domingo, 15 de mayo de 2022

MACARENA

MACARENA Este dizque era un muchachito muy desobediente que había cogido la costumbre de irse todas las tardes para la laguna a hacer quién sabe qué vainas. Lo cierto era que tenía el mismo sonsonete de un tiempo para acá y nadie se imaginaba con qué intención lo hacía. Su mamá, una vieja medio chifloreta, que vivía sola con el muchachito en la última calle del pueblo, trabajaba lavando ropa en la quebrada y desarrollando una que otra lambonería, y a punta de eso, lo había medio sacado adelante. Su papá había alcanzado el título profesional de borracho y se había especializado en no hacer nada, mejor dicho daba más una finca sin agua. Menos mal que así como llegó, así mismo se fue. Desapareció sin dejar el más mínimo rastro. Con semejante panorama, el pobre Ignacio, que tal era el nombre del niñito, vivía completamente despistado, no hacia tareas ni le ayudaba a su mamá en los deberes, iba que se las pelaba para el mismo rumbo del papá; mejor dicho, como el cuento, ni mandado a hacer. Por esa razón, la loca Lucía o sea la mamá de Ignacio, dio en castigarlo. Cada vez que llegaba de la escuela con una mala nota o con un llamado de atención, ¡téngale! una tanda. Cuando se portaba desobediente o maldadoso, ¡téngale! una tanda. Pero como dicen, que un castigo repetido se vuelve costumbre, a Ignacio ya no se le daba nada por nada, entonces terminó por volverse con cada muenda, un sinvergüenza profesional. Un día a Lucía se le dio la idea de meterlo de acólito, con el propósito de que el padre Remigio lo enderezara, incluso alcanzó a imaginar que si el muchachito se corregía iba a terminar de cura, por qué no de obispo, o de cardenal, o hasta de papa. Pero nada más contrario a la realidad, se volvió peor. Y como el padre Remigio lo echara para que no le acochinara la parroquia, el niñito le rayó toda la fachada de la iglesia con pintura roja que el curita guardaba en la casa cural para echarle a los pasos en Semana Santa. Cuando el sacerdote le entregó a Ignacio a la loca Lucía, ella le dijo al padre Remigio que lo iba a encerrar una noche entera en el cuarto de los chécheres, para que el diablo viniera y lo asustara. Pero el curita en medio de su inmensa sabiduría, le dijo que no se molestara en eso, que era capaz que el mismo demonio venía llorando a media noche a presentarle la queja porque el muchachito le había hecho alguna jugada. Entonces se lo llevó al jefe de la guarnición militar con la idea de que él lo recibiera en el cuartel y así, ella se liberaba de Ignacio, y el muchachito prestaba sus servicios a la Patria. Pero tan pronto el comandante supo que sólo tenía diez años, le pidió que se lo guardara unos cuatro añitos más, mientras se maduraba otro poco, y que ahí sí, él mismo se comprometía a volverlo un hombre de bien. Fue por esos días que Ignacio se hizo más rebelde. “Es insoportable”, le dijo la loca Lucía a la vieja Magola, la más vieja de las lavanderas de la quebrada, mientras le restregaba el cuello a una camisa bien curtida. “no me lo aguanto más”. Le alcanzó a repetir varias veces. Un día que el muchachito le partió sin culpa uno de los pocos pocillos que quedaban en la casa, Lucía lo cogió a la brava y le dio cable. Y le dio tanto que acabó de pegarle porque se le cansó el brazo. Ignacio no hacía sino chillar y chillar, y le decía: “no más mamita, no más mamita”. El pobre terminó todo marcado y como no encontrara consuelo en nada decidió salir a caminar, y el camino lo llevó hasta la laguna, el sitio en el que iba a permanecer de ahora en adelante. Cuando llegó a la laguna comenzó a recordar los parajes más inhóspitos de su triste vida. Entonces continuó llorando porque descubrió que a pesar de su corta edad era más el llanto que sus ojos habían derramado que la sonrisa que de sus labios había brotado, mientras miraba las marcas ocasionadas por el cable, sintió deseos de morirse. Alcanzó a creer que lo mejor era desaparecer de la faz de la tierra, que al irse de una vez por todas, su mamacita, la lavandera más famosa del pueblo, por fin iba a descansar de él. Entonces se miró todo el cuerpecito, lleno de moretones por aquí y por acá, y decidió que se iba a tirar a la laguna para ahogarse y que así se irían los pesares, sin tanto pereque, para no seguir sufriendo ni hacer sufrir a su mamacita. Fue en ese preciso momento cuando de la nada brincó del agua un pececito anaranjado de pintas doradas y comenzó a revolotearle por la cabeza, entonces Ignacio todavía más emberracado hizo la musa para tirarse pero sucedió lo más increíble de todo, que el pez le dijo: ¿Qué va a hacer? Ignacio volteó la cara de aquí para allá y no vio nada, y creyendo que se estaba volviendo loco, volvió a escuchar a lo lejos que alguien le hablaba, entonces quedó desconcertado. Y hallándose completamente atolondrado, alcanzó a sentir miedo. -Soy yo ¿Puedo ser su amigo? Sabiendo Ignacio que la voz venía del pez prefirió no contestar nada. -¿Por qué está llorando? Ignacio seguía todo desvirolado y no decía nada. Ni corto ni perezoso, el pez salió del agua y se sentó al lado del muchacho. Ignacio se pellizcaba a ver si era que estaba soñando pero el dolor del pellizco en el uno o el otro moretón lo hallaba perfectamente despierto. Entonces el pez comenzó a hacerle charla. Le dijo que lo tenía muy preocupado porque últimamente lo veía muy triste, y que hasta donde él sabía, los niños no venían al mundo para estar tristes sino para estar contentos y que llenaran de alegría este mundo agrio, al que de por sí le sobraba amargura. Pero como Ignacio continuara incrédulo, el pez que era tan pequeñito como el dedo pulgar del niño, se le subió a las manos y hablándole de frente le insinuó que le pidiera un deseo, que con toda seguridad él se lo concedía. El muchachito se quedó pensando... -¡Quiero una manzana, grande y roja! Más se demoró en pedirla que en tenerla ahí mismo. De inmediato apareció junto a él una hermosa y jugosa manzana. Sin más requeñeque le cambió el semblante al muchacho, y por fin una sonrisa escapó de sus labios. El pez aprovechó, mientras el niño se comía la manzana, para darle una cantaleta pero de buenas razones para que Ignacio recuperara las ganas de vivir y encontró la manera de hacerle creer que las cosas iban a mejorar. -¿Quiere alguna otra cosa?- Preguntó el pececito. -¡Sí! ¿Usted cómo se llama?- Preguntó el niño. Le dijo un nombre tan raro que Ignacio no lo entendió. -Mejor dicho, dígame Macarena. -¿Quiere alguna cosa más? -¡Sí! Que mi mamacita no me trate mal. -Cambie usted con ella, trate de entenderla y listo se cumplirá su deseo. Al principio será difícil pero usted tiene que aguantar. Mejor dicho, téngale paciencia. Y luego preguntó: ¿Le gustan los balones? Ignacio hizo señas con la cabeza que sí y agregó: -¡Mucho! Siempre he querido tener uno. -Ahora váyase- dijo Macarena. Y luego agregó: -En el camino encontrará un balón, juegue todo lo que quiera pero cumpla con los deberes que su mamá le diga. Todo va a cambiar. Tenga presente que las cosas malas pasan y las cosas buenas también pasan. Por eso aguante las cosas tristes y disfrute las cosas alegres. Dicho y hecho. En el camino, cerca al guanábano, había un balón de fútbol, grande y nuevecito. Así mismo tenía el corazoncito Ignacio, como su balón. Por fin comenzó a conocer la felicidad, tan esquiva para él en otras ocasiones. Pero la dicha no duró mucho. Al llegar a la casa la loca Lucía le pegó su parada. ¿Qué dónde andaba? ¿Qué de dónde había sacado esa pelota? Y como Ignacio le contara todita la verdad, la loca Lucía lo tomó como que le estaba tomando el pelo y se pegó la embejucada del siglo. La vieja estaba verde de la soberbia y se lanzó a darle una muenda bien dada. El muchachito apenas acataba a decir: “que el pescadito Macarena”, “que el pescadito Macarena” pero los totazos no dejaban oír qué era lo que Ignacio quería decir. Como si fuera poco, cogió el cuchillo de la cocina y le picó el balón y se la sentenció, que eso era para que no se burlara de ella, y que de ahora en adelante, se le iba a poner el café a cuarenta porque no le iba aguantar una jodedera más. “¡Mirá! lo último que nos faltaba: ahora también ladrón. Corra ligero a devolver esa pelota de donde se la robó”. Pobre muchacho, tras de que cotudo, con paperas. Por hacer más, hizo menos. Lo castigaron por andar diciendo la verdad. De ahora en adelante le iba a tocar peor todavía; ni qué jugar, ni qué divertirse. Nada más que un condenado a cadena perpetua, y para completar, con la fama que su mamacita le había dado, toda la gente lo despreciaba y lo echaba a un lado. Era el ser más incomprendido de este mundo. Pero esto sirvió para darse cuenta que todo cuanto tenía era a Macarena, ese ser minúsculo aparecido de la nada, que en tan poco tiempo le había enseñado más que su mamá, toda la vida. Finalmente comprendió que su existencia estaba junto a Macarena, que con él sus oportunidades eran infinitas. Ahí, fue que Ignacio cogió la costumbre de irse para la laguna y permanecer allá sentado, hablando durante horas con Macarena. Pero nadie se daba cuenta qué era lo que pasaba. Lo cierto era que se amañaba tanto que el tiempo se le iba volando. Un día que Lucía le quemó la boca con cáscara de huevo caliente por haberse comido un pan de más, Ignacio sintió que la copa se había llenado. Salió caminando una vez más rumbo a la laguna, pero esta vez le pareció que el camino se había hecho más largo, entonces siguió caminando hasta que se encontró con el mágico espejo de agua cristalina donde vivía su único y verdadero amigo, el que lo comprendía y aceptaba con los defectos propios de todo ser humano. Esta vez no quiso llamarlo, prefirió irse a buscarlo al fondo de la laguna donde seguramente se encontraba. En esta ocasión iba a quedarse a vivir con él, porque allá en su mundo de fantasía, no importaba si se comía un pan de más, o si por esas cosas del destino, un pocillo se le partía, simplemente no importaba. FIN

