viernes, 8 de agosto de 2025
REINADO DEL LEOPARDO
REINADO DEL LEOPARDO
Los días que antecedieron a aquella noche gloriosa, seguramente habrían de ser los más felices de mi vida. Resulta casi imposible de entender como un hecho aparentemente tan trivial, puede cambiar positivamente a una persona, a una comunidad, a una ciudad y a una región entera. Y es que después de 75 años, después de tantas alegrías, pero sobre todo de tantas tristezas, el sueño de todas las personas que estaban y que ya no estaban, finalmente se hacía realidad.
Todo sucedió repentinamente. Fue tan rápido que ni siquiera tuvimos tiempo de sorprendernos. La manera abrupta con que todo se fue dando, hacía presagiar que la hazaña podría llegar a consumarse. Es increíble que cuando las cosas están para darse, hasta el universo se confabula de manera sigilosa para que el propósito pueda cumplirse. Todo había comenzado igual que siempre, con más desaciertos que aciertos, los reparos y las improvisaciones que surgen ante una nueva oportunidad en una institución como esta, son situaciones que, en el imaginario colectivo, a pesar de que siempre se tiene la ilusión de algo grande, se sabe casi que, de antemano, que va a pasar lo mismo de siempre, pero esta vez estábamos muy equivocados.
Conforme el torneo fue avanzando y los resultados se fueron dando, un fervor inusitado comenzó a apoderase de la hinchada y de la ciudad, que veía que la ilusión de 75 años por salir campeón, por fin pudiera darse. A pesar de no ser un equipo de grandes figuras, ni un capital desbordante, quienes se enfundan la camiseta del club, adquieren la garra y el pundonor que impregna a cada uno de los jugadores que han tenido el privilegio de lucirla.
Poco a poco se fue creando en el imaginario colectivo la posibilidad de alcanzar la primera estrella. Los primeros en soñarlo fueron los gemelos, pero yo trataba de tranquilizarlos, tomando como ejemplo, campañas similares del pasado que no condujeron a nada, para no entrar en detalles y desilusionarlos del todo, yo les decía que era aún muy temprano para pensar en algo tan grande, que lo mejor era ir paso a paso, sin tratar de adelantarnos al futuro.
Aun así, en lo más profundo de mi interior, una tenue llama de esperanza comenzó a encenderse tímidamente, consideraba que cada detalle, por insignificante que fuera, nos ataba de manera inevitable a la latente posibilidad de la gloria, y que una alegría inmensa, añorada por tantos, estaba por venir. Por ejemplo, la noche aquella que desprevenidamente coincidí con un programa de leopardos en “Love Nature”, y un sentimiento de amor genuino por tan portentoso animal, se desató de manera inexplicable en mi corazón, sentía como si esos poderosos felinos, encarnaran la garra de los muchachos, y un deseo vehemente de que todo saliera bien, me invadió de repente, para que no fueran a surgir inconvenientes de último momento, y poder salir campeones.
Hasta la llegada del autobús que traía a los jugadores se convirtió en todo un ritual. Era una nave imponente, su cuerpo era un leopardo esbelto y furioso, había sido decorado para hacer alusión a la tradicional garra del equipo. Desde que iniciaba el trayecto, desde la sede del club hasta el estadio, iba seguido de una caravana imponente de vehículos y motocicletas, que seguían su andar con rigurosidad primorosa, transfiriéndole toda clase de augurios y buenas energías para alcanzar la victoria, energías limpias para acompañar al equipo hasta el altar sagrado de la cancha. En todo el recorrido, salía la multitud de gente para aplaudir el paso del leopardo, y más al arribar al coloso, coronando su paso triunfal, con la entrada liberadora de la tropa victoriosa.
Todo fue así, paso a paso, como un sueño esplendoroso que, tras tejerse escena por escena, parece que finalmente se va haciendo realidad. Pero el hecho definitivo que nos catapultó a la gloria, fue el paso a la final, donde tenía que darse una serie de intrincadas combinaciones para acceder a la gran final del campeonato, cuando todos los resultados terminaron por darse, fue cuando realmente comprendimos que era ahora o nunca. Fue la primera de las grandes celebraciones que estábamos por vivir, se desató la locura colectiva cuando el árbitro central pitó la finalización del encuentro, la ciudad estalló en una gigantesca ola de alegría como jamás se había visto y un carnaval generalizado reventó en el alma de cada hincha leopardo. La fiesta terminó cerca de las cuatro de la mañana, y no porque la gente quisiera, sino porque la lluvia indolente decidió que era hora de irse a dormir.
Parecía algo imposible de creer, pero estábamos en la final. Nos tocó con un equipo de la capital, muy bueno, pero como suele pasar con los hijos de uno, el equipo de uno, será siempre el mejor. Por la mejor clasificación en la tabla general, nos correspondió empezar de locales y terminar de visitantes.
La semana que antecedió al primer juego, fue una fiesta sin igual. Por donde pasara, había algo alusivo al leopardo, cuando menos, grupos de personas sin conocerse, que se agrupaban en una esquina con el pretexto de ponderar el equipo y vanagloriar a los muchachos. Pero surgió desde el alma de la ilusión la cumbia del leopardo, una canción adaptada a la situación, para que los hinchas pudiéramos encontrar en el canto de un himno, la expresión musical del sentimiento que nos brotaba del corazón. Así sonaba por todas partes nuestra canción, desde el más humilde de los ranchos hasta el más imponente de los condominios, retumbaba la cumbia del leopardo, tocando las fibras más íntimas, sin hacer diferenciación de estratos, en espera de la primera estrella.
Todos los negocios y todas las empresas, se vistieron con los colores del equipo, y las banderas del leopardo revoloteaban alegres por todas partes, en una suerte de danza mágica que pintaba el horizonte. Las escuelas y los colegios, hacían coreografías y comparsas alusivas a la ocasión, se vestían de leopardos mientras entonaban el himno de la victoria. Hasta personas que habían dejado de hablarse, sucumbieron al ímpetu del orgullo, con tal que eso les significara encontrarse en el ensueño de la gloria. Oficinas públicas y privadas, adquirieron los símbolos del leopardo como eslogan para atraer a usuarios y compradores.
La primera final fue de local. Y la venta de boletos fue un éxito total. Las plataformas completamente colapsadas dejaban entrever un lleno absoluto en nuestra cancha sagrada, era normal, era una situación integralmente inédita, que nadie quería perderse. Nosotros que apostamos todo a la suerte de estar en primera fila para la compra de los boletos, nos quedamos por fuera. Los gemelos renegaban, pero algo en el fondo me decía que mi no presencia en el estadio, era una garantía definitiva para conseguir el triunfo. Entonces nos aprestamos con tranquilidad para ver el juego por la televisión.
En el primer juego, en el que oficiamos de locales ganamos uno a cero, un gol solitario en la mitad del segundo tiempo fue suficiente para llevarnos los puntos, el estadio y la ciudad lo gritaron a rabiar, así concluyó el encuentro, y vino la otra celebración, esta de mayor envergadura que la anterior, como siempre, el lugar de concentración, la plazoleta de nuestro máximo escenario deportivo, la que unos meses más tarde, habría de albergar al colosal y despampanante leopardo de bronce, sitio obligado de peregrinación deportiva, como homenaje a tan grande hazaña.
Nos íbamos tomando confianza, con el marcador a nuestro favor y la enorme superioridad de juego, nos alistamos para enfrentar el segundo encuentro, hasta el más pesimista, daba por hecho le estrella. El viaje hasta la capital parecía una visita a La Meca, una caravana interminable de autos y buses, salieron de la ciudad para acompañar al equipo, otros más sofisticados, viajaron en avión para cumplir su cita con la historia; al final, unos y otros se unieron a los hinchas que ya vivían en la capital para conformar la más grande red de apoyo al leopardo, que hasta los medios, sensacionalistas como siempre, titulaban en sus portadas, que la capital estaba padeciendo una tremenda epidemia de fiebre amarilla, haciendo referencia a la avalancha de seguidores y al color del equipo.
En los 90 municipios de la provincia se instalaron sendas pantallas gigantes con la señal del partido, para que todos pudieran celebrar la primera estrella, en la capital de la provincia la pantalla estuvo en el templo sagrado del leopardo, con un estadio totalmente atiborrado de gente a la espera del triunfo. A las 19.00, la ciudad y los demás municipios se paralizaron por completo, la gente desapareció para encontrarse frente a las pantallas y observar la proeza.
En la capital, los 90 minutos finales pintaban de maravilla, el primer tiempo se fue con la victoria del leopardo por dos goles a cero, el ánimo estaba por encima de las nubes, y el optimismo desbordante hacía presagiar un triunfo inobjetable como preámbulo de la más fabulosa de las celebraciones. Pero el contrario nos traía una sorpresa para el segundo tiempo, un cambio de actitud y de sistema, nos llevó a la debacle, tan pronto arrancó la segunda parte vino el primero, a mitad de tiempo nos hizo el segundo y al final nos hizo el tercero, para remontarnos y llevarnos al límite.
Como el primer encuentro había terminado uno a cero, a favor nuestro, y el segundo tres a dos, a favor de ellos, había quedado todo supeditado a la definición de tiros desde el fatídico punto del penalti. Aquella noche, aquí y allá, llovía como nunca, miles de pensamientos, positivos y negativos se cruzaban por la mente hasta del más optimista de los hinchas, ahora faltaba lo peor, la paridera de los penaltis, pensé en voz alta. Los gemelos estaban muy nerviosos y se comían las uñas; yo, hacía rato ya me las había devorado, mi esposa hacía sudokus, para disipar la tensión.
A las 21.54, el ultimo cobrador del otro equipo desperdició el cobro, y un grito sórdido y agudo, vibró hasta en los confines más vastos del universo, y un equipo, una hinchada, una ciudad y una región, conoció por primera vez el olor, el sabor y el color de una estrella, y una ola incontrolable de absoluta felicidad estalló en lo más profundo del alma de cada hincha leopardo, para salud y vida de los que habíamos presenciado la hazaña, de los que siempre estuvimos al lado del equipo y de los que ya no estaban, porque se habían ido al más allá sin saborear la miel de la victoria.
La fiesta duró hasta las seis de la mañana y tan solo concluyó porque a las diez el equipo regresaba a la ciudad, con la copa dorada entre sus manos, para traerla hasta sus hinchas que tanto la habían añorado, en un recibimiento esplendoroso como el que jamás se pudo presenciar, que un recorrido de 40 minutos desde el aeropuerto hasta el estadio se transformó en uno de 12 horas, porque los ríos desbordados de gente, que emanaban sin cesar, impedían el traslado del carro de bomberos de la gloria, que traía a los centauros indomables en una procesión sagrada que se hacía interminable, y las lágrimas de alegría inundaron hasta al más desprevenido de los transeúntes. A las 21:54, el equipo hizo su entrada triunfal al gramado que los vio formarse en el anhelo de ser campeones. FIN
jueves, 10 de julio de 2025
REGLA DE TRES
REGLA DE TRES
A la hora del desayuno don Aureliano Balbuena, gerente general de Editorial Suramericana, me llamó con afán desmedido. El éxito de mi novela “1469” había sido tal, que había llegado a la conclusión de que no solo ameritaba, sino que también exigía una segunda parte.
De hecho, desde el momento en que escribí y leí la novela, yo también lo había considerado así, y adoptando mi posición de autor, pero también de lector, mi esencia creativa comenzó a elucubrar de manera meticulosa todas las situaciones que ilustrarían la segunda parte.
Después de enaltecer mi obra literaria con inusitada preponderancia desde el campo intelectual, describió al detalle el éxito desmesurado en ventas, argumentando que una segunda parte sería catapultarnos a mí como escritor y a él como editor, a las cumbres de la literatura universal, y, por ende, a soñar en la fabulosa probabilidad de alcanzar la riqueza que, sin reconocerlo, en realidad siempre habíamos estado buscando.
