domingo, 8 de mayo de 2022

LUGAR EQUIVOCADO

LUGAR EQUIVOCADO Hoy hace precisamente diez años sucedió el trágico acontecimiento. Aquel infausto día, que habría de marcarme para siempre, nació alegre y radiante, pero a medida que fue transcurriendo, se llenó de una amargura espesa que me fue ahogando poco a poco. No pretendo que esta historia se convierta en un sentimiento de pesar para nadie. Más bien espero que sea un homenaje a la memoria de aquel que ha estado más cerca de llamarse mi amigo. Se trata de Manuel, mi compañero de toda la vida, al que llegué a considerar mi hermano. Todavía recuerdo con inusitada precisión todos los detalles que el destino se encargó de unir de manera caprichosa para tejer el absurdo, y aún hoy, en lo profundo de mi corazón, no hago más que preguntarme por qué es tan injusta e incomprensible esta vida. Diré que fuimos amigos desde siempre. Vecinos, hijos de amigos vecinos de siempre también. Nos llevábamos solamente dos meses de edad de diferencia, entramos a la escuela a hacer la primaria a la vez, y por suerte desde el primer día compartimos jornada y salón. Nuestra niñez transcurrió por los senderos propios de los niños de clase media; es decir, en medio de los juegos típicos de las canicas, “el escondite”, “la lleva”, los carros, los superhéroes, los patines, la bicicleta ¡ah! y por supuesto, el infalible fútbol callejero, juego mágico donde la fantasía de nuestros ídolos tiende a volverse realidad en nuestros pies. Toda esta proximidad hizo surgir entre nosotros un enramado casi fraternal que había de prolongarse indefinidamente en el tiempo, hasta el maldito día en que la desgracia decidió que debía separarnos. Nos bautizamos en la parroquia del barrio, el mismo día y a la misma hora. Mis padres fueron sus padrinos y los suyos fueron los míos, los ahora compadres acordaron organizar una sola fiesta para reunir en un mismo lugar, además de familiares y amigos, a vecinos y conocidos. La actividad se repitió años más tarde con motivo de la primera comunión, sólo que ahora con mayor solemnidad, puesto que la ceremonia coincidió, nada más y nada menos, que con la culminación de la primaria. Habíamos terminado sexto grado, entonces con la graduación de la primaria y la primera comunión a cuestas, la entrada a la adolescencia terminó por sorprendernos. Grandes cambios físicos y mentales comenzaron a aparecer, y un conjunto de sentimientos nuevos afloraron desde el interior para manifestarse de manera rauda y rebelde. Un capítulo nuevo en nuestras vidas empezó a escribirse. Entramos a hacer séptimo grado en medio de una edad turbulenta. Iniciamos la secundaria con el convencimiento pleno de que el mundo giraba a nuestro alrededor sí y sólo si, así lo consentíamos. Nos estábamos volviendo hombres y nos abrogábamos el derecho de disponer del mundo a nuestro antojo, derecho sustentado en el acontecimiento inconsciente de estar produciendo una gran cantidad de hormonas responsables en gran medida de la extraña facultad, nueva y poderosa, de sentir atracción y sentirse atraído. Sí, así era. A los doce años empezamos a tener novias, o por lo menos eso que uno a esa edad llama novia; o sea, esa niña de más o menos la misma edad por la que uno siente una profunda atracción y por la cual uno percibe que de su presencia sale el aliento necesario para seguir existiendo, así no haya más que una tierna mirada o una leve sonrisa, o en el mejor de los casos, una palabra cálida o una frase frívola. Así fuimos creciendo, como hermanos. Compartíamos todo cuanto podíamos y casi siempre estábamos los dos, a veces en su casa, a veces en la mía, en la calle, en el colegio o en cualquier otra parte; inclusive, nos hicimos hinchas del mismo equipo, y, por ende, aficionados al mismo deporte: el fútbol. Lo jugábamos, lo veíamos, lo oíamos, lo disfrutábamos y así, en medio de toda esta delicia, entre partidos de fútbol y noviazgos de fantasía, tareas interminables y notas reconfortantes, juegos y sueños, penas y alegrías, fue transcurriendo la secundaria, y con ella, nuestra adolescencia entera adquirió un carácter mucho más maduro, un halo de sobriedad comenzó a aparecer en nuestra personalidad insipiente. Creo pertinente hacer un comentario especial. Mi familia estaba conformada por papá, mamá, mi hermana, un año menor que yo, y yo. La de Manuel estaba conformada por papá, mamá, su hermana, un año mayor que él, y él. A pesar de que en innumerables ocasiones nos hicimos cómplices de amores repentinos y aventuras efímeras, sabíamos muy adentro que ellas, nuestras hermanas, serían en el futuro, la suya mi esposa y la mía la suya; aunque no nos atreviéramos a confesarlo abiertamente. De todas formas, había en el fondo una incipiente ola de celos que aparecía fugazmente pero que se apaciguaba con la idea cierta de que, en cualquier caso, ellas quedarían en muy buenas manos. A medida que fue avanzando esa bella etapa de la vida y se acercaba la terminación de los estudios de secundaria, fuimos irrumpiendo de manera más definitiva en lo que sería nuestro futuro. Al comenzar el grado doce, es decir el último grado de secundaria, llegamos a la conclusión de que la mejor opción era seguir estudiando. Sin embargo, no lográbamos un consenso en torno a cuál era la carrera ideal y mucho menos en qué universidad estudiarla, aunque como nos pasa a todos, en algún