lunes, 15 de agosto de 2022
TRAFALGAR
TRAFALGAR
Trafalgar… Alcanzó a leer finalizando el párrafo. Levantó suavemente su rostro y clavó su mirada perdida en el techo. Trató de recordar algo que le parecía familiar, pero un ruido fugaz logró distorsionar su memoria. Buscó entonces una imagen conocida en el relieve mal labrado del añejo dosel de la habitación vetusta que lo acompañaba noche tras noche, para que lo acercara a su pensamiento más íntimo, pero todo se hacía confuso. Esa palabra tenía algún significado especial en su vida, pero no conseguía hacer la conexión perfecta que le permitiera interpretar de manera precisa ese anuncio de relación entre la realidad virtual que lo rodeaba y una posibilidad remota de realización personal primorosamente escondida.
En lo más profundo de sus sueños, encontró la sutileza necesaria para descifrar el enigma milenario de su grandeza. Allá en el patio trasero de su mente halló la voz angelical que de manera providencial dictó la frase milagrosa que debía iluminarlo para siempre: “tu futuro está en Trafalgar”.
Recordó perfectamente ese cúmulo de letras organizadas y con un sentido totalmente claro que surgieron una noche pretérita, mientras dilucidaba un sueño absurdo en el que nada tenía relación con nada, pero que desde su fantasmagórica aparición había preservado con inusitado interés.
Convencido de que esa proclama encontraría un día una justificación precisa, se dio a la tarea de investigar concienzudamente de qué se trataba tal afirmación, para tal fin trajo varios libros de historia y muchas enciclopedias en los cuales pudiera comprender de manera concisa la definición más completa de aquella batalla inmortal, en la que, por capricho del destino, reposaba ni más ni menos que el trono sagrado de su felicidad.
El delirio descomunal comenzó la misma noche en que conoció a la bella princesa. Desde el preciso instante en que sus miradas se encontraron de manera intempestiva, él tuvo el presentimiento de que ella sería la mujer de su vida. Pero ese presagio repentino se fue fortaleciendo abruptamente a medida que se fueron conociendo más a fondo. Un mes después de haberla visto por primera vez, le pidió que fuera su esposa, sintió que una profecía centenaria se hacía realidad en ese preciso momento.
Ahora surgía una dificultad y una inquietud turbaba sus intenciones. La raíz del problema radicaba en la idea imprecisa de no saber de qué iban a vivir. Ambos estaban estudiando y se encontraban ad-portas de terminar su bachillerato. La posibilidad del matrimonio sonaba como una bella melodía en medio de un oasis majestuoso, pero era una completa locura.
Por eso desde el momento en que escuchó en la radio la llegada del concurso millonario, decidió que esa sería su oportunidad. Se trataba de un concurso que buscaba premiar el conocimiento de las personas. A través de una serie de preguntas se iban eliminando los participantes paulatinamente hasta llegar al último, el cual debía enfrentarse a una computadora para disputarle así el premio mayor: cien millones de pesos.
De esta manera resolvió prepararse para el desafío. Se propuso ser un auténtico sabio, el poseedor de la mayor cantidad de conocimiento posible, cualidad que le permitiera responder acertadamente la pregunta que cualquier erudito se atreviera a formularle desprevenidamente.
Detrás de semejante despropósito se encontraba una mujer. Se llamaba Olga, Olga Osma. A pesar de no ser tan indiscutiblemente divina como cualquiera pudiera soñar, para él era, ni más ni menos, que una verdadera diosa, la auténtica encarnación de afrodita a su alcance. Su rostro, su cabello, su piel, su cuerpo, sus labios, sus ojos, su sonrisa, su mirada, todo a la medida perfecta para confeccionar el ser más maravilloso que había existido y que de manera inevitable lo introducía por un túnel misterioso que desembocaba en las mismísimas puertas del paraíso.
Para Olga, él tampoco le era indiferente, de hecho, como pudo manifestarlo en alguna ocasión, le parecía un hombre supremamente romántico, detallista, inteligente e incluso atractivo. En ellos el código genético predeterminadamente inscrito en la especie humana enmarcaba en hilos dorados la realización sublime de todo ser vivo de nacer, formarse, reproducirse y morir con absoluta tranquilidad.
Como cualquier hombre, él cayó de rodillas ante quien según su criterio era la dueña de su corazón, y estaba dispuesto a cualquier cosa para conquistarla, y hacerla suya para siempre, y que como fruto de ese amor perenne brotaran los hijos, seres que pudieran transmitir sus cromosomas de generación en generación, y asegurar así su presencia en el devenir de los tiempos.
Por eso cuando oyó que llegaba a la ciudad el famoso programa que hacía millonarios no tuvo el más mínimo reparo en prepararse de la mejor manera posible para participar y ganarse así cien millones de pesos de premio, suma necesaria para hacer realidad su sueño de casarse con Olga.
De esta manera se mezclaron en el manicomio de su corazón las dos pasiones más grandes que su ser pudiera abrigar: el amor obsesivo por su amada y el anhelo casi patológico de ganar el concurso, recurso único para alcanzar su propósito de vivir con Olga por toda la eternidad.