domingo, 8 de mayo de 2022

LUGAR EQUIVOCADO

LUGAR EQUIVOCADO Hoy hace precisamente diez años sucedió el trágico acontecimiento. Aquel infausto día, que habría de marcarme para siempre, nació alegre y radiante, pero a medida que fue transcurriendo, se llenó de una amargura espesa que me fue ahogando poco a poco. No pretendo que esta historia se convierta en un sentimiento de pesar para nadie. Más bien espero que sea un homenaje a la memoria de aquel que ha estado más cerca de llamarse mi amigo. Se trata de Manuel, mi compañero de toda la vida, al que llegué a considerar mi hermano. Todavía recuerdo con inusitada precisión todos los detalles que el destino se encargó de unir de manera caprichosa para tejer el absurdo, y aún hoy, en lo profundo de mi corazón, no hago más que preguntarme por qué es tan injusta e incomprensible esta vida. Diré que fuimos amigos desde siempre. Vecinos, hijos de amigos vecinos de siempre también. Nos llevábamos solamente dos meses de edad de diferencia, entramos a la escuela a hacer la primaria a la vez, y por suerte desde el primer día compartimos jornada y salón. Nuestra niñez transcurrió por los senderos propios de los niños de clase media; es decir, en medio de los juegos típicos de las canicas, “el escondite”, “la lleva”, los carros, los superhéroes, los patines, la bicicleta ¡ah! y por supuesto, el infalible fútbol callejero, juego mágico donde la fantasía de nuestros ídolos tiende a volverse realidad en nuestros pies. Toda esta proximidad hizo surgir entre nosotros un enramado casi fraternal que había de prolongarse indefinidamente en el tiempo, hasta el maldito día en que la desgracia decidió que debía separarnos. Nos bautizamos en la parroquia del barrio, el mismo día y a la misma hora. Mis padres fueron sus padrinos y los suyos fueron los míos, los ahora compadres acordaron organizar una sola fiesta para reunir en un mismo lugar, además de familiares y amigos, a vecinos y conocidos. La actividad se repitió años más tarde con motivo de la primera comunión, sólo que ahora con mayor solemnidad, puesto que la ceremonia coincidió, nada más y nada menos, que con la culminación de la primaria. Habíamos terminado sexto grado, entonces con la graduación de la primaria y la primera comunión a cuestas, la entrada a la adolescencia terminó por sorprendernos. Grandes cambios físicos y mentales comenzaron a aparecer, y un conjunto de sentimientos nuevos afloraron desde el interior para manifestarse de manera rauda y rebelde. Un capítulo nuevo en nuestras vidas empezó a escribirse. Entramos a hacer séptimo grado en medio de una edad turbulenta. Iniciamos la secundaria con el convencimiento pleno de que el mundo giraba a nuestro alrededor sí y sólo si, así lo consentíamos. Nos estábamos volviendo hombres y nos abrogábamos el derecho de disponer del mundo a nuestro antojo, derecho sustentado en el acontecimiento inconsciente de estar produciendo una gran cantidad de hormonas responsables en gran medida de la extraña facultad, nueva y poderosa, de sentir atracción y sentirse atraído. Sí, así era. A los doce años empezamos a tener novias, o por lo menos eso que uno a esa edad llama novia; o sea, esa niña de más o menos la misma edad por la que uno siente una profunda atracción y por la cual uno percibe que de su presencia sale el aliento necesario para seguir existiendo, así no haya más que una tierna mirada o una leve sonrisa, o en el mejor de los casos, una palabra cálida o una frase frívola. Así fuimos creciendo, como hermanos. Compartíamos todo cuanto podíamos y casi siempre estábamos los dos, a veces en su casa, a veces en la mía, en la calle, en el colegio o en cualquier otra parte; inclusive, nos hicimos hinchas del mismo equipo, y, por ende, aficionados al mismo deporte: el fútbol. Lo jugábamos, lo veíamos, lo oíamos, lo disfrutábamos y así, en medio de toda esta delicia, entre partidos de fútbol y noviazgos de fantasía, tareas interminables y notas reconfortantes, juegos y sueños, penas y alegrías, fue transcurriendo la secundaria, y con ella, nuestra adolescencia entera adquirió un carácter mucho más maduro, un halo de sobriedad comenzó a aparecer en nuestra personalidad insipiente. Creo pertinente hacer un comentario especial. Mi familia estaba conformada por papá, mamá, mi hermana, un año menor que yo, y yo. La de Manuel estaba conformada por papá, mamá, su hermana, un año mayor que él, y él. A pesar de que en innumerables ocasiones nos hicimos cómplices de amores repentinos y aventuras efímeras, sabíamos muy adentro que ellas, nuestras hermanas, serían en el futuro, la suya mi esposa y la mía la suya; aunque no nos atreviéramos a confesarlo abiertamente. De todas formas, había en el fondo una incipiente ola de celos que aparecía fugazmente pero que se apaciguaba con la idea cierta de que, en cualquier caso, ellas quedarían en muy buenas manos. A medida que fue avanzando esa bella etapa de la vida y se acercaba la terminación de los estudios de secundaria, fuimos irrumpiendo de manera más definitiva en lo que sería nuestro futuro. Al comenzar el grado doce, es decir el último grado de secundaria, llegamos a la conclusión de que la mejor opción era seguir estudiando. Sin embargo, no lográbamos un consenso en torno a cuál era la carrera ideal y mucho menos en qué universidad estudiarla, aunque como nos pasa a todos, en algún momento alcanzamos a considerar que seríamos médicos o abogados. Finalmente comprendimos que nuestros padres no podían costear una carrera en una universidad privada, entonces optamos por decidir primero que estudiaríamos en la universidad pública, y allí elegiríamos qué carrera nos gustaba más o cual se ajustaba mejor a nuestros perfiles. Tras largas jornadas de análisis, llegamos a la conclusión de que íbamos a estudiar “Licenciatura en Humanidades”. Fue una decisión unánime. Diré que en las humanidades se encuentra una amplia gama de sentimientos que tocan las fibras más íntimas del alma y en la pedagogía se encierra el secreto mismo de la evolución humana. Si se mezclan estas dos maravillas obtienes el mejor regalo de la vida. Tuvimos que realizar un esfuerzo enorme para sacar un excelente puntaje en las pruebas de estado, requisito único para ser admitidos, por esa razón entregamos lo mejor de sí mismos, preparándonos a conciencia con el fin de obtener el cupo que nos abriera paso en la vida. El día que nos entregaron los resultados, nos hicimos acreedores a un inmenso reconocimiento por parte de todos los estamentos del colegio, ya que obtuvimos los dos mejores puntajes, hecho que nos representó de paso, ser los dos únicos estudiantes del colegio que logramos ingresar a la universidad. El día de la graduación, nos entregaron a los dos una medallita dorada con el escudo de nuestra amada institución. Sabíamos que la vida universitaria nos iba a exigir mucho más, pero nos fortalecía la idea de no hallarnos solos, ya que además de amigos, vecinos y compañeros, ahora también seríamos colegas. Cuánta alegría reposaba en nuestras almas aquellos días de gloria. Las matrículas no fueron tan costosas, por fortuna. Nuestros padres pudieron pagarlas sin mayores complicaciones y de esa manera logramos sortear el último obstáculo para empezar a construir ese título llamado: “Licenciado en Humanidades”. Al fin terminó el grado doce y con él la enseñanza básica. Época aquella que nos dejó los mejores recuerdos de nuestras vidas. El día que obtuvimos el grado de bachilleres coincidió con otro gran acontecimiento, en medio del festín se oficializaron los dos noviazgos: el de Manuel con mi hermana y el de la hermana de Manuel conmigo. Ahora resulta que no siendo suficiente tanta coincidencia nos habíamos hecho también cuñados. Cuántas expectativas, cuántos sentimientos encontrados, cuántos pensamientos absurdos, cuántas elucubraciones surgieron aquel primer día de clase, ya nos veíamos profesionales, ya casados, pero no. Todavía faltaba mucha agua por correr en este rio turbulento llamado vida. En una universidad pública, sobre todo, de América Latina, puede resumirse el conjunto de la sociedad. El complejo tinglado social de cualquier país de este continente se refleja en una universidad pública. Allí conocimos en toda su expresión el significado de muchas palabras aparentemente desconocidas en el vocabulario práctico de nuestra vida diaria. Pero también conocimos una que nos cambió la vida de ahí en adelante, una palabra que se convirtió en el faro que habría de iluminar nuestra existencia porque significaba, ni más ni menos, que la más grande demostración de amor verdadero: REVOLUCIÓN. A medida que fuimos avanzando en la construcción del conocimiento fuimos comprendiendo cuán injusto, cuán desigual era este mundo, y que el carácter libre pensante que estábamos forjando era el que más se acercaba a la verdad, y que por tanto había despertado en nosotros un espíritu rebelde que hasta entonces había permanecido adormecido en lo más profundo de nuestros corazones. Una asamblea. Nos reuníamos la mayoría de estudiantes y futuros profesionales de este país a debatir las problemáticas de la universidad y en general de la nación, con el propósito de hallarles solución. Eran discusiones que enriquecían el pensamiento y que nos entretenían realmente porque alimentaban nuestra personalidad, soñábamos que un mundo más justo para todos era perfectamente posible. Ese día íbamos a asistir a una asamblea con el ánimo de analizar una serie de medidas que estaban encaminadas a privatizar la universidad pública. Yo no quería ir porque tenía un malestar raro, pero Manuel vino a convidarme y yo para no dejarlo ir solo, decidí acompañarlo. Cuando estábamos en la universidad, llegó la policía, y comenzaron las provocaciones de parte y parte, los ánimos se fueron caldeando y el ambiente se fue tornando violento. Nos atacaron con gases lacrimógenos y bombas aturdidoras, pero cuando vieron que nos defendíamos con palos y piedras comenzaron a dispararnos. Corrimos sin rumbo fijo, los dos siguiéndonos con la mirada, y así seguimos hasta cuando ya no pude verlo más, entonces volteé la cara y lo vi tirado en el pavimento, en medio de un charco de sangre. Todo era gritería y confusión, poco a poco fui perdiendo el sentido porque a mí también me habían herido, pronto quedé inconsciente y ya no recuerdo nada más. Cuando desperté estaba en un hospital hacía seis días, hacía cuatro que habían enterrado a Manuel. Yo tenía un tiro en la espalda y un agujero en el alma. Todos los sueños, todas las ilusiones habían terminado para siempre. Finalmente pude convencerme de que cuando uno está en el lugar equivocado, no hay nada que pueda salvarlo. FIN