Encalló entonces en la necesidad de que el hito se consumara pronto, la segunda parte de la novela debía ver la luz lo más urgente posible, para que no se apagara el deseo vehemente del público lector, y me propuso la fecha de un mes, para la producción, cosa que, al fin y al cabo, el suponía sería muy fácil para mí, tanto por mi fuente inagotable de inspiración como por la imbatible facilidad de expresión escrita, con que la vida me había dotado.
Riéndome en mis adentros, interpreté que ni escribiendo sin parar las 24 horas del día, en un mes podría escribir la segunda parte, le pedí que me diera tiempo para pensar en los plazos, conviniendo en que la segunda parte de “1469” era absolutamente necesaria, y que el mundo se merecía la continuación de tan extraordinaria joya de la literatura universal, ante lo cual ripostó el viejo, en tono sarcástico, que en cualquier caso no podría ser más de dos meses.
Estuve pensando el tema durante todo el día, llegando a la conclusión que el del afán era él, por tanto, si en realidad quería la segunda parte de mi novela, para usufructuarse rápidamente con mi talento, debía atender una serie de peticiones, que yo creía absolutamente indispensables para profundizar mi inspiración y hacerla más eficaz y eficiente en cantidad y calidad. En primer lugar, necesitaba el mar, aquel espejo de agua me sugería paz y tranquilidad, por tanto, equilibrio total, en segundo lugar, requería la presencia de mis dos mujeres justo a mi lado, para saber de ellas a cada instante, en tercer lugar, solicitaba una suma de dinero para atender mis necesidades y las de ellas, y, en cuarto lugar, lo más fácil de todo, pedía tiempo, no podía escribir la segunda parte de una obra maestra en uno o dos meses, sino por lo menos en seis. Cumplidos estos pequeños detalles muy seguramente estudiaría la posibilidad de dedicarme de lleno a escribir una pieza que beneficiaría la historia de la literatura y que catapultaría a la gloria a la editorial, a don Aureliano, a “1469”, y por supuesto, a mí mismo.
Al siguiente día, me llamó bien temprano, era como si hubiera estado esperando que amaneciera para llamarme y hablar del tema. Iban a ser las 06:30 cuando me llamó, pero no le contesté, estaba preparando el primer café del día, y quise hacerle saber que, para mí, este era un instante verdaderamente sagrado. Le devolví la llamada a las 08:00, pero no contestó, era como si hubiera estado atendiendo otra llamada y la hubiera colgado, realzando la importancia de la mía, porque me llamó de inmediato. Sin darle tantas vueltas al asunto, le hice mis peticiones, dejando para el final, la de la compañía de mis dos amadas. Conforme iba hablándole de las solicitudes, el viejo ripostaba con reparos exagerados, pero cuando llegué a la última, enmudeció al instante, quedó perplejo, como si quisiera decir algo que no atinaba, yo también callé porque asumí que me había equivocado al ser tan sincero, hablar con sinceridad crea barreras sociales, pero no importa, es mejor así, ya que finalmente simplifica las relaciones. No sé por qué pensé que había echado todo a perder.
Le dije que necesitaba estar frente al mar, y que requería seis meses para escribir, tener cubiertos mis gastos básicos, y, además, la compañía de mi esposa y de mi novia, aunque sé que en el fondo pensó inicialmente que todo esto era una locura, pero al saber de antemano que yo hablaba con la realidad, esa misma noche me envió un mensaje por Telegram, en el que me decía que me esperaba al siguiente día en su oficina, para que habláramos “de negocios”.
Sé que, a esta altura, al igual que el señor Balbuena, usted también tendrá la misma inquietud de él, en el hecho de saber cómo es eso de llevar a mi esposa y a mi novia como supuestas asistentes de mi producción literaria, a un viaje al mar, en el que estaremos recluidos los tres durante seis meses, en un prestigioso hotel con playas privadas, comiendo y bebiendo sin límites, pues estaremos con un plan todo incluido, sin ningún deber que cumplir, diferente a escribir la segunda parte de “1469”, y que además de todo, tendremos los tres, una asignación mensual de unos millones de pesos. Eso suena realmente espectacular. Como usted bien sabe soy un hombre de 40 años, licenciado en humanidades, profesor de español, escritor aficionado, autor de una novela de ciencia ficción llamada “1469”, en la que narro como una civilización sideral llegó a la tierra y fundó un nuevo mundo, obra que se convirtió en un gran éxito literario al recoger, el anhelo de cambio de una sociedad cansada de la guerra, la desigualdad, la injusticia y la violencia.
Mi esposa tiene 42 años, es licenciada en matemáticas y se desempeña como profesora de matemáticas en un colegio oficial de la ciudad, con ella tengo dos hijas y dos hijos, mi novia tiene 36 años, es licenciada en matemáticas y se desempeña como profesora de matemáticas en un colegio oficial de la ciudad, con ella no tengo hijos, aunque ella tiene una hija y un hijo. Con mi esposa tengo una relación de 24 años y con mi novia tengo una relación de 6 años, cada una sabía de la existencia de la otra, aunque nunca se habían visto ni mucho menos conocido; de hecho, ni siquiera habían hablado una palabra ni siquiera por celular. La idea de llevarlas a ambas al viaje era un experimento que no sabía si funcionaría o no, ya que no les había pedido su opinión al respecto, y tenía por objeto únicamente pasarla bien, porque es claro, que ellas no iban a apoyar mi trabajo, pues no podrían hacerlo ni yo tampoco podría permitirlo.
Recuerdo que aquella noche dormí con el convencimiento de que don Aureliano no iba aceptar mis condiciones, y que, por tanto, tendría el pretexto ideal para no iniciar aún la segunda parte de mi novela que, aunque consideraba necesaria no precisaba que fuera algo inmediato, pues por ahora quería seguir enseñando español, lo cual era algo que disfrutaba profundamente. Por eso traté de poner el listón muy alto con tal que fuera casi imposible de alcanzar.
Al siguiente día fui hasta la oficina de don Aureliano Balbuena en la ciudad, había viajado en avión a primera hora desde la capital con tal que pudiera llegar a tiempo para entrevistarse conmigo. Ese solo gesto me permitió interpretar algo interesante. Tenía en su oficina un frasco de café instantáneo “Buendía”, pues sabía que me gustaba el café instantáneo y específicamente el de esa marca. Eso logró sorprenderme poderosamente, y la imagen de avariento que en algún momento había construido del viejo, se transformó de repente en la de un hombre maduro con una gran calidad humana en su interior. Entonces pensé en el enorme poder de la diplomacia como arma disuasoria, y comprendí su valor en el ejercicio de la política, y en general de todas las relaciones humanas, pero bueno, eso será tema de otra historia, pues ahora quiero concentrarme en contarle lo que sucedió ese día.
El señor Balbuena comenzó su disertación haciendo una remembranza de la evolución del mercado literario desde el punto de vista comercial, significando que, a pesar del avance tecnológico, nada lograba por ahora, reemplazar el libro, después orientó su presentación hacia cómo la innovación literaria, atraía la atención de nuevos lectores, y afianzaba la de los lectores tradicionales, y que mi creación intelectual encajaba perfectamente en todos estos conceptos. Hablamos muchas cosas, incluso del equipo de futbol de mi ciudad, del cual él sabía que yo era hincha acérrimo, y de sus más recientes triunfos, los cuales nos llenaban de orgullo, y cuando creyó haberme sensibilizado lo suficiente retomó el tema de la segunda parte de “1469”.
Me dijo que haría una reserva para tres personas, en un reconocido hotel de la ciudad de Santa Marta con playas privadas, instalaciones modernas y acogedoras, y un plan todo incluido, por seis meses, así como una asignación mensual a mi nombre de unos millones de pesos, pero que firmaríamos un contrato de cumplimiento de obra, dijo también que yo debía reconocer el enorme esfuerzo que él y su editorial estaba haciendo por satisfacer mis peticiones, que el viaje a esa ciudad, y su posterior estancia, era muy costoso, pero que lo hacía para que yo estuviera en las mejores condiciones para que pudiera escribir con tranquilidad la segunda parte de la novela, y que pudiera igualar, o incluso superar, la primera parte. Sobre el hecho de compartir con mi esposa y mi novia, no mencionó absolutamente nada, menos una referencia muy general a algo de que “cada quien viva su vida como mejor le plazca”.
A pesar de que reconozco que la respuesta del señor Balbuena me había dejado gratamente sorprendido, debo mencionar que había un aspecto muy importante que no tocamos. Se trataba de los emolumentos de mis bellas princesas, puesto que ellas, de aceptar mi propuesta, cosa que, aún no habíamos hablado, seguramente pedirían una licencia no remunerada de seis meses, con lo cual no podrían cubrir sus gastos básicos en ese tiempo, requería entonces para ellas, una asignación mensual similar a la mía, para que me pudieran acompañar sin reparar en problemas económicos. Como era de esperarse puso el grito en el cielo, pero yo aduje que era como adquirir una póliza para asegurar el éxito. Dejé entrever que el viaje se hiciera en transporte terrestre, para ahorrar costos, aunque la realidad, era que los tres disfrutábamos viajar por tierra más que viajar por aire, lo presenté como si fuera una gran ganancia para él. El viejo se mostró reacio, pero como viera que el proyecto quedaba en riesgo de ejecución al ver mi decisión de echar todo atrás, si no lográbamos un acuerdo en ese punto tan esencial, determinó que aceptaba, pero agregando que no accedería a una sola solicitud más.
Recuerdo que salí feliz de la oficina de don Aureliano, era una mañana maravillosa, el sol brillaba con todo su resplandor, y no había rastro de nubes en el radiante cielo azul, bajé por la calle 36, la calle que tanto me gusta, con las manos en los bolsillos y pateando suavemente, y con dirección, las pequeñas piedras que encontraba en el camino, como si estuviera jugando futbol, mil cosas pasaban por mi mente y de tanto que pensaba, no atinaba a nada en particular, solo algo logró sacarme temporalmente de la abstracción. ¿Cómo iba a decirles a ellas de mi idea, de tal manera que pudiera convencerlas?
Una cena. La más romántica, no para dos sino para tres, en el mejor restaurante de la ciudad, la mejor comida y también la más costosa, las carnes más finas con el vino tinto más delicioso y más rico en resveratrol, puede ser Cabernet sauvignon, Pinot noir, merlot o malbec, mi preferido, por ser el de mi tierra, con un pie de frutos rojos, con fresas, frambuesas, cerezas y moras, excitante y seductor, a las mujeres las cautiva mucho la idea de que su hombre, les ofrezca siempre lo mejor sin reparar en costos, les sugiere donaire y galantería, eso las atrae poderosamente. Ahora solo se trataba de programar la velada y convencer a las invitadas. Yo sé que usted creerá que yo estoy loco, pero no es eso, se trata de soñar y de hacer realidad los sueños, es solo eso.
Las invité a cenar a “La Carreta”, el restaurante más costoso y de mayor prestigio de la ciudad, con comida típica colombiana y churrasco argentino, paraguayo y uruguayo. Las cité a las seis, pero yo llegué a las cinco y treinta, le indiqué a la asistente que estaría en tal mesa, que estaba esperando dos chicas, las cuales llegarían por separado, que me avisara cuando llegaran para venir a recogerlas. Para convencerlas de la velada, les dije que tenía que darles una noticia muy importante y que era preciso que estuviéramos presentes los tres. Debo reconocer que estaba nervioso, el corazón me latía como un tigre que corre desbocado detrás de su presa, de repente me surgió un pensamiento insidioso, si eso era yo, que conocía la situación, ¿cómo sería entonces ellas?
Conociéndolas como las conozco, asumía que cada una estaría arreglándose más allá de lo humanamente posible, no tanto para mí, sino para sorprender gratamente a la otra, entonces tomó fuerza la expresión común que existe entre la gente de que al final, las mujeres no se visten para deleitar a los hombres sino para impresionar a las demás mujeres, es algo que viene impreso en el código genético femenino. Mientras esperaba, observé el atardecer, el sol se escondía detrás de las montañas, y percibí que estaba oscureciendo rápidamente, entonces miré el celular, eran las seis, ninguna había llegado.
