viernes, 8 de abril de 2022

LA PRIMERA VENTA

LA PRIMERA VENTA Bien claro me repetía mi madre una y otra vez: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Y a pesar de tanta claridad, aún no logro asimilar ese mensaje en toda su extensión. Después de tanto deambular por el soterrado mundo del capitalismo salvaje, finalmente me hice vendedor de sueños. Explicaré a continuación quién es y qué hace el personaje al que se le ha dado semejante título. Es un individuo que tiene la capacidad de hacer realidad el anhelo, tan propio del ser humano, de darle un hogar a su familia. Ese es un sueño que generalmente compartimos quienes pertenecemos a este reino. Entonces, surge de la nada este sujeto y se especializa en ofrecer los espacios donde crecen las familias, donde al calor del amor fraterno se transmiten las costumbres y se forjan las descendencias. Tras esa ilusión y la posterior realización de levantar una prole bajo el techo cálido de un hogar, en el que se comparten los triunfos y las derrotas, las satisfacciones y los sufrimientos, y todas las maravillosas experiencias que se viven con regularidad en ese hogar, habitualmente hay un vendedor de sueños. Pues bien, una amiga con la que nos conocíamos desde que éramos niños, y que por esas circunstancias propias de la vida, que finalmente no dejan de sorprendernos, logró con el tiempo y sus virtudes, adquirir una buena posición social y económica, me la encontré entonces como accionista, directora comercial, esposa del presidente y eje central de una compañía constructora, y me invitó de inmediato, a formar parte de su equipo de ventas. Nuestra tarea era la de vender un proyecto de vivienda ubicado en Girón, un municipio que pertenece al área metropolitana de Bucaramanga. Girón es una ciudad acogedora y apacible, en ella se conjuga lo antiguo y lo moderno, lo turístico y lo empresarial, lo urbano y lo campestre, lo humano y lo divino. Un lugar maravilloso donde el pasado se entrelaza con el futuro, forjando una realidad virtual que parece de ensueño. Un sitio mágico donde se despliegan en todo su esplendor las alas del inmenso tinglado social y cultural que subyace en el suelo de Latinoamérica. Girón es un tesoro dorado que todo el mundo debiera conocer, un paraíso terrenal que todo el planeta debiera visitar, al menos una vez en la vida. Por esa sencilla razón acepté la invitación. Tras un intensivo curso de ventas, adquirí las herramientas necesarias para entender el negocio, para cogerle amor al asunto y plantearme entonces la posibilidad de asumir mi nueva profesión como un auténtico proyecto de vida. Con inusitada lucidez, di inicio a mi labor comercial, ejercicio al que han dado por llamar los tecnócratas de ahora: ASESORÍA. Advierto que las ventas no son fáciles, por el contrario son y serán siempre una disciplina muy compleja, en la que se debe ser y saber de todo un poco. Desde siempre he contado con un espíritu muy acucioso, poseo un carácter estudioso que me exhorta a profundizar cada vez más y saber más. Procuro día a día, desarrollar mejor todas mis potencialidades para ponerlas al servicio de la persona que se acerca a mí, y que esa misma persona advierta que está frente a alguien, en quien puede confiar plenamente. En ese principio se basa el transcurrir de mi vida diaria. Diré, que siempre he sido una persona que he pecado por ser demasiado optimista. Veo muy fácil lo que los demás ven muy difícil. Y que esa característica me ha permitido dar rienda suelta a mi imaginación y vivir en un mundo de fantasía en el cual todos los objetivos se cumplen de manera más rápida y efectiva. Sin embargo, algunas veces he sentido el peso de una visión menos positiva sobre mi espalda, y de manera inevitable me he estrellado de frente con el muro de la realidad, una barrera visible que el optimismo se ha encargado de camuflar completamente. Mi primera “planta”, es decir, el espacio en el cual se tiene contacto directo con el público, fue acogida con sobriedad y misticismo. Convencido de que ese mismo día efectuaría mi primera venta, elaboré un intrincado plan con el cual el cliente no tendría opción diferente que la de comprar lo que yo le estaba ofreciendo. Pero qué lejano estaba de la realidad. No solamente la visita de clientes potenciales fue escasa, sino que además los pocos que llegaron lo hicieron con unas expectativas muy diferentes de las que yo les ofrecía. Aquella primera jornada culminó entonces con la frustración de no haber vendido. El tiempo fue transcurriendo, y cada día fui comprendiendo que mi optimismo estaba mal fundado. Ahora tendría que esforzarme al máximo para cumplir mi prometido. De ahora en adelante, debía tener la suficiente perspicacia para saber cómo y cuándo podía romper esos obstáculos que la gente solía poner como objeciones, y que se interponían entre mi labor y mi anhelado sueño de cerrar la primera venta. Pero como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo pueda resistir, y mi persistencia nunca