viernes, 15 de julio de 2022

SECRETO SIEMPRE SAGRADO

SECRETO SIEMPRE SAGRADO La desdicha de Elisa comenzó el mismo día en que a Jairo le dieron el trabajo. El muchacho apenas había terminado su bachillerato unos meses antes, y pensó que antes de ocasionarle a su mamá otro costo más en carreras universitarias, lo mejor era ponerse a trabajar y pagarse sus estudios mientras le ayudaba a ella a cubrir los gastos básicos. Un aviso clasificado apareció en la prensa local solicitando personal para una empresa innovadora en el servicio de mensajería. Lo primero que a Jairo se le vino a la cabeza es que si iba a trabajar haciendo mandados necesitaba un medio de transporte, pues era imposible realizar ese trabajo a pie, ya que lo primero que buscaba una persona al requerir tal servicio era prontitud. Leyó los requisitos y se ilusionó con la posibilidad de aplicar. Bachiller, mayor de edad, disponibilidad de tiempo, sexo masculino, situación militar definida, no tener medio de transporte. Cumplía con todos los requerimientos, parecía un aviso hecho a su medida. Jairo no dudó en enviar la hoja de vida al anunciador indicado y se sentó a esperar la llamada. Fueron pasando los días y la llamada no llegaba. Consideró entonces que no había sido seleccionado, imaginó mil razones por las cuales no fue tenido en cuenta y cuando se agotaron las razones negativas de su desatención, conjeturó que se había tratado más bien de alguna información imprecisa, como un número celular con una cifra de más o de menos, o un número fijo con una cifra cambiada. Más como la vida se encarga por sí sola, de dar a cada quien lo que se merece, cuando Jairo había abandonado la idea del trabajo, ocho días después de haber presentado la hoja de vida, fue llamado para comunicarle que había sido preseleccionado y que debía presentarse de inmediato a entrevista. Y así lo hizo. Se presentó con la ilusión de que saliera seleccionado y que este fuera el inicio de una vida holgadamente exitosa. Cuando Jairo volvió a casa, luego de una breve pero concisa entrevista, se le vio alegre y radiante, convencido de que iba a entrar a trabajar, y que todas sus buenas razones encontraban una perfecta justificación en el hecho de que todo cuanto anhelaba era ayudar a su mamá a llevar la carga. -Eran más de cien muchachos- le dijo a su mamá. -¡Tranquilo que al que le han de dar le guardan!- agregó ella, con aquella voz de sabiduría que solía imprimir a sus aseveraciones cada vez que le quería dar ánimo a su muchacho. Fue un proceso rápido. Se trataba de una empresa de mensajería cuyo dueño a su vez era dueño de una concesionaria de motocicletas, entonces quien quisiera trabajar en la empresa debía comprarle a él su propia moto, de ahí que no aceptaran gente que ya tuviera su medio de transporte. El plan era muy sencillo. Vender tantas motocicletas como muchachos quisieran trabajar. Pagando 30 cuotas mensuales de 200.000 pesos, cada muchacho se hacía a su medio de transporte, asegurando de esta manera el trabajo con el cual podía hacer realidad sus sueños. Finalmente, surtidos todos los efectos, Jairo firmó contrato y comenzó así su vida laboral. Pasó de estudiante de bachillerato, cuya única obligación es estudiar; a trabajador, cuya relación de subordinación a otra persona a cambio de un salario le hacen como un esclavo, cuya menor diferencia con su amo le puede significar ser echado a la calle. A pesar de la cruda definición, Jairo se encontraba visiblemente complacido. Lo primero que hizo fue pasar por la decisión de escoger la que sería su motocicleta. La eligió de color rojo y le fue asignado el número interno 33, esta experiencia le pareció su entrada material al mundo de la adultez, un mundo que hacía apenas unos meses se le hacía inmensamente lejano. Finalmente comenzó la función, Jairo se había lanzado al ruedo, con antelación había aprendido a conducir su motocicleta y Elisa a rogarle a Dios que se lo protegiera de todo mal y peligro. Así transcurrió el primer día de trabajo, un día en el que todo parecía locura y en el que hubo instantes en los que anheló que surgiera desde la profundidad de la tierra un hueco gigante que acabara por devorarlo sin misericordia alguna. Resultó Jairo ser muy hábil y diligente. Conocía a plenitud las direcciones y acataba sin reparos las normas de tránsito. Con los clientes era muy honesto y decente. Adquirió la pericia necesaria para desenvolverse a cabalidad sobre el velocípedo, y como fuera tan solicitado y proactivo, ganó un premio adicional por ser “el mensajero del mes”. A pesar de las primeras dificultades, el muchacho pronto se halló a gusto con su desempeño. La cosa empezaba a marchar de maravilla. Se sintió realmente importante el día en que recibió su primer sueldo e invitó a su mamá a comer hamburguesa. Pero ese fue sólo el comienzo; después vinieron más experiencias de ese tipo, pagar la cuota de la moto, hacer mercado, pagar los servicios públicos y hasta la sensación gratificante de comprarse una camisa o un pantalón. Mas como Jairo poseía un espíritu inquieto, empezó a soñar con la idea de llegar mucho más lejos. Así fue como decidió dar dos pasos fundamentales en su vida y en la vida de cualquier hombre: estudiar y tener novia. Y con un esfuerzo extra en su trabajo, pudo entrar a estudiar en la jornada nocturna la carrera de Administración de Empresas y tener también alguien más con quien compartir sus triunfos. El tiempo fue pasando y Jairo se acostumbró a su trabajo, más para Elisa siempre que su hijo salía a trabajar, un suplicio se instalaba en su corazón porque vivía atemorizada de que algo malo le sucediera a él en la motocicleta. Y no es que fueran infundados los temores, todos los días los titulares en los periódicos locales eran las muertes y los accidentes de los motorizados; por eso, ella le pedía constantemente que cambiara de trabajo, pues era consciente de que a pesar de lo bien que su hijo la estaba pasando, existía la posibilidad de que estuviera aún mejor. Una tarde después del almuerzo, Jairo salió a trabajar, y como siempre su mamá salió a despedirlo. Pero ese día hubo algo más. Elisa lo vio ya hecho todo un hombre y su mente divagó repentinamente por los avatares del recuerdo. Imágenes de su niñez brotaron de manera fugaz del alma de la señora mientras que una o dos lágrimas escaparon por sus mejillas. Jairo Estaba rozagante y alegre, se veía verdaderamente feliz. -¡Bendición madre! -¡Que mi Dios me lo bendiga! Se quedaron mirando fijamente, como queriendo decir algo que ninguno de los dos se atrevió a decir. Elisa le dio la bendición con la mano y mirándolo a los ojos le suplicó que cambiara de trabajo. Jairo sonrió levemente y le informó que le tenía una sorpresa pero que no se la podía dar todavía hasta que no estuviera confirmada. Subiéndose a la motocicleta le solicitó que ese fuera un secreto siempre sagrado. Fue la última vez que se vieron. Elisa salió esa tarde para una cita médica de control a la que tenía que asistir cada mes, venía reconfortada con la noticia de que al igual que siempre, el médico la había encontrado en buen estado de salud. Sucedió que, al regresar, Elisa tomó el autobús para volver a casa, recostó su cabeza en la ventana y comenzó a imaginar cuál sería el secreto que su hijo le iba a confiar. En eso estaba, cuando se percató de que el autobús se había detenido porque un tumulto de gente y vehículos formaba un trancón monumental y un grupo de personas observaba detenidamente un accidente de tránsito. Elisa se bajó rápidamente del autobús para observar qué estaba pasando. Sobre el pavimento yacía una motocicleta tirada. Una ola incontrolable de angustia se apoderó de su ser, sobre todo después de levantar su mirada y hallar veinte metros más adelante una sábana blanca y ensangrentada arropando el cuerpo sin vida de una persona. El pánico la fue invadiendo mientras mil escenas diferentes se cruzaron por su mente. Sintió la imperiosa necesidad de acercarse más para ver de quién se trataba. Las autoridades ya habían acordonado el lugar y era imposible acceder, la gente comentaba que el muchacho de la moto se había estrellado contra el separador por ir a alta velocidad y se había matado. Elisa creyó desfallecer. La motocicleta estaba irreconocible. Un rio de sangre emanaba sin control del cuerpo de la persona que yacía bajo la sábana. A pesar de que el aire comenzaba a faltarle, Elisa logró acercarse tanto como para reconocer que los zapatos de la víctima eran los mismos que ella le había regalado a Jairo en diciembre pasado. La mujer estalló en una especie de llanto desenfrenado e imperecedero. Alcanzó a halar un poco la sábana y la mano del muerto quedó expuesta, el reloj que Jairo se había comprado con su primer sueldo quedó al descubierto. El corazón de Elisa parecía salirse del pecho y corría como un guepardo hambriento detrás de su presa. Cerca de la oscuridad absoluta, Elisa se percató de llamar a Jairo a su celular, pero se desplomó cuando oyó vibrar el tono de su móvil debajo de la sábana que tapaba al cuerpo. No había lugar a dudas. Jairo era el muerto. Imágenes y sonidos se entrecruzaban de aquí para allá y de allá para acá en un vaivén infernal. La respiración y el pulso se detuvieron paulatinamente y la mirada se fue perdiendo en el infinito. Ya en el piso, la mujer vio tirada la placa interna 33 de la motocicleta que su hijo compró un día con el anhelo de salir adelante y brindarle a su mamá algo de lo que ella con tanto esfuerzo le había proporcionado. Fue lo último que tuvo la oportunidad de observar en este mundo de infamia. Elisa no aguantó la tragedia y un infarto fulminante se encargó de llevarla al reino donde no existe el dolor ni la necesidad. Entre tanto, en la inspección de policía junto a su novia y aún descalzo, Jairo instauraba la denuncia penal contra el ladrón que de manera insolente le había robado la motocicleta, los zapatos, el reloj y el celular. A pesar, que no quería asustar a Elisa con esa noticia, su amada logró convencerlo de que la llamara para contarle lo sucedido, le marcaron al celular con insistencia, pero no contestaba, era como si se hubiera ido y lo hubiera abandonado para siempre. FIN

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