasión, le parecía un hombre supremamente romántico, detallista, inteligente e incluso atractivo. En ellos el código genético predeterminadamente inscrito en la especie humana enmarcaba en hilos dorados la realización sublime de todo ser vivo de nacer, formarse, reproducirse y morir con absoluta tranquilidad.
Como cualquier hombre, él cayó de rodillas ante quien según su criterio era la dueña de su corazón, y estaba dispuesto a cualquier cosa para conquistarla, y hacerla suya para siempre, y que como fruto de ese amor perenne brotaran los hijos, seres que pudieran transmitir sus cromosomas de generación en generación, y asegurar así su presencia en el devenir de los tiempos.
Por eso cuando oyó que llegaba a la ciudad el famoso programa que hacía millonarios no tuvo el más mínimo reparo en prepararse de la mejor manera posible para participar y ganarse así cien millones de pesos de premio, suma necesaria para hacer realidad su sueño de casarse con Olga.
De esta manera se mezclaron en el manicomio de su corazón las dos pasiones más grandes que su ser pudiera abrigar: el amor obsesivo por su amada y el anhelo casi patológico de ganar el concurso, recurso único para alcanzar su propósito de vivir con Olga por toda la eternidad.
Logró reunir entre sus familiares y amigos cuarenta y dos enciclopedias con más de seiscientos cuarenta volúmenes, ochenta atlas con cerca de seis mil mapas generalizados y especializados, treinta y seis libros de biografías con los datos más importantes de casi diez mil personas consideradas como los seres humanos de mayor trascendencia en la historia del mundo. Hizo un préstamo en la cooperativa estudiantil para adquirir un bloque de más o menos mil fichas técnicas que contenían información general de cada una de las diferentes ramas del saber, las cuales reposaban desde tiempos inmemoriales en los anaqueles de la biblioteca municipal. Y por último se dedicó a comprar toda clase de periódicos y revistas para que le brindaran la información concisa y lo más actualizada posible.
Todo tenía un propósito: poseer el conocimiento necesario para ganar el concurso. Por esa razón, por aquellos días se olvidó del mundo y de toda su rutina y de todos sus problemas, solamente vivía para aprender más. Los escasos instantes de distracción los utilizaba en pensar en su amada y en la felicidad que pronto alcanzarían. Dormía una o dos horas, no volvió al colegio y comía sólo una vez al día, escasamente se echaba agua en la cara y no se bañaba. Se convirtió en un autómata, el prototipo ideal de una supercomputadora humana, capaz de desarrollar en un segundo un intrincado problema eterno.
Pero lo que superó la barrera de la locura, fue la noche aquella en que se descubrió en medio del patio de su casa, trazando catetos e hipotenusas, hallando las funciones trigonométricas que le permitiera ubicar constelaciones y nebulosas, habitantes inermes del infinito misterioso que habían puesto a soñar a caballeros andantes y barones excelsos en la consecución del más grande de los valores de la raza humana: la sabiduría.
Repetía con persistencia frases ininteligibles, palabras indescifrables, oraciones incomprensibles y expresiones inescrutables que lo alejaban del mundo real al cual pertenecía. Sus amigos más cercanos creyeron perderlo definitivamente en el despeñadero de la locura total, un montón de cosas absurdas danzaban en su mente extraviada mientras los suyos lo observaban desde los senderos de la desesperación.
El día del concurso pareció recobrar la lucidez. Se levantó bien temprano, se afeitó, se bañó, se vistió y desayunó. Quedó listo. Todo en riguroso orden, un ritual meticuloso que parecía inquebrantable y que lo empujaba con inusitado interés a enfrentarse con el desafío que la vida le había puesto por delante. Cuando estaba a punto de salir tuvo la delicadeza de mirarse al espejo, pero la sorpresa de no reconocerse lo hizo detenerse. Había perdido casi veinte kilogramos de peso y tal vez veinte milímetros de estatura, sus rasgos faciales se mostraban más pronunciados y daba la impresión de haber envejecido unos diez años, por lo que alcanzó a creer que ese sería él dentro de diez años tras una larga enfermedad.
Sin embargo, nada le impedía sentirse imponente. Estaba listo para enfrentar el más grande de los retos, se sentía capaz de desafiar al destino mismo si fuese necesario con tal de hacer realidad su sueño, un sueño que habría de llevarlo hasta las puertas de la felicidad eterna.
Tras una especie de meditación trascendental se encontró de pronto en el escenario del concurso, en medio de un día radiante y magnífico descubrió miles de respuestas que brotaban de manera diáfana para derrotar uno a uno a sus más encarnados contendores, así los fue doblegando sin ninguna contemplación, parecía una máquina inexpugnable que dejaba atónito al más escéptico.
A medida que el concurso fue avanzando y sus oponentes fueron cayendo como un castillo de naipes en medio de un fuerte sismo, las preguntas se hicieron más complejas y las respuestas ya eran más difíciles de encontrar. Pero aun así contestaba de forma prodigiosa los intrincados problemas que el grupo de eruditos había elaborado y cuya solución prácticamente ya nadie conocía en el público.
En medio del cansancio que comenzaba a hacer mella en su organismo, se halló de repente en la parte final del concurso, miró a su alrededor y se descubrió completamente solo. Entendió entonces que estaba al frente de la computadora y que ahora la lucha sería con él mismo. Disponía de treinta segundos para vencer la máquina, respondiendo acertadamente la última pregunta y proclamándose campeón absoluto de su propia fantasía.
En ese momento, las escenas más bellas de amor con su amada cruzaron por su cabeza de manera intermitente y tocaron las fibras más íntimas de sus sentimientos, estaba en una dimensión completamente desconocida de la cual él era el único sobreviviente. A puertas de ser el ganador absoluto del concurso, la posibilidad de casarse con Olga era prácticamente un hecho inevitable.
Apenas pudo escuchar al presentador formulándole la pregunta:
- ¿Tela de algodón, especie de linón ordinario?
a) Trafagar
b) Trasfagar
c) Trasfalgar
d) Trafalgar
Con el peso latente de la consagración o el fracaso, y la duda suspicaz a cuestas, tuvo la necesidad de respirar profundo y poner su mente en blanco. Recordó perfectamente la inmortal batalla que glorificó al almirante Nelson y la identificó con la respuesta “d”, sabía que las respuestas “c” y “b” eran palabras que no existían y por tanto la única respuesta posible era la “a”. Pero no entendió la relación con la frase que le daba luz a su vida.
Cuando oprimió la tecla “a”, el timbre infernal que marcaba “Error” taladró sus sentidos y estremeció su corazón. La máquina maldita había señalado como correcta la opción “d”. Había perdido. Olga ya no sería para él ni su futuro estaría en Trafalgar. Su anhelo había sucumbido para siempre.
FIN
TIGRES Y LEONES
TIGRES Y LEONES
Ahora estaban ahí, medio adormecidos y como pasmados. Movieron la cabeza de lado a lado y comprobaron con total certeza que era el mismo lugar de hacía una hora. El calor era insoportable. La alta temperatura se desprendía del suelo en forma de vapor seco y provocaba una ilusión óptica de falsa humedad que distorsionaba el paisaje.
De todas maneras ahí era mejor. Al estar más cerca del río y a la escasa sombra de los últimos árboles que quedaban, una extraña sensación de frescura los envolvía. Y era extraña porque hablar de frescura a los cuarenta grados era un verdadero exabrupto. La brisa suave y el sonido del agua que se estrellaba contra las piedras mostraban un ambiente más favorable, y el clima se hacía menos inclemente.
Mientras tanto el tiempo iba transcurriendo lentamente y la tarde empezaba a caer. Ramón fijó su mirada en Berta, probablemente estableciendo un recuento cronológico de sus cambios físicos desde la noche aquella en que se habían conocido hasta hoy. Quizás se entretenía vagamente en secuencias ilógicas que casi siempre terminaban donde mismo habían comenzado. Berta mientras tanto, ajena a la idea efímera de su fiel compañero, de la que ella era protagonista, permanecía absorta, sus párpados caídos escondían una mirada cansada de tanta rutina.
En eso estaban cuando oyeron los primeros pasos. Inicialmente fue Ramón, levantó su enorme cabeza y aguzó sus sentidos. Un pequeño estremecimiento recorrió todo su cuerpo, se desplazó desde la punta de los cuernos hasta el extremo de las patas y allí se tradujo en un repentino sentimiento de miedo. Berta abrió los ojos y percibió también los ruidos. El sonido inconfundible de aquellas pisadas venía acompañado por el característico aroma de la intimidación. Se miraron fijamente, pero no se dijeron nada, lo único que el silencio les permitió oír fue la fuerza y la rapidez con la que sus alterados corazones palpitaban.
Berta buscó un aliciente provisional en una pregunta que más que capciosa era estúpida. Pero Ramón supo interpretarla como una manifestación propia de las hembras, que muestran tales actitudes cuando creen tener en peligro a su familia:
-¿Es un león?- preguntó ella con total inocencia.
-¡Es un tigre!- respondió él con absoluta certeza.
Se levantaron de inmediato. Buscaron el resto de su manada y la descubrieron un poco más allá, entonces escudriñaron la extensa sabana hasta encontrar la otra manada y no descansaron hasta que también la hallaron. A lo lejos, todos sus congéneres se veían tranquilos, ajenos ante el peligro que se hacía inminente.
Berta tenía veinte años y pesaba ochocientos cuarenta kilogramos, Ramón tenía veintidós años y pesaba novecientos sesenta kilogramos. Era una pareja extraordinaria de búfalos asiáticos, que ostentaban el cargo de jefes de la manada asiática compuesta por cuarenta y ocho miembros y pertenecían al consejo de búfalos del que también hacía parte la manada de búfalos africanos conformada por sesenta y cuatro miembros. Era la comunidad que sobresalía en la sabana como la más organizada.
Lo mismo sucedía con el consejo de hipopótamos, compuesto por una manada asiática de sesenta y seis miembros y una africana de ochenta y cuatro. El consejo de rinocerontes estaba conformado por una manada asiática de cincuenta y seis miembros y una africana de setenta y ocho. Y por último, el consejo de elefantes, con una manada asiática de setenta y dos miembros y una africana con noventa y seis.
Claro que también había otros animales, principalmente herbívoros, y un grupo de grandes felinos confinado a las profundidades de la sabana que de cuando en cuando salía a cazar, y del cual hacían parte leones, leopardos, guepardos, jaguares, pumas, y desde aquel momento, tigres.
Estos animales y otros habían sido trasladados a una región inhóspita de Australia. Debido a la urbanización de antiguas zonas del mundo salvaje, hubo la necesidad de concentrar allí esas especies para evitar su extinción. Pero los tigres por la insoportable intolerancia con sus oponentes naturales, los leones, vivían en otra área. Tenían alimento suficiente pero por su descomunal apetito, probablemente ya lo habían agotado y ahora estaban en el mismo lugar de los leones. La lucha que se veía venir, no tenía buen pronóstico. La guerra por la supervivencia estaba declarada.
El viejo búfalo tenía razón. Con su vista bien desarrollada pudo divisarlo a lo lejos. Era un tigre majestuoso. Medía casi tres metros y pesaba alrededor de trescientos kilogramos. Su cuerpo complexo, esbelto, fuerte y ágil no tenía paralelo en el reino animal. Su pelaje, claro en el vientre y anaranjado con rayas negras en el resto del cuerpo, daba testimonio de belleza en su máxima expresión. Su mirada recia e inquisidora, aplicaba sin proponérselo una dosis de terror a su destinatario. Pero quizás lo más imponente era su presencia, un profundo aire de respeto y acato acompañaba su lento pero seguro caminar. Verlo de frente suponía el encuentro con una de las maravillas de la naturaleza.
Berta también pudo apreciarlo, y lo hubiera hecho detenidamente, si su instinto maternal no le avisara que debía transmitir cautela a su descendencia. Meneó su cabeza para divisar a su manada y descargó una mirada profunda de advertencia.
Ramón percibió su preocupación.
-Lo mejor es irnos- dijo el búfalo.
-Sí, es lo mejor- respondió la búfala.
Hicieron ingentes esfuerzos por levantarse, y aunque no fue tarea fácil lo consiguieron, impartiendo con el ejemplo, una orden de ineludible cumplimiento. De inmediato el resto de la manada hizo lo mismo. Después fue la otra manada de búfalos, y después toda la de hipopótamos, y la de rinocerontes, y la de elefantes, y la de todas las otras especies que vivían en la sabana. Y comenzaron a desplazarse bajo el inclemente sol que a esa hora caía de manera estrepitosa y que sin ninguna consideración sobre los viandantes, producía una sustancia espesa y amorfa que envolvía sus sentimientos, depositando en lo más profundo el presentimiento aciago de que un pasaje obscuro e inevitable estaba por desencadenarse.
A medida que la tarde iba muriendo, cada familia, cada especie, introdujo el tema en su conversación. Una tormenta apocalíptica se precipitó de forma espontánea en la sabana, y sirvió de preludio a una noche singular en la que cada clan se reunió en torno a sus mayores, propiciando una charla particular, extraña para algunos e inédita para otros.
Berta y Ramón convocaron a una reunión urgente. Ramón hizo un recuento histórico de lo que había sido su existencia en ese territorio salvaje. A medida que la conversación iba avanzando, la lluvia se fue disipando poco a poco, dando paso a una luna llena espléndida, rodeada de miles de estrellas resplandecientes que tejían una noche iluminada, que en nada se parecía a la situación que estaban viviendo con la llegada de los tigres. Las constelaciones podían apreciarse en forma clara y daban un toque mágico a aquel momento trascendental de sus vidas.
En el clan de Berta y Ramón, una palabra escapaba sin remedio: ¡tigres! iba y venía sin rumbo fijo: ¡tigres! Y se escuchaba en diferentes tonos. Los más pequeños no tenían la más mínima idea a qué se referían. Para los mayores dos sentimientos nacían con su pronunciación: temor y misterio.
“Son como los leones”, dijo Ramón, “sólo que más grandes y más salvajes”, atinó a responderle a los más jóvenes. Y ellos exclamaron dando señal de admiración ante semejante definición.
“Si antes teníamos que cuidarnos de los leones y los otros grandes felinos ahora con más razón debemos extremar los cuidados. Teniendo a los tigres tan cerca, todo puede pasar”, dijo Berta. Y todos suspiraron con tal proposición.
Algunos murmuraban, otros reían. Pero sólo los más viejos comprendían en toda su extensión de qué estaban hablando. Algunos porque conocían de historias, otros porque las habían vivido en carne propia. Un silencio repentino inundó la aldea a la espera de que alguien hablara.
-¡Entonces son peores que los leones!- aseguró la más pequeña del grupo en tono inquisidor.
-¡No!- dijo Ramón.
-Lo que pasa es que por su misma naturaleza tienen más fortaleza y son más agresivos- añadió.
-Aquí no se trata de ser mejor o peor. Lo que pasa es que cada especie tiene sus propias características- agregó.
Nuevamente regresó el silencio y nadie se atrevía a pronunciar palabra.
En más de veinte años de dominio, los leones se habían apoderado de sus territorios y de sus sueños, de sus costumbres y de sus esperanzas, y peor aún de sus sentimientos y de sus anhelos. Seguro. Habían abusado de forma inmisericorde de la autoridad por ellos mismos conferida, hasta el punto de haber generado en toda la sabana una mezcla de fastidio y odio que ellos equivocadamente interpretaban como respeto y acato. El poder que los leones habían ejercido en la sabana era una auténtica vergüenza para el reino animal.
