viernes, 8 de abril de 2022

LA PRIMERA VENTA

LA PRIMERA VENTA Bien claro me repetía mi madre una y otra vez: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Y a pesar de tanta claridad, aún no logro asimilar ese mensaje en toda su extensión. Después de tanto deambular por el soterrado mundo del capitalismo salvaje, finalmente me hice vendedor de sueños. Explicaré a continuación quién es y qué hace el personaje al que se le ha dado semejante título. Es un individuo que tiene la capacidad de hacer realidad el anhelo, tan propio del ser humano, de darle un hogar a su familia. Ese es un sueño que generalmente compartimos quienes pertenecemos a este reino. Entonces, surge de la nada este sujeto y se especializa en ofrecer los espacios donde crecen las familias, donde al calor del amor fraterno se transmiten las costumbres y se forjan las descendencias. Tras esa ilusión y la posterior realización de levantar una prole bajo el techo cálido de un hogar, en el que se comparten los triunfos y las derrotas, las satisfacciones y los sufrimientos, y todas las maravillosas experiencias que se viven con regularidad en ese hogar, habitualmente hay un vendedor de sueños. Pues bien, una amiga con la que nos conocíamos desde que éramos niños, y que por esas circunstancias propias de la vida, que finalmente no dejan de sorprendernos, logró con el tiempo y sus virtudes, adquirir una buena posición social y económica, me la encontré entonces como accionista, directora comercial, esposa del presidente y eje central de una compañía constructora, y me invitó de inmediato, a formar parte de su equipo de ventas. Nuestra tarea era la de vender un proyecto de vivienda ubicado en Girón, un municipio que pertenece al área metropolitana de Bucaramanga. Girón es una ciudad acogedora y apacible, en ella se conjuga lo antiguo y lo moderno, lo turístico y lo empresarial, lo urbano y lo campestre, lo humano y lo divino. Un lugar maravilloso donde el pasado se entrelaza con el futuro, forjando una realidad virtual que parece de ensueño. Un sitio mágico donde se despliegan en todo su esplendor las alas del inmenso tinglado social y cultural que subyace en el suelo de Latinoamérica. Girón es un tesoro dorado que todo el mundo debiera conocer, un paraíso terrenal que todo el planeta debiera visitar, al menos una vez en la vida. Por esa sencilla razón acepté la invitación. Tras un intensivo curso de ventas, adquirí las herramientas necesarias para entender el negocio, para cogerle amor al asunto y plantearme entonces la posibilidad de asumir mi nueva profesión como un auténtico proyecto de vida. Con inusitada lucidez, di inicio a mi labor comercial, ejercicio al que han dado por llamar los tecnócratas de ahora: ASESORÍA. Advierto que las ventas no son fáciles, por el contrario son y serán siempre una disciplina muy compleja, en la que se debe ser y saber de todo un poco. Desde siempre he contado con un espíritu muy acucioso, poseo un carácter estudioso que me exhorta a profundizar cada vez más y saber más. Procuro día a día, desarrollar mejor todas mis potencialidades para ponerlas al servicio de la persona que se acerca a mí, y que esa misma persona advierta que está frente a alguien, en quien puede confiar plenamente. En ese principio se basa el transcurrir de mi vida diaria. Diré, que siempre he sido una persona que he pecado por ser demasiado optimista. Veo muy fácil lo que los demás ven muy difícil. Y que esa característica me ha permitido dar rienda suelta a mi imaginación y vivir en un mundo de fantasía en el cual todos los objetivos se cumplen de manera más rápida y efectiva. Sin embargo, algunas veces he sentido el peso de una visión menos positiva sobre mi espalda, y de manera inevitable me he estrellado de frente con el muro de la realidad, una barrera visible que el optimismo se ha encargado de camuflar completamente. Mi primera “planta”, es decir, el espacio en el cual se tiene contacto directo con el público, fue acogida con sobriedad y misticismo. Convencido de que ese mismo día efectuaría mi primera venta, elaboré un intrincado plan con el cual el cliente no tendría opción diferente que la de comprar lo que yo le estaba ofreciendo. Pero qué lejano estaba de la realidad. No solamente la visita de clientes potenciales fue escasa, sino que además los pocos que llegaron lo hicieron con unas expectativas muy diferentes de las que yo les ofrecía. Aquella primera jornada culminó entonces con la frustración de no haber vendido. El tiempo fue transcurriendo, y cada día fui comprendiendo que mi optimismo estaba mal fundado. Ahora tendría que esforzarme al máximo para cumplir mi prometido. De ahora en adelante, debía tener la suficiente perspicacia para saber cómo y cuándo podía romper esos obstáculos que la gente solía poner como objeciones, y que se interponían entre mi labor y mi anhelado sueño de cerrar la primera venta. Pero como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo pueda resistir, y mi persistencia nunca disminuyó, finalmente llegó el día. Mi oportunidad venía en forma de mujer, desde el primer momento en que entró a la oficina, supe que poseía el aura característica de los que vienen decididos a comprar. Se llamaba María Arias. Conocía algo del proyecto porque un compañero suyo de trabajo había comprado hacía poco uno de nuestros inmuebles, y por tal razón sabía del esquema financiero. Tras observar con sus propios ojos el plano urbanístico y la maqueta de lo que iba a ser su futura vivienda, y al comprobar a cabalidad que todas sus necesidades quedaban satisfechas, la mujer se mostró sencillamente encantada. La propuesta se ajustaba totalmente a sus posibilidades. Ahí percibí claramente que por fin estaba ad portas de lograr mi objetivo, y que ese sería tan sólo el primero, de los muchos logros que alcanzaría de ahora en adelante. Sin embargo, faltaba algo: visitar la casa modelo, conocer el sitio de la obra, que pudiera percibir con sus propios sentidos, el hogar y el entorno que había escogido para su familia. No le vi ningún inconveniente, por el contrario lo encontré necesario. Me sugirió que la visita se hiciera de inmediato a fin de poder hacer la transacción financiera y cerrar la negociación de inmediato, pero por exceso de confianza o simplemente por cosas de la vida que uno no logra entender, preferí que fuera al siguiente día, el sábado. Y así acordamos. A las diez y diez de la mañana, del viernes once de febrero de 2005, en mi oficina, y ante la inminencia de mi primera venta, logré verme como un auténtico vendedor de sueños. Sentí que no había nada en el mundo que pudiera despojarme de ese título. A las seis de la tarde, salí de la oficina con la satisfacción del deber cumplido. Una sonrisa espontánea se dibujó en mi rostro y en mi corazón al tomar el ascensor, como prueba fehaciente de mi gran hazaña. Con la certeza absoluta de mi primer negocio, me dispuse, tal y como siempre ha sido mi costumbre, a hacer el ejercicio mental de imaginar cuál sería la mejor manera de gastarme la comisión. Inclusive, en las sutilezas propias de una situación cien veces planificada, me sorprendí otra vez en medio del mundo de fantasía al cual pertenezco, y del cual soy protagonista principal, en el centro de una escena inacabada. En eso estaba cuando sentí las primeras gotas estrellándose en mi cara. Alcé la mirada y descubrí el cielo completamente encapotado. Unas portentosas nubes negras perfectamente entrelazadas, me hicieron prever que un fuerte aguacero estaba por desatarse. Apenas abría la puerta de mi residencia cuando estalló el diluvio. Una tormenta que jamás había presenciado, se mostraba ante mí como un monstruo renegado. Afortunadamente, mi esposa y mis hijos ya estaban en casa. Tras unos instantes de tempestad, la electricidad quedó cortada. A oscuras, no tuvimos otra opción que irnos a dormir temprano, con la convicción de que pronto dejaría de llover. Pero qué equivocados estábamos. A media noche los truenos y los relámpagos nos despertaron de nuevo y los niños comenzaron a llorar de miedo. Era como si toda el agua del planeta se hubiera condensado en un solo punto y los océanos se estuvieran derramando sobre nosotros. Llovía como nunca, con una fuerza natural tan inusitada como desproporcionada, que no dejaba de sorprendernos. Los niños seguían asustados y no hallábamos la forma de tranquilizarlos. Llovió toda la noche. La tormenta apenas bajaba su intensidad en pequeños intervalos y reaparecía de nuevo como un aguacero de renovada fortaleza. En eso se mantuvo hasta cuando el gemir de las sirenas de un pelotón interminable de ambulancias que corría despavorido en todas las direcciones comenzó a anunciar el desastre. A las seis de la mañana, aún lloviendo con vehemencia, comprendimos que algo muy grave había sucedido. Conforme la electricidad se fue restableciendo y las noticias fueron llegando, empezamos a enterarnos de la magnitud de la tragedia, el dolor había tocado a esta tierra bendita, en la que tuve la fortuna de crecer. El río Frío y el río de Oro bajaban enfurecidos, arrasando todo cuanto encontraban a su paso. Piedecuesta, Floridablanca, Bucaramanga y Girón conocieron el peor aguacero de su historia, sus habitantes presenciamos la furia de la naturaleza en toda su extensión y advertimos con absoluta precisión su poder destructivo. El sábado doce de febrero de 2005 pasó a la historia como un día trágico. Dieciséis horas de lluvia, 135 milímetros cúbicos de agua, cinco mil familias damnificadas, treinta y dos muertos y un millón de dólares en pérdidas fueron algunas de las fatales consecuencias. Pero la peor parte fue para mí, cuando llamé a doña María para ir a visitar la obra, noté que su estado de ánimo estaba por el suelo. Lo único que acató a decirme fue: “que había pensado dejar para después”. Al colgar, advertí perfectamente que la venta se había caído, entonces escuché en mi conciencia la voz de mi madre repitiéndome con insistencia: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. FIN