disminuyó, finalmente llegó el día. Mi oportunidad venía en forma de mujer, desde el primer momento en que entró a la oficina, supe que poseía el aura característica de los que vienen decididos a comprar. Se llamaba María Arias. Conocía algo del proyecto porque un compañero suyo de trabajo había comprado hacía poco uno de nuestros inmuebles, y por tal razón sabía del esquema financiero. Tras observar con sus propios ojos el plano urbanístico y la maqueta de lo que iba a ser su futura vivienda, y al comprobar a cabalidad que todas sus necesidades quedaban satisfechas, la mujer se mostró sencillamente encantada. La propuesta se ajustaba totalmente a sus posibilidades. Ahí percibí claramente que por fin estaba ad portas de lograr mi objetivo, y que ese sería tan sólo el primero, de los muchos logros que alcanzaría de ahora en adelante. Sin embargo, faltaba algo: visitar la casa modelo, conocer el sitio de la obra, que pudiera percibir con sus propios sentidos, el hogar y el entorno que había escogido para su familia. No le vi ningún inconveniente, por el contrario lo encontré necesario. Me sugirió que la visita se hiciera de inmediato a fin de poder hacer la transacción financiera y cerrar la negociación de inmediato, pero por exceso de confianza o simplemente por cosas de la vida que uno no logra entender, preferí que fuera al siguiente día, el sábado. Y así acordamos. A las diez y diez de la mañana, del viernes once de febrero de 2005, en mi oficina, y ante la inminencia de mi primera venta, logré verme como un auténtico vendedor de sueños. Sentí que no había nada en el mundo que pudiera despojarme de ese título. A las seis de la tarde, salí de la oficina con la satisfacción del deber cumplido. Una sonrisa espontánea se dibujó en mi rostro y en mi corazón al tomar el ascensor, como prueba fehaciente de mi gran hazaña. Con la certeza absoluta de mi primer negocio, me dispuse, tal y como siempre ha sido mi costumbre, a hacer el ejercicio mental de imaginar cuál sería la mejor manera de gastarme la comisión. Inclusive, en las sutilezas propias de una situación cien veces planificada, me sorprendí otra vez en medio del mundo de fantasía al cual pertenezco, y del cual soy protagonista principal, en el centro de una escena inacabada. En eso estaba cuando sentí las primeras gotas estrellándose en mi cara. Alcé la mirada y descubrí el cielo completamente encapotado. Unas portentosas nubes negras perfectamente entrelazadas, me hicieron prever que un fuerte aguacero estaba por desatarse. Apenas abría la puerta de mi residencia cuando estalló el diluvio. Una tormenta que jamás había presenciado, se mostraba ante mí como un monstruo renegado. Afortunadamente, mi esposa y mis hijos ya estaban en casa. Tras unos instantes de tempestad, la electricidad quedó cortada. A oscuras, no tuvimos otra opción que irnos a dormir temprano, con la convicción de que pronto dejaría de llover. Pero qué equivocados estábamos. A media noche los truenos y los relámpagos nos despertaron de nuevo y los niños comenzaron a llorar de miedo. Era como si toda el agua del planeta se hubiera condensado en un solo punto y los océanos se estuvieran derramando sobre nosotros. Llovía como nunca, con una fuerza natural tan inusitada como desproporcionada, que no dejaba de sorprendernos. Los niños seguían asustados y no hallábamos la forma de tranquilizarlos. Llovió toda la noche. La tormenta apenas bajaba su intensidad en pequeños intervalos y reaparecía de nuevo como un aguacero de renovada fortaleza. En eso se mantuvo hasta cuando el gemir de las sirenas de un pelotón interminable de ambulancias que corría despavorido en todas las direcciones comenzó a anunciar el desastre. A las seis de la mañana, aún lloviendo con vehemencia, comprendimos que algo muy grave había sucedido. Conforme la electricidad se fue restableciendo y las noticias fueron llegando, empezamos a enterarnos de la magnitud de la tragedia, el dolor había tocado a esta tierra bendita, en la que tuve la fortuna de crecer. El río Frío y el río de Oro bajaban enfurecidos, arrasando todo cuanto encontraban a su paso. Piedecuesta, Floridablanca, Bucaramanga y Girón conocieron el peor aguacero de su historia, sus habitantes presenciamos la furia de la naturaleza en toda su extensión y advertimos con absoluta precisión su poder destructivo. El sábado doce de febrero de 2005 pasó a la historia como un día trágico. Dieciséis horas de lluvia, 135 milímetros cúbicos de agua, cinco mil familias damnificadas, treinta y dos muertos y un millón de dólares en pérdidas fueron algunas de las fatales consecuencias. Pero la peor parte fue para mí, cuando llamé a doña María para ir a visitar la obra, noté que su estado de ánimo estaba por el suelo. Lo único que acató a decirme fue: “que había pensado dejar para después”. Al colgar, advertí perfectamente que la venta se había caído, entonces escuché en mi conciencia la voz de mi madre repitiéndome con insistencia: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario