lunes, 15 de agosto de 2022

TIGRES Y LEONES

TIGRES Y LEONES Ahora estaban ahí, medio adormecidos y como pasmados. Movieron la cabeza de lado a lado y comprobaron con total certeza que era el mismo lugar de hacía una hora. El calor era insoportable. La alta temperatura se desprendía del suelo en forma de vapor seco y provocaba una ilusión óptica de falsa humedad que distorsionaba el paisaje. De todas maneras ahí era mejor. Al estar más cerca del río y a la escasa sombra de los últimos árboles que quedaban, una extraña sensación de frescura los envolvía. Y era extraña porque hablar de frescura a los cuarenta grados era un verdadero exabrupto. La brisa suave y el sonido del agua que se estrellaba contra las piedras mostraban un ambiente más favorable, y el clima se hacía menos inclemente. Mientras tanto el tiempo iba transcurriendo lentamente y la tarde empezaba a caer. Ramón fijó su mirada en Berta, probablemente estableciendo un recuento cronológico de sus cambios físicos desde la noche aquella en que se habían conocido hasta hoy. Quizás se entretenía vagamente en secuencias ilógicas que casi siempre terminaban donde mismo habían comenzado. Berta mientras tanto, ajena a la idea efímera de su fiel compañero, de la que ella era protagonista, permanecía absorta, sus párpados caídos escondían una mirada cansada de tanta rutina. En eso estaban cuando oyeron los primeros pasos. Inicialmente fue Ramón, levantó su enorme cabeza y aguzó sus sentidos. Un pequeño estremecimiento recorrió todo su cuerpo, se desplazó desde la punta de los cuernos hasta el extremo de las patas y allí se tradujo en un repentino sentimiento de miedo. Berta abrió los ojos y percibió también los ruidos. El sonido inconfundible de aquellas pisadas venía acompañado por el característico aroma de la intimidación. Se miraron fijamente, pero no se dijeron nada, lo único que el silencio les permitió oír fue la fuerza y la rapidez con la que sus alterados corazones palpitaban. Berta buscó un aliciente provisional en una pregunta que más que capciosa era estúpida. Pero Ramón supo interpretarla como una manifestación propia de las hembras, que muestran tales actitudes cuando creen tener en peligro a su familia: -¿Es un león?- preguntó ella con total inocencia. -¡Es un tigre!- respondió él con absoluta certeza. Se levantaron de inmediato. Buscaron el resto de su manada y la descubrieron un poco más allá, entonces escudriñaron la extensa sabana hasta encontrar la otra manada y no descansaron hasta que también la hallaron. A lo lejos, todos sus congéneres se veían tranquilos, ajenos ante el peligro que se hacía inminente. Berta tenía veinte años y pesaba ochocientos cuarenta kilogramos, Ramón tenía veintidós años y pesaba novecientos sesenta kilogramos. Era una pareja extraordinaria de búfalos asiáticos, que ostentaban el cargo de jefes de la manada asiática compuesta por cuarenta y ocho miembros y pertenecían al consejo de búfalos del que también hacía parte la manada de búfalos africanos conformada por sesenta y cuatro miembros. Era la comunidad que sobresalía en la sabana como la más organizada. Lo mismo sucedía con el consejo de hipopótamos, compuesto por una manada asiática de sesenta y seis miembros y una africana de ochenta y cuatro. El consejo de rinocerontes estaba conformado por una manada asiática de cincuenta y seis miembros y una africana de setenta y ocho. Y por último, el consejo de elefantes, con una manada asiática de setenta y dos miembros y una africana con noventa y seis. Claro que también había otros animales, principalmente herbívoros, y un grupo de grandes felinos confinado a las profundidades de la sabana que de cuando en cuando salía a cazar, y del cual hacían parte leones, leopardos, guepardos, jaguares, pumas, y desde aquel momento, tigres. Estos animales y otros habían sido trasladados a una región inhóspita de Australia. Debido a la urbanización de antiguas zonas del mundo salvaje, hubo la necesidad de concentrar allí esas especies para evitar su extinción. Pero los tigres por la insoportable intolerancia con sus oponentes naturales, los leones, vivían en otra área. Tenían alimento suficiente pero por su descomunal apetito, probablemente ya lo habían agotado y ahora estaban en el mismo lugar de los leones. La lucha que se veía venir, no tenía buen pronóstico. La guerra por la supervivencia estaba declarada. El viejo búfalo tenía razón. Con su vista bien desarrollada pudo divisarlo a lo lejos. Era un tigre majestuoso. Medía casi tres metros y pesaba alrededor de trescientos kilogramos. Su cuerpo complexo, esbelto, fuerte y ágil no tenía paralelo en el reino animal. Su pelaje, claro en el vientre y anaranjado con rayas negras en el resto del cuerpo, daba testimonio