viernes, 1 de abril de 2022

LA NOCHE TRISTE DE BRÍGIDA CONTENTA

LA NOCHE TRISTE DE BRÍGIDA CONTENTA Brígida estaba limpiando la vitrina calentadora cuando vio al joven lotero pasar frente a ella. El muchacho de unos doce años, se había hecho famoso debido a que, según se decía, había vendido varias veces el premio mayor de la lotería, razón por la cual, según se creía, poseía un buen capital ahorrado, producto de las propinas entregadas por los ganadores como recompensa a la fortuna recibida. Ya lo conocía pero nunca había hallado una oportunidad más espléndida para comprarle que esta, cuando se sintió finalmente ungida por las fuerzas más poderosas del universo. Una ola repentina de felicidad la invadió paulatinamente porque apenas eran las seis de la tarde, y ya había terminado la venta. -¡Hay día de días!- pensó en voz alta. Hizo un recuento rápido de sus ingresos del día, para ver si podía comprar la lotería, pues imaginó que bien pudiera, ser la ganadora del premio mayor y que su vida sufrida cambiara radicalmente. Por eso le compró el billete al muchacho y lo guardó como su más preciado tesoro. Brígida era una humilde mujer que vivía junto a su familia en uno de los sectores más deprimidos de la ciudad. Era un barrio ubicado en toda la ladera de la montaña, al cual denominaban “La Ladera”. Trabajaba con su esposo en la venta de empanadas con limonada de panela, alimentos que ellos mismos preparaban con el mayor esmero e higiene. Con el producto de su trabajo mantenían a sus pequeños hijos, una niña de cuatro años y un niño de tres, y a los padres de Brígida, unos pobres señores que todo cuanto tenían en esta vida era el día y la noche. Su hogar era una pequeña casa de latas, cartones, plásticos y tablas. En ella, sobrevivían de manera inalterable los seis personajes que el destino de manera caprichosa había decidido unir con el único propósito de ponerlos en el camino del sufrimiento. Sufrimiento que por lo general es producto de los errores cometidos, el haberse hecho padres tan jóvenes los privó de la posibilidad de formarse en una disciplina que les hubiera permitido progresar en la vida. Así, desembocaron en la cruda realidad de esta vida arbitrariamente insensata. Empanada con limonada. Para las empanadas, se prepara una masa a base de harina de trigo, se recorta una porción y se le da una forma característica, se rellena luego con una mezcla de arroz y carne molida suavemente sazonada, se echa a freír hasta alcanzar el punto medio y sale calientita, lista para el consumo. Así se obtiene uno de los alimentos más populares y económicos de América Latina. Para la limonada, se pone a derretir la panela, se les exprimen los limones y se le agrega suficiente hielo, se revuelve bien hasta que alcance el punto medio y sale heladita, lista para el consumo. Así se obtiene la bebida más deliciosa, refrescante, nutritiva y saludable que existe. Esta es la combinación mágica que le permite a esta familia sobrevivir dignamente, aunque con las penurias propias que la vida le ofrece a las personas humildes. Esta era la filosofía de vida de Brígida y su esposo. La misma rutina todos los días de la semana, todas las semanas del año. Salían muy temprano en la mañana a la plaza de mercado con el ánimo de comprar los ingredientes necesarios para elaborar sus productos de venta, y a las cuatro de la tarde instalaban su puesto y comenzaban a vender. A pesar de que mucha gente ya era cliente nunca había un índice fijo de venta, razón por la cual se sabía a qué horas empezaban pero nunca a qué horas terminaban. A veces la faena se prolongaba más allá de las doce de la noche, en otras ocasiones entre las diez y las doce, otras entre las ocho y las diez, otras entre las seis y las ocho, pero ese día habían terminado a las seis. Otras veces ni siquiera esperando después de las doce lograban terminar de vender, y tenían que disponer de las empanadas y la limonada para su desayuno y hasta para su almuerzo, inclusive en ciertas ocasiones repartían entre los viandantes que vivían en las calles; eso sí, nunca vendían al siguiente día algo que hubiera quedado del día anterior. Esa era la clave de la buena fama que gozaban sus productos. A pesar de que su jornada comenzaba bien temprano en la mañana y terminaba bien tarde en la noche, Brígida no tenía impedimentos para ejercer plenamente su labor de madre, esposa e hija. Era una mujer abnegada, dedicada completamente a su trabajo y a su hogar. En ella solía acontecer un continuo milagro, no importaban sus ocupaciones ni sus preocupaciones, siempre tenía una sonrisa tierna para ofrecer y una palabra cálida para decir. Su puesto de trabajo siempre permanecía limpio y organizado, y se esmeraba al máximo por brindar al público un excelente producto y una magnífica atención. Su espíritu emanaba una actitud siempre positiva y por sus poros brotaba un optimismo contagiante. Ese día a las seis de la tarde ya no había en la vitrina una sola empanada, eso se debió a que en el barrio hubo una reunión política, vinieron varios políticos con el mismo discurso de siempre, que les voy a dar, que les voy a conseguir, que salud, que educación, que vivienda, que trabajo, bueno lo mismo de siempre. Más como en estos países tropicales, la conciencia de la gente se compra a punta de comida y bebida, vinieron los de la