domingo, 1 de mayo de 2022

LUCES INVISIBLES

LUCES INVISIBLES Ayer que cumplí treinta años tomé la decisión más trascendental de mi vida: la de escribir esta historia. Lo haré con la convicción de que no pretendo que de aquí a mañana me digan que soy o no un buen escritor, ni siquiera que me digan que soy un escritor. Todo cuanto deseo es que un día, en el futuro lejano, pueda sentarme junto a mis hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, y pueda contársela con total confianza, con la seguridad propia de quien recuerda lo que ha vivido. De lo que sí pueden estar convencidos es que es totalmente verídica, que no he inventado un solo punto ni una sola coma, y que la narraré con la mayor precisión posible para poder dilucidar de esta manera, toda su trascendencia. Doy mi palabra a todos mis descendientes de que podrán oírla de mi propia voz, el día que cumpla los cien años, cuando la conciencia haya comenzado a divagar por los atavíos de la memoria y una ráfaga de luces invisibles haya comenzado a destellar incesantemente en lo más profundo de mi alma como prueba inequívoca de que todo llega a su triste final. Antes tendrán que conformarse con leerla ellos mismos. Antenoche tuve la oportunidad de encontrarme con el profesor Cabañas, personaje al que realmente admiro y respeto, ya que a través de las profundas conversaciones que en reiteradas ocasiones hemos sostenido, he podido comprender mejor el mundo al cual pertenezco. Volvimos a tocar el tema de esta historia, y aunque él, ya la conocía en sus aspectos más generales, le pareció fantástico que pudiera escribirla y me dio una razón más que suficiente para intentarlo: él creía que era real. No me he atrevido a contarle esto a otras personas por temor a que consideren que me estoy volviendo loco; en cambio, el profesor Cabañas, toda una autoridad intelectual, la considera perfectamente posible. Lo invité al segundo piso a tomar tinto, le eché todo mi repertorio y con la mayor humildad del mundo me dijo: -¡Hombre, usted tiene que escribir esto! Aún hay algo más por aclarar: él quiere que esta sea una historia para el público en general, yo en cambio no lo siento así, no tanto porque sea tímido sino porque me parece que es mi vida privada y no veo por qué razón otras personas tengan que enterarse de algo privado. Mis descendientes en cambio sí deben interesarse porque resulta que se trata ni más ni menos que de conocer el origen de su propia existencia, entonces supongo que conocer el origen de cada quien puede constituir un auténtico misterio, generalmente inexpugnable para el espíritu humano, ya que el pasado de cada quién suele ser tan indescifrable como su propio futuro. Si no fuera así, el trasegar de la vida perdería toda importancia. Antes de iniciar este relato permítanme presentarme. Diré que no hay en mí algo trascendental qué contar diferente a que soy un escultor en cera. Es decir realizo esculturas en cera de ciertos personajes que de acuerdo con mi consideración son los personajes más importantes que han existido en la historia de la humanidad. Lo demás es insignificante, es puramente trivial, es como hallar un puñado de arena en medio de una playa inmensa. Aprendí este bello arte del que probablemente sea uno de los mejores escultores del mundo: mi padre. Él fue mi maestro, ¡Y qué maestro! Cómo sería de buena su enseñanza que vivo de esto. Es una gran suerte para mí, ya que mi sustento lo derivo de un trabajo que es a la vez aquello que más me entretiene. Hay que ser realista, este es un lujo que muy pocos pueden darse. Vivo y trabajo en un lugar muy singular: un museo. Allí convivo con mi madre, mis dos tías y cuarenta y ocho personajes más, que constituyen a la vez, un registro historiográfico y mi único patrimonio. El museo abre sus puertas todos los días a las ocho de la mañana y las cierra a las ocho de la noche. Me siento con el poder suficiente para gritar que soy verdaderamente libre, y que por tanto, la libertad es mi única esclavitud. Mi padre fue un hombre ejemplar que contó con un gran talento. Desde muy pequeño mostró sus habilidades para las artes plásticas, pero tras divagar por el universo artístico finalmente se inclinó por aquello que le permitía forjar un mundo a su manera. En mí, se hizo padre a la edad de dieciocho años, y ante semejante compromiso, optó por dedicarse de lleno a la escultura en cera, y a sabiendas de cuán difícil era ese camino, su dedicación y entrega le permitió rápidamente abrirse paso entre la sociedad. De esa forma, pudo elaborar sus primeras figuras para exponerlas en un local grande que el padre de un amigo suyo, tenía algo abandonado en el sector céntrico de la ciudad. Fueron tan buenos su desempeño y la aceptación del público, que pronto se encontró con la posibilidad de tener una casa, la cual adecuó como residencia, taller y museo, lugar en el que trascurrió mi niñez, y en el que las mieles de la felicidad comenzaron a brotar fugazmente por entre los panales de mi alma. Mi padre era casi un erudito. Gastaba parte de su tiempo libre en leer, escuchar, investigar y profundizar sobre toda suerte de temas, asuntos que él consideraba esenciales para desenvolverse en un mundo cada vez más exigente. Nunca pudo concluir ningún tipo de carrera universitaria, más por falta de tiempo que por falta de voluntad, porque dedicarse a estudiar significaba para él, el abandono de su trabajo y de su oficio de padre. Sin embargo poseía un conocimiento tal, que cualquier persona podía sostener con él una conversación a la par durante un lapso de tiempo prolongado sin que se aburriera. Su charla era amena y entretenida. Era muy difícil hablar con mi padre y no aprender algo nuevo. Y pensar que todo ese conocimiento lo había adquirido de manera empírica, que prefería quedarse leyendo un libro sobre el sistema solar que salir a tomarse una cerveza con un amigo. La gente lo consideraba un tipo aburrido, aunque cuando tenían una pregunta, solían indagarlo para conocer su respuesta. En una ocasión, fue contactado por una prestigiosa universidad para que dictara una clase en la carrera de Bellas Artes. Aún a sabiendas de que él no tenía formación académica, lo contrataron porque consideraron que poseía un don innato digno de ser enseñado. Tenía que viajar los sábados. Se iba muy temprano en las mañanas y regresaba bien tarde en la noche. Durante la semana, preparaba con mucha dedicación su cátedra para llegar en plenitud de condiciones, porque como él mismo decía, “sería imperdonable que no estuviera lo suficientemente preparado para poder responder una pregunta inesperada”, quizás por esa razón, sus discípulos siempre sostuvieron que su mensaje era transmitido con la mayor claridad. Un día de esos, un grupo de hombres fuertemente armados, al que según testigos identificaron como militares o paramilitares, que para este caso era lo mismo, lo bajaron del bus y se lo llevaron. No tuvimos tiempo ni de pensar lo peor, porque al otro día nos llamaron para decirnos que lo habían encontrado con un balazo en la cabeza. En la espalda tenía pegado con cinta un cartel que decía: POR TERRORISTA. Con la muerte de mi padre, el mundo se me vino encima. Sucedió cuando estaba terminando el grado doce y andaba por los dieciocho años. Si en algún momento llegué a considerar la posibilidad de estudiar y prepararme para afrontar el futuro, ese día lúgubre tuve que cerrar esa puerta de manera definitiva; inclusive, alcancé a creer que la mejor opción para superar semejante dolor era acabar con mi vida de una vez por todas. Después del infortunio, un buen día mi santa madre me insinuó que tenía que buscar un trabajo mientras ella seguía atendiendo el museo porque la situación en nuestra casa iba a comenzar a ponerse difícil y prácticamente insostenible. Su principal temor era que poco a poco el museo se fuera acabando ante la falta de innovación y de talento. Hasta ese momento mi padre había dejado elaboradas veinticuatro esculturas. En realidad no pude adaptarme a ningún trabajo. Ya por mi forma de ser o por mi personalidad, jamás pude