Ahora el hombre estaba ahí. En medio de una selva interminable de vehículos, y enredado en el trancón más impresionante de la historia. Le parecía imposible que ayer, unas horas antes, era el hombre más feliz del mundo, y hoy, unas horas después, estuviera sumergido en semejante infierno.
Ni como dejar de pensar que ayer, fue un día inolvidable para él. El gerente general de la compañía lo mandó llamar a su oficina, lo hizo seguir, le pidió agua aromática, alabó su dedicación al trabajo y le dio la buena noticia que a partir de ese momento sería el nuevo director comercial.
Hacía sólo dos años había ingresado a la empresa, pero desde el mismo momento de su entrada, se propuso que su paso como asesor comercial sería transitorio, su verdadero objetivo sería al principio la dirección comercial y más adelante la gerencia general.
Por eso desde el comienzo se esforzó por ir más allá, sacrificó muchas veces lo que más le gustaba, soñó que podía ser el mejor y despertó con la firme convicción de que todo cuanto se anhela en la vida se puede alcanzar si se lucha con la vehemencia necesaria para vencer cualquier obstáculo.
Ese, que para él era día de descanso, sirvió de pretexto ideal para levantarse tarde. Una extraña sensación de realización y suficiencia desbordaba sus sentidos, instantes de gozo nunca vividos aparecían fugazmente mientras se hacía a la idea su nuevo papel de ejecutivo. La mujer ya había salido a trabajar, pero él, en medio de su ilusión, soñaba despierto con escenas gloriosas de las cuales ellos, eran los únicos protagonistas.
En eso estaba, cuando una llamada de alguien conocido lo sacó de su dulce abstracción.
-No sé cómo decirle esto- le dijo con inusitada preocupación.
-Acabo de ver a su mujer entrando a un motel con un tipo- agregó.
El pocillo de café cayó al piso y un temblor incontrolado se apoderó del hombre que hasta hace unos momentos se sentía francamente feliz.
-Pero ¿cómo, cuándo, dónde, con quién? Musitó con dificultad.
-Pero ¿está seguro que es ella? Preguntó con desesperación.
Miraba una y otra vez el celular esperando que fuera una llamada equivocada o alguna broma pesada, de esas que a veces suelen hacerse los amigos.
- ¡Sí! La vi hace cinco minutos, en “El Edén”, el motel que está en la autopista al aeropuerto, está vestida de bluyín y una blusa blanca de lunas moradas, el tipo realmente no lo conozco, ella no alcanzó a verme, pero yo sí. Estoy seguro que es ella.
-Por favor no vaya a reaccionar mal, hablen, recuerde que el amor es superior a cualquier ofensa y no le vaya a contar que yo le dije.
El hombre colgó y quedó como en estado de inconciencia, estaba pálido y frío, su corazón corría como un caballo desbocado, se sentía en otro universo, percibió que el mundo se le había caído encima y que su deseo de vivir había rodado por un precipicio sin fondo, anheló que una especie de remolino apocalíptico hubiera evitado su existencia, y que de haber existido, ojalá un monstruo salvaje lo hubiera devorado sin misericordia alguna, dos lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras su conciencia deambulaba inútilmente por las escenas lascivas de su mujer con el amante.
En lugar de haber tomado cualquier otra decisión, lo primero que hizo fue correr despavoridamente hasta el armario en búsqueda de la dichosa blusa blanca de lunas moradas, en cuanto al bluyín, no servía de referencia puesto que la mujer usaba decenas de ellos; al no hallarla fue a la canasta de la ropa sucia y tampoco estaba, entonces sintió que todas sus premoniciones se volvían realidad, y un mar de desgracias se mostraba insuperable ante sus ojos, al notar que efectivamente faltaba esa prenda, y aunque que no estuviera allí no indicaba que su mujer estuviera revolcándose con otro hombre, si surgía una fatal coincidencia que podía dejar la insidiosa situación al descubierto: que el amigo efectivamente la había visto y estaba vestida así.
El hombre parecía haber sido poseído por mil demonios. Su rostro alumbraba como la nieve, y una extraña expresión de odio y venganza se instaló en su mirada perdida en el infinito. Su cuerpo temblaba al compás de una melodía infernal y balbuceaba palabras y frases desproporcionadas e ininteligibles. Instintivamente corrió hasta su armario y allí en medio de una selva de libros, en el último recoveco de su independencia, descubrió lo único que sería capaz de restituir su honor y su tranquilidad: la beretta 92, la pistola de sus sueños, la que anheló jamás tener que utilizar.
Gastó tres o cuatro minutos en bañarse y vestirse, bajó hasta el parqueadero y sacó su automóvil. En medio de un día que lucía radiante como ninguno, emprendió el camino hasta el famoso “El Edén”. Tomó la autopista que conducía hasta el aeropuerto a una velocidad inadmisible para cualquier ser racional, acelerando a fondo en un recorrido dantesco que se hacía interminable.