La primera en llegar fue mi esposa, salí a recogerla cuando vinieron a avisarme, estaba divina, le di un beso en cada mejilla, y justo en ese instante, llegó también mi novia, también divina, la saludé con un beso en cada mejilla, tal y como es mi costumbre, aquí debo hacer dos precisiones, un consejo importante para todos los hombres que viven una situación similar es que deben tratarlas a las dos lo más parecido posible, lo que haga con la una, también debe hacerlo con la otra, pues como usted bien sabe, las mujeres son extremadamente susceptibles y pueden sentirse menospreciadas por un detalle ínfimamente insignificante, la otra precisión es que tengo una circunstancia muy particular, y es que solamente a las personas que verdaderamente amo, saludo con dos besos, uno en la mejilla izquierda y otro en la mejilla derecha; por eso, aquella ocasión lo hice así, luego sentí que un carnaval de luces y colores estallaba en mi alma, cuando al presentarlas, por su nombre y no por su grado, noté que ellas al saludarse, lo hicieron de la misma manera.
Ya sentados los tres en la misma mesa, había un silencio profundo, aunque no de mal ambiente sino más bien como de intentar decir algo que nadie se atrevía a decir, pero en general, había un buen ambiente, como en familia. Las chicas se miraban de reojo, se escaneaban meticulosamente sin que la otra lo notara, yo no atinaba qué decir, pero hice lo que hago cuando estoy en esas circunstancias, hablo de cosas muy generales, casi abstractas, y eso me da solvencia intelectual, los inteligentes expresan de manera simple las cosas complejas, los intelectuales expresamos de manera compleja las cosas simples.
Pedimos punta de anca, la más exquisita de las carnes, y el mejor vino tinto, mientras llegaba el pedido, me levanté de la mesa fingiendo una llamada del señor Balbuena, para que ellas rompieran el hielo y entraran en confianza. Sé que para ellas no debe ser fácil, aunque en ultimas, tampoco creo que sea muy difícil, de hecho, en mi universo, es algo absolutamente normal. Al regresar, las chicas estaban hablando, intercambiaban ideas sobre el sitio, diciendo que era muy acogedor, y que era un restaurante muy distinguido, yo me sentí en el paraíso. Mi novia me preguntó qué me había dicho el señor Balbuena, y yo le dije que unos detalles que les iba a compartir; mi esposa, me preguntó que cuál era el motivo de la cita, y yo le dije que ya les iba contar, las dos coincidieron de manera jocosa en que había mucho misterio, entonces sus sonrisas se encontraron intempestivamente y mi ansiedad desapareció de inmediato.
Con la llegada de la comida, evité cualquier comentario que pudiera alterar la tranquilidad de la mesa. Ellas hablaban sobre el trabajo, sobre la educación, sobre el sistema, sobre el gobierno, y otras cosas que no logré precisar. Antes de que pudieran preguntar algo sobre el motivo de la cita, me anticipé diciendo que al terminar les iba a dar una buena noticia, me limité entonces a hablar de la comida, del clima y de otras sandeces de las que uno habla cuando no tiene nada de qué hablar. En eso estaba cuando llegó el pie de frutos rojos, pequeño pero sobrio, vi su expresión de agrado y eso me complació profundamente.
Una vez terminada la cena, pedimos una cerveza, la cerveza nacional, y brindamos los tres, alguna dijo algo que no recuerdo exactamente qué, pero nos hizo sonreír con autenticidad. “Amores míos”, dije espléndidamente, y una ola de confianza me invadió de repente, entonces me sentí pleno, con una fuerza imbatible, con un poder devastador, como si hubiera vivido cada instante de mi vida, paso a paso, con el único propósito de llegar hasta este momento grandioso, el punto cumbre de toda mi existencia. “Tengo que darles una noticia maravillosa. ‘1469´ ha sido un éxito total y don Aureliano me ha pedido que escriba la segunda parte. Desde luego no puedo rehusarme a una responsabilidad tan grande, he aceptado con el mayor gusto, estaré en Santa Marta, en el mejor hotel, con todos los gastos pagos, durante seis meses, con una asignación salarial suficiente”. Las chicas parecían estar gratamente sorprendidas, pero un rastro de incertidumbre se dibujaba en su rostro, por no saber quizás si lo que les estaba diciendo era realidad u otra de mis ficciones.
Hasta ahí todo iba bien, ahora pasaba a la segunda parte. Pedí otras tres cervezas, de la cerveza nacional, recuerdo que mientras las traían les hablé de algunos de los logros de la primera parte de la novela y de sus cifras memorables, ellas se mostraban realmente entusiasmadas. Llegó la cerveza y le serví a cada una, entonces tomé sus manos izquierdas, tal como corresponde a mi posición ideológica, y las puse entre las mías, las cuatro manos se entrelazaron y me sobrevino un estremecimiento. “Amores míos, yo las amo mucho y no quiero dejarlas solas todo este tiempo, deseo que me acompañen, cada una tendrá su propia asignación mensual, y podrán disfrutar los mismos beneficios míos”. La mano de mi esposa se soltó intempestivamente y, como acto reflejo, la de mi novia también. El silencio se apoderó de la singular escena. Una pareja que se encontraba justo detrás de nosotros, y que parecía seguir con especial interés la situación, aunque disimulando con astucia, se mostraban expectantes ante el desenlace.
Antes de que pudieran decir algo, pedí un permiso para ir al baño. Desde ahí pude ver que ellas hablaban con inquietante seriedad, pero luego las vi sonreír fugazmente, y quedé sorprendido al notar que, tras intercambiar más palabras, empezaron a reír estrepitosamente. Eso me pareció una buena señal, pero no me hice ilusiones, sabía que lo más probable era que no aceptaran; de hecho, en ese preciso instante deseé con todo mi corazón que no aprobaran mi propuesta, y que así tuviera el pretexto ideal para cancelar el proyecto y no siguiera con toda esta locura, que seguramente me iba a arrancar la paz y la tranquilidad.
Recuerdo que me sentía muy lleno, exageradamente lleno. Pero lo único que me interesaba era conocer la opinión de mis amadas, entonces me acerqué con sigilo y les pregunté: “¿Qué opinan?”. Ellas se miraban entre sí y sonreían, pero era una sonrisa nerviosa como de complicidad, entonces mi novia tomó la palabra, y mirándonos a los dos, dijo: “¡Yo no tengo problema!” de inmediato mi esposa ripostó: “¡Yo tampoco!”. De repente, un festival de luces y colores estalló en mi alma, entonces les dije que tenían que ir a la Secretaría de Educación a solicitar la licencia no remunerada, y que teníamos que ir de compras, para sus vestidos de baño y demás accesorios, todo a mi cuenta; además, dejar organizado lo de nuestros hijos, los cuales iban a quedar al cuidado de sus respetivas abuelas, decidí que era la hora de pagar e irnos, pero antes quería celebrar el acontecimiento compartiendo una cerveza con mis mujeres, entonces pagamos y nos fuimos. De nuevo en el taxi, me sentí extremadamente lleno, pero mi mente estaba en el viaje.
Nos fuimos para “Party 80”, como usted bien sabe, allí suena la música de nuestra época, solo clásicos, lo mejor de la salsa, el merengue, el vallenato, el rock en español, el pop latino y los ritmos afrocaribeños, todo lo que nos gusta a los tres. Nuevamente pedimos cerveza y brindamos, yo las veía muy contentas y sentía que habían hecho buena química, es bien importante que en una relación de tres siempre haya buena química, si no, seguramente no va a funcionar porque en algún momento se va a romper el encanto. Ellas reían, haciendo gala del buen humor y chocaban sus manos como dos compañeras tras alcanzar un logro. Me sentía realmente feliz, tenía lo que todo hombre anhela tener, dos mujeres, una carrera promisoria, buena posición económica y fama.
Pedimos otra cerveza y seguimos tomando, ya habíamos bebido varias y se nos estaban subiendo a la cabeza, entonces comenzamos a bailar. Yo bailaba con ambas, pero no me sentía físicamente bien, y en un momento en el que sonaba una mezcla de Rikarena, salimos a bailar los tres, pero tras permanecer un breve instante en la pista me senté, entonces ellas se quedaron bailando en pareja, eso me pareció extremadamente excitante, mil cosas pasaban por mi mente al conjugar la escena y situarla en el viaje. Al terminar, nos habían traído una picada de fresas con salsa de chocolate, y en una suerte de actividad, propuse jugar a que yo les daba fresas de mi boca a cada una en su boca, rematando con un portentoso beso, para dictar una sentencia de amor eterno.
La gente empezaba a mirarnos y más de uno, creía reconocerme, en eso estábamos cuando una algarabía estalló en la puerta del bar, entonces todos nos asomamos para ver qué estaba sucediendo, lo que le voy a contar parece sacado de una novela de ciencia ficción, pero sucedió realmente. Un convoy de seis tanques Armata T-14 subían por toda la Avenida La Rosita, como buscando la Segunda División del Ejército, se trataba de la cuota asignada a la ciudad por el gobierno nacional tras la compra de nuevo armamento para modernizar las fuerzas militares. Fue un espectáculo majestuoso, como el que jamás había visto ni veré en mi vida, ver pasar frente a mí, a tan extraordinarias naves, me llenó tremendamente de inspiración y suficiencia, a tal punto que llegué a considerar que por todo lo sucedido, ese día hubiera sido el día más feliz de mi vida, hasta que llegué a casa.
Llevamos a mi novia hasta su casa y nosotros nos fuimos para la nuestra. Recuerdo que nos acostamos de una vez, mi esposa recostó su espalda contra mi pecho, su trasero contra mi pelvis, y yo la abracé con fuerza, como si con el abrazo quisiera transmitirle un profundo agradecimiento. Así me fui apagando lentamente, me estaba quedando dormido pensando en todo lo que había sucedido ese día, desde el encuentro de ellas las dos hasta el desfile de los Armata T-14, y todo lo que iríamos a vivir en el dichoso viaje, a pesar de sentirme realmente feliz de estar con ellas, me asaltaba la idea de si viajar con ambas sería una buena idea, y ciertos pensamientos me hacían presagiar que sería vivir en el paraíso, pero otros me hacían creer que estaría en el infierno, y a pesar de cualquier rastro de incertidumbre, me resguardé en la sensación de que iba a escribir las mejores páginas de mi existencia.
A media noche me despertó un fuerte dolor de estómago. Todas las molestias que había estado sintiendo se conjugaron en ese dolor infernal, que era el más fuerte que había padecido en toda mi vida. Intentaré describirlo, era un dolor agudo e intenso en la parte superior derecha del abdomen, justo debajo de la costilla, que irradiaba a toda la cavidad abdominal, acompañado de náuseas y distención, tomé varias pastillas para el dolor estomacal pero no me hacían efecto, creía estar muriendo, hablé con Dios Omnipotente, la fuerza creadora según mi filosofía deísta, pedí perdón por mis errores y cerré los ojos, porque pensé que era mi hora. Mi esposa despertó porque percibió mi desespero, sé que muchas veces, algunas personas, sobre todo mujeres, dicen que los hombres somos extremadamente flojos, pero este dolor era en verdad, de otro mundo, no podía compararlo con nada.
Quería ir a recibir atención médica, pero el solo hecho de pensar en las incomodidades del sistema de salud, así sea medicina prepagada, me hizo abstenerme. Estaba confiado en que pronto terminaría este tremendo suplicio, atribuí semejante malestar al exceso de la comida, y a la avidez con que comí, sumado a la cerveza que tomé, y a la alteración nerviosa de la singular situación que había vivido. Finalmente me quedé dormido, pero sabía que algo no andaba bien, y tenía que averiguar de qué se trataba. Decidí que lo mejor era que al siguiente día, iría a recibir la atención médica correspondiente, para comenzar de inmediato, los análisis necesarios que me permitieran dilucidar qué estaba sucediendo en el interior de mi organismo.
