domingo, 15 de mayo de 2022

MACARENA

MACARENA Este dizque era un muchachito muy desobediente que había cogido la costumbre de irse todas las tardes para la laguna a hacer quién sabe qué vainas. Lo cierto era que tenía el mismo sonsonete de un tiempo para acá y nadie se imaginaba con qué intención lo hacía. Su mamá, una vieja medio chifloreta, que vivía sola con el muchachito en la última calle del pueblo, trabajaba lavando ropa en la quebrada y desarrollando una que otra lambonería, y a punta de eso, lo había medio sacado adelante. Su papá había alcanzado el título profesional de borracho y se había especializado en no hacer nada, mejor dicho daba más una finca sin agua. Menos mal que así como llegó, así mismo se fue. Desapareció sin dejar el más mínimo rastro. Con semejante panorama, el pobre Ignacio, que tal era el nombre del niñito, vivía completamente despistado, no hacia tareas ni le ayudaba a su mamá en los deberes, iba que se las pelaba para el mismo rumbo del papá; mejor dicho, como el cuento, ni mandado a hacer. Por esa razón, la loca Lucía o sea la mamá de Ignacio, dio en castigarlo. Cada vez que llegaba de la escuela con una mala nota o con un llamado de atención, ¡téngale! una tanda. Cuando se portaba desobediente o maldadoso, ¡téngale! una tanda. Pero como dicen, que un castigo repetido se vuelve costumbre, a Ignacio ya no se le daba nada por nada, entonces terminó por volverse con cada muenda, un sinvergüenza profesional. Un día a Lucía se le dio la idea de meterlo de acólito, con el propósito de que el padre Remigio lo enderezara, incluso alcanzó a imaginar que si el muchachito se corregía iba a terminar de cura, por qué no de obispo, o de cardenal, o hasta de papa. Pero nada más contrario a la realidad, se volvió peor. Y como el padre Remigio lo echara para que no le acochinara la parroquia, el niñito le rayó toda la fachada de la iglesia con pintura roja que el curita guardaba en la casa cural para echarle a los pasos en Semana Santa. Cuando el sacerdote le entregó a Ignacio a la loca Lucía, ella le dijo al padre Remigio que lo iba a encerrar una noche entera en el cuarto de los chécheres, para que el diablo viniera y lo asustara. Pero el curita en medio de su inmensa sabiduría, le dijo que no se molestara en eso, que era capaz que el mismo demonio venía llorando a media noche a presentarle la queja porque el muchachito le había hecho alguna jugada. Entonces se lo llevó al jefe de la guarnición militar con la idea de que él lo recibiera en el cuartel y así, ella se liberaba de Ignacio, y el muchachito prestaba sus servicios a la Patria. Pero tan pronto el comandante supo que sólo tenía diez años, le pidió que se lo guardara unos cuatro añitos más, mientras se maduraba otro poco, y que ahí sí, él mismo se comprometía a volverlo un hombre de bien. Fue por esos días que Ignacio se hizo más rebelde. “Es insoportable”, le dijo la loca Lucía a la vieja Magola, la más vieja de las lavanderas de la quebrada, mientras le restregaba el cuello a una camisa bien curtida. “no me lo aguanto más”. Le alcanzó a repetir varias veces. Un día que el muchachito le partió sin culpa uno de los pocos pocillos que quedaban en la casa, Lucía lo cogió a la brava y le dio cable. Y le dio tanto que acabó de pegarle porque se le cansó el brazo. Ignacio no hacía sino chillar y chillar, y le decía: “no más mamita, no más mamita”. El pobre terminó todo marcado y como no encontrara consuelo en nada decidió salir a caminar, y el camino lo llevó hasta la laguna, el sitio en el que iba a permanecer de ahora en adelante. Cuando llegó a la laguna comenzó a recordar los parajes más inhóspitos de su triste vida. Entonces continuó llorando porque descubrió que a pesar de su corta edad era más el llanto que sus ojos habían derramado que la sonrisa que de sus labios había brotado, mientras miraba las marcas ocasionadas por el cable, sintió deseos de morirse. Alcanzó a creer que lo mejor era desaparecer de la faz de la tierra, que al irse de una vez por todas, su mamacita, la lavandera más famosa del pueblo, por fin iba a descansar de él. Entonces se miró todo el cuerpecito, lleno de moretones por aquí y por acá, y decidió que se iba a tirar a la laguna para ahogarse y que así se irían los pesares, sin tanto pereque, para no seguir sufriendo ni hacer sufrir a su mamacita. Fue en ese preciso momento cuando de la nada brincó del agua un pececito anaranjado de pintas doradas y comenzó a revolotearle por la cabeza, entonces Ignacio todavía más emberracado hizo la musa para tirarse pero sucedió lo más increíble de todo, que el pez le dijo: ¿Qué va a hacer? Ignacio volteó la cara de aquí para allá y no vio nada, y creyendo que se estaba volviendo loco, volvió a escuchar a lo lejos que alguien le hablaba, entonces quedó desconcertado. Y hallándose completamente atolondrado, alcanzó a sentir miedo. -Soy yo ¿Puedo ser su amigo? Sabiendo Ignacio que la voz venía del pez prefirió no contestar nada. -¿Por qué está llorando? Ignacio seguía todo desvirolado