viernes, 1 de abril de 2022

LA NOCHE TRISTE DE BRÍGIDA CONTENTA

LA NOCHE TRISTE DE BRÍGIDA CONTENTA Brígida estaba limpiando la vitrina calentadora cuando vio al joven lotero pasar frente a ella. El muchacho de unos doce años, se había hecho famoso debido a que, según se decía, había vendido varias veces el premio mayor de la lotería, razón por la cual, según se creía, poseía un buen capital ahorrado, producto de las propinas entregadas por los ganadores como recompensa a la fortuna recibida. Ya lo conocía pero nunca había hallado una oportunidad más espléndida para comprarle que esta, cuando se sintió finalmente ungida por las fuerzas más poderosas del universo. Una ola repentina de felicidad la invadió paulatinamente porque apenas eran las seis de la tarde, y ya había terminado la venta. -¡Hay día de días!- pensó en voz alta. Hizo un recuento rápido de sus ingresos del día, para ver si podía comprar la lotería, pues imaginó que bien pudiera, ser la ganadora del premio mayor y que su vida sufrida cambiara radicalmente. Por eso le compró el billete al muchacho y lo guardó como su más preciado tesoro. Brígida era una humilde mujer que vivía junto a su familia en uno de los sectores más deprimidos de la ciudad. Era un barrio ubicado en toda la ladera de la montaña, al cual denominaban “La Ladera”. Trabajaba con su esposo en la venta de empanadas con limonada de panela, alimentos que ellos mismos preparaban con el mayor esmero e higiene. Con el producto de su trabajo mantenían a sus pequeños hijos, una niña de cuatro años y un niño de tres, y a los padres de Brígida, unos pobres señores que todo cuanto tenían en esta vida era el día y la noche. Su hogar era una pequeña casa de latas, cartones, plásticos y tablas. En ella, sobrevivían de manera inalterable los seis personajes que el destino de manera caprichosa había decidido unir con el único propósito de ponerlos en el camino del sufrimiento. Sufrimiento que por lo general es producto de los errores cometidos, el haberse hecho padres tan jóvenes los privó de la posibilidad de formarse en una disciplina que les hubiera permitido progresar en la vida. Así, desembocaron en la cruda realidad de esta vida arbitrariamente insensata. Empanada con limonada. Para las empanadas, se prepara una masa a base de harina de trigo, se recorta una porción y se le da una forma característica, se rellena luego con una mezcla de arroz y carne molida suavemente sazonada, se echa a freír hasta alcanzar el punto medio y sale calientita, lista para el consumo. Así se obtiene uno de los alimentos más populares y económicos de América Latina. Para la limonada, se pone a derretir la panela, se les exprimen los limones y se le agrega suficiente hielo, se revuelve bien hasta que alcance el punto medio y sale heladita, lista para el consumo. Así se obtiene la bebida más deliciosa, refrescante, nutritiva y saludable que existe. Esta es la combinación mágica que le permite a esta familia sobrevivir dignamente, aunque con las penurias propias que la vida le ofrece a las personas humildes. Esta era la filosofía de vida de Brígida y su esposo. La misma rutina todos los días de la semana, todas las semanas del año. Salían muy temprano en la mañana a la plaza de mercado con el ánimo de comprar los ingredientes necesarios para elaborar sus productos de venta, y a las cuatro de la tarde instalaban su puesto y comenzaban a vender. A pesar de que mucha gente ya era cliente nunca había un índice fijo de venta, razón por la cual se sabía a qué horas empezaban pero nunca a qué horas terminaban. A veces la faena se prolongaba más allá de las doce de la noche, en otras ocasiones entre las diez y las doce, otras entre las ocho y las diez, otras entre las seis y las ocho, pero ese día habían terminado a las seis. Otras veces ni siquiera esperando después de las doce lograban terminar de vender, y tenían que disponer de las empanadas y la limonada para su desayuno y hasta para su almuerzo, inclusive en ciertas ocasiones repartían entre los viandantes que vivían en las calles; eso sí, nunca vendían al siguiente día algo que hubiera quedado del día anterior. Esa era la clave de la buena fama que gozaban sus productos. A pesar de que su jornada comenzaba bien temprano en la mañana y terminaba bien tarde en la noche, Brígida no tenía impedimentos para ejercer plenamente su labor de madre, esposa e hija. Era una mujer abnegada, dedicada completamente a su trabajo y a su hogar. En ella solía acontecer un continuo milagro, no importaban sus ocupaciones ni sus preocupaciones, siempre tenía una sonrisa tierna para ofrecer y una palabra cálida para decir. Su puesto de trabajo siempre permanecía limpio y organizado, y se esmeraba al máximo por brindar al público un excelente producto y una magnífica atención. Su espíritu emanaba una actitud siempre positiva y por sus poros brotaba un optimismo contagiante. Ese día a las seis de la tarde ya no había en la vitrina una sola empanada, eso se debió a que en el barrio hubo una reunión política, vinieron varios políticos con el mismo discurso de siempre, que les voy a dar, que les voy a conseguir, que salud, que educación, que vivienda, que trabajo, bueno lo mismo de siempre. Más como en estos países tropicales, la conciencia de la gente se compra a punta de comida y bebida, vinieron los de la campaña y compraron