A primera hora de la mañana salí a buscar atención médica, ya no sentía dolor, pero aún tenía malestar. Recuerdo que camino al centro médico pensé en muchas cosas, pero una me envolvió profundamente, de manera superflua caí en un remolino dialectico, del que lo único que podía extraer era que ahora que tenía todo para ser feliz, la vida me salía con esta charada, entonces reflexioné en que finalmente la felicidad no existe, sino que es más bien la menor cantidad de tristeza posible, y fiel a mi instinto realista considere, que era perfectamente posible que así como fuera algo pasajero como una indigestión, un virus o algo así, también podría tratarse de la aparición de una terrible enfermedad que comenzaba a invadirme.
Me atendió un médico muy joven, como recién salido de su carrera, me valoró y exploró físicamente mi condición, hallando una fuerte distención abdominal y tras hacerme la palpación corporal, descubrió el lugar de origen del dolor, situándolo en la parte superior derecha justo debajo de la costilla. Me preguntó otros síntomas y antecedentes familiares para elaborar un posible diagnóstico. Pesaba 75 kilogramos, un peso ideal para mis 1.75 metros de estatura. Me ordenó varios exámenes de sangre, así como una ecografía abdominal para descartar cálculos o masas, solo me dejó un medicamento por si me volvía el fuerte dolor. Al salir del consultorio pensé, “bonita la vida mía, en lugar de estar de compras con mis mujeres, yo por aquí buscando unos remedios”.
Consciente de que debido al viaje estaba corto de tiempo, me apresuré a realizarme los exámenes de sangre y a programar la ecografía, no sé por qué, pero me imaginaba lo peor. Mi esposa y mi novia, entre limites, funciones, derivadas e integrales, me escribían por Telegram para saber de mi estado de salud. Les expliqué la situación, aseverándoles que no había indicios de preocupación alguna, pero que todo quedaba supeditado a los resultados de los análisis, y les recalqué la necesidad de que hoy mismo radicaran las licencias, para que las aprobaran pronto. El viaje era inminente. Me hice las pruebas de sangre y me fui para el colegio, tenía exposiciones en los grados 11 y 12. Programé la ecografía para el día siguiente a las 08.00.
Cuando iba a la toma de la ecografía, observé una escena que me dio malas sensaciones, una paloma macho de la especie doméstica, perseguía alegremente a dos palomas hembras con el ánimo de pisarlas, pero en su loco intento, dio un paso en falso y terminó bajo las llantas de un portentoso auto que a esa hora transitaba por aquella calle, eso me dio mala espina y lo asocié a mi situación, el palomo era yo, y terminaría despedazado por la vida.
El resultado fue inmediato y no ameritaba ninguna duda. Un enorme y colosal cálculo se alojaba desprevenidamente en mi vesícula biliar, la descomunal estructura medía 27 kilómetros, para que usted se haga una idea, el asteroide que provocó el cráter de Chicxulub, cuya colisión terminó extinguiendo a los dinosaurios y al 75 % de la vida, hace cerca de 66 millones de años, medía solo 12 kilómetros. Le presenté los resultados de inmediato al médico, y certificó que la causa de mi dolor abdominal era una colelitiasis con colecistitis; es decir, el cálculo había causado una infección y una inflamación de la vesícula biliar. La única solución era extraer la vesícula, antes de que se convirtiera en una pancreatitis, que generalmente era fatal, o peor aún, que se malignizara, en un agresivo tumor canceroso. Lo malo era que no se podía intervenir así, necesitábamos tres meses para controlar la infección y la inflamación, antes de realizar la operación, y después otros tres meses, antes de que pudiera volver a la normalidad; entre tanto, debía guardar una dieta absoluta de lácteos, carnes, huevos, granos, licores, harinas, dulces, fritos, necesitaba absoluto reposo, beber mucha agua, realizar ejercicio permanente y tomarme los medicamentos con juicio. El viaje quedaba cancelado, por ahora. Es como si a la vida le diera envidia verlo a uno feliz.
FIN
sábado, 22 de octubre de 2022
YO SOLO QUIERO COMPRAR UN APARTAMENTO
YO SOLO QUIERO COMPRAR UN APARTAMENTO
Sólo Dios sabe cuánto quise a aquella mujer encantadora. Y sabe también, que nunca podré amar a nadie como la amé a ella, que hasta daría mi vida entera por verla feliz, y que mi amor incondicional perdurará más allá de la eternidad. Lo triste es que a pesar de mi entrega total, jamás pude encontrar correspondencia, porque amar no basta, se necesita algo más. Hay un elemento desconocido, misterioso, indescifrable, inexpugnable, que rompe las leyes del amor y que se interpone de manera diáfana entre la posibilidad de alcanzar la felicidad y la latente certeza de no poder alcanzarla. Cuán feliz fui aquellos días en que la conocí. Sentía que me desplazaba tranquilamente sobre el mar, me parecía que la brisa fresca de su presencia se había llevado todas mis preocupaciones. Solo vivía en función de ella, de sus expectativas y de sus consideraciones.
Oía su voz y ninguna melodía me sonaba tan bella. Veía su figura y ninguna flor me parecía tan hermosa. Estaba enamorado. Intentaba hacer un recuento de cuántas sensaciones placenteras se abren paso en el espíritu de una persona enamorada, y me perdía en el intento de su agradable compañía. Su rostro era un manantial de agua pura que refrescaba mi alma, su sonrisa era un faro que iluminaba el sendero de mi existencia. Si pudiera, devolvería el tiempo y lo suspendería en la magia de aquellos días radiantes que jamás podré olvidar. Es lo más cercano que he estado del paraíso.
El destino decidió traerla hasta mí, una lejana tarde de abril. Las circunstancias de su llegada están relacionadas con el oficio que desempeño. Diré que mi profesión es la de asesor inmobiliario. Por si hay alguien que no sepa exactamente de qué se trata tan extraordinario título, le contaré que la mía, es la profesión más bella del mundo, porque se trata de hacer realidad el sueño de una persona o de una familia, de tener un lugar que le sirva de hogar. Las personas interesadas en un lugar para su hogar, llegan a la sala de ventas de mi proyecto habitacional, o me contactan a través de cualquier medio, y de inmediato les presento todas las alternativas que tengo. Ya mirará ella, de acuerdo a su presupuesto, gusto, aspiración y expectativa, cuál de ellas escoge; aunque a decir verdad, no siempre se acomoda a mi propuesta sino que opta por otra. Así es el mundo de las ventas.
Nunca seguí carrera profesional alguna, entre otras cosas porque no me gusta ninguna; sin embargo debo decir que sé de todo un poco, incluso mucho más que el común de las personas, porque tengo algo llamado autoformación, que me lleva por los diferentes aires del conocimiento, y que me ha permitido confeccionar un saber que trasciende los horizontes de la sabiduría. No en vano, en la oficina me suelen llamar “Wikipedia”.
Bueno, pero este tipo de consideraciones, no vienen al caso, me dedicaré exclusivamente a contarles esta historia, para denunciar públicamente a la mujer que me trató de la peor manera; aunque eso sí, trataré de hacerlo de la forma más imparcial posible, a fin de que ustedes puedan juzgar sin conveniencia alguna. No me interesa ser merecedor de su lástima sino que entiendan la veracidad de la injusticia, de la cual fui víctima.
Me encontraba atendiendo en la sala de ventas del proyecto “Condominio Asunción”, cuando de pronto llegó hasta mí, la mujer más bella que ha parido el universo. Con esto no quiero decir, que unánimemente esta sea la mujer más linda que haya en el mundo, la belleza unánime no existe. Lo que pretendo decir es que inevitablemente, ella es para mí, la más bella entre las bellas. Yo sé que para otros ojos, quizás ella sea una mujer común y corriente; y tal vez, para algunos hasta puede ser fea, no lo discuto. Pero para mí, es la princesa de mi vida. Es difícil de explicar pero sucede a diario, que algo que a alguien le gusta demasiado, a otra persona, le parezca absolutamente normal, y que a otras inclusive les fastidie.
Estaba leyendo el “Manual práctico de la asesoría inmobiliaria”, cuando atravesó el umbral. Sus ojos negros, su cabello oscuro, su mirada profunda y su sonrisa tierna me sensibilizaron el alma. La majestuosidad de su figura me trastornó la conciencia.
Me dijo que quería tener información del proyecto. De inmediato le conté de qué se trataba. Desde el primer instante en que la vi, supe que ella era la mujer de mi vida, que no la acababa de conocer sino que la había conocido desde siempre, desde la fundación del mundo, que el destino decidió traérmela para que yo la amara incondicionalmente, como ella se merecía, y que tan solo estando juntos podríamos conocer el significado de la palabra felicidad.
Ella no era alta ni baja, gorda ni flaca, joven ni vieja, blanca ni negra. Para mí era la perfección en forma de mujer. Su cabello era como una fuente de agua fresca, su piel era dorada como la arena de una playa virgen, sus ojos refulgían como dos luceros en medio de una noche oscura, sus labios rojos y carnosos apetecían como frutos silvestres, cuando extendí la mano para saludarla, percibí su piel suave y tersa como el más fino terciopelo. Era una diosa.
Me encantó especialmente su nombre. Se lo pregunté para registrarlo en la bitácora de visitas. Recuerdo que me deleitó profundamente porque me recordó un amor de mis seis años, todas las noches me dormí pensando aquel maravilloso instante, su nombre retumbaba en mi mente con insistencia, como el apacible sonido de las olas muriendo en la playa en una noche de luna llena. Repetí su nombre mientras dormía despierto.
Le presenté el proyecto. Le mostré sus características, sus ventajas, sus bondades, sus beneficios; le expliqué el plan de pagos, dándole las mejores prerrogativas posibles, y le recomendé la mejor línea de crédito a fin de que se pudiera suplir de la mejor manera. A esta altura de las circunstancias, francamente la venta me importaba un bledo. Todo cuanto anhelaba era tenerla en mis brazos y amarla con pasión y locura.
En la labor de ventas del sector inmobiliario, en la medida que va transcurriendo la entrevista, se va acumulando una información que es necesaria para transformar el prospecto en cliente. Por eso de manera sutil, se van preguntando datos como el nombre, el teléfono, el celular, el correo electrónico, y otros mucho más específicos. Sé que esto puede sonar un poco raro, pero diré que contrario a lo que muchas personas creen, el asesor inmobiliario es un profesional integral, con una gran formación en diferentes ámbitos del saber, porque la venta es una ciencia que requiere observar con rigurosidad, los pasos del método científico. Bueno, pero no es de ventas, que les quiero hablar, sino de ella.
Sucedió que en el momento de preguntarle el correo electrónico, ella me dijo que me lo apuntaba porque era un poco difícil, entonces previendo una intriga inútil, le pedí que me lo deletreara para ver si era capaz de escribirlo. Al terminar de deletrearlo se formó la dirección: bandarseribegawan@gmail.com.
Entonces le dije:
-La capital de Brunéi Darussalam, la pequeña nación asiática situada al norte de la isla de Borneo, no es tan difícil de escribir.
Una ráfaga de alegría estalló en su interior e iluminó su semblante.
-¡Vaya, vaya! Es la primera persona que sabe a qué hace referencia mi correo electrónico.
Había logrado impactarla. Sentía que un tsunami de felicidad inundaba mi alma, y su reflejo nos instaló en la coincidencia de una sonrisa espontánea que perduró eternamente. Duramos un par de segundos mirándonos, sin decirnos nada. Una fracción de tiempo que pareció un lapso interminable.
-¡Bueno!- Me dijo finalmente. Y luego agregó: Voy a analizar la propuesta.
No quise acosarla con la agresiva pero obligatoria: ¿Cómo le pareció el proyecto? sino con la oprobiosa pero necesaria ¡Si quiere mostrarle a su esposo, con mucho gusto yo les enseño el proyecto!
En efecto, esa expresión no tenía la sola finalidad de ser más cordial con ella sino también la de comprobar si era casada o no.
Saliendo de la sala de ventas, cruzando la puerta, ella devolvió su rostro hacia mí, y con la mayor complacencia del mundo, me dijo con absoluta sinceridad:
-No se preocupe, no soy casada.