Era tan vil y despiadado el actuar de los leones que algunos alcanzaron a considerar la llegada de los tigres, más que una invasión bárbara, una auténtica liberación. Era tanta la sangre que injustamente se había derramado y el esperpento que inútilmente se había vivido a causa de los leones, que la presencia de los tigres, con tal de equilibrar las fuerzas, era un despropósito bien recibido.
-¿Pero quién es más poderoso?- preguntó insistentemente una de las más jóvenes.
-No hay más poderoso- Respondió Ramón.
-El león es el rey de la selva y el tigre es el rey de la jungla- añadió con inusitada sabiduría el viejo búfalo mirando hacia el horizonte, mientras la imagen de la luna se reflejaba en un charco del aguacero primero.
-Y es necesario que sea así- agregó el portentoso animal que en otra época había convivido sin problemas con tigres de bengala, en lo más profundo de la selva india bajo un elaborado plan de convivencia y tolerancia.
Inevitablemente recordó aquellos momentos crueles en que los leones, ungidos con el aceite de la altivez y la arrogancia asesinaron a tantos miembros de su manada, todo bajo el cínico pretexto del ataque preventivo y la legítima defensa, entonces surgía desde la profundidad de su interior una pregunta tan absurda como paradójica:
-¿Qué clase de peligro podía representar un búfalo para un león?
Su memoria se ubicó en el centro de una escena infernal. Una apacible tarde de febrero, las dos manadas de búfalos se encontraban cerca del río, tal y como casi siempre sucedía; de repente, un grupo de leones los emboscó de manera cruel y despiadada. Al principio pensaron que el ataque iba dirigido a los más débiles pero después pudieron comprender que estaba orientado a acabar con las parejas líderes, quizás para crear el caos y aprovechar ese instante de confusión para aniquilar cualquier forma de oposición. En ese asalto brutal y cobarde provisto de actitud perversa y fuerza desproporcionada habían muerto los padres de Ramón y Berta junto a su hermano y su hermana. Milagrosamente ellos dos se habían salvado, a costa de los suyos.
Y no fue ni el único ni el peor de los pasajes que debieron vivir bajo el reinado de los leones. Tuvieron que resignarse a presenciar la desaparición constante y sistemática de varios de los miembros más queridos de sus manadas e inclusive a vivir en la total zozobra ante los incesantes atropellos de los que eran víctimas, simplemente porque a los leones les provocaba.
Mientras las lágrimas brotaban, la noche fue entrando con todo su furor. Las mariposas y las libélulas revoloteaban sin cesar y pintaban sin proponérselo, la típica noche veraniega que se mostraba en todo su esplendor. El sopor y el estío se conjugaban en un sentimiento indescriptible y confuso.
Al otro día, un aire pegajoso acompañado de un silencio sepulcral, les permitió acoger el recóndito presagio de la infamia y el delirio. Era algo que la experiencia les había enseñado, ese aliento extraño que se perdía en la sabana cuando la naturaleza hacía cumplir sus leyes y que se manifestaba en todo su estertor esa mañana inadmisible.
Era verdad. La pradera estaba conmovida. Mientras las distintas manadas se habían reunido en torno a sus líderes para someter a opinión la llegada de los tigres y sacar sus propias conclusiones, los leones vivían su propia desgracia. Un grupo de tigres, los más grandes y fuertes, los más agiles y feroces, desafiando el orgullo de los leones, los habían atacado en su propio terreno. En un hecho sin precedentes en la sabana, los tigres propiciaron un golpe contundente a esa organización experta en dar lo que habían recibido. El rey, la reina, un cachorro y una cachorra, también de la familia real, habían muerto en el certero ataque.
Sí. Allá estaban los leones, atribulados y entristecidos, como en otras ocasiones estuvieran los miembros de las otras manadas, cuando eran ellos quienes ejecutaban esos actos; ahora, que a ellos les hicieron lo mismo, estaban sintiendo lo que otros sintieron, mientras ellos se jactaban. Pero esta vez sería diferente, los que antes provocaban el dolor era ahora quienes lo sufrían. Los leones no iban a recibir los gestos solidarios que nunca brindaron. Mientras un grupo de leones dispersos, deambulaban con torpeza, a lo lejos las hienas reían con sarcasmo.
De todas maneras, Berta no dejaba de sentirse acongojada y hasta cierto punto Ramón también. Los pequeños en cambio, estaban inmersos en un mar de confusión, en parte porque ahora tendrían que adaptarse a una nueva realidad, la realidad inverosímil de ver, que quienes siempre habían sido los dominadores, en adelante serían, al igual que ellos, los dominados.
Sin ningún orgullo, pero con los vestigios irremediables de la gloria consumada a cuestas, el reinado de los leones había llegado a su fin. De ahora en adelante, nadie podía atreverse a poner en duda que cualquier imperio, por poderoso que pareciera, si estaba fundado en la injusticia y la desigualdad, sería arrasado por las mismas leyes de la naturaleza que lo habían inspirado, pero que, al fin y al cabo, eran esas sagradas leyes las encargadas de aplicar los designios inexpugnables que ella dictaba en sus sabias e inapelables decisiones.
FIN
viernes, 22 de julio de 2022
SER DEL OTRO MUNDO
SER DEL OTRO MUNDO
Ahora el hombre estaba ahí. En medio de una selva interminable de vehículos, y enredado en el trancón más impresionante de la historia. Le parecía imposible que ayer, unas horas antes, era el hombre más feliz del mundo, y hoy, unas horas después, estuviera sumergido en semejante infierno.
Ni como dejar de pensar que ayer, fue un día inolvidable para él. El gerente general de la compañía lo mandó llamar a su oficina, lo hizo seguir, le pidió agua aromática, alabó su dedicación al trabajo y le dio la buena noticia que a partir de ese momento sería el nuevo director comercial.
Hacía sólo dos años había ingresado a la empresa, pero desde el mismo momento de su entrada, se propuso que su paso como asesor comercial sería transitorio, su verdadero objetivo sería al principio la dirección comercial y más adelante la gerencia general.
Por eso desde el comienzo se esforzó por ir más allá, sacrificó muchas veces lo que más le gustaba, soñó que podía ser el mejor y despertó con la firme convicción de que todo cuanto se anhela en la vida se puede alcanzar si se lucha con la vehemencia necesaria para vencer cualquier obstáculo.
Ese, que para él era día de descanso, sirvió de pretexto ideal para levantarse tarde. Una extraña sensación de realización y suficiencia desbordaba sus sentidos, instantes de gozo nunca vividos aparecían fugazmente mientras se hacía a la idea su nuevo papel de ejecutivo. La mujer ya había salido a trabajar, pero él, en medio de su ilusión, soñaba despierto con escenas gloriosas de las cuales ellos, eran los únicos protagonistas.
En eso estaba, cuando una llamada de alguien conocido lo sacó de su dulce abstracción.
-No sé cómo decirle esto- le dijo con inusitada preocupación.
-Acabo de ver a su mujer entrando a un motel con un tipo- agregó.
El pocillo de café cayó al piso y un temblor incontrolado se apoderó del hombre que hasta hace unos momentos se sentía francamente feliz.
-Pero ¿cómo, cuándo, dónde, con quién? Musitó con dificultad.
-Pero ¿está seguro que es ella? Preguntó con desesperación.
Miraba una y otra vez el celular esperando que fuera una llamada equivocada o alguna broma pesada, de esas que a veces suelen hacerse los amigos.