campaña y compraron todo, repartieron todo, y lograron convencer de esta manera sencilla a los seguros electores. Con la alegría de encontrar a sus pequeños despiertos y no dormidos, como todos los días, Brígida quiso apurar sus tareas, en eso estaba cuando vio pasar al pequeño lotero y lo llamó para comprarle una fracción. La tomó y la guardó en su cartera con el mayor cuidado para no maltratarla y pidió desde lo más profundo de su ser que ese papel impreso con cuatro cifras fuera su salvación definitiva. Se bañó, se cambió y se acostó junto a sus pequeños, les habló, les cantó e hicieron una oración. Se sintió plenamente reconfortada, con la tranquilidad del deber cumplido se entregó al placer sublime del sueño, ese mundo virtual donde cualquier cosa puede suceder. Se estaba quedando dormida cuando se oyeron los primeros ruidos. Eran fuertes rugidos que escapaban de las profundidades de la tierra. Toda la familia pareció escucharlos. Al principio creyeron que era algún carro o algún camión, pero cuando se hicieron más repetidos e intensos, tuvieron la certeza de que algo malo iba a ocurrir, por eso Brígida decidió rápidamente ponerse el bluyín y la camiseta blanca que acababa de quitarse. Sacó de la cartera la fracción de la lotería y la depositó en un cofre, donde guardaba cosas de gran importancia para ella, en ese momento comenzó a escuchar gritería en la calle. Con ese instinto que tan sólo las madres logran desarrollar tomó a sus pequeños entre sus brazos y salió corriendo con su marido porque la casa empezó a moverse. Sacó a sus padres ya dormidos y salió corriendo para ver qué acontecía. Lo que presenciaron fue una escena dantesca. La montaña que había servido de refugio a tantas familias durante tanto tiempo, se estaba cayendo a pedazos, la ladera se estaba deslizando a un ritmo infernal arrastrando consigo todo cuanto encontraba a su paso. Todo era caos. Gritos, llanto, dolor y muerte era todo cuanto se oía y se veía. La noche era oscura y fría, y pintaba un paisaje desolador. Brígida y su familia corrían desesperadamente para que el alud no los alcanzara y aunque sentían que las fuerzas se les acababan, su instinto de preservación les daba el valor suficiente para seguir huyendo, para correr antes de que fueran sepultados. El desastre fue total. Las casas de la parte de arriba habían caído sobre las de más abajo, arrastrando consigo todo lo que tenían en su interior, las personas que en ellas habitaban, sus cosas y sus sueños. El panorama no podía ser más tenebroso, toneladas de tierra cubrían ahora familias enteras, familias que por su condición no podían aspirar a vivir en un lugar digno, familias que el sistema mismo había relegado de manera infame. Mientras tanto Brígida y su familia no paraban de correr, seguían haciéndolo como si fueran a ganar una carrera atlética, la carrera de su propia supervivencia, porque sentían que el mundo se estaba desmoronando a sus espaldas. Por eso continuaron hasta cuando el cansancio y la fatiga los dominó completamente. A pesar de que no había transcurrido más de dos minutos parecía como si hubiera pasado un siglo. Los niños lloraban con desespero, sus padres, ya agotados, rezaban sin cesar. Brígida y su esposo no dejaban de mirar hacia arriba para comprobar cómo lo que hasta hacía unos instantes fue su hogar y el de sus vecinos y amigos, ahora era un montón de tierra y escombros. En un respiro, terminaron agradeciendo a Dios por haberlos salvado de semejante tragedia, aunque lo habían perdido absolutamente todo. Fue en ese preciso instante que Brígida recordó la bendita fracción de la lotería que un famoso muchachito le había vendido hacía apenas unas horas, y la cual ella alcanzó a considerar que cambiaría su existencia. En ese momento de dolor, el billete de la lotería cobró plena vigencia. Brígida tuvo la convicción infinita de que ella sería la ganadora. Y sintió también que era la hora de que por fin se le diera algo bueno en la vida, sobre todo después de lo acontecido. Buscó entonces la fracción en medio de su ropa embarrada pero no la encontró. Hizo un recorrido mental para tratar de recordar donde podía estar la fracción de la lotería, preguntó a su marido, preguntó a sus niños, preguntó a sus padres, pero ninguno comprendía de qué estaba hablando, era como si todos hubieran quedado golpeados por el devastador paso de un asteroide. Continuó buscando en todos los rincones de su intrincada mente, y allí en el recoveco más profundo de su conciencia, pudo encontrarla. De manera prodigiosa pudo recordar que al iniciar la catástrofe, había guardado el billete en aquel cofre sagrado que contenía los recuerdos más trascendentales de su existencia, y que ante la consternación de lo que estaba por venir lo había dejado tirado, para sacar con prontitud a su familia, aquella familia maravillosa que era, al fin y al cabo, todo cuanto tenía y amaba en la vida. Miró nuevamente hacia arriba e imaginó el cofre enterrado entre miles de toneladas de escombros naturales, que una montaña insolente había decidido echar encima de aquellas familias humildes, que todo cuanto soñaban, era sobrevivir en un mundo cruel que se comportaba ajeno a sus necesidades, y cuyo anhelo no era otro que esperar a que la suerte hiciera por ellos lo que ellos no habían podido hacer por sus propias vidas. FIN

martes, 22 de marzo de 2022

LA JORNADA HA TERMINADO

LA JORNADA HA TERMINADO El doctor Martínez Zanzíbar se encontró de pronto en una situación completamente nueva para él. Ser el más prominente cardiólogo del país, presidente de la Asociación Nacional de Cardiología, presidente de la Academia Nacional de Medicina, y uno de los científicos más prolíficos del continente no le daba mucho campo de acción extra en su jornada diaria de actividades. Ser poseedor de un reconocimiento a nivel mundial, gracias a sus cientos de arriesgadas y exitosas intervenciones quirúrgicas y a la autoría de varios libros de ciencia escritos en español, que servían de guía y consulta a miles de estudiantes en el mundo entero, invitado de honor a simposios internacionales de medicina y salud y representante de la sociedad en los eventos más relevantes, simplificaban la importancia de su trayectoria. Se halló de repente en el centro de una situación inusitada. Una mañana que estaba designada como una jornada de vital importancia debido a una intervención altamente compleja que debía practicar a un reconocido dirigente empresarial de la región sufrió un aplazamiento de última hora por causas ajenas a su voluntad, razón por la cual el ilustre médico se vio ante la oportunidad única de sentirse completamente desocupado. Tomó su automóvil y se devolvió a su casa. Al entrar, percibió el vacío de su esposa también médica que a esa hora participaba en Moscú de un congreso internacional de dermatología, de su hija terminando medicina en París y de su hijo trabajando como médico internista en Roma. Ante semejante panorama, denudó su carácter a costas de la tortuosa soledad, y buscó un sendero para dilucidar de la mejor manera posible, cómo podría aprovechar ese espacio de tiempo que la vida le había brindado de manera inesperada. Se sentó en la sala y miró a su alrededor, intentó concentrar su mirada en algo que le llamara la atención, entonces contempló el reloj que marcaba las ocho y veinte de la mañana, y pensó que sólo hasta las seis de la tarde estaría libre, porque a las seis y treinta impartía su clase magistral en la universidad. Encendió el equipo de sonido. Buscó algo de música, quizás una clásica que lo relajara o una llanera que le recordara su infancia, pero no, era casi imposible hallar lo que quería escuchar; es más, consideró que no quería nada de música, creyó que debía estar informado y buscó las noticias pero se desilusionó en la latente realidad de siempre, las guerras, los atentados, los accidentes y las muertes. Apagó el equipo de sonido y prendió el televisor. Visitó varios canales, tratando de hallar algo que se mostraba indispensable para seguir viviendo. En uno de películas encontró “Corre Lola Corre” pero pasó de largo por haberla visto muchas veces, en uno de naturaleza se quedó perplejo ante la violencia del mundo salvaje, en uno de cocina se decepcionó ante las alternativas de preparar lo que más detestaba: el queso, entonces llegó a los deportivos, allí alcanzó a creer que había llegado a donde quería: el fútbol. Canal deportivo 1. Fútbol Paraguayo: jornada de clásicos. Nacional-Libertad. Canal deportivo 2. Fútbol Paraguayo: jornada de clásicos. Guaraní-Olimpia. Pensó que sería bueno porque podría ver los dos partidos pero se desmotivó en la frivolidad de las dos horas sentado en un mueble. Entonces se levantó y fue hasta la biblioteca. Allí descubrió cientos de libros, de todos los temas, desde el pequeño Larousse de todos los años hasta “El túnel”, la obra inmortal de Ernesto Sábato en varias presentaciones, pasando lógicamente por aquellos que llevaban la palabra corazón o cardiología, y por aquellos que consideraba complicados como los que llevaban la palabra piel o dermatología, de su esposa. Escudriñó en lo más profundo del anaquel la majestuosidad de la poesía o del ensayo, de la épica o del teatro, y se desplomó ante la insignificancia de la literatura en aquel instante trascendental de su existencia. Entonces se asustó, comenzó a ver ante sus propios ojos, un ser que le parecía desconocido, una especie de otro yo, que había saltado de su interior para anteponerse al hombre culto que inspiraba tanto respeto. Para no dejarse perturbar, deseó salir a caminar al parque y respirar aire puro, o dar una vuelta al centro comercial mirando las mismas vitrinas de siempre, o ir al club a encontrarse con los mismos pequeños burgueses que simulaban saludarlo para hacerle alguna que otra pregunta sobre una enfermedad propia o ajena, o ir al cine a contemplar la simpleza de una película gringa que desde que empezaba ya se sabía cuál iba a ser el final. Entonces encendió el computador y se entregó sin condición a la red, sucumbió ante la pornografía, y allí en medio del sexo sin pudor, comprendió que era el goce del instinto animal lo que buscaba inconscientemente desde el principio. Sí, era eso, ese rasgo natural que termina dominando al ser humano sin importar su dignidad, sus títulos, su formación o sus logros, porque todo honor parece derrumbarse en los caminos placenteros del sexo explícito. FIN

martes, 15 de marzo de 2022

LA CELEBRACIÓN

LA CELEBRACIÓN Carlito no pudo aguantar las ganas de llorar cuando observó que el árbitro se llevó el pito a la boca y señaló la mitad del campo de juego, decretando la finalización del partido, y, por ende, la derrota de su amado equipo. La ilusión había terminado. Para Carlo, su padre, que desde siempre le enseñó que bastaba la fe, la confianza, la seguridad y el optimismo para alcanzar las cosas, era una verdadera tragedia. No sólo porque su teoría estaba desvirtuada sino porque el sufrimiento de su hijo, en verdad lo estaba matando. Carlito tenía ocho años, y desde muy pequeño, su padre le había inculcado el amor por su equipo del alma: el Atlético. Esta era la primera vez que lo verían al borde de alcanzar algo importante en su larga trayectoria, pero todo se quedó en la ilusión de verlo triunfar. Ahora el niño estaba ahí, tirado en el piso, llorando amargamente, como si le hubieran pegado o como si le hubieran arrebatado lo más importante de su vida. Para Carlo, ver a su pequeño en ese lamentable estado era tan doloroso como suficiente para comprender cuánto estaba sufriendo. La “COPA DEL TIGRE”, era un torneo que todos los años se celebraba entre los mejores equipos de cada confederación de fútbol, que tuvieran como característica principal que su uniforme fuera pantaloneta negra y camiseta con rayas negras y amarillas, como un tigre. El Atlético había ganado este año el derecho a representar a Suramérica en el campeonato gracias a haber sido el año anterior, el club mejor clasificado entre los que cumplían el requisito del uniforme. De esta manera “sublime” se encaminó en el reto de representar a nuestra tierra en la siempre difícil misión de alcanzar el título, para honor y gloria de quienes vivían en este pedacito de paraíso, tan amado por unos y despreciado por otros. Era la primera vez que el Atlético iba a participar en este certamen y más de un aficionado estaba pesimista en torno al papel que “el tigre de Suramérica” de este año, pudiera desempeñar en esta edición. Algunos preferían no desesperarse en la malsana idea de las grandes goleadas, de las vergonzosas presentaciones y hasta de las posibles humillaciones que tendríamos que soportar. Los de mayor positivismo situaban su regreso tras la “grandiosa hazaña” de haber pasado la primera ronda. Pero para Carlo y Carlito sucedía lo contrario, a pesar de su pobre y corta nómina, y de sus escasos recursos humanos y técnicos, daban por descontado que el equipo sería el campeón, gracias a su inquebrantable valor y espíritu de lucha. Por eso no fue sorpresa para ellos ver a su equipo llegar a esta instancia. Con pundonor y sobre todo con mucha suerte, el Atlético fue doblegando a cada uno de sus rivales hasta llegar a la final con “el tigre de Europa”, abriendo una puerta de alegría para todos los que desde este lado del océano anhelaban verlo campeón, aunque para algunos fuera un simple desconocido, colado en una fiesta de grandes, ricos y famosos. El día de la final, los muchachos de la casa asumieron sus labores bien temprano. En tanto que mamá y hermana iban de compras, ellos se hicieron cargo del aseo, para tener todo listo y en orden a la hora del partido, con el único propósito de ver salir campeón a su equipo. Pero todo fue diferente, el equipo se descompuso. No valió que el día anterior papá e hijo hubieran ido a misa para pedirle a Dios que le diera una ayudita al Atlético y que pudiera quedar campeón, ni que hubieran ofrecido un desayuno a todos los desvalidos del barrio, con tal de verlo consagrarse. Si el árbitro no pita, le hubieran metido más. Pero con esos cuatro fue más que suficiente. Carlito recostó su cara contra el piso mientras lloraba desconsolado. Carlo estupefacto, buscaba una respuesta lógica, mientras miraba todo a su alrededor como constatando la ingrata realidad. Carlo tuvo una brillante idea. Gracias a las ayudas que la tecnología nos ofrece hoy en día, logró armar una presentación muy original en la que el Atlético se coronaba campeón gracias a que el contrario supuestamente había cometido el error de alinear a un jugador inhabilitado, lo cual era motivo suficiente para descalificarlo. Ambientó todo lo editado en los principales medios de comunicación y haciendo uso apropiado de las redes sociales, invitó al niño y de paso a toda la hinchada, a que con sus propios ojos pudieran comprobar la noticia del título. La ciudad entera, la provincia entera, el país entero, salió a celebrar. Una celebración que se prolongó hasta cuando las autoridades finalmente pudieron explicar que todo había sido producto de la desinformación, y que, por tanto, el verdadero ganador de la “COPA DEL TIGRE” era el tigre de Europa. Lástima los casi 100 muertos, los más de 300 heridos, los casi 600 lesionados, los más de 1200 detenidos, y los miles de millones de pesos en pérdidas que dejó la celebración, demostración inequívoca de todo lo que un padre es capaz de hacer por amor a un hijo. FIN