interesarme en algo que no fuera la escultura en cera, ni hacer otra cosa diferente que a atender el museo. Desempeñé a la vez tantos y tan variados oficios que terminé imbuido por completo en el remolino de la insignificancia, afortunadamente una luz iluminó mi vida y encendió en mi interior la idea inquebrantable de dedicarme de lleno a la escultura en cera, de forjar de esa manera un proyecto de vida digno, el cual era que a través del bello arte de darle vida a los grandes personajes que habían transformado la historia de la humanidad pudiera sostener una familia. Es un procedimiento sencillo. Se toma la imagen del personaje y con esfuerzo y dedicación se construye la figura. Hago la aclaración que se necesita mucha observancia y mucha disciplina para ir plasmando en la cera a ese ser cuyo soplo de vida brota cuando se da por terminada la obra. Aclaro también que mi padre dejó construida la imagen de veinticuatro personas que según él marcaron la historia y por ende el destino del mundo, y que yo he agregado a través de este tiempo otras veinticuatro, que según mi criterio, certifican la tarea de mi padre. En total hay en el museo cuarenta y ocho figuras, que representan los protagonistas del mundo en sus diferentes facetas. En el campo político, militar, religioso, filosófico, científico y artístico. Seres que con sus hechos han trascendido y trascenderán a través de las generaciones. Para efectos de organización he dispuesto un conjunto de ocho salas, salas que antes fueron piezas de la casa, y que hoy constituyen el refugio de esas celebridades. Como hecho curioso debo señalar que en la lista sólo reposan hombres y todos ya han fallecido. En los tiempos de mi padre no existían las salas sino que todas las figuras descansaban en un mismo lugar. Debo aclarar también que aunque he tratado de organizarlas de la mejor manera posible, algunos personajes han terminado disueltos en una mezcla heterogénea de géneros imprecisos. Eso sí, todos ocupan un lugar preponderante en la historia. No digo que hayan sido buenos o malos sino que ya sea por lo uno o por lo otro, han sido importantes. Las salas están enumeradas del uno al ocho y están organizadas de la siguiente forma: En la sala uno están: Jesucristo, Mahoma, Abraham, Moisés, Confucio y Buda. Es la sala de los grandes líderes religiosos. Los guías espirituales que han ido forjando el pensamiento humano de generación en generación. En la sala dos están: Sócrates, Platón, Aristóteles, Dante, Petrarca y Boccaccio. Es la sala de los grandes filósofos griegos y los grandes escritores italianos del renacimiento. En la sala tres están: Cervantes, Shakespeare, Beethoven, Mozart, Leonardo y Miguel Ángel. Es la sala de los grandes artistas. Aquí descansan dos escritores, dos músicos y dos pintores. En la sala cuatro están: Galileo, Copérnico, Newton, Kepler, Einstein y Hawking. Es la sala de los grandes científicos, los que sentaron las bases de la ciencia y la tecnología. En la sala cinco están: Marx, Engels, Lenin, Stalin, Trotsky y Rasputín. Es la sala de los teóricos del comunismo, más un monje ruso, que también fue clave en la Rusia zarista, antecesora de la revolución. En la sala seis están: el Cid, Gandhi, Mao, Luther King, Arafat y Mandela. Es la sala de los grandes líderes políticos, los que han transformado el mundo gracias a su valor y determinación. En la sala siete están: Bolívar, San Martín, Martí, el Che, Castro y Chávez. Es la sala de los grandes revolucionarios de América latina, los que soñaron con un mundo más justo para todos. En la sala ocho están: Nerón, Calígula, Atila, Napoleón, Mussolini y Hitler. Es la sala de aquellos que brillaron por su maldad, son los personajes que infundieron temor con cada una de sus actuaciones. Como yo sé que esto va dirigido a mis descendientes y que en algún momento de manera indefectible se van a enterar de los aspectos más trascendentales de mi existencia, debo confesar que no he sido de buenas con las mujeres. Poseo una personalidad impetuosa, que a veces riñe con ese romanticismo clásico con el que las mujeres necesitan ser tratadas. No soy ni bonito ni feo, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni blanco ni negro, ni fuerte ni débil, ni rico ni pobre. Nada. No tengo ninguna característica que me haga superior ni inferior a nadie; por el contrario, siempre paso desapercibido, no existe en mí, una particularidad que me haga simpático o antipático ante las mujeres, no soy una experiencia agradable o desagradable para nadie, simplemente poseo una personalidad casi imperceptible que es muy difícil de escudriñar. Un día llegó al museo una mujer que solicitaba de manera insistente hablar conmigo. Como ya he explicado antes, mi madre y mis dos tías son las únicas personas que permanecen en el museo, sin ellas el lugar sencillamente no funcionaría. Yo constantemente estoy saliendo y entrando, entre otras cosas porque me aburro de estar encerrado a todo momento. Aquella mañana memorable precisamente no me encontraba, entonces ella se retiró con un gesto de agradecimiento y aseveró que volvería el siguiente día. Y así fue. Llegó cuando se estaban abriendo las puertas del museo. Esta vez fue peor, no era que no me encontrara sino que había estado trabajando en mi taller hasta altas horas de la noche, tratando de improvisar una variable para la técnica de la escultura, y por lo tanto a esa hora de la mañana aún me encontraba durmiendo. Nunca he sido buen madrugador. Así sea que haya estado trabajando o no, generalmente me sorprende la madrugada en medio de pensamientos o ideas que casi nunca conducen a nada pero que me ayudan a poner en contexto mi personalidad abstracta. Me estaba tomando el sagrado tinto de la mañana cuando llegó mi madre con un papelito bien doblado en la mano y me dijo: - Esta muchacha Rubiela quiere hablar con usted, ya ha venido dos veces, ayer a las nueve y hoy a las ocho. Desdoblé el papelito y encontré en él, un número celular y más abajo su nombre escrito con la letra más preciosa que he visto: Rubiela. Siempre he cometido un error, les tengo prohibido a mis viejas que den el número de mi celular. Tal vez esa costumbre me ha privado de las grandes oportunidades que el destino me tiene reservadas y aun así no he hecho nada por corregirlo. Pues eso mismo sucedió con Rubiela y su bendito papel, que lo perdí voluntariamente para no tener que llamarla, porque pensé que no sería nada importante. Al otro día regresó. Pero esta vez no al abrir sino al cerrar el museo, en la noche, antes de las ocho. Como era de esperarse tampoco me encontraba, había salido a caminar por el centro desde temprano y no volví hasta bien entrada la noche. Al volver, mi madre que ya se había recostado, se levantó y vino para traerme un nuevo mensaje: - Volvió Rubiela, dice que necesita hablar con usted urgente - aseveró. Y después agregó: - Que es algo muy importante que a usted le conviene. De inmediato se me vino a la cabeza que se trataba de una periodista. No era que yo me creyera importante sino que creí que era para alguna entrevista o algún reportaje sobre el museo para un medio local, y hasta alcancé a entusiasmarme con la hipotética idea de que un poco de publicidad le daría al museo una fama inusitada que habría de alcanzar inclusive reconocimiento nacional. Pero me detuve tan pronto dilucidé la posibilidad de una entrevista, No sé si por timidez o por otra razón, siempre he desconfiado de ese tipo de actividades, por eso no quería que me contactara. Pero ella no se dio por vencida. Al otro día volvió al medio día, antes de la una, y aunque estaba, preferí negarme pensando que tal vez no estaría en plenitud de condiciones. Finalmente cuando reconocí el valor de su persistencia y su perseverancia accedí a hablar con ella. Entonces decidí recibirla en las instalaciones del museo, en una especie de oficina que estaba ubicada en el segundo piso, que en tiempos pasados servía de cuarto de chécheres y que poco a poco fui adecuando a la espera de poder utilizarla en una ocasión como esta. Juro por lo más sagrado que