todo, repartieron todo, y lograron convencer de esta manera sencilla a los seguros electores. Con la alegría de encontrar a sus pequeños despiertos y no dormidos, como todos los días, Brígida quiso apurar sus tareas, en eso estaba cuando vio pasar al pequeño lotero y lo llamó para comprarle una fracción. La tomó y la guardó en su cartera con el mayor cuidado para no maltratarla y pidió desde lo más profundo de su ser que ese papel impreso con cuatro cifras fuera su salvación definitiva. Se bañó, se cambió y se acostó junto a sus pequeños, les habló, les cantó e hicieron una oración. Se sintió plenamente reconfortada, con la tranquilidad del deber cumplido se entregó al placer sublime del sueño, ese mundo virtual donde cualquier cosa puede suceder. Se estaba quedando dormida cuando se oyeron los primeros ruidos. Eran fuertes rugidos que escapaban de las profundidades de la tierra. Toda la familia pareció escucharlos. Al principio creyeron que era algún carro o algún camión, pero cuando se hicieron más repetidos e intensos, tuvieron la certeza de que algo malo iba a ocurrir, por eso Brígida decidió rápidamente ponerse el bluyín y la camiseta blanca que acababa de quitarse. Sacó de la cartera la fracción de la lotería y la depositó en un cofre, donde guardaba cosas de gran importancia para ella, en ese momento comenzó a escuchar gritería en la calle. Con ese instinto que tan sólo las madres logran desarrollar tomó a sus pequeños entre sus brazos y salió corriendo con su marido porque la casa empezó a moverse. Sacó a sus padres ya dormidos y salió corriendo para ver qué acontecía. Lo que presenciaron fue una escena dantesca. La montaña que había servido de refugio a tantas familias durante tanto tiempo, se estaba cayendo a pedazos, la ladera se estaba deslizando a un ritmo infernal arrastrando consigo todo cuanto encontraba a su paso. Todo era caos. Gritos, llanto, dolor y muerte era todo cuanto se oía y se veía. La noche era oscura y fría, y pintaba un paisaje desolador. Brígida y su familia corrían desesperadamente para que el alud no los alcanzara y aunque sentían que las fuerzas se les acababan, su instinto de preservación les daba el valor suficiente para seguir huyendo, para correr antes de que fueran sepultados. El desastre fue total. Las casas de la parte de arriba habían caído sobre las de más abajo, arrastrando consigo todo lo que tenían en su interior, las personas que en ellas habitaban, sus cosas y sus sueños. El panorama no podía ser más tenebroso, toneladas de tierra cubrían ahora familias enteras, familias que por su condición no podían aspirar a vivir en un lugar digno, familias que el sistema mismo había relegado de manera infame. Mientras tanto Brígida y su familia no paraban de correr, seguían haciéndolo como si fueran a ganar una carrera atlética, la carrera de su propia supervivencia, porque sentían que el mundo se estaba desmoronando a sus espaldas. Por eso continuaron hasta cuando el cansancio y la fatiga los dominó completamente. A pesar de que no había transcurrido más de dos minutos parecía como si hubiera pasado un siglo. Los niños lloraban con desespero, sus padres, ya agotados, rezaban sin cesar. Brígida y su esposo no dejaban de mirar hacia arriba para comprobar cómo lo que hasta hacía unos instantes fue su hogar y el de sus vecinos y amigos, ahora era un montón de tierra y escombros. En un respiro, terminaron agradeciendo a Dios por haberlos salvado de semejante tragedia, aunque lo habían perdido absolutamente todo. Fue en ese preciso instante que Brígida recordó la bendita fracción de la lotería que un famoso muchachito le había vendido hacía apenas unas horas, y la cual ella alcanzó a considerar que cambiaría su existencia. En ese momento de dolor, el billete de la lotería cobró plena vigencia. Brígida tuvo la convicción infinita de que ella sería la ganadora. Y sintió también que era la hora de que por fin se le diera algo bueno en la vida, sobre todo después de lo acontecido. Buscó entonces la fracción en medio de su ropa embarrada pero no la encontró. Hizo un recorrido mental para tratar de recordar donde podía estar la fracción de la lotería, preguntó a su marido, preguntó a sus niños, preguntó a sus padres, pero ninguno comprendía de qué estaba hablando, era como si todos hubieran quedado golpeados por el devastador paso de un asteroide. Continuó buscando en todos los rincones de su intrincada mente, y allí en el recoveco más profundo de su conciencia, pudo encontrarla. De manera prodigiosa pudo recordar que al iniciar la catástrofe, había guardado el billete en aquel cofre sagrado que contenía los recuerdos más trascendentales de su existencia, y que ante la consternación de lo que estaba por venir lo había dejado tirado, para sacar con prontitud a su familia, aquella familia maravillosa que era, al fin y al cabo, todo cuanto tenía y amaba en la vida. Miró nuevamente hacia arriba e imaginó el cofre enterrado entre miles de toneladas de escombros naturales, que una montaña insolente había decidido echar encima de aquellas familias humildes, que todo cuanto soñaban, era sobrevivir en un mundo cruel que se comportaba ajeno a sus necesidades, y cuyo anhelo no era otro que esperar a que la suerte hiciera por ellos lo que ellos no habían podido hacer por sus propias vidas. FIN

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