KAHVÉ

KAHVÉ En las lejanas tierras americanas, habitaba una tribu de hombres y mujeres de bravía condición; eximios trabajadores, magníficos exponentes de la noble raza Amerindia. Era una tribu elegida. Derretidos en el sopor del estío eterno, los yaganeses habían establecido un sistema de convivencia con la naturaleza tan perfecto, que los radicales cambios climáticos se sucedían sólo bajo su consentimiento, y a pesar de la fogosidad del ambiente, la fertilidad de sus tierras, parecía un prodigio apenas imaginable. La magnificencia de su economía, contrastaba con la debilidad de su organización política, cuyo poder absoluto reposaba en manos de Yaití, amo supremo de todo lo increado, fundador único de su mundo y prominente representante de la legión divina en la tierra, su venerabilidad no conocía fronteras. Era Yaití un anciano decrépito, que en los últimos tiempos, optó por especializarse en el arte de no escuchar para no someter a debate ninguna de sus decisiones. Se había convertido en el tirano perfecto. Pero su ambiciosa alma habitaba en un enfermizo cuerpo, que día a día, y en clara lucha con su opositor interno, se agotaba más y más, hasta llegar al lacónico momento en que el inerme dictaba sus órdenes desde el mismo lecho, y ya casi agónico, su mandato era tan claro como su triste final. La infrangible ley de la madre naturaleza depositaba su grano de arena en la inmisericorde playa de lo inevitable. A pesar de tanta suficiencia, asaltó entonces a los miembros de la tribu una latente incertidumbre: ¿Ante su muerte, quién remplazaría a Yaití? Pero la eminente sabiduría del jefe ya aseguraba una respuesta clara. Según el sagrado código de leyes por él mismo establecido, una vez muerto, sería remplazado por su esposa, pero al no existir esta (como era el caso), heredaría su trono, su hijo mayor (fuese hombre o mujer). Ante esta medida, Yaití obtuvo el favor de sus descendientes, al ver así la constitución de una sociedad esencialmente igualitaria en derechos y deberes tanto para hombres como para mujeres. La particularidad del hecho radicaba en que Yaití no tenía un hijo mayor sino dos: un hijo y una hija. Efectivamente Kadí y Verá habían nacido en un mismo parto cuya débil madre no pudo resistir, una lejana tarde de llovizna veraniega en la que la canícula y los diminutos corpúsculos cósmicos pintaban un paisaje prehistórico. Así, nunca se supo a ciencia cierta quién fue primero; Sin embargo, a pesar de su obligada gemelitud, sus caracteres eran estrictamente antagónicos, y así crecieron, estableciendo un complemento ideal: la una tenía lo que al otro le hacía falta. Cuando su padre no pudo soportar su holgada senectud y se entregó a la otra vida, para cumplir con un displicente parágrafo en el cual se incitaba al futuro rey a contraer nupcias, si quería ser investido, Kadí y Verá se casaron ante una tribu atónita que discutía sin bases legales la inconstitucionalidad de tal disposición, debido a su parentesco. Para entonces, los jóvenes contaban con dieciocho soles (años) y radiantes de una mágica transparencia, no alcanzaban a comprender el significado completo del magno acontecimiento; llegar al trono y reposar sus blandos glúteos en los sillines dorados del palacio era sinónimo de poseerlo todo, los límites de su autoridad no tenían fronteras, la línea que dividía lo real de lo fantástico había desaparecido. La ceremonia de la trágica desaparición de Yaití demoró una luna (un mes) y sólo llegó a término con la boda de sus hijos. Así, la tristeza de la vejez final fue depuesta por la alegría de la adolescencia fresca. La tribu terminó aceptando la acción sin reparos y pronto se sintió plenamente reconfortada. El cambio fue inmediato, de un leve salto se pasó del sótano de una sociedad febril que todo lo demeritaba, al ático de una comunidad jovial que todo lo apreciaba, la participación popular en los aspectos cotidianos se hacía evidente, se abría camino en la tribu yaganés un nuevo estilo de vida, había nacido una rara forma de gobierno que más tarde se llamaría “Democracia”. No obstante su notable progreso, la renovada tribu, reconocida por su intransigencia en cosas triviales, vivió su primera gran crisis al final del primer sol del nuevo gobierno; si en ese preciso momento la pareja real desapareciera, la tribu quedaría sin un líder, estaría entonces a la deriva pues no existía un heredero natural legalmente establecido, ante tal situación, Kadí y Verá se dieron a la tarea de dar a la comunidad su futuro rey, pero luego de tres soles, sintieron que sus esfuerzos eran infructuosos, recurrieron a la sabiduría del supremo consejo de ancianos, un grupo de diez eruditos que guardaban en su pensamiento todo el conocimiento necesario para solucionar los más intrincados problemas pero tras profundos estudios, el consejo de sabios llegó a la conclusión de que la pareja real era estéril y jamás podría engendrar un hijo. Sin embargo, las explicaciones dadas por el consejo en el sentido de que esa era una sabia decisión de la madre naturaleza, no fueron suficientemente convincentes y la pareja optó por una vehemente disposición para alcanzar su objetivo. De inmediato conformaron comités especiales que cumplirían ciertas parafernalias predeterminadas, y que tras complejos procesos biológicos, psicológicos y hasta religiosos, lograron romper el sigilo una remota mañana tibia en la que ante una improvisada asamblea general, los reyes anunciaron felizmente que muy pronto serían padres. De nuevo la naturaleza había cumplido las órdenes de la tribu yaganés. La concepción misma del nuevo príncipe fue particularmente singular, puesto que el embarazo de sólo seis lunas trajo al mundo un hermoso niño perfectamente estructurado, inclusive con dimensiones aún superiores a cualquier otro niño; de hecho, los acontecimientos que rodearon el nacimiento del nuevo ser fueron desconcertantes y contradictorios, y seguramente habían de señalar el inicio de la decadencia de la cultura yaganés. Cerca de la media noche la comunidad fue sorprendida por el inesperado llanto de un niño incólume, de inmediato comenzó a amanecer, y para mayor desconsuelo, ese día no tuvo ocaso. A partir de ese suceso se dio inicio a una nueva era, desde aquel instante el típico clima se transformó en un entorno muy irregular que con el paso de los días, labró un suelo en franco detrimento, la erosión fue apareciendo como un fantasma renegado y la otrora fértil tierra yaganés terminó por convertirse en un piso árido que rara vez daba algún producto mutante o tóxico; ante tal giro, la tribu yaganés se vio entonces obligada a cambiar el eje de la economía, sin encontrar nunca una actividad que los condujera por el camino de la balanza comercial. En verdad se podía constatar que tras la llegada del nuevo soberano se respiraba otro aire en la aldea. El ambiente era mucho más apacible pero nostálgico. El niño en honor a su nacimiento recibió tantos regalos, como habitantes tenía la tribu, todos perfectamente conocidos y reconocidos, tan sólo uno, no se pudo comprobar jamás con exactitud, ni de qué se trataba ni quién lo había entregado, era un extraño collar de pepas rojas, que producía un delicado aroma a paraíso y que el niño conservó desde el primer día de su vida hasta el último, dando a la aldea un olor característico, que imprimía una ola de sobriedad a cada actitud yaganés. Para dar nombre al príncipe, sus padres recurrieron a un intricado procedimiento gramatical, cada uno de ellos aportó las primeras sílabas de sus respectivos nombres, entonces de Kadí salió “Ka” y de Verá salió “Ve”, las dos silabas fueron unidas por una conjunción que en su dialecto se representaba como una “H”. Desde entonces se llamó “Kahvé”, a un pequeño monarca, amo absoluto de lo finito e infinito; avasallador, suntuoso e imponente, que escondía tras su personalidad una inverosímil combinación de magia, virtud, admiración, grandeza y sabiduría que contrastaba con