Sentí que un festival de luces y colores estalló en mi interior. Salí a verla mientras se alejaba paulatinamente, y observé con placer su figura de diosa desplazándose con inigualable dulzura. Entonces me asaltó un pensamiento inesperado: ¿Cómo puede acumularse tanta belleza en una sola persona?
Aún obnubilado por el destello de tan maravillosa presencia, escribí en un papel cualquiera que había encima de mi escritorio:
“Tan sólo en cuatro instantes de mi vida te he amado con pasión y locura: antes, ahora, después y siempre”.
Lo doblé y lo guardé en mi agenda, como quién guarda un tesoro. Salí temprano, y caminé alegre por las calles de aquella ciudad acogedora, que apenas unas horas antes me parecía detestable, y recorrí la tarde que caía, con las manos en los bolsillos, pateando las pequeñas piedras del camino. Mi vida necesitó cada día, cada momento de mi existencia para llegar a la más decisiva de las conclusiones: estaba enamorado.
Al llegar a mi apartamento, el destino me tenía preparada otra sorpresa. Junto a la puerta de ingreso, una pequeña caja de cartón, obstaculizaba mi entrada. Quise correrla pero noté un leve movimiento, entonces la abrí y descubrí en su interior un pequeño gatito, que despertaba maullando tímidamente.
Lo tomé en mis manos y lo acaricié. Me parecía hermoso. Sin ingresar al apartamento, bajé al tercer piso, donde vivía un veterinario vecino, para preguntarle sobre el hallazgo. Le dije que me había encontrado en la entrada de mi apartamento este pequeño gato, y le pregunté si sabía algo al respecto, me dijo que no, lo tomó en sus manos, lo volteó boca arriba y sonriendo notó, que no era un gato sino una gata, y que tenía alrededor de un mes de nacida. Me dio una porción de alimento especial para cachorros y un trago de leche especial para gatos destetados prematuramente, para que le suministrara mientras tanto, y me comprometió para que al día siguiente fuera a comprarle más, y para que la tratara con mucho cariño porque era un animalito muy tierno, desprovisto del amor materno, que yo de ahora en adelante, tenía que de alguna manera proporcionarle.
Si aquella noche dormí una o dos horas fue mucho. No sé si habré dicho que sufro de insomnio y que casi siempre el alba suele sorprenderme cuando apenas estoy cerrando los ojos, pero lo de aquella noche fue visiblemente diferente. A mi tiempo de lectura, de escritura, de estudio y de pensamiento, la repentina aparición de esa mujer encantadora y de esa tierna gatita, agregaron dos nuevos elementos que terminaron por reducir aún más mi capacidad de dormir, de por sí disminuida. En mis largas noches, me concentro en buscar las soluciones que los grandes problemas míos y del mundo en general necesitan, y a pesar de que generalmente lo logro, no hay felicidad, porque al siguiente día descubro que esas mismas soluciones que la noche anterior me alegraron, hoy se han convertido en un mal mucho peor que el problema inicial. Es como un mar de satisfacciones e insatisfacciones que visito a diario.
Hice un recuento de la llegada de ella a mi vida, analizando cada uno de los detalles que antecedieron a su aparición, dilucidando entreveros, comparando coincidencias, y llegando a la conclusión de que finalmente, el destino es un libro previamente escrito, y que es imposible arrancar o modificar alguna de sus páginas, y que cualquier intento de saltarse o anticiparse a una de ellas, es un desafío estéril que imposibilita conocer el verdadero sentido de la obra.
Me fijé en sus palabras y sus ademanes, en las frases que decía y los gestos que hacía, combinando la estúpida psicología de las ventas y la inédita teoría del amor, tratando de hallar los ingredientes ideales para un bello romance que nacía bajo el sol esplendoroso. Intentaba desplomarme en los arrecifes más profundos del sueño, cuando aparecía su fulgurante figura para traerme de nuevo hasta los acantilados de la conciencia. Su voz recitaba las odas más bellas, y las nombraba con su mismo nombre. Ella era la luz que encendía mi alma y el faro que iluminaba mi vida.
Entre todo, deduje que lo más trascendental de la visita fue la última frase de la entrevista, la que pronunció traspasando el umbral de mi oficina, la que me dijo con el rostro alegre y la mirada encendida, la que solamente una mujer intensamente enamorada se atrevería a decirle a un hombre que acaba de conocer: “No se preocupe, no soy casada”. En mi real entender, la revelación era mucho más que una frase de seis palabras, once sílabas y veintitrés letras; era ni más ni menos, que una auténtica declaración de amor. La puerta de la felicidad se abría de par en par en mi corazón.
En efecto, si yo no hubiera desatado una especie de “tormenta tropical” en su interior, con toda seguridad, no habría tenido que darme semejante declaración, hubiera bastado con un leve silencio, o con una tenue sonrisa; en cambio, la fuerza de su expresión tenía la explícita intención de que yo supiera con total claridad, que ella no tenía ningún tipo de compromiso, y que por tanto, tenía el camino expedito para conquistarla.
Busqué infructuosamente mil variables a la posibilidad de que en realidad, ella no hubiera querido decir lo que yo interpreté, sino que por razones de su propia naturaleza, todo cuanto había querido indicarme era que efectivamente, no tenía un compañero, pero que no necesariamente, esto quisiera decir que se había enamorado de mí. Entonces sentí vergüenza de la supuesta “tormenta tropical” que me imaginé inicialmente, y me sentí un poco pretencioso, pero me solivianté en la imposibilidad de encontrar una justificación que no resultara descabellada.
Sin ninguna parcialidad, encontré que todas las explicaciones confluían en una sola razón: ella quería que yo supiera que en estos momentos estaba sola y no tenía ningún tipo de compromiso, entonces me reconforté en la necesidad de establecer una estrategia para conquistarla. Ya casi amanecía y me había pasado toda la noche entretejiendo todos esos pensamientos, organizar una estrategia iba a requerir mucho tiempo y pensé dejarlo para la siguiente noche; entre tanto, me di a la tarea de buscar el sueño; en eso estaba cuando me acordé de la gata, entonces me levanté y la halle profundamente dormida.
Una idea fugaz, apareció repentinamente en mi cabeza, supuse que en ese preciso instante, a esa misma hora, las 4 y 32 minutos de la mañana, ella estaría igualmente dormida, en la soledad de su cama, como la gatita, y hallé que indefectiblemente esos dos seres estaban ligados a mi existencia; por tal razón, al notar que la gata necesitaba un nombre, concluí que las dos debían llamarse igual, entonces le puse a la gata el nombre de mi amada, por la similitud de circunstancias en que habían llegado a mi vida, y los sentimientos puros y sinceros que en mí, habían despertado.
A esa hora, en la que los pájaros empezaban a cantar, fui hasta mi agenda para buscar el papelito que con tanta pasión había escrito, y decidí que necesitaba entregárselo con urgencia, pensando en esto, regresé a la cama y con la convicción propia del deber cumplido, dormí plácidamente.
Entonces desperté como nuevo. Había dormido como un bebé y un increíble ánimo rodeaba mi espíritu. El primer pensamiento del día fue ella en su conjunto. Recordé su imagen, su figura, su piel, su voz, su mirada, su sonrisa. Una ola incontenible de pasiones desenfrenadas, irrumpió de manera violenta en lo más profundo de mi alma, al traerla a mi mente. Ni qué hablar del prominente optimismo que me poseía, me sentía el amo del mundo. Abrí la ventana y descubrí el mágico sol que a esa hora se asomaba entre las montañas, la mañana era tibia, el cielo azul dominaba el paisaje y no se divisaba una sola nube. Era un día espectacular. Necesitaba ir a la oficina y negociar con mi jefe un buen descuento para mi bella princesa.
Le dije que era un negocio inminente pero que necesitaba, un beneficio especial, porque corríamos el riesgo de que ella comprara en otro proyecto. Planteé una hipotética negociación de extraordinaria conveniencia para la Constructora, a fin de alcanzar el mayor beneficio posible, yo vería después como me las ingeniaba para manejar la situación. Lo cierto era que necesitaba para ella lo mejor.
Debo ser muy sincero en que en realidad, la venta era lo que menos me importaba, lo verdaderamente importante era poder conquistarla. Ya me imaginaba viviendo los dos, en la comodidad de ese imponente apartamento, yo trabajando con ahínco para pagarlo, quizás lo haría con mucho esfuerzo pero con todo gusto. Allí en ese hogar ejemplar, crecerían nuestros hijos, y la nuestra, sería una familia modelo, nuestro romance sería el más bello idilio en la historia de la humanidad, y para ilustrar el significado de la palabra felicidad, seguramente aparecería nuestra imagen como recuadro.
Mientras mi jefe averiguaba el descuento para tan “magnífico negocio”, me refugié en la portentosa virtud de la imaginación para soñar las escenas más maravillosas, y en esa isla paradisiaca, una repentina inquietud me asaltó con premura: su profesión.
Por el impacto de su presencia, había olvidado preguntarle su profesión. Por su forma de expresarse, sin lugar a dudas, debía tratarse de alguien con una gran formación académica. Preferiblemente instruida en las ciencias sociales, porque su donaire tenía el carisma y el liderazgo propio de las personas formadas en las ciencias humanas, como los grandes líderes de este mundo, que generalmente son hijos de las humanidades, nunca de las matemáticas.
Después de divagar por el amplio espectro de las profesiones, llegué a una conclusión inapelable: era docente. Lo había descubierto, cuando me dio el correo electrónico, un conocimiento tan específico solo podía tener como autora a una profesora. Poco a poco fui descartando cada una de la posibilidades, para terminar deduciendo que se trataba de una educadora, una gran intelectual con la capacidad de incidir en el desarrollo de un pensamiento crítico en la futuras generaciones que habrían de regir este mundo. En forma de broma pensé para mis adentros, “si no es maestra, es asesora inmobiliaria”, pero reí interiormente porque era indudable que se trataba de una docente, una ráfaga de lujuria explotó en mi interior intempestivamente.
El jefe me dio el descuento que le podíamos manejar a ella, y me pareció francamente interesante; teniendo ya ese dato, solo restaba llamarla, saludarla y contarle lo del descuento, aún no era prudente decirle cuánto la amaba. Con total seguridad, me iba a agradecer lo del descuento, le preguntaría cómo había pasado la noche y aprovecharía para invitarla a comer un helado. Le entregaría el papelito y nos besaríamos apasionadamente.
Le envié el correo con toda la información del proyecto y luego la llamé. Y cuando el teléfono comenzó a repicar, sentí que el corazón me palpitaba con violencia, como un tigre que corre desaforado detrás de su presa, estaba nervioso ante la posibilidad de sentirla nuevamente; sin embargo, el teléfono sonó tres o cuatro veces y pasó a buzón de mensajes. Entonces pensé: ¡Comprobado, es una profesora y está en estos momentos dictando clase!
Insistí nuevamente con la llamada pero sucedió lo mismo. Entonces le marqué al teléfono fijo, y pasó lo mismo: repicó tres y cuatro veces y se colgó la llamada. Esperé unos minutos y volví a marcarle al fijo pero nadie contestó. No sé cómo pude reconfortarme en la idea de que el hecho que no me contestara, probaba que era una profesora, que en estos momentos estaba trabajando y que además, como me lo había hecho saber, no estaba comprometida, fuera de eso, vivía sola, lo cual era muy positivo para mis aspiraciones. Me sentí entonces en las mismísimas puertas del paraíso.
Pensé que lo mejor era dejar de llamarla, para que no se sintiera acosada, entonces la llamaría en la tarde, cuando ya hubiera terminado su jornada laboral, y estuviera más dispuesta a escucharme, que hasta me dijera o me diera a entender palabras o frases inesperadas. Hasta alcancé a imaginar que me diría que estuvo pensando en mí, toda la noche, y que necesitaba verme con urgencia, para decirme que me amaba con toda su alma.
