jueves, 15 de septiembre de 2022
UNA MUJER LLAMADA ISABEL
UNA MUJER LLAMADA ISABEL
Cerca de las doce de la noche, tuvo que despertarse porque sintió que la niña estaba otra vez ardiendo en fiebre, se levantó y tomó el frasco del medicamento para ver si quedaba algo, pero notó que estaba completamente vacío. De manera providencial recordó que el agua hervida pero fría aplicada con paños blancos en el cuerpo, tenía la propiedad de bajar la temperatura. Entonces, fue a la cocina y puso a hervir agua en una olleta, hizo un recorrido visual, como buscando algo que jamás había existido, hasta que por fin su mirada encontró un punto fijo en la llama, allí se quedó esperando que las burbujas, desesperadas por escapar, anunciaran de manera natural que el agua estaba lista.
Se llamaba Isabel. Vivía con sus cuatro niños de ocho, siete, seis y cinco años y su pequeña isabelita de uno, en una casita vieja y fea, en las afueras de la ciudad, una sola alcoba y un solo baño, un espacio diminuto que servía de sala, comedor, cocina y patio, eran algunas de las “comodidades” que su familia podía disfrutar en el lugar de habitación, todo impregnado de un ambiente muy humilde, presentaba al visitante un aire francamente lúgubre y miserable; que, al fin y al cabo, era común, si este provenía del mismo sector.
Salía muy temprano en la mañana, antes de la cinco, a vender tinto en las calles frías de una ciudad lánguida que apenas despertaba. Su labor era una actividad que desarrollaba con el mismo ánimo todos los días del año, motivada en el noble propósito de llevar el sustento diario para su casa.
Todos los días eran iguales. Ese anhelo de lucha desigual por sobrevivir, en medio de un capitalismo salvaje que devoraba a los más débiles, era la única motivación que la acompañaba de forma permanente, era casi su himno oficial. Sin embargo, no había otra manera de brindarse a sí misma y a su larga descendencia el sustento diario; por tanto, cualquier posibilidad de cambio quedaba supeditada a la voluntad de un presente inclemente.
Los cuatro niños primeros habían llegado al mundo de modo similar. Casi un monólogo, en cuatro tiempos diferentes y en cuatro espacios distintos, pero el mismo repertorio, con ella como protagonista principal y un actor de reparto para cada niño. El mismo cuento de siempre, te amaré hasta la muerte, te llevaré hasta el paraíso, te pondré en un trono, te haré la mujer más feliz del mundo; en fin, lo mismo de siempre, como la canción de Frankie Ruiz “la misma historia triste y sin final, el mismo cuento de nunca acabar”, y al final, ella sola con su primer bebé, con su segundo bebé, con su tercer bebé, con su cuarto bebé. Hasta que un día dijo “no más, no volveré a caer”.
Y así fue. No más… hasta que conoció al padre del quinto. Este sí diferente. Otro libreto, otro actor, otro lugar, otro tiempo, otro ingrediente:
El amor. El quinto hijo era el único del cual estaba totalmente convencida que había sido producto de un amor verdadero.
Atractivo, romántico, detallista, tierno, trabajador, generoso. El hombre que cualquier mujer quisiera tener consigo, estaba con ella, pero no por mucho tiempo. Una mañana, murió en medio de un tiroteo con la policía, un hecho que jamás pudo esclarecerse porque como suele pasar en estos casos nadie vio ni oyó nada. Como siempre, ella fue la gran perdedora. De esa unión nació una hermosa niña a la que llamó Isabel.
Mientras el calor del fogón elevaba la temperatura del agua, Isabel seguía mirando a su alrededor, hizo un recuento numérico de su material de trabajo, una estufa pequeña a gas natural, diez termos, dos libras de café, dos de azúcar, seis paquetes de vasitos desechables, cuatro de revolvedores, dos cajitas de aromáticas de canela y un carrito bien aseado, conformaban el patrimonio de su negocio. Pensando en lo que haría falta, descubrió un pocillo que el papá de isabelita le había regalado lleno de arequipe el día en que cumplieron un mes de noviazgo, y llegaron a su mente bellas escenas que sucedieron y otras que pudieron haber sucedido, si él estuviera vivo. En eso estaba cuando un golpe seco que provenía de la habitación retumbó en sus oídos y penetró hasta lo más profundo de su alma.
- ¡Ay, Dios mío, se cayó la niña de la cama! -exclamó Isabel.
Corrió desesperadamente hasta llegar a la pieza, su instinto de madre no había fallado.
La niña estaba en el suelo. Por reflejo natural se lanzó sobre ella y la recogió de forma instantánea, pero al hacerlo notó algo extraño, su cuerpo se sacudía de manera violenta y sin control alguno, estaba convulsionando.
- ¡La niña, la niña! - exclamó despavorida.
Como pudo, se vistió con un bluyín desteñido y una camiseta blanca, le puso un trapo a la niña sobre la cabeza, aún agitada en medio de temblores y sobresaltos, y salió corriendo a la calle mientras tomaba un billete de cinco mil pesos que encontró a la mano.
Al salir, tuvo la delicadeza de observar sus cuatro niños, los creyó dormidos, pero se consoló al descubrirlos atentos a la situación, hizo un rápido recorrido visual y descargó su mirada tierna sobre ellos.
- ¡Ya regreso, sigan durmiendo! - les alcanzó a decir.
De pronto se halló en medio de la noche fría y desolada, la niña ya había superado la crisis, pero aparecía pálida y desencajada. Isabel esperaba con ansiedad que un taxi asomara a la distancia. Una llovizna triste comenzaba a salpicarlas.