de belleza en su máxima expresión. Su mirada recia e inquisidora, aplicaba sin proponérselo una dosis de terror a su destinatario. Pero quizás lo más imponente era su presencia, un profundo aire de respeto y acato acompañaba su lento pero seguro caminar. Verlo de frente suponía el encuentro con una de las maravillas de la naturaleza. Berta también pudo apreciarlo, y lo hubiera hecho detenidamente, si su instinto maternal no le avisara que debía transmitir cautela a su descendencia. Meneó su cabeza para divisar a su manada y descargó una mirada profunda de advertencia. Ramón percibió su preocupación. -Lo mejor es irnos- dijo el búfalo. -Sí, es lo mejor- respondió la búfala. Hicieron ingentes esfuerzos por levantarse, y aunque no fue tarea fácil lo consiguieron, impartiendo con el ejemplo, una orden de ineludible cumplimiento. De inmediato el resto de la manada hizo lo mismo. Después fue la otra manada de búfalos, y después toda la de hipopótamos, y la de rinocerontes, y la de elefantes, y la de todas las otras especies que vivían en la sabana. Y comenzaron a desplazarse bajo el inclemente sol que a esa hora caía de manera estrepitosa y que sin ninguna consideración sobre los viandantes, producía una sustancia espesa y amorfa que envolvía sus sentimientos, depositando en lo más profundo el presentimiento aciago de que un pasaje obscuro e inevitable estaba por desencadenarse. A medida que la tarde iba muriendo, cada familia, cada especie, introdujo el tema en su conversación. Una tormenta apocalíptica se precipitó de forma espontánea en la sabana, y sirvió de preludio a una noche singular en la que cada clan se reunió en torno a sus mayores, propiciando una charla particular, extraña para algunos e inédita para otros. Berta y Ramón convocaron a una reunión urgente. Ramón hizo un recuento histórico de lo que había sido su existencia en ese territorio salvaje. A medida que la conversación iba avanzando, la lluvia se fue disipando poco a poco, dando paso a una luna llena espléndida, rodeada de miles de estrellas resplandecientes que tejían una noche iluminada, que en nada se parecía a la situación que estaban viviendo con la llegada de los tigres. Las constelaciones podían apreciarse en forma clara y daban un toque mágico a aquel momento trascendental de sus vidas. En el clan de Berta y Ramón, una palabra escapaba sin remedio: ¡tigres! iba y venía sin rumbo fijo: ¡tigres! Y se escuchaba en diferentes tonos. Los más pequeños no tenían la más mínima idea a qué se referían. Para los mayores dos sentimientos nacían con su pronunciación: temor y misterio. “Son como los leones”, dijo Ramón, “sólo que más grandes y más salvajes”, atinó a responderle a los más jóvenes. Y ellos exclamaron dando señal de admiración ante semejante definición. “Si antes teníamos que cuidarnos de los leones y los otros grandes felinos ahora con más razón debemos extremar los cuidados. Teniendo a los tigres tan cerca, todo puede pasar”, dijo Berta. Y todos suspiraron con tal proposición. Algunos murmuraban, otros reían. Pero sólo los más viejos comprendían en toda su extensión de qué estaban hablando. Algunos porque conocían de historias, otros porque las habían vivido en carne propia. Un silencio repentino inundó la aldea a la espera de que alguien hablara. -¡Entonces son peores que los leones!- aseguró la más pequeña del grupo en tono inquisidor. -¡No!- dijo Ramón. -Lo que pasa es que por su misma naturaleza tienen más fortaleza y son más agresivos- añadió. -Aquí no se trata de ser mejor o peor. Lo que pasa es que cada especie tiene sus propias características- agregó. Nuevamente regresó el silencio y nadie se atrevía a pronunciar palabra. En más de veinte años de dominio, los leones se habían apoderado de sus territorios y de sus sueños, de sus costumbres y de sus esperanzas, y peor aún de sus sentimientos y de sus anhelos. Seguro. Habían abusado de forma inmisericorde de la autoridad por ellos mismos conferida, hasta el punto de haber generado en toda la sabana una mezcla de fastidio y odio que ellos equivocadamente interpretaban como respeto y acato. El poder que los leones habían ejercido en la sabana era una auténtica vergüenza para el reino animal. Era tan vil y despiadado el actuar de los leones que algunos alcanzaron a considerar la llegada de los tigres, más que una invasión bárbara, una auténtica liberación. Era tanta la sangre que injustamente se había derramado y el esperpento que inútilmente se había vivido a causa de los leones, que la presencia de los tigres, con tal de equilibrar las fuerzas, era un despropósito bien recibido. -¿Pero quién es más poderoso?