Mil sentimientos, mil pensamientos pasaban por su mente. Recuerdos fugaces que aparecían intempestivamente y se esfumaban en un avatar inconcebible que desafiaba las leyes del tiempo y el espacio. Una bola de nieve cargada de ira y rencor se desprendía de su conciencia y crecía a cada instante, atosigaba su espíritu y enceguecía sus sentidos, dejando al descubierto la parte más salvaje que todo ser humano guarda en lo más profundo de su ser.
Es posible que hubiera cometido una o varias infracciones de tránsito, es probable que hubiera realizado algunas maniobras inimaginables en otro contexto. Una fuerza incontrolable se había apoderado de su naturaleza, una energía desconocida que descendía de otra dimensión para restablecer su honor, para asistirlo en el propósito de desterrar de este mundo a los canallas que se habían atrevido a burlarse de su confianza.
Atravesó la autopista a más de cien kilómetros por hora, no habría andado siete u ocho kilómetros, cuando de pronto se vio inmerso en un monumental trancón, una selva interminable de vehículos se entrelazaba a su alrededor para frenar su ímpetu. Esperó uno o dos minutos y se exasperó al máximo, al comprobar que no podía avanzar, fue entonces cuando quiso regresar, pero ya era demasiado tarde, había quedado encerrado.
Ante la incapacidad de avanzar o retroceder, el hombre se sintió en el mayor grado de impotencia posible. Y allí atrapado en el auto, en una pequeña autopista de una ciudad lejana, en un país desconocido de un distante planeta del universo llamado tierra, se percató que era el ser más desgraciado. Comenzó entonces a divagar por los rincones más distantes de su mente y se halló en medio de lo más extravagante de su naturaleza, los pensamientos y los sentimientos más exóticos afloraron desde lo más recóndito de su alma.
La pistola recostada en la guantera abierta era la única testigo del desplome moral del hombre. Se halló partícipe de una certera compasión que se extendía en ella y consideró que cualquier mejoría de su situación pasaba necesariamente por el uso que del arma hiciera, inclusive en la hipotética violación del principio fundamental de no utilizarla nunca.
De manera inoportuna surgió en su mente la noche aquella en que había conocido la que sería la mujer de su vida. Fue en un hermoso crucero en el rio Paraguay, en la bahía de Asunción, al compás del arpa y el mate, saboreando la mejor carne del mundo y disfrutando la presencia de las mujeres más bellas del universo, sus miradas se encontraron en medio de un bosque de miradas, desde ese mismo instante supo lo que ella representaría en su vida. Se sintió apabullado en la triste idea de que ese momento ha sido el único verdaderamente feliz de su vida.
Entonces tuvo una genial idea. El celular que le había regalado tenía el sistema GPS, al llamarla sabría donde se encontraba.
Solamente timbró una vez el celular cuando la mujer lo contestó de inmediato.
- ¡Hola, mi amor! -
- ¿Dónde estás? -
-Te acordás que te conté que el señor Leoz, dueño de la compañía, estaba en la ciudad, pues mirá que lo estuve acompañando al aeropuerto porque viaja al sur. Y ahora estoy en un embotellamiento que parece interminable. Creo que me voy a demorar un poco más.
El hombre decidió colgar porque descubrió un rasgo de cinismo que consideró sinceramente indignante. El GPS mostraba una ubicación aproximada a la del motel, todo concordaba fatídicamente con la versión del informante. Su semblante lucía descompuesto. Estaba poseído, sus ojos desorbitados acariciaban la locura, y el temblor de sus manos anunciaba que inexorablemente había perdido el control de sí mismo.
Su celular comenzó a sonar frenéticamente con la llamada perdida de la mujer de sus sueños. Miró a su alrededor y comprendió que todo había terminado. Sintió envidia de las escenas dibujadas en los otros vehículos, otras alegrías, otras ilusiones, todo tan ajeno para él que prefirió no volver a mirar, entonces fijó la mirada en la pistola salvadora. Pero comprendió que era imposible escapar de ese trancón maldito.
Entonces tuvo la sensatez de considerar abandonar el vehículo para ir a pie hasta el lugar de la traición, aún a sabiendas que ese sería un viaje sin regreso, pero no había otra alternativa, era un riesgo insalvable que se debía tomar. Ráfagas de imágenes lujuriosas aparecían una y otra vez por su mente, su mujer en manos de un hombre al que no lograba verle la cara, llenaban su alma de una sustancia verde y pegajosa llamada venganza.
Llegó a la conclusión de que efectivamente su amigo estaba en lo cierto. De ahí en adelante todo fue una incontrolable alucinación. Un laberinto sin otra salida que matar a los culpables. Era necesario para restituir su honor y su existencia. Cuánto anheló que algo o alguien hubiera evitado su desgracia, que un milagro borrara de su mente ese mal instante, pero por ahora tendría que salir del vehículo con la pistola en la mano, para ir al fatal encuentro, y poder atravesar esa línea imaginaria que dividía la frontera entre el seguir siendo o no, y que ese imperturbable deseo de ser del otro mundo, quedara superado de una vez por todas, para que a nadie le quedara la más mínima duda que la felicidad no existe, que tan sólo es la más pequeña porción de tristeza posible.
FIN
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