Caminé alegre por la carrera 27, la recorrí más de 20 cuadras, con una sonrisa genuina que se dibujaba de oreja a oreja, fui hasta el supermercado para comprarle la comida a la gatita y un recipiente marcado con su nombre donde ella supiera encontrar su alimento. Sentía que el ser, solo y desinteresado de unos días atrás había desaparecido, y que ahora en su reemplazo, un hombre exitoso y realizado tomaba decididamente su lugar.
En el trayecto, descubrí el surgimiento de un fenómeno inexplicable, y para mí, completamente desconocido. Era como una suerte de encantamiento, que consistía en que todas las mujeres que caminaban por la avenida, se me parecían a ella de manera extraordinaria. Comencé a verla y oírla en otras mujeres, comencé a verla y oírla en todas partes. Ese repentino hallazgo, me producía al inicio una gran alegría, por el hecho de percibirla de nuevo cerca de mí, pero tan pronto me aproximaba o analizaba al detalle su imagen, y descubría que no era ella, y que por el contrario, las características físicas que me la habían acercado, ahora me la alejaban porque me parecían exageradamente diferentes, me sobrevenía una decepción abrumadora, que me arropaba y me ahogaba sin misericordia, una especie de entuerto similar al del insomnio, en el que después de hallar la solución de los principales problemas, encuentro que son mucho peor que los problemas originales, y me causa una profunda decepción. El mar de encuentros y desencuentros que suelo visitar con frecuencia, y que me hacen a caminar a diario a través de profundos y peligrosos acantilados.
Quizás sea un trastorno psicológico o alguna alteración mental, que sé yo, quizás inventos técnicos de la sociedad moderna o alcances biológicos de la evolución humana, no me importa, pero el hecho de sentir la vida a plenitud, donde antes no existía, encuentra su sustento en el hecho de estar enamorado. Es increíble lo que hace el amor: que lo que antes era opaco, difícil, feo, triste, ahora se muestra radiante, fácil, hermoso, alegre; que hasta le cambia el semblante a las personas, y las llena de entusiasmo y optimismo. Todo suena muy bello, pero en el caso mío, la realidad habría de ser muy distinta.
Era el medio día, el sol caía de forma canicular y hacía un calor insoportable. Compre arroz chino y Pepsi para el almuerzo, llevaba el alimento de la gatita, y un plato con doble función: comida y bebida, para que ella dispusiera de su propia zona de alimentación. A pesar del cansancio, caminaba feliz. Pensar en mi amada, me daba una fortaleza especial que me mantenía imbatible, quería llegar pronto a casa para almorzar, descansar, y luego llamarla, hablar con ella, sentirla de nuevo, percibir el aliento de su belleza penetrando mis sentidos, verla, oírla, entregarle el papelito, abrazarla, besarla, recorrerla de pies a cabeza, acariciar todo su cuerpo, decirle que la amaba con toda mi alma y que quería hacerla mía para siempre.
Después de almorzar, dormí tranquilamente cinco o seis minutos, lapso que en realidad me pareció un siglo, entonces sentí la necesidad de despertarme para llamarla; a esta altura, consideraba absolutamente imprescindible entregarle el papelito, y algo más: besarla levemente. Requería probar sus labios carnosos y suculentos para tranquilizar mi espíritu, era un aliciente indispensable para seguir existiendo. Eso sí, debía ser un beso leve, una especie de chispa espontánea que desencadenara en su interior, una llamarada estelar de magnitudes cósmicas.
A las dos en punto la llamé al celular y antes de repicar la segunda vez, una voz masculina me respondió. Sentí que el mundo se caía a pedazos, pensé no responder, porque con total seguridad me había equivocado de número. Pregunté por ella, pero el hombre me dijo que no la conocía, que estaba equivocado. Le repetí el número y me dijo que ese era pero que a ella no la conocía. Colgué y de inmediato, una nube oscura y tenebrosa, pareció envolverme de pies a cabeza. Creí que de la incertidumbre, el corazón quería salirse de mi pecho. Un mal presentimiento me invadió de repente.
Quedaba la posibilidad del teléfono fijo. Marqué de inmediato, pero al otro lado la voz de una mujer de edad avanzada, me confirmó el peor de los presagios: que ese número no correspondía a la persona que yo buscaba. La anciana me dijo que no la conocía, que en realidad no sabía quién era. Traté de darle indicaciones, pero todo fue en vano. Era número equivocado. Mi mente comenzó a recorrer los parajes más lúgubres de mi carácter y una mezcla tétrica de sensaciones sucias y rastreras me arrojaron al fondo del mismísimo infierno. ¡Esa maldita perra, me ha engañado! Pensé de inmediato.
Al escucharme interiormente decir lo que había dicho, sentí asco de mí mismo, me estaba comportando como el peor de los monstruos; sin duda, la hermosa mujer que me había regalado con su presencia, los instantes más felices de mi vida, no podía merecer semejante trato. Debía tratarse de un mal entendido, quizás fui yo, al anotar los números el directo responsable de tan tremendo error, pero aun así, quedaba un inconveniente por resolver: ¿cómo iba a encontrarla? Entonces de manera providencial recordé el correo electrónico que me acercó al encanto de su dulzura.
El correo que le había mandado no había rebotado, lo cual quería decir que la dirección a la cual envíe la información del proyecto, efectivamente existía. Entonces se me ocurrió una idea loca pero necesaria, le tomé una foto al papelito que contenía mi declaración de amor y se la mandé.
La tarde era calurosa. La gata comenzó a gemir con intensidad, recordé que no había encontrado la leche recomendada por el veterinario y fui a conseguirla. Pensé que el calor la acosaba y le abrí la ventana para que le entrara aire. Entonces salí. Caminé como un autómata, pensando mil posibilidades. Una lucha intensa se desató en mi interior, entre el yo que confiaba en la benevolencia de mi princesa, y el yo que la desprestigiaba por insensata. Pero a cada paso que daba, a cada instante que transcurría, sentía que el que desconfiaba se iba afianzando lenta y paulatinamente. El sol golpeaba mi cara, y sin embargo, no lo percibía, solo me di cuenta cuando me limpié el sudor de la frente y sentí el rostro ardiendo.
De pronto el celular me dio aviso de una notificación. Mil cosas pasaron por mi mente cuando descubrí que era la respuesta del correo que acababa de enviar. Todo como en mi vida diaria; al principio, la alegría de algo positivo y cercano que habrá de iluminar mi vida, y luego, un pensamiento negativo y poderoso que lo apaga todo. La verdad, sentí que una fuerza desconocida me alentaba a que no mirara el mensaje, que postergara su lectura para evitar que un golpe certero rompiera de forma inevitable, el anhelo que me rodeaba desde aquel momento en que conocí a aquella mujer encantadora.
Le compré la leche a la gatita, y para mí una botella de agua, que me refrescara y me diera fuerzas, para leer la respuesta de ella. Me senté en una banca que había en la avenida debajo de un frondoso árbol, que brindaba una sombra acogedora. Era un mensaje corto, lacónico; un mensaje breve que lo resumía todo: “Señor, no se equivoque, yo sólo quiero comprar un apartamento”. Sentí que el mundo entero se derrumbaba en mi pecho y me aprisionaba hasta asfixiarme. Cuánto desee no haber nacido, para no tener que haber vivido aquel instante infernal.
Perdí la noción del tiempo y del espacio. Era como si mil personas cargadas de ira y odio me golpearan sin contemplación alguna, y me condujeran por un laberinto tenebroso a cumplir mi pena de muerte. Pensé tantas cosas, buenas y malas, que ahora mismo me es difícil recordar alguna en especial. Lo único que sé, es que comencé a caminar y que en un momento específico me sentí incómodo debido a que el sol me seguía golpeando de frente, entonces comprendí que estaba caminado en sentido contrario a mi apartamento, sin darme cuenta me había alejado, quizás 10 o 20 cuadras, que sé yo, porque me encontraba visiblemente exaltado. Entonces me devolví, y un pensamiento absurdo comenzó a envolverme de manera inevitable: hace apenas unos instantes, cuando venía hacia acá, me sentía inmensamente feliz, sabiendo de la presencia de mi amada, y ahora de vuelta, me siento completamente infeliz sabiendo de su total y definitiva ausencia. Esta situación me pareció la forma más precisa para describir la vida entera.
Finalmente llegue al apartamento, me senté en las escaleras, porque venía muy cansado, me tomé el ultimo sorbo de agua, y tiré la botella al reciclaje. Traté de recomponer mis ideas, de respirar profundo y comprender lo sucedido, de analizar la situación y saber de qué forma iba a reaccionar.
Entré al apartamento, le serví la leche a la gatita, volví a leer el mensaje, esperando hallar un mal entendido, pero el mensaje era muy conciso, no tenía otra explicación, no cabía otra interpretación. Saqué el papelito que le había escrito y le prendí fuego. La gatita aún no salía a tomar su leche.
Pensando qué le iba a responder, imaginé mil posibles variables, en todas me sentía víctima de un cruel engaño, aunque de repente desde mi interior un ser más aplomado me interrogaba de manera abrupta: ¿oye, de cuál engaño estás hablando? Entonces tomé una hoja de papel, y comencé a escribir cuál de todas las opciones, respondían mejor a la situación; después de mucho calcular cuál podría herirla más sin dejarme en evidencia, opté por la más estúpida de todas, entonces le envié un correo que decía: “Qué pena con usted, me equivoqué de dirección”.
Tomé el papel de las opciones y lo tiré a la basura, al hacerlo reparé en que la gata no había tomado su leche; es más, ni siquiera había comido, la llamé y no respondió, entonces comencé a buscarla; en eso estaba cuando me llegó una notificación al celular, se trataba de la respuesta del correo que acababa de mandar. Lo que la notificación me decía era que ella, la mujer de mi vida, me había bloqueado. Un monstruo feroz despertó en mi interior.
Estrellé mi celular contra la pared, y reventó en mil pedazos, no sé por qué, al verlo destruido, sentí que me había liberado de un peso enorme que me estaba asfixiando. Mientras pensaba mil cosas, seguía buscando la gatita y no aparecía por ninguna parte, era como si las dos se hubieran puesto de acuerdo para esfumarse de mi vida. Entonces comprendí que inevitablemente todo había terminado.
Entendí el tremendo error de ponerle a la gatita, el mismo nombre de mi amada, ahora cada vez que la llamara, necesariamente iba a recordarla. Pero no importaba, eso tenía solución, tan pronto apareciera la gata, le pondría “Policarpa” y de cariño le diría “Pola”, para que nada me atara a ella, y todo se perdiera para siempre en el olvido, para que quedara constancia que no quería volver a saber de aquella mujer ingrata, que todo cuanto alcancé a considerar con ella fue una verdadera farsa, que su presencia no fue más que una trampa del destino, de la cual quería ahora desprenderme.
De repente, tocaron a la puerta, no sé bajo qué premisa alcancé a considerar que podía tratarse de ella, si ni siquiera sabía mi lugar de residencia, ni tampoco le hubiera importado saberlo. Era el veterinario, para recomendarme que no dejara la ventana abierta, porque a los gatos les gustaba escapar, trepar, saltar, aventurar, y que la gatita, podía salirse y como no estaba aún acostumbrada a su nuevo domicilio, podía perderse. Entonces recordé que había abierto la maldita ventana para que le entrara aire y no sintiera el calor asfixiante, ese mismo calor que ahora me estaba consumiendo, como una llamarada ardiente, sofocante, tórrida, agobiante, que ni el hielo de la Antártida entera sería capaz de apaciguar.
FIN
sábado, 15 de octubre de 2022
YO NO QUIERO ESE REGALO
YO NO QUIERO ESE REGALO
Santiago Sebastián era un joven verdaderamente ejemplar. Inmerso en el seno de un hogar profundamente cristiano, pudo constituirse desde muy pequeño en un ser dechado de virtudes, que logró gracias a la dedicación y la atención de sus esmerados padres, y aprovechando su condición de hijo único, la construcción de una personalidad aplomada, basada en la ética y los valores humanos, principios que siempre reflejaba en cada una de sus actividades.