desde el primer instante en que la vi supe que sería la mujer de mi vida. Desde ese primer momento, me enamoré locamente de su mirada radiante y de su sonrisa encantadora, de sus fulgurantes ojos y de sus provocativos labios, de su cabello reluciente y de su voz angelical, de su figura armoniosa y de su imagen celestial. Todo en ella era perfecto, su luz sería de ahora en adelante la estrella que habría de iluminar mi sendero. Todo su ser me seducía de manera implacable. A esta altura del encuentro, surgió entonces para mí la más trascendental de las preguntas: ¿Quién era Rubiela? Pues era la mujer más bella que he conocido y que conoceré en toda mi existencia. Al finalizar ese primer intercambio de ideas, pude enterarme que era profesora de primaria, que enseñaba en una escuelita pequeña situada relativamente cerca al museo y que el motivo de su insistencia radicaba en la necesidad de establecer una serie de visitas para que los niños pudieran conocer de cerca a los personajes más fantásticos que habían existido, a fin de acercarlos al mundo del arte, de la cultura, de la historia y hasta de la vida misma. Seguimos viéndonos durante los siguientes días, siempre con el pretexto del tema de las visitas al museo, pero aunque yo sentía que había algo de química en nosotros, ella jamás dejo entrever esa posibilidad. Es probable, que gracias a ese instinto básico que poseen todas las mujeres, comprendiera que ella despertaba en mí, los sentimientos más maravillosos que un ser humano puede albergar por otro; pero aun así, se comportaba de una manera casi indiferente. A medida que el tiempo fue avanzando y como comenzamos a tratarnos de manera más seguida y cercana, se fue estableciendo una relación más familiar y profunda de lo que inicialmente fue una relación de negocios. Curiosamente fui concibiendo la idea de que todas esas sensaciones que ella me producía, también ocurrían en su interior y cualquier detalle por insignificante que pareciera, solía tomarlo como una prueba irrefutable de mi utópica teoría; por ejemplo, un día que por casualidad tomamos agua en el mismo vaso, sentí que una ola de confianza nos envolvía y que en realidad no acabábamos de conocernos sino que nos habíamos conocido desde siempre y que nuestros destinos estaban irremediablemente atados por toda la eternidad. En mis mejores momentos de lucidez advertía que mi obsesión por Rubiela tenía un alcance casi patológico. No pasó una semana cuando consideré que nuestra relación debía salir del museo. Entonces decidí invitarla a tomar gaseosa a una cafetería cercana, con el ánimo de “conocernos un poco más”, aunque mi verdadera intención era manifestarle todo lo que ella significaba para mí. Sin embargo, me asaltó una duda cuya sola probabilidad me generaba un temor insoportable. Se trataba de la posibilidad de que estuviera comprometida, al fin y al cabo, ella era muy bonita y sería muy natural que tuviera a alguien; es más, sería muy natural que ya tuviera establecida una familia con unos propósitos perfectamente claros, y que todo cuanto yo debía hacer era abandonar esa idea loca de que ella haría parte de mi vida, y que todo debía reducirse entonces, a cuadrar los horarios de visita con sus alumnos, y seguir con esa vida insulsa que yo estaba acostumbrado a llevar. Estuvimos hablando durante casi una hora y aunque traté de esquivar la pregunta, una fuerza invencible se sobrepuso al otro yo que quería postergarla, y de manera decidida le pregunté, si era casada pero su respuesta fue un contundente ¡No! Esa sola respuesta constituyó el evento más feliz de mi vida hasta ese instante. Sentí que un océano de felicidad se precipitaba sobre mí, que una enorme ola de tranquilidad me cubría de manera inevitable y que Rubiela y yo, volábamos por el universo al abrigo de una alfombra mágica que nos llevaba hasta las mismísimas puertas del paraíso. Aunque ahí terminó la conversación y no pude decirle nada más, le agradecí a Dios por haber nacido, y un montón de sentimientos y pensamientos maravillosos cruzaron de repente por mi mente, haciéndome el hombre más feliz del mundo. Al siguiente día ya no pude aguantar más y sin más preámbulos le manifesté todo mi amor, en su rostro un gesto de sorpresa se dibujó tímidamente, nuestros labios se fueron acercando y un beso tierno se fundió en nuestras bocas, de sus ojos brotaron miles de estrellas fugaces y un jardín de rosas silvestres se dibujó en sus mejillas, nos besamos de nuevo al compás de una sinfonía que descendía del infinito. Nos hicimos novios. Nunca el mundo fue testigo de tanta felicidad como la que vivimos los primeros días de nuestro romance, más como aún en las tierras de mejor clima suelen caer grandes tempestades, sucedió lo inevitable: la primera discusión. Sucede que empezamos a hablar de familia, de que íbamos a tener hijos y hasta les pusimos nombres, pero en esos avatares propios de las mentes enamoradizas, aparecieron circunstancias en las cuales no había punto de acuerdo: el matrimonio. Para mí, el matrimonio no debía hacerse bajo ningún rito religioso ni ceremonia civil, se trataba más bien de una unión de esfuerzos y voluntades que no requería signos ni símbolos sino la manifestación clara y precisa de amarse y fundar una familia. Para ella en cambio, el matrimonio necesitaba esa parafernalia que la costumbre se ha encargado de formalizar; es decir, el vestido blanco, la iglesia coronada de flores, el cura, la marcha nupcial, los padrinos, los pajecitos, el ramo, los anillos, el arroz, la fiesta y hasta la luna de miel. Esos detalles eran elementos esenciales para que una pareja pudiera funcionar como tal, de lo contrario era imposible conformar una familia. Por esa diferencia de criterios, se generó la primera tormenta tropical en la apacible isla de nuestro idilio. Más como el amor por ser amor debe sobreponerse a cualquier vicisitud y fortalecerse aún más para superar la siguiente dificultad, emprendimos el viaje de regreso por el misterioso y placentero camino de la reconciliación y descubrimos en ella, el goce del placer sexual. Recorrimos ese delicioso trayecto en medio de sentimientos, pensamientos, palabras y acciones que me permitieron comprender por qué las peleas se suscitan con el único propósito de poderse reconciliar, y la entendí como una inscripción evolutiva en el código genético mediante la cual, las cosas positivas que allí se generan son mucho más fuertes y poderosas que las negativas que las originaron y preparan un ambiente idóneo para la procreación. En medio de ese ritmo candente, la relación se tornó turbulenta, porque ante cualquier detalle por insignificante que fuera, se desprendía una discusión que generalmente era cada vez más violenta y que terminaba en una reconciliación que generalmente era cada vez más excitante. Pero no siempre fue así. Hubo una ocasión que no siguió ese camino predeterminado, sino que rompió el esquema y desembocó en un distanciamiento que por poco ocasiona la ruptura final. Sucede que estábamos hablando de un tema que yo consideraba que ella no debía conocer muy bien porque se trataba de cosas que sólo mujeres con una vida sexual muy activa conocerían a la perfección: Cómo usar un condón. Pero me dio una explicación tan completa incluso con detalles tan particulares que me llevaron a interpretar que dominaba muy bien el asunto y que la razón por la cual lo hacía, era porque indudablemente llevaba una vida sexual muy activa. Mucho después vine a considerar que su conocimiento era propio de una maestra que está en constante formación, y que por tanto, su conocimiento debe ser tan amplio e integral que pueda transmitirlo con la mayor certeza posible. Sin embargo, en ese momento no supe analizar la situación y la falta de aplomo me asestó un golpe casi mortal. Mi espíritu rodó por un precipicio interminable y doblegó hasta el más firme de mis anhelos. Cuánto dolor sentí ese día miserable. Cuánto daño sufrió mi alma esa noche maldita. Y pensar que fue innecesario tanto martirio, y pensar que sólo fue la primera de las muchas torturas que debía