el nuevo aciago ímpetu de la sociedad yaganés. En los soles siguientes Kahvé, había de convertirse en el eje central de la tribu, todo giraba alrededor de él, desempeñaba a la vez tantas y tan diferentes actividades, que no era difícil encontrarlo al mismo tiempo en lugares distintos; sin embargo, la tarea que realizaba con más regularidad y empeño, era internarse cerca de un pequeño embalse en donde la tribu practicaba la pesca como medio de subsistencia, y allí realizaba una especie de meditación trascendental, que estimulaba frenéticamente la producción de peces, aún fuera de época. La pesca terminó entonces por constituirse en la base de la alimentación, de la economía y de la vida yaganés. Ese fue el primer prodigio de Kahvé, el que le sirvió para crear fama de ser un hombre muy diferente para ser yaganés, solía ser tranquilo en momentos de angustia y ansioso en momentos de sosiego, poseía también una extraordinaria inteligencia que lo llevaba a descifrar en una fracción de tiempo, un intricado problema eterno, lucía versado en temas científicos e intelectuales; virtud que le hacía aplicar la lógica para atender pronósticos inexpugnables, después de divagar por todos los aspectos del conocimiento, terminó elaborando un nuevo calendario integrado de perfecta división temporal, un código legislativo de magnifica igualdad social, un sistema político y económico cuyo principal énfasis era la asistencia del estado a cada uno de los individuos, engendró una sofisticada filosofía de la cual nacieron dos nuevos principios en la cultura yaganés: educación y salud, logró la adecuación de las tierras para sentar las bases de una futura agricultura y ganadería en serie y de una eventual explotación de recursos energéticos que él suponía se escondían en lo más profundo de sus suelos, ingenió una serie de instrumentos meteorológicos, con los cuales provocaba el movimiento de las nubes hacía sitios previamente destinados con el fin de obtener lluvia, fundó una teoría de la forma y la figura y de su expresión como medio para elevar el espíritu, manifestación a la que denominó “Arte”. Como fueron tantas cosas hechas por Kahvé, los yaganeses pronto descubrieron que alrededor suyo no faltaba nada más por hacer, entonces miraron al cielo y sostuvieron comunicación con civilizaciones interestelares, poniendo al servicio propio sus avances tecnológicos, establecieron los fundamentos de la astronomía y por medio de las matemáticas dieron rienda suelta a sus sueños de pertenecer a un mundo de perfección. Allí, en esa utopía, Kahvé fue sorprendido por la realidad de unos padres ajenos, que más que a un futuro rey, lo que veían en su hijo era a un extraño con visos de agitador político, que pronto desestabilizaría la concertada organización de la tribu, se arrepintieron de su desmedido afán por traerlo al mundo, y dejaron entrever el “desorden mental” de su hijo, como una consecuencia natural de la incestuosa relación biológica que habían sostenido, reconocieron como ciertas las apreciaciones del consejo de ancianos y recurrieron a él con un propósito perfectamente claro: “era necesario quitarle la vida a Kahvé”. El consejo estaba completamente de acuerdo con tal disposición, como única medida para restablecer el orden en el seno de la comunidad yaganés. Sólo el más viejo del consejo fue capaz de contradecir la sacra decisión con un argumento tan sólido para él mismo como exiguo para sus opositores: “No podemos atentar contra Kahvé, a menos que deseemos desaparecer de la faz de la tierra; Kahvé es la última reencarnación de un príncipe inmortal, amo absoluto de lejanas tierras abisinias donde se supone nació el mundo, su misión es llegar a todos los rincones del planeta, ahora mismo viene desde el imperio otomano”. El anciano fue callado súbitamente y repudiado en público por “blasfemo”, aunque nunca su apreciación trascendió fuera del interior del consejo; de esta manera, se concretó con sus padres el veredicto y su inmediato cumplimiento: “Kahvé debía morir si la cultura yaganés quería seguir viviendo”. La disposición de tal mandato suponía la ejecución de una coartada perfecta y había de señalar el golpe final para la otrora magna tribu. Así decía un antiguo documento encontrado en fértiles tierras de Sudamérica, escrito al parecer por un descendiente yaganés: “Cuando Kahvé cumplió quince soles, según una disposición real, debía hacer su presentación como príncipe ante los dioses que regían la tribu; para tal fin, nuestros antepasados escogieron un remoto paraje de niebla que tenía como punto culminante, la cima de un imponente cerro. Como únicos testigos actuarían los delegados del supremo consejo de ancianos; así Kahvé, debía despojarse de su investidura humana, para entrar a la legión divina. La tribu entera en cabeza de los reyes fue la encargada mediante un sencillo homenaje de dar la despedida a Kahvé, quien iniciaba el recorrido resguardado en el centro del grupo por los delegados. Lucía un fulgurante traje dorado y portaba aún su característico collar de pepas rojas, tersas y blandas, que expelían un suave aroma a paraíso y del cual nunca se conoció su origen. Desde el momento mismo en que el grupo dobló la última curva y no se observó más, invadió a la aldea un extraño olor, por cierto delicioso, pero que trajo una ola de intranquilidad a la tribu. Era el fragor de la tierra mojada, señal inequívoca de que algo inesperado estaba por suceder. A medida que la comitiva se acercaba al sitio convenido, la temperatura ambiental fue descendiendo a niveles extremos, y donde antes parecía un desierto ahora parecía un páramo, el cielo se tiñó de gris oscuro y de repente estalló un terrible aguacero que parecía una réplica del diluvio universal. Ya en la cima de la montaña; Kahvé rasgó sus vestidos, el grupo de delegados se hizo a un lado, pero cuando Kahvé completamente desnudo, con su típico collar alzó los brazos al cielo, una estampida apocalíptica lo arrasó y sucedió lo impensable, que una centella indómita lo arrebató del planeta. Por los poros de la tierra se iba la esencia de su ser, lo último que se vio de él fue un líquido tinto oscuro que se escapaba por las profundidades subterráneas, ese hilo de sangre era la única prueba de que Kahvé hubiese existido una vez. Los delegados estupefactos, observaron como por la misma abertura brotaba una prodigiosa planta de hermosas pepas rojas, tersas y blandas que expelían un suave aroma a paraíso. Era el aroma a Kahvé, se escuchó decir”. Desde entonces me dediqué al estudio de aquella cultura, la de mis ancestros y me enteré que el nombre de aquel príncipe pasó del dialecto yaganés a nuestro idioma con el nombre de CAFÉ, supe que el sitio donde ocurrió el sobrenatural acontecimiento, está ubicado en una amplia región de la actual Sudamérica, que la preservación de aquella planta por medio de su cultivo se ha convertido en todo un arte y un orgullo, porque produce una bebida tan deliciosa que ha conquistado los paladares más exquisitos. Impactado por tanta fantasía, desperté entonces una mañana sobresaltado, un extraño sueño me había incomodado, de repente la puerta se abrió y un profundo olor a café, invadió mis sentidos, penetró por mis poros y me estremeció el alma. Era la esencia del placer que desde el cielo había llegado para quedarse conmigo por siempre. No podía creerlo. Parecía una utopía. La cabeza me daba vueltas y tenía la impresión de estar viviendo una escena mágica. La relación tiempo y espacio surgía como una variable de difícil pronóstico, y un viaje a través del tiempo se hacía inminente. Frente a mí, una invencible taza de café se rendía a mi voluntad, flotando por los contornos de la felicidad absoluta, dominaba mis ideas y sentenciaba el inicio de un maravilloso día que Dios me daba como regalo. Vi entonces perfectamente revelada, la figura de un príncipe de traje dorado y un collar de pepas rojas, que sonreía sutilmente a través de mi ventana. FIN