El día de su matrícula para grado doce; es decir, el año en el que alcanzaría su título de bachiller, estuvo acompañado por sus padres, y luego de adelantar los procedimientos propios de la matrícula, tuvieron tiempo de sentarse en la cafetería y mientras compartían una breve merienda, pudieron recordar, cada uno a su manera, los momentos más trascendentales en la existencia del joven, tejiendo paso a paso, como en un inmenso mosaico de retratos, el camino que Santiago Sebastián había recorrido, hasta llegar a este increíble instante. Al terminar le pidieron el favor a una alumna del colegio, que les tomara una foto, junto a las rosas que adornaban el jardín de aquella imponente institución educativa, esa sería la última fotografía de la familia.
El padre del joven era un reconocido y respetado médico dermatólogo, famoso a nivel nacional e internacional por haber desarrollado un tratamiento efectivo para curar el acné juvenil. Con su método hasta los acnés más rebeldes quedaban curados. Por eso, venían pacientes de diferentes ciudades del país, incluso de países cercanos, para que el doctor sanara el terrible mal de la juventud, una enfermedad que se había convertido en toda una moda de la época; algo tan común, que lo verdaderamente extraño era que alguien no la padeciera. Así, su fama trascendió las fronteras locales y regionales, y pronto su caja registradora comenzó a sonar de manera desaforada. Cuando se dio cuenta, era demasiado tarde; se había convertido en un hombre adinerado.
La madre por el contrario, era una prestigiosa funcionaria del sector público, médica también, con especialización en “Gerencia Pública en Servicios de Salud”, había ocupado prominentes cargos administrativos y corporativos, que incluía entre otros, Directora del Hospital Municipal, Directora del Hospital Departamental, Secretaria de Salud municipal, Secretaria de Salud Departamental, y se había dado a conocer como una figura valiosa a la hora de gestionar recursos para los entes de su competencia, una mujer encantadora que gracias a su carisma, había llegado incluso hasta las esferas de importantes organismos internacionales, luciendo un conjunto de virtudes, que le pronosticaban grandes éxitos en la gestión púbica y administrativa.
El año transcurrió de manera normal hasta mitad de año, fue por aquellos días, en que Santiago Sebastián, habría de conocer los artilugios del amor. Sucedió una tarde de junio, antes de salir a vacaciones, con la misma niña que el día de la matrícula, les había tomado una fotografía en el jardín del colegio.
La niña se llamaba Dahsy Joana de los Ángeles, y era conocida simplemente como Deisy, estaba próxima a cumplir los 18 años; es decir, era algo más de un año y medio mayor que el joven. Y era verdaderamente una niña preciosa, hija mayor de una prestigiosa familia de comerciantes de ropa, dueños de su propia marca de camisas y camisetas, para hombre y mujer, fabricadas en una tela especial que tenía la fabulosa propiedad de no tener qué plancharse.
Un día, Santiago Sebastián fue invitado a la casa de la muchacha, y allí descubrió un mundo de comodidades completamente desconocido para él. Se dio cuenta de que en realidad no era nada, y sintió la imperiosa necesidad de parecerse más a su novia, en su forma de vivir, si quería seguir manteniéndola a su lado. Percibió que el estatus era un requisito indispensable para su noviazgo y un elemento esencial para triunfar en la vida. Una horripilante sensación de inferioridad comenzó a invadirlo, y atribuyó a la ineptitud de sus padres, el atraso de sus posibilidades.
Así las cosas, las dos familias, ricas y prestantes, resultaron emparentadas a través de los dos jóvenes. Pero no todo fue color de rosa. Santiago Sebastián, comenzó a cambiar radicalmente su personalidad, y en lugar de aquel muchacho comprensivo y obediente, ahora aparecía, uno rebelde y altivo, que provocaba en sus padres, un sentimiento que hasta ese momento era extraño para ellos: el sufrimiento. Pero se reconfortaron en la posibilidad de que la edad dificultosa de la adolescencia, que siempre traía tormentas y tempestades, solía apaciguarse con el correr de los días.
A esa altura, Santiago Sebastián había probado de diversas formas las mieles de la victoria. Había ganado el concurso de ortografía, las olimpiadas matemáticas, el congreso de oratoria y el campeonato de razonamiento abstracto. En deportes, había representado al colegio, en voleibol (campeón municipal y campeón departamental), en futbol sala (subcampeón municipal y subcampeón departamental); en artes, campeón intercolegiado en “Representación artística de los planetas extrasolares” y campeón intercolegiado en “Producción audiovisual, área ecología”.
Los padres se preguntaban cómo había cambiado todo de manera tan repentina y radical, si hasta recuerdan que el “Viernes Santo”, mientras asistían a la procesión del Santo Sepulcro, frente a la Catedral Metropolitana, de manera espontánea y sin haberle nadie preguntado, Santiago Sebastián expresó de forma contundente su inapelable decisión de estudiar medicina, una manifestación que llenó a sus padres de gran orgullo y profunda alegría.
Cuando ya estaban disfrutando las vacaciones, y había comenzado la transformación del joven, sus padres lo invitaron una noche a un prestigioso restaurante, con el propósito de felicitarle por su deseo de estudiar medicina, pero descubrieron que su anhelo se estaba desvaneciendo, que los primeros estertores de rebeldía y altivez hacían su aparición, y la charla terminó convirtiéndose en una lista de pedidos, entre los cuales, coronó como el más grande de todos: el de que para su graduación, quería un automóvil. Al preguntársele el porqué de esa solicitud, se limitó a decir que para una persona como él, era infinitamente necesario poseer un buen automóvil, y profundizó a nivel de mandato, que no se podía tratar de cualquier auto, sino de uno en especial, del imponente “Aurus Taurus”, el cual era apodado “la bestia”, un auto ruso, famoso desde los tiempos de Vladimir Putin.
Ante semejante petición, los padres argumentaron el gran costo del automóvil, que hasta tendrían que gastar una fortuna en la sola importación, y ni qué decir de los impuestos y los seguros, entonces fue el padre, quien tomó la palabra, y en tono sereno respondió:
-Hijo, hay algo más valioso que cualquier auto del mundo; es más, es más valioso que todos los autos del mundo juntos.
Como viera que el muchacho se interesaba en la respuesta, mas permanecía callado, tras una breve pausa el doctor prosiguió:
-Es la grandiosa experiencia de contar con la incondicional amistad de Dios y de sentir su maravillosa presencia.
El muchacho quedó estupefacto. Y antes de que su padre continuara, Santiago Sebastián, refutó de forma airada:
-¿Cómo es posible que unos científicos como ustedes sean tan creyentes, si bien es sabido, que la ciencia y la religión, son contrarias?
-Por el contrario, es en las acciones de los científicos donde mejor se puede plasmar la obra de Dios.
Como notara la madre, que el joven comenzaba a exasperarse, trató de cambiar el tema, dejando para el momento de la graduación, la decisión de atender la solicitud, o de desecharla completamente. De todas maneras, en la conciencia de Santiago Sebastián quedó la sensación de que la solicitud había sido atendida, pero en la de los padres la interpretación fue que la propuesta había quedado totalmente descartada.
El anhelo de Santiago Sebastián de querer equiparar su nivel de vida con el de Dahsy Joana fue su perdición. Al terminar el año lectivo, Deisy viajó dos veces. En el primer viaje, ella y su familia abordaron un imponente crucero y visitaron las Antillas Neerlandesas, estuvieron cuatro días en Kralendijk, Bonaire; cuatro en Oranjestad, Aruba; cuatro en Willemstad, Curazao. Al terminar, tomaron otro crucero y continuaron con su segundo viaje, visitaron las Islas Caimán, y estuvieron ocho días en Gran Caimán, incluida la capital George Town, en Pequeña Caimán y en Caimán Brac.
El día de la graduación, tras una imponente ceremonia, Santiago Sebastián recibió su título de bachiller, sus padres lo acompañaron durante toda la jornada, cancelaron sus compromisos profesionales y laborales, para asistir con la mayor disposición y alegría, a la consagración de su hijo. Conscientes de la inmensa responsabilidad, que se les venía encima, acogieron con profunda felicidad, no solo la terminación de los estudios básicos del muchacho, sino también su inminente ingreso a la universidad. Pero el joven aplazó para los primeros días de enero, la elección de la carrera que iba a estudiar, porque consideraba que necesitaba reflexionar, y no podía darse el lujo de tomar una decisión equivocada. El repentino interés de Santiago Sebastián por estudiar medicina se había esfumado, la posibilidad de que se convirtiera en médico, quedó absolutamente descartada.
Finalmente en la intimidad de su hogar y desprovistos de todo protocolo, el muchacho inquirió a sus padres sobre el regalo que aquella noche solicitara, el cual constituía un requisito indispensable para seguir existiendo, pero que en realidad lo que buscaba era impactar a la novia.
Fue el padre quien tomó la vocería. Le habló sobre todo lo que él significaba para ellos, sobre cómo había sido la luz de sus ojos desde el preciso momento de su nacimiento, sobre cómo con cada uno de sus logros, llenaba sus almas de infinita satisfacción, sobre cómo con cada sonrisa despertaba sus alegrías más profundas, sobre cómo él era para ellos el mejor regalo que Dios les había dado en toda su existencia. La madre entre tanto, asentía permanentemente las consideraciones del padre, y mientras combinaba cada contemplación con el recuerdo inolvidable de aquel niño que ya era un hombre, una que otra lágrima escapaba tímidamente y resbalaba con ternura por sus suaves mejillas, aquel instante permitió la aparición de una imagen conmovedora.
La madre, que hasta ese momento había permanecido inmóvil, se levantó del mueble y se acercó a su hijo para darle un beso, el padre se les unió y los tres se fundieron en un cálido y fraterno abrazo. La madre fue a tomar una fotografía con el celular, pero el padre levantó la cabeza y sin culpa tumbó el celular, que al caer, le rompió levemente la sien y un hilo de sangre comenzó a recorrer su rostro. El celular se cayó y se estrelló contra el acuario, que se resquebrajó de inmediato, mientras que el teléfono móvil fue a terminar en el fondo del acuario, dañándose por completo.
Recordó ella, que la cámara del aparato guardaba las fotos de la ceremonia de graduación y de todas las últimas fotos de la familia, a excepción de aquella del día de la matrícula, la que tomó la niña que tiempo después habría de ser la novia del muchacho, la cual quedó guardada en el celular del padre. El doctor se indispuso intempestivamente. El muchacho comenzó a exaltarse con prominente desesperación. La pareja de peces dorados, al sentir la reducción del agua, saltaron del acuario y cayeron al piso; Pola, la gata de la casa, se lanzó sobre ellos y se los comió en el acto, la madre gritó con lastimera indignación. Lada, la perra de la casa, más que confundida ante semejante situación, atacó a la gata y la mordió en el cuello. La gata chillaba y sangraba profusamente, al ver el artero ataque de la perra a su mascota consentida, Santiago Sebastián estampó tremenda patada contra la perrita, y esta comenzó a chillar como si le hubiera fracturado todos los huesos. Era una escena verdaderamente dantesca, pero lo peor estaba por venir.
Poseído por mil demonios, el joven exigió de inmediato la entrega del regalo que según él, tenía más que merecido. La madre lloraba desconsoladamente y no atinaba si atender al padre herido, a la gata moribunda, a la perra agonizante, o calmar a su hijo que se presentaba en una faceta desconocida para ella. El padre, que sostenía el pañuelo ensangrentado entre la sien y la frente, trataba infructuosamente de tranquilizarla.
-¡Sólo quiero mi regalo!- exclamó Santiago Sebastián, mientras su madre le recriminaba su mal comportamiento.
El padre subió hasta el segundo piso del apartamento, caminando con dificultad, sosteniendo el pañuelo con la mano derecha, dejando un rastro de sangre por donde pasaba, y convencido de que su hijo se merecía eso y mucho más, trajo en su mano izquierda, una hermosa biblia de terciopelo, pequeña y nueva. A pesar de la situación, una leve pero genuina sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro, y se la entregó a su hijo.