padecer al lado de Rubiela, sin más remedio busqué escapar de ese suplicio en un vehículo fácil y rápido llamado licor. En él, mis pesares se ahogaban en medio de una niebla profunda y oscura, y desaparecían de forma mágica. Es ahí, en medio de ese mundo irreal gobernado por el alcohol donde comienza verdaderamente esta historia. Esa noche llegué en medio de la embriaguez absoluta, no sé de qué manera pude llegar al museo lo cierto es que había caído en el reino de la confusión total, y comencé a divagar en tiempo y espacio por las diferentes salas del museo, sucedió entonces lo más increíble que alguien sensato pueda imaginar. Misteriosamente las estatuas habían cobrado vida. Quiero decir no una vida virtual sino una vida real. Las estatuas se movían y hablaban por sus propios medios. Yo me tocaba para ver si estaba soñando. Pero no. Todo seguía sucediendo en la realidad. Consideré entonces que todo se debía al abuso del licor, o quizás, a que el alcohol estuviera adulterado. Pero no. Todo me resultaba tan verídico, sus gestos, sus movimientos, sus palabras, sus miradas, todo confluía de manera cómplice para deducir que lo que yo había edificado era ni más ni menos que un imperio vivo y poderoso. Al siguiente día desperté con la esperanza de que mi madre o mis dos tías hubieran escuchado el ruido y las voces, y que de alguna manera me hubieran preguntado acerca de con quién o con quienes había venido la noche anterior. Pero nada. A duras penas oyeron cuando abrí la puerta. De lo demás, nada. Ningún sonido extraño, ningún rumor desconocido. De esa manera pude dilucidar que la pasión por el arte y la obsesión por Rubiela me tenían alucinando, me estaban arrojando sin compasión alguna al abismo mágico de la locura total. En medio de semejante encrucijada fue trascurriendo el tiempo y yo de forma irremediable quedé inmóvil en ese trayecto singular de mi vida. Solía venir en la noche con mucho alcohol en la cabeza y me pasaba por cada una de las salas con el ánimo de escuchar las diferentes opiniones de mis personajes. Sin embargo no lograba salir a flote de un naufragio existencial. En todo momento vivía en función de Rubiela. Quería pensarla, verla, oírla, sentirla a cada instante, creer que me pertenecía y que siempre me había pertenecido. No soñaba con algo que no fuera una situación vivida con ella o en proyecto de vivirla, varias veces tuve la extraña sensación de querer fundirnos en un solo ser para no percibir la horrible sensación de sentirme sin ella. A pesar de que pasaron días sin vernos, advertía que mi vida se iba a pedazos, cada vez que la pensaba en mis brazos o cubriéndola de besos, me sorprendía en la realidad de un inmenso vacío que no lograba apaciguar nunca. En medio de mi delirio tomé la decisión de acercarme a los personajes centrales del museo. Es decir ir a las esculturas en cera cuyo aliento de vida había salido de las manos de mi padre y mías, con el único propósito de conocer su opinión sobre mi situación con Rubiela. No era fácil hablar con ellos. La primera dificultad que tuve fue el idioma. Cada uno hablaba en su respectiva lengua; lo cual para mí, salvo algunas excepciones, era completamente imposible de comprender. No sé cómo logré convencerlos de que todos hablaran español. Primero estuve en la sala uno. Allí estaban los grandes líderes religiosos, entre ellos, Jesús de Nazaret. Su personalidad era imponente, su mirada avasalladora. Su voz era convincente, su semblante portentoso. Era el líder de líderes. Junto a él, el profeta Mahoma escuchaba atentamente y agregaba resplandor a la escena. Buda estaba más cerca de Confucio y Abraham de Moisés. Hablaban con profundidad y casi no era capaz de percatarme de su mensaje. Sin embargo, en medio de tanta sabiduría, pude percibir una exhortación a preservar un amor que parecía imposible. Luego pasé a la sala dos. Allí estaban los grandes filósofos griegos y los grandes escritores del renacimiento. Era Dante el más elocuente. Sin embargo, Sócrates pronunciaba breves pero sustanciosos discursos. Boccaccio hacía comentarios con Petrarca, mientras que Platón y Aristóteles parecían disfrutar una tertulia agradable. Su decisión era unánime, el amor debía sobreponerse a todo. Después fui a la sala tres. Allí estaban los grandes artistas. Cervantes y Shakespeare hablaban en lenguaje literario y se entendían entre sí. Beethoven y Mozart, un poco más aterrizados hacían del romance una auténtica melodía. Leonardo y Miguel Ángel, dos mentes excepcionales, establecían paralelos para ilustrar la situación. Todos al unísono propugnaban por la defensa de un amor tan puro. Luego pasé a la sala cuatro. Allí estaban los grandes científicos. Galileo y Copérnico hacían profundas disertaciones. Junto a ellos Newton y Kepler, mucho más apoyados en la razón que en el corazón, dialogaban entretenidamente. Mientras tanto Einstein y Hawking, cien por ciento matemáticos, hacían de esta, una charla de trascendencia práctica. Al final hubo una sola conclusión y era seguir adelante con el romance. Después fui a la sala cinco. Allí estaban los teóricos del comunismo y Rasputín. Lenin, Stalin, Marx, Engels y Trotsky acogían con profundo análisis dialéctico la esencia de la problemática y acordaban que, al fin y al cabo, la felicidad era la finalidad primordial del ser humano, y que por tal razón, ese amor debía ser defendido hasta la saciedad. Rasputín, un poco apartado, tan sólo observaba sin decir nada. Luego pasé a la sala seis. Allí estaban los grandes líderes políticos. Tan diversa como prolífica, se basaban en el arte de la diplomacia para tratar cualquier temática. Gandhi, Mao, Luther King, Mandela y Arafat sustentaban su opinión en la necesidad de preservar el orden natural y social, y defendían la idea del noviazgo. Por su parte el Cid sólo emitía interjecciones que apoyaban tal decisión. Después fui a la sala siete. Allí estaban los grandes revolucionarios de América Latina. Era mi sala preferida y donde permanecía por más tiempo. Era un lugar cargado de camaradería y fraternidad. Allá entre risas y vivas, entre epopeyas y exclamaciones, Bolívar, San Martin, Martí, el Che, Castro y Chávez, me lanzaron sin más preámbulos a la reconquista de Rubiela, el gran amor de mi vida. Finalmente llegué a la sala ocho. La más fatídica de todas. Allí estaban aquellos personajes que han pasado a la historia por su maldad y su crueldad. Era un ambiente pesado, cargado de energías negativas e intereses encontrados, y aunque Nerón, Calígula, Atila, Napoleón, Mussolini y Hitler expusieron distintos conceptos, llegaron a la conclusión de que lo que debía hacer era someter a la mujer a mi voluntad. Siguiendo estas recomendaciones, tomé la decisión de volver a comenzar, de iniciar de cero mi relación con Rubiela, y por tal razón organicé un plan desesperado al que denominé: PLAN RECONQUISTA. Sin embargo, no fue de lo único que hablé con ellos, traté otros muchos asuntos los cuales quedaron clarificados. Como dijo el filósofo: “Las preguntas fueron respondidas, los secretos fueron revelados, los misterios fueron resueltos, las historias fueron contadas y todo quedó aclarado”. Bueno, pero eso será tema de otro relato. Aquí termina esta narración. Después que se conoció el fatal desenlace de esta historia, el cual es que uno de los más grandes artistas que ha dado nuestra tierra se ahogó en el mar del licor; yo, el profesor Cabañas, tuve la oportunidad de recoger este manuscrito inconcluso y salvarlo de las fauces del olvido. No he quitado ni puesto un solo punto ni una sola coma. Lo único que pretendo es que pase a la posteridad como testimonio inequívoco del ferviente anhelo con que fueron invocados unos descendientes que nunca llegaron a existir. Y que el hecho infausto de que su proyecto de amor haya quedado truncado de manera tan inesperada, no sea un impedimento para que su historia sea conocida hasta la eternidad. Aún, cuando una ráfaga de luces invisibles haya comenzado a destellar incesantemente como prueba fehaciente de que todo, tarde o temprano, llega a su triste final. FIN