y no decía nada. Ni corto ni perezoso, el pez salió del agua y se sentó al lado del muchacho. Ignacio se pellizcaba a ver si era que estaba soñando pero el dolor del pellizco en el uno o el otro moretón lo hallaba perfectamente despierto. Entonces el pez comenzó a hacerle charla. Le dijo que lo tenía muy preocupado porque últimamente lo veía muy triste, y que hasta donde él sabía, los niños no venían al mundo para estar tristes sino para estar contentos y que llenaran de alegría este mundo agrio, al que de por sí le sobraba amargura. Pero como Ignacio continuara incrédulo, el pez que era tan pequeñito como el dedo pulgar del niño, se le subió a las manos y hablándole de frente le insinuó que le pidiera un deseo, que con toda seguridad él se lo concedía. El muchachito se quedó pensando... -¡Quiero una manzana, grande y roja! Más se demoró en pedirla que en tenerla ahí mismo. De inmediato apareció junto a él una hermosa y jugosa manzana. Sin más requeñeque le cambió el semblante al muchacho, y por fin una sonrisa escapó de sus labios. El pez aprovechó, mientras el niño se comía la manzana, para darle una cantaleta pero de buenas razones para que Ignacio recuperara las ganas de vivir y encontró la manera de hacerle creer que las cosas iban a mejorar. -¿Quiere alguna otra cosa?- Preguntó el pececito. -¡Sí! ¿Usted cómo se llama?- Preguntó el niño. Le dijo un nombre tan raro que Ignacio no lo entendió. -Mejor dicho, dígame Macarena. -¿Quiere alguna cosa más? -¡Sí! Que mi mamacita no me trate mal. -Cambie usted con ella, trate de entenderla y listo se cumplirá su deseo. Al principio será difícil pero usted tiene que aguantar. Mejor dicho, téngale paciencia. Y luego preguntó: ¿Le gustan los balones? Ignacio hizo señas con la cabeza que sí y agregó: -¡Mucho! Siempre he querido tener uno. -Ahora váyase- dijo Macarena. Y luego agregó: -En el camino encontrará un balón, juegue todo lo que quiera pero cumpla con los deberes que su mamá le diga. Todo va a cambiar. Tenga presente que las cosas malas pasan y las cosas buenas también pasan. Por eso aguante las cosas tristes y disfrute las cosas alegres. Dicho y hecho. En el camino, cerca al guanábano, había un balón de fútbol, grande y nuevecito. Así mismo tenía el corazoncito Ignacio, como su balón. Por fin comenzó a conocer la felicidad, tan esquiva para él en otras ocasiones. Pero la dicha no duró mucho. Al llegar a la casa la loca Lucía le pegó su parada. ¿Qué dónde andaba? ¿Qué de dónde había sacado esa pelota? Y como Ignacio le contara todita la verdad, la loca Lucía lo tomó como que le estaba tomando el pelo y se pegó la embejucada del siglo. La vieja estaba verde de la soberbia y se lanzó a darle una muenda bien dada. El muchachito apenas acataba a decir: “que el pescadito Macarena”, “que el pescadito Macarena” pero los totazos no dejaban oír qué era lo que Ignacio quería decir. Como si fuera poco, cogió el cuchillo de la cocina y le picó el balón y se la sentenció, que eso era para que no se burlara de ella, y que de ahora en adelante, se le iba a poner el café a cuarenta porque no le iba aguantar una jodedera más. “¡Mirá! lo último que nos faltaba: ahora también ladrón. Corra ligero a devolver esa pelota de donde se la robó”. Pobre muchacho, tras de que cotudo, con paperas. Por hacer más, hizo menos. Lo castigaron por andar diciendo la verdad. De ahora en adelante le iba a tocar peor todavía; ni qué jugar, ni qué divertirse. Nada más que un condenado a cadena perpetua, y para completar, con la fama que su mamacita le había dado, toda la gente lo despreciaba y lo echaba a un lado. Era el ser más incomprendido de este mundo. Pero esto sirvió para darse cuenta que todo cuanto tenía era a Macarena, ese ser minúsculo aparecido de la nada, que en tan poco tiempo le había enseñado más que su mamá, toda la vida. Finalmente comprendió que su existencia estaba junto a Macarena, que con él sus oportunidades eran infinitas. Ahí, fue que Ignacio cogió la costumbre de irse para la laguna y permanecer allá sentado, hablando durante horas con Macarena. Pero nadie se daba cuenta qué era lo que pasaba. Lo cierto era que se amañaba tanto que el tiempo se le iba volando. Un día que Lucía le quemó la boca con cáscara de huevo caliente por haberse comido un pan de más, Ignacio sintió que la copa se había llenado. Salió caminando una vez más rumbo a la laguna, pero esta vez le pareció que el camino se había hecho más largo, entonces siguió caminando hasta que se encontró con el mágico espejo de agua cristalina donde vivía su único y verdadero amigo, el que lo comprendía y aceptaba con los defectos propios de todo ser humano. Esta vez no quiso llamarlo, prefirió irse a buscarlo al fondo de la laguna donde seguramente se encontraba. En esta ocasión iba a quedarse a vivir con él, porque allá en su mundo de fantasía, no importaba si se comía un pan de más, o si por esas cosas del destino, un pocillo se le partía, simplemente no importaba. FIN

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