viernes, 8 de julio de 2022

PERDER ES TAMBIÉN GANAR

PERDER ES TAMBIÉN GANAR Efraín tenía catorce años cuando el destino decidió que debía ser papá. Entreverado en los albores de la inusitada situación, comenzó a elucubrar los posibles escenarios, en los que tendría que desempeñarse para responder acertadamente en su nuevo rol de padre. En esa búsqueda infructuosa, comprendió que puesto que apenas estaba terminando su bachillerato, solamente tenía dos caminos por recorrer, seguir estudiando y no hacerse cargo de su responsabilidad o dejar de estudiar y ponerse a trabajar para sacar a su hijo o su hija adelante. Imelda iba a cumplir dieciocho años, cuando supo que en realidad, no iba a tener un bebé sino dos. Sucedió que una tarde en la casa de la joven, Imelda y Efraín preparaban juiciosos la evaluación final de mitad de año de Economía, cuando la libido surgió en su interior como un fantasma renegado y una mirada encendió una llamarada de pasión que terminó devorándolos en el ardor de su propia cama. Ambos cursaban el grado doce; él, adelantado dos años; y ella, atrasada también dos, supieron de repente, que harían parte del novedoso mundo de los padres adolescentes. Veintiún días después de la lección de Economía que los llevó a sacar la mejor de las notas en la evaluación final de mitad de año, pero también a probarse en el papel de los buenos amantes, le comenzaron los síntomas a la joven. Las náuseas, el mareo, el vómito y el malestar en general, hacían presagiar que algo estaba sucediendo en el cuerpo de Imelda, pero jamás imaginaron que ese “algo” fuera un bebé, o mejor dicho, dos. Fue cuando los padres la llevaron ante una médica, para descartar la presencia de algún tumor, que se abrió la posibilidad de un embarazo. Y aunque la niña, siempre negó que hubiera tenido relaciones sexuales, una ecografía permitió ver, que en el útero de Imelda, se hallaban implantados dos embriones, que crecían de forma normal y tranquila. Efraín sintió que el mundo se rompía en mil pedazos y se le venía encima. Al principio la culpa recayó en el novio de ella, un joven de nombre Fermín, pero nunca en Efraín, aún más a sabiendas que la novia de él, era una joven de nombre Piedad. Y que todo el colegio, el barrio, el círculo de amigos y el entorno familiar, reconocían en ellos a sus parejas oficiales. El año terminó sin aspavientos. La tan anhelada fiesta de graduación de los jóvenes, terminó siendo una pequeña reunión familiar, en la que no participaron ni su novia ni su novio oficiales. No hubo brindis ni regalos. Había llegado el momento de enfrentar la dura realidad de ser padres. Sucedió, que una mañana calurosa de enero, mientras Efraín caminaba desprevenidamente por el centro de la ciudad en búsqueda de una fuente de ingresos, el joven descubrió la forma de ganarse la vida honradamente. Se trataba de una venta de mangos que funcionaba al frente de una gran escuela de primaria. Teniendo en cuenta que la primaria constaba de seis grados, que iban de primero a sexto, con niñas y niños, en promedio de cinco a diez años, con seis grupos por grado, con entre treinta y cuarenta estudiantes por grupo, distribuidos en dos jornadas, había una gran oportunidad de trabajo. Lo que Efraín no tuvo en cuenta era que ese negocio ya tenía dueño. Se trataba de un hombre al que llamaban “Curramba” y que no entendía, que a pesar de que la calle era una vía pública, y que si él podía vender mangos, cualquier otra persona también lo podía hacer, aquel hombre se sentía con los derechos suficientes para proclamarse propietario exclusivo de la única venta de mangos, en aquella institución educativa. Efraín reunió todo lo que tenía en ahorros y fue a la central de abastos para comprar un bulto de mangos. Tras preguntar el valor en varios locales, finalmente lo compró donde le dieron más económico y mejor. Tomó un taxi que lo llevó hasta la escuela, y en un pequeño vehículo que previamente había construido para transportar y vender los mangos, comenzó a exhibirlos como quien expone las mejores obras de arte. Tendría tiempo de pelarlos y organizarlos, para cuando los estudiantes salieran al descanso. En eso estaba cuando un tipo de unos cuarenta años, apodado “Curramba” se le acercó en términos nada amistosos, exhortándolo a que abandonara el lugar, puesto que él era el único autorizado para vender. En medio de semejante situación, y sin saber qué más decir, Efraín, tan solo atinó a responder que “la vía era pública y que así como aquel tenía derecho a la venta, él también lo tenía”. Tuvieron un fuerte encuentro que incluyó por parte de “Curramba”, insultos y groserías. El altercado se tornó violento y en medio del caos, “Curramba”, cogió el cuchillo con el que pelaba los mangos y cortó a Efraín en el rostro, en un rápido movimiento de manos, Efraín aprovechó que el otro dejó expuestas sus extremidades y alcanzó a cortarle el brazo izquierdo. Fue un caos total. El carro de venta de Efraín fue a parar