viernes, 22 de abril de 2022

LOS SENTIMIENTOS

LOS SENTIMIENTOS A Paloma le tomó veintiocho años, exactamente los veintiocho años de su vida, para conocer el verdadero poder del fuego, era una hoguera voraz que quemaba con ardor insoportable el interior de sus entrañas, un pavoroso incendio desatado de manera espontánea desde las diversas proximidades de su ser, envolviéndola de manera inclemente, y que terminó consumiendo toda su existencia. Las llamaradas portentosas que se levantaban invencibles alimentaban su apetito insaciable a cada instante, un deseo incontrolable por aquella figura angelical que había conocido apenas unos días antes. No siempre fue así. Entregada incondicionalmente a su esposo, a sus hijos, a su hogar, y a su trabajo, el diario vivir de Paloma transcurría sin ninguna sorpresa, aguardando siempre que un hecho inesperado rompiera esa rutina escabrosa en la que estaba sumida, imaginando mejores mañanas, aventuras inexistentes, probabilidades difuminadas, emociones efímeras, soñando hasta lo imposible, refugiándose inclusive en la absurda idea de la comparación ajena pero ni en lo más recóndito de su mente considerando que el bálsamo que habría de revitalizarla llegaría en la forma que vino. Para Paloma lo más emocionante de todos los días, era levantarse bien temprano en la mañana, preparar el desayuno de la familia, dejar hecho el almuerzo, hacer el aseo de la casa, lavar la ropa, bañarse y arreglarse, salir al trabajo, llegar del trabajo corriendo para calentar y servir el almuerzo, lavar la loza del día, salir de nuevo a trabajar, llegar en la noche del trabajo, preparar la comida, ayudarle a los niños con sus tareas, asear de nuevo la casa, y al filo de la media noche planchar la ropa de todos para el día siguiente, y cuando sentía que no daba más, se encontraba con el reclamo airado de su esposo que en ese devenir diario, se sentía el más abandonado de todos, porque su deseo marital no era atendido por la “desnaturalizada” mujer. Esa rutina se repetía casi todos los días del año, con algunas variaciones cuando los niños no tenían clase, o cuando algún festivo de suma importancia como un 1 de enero lo ameritaba. De resto igual, siempre lo mismo. Poco a poco Paloma empezó a sentirse cansada, una ola de desánimo que crecía vertiginosamente la fue invadiendo y se sintió en las puertas del infierno, una situación en la que lo mejor que podía pasarle era morirse. Y cuando creyó que su caída al abismo era inevitable sucedió lo que parecía imposible, que un detalle tan pequeño como una curiosidad repentina lograra reanimarla. Sucedió una mañana tibia de octubre mientras iba en el autobús para el trabajo. Reparó en que una mujer un poco más joven que ella, que todos los días tomaba el autobús después de ella pero se quedaba antes que ella, compartía con la misma Paloma un particular detalle que jamás había advertido en alguien más, lo cual la hizo pensar que se trataba de una extraordinaria coincidencia, la mujer llevaba en el dedo anular de su mano izquierda un anillo con un delfín rosado que sonreía espléndidamente, además percibió también que tenía en el dedo anular de la mano derecha una argolla nupcial igual a la suya, que las acreditaba como mujeres del exclusivo club de las casadas. De manera inevitable consideró que, ante tal similitud, sus almas gemelas, emparentadas desde siempre por el destino estaban íntimamente ligadas, y se propuso conocerla más a fondo. Ante tal incertidumbre decidió que debía abordarla, y tras imaginar la situación ideal en la que debería acercarse para entablar una conversación, se dejó obnubilar por la posibilidad de que una nueva amistad podría traerle algo de oxígeno a su sofocada existencia. Aconteció que una mañana cualquiera después de haber descubierto el detalle que las hermanaba, la mujer no se quedó antes que Paloma, como siempre lo hacía, sino que esperó más adelante y al notar que Paloma se iba a bajar del autobús, ella se dirigió pronto hasta la puerta y se bajó primero, luego extendió su mano para brindarle un apoyo a Paloma, quien se sintió cautivada con el acto de cortesía. De pronto las dos sonrieron, y sus miradas se cruzaron intempestivamente, y el roce de las manos ocasionó en Paloma un corto circuito, que encendió la llama de la pasión, su corazón comenzó a palpitar con fuerza y rapidez inusitadas, como un caballo dispuesto a ganar una carrera. De repente, un sentimiento extraño comenzó a forjarse en lo más profundo de su corazón, y un deseo incontrolable por esa carne tierna y jugosa que tenía el sabor del paraíso, la aprisionó sin compasión alguna, avizorando en esas manos cálidas y suaves, la ilusión que algún día había abrigado. Lo último que se supo de Paloma y Briseida fue que lograron romper las cadenas infames que las ataban a la tristeza y dejaron todo atrás, partiendo juntas para el fin del mundo donde por fin conocieron el verdadero significado de la palabra felicidad, en tanto que la humanidad presenciaba la más grande demostración de amor y la prueba fehaciente que les permitiría dilucidar los sentimientos de cariño y ternura que habría de abrazarlas eternamente. FIN

viernes, 15 de abril de 2022

LOS PENSAMIENTOS

LOS PENSAMIENTOS Cuando el arquitecto encendió su portentoso Camaro, el rugido del motor retumbó como un ensordecedor trueno, que no sólo se esparció por los rincones del parqueadero sino que alcanzó las áreas descubiertas del edificio anunciando su partida como un monstruo feroz. El joven guardia, lo siguió con la mirada hasta donde le fue posible, soñando que fuera él quién se desplazara en la formidable máquina deportiva de color rojo, de placas KLL 749, como queriéndole reclamar a la vida por qué había gente con tanta suerte y otra sin nada. Tan sólo un poco de esa suerte hubiera deseado el arquitecto, al doblar la calle para bajar hasta el centro. Pero su triste realidad era más que deprimente. En ese preciso instante, a esas horas de la noche, su madre agonizaba tras casi dos años de lucha infructuosa contra un cáncer incurable que parecía llegar a su fin, razón por la cual contaba con el tiempo preciso para traer al arzobispo, viejo amigo de la familia y compañero de estudios de la señora, para que le aplicara los santos óleos, misión que su atribulado padre le había encargado en tan difícil momento. Vivía en el apartamento 2002, el más elegante del edificio más moderno del sector más exclusivo de la ciudad, y pensaba que ni siquiera eso, ni el hecho de andar en el mejor automóvil y el más costoso, le había blindado contra tan terrible mal, porque sabía que los pesares no conocen de estratos. Bajó entonces por la avenida que conduce hasta el centro, para llegar hasta el Palacio Arzobispal, residencia de Monseñor y centro de reunión de las autoridades eclesiásticas, una colosal mansión, ubicada junto a un frondoso parque que en las noches servía de albergue para todo tipo de personajes de dudosa condición sexual, y frecuentado además por individuos de toda índole que buscaban un placer que en otro contexto parecía esquivo. Llamó a Monseñor desde su celular para indicarle que el trágico momento había llegado, y que tal como lo habían presupuestado, su presencia era ahora requerida para brindar el consuelo ante la amargura que deja la partida del ser más amado. Lo instó a estar preparado, dejando claro que él mismo lo llevaría en su auto hasta el apartamento, y una vez cumplida la sacra misión, lo devolvería hasta el Palacio Arzobispal. El arzobispo le contestó con voz intrincada que ya se encontraba en reposo, puesto que los curas son muy dedicados, y suelen acostarse muy temprano a orar y a descansar, pero que podía contar con él de inmediato, tan sólo le solicitó unos minutos, mientras se arreglaba. El arquitecto llegó sigilosamente y parqueó su automóvil en un costado del parque, lo apagó, sacó entonces un cigarrillo y mientras fumaba, al abrigo de la espera, mil recuerdos fugaces se instalaron en su alma. En todos, su progenitora aparecía providencialmente, entonces reparó que en los momentos más importantes de su existencia era ella quien lo acompañaba, y sintió un profundo deseo de llorar. En eso estaba cuando percibió que tres jovencitas, se acercaron lentamente al auto, vestían faldas y blusas muy sensuales, y se movían de forma sugestiva mientras coqueteaban con sus ademanes provocadores. De cuerpos delgados, cabellos largos y muy bien maquilladas, abordaron al arquitecto con el fin de ofrecerle sus servicios sexuales, este se sorprendió en gran manera, y como su mente estaba entregada al recuerdo doloroso, tan sólo pudo advertirles que no necesitaba nada de eso, y les pidió de manera respetuosa que por favor lo dejaran tranquilo. Luego llegaron tres mujeres de edad madura, vestían de manera atrevida y algo desarregladas, sus prendas bien ceñidas al cuerpo dejaban al descubierto el exceso de carne que con la edad suele aparecer, y un abundante maquillaje, buscando que alguna arruga pasara desapercibida. Se ofrecieron al arquitecto con la condición de que con ellas conocería el verdadero alcance del placer sexual. De nuevo les dio las gracias insinuando que no buscaba algo así y les pidió el favor que lo dejaran solo. Ahora los dos grupos de mujeres observaban por separado la situación, el arquitecto comenzó a sentirse incómodo y miró el reloj anhelando que fuera el momento en que Monseñor bajara para trasladarlo rápidamente, pero al levantar el rostro encontró ahora tres mujeres de edad media, que vestían de manera vulgar y grotesca, le insinuaron con voz de hombre que eran ellas lo que él realmente buscaba. El arquitecto quedó absorto ante una mezcla de pensamientos imprecisos y le indicó a los travestis que no buscaba algo como eso. De repente observó a lo lejos la figura rechoncha del arzobispo, con su maletín en una mano y su paraguas en la otra, para cubrirse de una llovizna pertinaz que comenzaba a caer. Los tres grupos, observaron con detenimiento como el arquitecto abría la puerta a Monseñor de manera cordial y lo saludaba con un beso de cortesía, y un montón de pensamientos descabellados pasaron por sus mentes pervertidas, en tanto que el infernal ruido del Camaro al encenderse, anunciaba la marcha. FIN