martes, 1 de marzo de 2022

KAABA

KAABA El planeta más fascinante fue Kaaba. Era un planeta que giraba alrededor de una estrella de tamaño semejante al sol llamada Fátima la cual se hallaba en la constelación de piscis en una espectacular galaxia denominada deliberadamente: La Vía Láctea. Diré que, en términos generales, Kaaba era muy similar al planeta tierra, aunque de tamaño ligeramente más grande. Ocupaba el cuarto lugar en distancia a su estrella madre y antes de su actual denominación había recibido el nombre de Fátima 2012 d. El sistema solar de Fátima había sido finalmente descubierto tras largas observaciones por un grupo especializado de científicos del Observatorio Astronómico de la Unión Árabe, de ahí el nombre de la estrella y de ahí el nombre del planeta. Las temperaturas ambientales de Kaaba oscilaban entre menos cuarenta y más cuarenta grados centígrados. Tenía estaciones, placas tectónicas, atmósfera, hidrósfera, litósfera y biósfera, y con todos estos elementos, por supuesto albergaba vida inteligente. Cabe aclarar que su día duraba 24 horas, 12 minutos, 06 segundos y su año 360 días, 00 horas, 06 minutos, 12 segundos. Además, alrededor de Kaaba circundaban dos lunas bautizadas por sus descubridores como La Meca y Medina. Su cielo era de color violeta. Su diámetro ecuatorial era de 8.642 kilómetros y su diámetro polar era de 8.624 kilómetros, la inclinación de su eje era de 24 grados, 20 minutos, 16 segundos y su densidad era de 1.1 veces la terrestre. En total, el sistema solar tenía diez planetas y alrededor de cien lunas. Pero más allá de su configuración física lo que más me sorprendía era su organización social. En el planeta convivían diez razas diferentes, según la coloración de su piel: los naranja, los limón, los violeta, los rojos, los azules, los amarillos, los lila, los crema, los celestes y los rosados. Lo interesante era que las diez razas se encontraban distribuidas a lo largo de los diez países que existían en un único supercontinente. El planeta tenía una población aproximada de mil millones de habitantes; es decir, nuestro planeta tierra era más pequeño, pero tenía ocho veces más población. Aquel supercontinente se encontraba rodeado por una masa de agua salada al que denominaban: “Océano”. Y en el centro del supercontinente se hallaba una masa de agua dulce a la que llamaban: “Lago”. Los países estaban cuidadosamente divididos de tal forma que todos tuvieran el mismo acceso tanto al océano como al lago, ya que del océano obtenían las criaturas de origen animal que les proporcionaban el alimento sólido, mientras que del lago obtenían las criaturas de origen vegetal que les proporcionaban el alimento líquido. La energía la obtenían en su totalidad de la luz solar que su estrella madre producía constantemente, ya que no manejaban combustibles fósiles de origen animal ni vegetal, ni tampoco procesaban ningún tipo de energía artificial que atentara contra su medio ambiente. Su modo de reproducción era completamente diferente. El hombre y la mujer se unían íntimamente las veces necesarias para alcanzar la medida exacta de amor con la cual se fecundaba un niño o una niña, según lo que quisieran engendrar. Su embarazo duraba un año y el producto de la gestación era cargado por periodos, por ambos progenitores de acuerdo con una tabla biológica previamente establecida. No siempre que había sexo había embarazo, el número máximo de embarazos era uno o dos. Gracias a este eficaz método no existía la explosión demográfica. El embarazo duraba exactamente un año porque la nueva vida emergía en el momento exacto en que alcanzaba la misma posición sideral de su fecundación. El bebé nacía de su madre midiendo en promedio un decímetro y ella lo alimentaba durante casi seis meses. Tanto hombres como mujeres disponían de una única edad fértil que estaba comprendida entre los veinte y los cuarenta años, ni antes ni después. En Kaaba las personas nacían con una cápsula biológica rica en estructuras celulares de restauración que cubrían cualquier deficiencia en el organismo, por esa razón no padecían enfermedades, y si sufrían algún accidente, con rapidez la cápsula se activaba corrigiendo las daños; sin embargo, la cápsula sólo tenía una duración de veinte años, y se podía recargar hasta tres veces, los habitantes de Kaaba sabían de antemano que solamente vivirían hasta los ochenta años, y para qué más, si esa era una existencia plena más que suficiente, que no merecía prolongarse más allá. El año estaba repartido en doce meses, cada uno de treinta días. De ahí salían los 360 días que componían el año. A diferencia de la tierra, no existían los años bisiestos y los meses eran rigurosamente iguales en el número de días. A su vez, el mes se dividía en seis semanas, cada una de cinco días. El quinto día de cada semana era de descanso. No existían los festivos. El día se dividía en cuatro partes de seis horas: una para trabajar, una para estudiar, una para la familia y una para el descanso. Nadie destinaba más tiempo de lo establecido para cada actividad. A pesar de que la imagen corporal de los habitantes de Kaaba era muy similar a la de los humanos, poseían algunas diferencias notables. Sus sistemas y aparatos también eran diez: reproductivo, digestivo, respiratorio, circulatorio, urinario, óseo, muscular, nervioso, metabólico, inmunológico. Pero sus sentidos estaban mucho más especializados y en total eran