al piso, y los mangos se regaron, dispersándose a lo largo y ancho de la vía, las personas que pasaban a esa hora y los niños que estaban saliendo al descanso, cogían alegremente los mangos que rodaban sin cesar por la acera y el pavimento. Tan grande fue el alboroto, que de repente llegó la policía, y encontrando al muchacho con el cuchillo en la mano, lo detuvieron por “porte ilegal de armas cortopunzantes y escándalo en la vía pública”. Así terminó el negocio de Efraín: sin mangos, sin utensilios, sin carro, sin ilusión y sin nada. Antes de las dos de la tarde, Imelda y la mamá de Efraín llegaron al calabozo, y pagando una fianza, pudieron sacar al muchacho. Su propia madre le limpió el rostro, dejando entrever una cortada pequeña y poco profunda que en cualquier caso, le dejaría cicatriz para siempre. Esa noche, Efraín e Imelda, se quedaron en la habitación de él, y llorando se repetían insistentemente, que la vida era muy injusta, que él necesitaba trabajar para brindarle a su esposa y a sus bebés una vida digna. Estuvieron hasta altas horas de la noche, pensando qué iba a ser de sus vidas. La jefe de la estación, después de haber conocido el caso, y previendo que en cualquier caso, la situación de los jóvenes era muy difícil, le permitió a Efraín instalar su venta de mangos, la cual con mucho esfuerzo y dedicación logró sacar adelante, poco a poco fue haciendo su propia clientela, y aunque el negocio no le daba riquezas, por lo menos le permitía atender los asuntos básicos de la familia. En ese ambiente nacieron Pedro y Pablo, sus gemelos. Pronto tuvieron la posibilidad de instalar otra venta en otra estación cercana. La cual tuvo también mucho éxito, debido a la buena atención, la higiene, el buen precio y la calidad del producto. Esta era atendida por Imelda, cuando ya los gemelos tenían un año, y estaban al cuidado de la mamá de él. Posteriormente diversificaron el negocio con la piña, y luego con la manzana y la pera, después ganaron una licitación en todas estaciones de policía de la ciudad, debido a la novedad del negocio y al amor con que lo atendían. Posteriormente presentaron la propuesta ante todas las oficinas públicas, para instalar fruterías en el interior de esas dependencias, y en todas fueron aceptadas; luego, la idea se extendió al estado, y de allí, a la nación entera. Cuando se dieron cuenta, eran dueños de grandes extensiones de tierras, donde de acuerdo con su piso térmico, cultivaban las frutas de su conveniencia, y comenzaron a exportarlas a otros países del mundo. Fue allí donde alcanzaron el máximo apogeo profesional y financiero. Efraín e Imelda, pudieron finalmente culminar sus estudios, lograron hacerse profesionales en Economía. La ciencia cuya lección de aquella lejana tarde de junio, les permitió vivir por primera vez la experiencia del sexo, y de ser padres adolescentes, era ahora su proyecto de vida. Un día, cuando Efraín regresaba de un viaje de negocios por varias de las principales capitales del mundo, transitaba tranquilamente en su hermosa y costosa camioneta último modelo, al dar una curva, atropelló una pequeña y destartalada venta de mangos instalada en una escuela vetusta, y atendida por un hombre de edad al que todos llamaban “Curramba”, destruyéndola involuntariamente, y mandando los mangos a rodar por el pavimento, mientras que personas que caminaban por la calle y niños que esa hora salían al descanso, los tomaban para sí, con sorpresa y alegría. La reacción inmediata de Efraín fue la de reconocer su error, pedir disculpas al propietario e indemnizarlo por los daños causados, cuestión a la que “Curramba” no quiso acceder, ya que consideraba un agravio imperdonable del sujeto, y se despachó en insultos y groserías contra el dueño de la camioneta; sobre todo, cuando la pequeña herida en la cara le permitió descubrir que se trataba de aquel mismo joven que una mañana de enero se había atrevido a desafiarlo, poniéndole competencia en su propio territorio. La respuesta del vendedor de mangos se tornó violenta. Considerando que esto era una burla y una ofensa que no podía pasar por alto, el viejo sacó su cuchillo, y sin mediar palabra, se dispuso a atacar al exitoso empresario, clavándolo primero en la cara, y luego varias veces en el pecho, Efraín se desplomó sin remedio, mientras gritaba con desespero que lo salvaran. Lo último que sus ojos alcanzaron a ver, fue las múltiples cortadas en los brazos del asesino, prueba inequívoca de sus repetidos ataques. “Curramba” fue detenido y condenado a 72 años de cárcel, de los cuales solo cumplió seis meses, porque perdió la vida tras sufrir un paro cardiorrespiratorio mientras leía en el periódico local, que Efraín no habría alcanzado su exitosa vida, si el tal “Curramba” no lo hubiera sacado corriendo de aquel sitio, la mañana calurosa de enero en la que el entonces joven, instaló el primer negocio de frutas de su vida. FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario