viernes, 15 de abril de 2022

LOS PENSAMIENTOS

LOS PENSAMIENTOS Cuando el arquitecto encendió su portentoso Camaro, el rugido del motor retumbó como un ensordecedor trueno, que no sólo se esparció por los rincones del parqueadero sino que alcanzó las áreas descubiertas del edificio anunciando su partida como un monstruo feroz. El joven guardia, lo siguió con la mirada hasta donde le fue posible, soñando que fuera él quién se desplazara en la formidable máquina deportiva de color rojo, de placas KLL 749, como queriéndole reclamar a la vida por qué había gente con tanta suerte y otra sin nada. Tan sólo un poco de esa suerte hubiera deseado el arquitecto, al doblar la calle para bajar hasta el centro. Pero su triste realidad era más que deprimente. En ese preciso instante, a esas horas de la noche, su madre agonizaba tras casi dos años de lucha infructuosa contra un cáncer incurable que parecía llegar a su fin, razón por la cual contaba con el tiempo preciso para traer al arzobispo, viejo amigo de la familia y compañero de estudios de la señora, para que le aplicara los santos óleos, misión que su atribulado padre le había encargado en tan difícil momento. Vivía en el apartamento 2002, el más elegante del edificio más moderno del sector más exclusivo de la ciudad, y pensaba que ni siquiera eso, ni el hecho de andar en el mejor automóvil y el más costoso, le había blindado contra tan terrible mal, porque sabía que los pesares no conocen de estratos. Bajó entonces por la avenida que conduce hasta el centro, para llegar hasta el Palacio Arzobispal, residencia de Monseñor y centro de reunión de las autoridades eclesiásticas, una colosal mansión, ubicada junto a un frondoso parque que en las noches servía de albergue para todo tipo de personajes de dudosa condición sexual, y frecuentado además por individuos de toda índole que buscaban un placer que en otro contexto parecía esquivo. Llamó a Monseñor desde su celular para indicarle que el trágico momento había llegado, y que tal como lo habían presupuestado, su presencia era ahora requerida para brindar el consuelo ante la amargura que deja la partida del ser más amado. Lo instó a estar preparado, dejando claro que él mismo lo llevaría en su auto hasta el apartamento, y una vez cumplida la sacra misión, lo devolvería hasta el Palacio Arzobispal. El arzobispo le contestó con voz intrincada que ya se encontraba en reposo, puesto que los curas son muy dedicados, y suelen acostarse muy temprano a orar y a descansar, pero que podía contar con él de inmediato, tan sólo le solicitó unos minutos, mientras se arreglaba. El arquitecto llegó sigilosamente y parqueó su automóvil en un costado del parque, lo apagó, sacó entonces un cigarrillo y mientras fumaba, al abrigo de la espera, mil recuerdos fugaces se instalaron en su alma. En todos, su progenitora aparecía providencialmente, entonces reparó que en los momentos más importantes de su existencia era ella quien lo acompañaba, y sintió un profundo deseo de llorar. En eso estaba cuando percibió que tres jovencitas, se acercaron lentamente al auto, vestían faldas y blusas muy sensuales, y se movían de forma sugestiva mientras coqueteaban con sus ademanes provocadores. De cuerpos delgados, cabellos largos y muy bien maquilladas, abordaron al arquitecto con el fin de ofrecerle sus servicios sexuales, este se sorprendió en gran manera, y como su mente estaba entregada al recuerdo doloroso, tan sólo pudo advertirles que no necesitaba nada de eso, y les pidió de manera respetuosa que por favor lo dejaran tranquilo. Luego llegaron tres mujeres de edad madura, vestían de manera atrevida y algo desarregladas, sus prendas bien ceñidas al cuerpo dejaban al descubierto el exceso de carne que con la edad suele aparecer, y un abundante maquillaje, buscando que alguna arruga pasara desapercibida. Se ofrecieron al arquitecto con la condición de que con ellas conocería el verdadero alcance del placer sexual. De nuevo les dio las gracias insinuando que no buscaba algo así y les pidió el favor que lo dejaran solo. Ahora los dos grupos de mujeres observaban por separado la situación, el arquitecto comenzó a sentirse incómodo y miró el reloj anhelando que fuera el momento en que Monseñor bajara para trasladarlo rápidamente, pero al levantar el rostro encontró ahora tres mujeres de edad media, que vestían de manera vulgar y grotesca, le insinuaron con voz de hombre que eran ellas lo que él realmente buscaba. El arquitecto quedó absorto ante una mezcla de pensamientos imprecisos y le indicó a los travestis que no buscaba algo como eso. De repente observó a lo lejos la figura rechoncha del arzobispo, con su maletín en una mano y su paraguas en la otra, para cubrirse de una llovizna pertinaz que comenzaba a caer. Los tres grupos, observaron con detenimiento como el arquitecto abría la puerta a Monseñor de manera cordial y lo saludaba con un beso de cortesía, y un montón de pensamientos descabellados pasaron por sus mentes pervertidas, en tanto que el infernal ruido del Camaro al encenderse, anunciaba la marcha. FIN

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