- preguntó insistentemente una de las más jóvenes. -No hay más poderoso- Respondió Ramón. -El león es el rey de la selva y el tigre es el rey de la jungla- añadió con inusitada sabiduría el viejo búfalo mirando hacia el horizonte, mientras la imagen de la luna se reflejaba en un charco del aguacero primero. -Y es necesario que sea así- agregó el portentoso animal que en otra época había convivido sin problemas con tigres de bengala, en lo más profundo de la selva india bajo un elaborado plan de convivencia y tolerancia. Inevitablemente recordó aquellos momentos crueles en que los leones, ungidos con el aceite de la altivez y la arrogancia asesinaron a tantos miembros de su manada, todo bajo el cínico pretexto del ataque preventivo y la legítima defensa, entonces surgía desde la profundidad de su interior una pregunta tan absurda como paradójica: -¿Qué clase de peligro podía representar un búfalo para un león? Su memoria se ubicó en el centro de una escena infernal. Una apacible tarde de febrero, las dos manadas de búfalos se encontraban cerca del río, tal y como casi siempre sucedía; de repente, un grupo de leones los emboscó de manera cruel y despiadada. Al principio pensaron que el ataque iba dirigido a los más débiles pero después pudieron comprender que estaba orientado a acabar con las parejas líderes, quizás para crear el caos y aprovechar ese instante de confusión para aniquilar cualquier forma de oposición. En ese asalto brutal y cobarde provisto de actitud perversa y fuerza desproporcionada habían muerto los padres de Ramón y Berta junto a su hermano y su hermana. Milagrosamente ellos dos se habían salvado, a costa de los suyos. Y no fue ni el único ni el peor de los pasajes que debieron vivir bajo el reinado de los leones. Tuvieron que resignarse a presenciar la desaparición constante y sistemática de varios de los miembros más queridos de sus manadas e inclusive a vivir en la total zozobra ante los incesantes atropellos de los que eran víctimas, simplemente porque a los leones les provocaba. Mientras las lágrimas brotaban, la noche fue entrando con todo su furor. Las mariposas y las libélulas revoloteaban sin cesar y pintaban sin proponérselo, la típica noche veraniega que se mostraba en todo su esplendor. El sopor y el estío se conjugaban en un sentimiento indescriptible y confuso. Al otro día, un aire pegajoso acompañado de un silencio sepulcral, les permitió acoger el recóndito presagio de la infamia y el delirio. Era algo que la experiencia les había enseñado, ese aliento extraño que se perdía en la sabana cuando la naturaleza hacía cumplir sus leyes y que se manifestaba en todo su estertor esa mañana inadmisible. Era verdad. La pradera estaba conmovida. Mientras las distintas manadas se habían reunido en torno a sus líderes para someter a opinión la llegada de los tigres y sacar sus propias conclusiones, los leones vivían su propia desgracia. Un grupo de tigres, los más grandes y fuertes, los más agiles y feroces, desafiando el orgullo de los leones, los habían atacado en su propio terreno. En un hecho sin precedentes en la sabana, los tigres propiciaron un golpe contundente a esa organización experta en dar lo que habían recibido. El rey, la reina, un cachorro y una cachorra, también de la familia real, habían muerto en el certero ataque. Sí. Allá estaban los leones, atribulados y entristecidos, como en otras ocasiones estuvieran los miembros de las otras manadas, cuando eran ellos quienes ejecutaban esos actos; ahora, que a ellos les hicieron lo mismo, estaban sintiendo lo que otros sintieron, mientras ellos se jactaban. Pero esta vez sería diferente, los que antes provocaban el dolor era ahora quienes lo sufrían. Los leones no iban a recibir los gestos solidarios que nunca brindaron. Mientras un grupo de leones dispersos, deambulaban con torpeza, a lo lejos las hienas reían con sarcasmo. De todas maneras, Berta no dejaba de sentirse acongojada y hasta cierto punto Ramón también. Los pequeños en cambio, estaban inmersos en un mar de confusión, en parte porque ahora tendrían que adaptarse a una nueva realidad, la realidad inverosímil de ver, que quienes siempre habían sido los dominadores, en adelante serían, al igual que ellos, los dominados. Sin ningún orgullo, pero con los vestigios irremediables de la gloria consumada a cuestas, el reinado de los leones había llegado a su fin. De ahora en adelante, nadie podía atreverse a poner en duda que cualquier imperio, por poderoso que pareciera, si estaba fundado en la injusticia y la desigualdad, sería arrasado por las mismas leyes de la naturaleza que lo habían inspirado, pero que, al fin y al cabo, eran esas sagradas leyes las encargadas de aplicar los designios inexpugnables que ella dictaba en sus sabias e inapelables decisiones. FIN

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