- ¡Sí! La vi hace cinco minutos, en “El Edén”, el motel que está en la autopista al aeropuerto, está vestida de bluyín y una blusa blanca de lunas moradas, el tipo realmente no lo conozco, ella no alcanzó a verme, pero yo sí. Estoy seguro que es ella.
-Por favor no vaya a reaccionar mal, hablen, recuerde que el amor es superior a cualquier ofensa y no le vaya a contar que yo le dije.
El hombre colgó y quedó como en estado de inconciencia, estaba pálido y frío, su corazón corría como un caballo desbocado, se sentía en otro universo, percibió que el mundo se le había caído encima y que su deseo de vivir había rodado por un precipicio sin fondo, anheló que una especie de remolino apocalíptico hubiera evitado su existencia, y que de haber existido, ojalá un monstruo salvaje lo hubiera devorado sin misericordia alguna, dos lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras su conciencia deambulaba inútilmente por las escenas lascivas de su mujer con el amante.
En lugar de haber tomado cualquier otra decisión, lo primero que hizo fue correr despavoridamente hasta el armario en búsqueda de la dichosa blusa blanca de lunas moradas, en cuanto al bluyín, no servía de referencia puesto que la mujer usaba decenas de ellos; al no hallarla fue a la canasta de la ropa sucia y tampoco estaba, entonces sintió que todas sus premoniciones se volvían realidad, y un mar de desgracias se mostraba insuperable ante sus ojos, al notar que efectivamente faltaba esa prenda, y aunque que no estuviera allí no indicaba que su mujer estuviera revolcándose con otro hombre, si surgía una fatal coincidencia que podía dejar la insidiosa situación al descubierto: que el amigo efectivamente la había visto y estaba vestida así.
El hombre parecía haber sido poseído por mil demonios. Su rostro alumbraba como la nieve, y una extraña expresión de odio y venganza se instaló en su mirada perdida en el infinito. Su cuerpo temblaba al compás de una melodía infernal y balbuceaba palabras y frases desproporcionadas e ininteligibles. Instintivamente corrió hasta su armario y allí en medio de una selva de libros, en el último recoveco de su independencia, descubrió lo único que sería capaz de restituir su honor y su tranquilidad: la beretta 92, la pistola de sus sueños, la que anheló jamás tener que utilizar.
Gastó tres o cuatro minutos en bañarse y vestirse, bajó hasta el parqueadero y sacó su automóvil. En medio de un día que lucía radiante como ninguno, emprendió el camino hasta el famoso “El Edén”. Tomó la autopista que conducía hasta el aeropuerto a una velocidad inadmisible para cualquier ser racional, acelerando a fondo en un recorrido dantesco que se hacía interminable.
Mil sentimientos, mil pensamientos pasaban por su mente. Recuerdos fugaces que aparecían intempestivamente y se esfumaban en un avatar inconcebible que desafiaba las leyes del tiempo y el espacio. Una bola de nieve cargada de ira y rencor se desprendía de su conciencia y crecía a cada instante, atosigaba su espíritu y enceguecía sus sentidos, dejando al descubierto la parte más salvaje que todo ser humano guarda en lo más profundo de su ser.
Es posible que hubiera cometido una o varias infracciones de tránsito, es probable que hubiera realizado algunas maniobras inimaginables en otro contexto. Una fuerza incontrolable se había apoderado de su naturaleza, una energía desconocida que descendía de otra dimensión para restablecer su honor, para asistirlo en el propósito de desterrar de este mundo a los canallas que se habían atrevido a burlarse de su confianza.
Atravesó la autopista a más de cien kilómetros por hora, no habría andado siete u ocho kilómetros, cuando de pronto se vio inmerso en un monumental trancón, una selva interminable de vehículos se entrelazaba a su alrededor para frenar su ímpetu. Esperó uno o dos minutos y se exasperó al máximo, al comprobar que no podía avanzar, fue entonces cuando quiso regresar, pero ya era demasiado tarde, había quedado encerrado.
Ante la incapacidad de avanzar o retroceder, el hombre se sintió en el mayor grado de impotencia posible. Y allí atrapado en el auto, en una pequeña autopista de una ciudad lejana, en un país desconocido de un distante planeta del universo llamado tierra, se percató que era el ser más desgraciado. Comenzó entonces a divagar por los rincones más distantes de su mente y se halló en medio de lo más extravagante de su naturaleza, los pensamientos y los sentimientos más exóticos afloraron desde lo más recóndito de su alma.
La pistola recostada en la guantera abierta era la única testigo del desplome moral del hombre. Se halló partícipe de una certera compasión que se extendía en ella y consideró que cualquier mejoría de su situación pasaba necesariamente por el uso que del arma hiciera, inclusive en la hipotética violación del principio fundamental de no utilizarla nunca.
De manera inoportuna surgió en su mente la noche aquella en que había conocido la que sería la mujer de su vida. Fue en un hermoso crucero en el rio Paraguay, en la bahía de Asunción, al compás del arpa y el mate, saboreando la mejor carne del mundo y disfrutando la presencia de las mujeres más bellas del universo, sus miradas se encontraron en medio de un bosque de miradas, desde ese mismo instante supo lo que ella representaría en su vida. Se sintió apabullado en la triste idea de que ese momento ha sido el único verdaderamente feliz de su vida.
Entonces tuvo una genial idea. El celular que le había regalado tenía el sistema GPS, al llamarla sabría donde se encontraba.
Solamente timbró una vez el celular cuando la mujer lo contestó de inmediato.
- ¡Hola, mi amor! -
- ¿Dónde estás? -
-Te acordás que te conté que el señor Leoz, dueño de la compañía, estaba en la ciudad, pues mirá que lo estuve acompañando al aeropuerto porque viaja al sur. Y ahora estoy en un embotellamiento que parece interminable. Creo que me voy a demorar un poco más.
El hombre decidió colgar porque descubrió un rasgo de cinismo que consideró sinceramente indignante. El GPS mostraba una ubicación aproximada a la del motel, todo concordaba fatídicamente con la versión del informante. Su semblante lucía descompuesto. Estaba poseído, sus ojos desorbitados acariciaban la locura, y el temblor de sus manos anunciaba que inexorablemente había perdido el control de sí mismo.
Su celular comenzó a sonar frenéticamente con la llamada perdida de la mujer de sus sueños. Miró a su alrededor y comprendió que todo había terminado. Sintió envidia de las escenas dibujadas en los otros vehículos, otras alegrías, otras ilusiones, todo tan ajeno para él que prefirió no volver a mirar, entonces fijó la mirada en la pistola salvadora. Pero comprendió que era imposible escapar de ese trancón maldito.
Entonces tuvo la sensatez de considerar abandonar el vehículo para ir a pie hasta el lugar de la traición, aún a sabiendas que ese sería un viaje sin regreso, pero no había otra alternativa, era un riesgo insalvable que se debía tomar. Ráfagas de imágenes lujuriosas aparecían una y otra vez por su mente, su mujer en manos de un hombre al que no lograba verle la cara, llenaban su alma de una sustancia verde y pegajosa llamada venganza.
Llegó a la conclusión de que efectivamente su amigo estaba en lo cierto. De ahí en adelante todo fue una incontrolable alucinación. Un laberinto sin otra salida que matar a los culpables. Era necesario para restituir su honor y su existencia. Cuánto anheló que algo o alguien hubiera evitado su desgracia, que un milagro borrara de su mente ese mal instante, pero por ahora tendría que salir del vehículo con la pistola en la mano, para ir al fatal encuentro, y poder atravesar esa línea imaginaria que dividía la frontera entre el seguir siendo o no, y que ese imperturbable deseo de ser del otro mundo, quedara superado de una vez por todas, para que a nadie le quedara la más mínima duda que la felicidad no existe, que tan sólo es la más pequeña porción de tristeza posible.
FIN
viernes, 15 de julio de 2022
SECRETO SIEMPRE SAGRADO
SECRETO SIEMPRE SAGRADO
La desdicha de Elisa comenzó el mismo día en que a Jairo le dieron el trabajo. El muchacho apenas había terminado su bachillerato unos meses antes, y pensó que antes de ocasionarle a su mamá otro costo más en carreras universitarias, lo mejor era ponerse a trabajar y pagarse sus estudios mientras le ayudaba a ella a cubrir los gastos básicos.
Un aviso clasificado apareció en la prensa local solicitando personal para una empresa innovadora en el servicio de mensajería. Lo primero que a Jairo se le vino a la cabeza es que si iba a trabajar haciendo mandados necesitaba un medio de transporte, pues era imposible realizar ese trabajo a pie, ya que lo primero que buscaba una persona al requerir tal servicio era prontitud.
Leyó los requisitos y se ilusionó con la posibilidad de aplicar. Bachiller, mayor de edad, disponibilidad de tiempo, sexo masculino, situación militar definida, no tener medio de transporte. Cumplía con todos los requerimientos, parecía un aviso hecho a su medida.
Jairo no dudó en enviar la hoja de vida al anunciador indicado y se sentó a esperar la llamada.
Fueron pasando los días y la llamada no llegaba. Consideró entonces que no había sido seleccionado, imaginó mil razones por las cuales no fue tenido en cuenta y cuando se agotaron las razones negativas de su desatención, conjeturó que se había tratado más bien de alguna información imprecisa, como un número celular con una cifra de más o de menos, o un número fijo con una cifra cambiada.
Más como la vida se encarga por sí sola, de dar a cada quien lo que se merece, cuando Jairo había abandonado la idea del trabajo, ocho días después de haber presentado la hoja de vida, fue llamado para comunicarle que había sido preseleccionado y que debía presentarse de inmediato a entrevista.
Y así lo hizo. Se presentó con la ilusión de que saliera seleccionado y que este fuera el inicio de una vida holgadamente exitosa.
Cuando Jairo volvió a casa, luego de una breve pero concisa entrevista, se le vio alegre y radiante, convencido de que iba a entrar a trabajar, y que todas sus buenas razones encontraban una perfecta justificación en el hecho de que todo cuanto anhelaba era ayudar a su mamá a llevar la carga.
-Eran más de cien muchachos- le dijo a su mamá.
-¡Tranquilo que al que le han de dar le guardan!- agregó ella, con aquella voz de sabiduría que solía imprimir a sus aseveraciones cada vez que le quería dar ánimo a su muchacho.
Fue un proceso rápido. Se trataba de una empresa de mensajería cuyo dueño a su vez era dueño de una concesionaria de motocicletas, entonces quien quisiera trabajar en la empresa debía comprarle a él su propia moto, de ahí que no aceptaran gente que ya tuviera su medio de transporte.
El plan era muy sencillo. Vender tantas motocicletas como muchachos quisieran trabajar. Pagando 30 cuotas mensuales de 200.000 pesos, cada muchacho se hacía a su medio de transporte, asegurando de esta manera el trabajo con el cual podía hacer realidad sus sueños.
Finalmente, surtidos todos los efectos, Jairo firmó contrato y comenzó así su vida laboral. Pasó de estudiante de bachillerato, cuya única obligación es estudiar; a trabajador, cuya relación de subordinación a otra persona a cambio de un salario le hacen como un esclavo, cuya menor diferencia con su amo le puede significar ser echado a la calle. A pesar de la cruda definición, Jairo se encontraba visiblemente complacido.
Lo primero que hizo fue pasar por la decisión de escoger la que sería su motocicleta. La eligió de color rojo y le fue asignado el número interno 33, esta experiencia le pareció su entrada material al mundo de la adultez, un mundo que hacía apenas unos meses se le hacía inmensamente lejano.
Finalmente comenzó la función, Jairo se había lanzado al ruedo, con antelación había aprendido a conducir su motocicleta y Elisa a rogarle a Dios que se lo protegiera de todo mal y peligro. Así transcurrió el primer día de trabajo, un día en el que todo parecía locura y en el que hubo instantes en los que anheló que surgiera desde la profundidad de la tierra un hueco gigante que acabara por devorarlo sin misericordia alguna.
Resultó Jairo ser muy hábil y diligente. Conocía a plenitud las direcciones y acataba sin reparos las normas de tránsito. Con los clientes era muy honesto y decente. Adquirió la pericia necesaria para desenvolverse a cabalidad sobre el velocípedo, y como fuera tan solicitado y proactivo, ganó un premio adicional por ser “el mensajero del mes”. A pesar de las primeras dificultades, el muchacho pronto se halló a gusto con su desempeño.
La cosa empezaba a marchar de maravilla. Se sintió realmente importante el día en que recibió su primer sueldo e invitó a su mamá a comer hamburguesa. Pero ese fue sólo el comienzo; después vinieron más experiencias de ese tipo, pagar la cuota de la moto, hacer mercado, pagar los servicios públicos y hasta la sensación gratificante de comprarse una camisa o un pantalón.
Mas como Jairo poseía un espíritu inquieto, empezó a soñar con la idea de llegar mucho más lejos. Así fue como decidió dar dos pasos fundamentales en su vida y en la vida de cualquier hombre: estudiar y tener novia. Y con un esfuerzo extra en su trabajo, pudo entrar a estudiar en la jornada nocturna la carrera de Administración de Empresas y tener también alguien más con quien compartir sus triunfos.
El tiempo fue pasando y Jairo se acostumbró a su trabajo, más para Elisa siempre que su hijo salía a trabajar, un suplicio se instalaba en su corazón porque vivía atemorizada de que algo malo le sucediera a él en la motocicleta. Y no es que fueran infundados los temores, todos los días los titulares en los periódicos locales eran las muertes y los accidentes de los motorizados; por eso, ella le pedía constantemente que cambiara de trabajo, pues era consciente de que a pesar de lo bien que su hijo la estaba pasando, existía la posibilidad de que estuviera aún mejor.
Una tarde después del almuerzo, Jairo salió a trabajar, y como siempre su mamá salió a despedirlo. Pero ese día hubo algo más. Elisa lo vio ya hecho todo un hombre y su mente divagó repentinamente por los avatares del recuerdo. Imágenes de su niñez brotaron de manera fugaz del alma de la señora mientras que una o dos lágrimas escaparon por sus mejillas. Jairo Estaba rozagante y alegre, se veía verdaderamente feliz.
-¡Bendición madre!
-¡Que mi Dios me lo bendiga!
Se quedaron mirando fijamente, como queriendo decir algo que ninguno de los dos se atrevió a decir. Elisa le dio la bendición con la mano y mirándolo a los ojos le suplicó que cambiara de trabajo. Jairo sonrió levemente y le informó que le tenía una sorpresa pero que no se la podía dar todavía hasta que no estuviera confirmada. Subiéndose a la motocicleta le solicitó que ese fuera un secreto siempre sagrado. Fue la última vez que se vieron.
Elisa salió esa tarde para una cita médica de control a la que tenía que asistir cada mes, venía reconfortada con la noticia de que al igual que siempre, el médico la había encontrado en buen estado de salud. Sucedió que, al regresar, Elisa tomó el autobús para volver a casa, recostó su cabeza en la ventana y comenzó a imaginar cuál sería el secreto que su hijo le iba a confiar. En eso estaba, cuando se percató de que el autobús se había detenido porque un tumulto de gente y vehículos formaba un trancón monumental y un grupo de personas observaba detenidamente un accidente de tránsito.