Logró reunir entre sus familiares y amigos cuarenta y dos enciclopedias con más de seiscientos cuarenta volúmenes, ochenta atlas con cerca de seis mil mapas generalizados y especializados, treinta y seis libros de biografías con los datos más importantes de casi diez mil personas consideradas como los seres humanos de mayor trascendencia en la historia del mundo. Hizo un préstamo en la cooperativa estudiantil para adquirir un bloque de más o menos mil fichas técnicas que contenían información general de cada una de las diferentes ramas del saber, las cuales reposaban desde tiempos inmemoriales en los anaqueles de la biblioteca municipal. Y por último se dedicó a comprar toda clase de periódicos y revistas para que le brindaran la información concisa y lo más actualizada posible.
Todo tenía un propósito: poseer el conocimiento necesario para ganar el concurso. Por esa razón, por aquellos días se olvidó del mundo y de toda su rutina y de todos sus problemas, solamente vivía para aprender más. Los escasos instantes de distracción los utilizaba en pensar en su amada y en la felicidad que pronto alcanzarían. Dormía una o dos horas, no volvió al colegio y comía sólo una vez al día, escasamente se echaba agua en la cara y no se bañaba. Se convirtió en un autómata, el prototipo ideal de una supercomputadora humana, capaz de desarrollar en un segundo un intrincado problema eterno.
Pero lo que superó la barrera de la locura, fue la noche aquella en que se descubrió en medio del patio de su casa, trazando catetos e hipotenusas, hallando las funciones trigonométricas que le permitiera ubicar constelaciones y nebulosas, habitantes inermes del infinito misterioso que habían puesto a soñar a caballeros andantes y barones excelsos en la consecución del más grande de los valores de la raza humana: la sabiduría.
Repetía con persistencia frases ininteligibles, palabras indescifrables, oraciones incomprensibles y expresiones inescrutables que lo alejaban del mundo real al cual pertenecía. Sus amigos más cercanos creyeron perderlo definitivamente en el despeñadero de la locura total, un montón de cosas absurdas danzaban en su mente extraviada mientras los suyos lo observaban desde los senderos de la desesperación.
El día del concurso pareció recobrar la lucidez. Se levantó bien temprano, se afeitó, se bañó, se vistió y desayunó. Quedó listo. Todo en riguroso orden, un ritual meticuloso que parecía inquebrantable y que lo empujaba con inusitado interés a enfrentarse con el desafío que la vida le había puesto por delante. Cuando estaba a punto de salir tuvo la delicadeza de mirarse al espejo, pero la sorpresa de no reconocerse lo hizo detenerse. Había perdido casi veinte kilogramos de peso y tal vez veinte milímetros de estatura, sus rasgos faciales se mostraban más pronunciados y daba la impresión de haber envejecido unos diez años, por lo que alcanzó a creer que ese sería él dentro de diez años tras una larga enfermedad.
Sin embargo, nada le impedía sentirse imponente. Estaba listo para enfrentar el más grande de los retos, se sentía capaz de desafiar al destino mismo si fuese necesario con tal de hacer realidad su sueño, un sueño que habría de llevarlo hasta las puertas de la felicidad eterna.
Tras una especie de meditación trascendental se encontró de pronto en el escenario del concurso, en medio de un día radiante y magnífico descubrió miles de respuestas que brotaban de manera diáfana para derrotar uno a uno a sus más encarnados contendores, así los fue doblegando sin ninguna contemplación, parecía una máquina inexpugnable que dejaba atónito al más escéptico.
A medida que el concurso fue avanzando y sus oponentes fueron cayendo como un castillo de naipes en medio de un fuerte sismo, las preguntas se hicieron más complejas y las respuestas ya eran más difíciles de encontrar. Pero aun así contestaba de forma prodigiosa los intrincados problemas que el grupo de eruditos había elaborado y cuya solución prácticamente ya nadie conocía en el público.
En medio del cansancio que comenzaba a hacer mella en su organismo, se halló de repente en la parte final del concurso, miró a su alrededor y se descubrió completamente solo. Entendió entonces que estaba al frente de la computadora y que ahora la lucha sería con él mismo. Disponía de treinta segundos para vencer la máquina, respondiendo acertadamente la última pregunta y proclamándose campeón absoluto de su propia fantasía.
En ese momento, las escenas más bellas de amor con su amada cruzaron por su cabeza de manera intermitente y tocaron las fibras más íntimas de sus sentimientos, estaba en una dimensión completamente desconocida de la cual él era el único sobreviviente. A puertas de ser el ganador absoluto del concurso, la posibilidad de casarse con Olga era prácticamente un hecho inevitable.
Apenas pudo escuchar al presentador formulándole la pregunta:
- ¿Tela de algodón, especie de linón ordinario?
a) Trafagar
b) Trasfagar
c) Trasfalgar
d) Trafalgar
Con el peso latente de la consagración o el fracaso, y la duda suspicaz a cuestas, tuvo la necesidad de respirar profundo y poner su mente en blanco. Recordó perfectamente la inmortal batalla que glorificó al almirante Nelson y la identificó con la respuesta “d”, sabía que las respuestas “c” y “b” eran palabras que no existían y por tanto la única respuesta posible era la “a”. Pero no entendió la relación con la frase que le daba luz a su vida.
Cuando oprimió la tecla “a”, el timbre infernal que marcaba “Error” taladró sus sentidos y estremeció su corazón. La máquina maldita había señalado como correcta la opción “d”. Había perdido. Olga ya no sería para él ni su futuro estaría en Trafalgar. Su anhelo había sucumbido para siempre.
FIN
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