-Esta es tu felicidad- aseveró el hombre con absoluta tranquilidad, la tranquilidad de quien acaba de cumplir sagradamente su deber.
-¡Maldito hijo de puta, avariento malparido, tacaño malnacido, engendro inmundo!- respondió el muchacho.
-¿Cómo se atreve a salirme con esto?- agregó con profunda ira.
El joven puso la biblia en la mesa y subió iracundo al segundo piso. La perra y la gata permanecían agónicas, el padre seguía perdiendo sangre y la madre gritaba como loca mientras lloraba desconsoladamente. Se sentía partícipe de una realidad que no le pertenecía, no comprendía qué estaba sucediendo. Mientras ascendía por los escalones, Santiago Sebastián, musitaba repetidamente en una lengua extraña, probablemente desconocida, “Yo no quiero ese regalo, yo no quiero ese regalo”. Un horrible chasquido gutural escapaba de su interior e infundía pavor.
Al instante bajó con el arma de la casa, sin saberla disparar pero teniendo nociones de cómo hacerlo, la accionó cuatro veces contra el padre y cuatro veces contra la madre. Los dejó tirados en el piso y salió, pero antes de cerrar la puerta, se devolvió y tomó la biblia que le habían regalado y la estrelló contra la pared. Salió como si nada, pensando que bien merecido lo tenían, y que eso era para que aprendieran a no burlarse nunca más de él.
No alcanzó a darse cuenta que tras el golpe, la supuesta biblia se había abierto, dejando al descubierto que no se trataba en realidad de una biblia sino de una cajita decorada cuidadosamente en forma de biblia, y no se percató que de su interior había brotado, como por arte de magia, el hermoso par de llaves doradas y relucientes, de un fantástico “Aurus Taurus” nuevo y original, último modelo, color negro, apodado “la bestia”, que le habían traído con la intención de que ese denodado esfuerzo contribuyera a hacerle realidad el sueño a su hijo, y que sirviera para que aquel muchacho ejemplar conociera de una vez por todas, el verdadero significado de la palabra felicidad, tan esquivo para tantas personas en el mundo entero.
FIN
sábado, 8 de octubre de 2022
Y LA LUZ SE HIZO
Y LA LUZ SE HIZO
Al terminar la misa de seis, el sacerdote pidió a los feligreses que fueran todos hasta la calle del experimento. Estaba situada a cuatro cuadras de la catedral, en todo el centro del pueblo que para ese entonces era la gran ciudad de hoy. Cerca de 300 personas caminaban con velas, veladoras, antorchas de brea y lámparas de querosene; acompañando al párroco, quien iba en su calidad de primera autoridad eclesiástica, pero sobre todo para bendecir la obra.
El sermón había versado sobre cómo los avances de la ciencia y la tecnología eran obsequios que Dios ponía en manos del ser humano para alcanzar el progreso y el desarrollo, eso para acallar tantos rumores que se tejían entre la población ignorante en estos asuntos, que veía el tema como algo inapropiado para la moral pública y un auténtico desafío a la ley divina. No faltaban eso si los escépticos, portadores siempre de toda clase de improperios y desavenencias, amos absolutos de la verdad, para quienes en definitiva el día y la noche debían estar claramente diferenciados, el día estaría siempre rodeado de luz y la noche de tinieblas. Cualquier esfuerzo en contrario debía ser producto de la magia o la brujería.
Al llegar la comitiva, el escenario que parecía listo ahora quedaba completo. La platea principal con el gobernador y esposa, el alcalde y esposa, los secretarios de despacho tanto departamentales como municipales, el comandante de policía, el comandante del ejército, los representantes de las corporaciones públicas, los eminentes hombres de negocios, y por supuesto el cura, representante de Dios en la tierra, encargado de dar la bendición.
Atrás, el cortejo parroquial y un grupo de curiosos esperaban con ansiedad el acontecimiento. El sereno comenzaba a bajar, y dejaba al descubierto que el tiempo iba transcurriendo, y el evento no iniciaba. Algunos comentarios emanaban de la multitud y se precipitaban en la insalvable y estéril discusión del origen benigno o maligno de semejante suceso. Los rumores crecían y se desvanecían como las olas del mar, que al acercarse a la playa producen un demoledor estruendo y luego al alejarse tenuemente dejan una estela de profundo silencio.
Y ahí, en uno de esos intervalos, apareció a lo lejos el encanto de las notas musicales, era la banda marcial que hacía su entrada triunfal en la callejuela adornada de postes y cables, para beneplácito de la concurrencia que empezaba a interrogarse sobre la causa de la inesperada demora.
Las damas de la alta alcurnia, atosigadas con enormes vestidos, agitaban los abanicos europeos recién desempacados por los insipientes mercaderes, mientras que sus maridos, sofocados entre camisas de cuellos almidonados, no atinaban a sentirse más cómodos, y unas y otros, olvidando que hacía apenas unos minutos adolecían de un frío que en realidad era casi imperceptible, se exasperaban en la vana idea de que esto, fuera lo que fuera, terminara de una vez por todas, porque el siguiente día era lunes, y desde ese entonces ya se reconocía que el lunes era el día más ocupado de la semana.
Los niños, autores siempre de alegrías, pero también de travesuras, corrían por los rincones de la callejuela y sus alrededores, anunciando la pérdida de control por parte de los padres sobre los pequeños, basada ante todo en la demora. Y como fuera necesario llegar a la reprensión física para acallarlos, todo desembocó en un caos en el que algunas de las más prestantes familias amenazaron inclusive con marcharse si el evento no daba pronto inicio.
Finalmente, cuando todo parecía que se diluía en el intento, apareció el director de la compañía eléctrica, acompañado de un hombre delgado y bajito al que nadie conocía, el cual era nada más y nada menos que el encargado de subir las cuchillas que habrían de transmitir la electricidad suficiente para encender los 30 focos instalados en aquella calle exigua para iluminarla.
Un silencio sepulcral dominaba la escena. Un aire tenso se percibía en el ambiente. Todos con la mirada fija en los focos, la respiración corta y el pulso acelerado, los rostros palidecidos y los labios resecos, los niños sujetados a las manos de sus padres, un mar misterioso que rodeaba sin consideración a los testigos de semejante prodigio.
El hombre delgado y bajito levantó la cuchilla con un palo, y ajeno a la posibilidad de que se hubiera podido electrocutar dio inicio a la hazaña. La calle oscura apareció de pronto llena de luz, como si hubiese ya amanecido, los rostros perplejos de los testigos no acababan de sorprenderse y tras un segundo de silencio que pareció un siglo, miles de cohetes estallaron en el firmamento, la banda marcial tocó nuevamente y las campanas de la iglesia repicaron sin cesar. A lo lejos, los cargadores que apenas regresaban a casa atravesando montes con sus mulas cansadas, veían como una lucecita que de manera inexplicable se había encendido, resplandecía en las tinieblas de aquella noche del domingo 30 de agosto de 1891, anunciando la llegada inminente del progreso para esta ciudad naciente que lucía distante de algo que en otras latitudes era casi una rutina.
FIN
sábado, 1 de octubre de 2022
Y BROTÓ AGUA DE REPENTE
Y BROTÓ AGUA DE REPENTE
Juan se encontraba francamente abatido. Sentado sobre la roca más grande, suscitaba toda clase de ideas en procura de hallar un atenuante que le permitiera entender mejor la locura de haber comprado esas tierras baldías, en las que había invertido los ahorros de toda su vida.
Pensaba que todo su futuro había quedado sepultado. Se preguntaba insistentemente cuáles fueron los parámetros que le llevaron a considerar que ese terreno estéril sería la gran oportunidad de su vida, pero por más que intentaba no hallaba una respuesta convincente.
Todo comenzó un par de años atrás. Cuando un amigo de un amigo suyo, pensó que debía vender el terreno que un día fue su herencia y partir con su familia hacia otro lugar del país, en búsqueda de más oportunidades; entonces, comenzó la tarea haciendo el ofrecimiento entre los conocidos. Les propuso a sus amigos y estos a los suyos, la compra de la tierra o en su reducto, una buena comisión a quien le ayudara a encontrar el comprador.
De tal manera, que pronto todos los habitantes de la ciudad que estaba naciendo, se vieron entreverados en el propósito de vender o comprar el terreno. Todos menos Juan García, aquel famoso personaje conocido entre los vecinos por ser un hombre trabajador y ahorrador, soltero y austero, cuya única preocupación era atender todos los días su pequeño almacén de imágenes religiosas, a fin de amasar la gran fortuna que siempre soñó.
Cuando su amigo le hizo la propuesta, Juan sintió que una puerta de posibilidades se abría de par en par ante sus ojos. Sólo necesitó un día para dar el sí. Hizo un balance financiero y encontró que tenía la disponibilidad para hacer la compra, entonces no lo pensó dos veces, Agilizó el procedimiento jurídico para dar pronto inicio a su sueño, y se halló dueño y señor del terreno, un paraje cercano situado al suroeste de la pequeña ciudad.
Su proyecto ideal era el de sembrar quinua, producto de moda en aquella época por ser una auténtica panacea. Se le hallaba uso en casi todos los aspectos de la vida diaria pero tenía especial relevancia en la medicina debido a sus solicitados y comprobados atributos tónicos y antisépticos. “Se vende como pan caliente”, titulaban los periódicos, al publicar reportajes con especialistas. “Sirve para casi todo”, comentaban los más avezados.
Una vez se hizo dueño de la tierra, se dio a la tarea de la siembra. No tenía idea de cuán costoso era el proceso, pero tenía que hacerlo, todo encontraba justificación en la posibilidad de convertirse en ese gran empresario agroindustrial, amado y respetado por la misma sociedad que según él, lo había rechazado. Por eso, decidió también vender el almacén de imágenes religiosas que tanta fama le dio para poner esos recursos al servicio de la causa; de esta manera, pronto se dio cuenta que toda su estabilidad dependía ahora única y exclusivamente de su loco ensueño.
La cosecha no pudo ser peor. Una inusitada ola de verano echó a perder todo el esfuerzo. Más como Juan fuera siempre de esas personas que nunca abandonan sus objetivos hasta alcanzarlos, decidió repetir la siembra, ahora sin almacén qué vender, y con los recursos reducidos a la mínima expresión, debía acceder a un crédito con alguna entidad financiera o algún particular sin ningún tipo de escrúpulos.
Pero nuevamente la historia se repitió. Sólo que esta vez fue una inusual temporada invernal que trajo consigo lluvias y tormentas que también echaron a perder la cosecha. “toda el agua que se recogió el año pasado se regó este año”, fue lo que se le ocurrió decirle a los trabajadores encargados del cultivo cuando llegaron a cobrarle los jornales, para explicarles que había quedado en la quiebra total y no tenía un peso cómo pagarles.
De ahí en adelante fue sólo pesares. Día tras día llegaban los trabajadores y los acreedores, y se apostaban frente al terreno maldito con el fin de presionar el pago de sus dineros. Pero como él mismo les decía “no tenía ni con qué comer, mucho menos para pagar deudas”. Los días se hicieron insoportables, e inmerso en la más completa abstracción, pensó incluso en suicidarse, porque por más que pensaba no hallaba solución viable.
Estaba sentado sobre la roca más grande mirando esas tierras baldías, causa de su desgracia, cuando comenzó a ser víctima de un ataque a piedra por parte de quienes esperaban el pago. Intentó resguardarse pero no fue posible debido a que una de las piedras se estrelló contra la roca gigante y de manera prodigiosa comenzó a brotar agua, el preciado líquido emanaba sin control alguno y con tanta fuerza, que pensó que era producto del delirio.
Golpeó otras rocas y la respuesta fue la misma. El compuesto vital escapaba por todas partes. El “infame” terreno estaba plagado del agua más pura y fresca que alguien pudiera imaginar, el propietario construyó pilares para almacenar el líquido y los encerró con cercas. En adelante, proveyó de agua al vecindario llegando inclusive a fungir como el único acueducto en aquellos tiempos inolvidables. Se llenó de dinero, como jamás pudo imaginar.
FIN
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