viernes, 1 de julio de 2022
PACTO CON EL DIABLO
PACTO CON EL DIABLO
El señor Puyana yacía recostado en el inmenso sofá de su sala, cuando Ramón llegó a la casa para pedir ayuda para su hijo. “Sargento” uno de los perros, el más viejo y quizás el más bravo, le había mordido el labio, y el niño sangraba profusamente.
Vinieron los sirvientes, y hasta la señora Eduvigis, para hacerle una curación al muchachito. Lo primero que hicieron fue limpiarle bien con alcohol para comprobar la profundidad de la herida. Por el ardor, el niño gritaba desesperado. Descubrieron que efectivamente la herida era profunda. La dejaron expuesta y libre de sangre, y le echaron café, el santo remedio que nunca fallaba para detener la hemorragia.
-¡Todo es culpa del mismo vergajito!- señaló enojado el señor Puyana.
-¿Pero por qué del niño, Valero?- preguntó indignada doña Eduvigis.
-Porque se la pasa jodiendo al pobre perro- aseveró don Valero.
-Pero Ramón dice que el niño estaba quieto y que el perro lo mordió- ripostó doña Eduvigis.
-El niño cogió una rama del uvo, y comenzó a pegarle por la jeta al perro, pues claro, no le dejó otra opción que defenderse- agregó don Valero.
Ramón estaba perplejo al ver que don Valero, había relatado con detalles, lo sucedido en el incidente. Permaneció absorto antes de responder, y aunque sabía que todo ocurrió como lo dijo don Valero Puyana, prefirió mantenerse en lo dicho inicialmente, para no quedar como un mentiroso.
Desde ese entonces, Ramón quedó con la duda de por qué razón, el viejo Valero Puyana, se había enterado con tanta precisión de la verdadera razón de tan tremendo mordisco: que el niño había arrancado una rama del uvo y empezó a pegarle a “Sargento”, y él le había dicho que dejara de molestarlo porque lo iba a morder, y dicho y hecho, que lo mordió y casi lo deja boquineto. Todo, tal como el viejo lo había contado. “¡Tenía pacto con el diablo! Claro, por eso tenía tanta plata, por eso lo sabía todo, por eso nunca se enfermaba, por eso siempre le iba bien en todo”, pensó Ramón.
Don Valero Puyana vivía junto a su esposa la señora Eduvigis de Puyana, en una inmensa mansión desde la cual dominaba las inmensas tierras que poseía. Si hasta un día, contestándole a un amigo, que le preguntó sobre hasta dónde llegaban los límites de sus propiedades, tuvo la osadía de decirle que “hasta allá, donde el llano se une con el cielo”, para darle a entender que sus terrenos eran tan grandes que ni siquiera él, sabía dónde terminaban. Sus dos hijas y sus dos hijos habían estudiado en Europa, y ahora ya profesionales, trabajaban y vivían de manera acomodada, con sus respectivas familias.
El anciano rondaba los 78 años, dos años menos que doña Eduvigis, y siempre se le veía muy activo, hasta el punto de que nadie creía que tuviera esa edad. Su trabajo consistía en levantarse muy temprano, a divisar las tierras y a supervisar el trabajo de los jornaleros, que hicieran todo bien, y que no le fueran a robar ni un minuto de su tiempo, que era lo que en realidad le preocupaba. Tenía 80 jornaleros, que ganaban cada uno, la “descomunal” cifra de un peso al día. Alguna vez, un amigo suyo le preguntó, que por qué no les pagaba más, y él en tono irónico le respondió: “a ellos no se les puede dar más porque si no se vuelven locos”. Y sin embargo, siempre se le llenaba la jeta de orgullo diciendo que había que trabajar, trabajar y trabajar.
Tenía enormes plantaciones de tabaco que exportaba a Holanda y a las Indias Orientales. Eran cientos de hectáreas cultivadas con la planta Nicotiana tabacum, llamada por aquellos lejanos días, la “Hierba Santa”. De igual manera poseía gran cantidad de animales, entre vacas, cerdos, caballos, burros, pollos y patos. Además de la gran casona que habitaba, famosa por las 32 ventanas y las 16 habitaciones.
El lunes por la mañana, don Severiano había llegado a trabajar con los rigores de la borrachera del domingo. Se bañó, se vistió y salió para su trabajo como si nada, llegó a la casona para presentársele a don Valero Puyana, tal como era la costumbre diaria de los 80 obreros, antes de iniciar sus tareas. Pasó a cabalidad, sin dejar al descubierto su guayabo infernal, y se dirigió al sitio de trabajo para realizar sus labores correspondientes. Pero no estaba bien.
Tan pronto se enfrentó al sol, comenzó a desbaratarse. El desesperante dolor de cabeza, el leve mareo, el estado febril, la sed insoportable y el vómito incontrolable, le hacían caer al abismo de la perdición total, en el que comprendía el papel maligno del alcohol y aseveraba desde lo más profundo de su conciencia, que jamás volvería a tomarse un trago, mientras enfrentaba las consecuencias de la peor borrachera de su vida. Se sentó a la sombra del árbol de mango y durmió un rato, y hubiera pasado de largo si sus compañeros no le avisan que ya era la hora de ir a la casona a almorzar.
Don Severiano se sintió reconfortado con la idea del almuerzo. Descubrió que el descanso le había asentado bien y percibió que en la tarde, después de recuperar plenamente sus fuerzas, trabajaría con más ahínco, a sabiendas de que en realidad no merecía nada porque no había trabajado, se refugió en la posibilidad de una carnecita bien frita, y una buena limonada, que era todo lo que le imploraba al cielo en esos momentos de intensa agonía.