viernes, 8 de abril de 2022

LA PRIMERA VENTA

LA PRIMERA VENTA Bien claro me repetía mi madre una y otra vez: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Y a pesar de tanta claridad, aún no logro asimilar ese mensaje en toda su extensión. Después de tanto deambular por el soterrado mundo del capitalismo salvaje, finalmente me hice vendedor de sueños. Explicaré a continuación quién es y qué hace el personaje al que se le ha dado semejante título. Es un individuo que tiene la capacidad de hacer realidad el anhelo, tan propio del ser humano, de darle un hogar a su familia. Ese es un sueño que generalmente compartimos quienes pertenecemos a este reino. Entonces, surge de la nada este sujeto y se especializa en ofrecer los espacios donde crecen las familias, donde al calor del amor fraterno se transmiten las costumbres y se forjan las descendencias. Tras esa ilusión y la posterior realización de levantar una prole bajo el techo cálido de un hogar, en el que se comparten los triunfos y las derrotas, las satisfacciones y los sufrimientos, y todas las maravillosas experiencias que se viven con regularidad en ese hogar, habitualmente hay un vendedor de sueños. Pues bien, una amiga con la que nos conocíamos desde que éramos niños, y que por esas circunstancias propias de la vida, que finalmente no dejan de sorprendernos, logró con el tiempo y sus virtudes, adquirir una buena posición social y económica, me la encontré entonces como accionista, directora comercial, esposa del presidente y eje central de una compañía constructora, y me invitó de inmediato, a formar parte de su equipo de ventas. Nuestra tarea era la de vender un proyecto de vivienda ubicado en Girón, un municipio que pertenece al área metropolitana de Bucaramanga. Girón es una ciudad acogedora y apacible, en ella se conjuga lo antiguo y lo moderno, lo turístico y lo empresarial, lo urbano y lo campestre, lo humano y lo divino. Un lugar maravilloso donde el pasado se entrelaza con el futuro, forjando una realidad virtual que parece de ensueño. Un sitio mágico donde se despliegan en todo su esplendor las alas del inmenso tinglado social y cultural que subyace en el suelo de Latinoamérica. Girón es un tesoro dorado que todo el mundo debiera conocer, un paraíso terrenal que todo el planeta debiera visitar, al menos una vez en la vida. Por esa sencilla razón acepté la invitación. Tras un intensivo curso de ventas, adquirí las herramientas necesarias para entender el negocio, para cogerle amor al asunto y plantearme entonces la posibilidad de asumir mi nueva profesión como un auténtico proyecto de vida. Con inusitada lucidez, di inicio a mi labor comercial, ejercicio al que han dado por llamar los tecnócratas de ahora: ASESORÍA. Advierto que las ventas no son fáciles, por el contrario son y serán siempre una disciplina muy compleja, en la que se debe ser y saber de todo un poco. Desde siempre he contado con un espíritu muy acucioso, poseo un carácter estudioso que me exhorta a profundizar cada vez más y saber más. Procuro día a día, desarrollar mejor todas mis potencialidades para ponerlas al servicio de la persona que se acerca a mí, y que esa misma persona advierta que está frente a alguien, en quien puede confiar plenamente. En ese principio se basa el transcurrir de mi vida diaria. Diré, que siempre he sido una persona que he pecado por ser demasiado optimista. Veo muy fácil lo que los demás ven muy difícil. Y que esa característica me ha permitido dar rienda suelta a mi imaginación y vivir en un mundo de fantasía en el cual todos los objetivos se cumplen de manera más rápida y efectiva. Sin embargo, algunas veces he sentido el peso de una visión menos positiva sobre mi espalda, y de manera inevitable me he estrellado de frente con el muro de la realidad, una barrera visible que el optimismo se ha encargado de camuflar completamente. Mi primera “planta”, es decir, el espacio en el cual se tiene contacto directo con el público, fue acogida con sobriedad y misticismo. Convencido de que ese mismo día efectuaría mi primera venta, elaboré un intrincado plan con el cual el cliente no tendría opción diferente que la de comprar lo que yo le estaba ofreciendo. Pero qué lejano estaba de la realidad. No solamente la visita de clientes potenciales fue escasa, sino que además los pocos que llegaron lo hicieron con unas expectativas muy diferentes de las que yo les ofrecía. Aquella primera jornada culminó entonces con la frustración de no haber vendido. El tiempo fue transcurriendo, y cada día fui comprendiendo que mi optimismo estaba mal fundado. Ahora tendría que esforzarme al máximo para cumplir mi prometido. De ahora en adelante, debía tener la suficiente perspicacia para saber cómo y cuándo podía romper esos obstáculos que la gente solía poner como objeciones, y que se interponían entre mi labor y mi anhelado sueño de cerrar la primera venta. Pero como no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo pueda resistir, y mi persistencia nunca disminuyó, finalmente llegó el día. Mi oportunidad venía en forma de mujer, desde el primer momento en que entró a la oficina, supe que poseía el aura característica de los que vienen decididos a comprar. Se llamaba María Arias. Conocía algo del proyecto porque un compañero suyo de trabajo había comprado hacía poco uno de nuestros inmuebles, y por tal razón sabía del esquema financiero. Tras observar con sus propios ojos el plano urbanístico y la maqueta de lo que iba a ser su futura vivienda, y al comprobar a cabalidad que todas sus necesidades quedaban satisfechas, la mujer se mostró sencillamente encantada. La propuesta se ajustaba totalmente a sus posibilidades. Ahí percibí claramente que por fin estaba ad portas de lograr mi objetivo, y que ese sería tan sólo el primero, de los muchos logros que alcanzaría de ahora en adelante. Sin embargo, faltaba algo: visitar la casa modelo, conocer el sitio de la obra, que pudiera percibir con sus propios sentidos, el hogar y el entorno que había escogido para su familia. No le vi ningún inconveniente, por el contrario lo encontré necesario. Me sugirió que la visita se hiciera de inmediato a fin de poder hacer la transacción financiera y cerrar la negociación de inmediato, pero por exceso de confianza o simplemente por cosas de la vida que uno no logra entender, preferí que fuera al siguiente día, el sábado. Y así acordamos. A las diez y diez de la mañana, del viernes once de febrero de 2005, en mi oficina, y ante la inminencia de mi primera venta, logré verme como un auténtico vendedor de sueños. Sentí que no había nada en el mundo que pudiera despojarme de ese título. A las seis de la tarde, salí de la oficina con la satisfacción del deber cumplido. Una sonrisa espontánea se dibujó en mi rostro y en mi corazón al tomar el ascensor, como prueba fehaciente de mi gran hazaña. Con la certeza absoluta de mi primer negocio, me dispuse, tal y como siempre ha sido mi costumbre, a hacer el ejercicio mental de imaginar cuál sería la mejor manera de gastarme la comisión. Inclusive, en las sutilezas propias de una situación cien veces planificada, me sorprendí otra vez en medio del mundo de fantasía al cual pertenezco, y del cual soy protagonista principal, en el centro de una escena inacabada. En eso estaba cuando sentí las primeras gotas estrellándose en mi cara. Alcé la mirada y descubrí el cielo completamente encapotado. Unas portentosas nubes negras perfectamente entrelazadas, me hicieron prever que un fuerte aguacero estaba por desatarse. Apenas abría la puerta de mi residencia cuando estalló el diluvio. Una tormenta que jamás había presenciado, se mostraba ante mí como un monstruo renegado. Afortunadamente, mi esposa y mis hijos ya estaban en casa. Tras unos instantes de tempestad, la electricidad quedó cortada. A oscuras, no tuvimos otra opción que irnos a dormir temprano, con la convicción de que pronto dejaría de llover. Pero qué equivocados estábamos. A media noche los truenos y los relámpagos nos despertaron de nuevo y los niños comenzaron a llorar de miedo. Era como si toda el agua del planeta se hubiera condensado en un solo punto y los océanos se estuvieran derramando sobre nosotros. Llovía como nunca, con una fuerza natural tan inusitada como desproporcionada, que no dejaba de sorprendernos. Los niños seguían asustados y no hallábamos la forma de tranquilizarlos. Llovió toda la noche. La tormenta apenas bajaba su intensidad en pequeños intervalos y reaparecía de nuevo como un aguacero de renovada fortaleza. En eso se mantuvo hasta cuando el gemir de las sirenas de un pelotón interminable de ambulancias que corría despavorido en todas las direcciones comenzó a anunciar el desastre. A las seis de la mañana, aún lloviendo con vehemencia, comprendimos que algo muy grave había sucedido. Conforme la electricidad se fue restableciendo y las noticias fueron llegando, empezamos a enterarnos de la magnitud de la tragedia, el dolor había tocado a esta tierra bendita, en la que tuve la fortuna de crecer. El río Frío y el río de Oro bajaban enfurecidos, arrasando todo cuanto encontraban a su paso. Piedecuesta, Floridablanca, Bucaramanga y Girón conocieron el peor aguacero de su historia, sus habitantes presenciamos la furia de la naturaleza en toda su extensión y advertimos con absoluta precisión su poder destructivo. El sábado doce de febrero de 2005 pasó a la historia como un día trágico. Dieciséis horas de lluvia, 135 milímetros cúbicos de agua, cinco mil familias damnificadas, treinta y dos muertos y un millón de dólares en pérdidas fueron algunas de las fatales consecuencias. Pero la peor parte fue para mí, cuando llamé a doña María para ir a visitar la obra, noté que su estado de ánimo estaba por el suelo. Lo único que acató a decirme fue: “que había pensado dejar para después”. Al colgar, advertí perfectamente que la venta se había caído, entonces escuché en mi conciencia la voz de mi madre repitiéndome con insistencia: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. FIN