Elisa se bajó rápidamente del autobús para observar qué estaba pasando. Sobre el pavimento yacía una motocicleta tirada. Una ola incontrolable de angustia se apoderó de su ser, sobre todo después de levantar su mirada y hallar veinte metros más adelante una sábana blanca y ensangrentada arropando el cuerpo sin vida de una persona. El pánico la fue invadiendo mientras mil escenas diferentes se cruzaron por su mente.
Sintió la imperiosa necesidad de acercarse más para ver de quién se trataba. Las autoridades ya habían acordonado el lugar y era imposible acceder, la gente comentaba que el muchacho de la moto se había estrellado contra el separador por ir a alta velocidad y se había matado. Elisa creyó desfallecer.
La motocicleta estaba irreconocible. Un rio de sangre emanaba sin control del cuerpo de la persona que yacía bajo la sábana. A pesar de que el aire comenzaba a faltarle, Elisa logró acercarse tanto como para reconocer que los zapatos de la víctima eran los mismos que ella le había regalado a Jairo en diciembre pasado. La mujer estalló en una especie de llanto desenfrenado e imperecedero. Alcanzó a halar un poco la sábana y la mano del muerto quedó expuesta, el reloj que Jairo se había comprado con su primer sueldo quedó al descubierto. El corazón de Elisa parecía salirse del pecho y corría como un guepardo hambriento detrás de su presa. Cerca de la oscuridad absoluta, Elisa se percató de llamar a Jairo a su celular, pero se desplomó cuando oyó vibrar el tono de su móvil debajo de la sábana que tapaba al cuerpo. No había lugar a dudas. Jairo era el muerto. Imágenes y sonidos se entrecruzaban de aquí para allá y de allá para acá en un vaivén infernal. La respiración y el pulso se detuvieron paulatinamente y la mirada se fue perdiendo en el infinito. Ya en el piso, la mujer vio tirada la placa interna 33 de la motocicleta que su hijo compró un día con el anhelo de salir adelante y brindarle a su mamá algo de lo que ella con tanto esfuerzo le había proporcionado. Fue lo último que tuvo la oportunidad de observar en este mundo de infamia. Elisa no aguantó la tragedia y un infarto fulminante se encargó de llevarla al reino donde no existe el dolor ni la necesidad.
Entre tanto, en la inspección de policía junto a su novia y aún descalzo, Jairo instauraba la denuncia penal contra el ladrón que de manera insolente le había robado la motocicleta, los zapatos, el reloj y el celular. A pesar, que no quería asustar a Elisa con esa noticia, su amada logró convencerlo de que la llamara para contarle lo sucedido, le marcaron al celular con insistencia, pero no contestaba, era como si se hubiera ido y lo hubiera abandonado para siempre.
FIN
viernes, 8 de julio de 2022
PERDER ES TAMBIÉN GANAR
PERDER ES TAMBIÉN GANAR
Efraín tenía catorce años cuando el destino decidió que debía ser papá. Entreverado en los albores de la inusitada situación, comenzó a elucubrar los posibles escenarios, en los que tendría que desempeñarse para responder acertadamente en su nuevo rol de padre.
En esa búsqueda infructuosa, comprendió que puesto que apenas estaba terminando su bachillerato, solamente tenía dos caminos por recorrer, seguir estudiando y no hacerse cargo de su responsabilidad o dejar de estudiar y ponerse a trabajar para sacar a su hijo o su hija adelante.
Imelda iba a cumplir dieciocho años, cuando supo que en realidad, no iba a tener un bebé sino dos. Sucedió que una tarde en la casa de la joven, Imelda y Efraín preparaban juiciosos la evaluación final de mitad de año de Economía, cuando la libido surgió en su interior como un fantasma renegado y una mirada encendió una llamarada de pasión que terminó devorándolos en el ardor de su propia cama. Ambos cursaban el grado doce; él, adelantado dos años; y ella, atrasada también dos, supieron de repente, que harían parte del novedoso mundo de los padres adolescentes.
Veintiún días después de la lección de Economía que los llevó a sacar la mejor de las notas en la evaluación final de mitad de año, pero también a probarse en el papel de los buenos amantes, le comenzaron los síntomas a la joven. Las náuseas, el mareo, el vómito y el malestar en general, hacían presagiar que algo estaba sucediendo en el cuerpo de Imelda, pero jamás imaginaron que ese “algo” fuera un bebé, o mejor dicho, dos.
Fue cuando los padres la llevaron ante una médica, para descartar la presencia de algún tumor, que se abrió la posibilidad de un embarazo. Y aunque la niña, siempre negó que hubiera tenido relaciones sexuales, una ecografía permitió ver, que en el útero de Imelda, se hallaban implantados dos embriones, que crecían de forma normal y tranquila. Efraín sintió que el mundo se rompía en mil pedazos y se le venía encima.
Al principio la culpa recayó en el novio de ella, un joven de nombre Fermín, pero nunca en Efraín, aún más a sabiendas que la novia de él, era una joven de nombre Piedad. Y que todo el colegio, el barrio, el círculo de amigos y el entorno familiar, reconocían en ellos a sus parejas oficiales.
El año terminó sin aspavientos. La tan anhelada fiesta de graduación de los jóvenes, terminó siendo una pequeña reunión familiar, en la que no participaron ni su novia ni su novio oficiales. No hubo brindis ni regalos. Había llegado el momento de enfrentar la dura realidad de ser padres.
Sucedió, que una mañana calurosa de enero, mientras Efraín caminaba desprevenidamente por el centro de la ciudad en búsqueda de una fuente de ingresos, el joven descubrió la forma de ganarse la vida honradamente. Se trataba de una venta de mangos que funcionaba al frente de una gran escuela de primaria. Teniendo en cuenta que la primaria constaba de seis grados, que iban de primero a sexto, con niñas y niños, en promedio de cinco a diez años, con seis grupos por grado, con entre treinta y cuarenta estudiantes por grupo, distribuidos en dos jornadas, había una gran oportunidad de trabajo.
Lo que Efraín no tuvo en cuenta era que ese negocio ya tenía dueño. Se trataba de un hombre al que llamaban “Curramba” y que no entendía, que a pesar de que la calle era una vía pública, y que si él podía vender mangos, cualquier otra persona también lo podía hacer, aquel hombre se sentía con los derechos suficientes para proclamarse propietario exclusivo de la única venta de mangos, en aquella institución educativa.
Efraín reunió todo lo que tenía en ahorros y fue a la central de abastos para comprar un bulto de mangos. Tras preguntar el valor en varios locales, finalmente lo compró donde le dieron más económico y mejor. Tomó un taxi que lo llevó hasta la escuela, y en un pequeño vehículo que previamente había construido para transportar y vender los mangos, comenzó a exhibirlos como quien expone las mejores obras de arte.
Tendría tiempo de pelarlos y organizarlos, para cuando los estudiantes salieran al descanso. En eso estaba cuando un tipo de unos cuarenta años, apodado “Curramba” se le acercó en términos nada amistosos, exhortándolo a que abandonara el lugar, puesto que él era el único autorizado para vender.
En medio de semejante situación, y sin saber qué más decir, Efraín, tan solo atinó a responder que “la vía era pública y que así como aquel tenía derecho a la venta, él también lo tenía”. Tuvieron un fuerte encuentro que incluyó por parte de “Curramba”, insultos y groserías.
El altercado se tornó violento y en medio del caos, “Curramba”, cogió el cuchillo con el que pelaba los mangos y cortó a Efraín en el rostro, en un rápido movimiento de manos, Efraín aprovechó que el otro dejó expuestas sus extremidades y alcanzó a cortarle el brazo izquierdo.
Fue un caos total. El carro de venta de Efraín fue a parar al piso, y los mangos se regaron, dispersándose a lo largo y ancho de la vía, las personas que pasaban a esa hora y los niños que estaban saliendo al descanso, cogían alegremente los mangos que rodaban sin cesar por la acera y el pavimento.