Al llegar a la casona, don Valero Puyana llamó a don Severiano a la sala y le dijo:
-Severiano, ¿usted por qué no ha trabajado hoy?
-Sí señor, yo sí he trabajado.
-¡Mentiroso! Se sentó debajo del árbol de mango y estuvo allá durmiendo toda la mañana, para usted no hay almuerzo. No puedo mantener un zángano. Si trabaja la tarde, le pago la media jornada.
Severiano no acataba qué decir, miraba a su alrededor como buscando apoyo, pero no lo encontró. Visiblemente sorprendido por los detalles del patrón, no se atrevió a desmentirlo sino que implorando una misericordia inmerecida, de manera casi que sumisa, ripostó:
-Estoy muy enfermo. Pero le prometo que en la tarde sí voy a trabajar.
Ramón le compartió un pedazo de carne, una yuca, un poco de arroz y medio vaso de limonada, conversaron un rato y llegaron a la conclusión de que “Don Valero Puyana todo lo sabía, que era prácticamente imposible engañarlo y que todo se debía a que tenía pacto con el diablo”.
Otro día el turno fue para Jairo, que había traído una mochila para guardar y llevar a la casa los mamoncillos grandes y dulces de un árbol que estaba que se reventaba, y que al llegar en la tarde a cobrar el jornal, el viejo le obligó a voltear la mochila, y los mamoncillos salieron volando ante la mirada atónita de don Valero y de doña Eduvigis. A ese le fue peor, porque no solamente no le pagó sino que además lo echó. Al salir, se encontró con Ramón y don Severiano, y contándole lo sucedido, llegaron a la conclusión de que definitivamente el viejo tenía pacto con el diablo.
Después le tocó a Aurelio. Unos periquitos habían hecho un nido sobre un frondoso árbol de mango, y a Aurelio se le hizo fácil coger dos pichoncitos, para llevárselos a la casa, y a la hora del pago, el viejo le abrió la maleta y le sacó la bolsa donde el muchacho guardaba los dos animalitos. A este, no le pagó, lo echó con insultos, y además prometió, que iba a denunciarlo ante el comisario de policía por ladrón y sinvergüenza. Aurelio le contó lo que le había ocurrido a Ramón y a don Severiano, y estos le dijeron que lo que pasaba era, que el viejo tenía pacto con el diablo.
Por cosas como estas y otras más, comenzó a correr por la región y pronto se extendió hasta más allá, el rumor de que don Valero Puyana, el dueño del llano, había firmado con Satanás un convenio mediante el cual, el viejo recibiría en vida, grandes privilegios como salud, dinero y amor, pero que cuando ya hubiera vivido lo suficiente y muriera, indefectiblemente el demonio vendría por el alma del anciano.
Pero un día, don Valero Puyana quedó desconcertado. Comenzó a observar que a la hora del descanso, los obreros entraban a cierto rastrojo que se encontraba muy cerca de las ahuyamas, el cual era un lugar muy conocido de la hacienda, llamado familiarmente como “el rastrojo de las ahuyamas”.
Sin saber a qué se dirigían con tanta rigurosidad, no se atrevió a acusarlos sin saber a ciencia cierta, a qué se debía la visita, entonces decidió él mismo ir a comprobar de qué se trataba, pero no encontró nada. Dedujo que sin duda había algo que los motivaba a ir, pero que no sabía qué era.
Cierto día, al terminar la jornada laboral, don Valero Puyana reunió a todo el personal para indagarles sobre qué era lo que ellos hacían a la hora del descanso en “el rastrojo de las ahuyamas”, entonces llamó a los jóvenes que con mayor frecuencia asistían a dicho lugar, todos se miraban entre sí, pero ninguno se atrevía a decir nada. Siete u ocho jovencitas, hijas del personal de aseo y cocina de la hacienda, seguían la situación a lo lejos, mientras que una sonrisa cómplice se desprendía tímidamente de sus labios y con toda certeza las llenaba de felicidad.
De manera espontánea, todos se pusieron de acuerdo en desmentirlo, diciendo que ninguno entraba a ese sitio a esa hora, pues no tenían nada que ir a hacer allá, y que si alguno de manera desprevenida algún día había entrado era única y exclusivamente para orinar.
El viejo ricachón se quedó sin argumentos, y ante la falta de evidencias, optó por descalificar al personal, tratándolo de injustos e irrespetuosos, que él que se esmeraba porque tuvieran con qué comer, ellos y sus respectivas familias, resultaba siendo el malo del paseo. Pero que no importaba, que arriba estaba el que para abajo veía, y cuando dijo eso, comenzó a oírse que todos rumoraban, que claro, que como si no supieran que había hecho pacto con el diablo, para que nunca la faltara nada, pero que ya verían ellos, el día que se estuviera muriendo, como el mismo Satanás en persona vendría por su alma.
A pesar de los ingentes esfuerzos de don Valero Puyana por saber todo cuánto acontecía en sus dominios, esta vez tuvo que ignorarlo. El viejo organizó de inmediato un viaje a Europa para cambiar los viejos lentes binoculares que gracias a su extraordinario aumento le dejaban ver de cerca, todo lo que se encontraba lejos, pero que no le habían permitido ver, qué era lo que ocurría dentro de los rastrojos.
FIN
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