seis: la vista, el oído, el gusto, el olfato, el tacto y el aura. Este último, era el sentido de la percepción extrasensorial, que les permitía alcanzar una experiencia espiritual maravillosa. Sus dos principales órganos, el corazón y el cerebro estaban extraordinariamente desarrollados. Su sangre o líquido vital era de color blanco. No poseían pelo ni uñas. Quienes habitaban este hermoso planeta siempre vivían felices. A pesar de tantas diferencias entre sí, el grado de aceptación, tolerancia, respeto y consideración por los demás era tan alto que la vida transcurría en medio de un ambiente tranquilo, de convivencia absoluta y de paz integral. La vanidad, la ambición, la envidia y el odio no existían, y como no había necesidad de tener más ni la posibilidad de tener menos, los recursos físicos y materiales eran suficientes para todos, y se encontraban equitativamente distribuidos. No había ricos ni pobres. Afortunadamente, además de los diez países y las diez razas disponían también de diez credos religiosos, diez partidos políticos, diez doctrinas filosóficas y diez lenguas nacionales, aspectos a los que cada quien podía pertenecer sin ningún tipo de discriminación, ya que ninguno de esos referentes prevalecía sobre otro. Nadie intentaba dominar a nadie y las fronteras no existían ni siquiera como líneas imaginarias. En todos los países convivían todas las razas, se practicaban todos los credos, se aceptaban todos los partidos, se respetaban todas las doctrinas y se hablaban todas las lenguas. Los dos sexos representaban el mismo valor y todas las expresiones culturales eran igualmente importantes. No había un presidente. El encargado de administrar el planeta era un cuerpo colegiado, compuesto por varios miembros, elegidos al azar por cada uno de los diferentes aspectos que conformaban la sociedad y cuya única misión era la de propiciar el progreso de todos, sin interesarse en el beneficio particular sino en el bien común. El estado proveía educación, salud, vivienda, transporte, trabajo y bienestar. La solidaridad y la fraternidad eran los valores supremos de aquella civilización enclavada en un lejano rincón del universo. Sin embargo, esta comunidad no siempre fue así. Antes de alcanzar este grado de madurez, tuvo que sufrir el rigor de las guerras, los desastres, los accidentes, las enfermedades, el dolor y la muerte. Pero un buen día, aun cuando era temprano, decidieron cambiar. Primero corrigieron los defectos de su condición social y allí advirtieron que también podían corregir los defectos de su condición natural, entonces recibieron el beneplácito de una vida verdaderamente agradable, sin las banalidades de su anterior y presuntuosa existencia, que los había llevado casi a la extinción total y definitiva. Esta recuperación fue el producto de la construcción firme y decidida del nuevo habitante del planeta Kaaba. Fui recibido como un héroe. Compartieron conmigo un momento de diálogo y en la grandeza de un detalle rutinario encontré la recompensa de una vida apacible. Sentí envidia. Soñé que un mundo así era posible en el planeta azul del cual yo provenía. Entonces decidí regresar a la Tierra. No intentaron detenerme, no quisieron experimentar conmigo, no me obligaron a hacer nada que no quisiera hacer, ni procuraron matarme. De pronto me encontré nuevamente en la Tierra. Entre la nostalgia de estar allá y la esperanza de hallarme aquí, reflexioné ante la posibilidad de que mi planeta se convirtiera en una nueva Kaaba. Para empezar, hice un recuento cuantitativo de nuestro planeta. La tierra tenía menor tamaño que Kaaba, pero estaba ocho veces más poblada. Había 200 naciones y 6.000 lenguas, 6 razas y 600 pueblos, 1.000 credos religiosos y 1.000 doctrinas filosóficas, 1.000 partidos políticos y 1.000 expresiones culturales. Además, existían casi 8.000 enfermedades y más de 10.000 formas diferentes de perder la vida. Existía la discriminación en razón a su condición de género, étnica, política, económica, social, cultural, religiosa, filosófica, sexual y de edad. Los hombres y las mujeres guardaban en su corazón grandes proporciones de rencor, odio, egoísmo, envidia, ambición y vanidad. El mío era un mundo al borde del colapso total. Cualquier intento de transformación no sería fácil. No había suficientes recursos y los existentes estaban en pocas manos. El hambre, la miseria, el desprecio y el dolor abundaban por todas partes. Pero lo peor de todo era la guerra, todos los días estallaban guerras por diferentes motivos en cualquier lugar. Y pensar que en Kaaba ni siquiera conocían el significado de esa dolorosa palabra. A pesar de ser similares físicamente, comprendí cuán grandes diferencias separaban a estos dos planetas. Pero, aun así, pensé que sería hermoso hacer un alto en el camino y comenzar de nuevo. Qué bello fue imaginar que esto que aquí no era más que una fantástica utopía, allá era una auténtica realidad. Lo distinto radicaba en soñar que un mundo mejor era perfectamente posible. Pero qué pecado y qué delito tan grande fue pensar que todo podía ser diferente. Para personas como yo este mundo estaba prohibido. Entonces intentaron detenerme, quisieron experimentar conmigo, me obligaron a hacer todo cuanto no quería hacer y finalmente procuraron matarme. Todo para que me quedara bien claro que este planeta tenía que seguir siendo como siempre había sido y que así seguiría por los siglos de los siglos. FIN