Tan grande fue el alboroto, que de repente llegó la policía, y encontrando al muchacho con el cuchillo en la mano, lo detuvieron por “porte ilegal de armas cortopunzantes y escándalo en la vía pública”. Así terminó el negocio de Efraín: sin mangos, sin utensilios, sin carro, sin ilusión y sin nada.
Antes de las dos de la tarde, Imelda y la mamá de Efraín llegaron al calabozo, y pagando una fianza, pudieron sacar al muchacho. Su propia madre le limpió el rostro, dejando entrever una cortada pequeña y poco profunda que en cualquier caso, le dejaría cicatriz para siempre.
Esa noche, Efraín e Imelda, se quedaron en la habitación de él, y llorando se repetían insistentemente, que la vida era muy injusta, que él necesitaba trabajar para brindarle a su esposa y a sus bebés una vida digna. Estuvieron hasta altas horas de la noche, pensando qué iba a ser de sus vidas.
La jefe de la estación, después de haber conocido el caso, y previendo que en cualquier caso, la situación de los jóvenes era muy difícil, le permitió a Efraín instalar su venta de mangos, la cual con mucho esfuerzo y dedicación logró sacar adelante, poco a poco fue haciendo su propia clientela, y aunque el negocio no le daba riquezas, por lo menos le permitía atender los asuntos básicos de la familia. En ese ambiente nacieron Pedro y Pablo, sus gemelos.
Pronto tuvieron la posibilidad de instalar otra venta en otra estación cercana. La cual tuvo también mucho éxito, debido a la buena atención, la higiene, el buen precio y la calidad del producto. Esta era atendida por Imelda, cuando ya los gemelos tenían un año, y estaban al cuidado de la mamá de él.
Posteriormente diversificaron el negocio con la piña, y luego con la manzana y la pera, después ganaron una licitación en todas estaciones de policía de la ciudad, debido a la novedad del negocio y al amor con que lo atendían. Posteriormente presentaron la propuesta ante todas las oficinas públicas, para instalar fruterías en el interior de esas dependencias, y en todas fueron aceptadas; luego, la idea se extendió al estado, y de allí, a la nación entera.
Cuando se dieron cuenta, eran dueños de grandes extensiones de tierras, donde de acuerdo con su piso térmico, cultivaban las frutas de su conveniencia, y comenzaron a exportarlas a otros países del mundo. Fue allí donde alcanzaron el máximo apogeo profesional y financiero.
Efraín e Imelda, pudieron finalmente culminar sus estudios, lograron hacerse profesionales en Economía. La ciencia cuya lección de aquella lejana tarde de junio, les permitió vivir por primera vez la experiencia del sexo, y de ser padres adolescentes, era ahora su proyecto de vida.
Un día, cuando Efraín regresaba de un viaje de negocios por varias de las principales capitales del mundo, transitaba tranquilamente en su hermosa y costosa camioneta último modelo, al dar una curva, atropelló una pequeña y destartalada venta de mangos instalada en una escuela vetusta, y atendida por un hombre de edad al que todos llamaban “Curramba”, destruyéndola involuntariamente, y mandando los mangos a rodar por el pavimento, mientras que personas que caminaban por la calle y niños que esa hora salían al descanso, los tomaban para sí, con sorpresa y alegría.
La reacción inmediata de Efraín fue la de reconocer su error, pedir disculpas al propietario e indemnizarlo por los daños causados, cuestión a la que “Curramba” no quiso acceder, ya que consideraba un agravio imperdonable del sujeto, y se despachó en insultos y groserías contra el dueño de la camioneta; sobre todo, cuando la pequeña herida en la cara le permitió descubrir que se trataba de aquel mismo joven que una mañana de enero se había atrevido a desafiarlo, poniéndole competencia en su propio territorio. La respuesta del vendedor de mangos se tornó violenta.
Considerando que esto era una burla y una ofensa que no podía pasar por alto, el viejo sacó su cuchillo, y sin mediar palabra, se dispuso a atacar al exitoso empresario, clavándolo primero en la cara, y luego varias veces en el pecho, Efraín se desplomó sin remedio, mientras gritaba con desespero que lo salvaran. Lo último que sus ojos alcanzaron a ver, fue las múltiples cortadas en los brazos del asesino, prueba inequívoca de sus repetidos ataques.
“Curramba” fue detenido y condenado a 72 años de cárcel, de los cuales solo cumplió seis meses, porque perdió la vida tras sufrir un paro cardiorrespiratorio mientras leía en el periódico local, que Efraín no habría alcanzado su exitosa vida, si el tal “Curramba” no lo hubiera sacado corriendo de aquel sitio, la mañana calurosa de enero en la que el entonces joven, instaló el primer negocio de frutas de su vida.
FIN
viernes, 1 de julio de 2022
PACTO CON EL DIABLO
PACTO CON EL DIABLO
El señor Puyana yacía recostado en el inmenso sofá de su sala, cuando Ramón llegó a la casa para pedir ayuda para su hijo. “Sargento” uno de los perros, el más viejo y quizás el más bravo, le había mordido el labio, y el niño sangraba profusamente.
Vinieron los sirvientes, y hasta la señora Eduvigis, para hacerle una curación al muchachito. Lo primero que hicieron fue limpiarle bien con alcohol para comprobar la profundidad de la herida. Por el ardor, el niño gritaba desesperado. Descubrieron que efectivamente la herida era profunda. La dejaron expuesta y libre de sangre, y le echaron café, el santo remedio que nunca fallaba para detener la hemorragia.
-¡Todo es culpa del mismo vergajito!- señaló enojado el señor Puyana.
-¿Pero por qué del niño, Valero?- preguntó indignada doña Eduvigis.
-Porque se la pasa jodiendo al pobre perro- aseveró don Valero.
-Pero Ramón dice que el niño estaba quieto y que el perro lo mordió- ripostó doña Eduvigis.
-El niño cogió una rama del uvo, y comenzó a pegarle por la jeta al perro, pues claro, no le dejó otra opción que defenderse- agregó don Valero.
Ramón estaba perplejo al ver que don Valero, había relatado con detalles, lo sucedido en el incidente. Permaneció absorto antes de responder, y aunque sabía que todo ocurrió como lo dijo don Valero Puyana, prefirió mantenerse en lo dicho inicialmente, para no quedar como un mentiroso.
Desde ese entonces, Ramón quedó con la duda de por qué razón, el viejo Valero Puyana, se había enterado con tanta precisión de la verdadera razón de tan tremendo mordisco: que el niño había arrancado una rama del uvo y empezó a pegarle a “Sargento”, y él le había dicho que dejara de molestarlo porque lo iba a morder, y dicho y hecho, que lo mordió y casi lo deja boquineto. Todo, tal como el viejo lo había contado. “¡Tenía pacto con el diablo! Claro, por eso tenía tanta plata, por eso lo sabía todo, por eso nunca se enfermaba, por eso siempre le iba bien en todo”, pensó Ramón.
Don Valero Puyana vivía junto a su esposa la señora Eduvigis de Puyana, en una inmensa mansión desde la cual dominaba las inmensas tierras que poseía. Si hasta un día, contestándole a un amigo, que le preguntó sobre hasta dónde llegaban los límites de sus propiedades, tuvo la osadía de decirle que “hasta allá, donde el llano se une con el cielo”, para darle a entender que sus terrenos eran tan grandes que ni siquiera él, sabía dónde terminaban. Sus dos hijas y sus dos hijos habían estudiado en Europa, y ahora ya profesionales, trabajaban y vivían de manera acomodada, con sus respectivas familias.