momento alcanzamos a considerar que seríamos médicos o abogados. Finalmente comprendimos que nuestros padres no podían costear una carrera en una universidad privada, entonces optamos por decidir primero que estudiaríamos en la universidad pública, y allí elegiríamos qué carrera nos gustaba más o cual se ajustaba mejor a nuestros perfiles. Tras largas jornadas de análisis, llegamos a la conclusión de que íbamos a estudiar “Licenciatura en Humanidades”. Fue una decisión unánime. Diré que en las humanidades se encuentra una amplia gama de sentimientos que tocan las fibras más íntimas del alma y en la pedagogía se encierra el secreto mismo de la evolución humana. Si se mezclan estas dos maravillas obtienes el mejor regalo de la vida. Tuvimos que realizar un esfuerzo enorme para sacar un excelente puntaje en las pruebas de estado, requisito único para ser admitidos, por esa razón entregamos lo mejor de sí mismos, preparándonos a conciencia con el fin de obtener el cupo que nos abriera paso en la vida. El día que nos entregaron los resultados, nos hicimos acreedores a un inmenso reconocimiento por parte de todos los estamentos del colegio, ya que obtuvimos los dos mejores puntajes, hecho que nos representó de paso, ser los dos únicos estudiantes del colegio que logramos ingresar a la universidad. El día de la graduación, nos entregaron a los dos una medallita dorada con el escudo de nuestra amada institución. Sabíamos que la vida universitaria nos iba a exigir mucho más, pero nos fortalecía la idea de no hallarnos solos, ya que además de amigos, vecinos y compañeros, ahora también seríamos colegas. Cuánta alegría reposaba en nuestras almas aquellos días de gloria. Las matrículas no fueron tan costosas, por fortuna. Nuestros padres pudieron pagarlas sin mayores complicaciones y de esa manera logramos sortear el último obstáculo para empezar a construir ese título llamado: “Licenciado en Humanidades”. Al fin terminó el grado doce y con él la enseñanza básica. Época aquella que nos dejó los mejores recuerdos de nuestras vidas. El día que obtuvimos el grado de bachilleres coincidió con otro gran acontecimiento, en medio del festín se oficializaron los dos noviazgos: el de Manuel con mi hermana y el de la hermana de Manuel conmigo. Ahora resulta que no siendo suficiente tanta coincidencia nos habíamos hecho también cuñados. Cuántas expectativas, cuántos sentimientos encontrados, cuántos pensamientos absurdos, cuántas elucubraciones surgieron aquel primer día de clase, ya nos veíamos profesionales, ya casados, pero no. Todavía faltaba mucha agua por correr en este rio turbulento llamado vida. En una universidad pública, sobre todo, de América Latina, puede resumirse el conjunto de la sociedad. El complejo tinglado social de cualquier país de este continente se refleja en una universidad pública. Allí conocimos en toda su expresión el significado de muchas palabras aparentemente desconocidas en el vocabulario práctico de nuestra vida diaria. Pero también conocimos una que nos cambió la vida de ahí en adelante, una palabra que se convirtió en el faro que habría de iluminar nuestra existencia porque significaba, ni más ni menos, que la más grande demostración de amor verdadero: REVOLUCIÓN. A medida que fuimos avanzando en la construcción del conocimiento fuimos comprendiendo cuán injusto, cuán desigual era este mundo, y que el carácter libre pensante que estábamos forjando era el que más se acercaba a la verdad, y que por tanto había despertado en nosotros un espíritu rebelde que hasta entonces había permanecido adormecido en lo más profundo de nuestros corazones. Una asamblea. Nos reuníamos la mayoría de estudiantes y futuros profesionales de este país a debatir las problemáticas de la universidad y en general de la nación, con el propósito de hallarles solución. Eran discusiones que enriquecían el pensamiento y que nos entretenían realmente porque alimentaban nuestra personalidad, soñábamos que un mundo más justo para todos era perfectamente posible. Ese día íbamos a asistir a una asamblea con el ánimo de analizar una serie de medidas que estaban encaminadas a privatizar la universidad pública. Yo no quería ir porque tenía un malestar raro, pero Manuel vino a convidarme y yo para no dejarlo ir solo, decidí acompañarlo. Cuando estábamos en la universidad, llegó la policía, y comenzaron las provocaciones de parte y parte, los ánimos se fueron caldeando y el ambiente se fue tornando violento. Nos atacaron con gases lacrimógenos y bombas aturdidoras, pero cuando vieron que nos defendíamos con palos y piedras comenzaron a dispararnos. Corrimos sin rumbo fijo, los dos siguiéndonos con la mirada, y así seguimos hasta cuando ya no pude verlo más, entonces volteé la cara y lo vi tirado en el pavimento, en medio de un charco de sangre. Todo era gritería y confusión, poco a poco fui perdiendo el sentido porque a mí también me habían herido, pronto quedé inconsciente y ya no recuerdo nada más. Cuando desperté estaba en un hospital hacía seis días, hacía cuatro que habían enterrado a Manuel. Yo tenía un tiro en la espalda y un agujero en el alma. Todos los sueños, todas las ilusiones habían terminado para siempre. Finalmente pude convencerme de que cuando uno está en el lugar equivocado, no hay nada que pueda salvarlo. FIN

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