El anciano rondaba los 78 años, dos años menos que doña Eduvigis, y siempre se le veía muy activo, hasta el punto de que nadie creía que tuviera esa edad. Su trabajo consistía en levantarse muy temprano, a divisar las tierras y a supervisar el trabajo de los jornaleros, que hicieran todo bien, y que no le fueran a robar ni un minuto de su tiempo, que era lo que en realidad le preocupaba. Tenía 80 jornaleros, que ganaban cada uno, la “descomunal” cifra de un peso al día. Alguna vez, un amigo suyo le preguntó, que por qué no les pagaba más, y él en tono irónico le respondió: “a ellos no se les puede dar más porque si no se vuelven locos”. Y sin embargo, siempre se le llenaba la jeta de orgullo diciendo que había que trabajar, trabajar y trabajar.
Tenía enormes plantaciones de tabaco que exportaba a Holanda y a las Indias Orientales. Eran cientos de hectáreas cultivadas con la planta Nicotiana tabacum, llamada por aquellos lejanos días, la “Hierba Santa”. De igual manera poseía gran cantidad de animales, entre vacas, cerdos, caballos, burros, pollos y patos. Además de la gran casona que habitaba, famosa por las 32 ventanas y las 16 habitaciones.
El lunes por la mañana, don Severiano había llegado a trabajar con los rigores de la borrachera del domingo. Se bañó, se vistió y salió para su trabajo como si nada, llegó a la casona para presentársele a don Valero Puyana, tal como era la costumbre diaria de los 80 obreros, antes de iniciar sus tareas. Pasó a cabalidad, sin dejar al descubierto su guayabo infernal, y se dirigió al sitio de trabajo para realizar sus labores correspondientes. Pero no estaba bien.
Tan pronto se enfrentó al sol, comenzó a desbaratarse. El desesperante dolor de cabeza, el leve mareo, el estado febril, la sed insoportable y el vómito incontrolable, le hacían caer al abismo de la perdición total, en el que comprendía el papel maligno del alcohol y aseveraba desde lo más profundo de su conciencia, que jamás volvería a tomarse un trago, mientras enfrentaba las consecuencias de la peor borrachera de su vida. Se sentó a la sombra del árbol de mango y durmió un rato, y hubiera pasado de largo si sus compañeros no le avisan que ya era la hora de ir a la casona a almorzar.
Don Severiano se sintió reconfortado con la idea del almuerzo. Descubrió que el descanso le había asentado bien y percibió que en la tarde, después de recuperar plenamente sus fuerzas, trabajaría con más ahínco, a sabiendas de que en realidad no merecía nada porque no había trabajado, se refugió en la posibilidad de una carnecita bien frita, y una buena limonada, que era todo lo que le imploraba al cielo en esos momentos de intensa agonía.
Al llegar a la casona, don Valero Puyana llamó a don Severiano a la sala y le dijo:
-Severiano, ¿usted por qué no ha trabajado hoy?
-Sí señor, yo sí he trabajado.
-¡Mentiroso! Se sentó debajo del árbol de mango y estuvo allá durmiendo toda la mañana, para usted no hay almuerzo. No puedo mantener un zángano. Si trabaja la tarde, le pago la media jornada.
Severiano no acataba qué decir, miraba a su alrededor como buscando apoyo, pero no lo encontró. Visiblemente sorprendido por los detalles del patrón, no se atrevió a desmentirlo sino que implorando una misericordia inmerecida, de manera casi que sumisa, ripostó:
-Estoy muy enfermo. Pero le prometo que en la tarde sí voy a trabajar.
Ramón le compartió un pedazo de carne, una yuca, un poco de arroz y medio vaso de limonada, conversaron un rato y llegaron a la conclusión de que “Don Valero Puyana todo lo sabía, que era prácticamente imposible engañarlo y que todo se debía a que tenía pacto con el diablo”.
Otro día el turno fue para Jairo, que había traído una mochila para guardar y llevar a la casa los mamoncillos grandes y dulces de un árbol que estaba que se reventaba, y que al llegar en la tarde a cobrar el jornal, el viejo le obligó a voltear la mochila, y los mamoncillos salieron volando ante la mirada atónita de don Valero y de doña Eduvigis. A ese le fue peor, porque no solamente no le pagó sino que además lo echó. Al salir, se encontró con Ramón y don Severiano, y contándole lo sucedido, llegaron a la conclusión de que definitivamente el viejo tenía pacto con el diablo.
Después le tocó a Aurelio. Unos periquitos habían hecho un nido sobre un frondoso árbol de mango, y a Aurelio se le hizo fácil coger dos pichoncitos, para llevárselos a la casa, y a la hora del pago, el viejo le abrió la maleta y le sacó la bolsa donde el muchacho guardaba los dos animalitos. A este, no le pagó, lo echó con insultos, y además prometió, que iba a denunciarlo ante el comisario de policía por ladrón y sinvergüenza. Aurelio le contó lo que le había ocurrido a Ramón y a don Severiano, y estos le dijeron que lo que pasaba era, que el viejo tenía pacto con el diablo.
Por cosas como estas y otras más, comenzó a correr por la región y pronto se extendió hasta más allá, el rumor de que don Valero Puyana, el dueño del llano, había firmado con Satanás un convenio mediante el cual, el viejo recibiría en vida, grandes privilegios como salud, dinero y amor, pero que cuando ya hubiera vivido lo suficiente y muriera, indefectiblemente el demonio vendría por el alma del anciano.
Pero un día, don Valero Puyana quedó desconcertado. Comenzó a observar que a la hora del descanso, los obreros entraban a cierto rastrojo que se encontraba muy cerca de las ahuyamas, el cual era un lugar muy conocido de la hacienda, llamado familiarmente como “el rastrojo de las ahuyamas”.
Sin saber a qué se dirigían con tanta rigurosidad, no se atrevió a acusarlos sin saber a ciencia cierta, a qué se debía la visita, entonces decidió él mismo ir a comprobar de qué se trataba, pero no encontró nada. Dedujo que sin duda había algo que los motivaba a ir, pero que no sabía qué era.
Cierto día, al terminar la jornada laboral, don Valero Puyana reunió a todo el personal para indagarles sobre qué era lo que ellos hacían a la hora del descanso en “el rastrojo de las ahuyamas”, entonces llamó a los jóvenes que con mayor frecuencia asistían a dicho lugar, todos se miraban entre sí, pero ninguno se atrevía a decir nada. Siete u ocho jovencitas, hijas del personal de aseo y cocina de la hacienda, seguían la situación a lo lejos, mientras que una sonrisa cómplice se desprendía tímidamente de sus labios y con toda certeza las llenaba de felicidad.
De manera espontánea, todos se pusieron de acuerdo en desmentirlo, diciendo que ninguno entraba a ese sitio a esa hora, pues no tenían nada que ir a hacer allá, y que si alguno de manera desprevenida algún día había entrado era única y exclusivamente para orinar.
El viejo ricachón se quedó sin argumentos, y ante la falta de evidencias, optó por descalificar al personal, tratándolo de injustos e irrespetuosos, que él que se esmeraba porque tuvieran con qué comer, ellos y sus respectivas familias, resultaba siendo el malo del paseo. Pero que no importaba, que arriba estaba el que para abajo veía, y cuando dijo eso, comenzó a oírse que todos rumoraban, que claro, que como si no supieran que había hecho pacto con el diablo, para que nunca la faltara nada, pero que ya verían ellos, el día que se estuviera muriendo, como el mismo Satanás en persona vendría por su alma.
A pesar de los ingentes esfuerzos de don Valero Puyana por saber todo cuánto acontecía en sus dominios, esta vez tuvo que ignorarlo. El viejo organizó de inmediato un viaje a Europa para cambiar los viejos lentes binoculares que gracias a su extraordinario aumento le dejaban ver de cerca, todo lo que se encontraba lejos, pero que no le habían permitido ver, qué era lo que ocurría dentro de los rastrojos.
FIN
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