Después de diez minutos un taxi medio destartalado se detuvo a la señal de la mujer, recogió las pasajeras y se dirigió al hospital central, que era no solamente el más cercano sino también el único. Isabel volteó su cabeza como buscando la casa donde habían quedado sus otros hijos, pero el auto cruzó la esquina y la esperanza de verla se perdió en el intento, entonces su mente se concentró en el deseo de que ojalá se hubieran dormido.
El recorrido parecía interminable y una espesa niebla comenzaba a posarse en el centro de la ciudad, Isabel observaba la niña, analizaba su semblante, su respiración, consideraba que de todas maneras estaba mejorando pero que necesitaba conocer el origen de semejante respuesta. Pero no dejaba de preocuparse por sus niños, de cuánto podrían necesitarla eventualmente, pero se tranquilizaba con la probabilidad de que de todas formas estarían bien, y que pronto estaría con ellos nuevamente, entonces siguió pensándolos hasta que una fila de ambulancias al frente suyo le hizo entender que ya habían llegado. El panorama propio de un hospital público en cualquier lugar de Latinoamérica surgía ante sus ojos cansados.
- ¡Llegamos! - le dijo el taxista.
- ¿Cuánto le debo? - preguntó Isabel.
- Tres mil- contestó el hombre.
Isabel le entregó un billete bien doblado de cinco mil pesos y él le devolvió al mismo tiempo uno de dos mil, como si supiera con qué le iban a pagar.
- Gracias- le dijo ella.
Se dirigió al hospital por la puerta de urgencias, con la ilusión de que un buen médico revisara a su pequeña, y le diera un eficaz medicamento que la recuperara pronto, y que las convulsiones sólo hubieran sido una reacción normal de defensa ante uno que otro virus oportunista, al que, al fin y al cabo, los niños se ven obligados a enfrentar y derrotar todos los días, y que por tanto ella pudiera irse pronto a ver a sus hijos.
El hospital estaba completamente atiborrado. Decenas de personas esperaban pacientemente para ser atendidas pero una aglomeración mucho mayor de gente se disponía en la sala debido a la presencia de familiares o acompañantes. Niños, adultos y ancianos pintaban un paisaje desolador donde quedaba plenamente demostrado que la enfermedad no respetaba edad, raza, o sexo. Cada enfermo era un universo, con unas condiciones y unas expectativas propias, pero en algún punto convergían: en el estrato. Todos pertenecían a una clase social donde las oportunidades eran escasas, y, por ende, todos sus esfuerzos se encaminaban a una sola posibilidad: la de sobrevivir.
Isabel comenzó a hacer una fila que parecía interminable y cuyo objetivo no era el de la atención medica sino el de la entrega de los documentos que acreditaran tal derecho. Su cédula de identidad y su carnet de salud reposaban en el bolsillo trasero de su bluyín desteñido, una ola de tranquilidad alternó de inmediato con una de preocupación al sentir que se hallaba más distante de la ventanilla.
Observó la niña y la percibió muy enferma, pensó que no podía estar equivocada ya que nadie más que ella podía conocerla mejor, entonces dispuso su corazón con suficiente fortaleza para aguardar con paciencia el avance de la gente que estaba delante de ella; previendo que quizás la diligencia iba a tardar mucho más de lo que inicialmente había pensado, un gesto de angustia se dibujó intempestivamente en su rostro.
El sonido de una ambulancia la arrancó de su abstracción. La puerta de acceso del área de urgencias se abrió de par en par. Dos enfermeros jóvenes ingresaron en una camilla a un hombre completamente bañado en sangre, los huesos desubicados e irregulares de una pierna y un brazo, avisaban además fracturas múltiples, el líquido vital que se tornaba escarlata parecía brotar de cada poro.
En medio de la escena dantesca, en la que todos opinan y parecen tener la razón, Isabel pudo enterarse que el hombre era un motociclista que acababa de ser atropellado por un automóvil, alguien que tal vez había sido testigo del accidente, precisó que al salir despedido se estrelló contra el vidrio frontal del auto y tenía esquirlas incrustadas a lo largo de su cuerpo. Esa imagen acabó de estremecer a Isabel, pero un sentimiento extraño logró reconfortarla porque consideró que, de todas maneras, otras personas estaban en peor condición que su pequeña.
Mientras la fila avanzaba, Isabel pudo observar a tantos pacientes con cuadros tan complejos que sintió desvanecerse, alcanzó a considerar que un castigo generalizado se había apoderado del mundo y suplicó a Dios misericordia. La niña estaba dormida y tranquila pero aún tenía fiebre, y aunque se le veía enferma, parecía que gozaba de perfecta salud si se miraba a su alrededor.
El panorama era desolador, una señora con un ataque cardiaco, un muchacho con una pierna partida, una mujer joven lista para dar a luz, un anciano demolido por un cáncer terminal, un niño con paro cardio-respiratorio tras un ataque de risa, un estudiante con las manos quemadas tras un experimento de química, eran algunos de los cuadros que enmarcaban el apesadumbrado paisaje.
La sala de urgencias era una especie de casa de beneficencia donde se imploraba limosna, un lugar en donde la salud no era algo a lo que se tenía derecho sino un artículo suntuoso no disponible para todos; por eso, asistir a ella se convertía en una auténtica demostración de supervivencia.
Entre tanto motivo de admiración lo que más llamaba la atención era la gran cantidad de niños y bebés enfermos que llegaban a la sala. Alergias, diarreas, fiebres y toses eran los síntomas que más aquejaban a los pequeños pacientes, parecía que enormes ejércitos de microorganismos hubieran lanzado una ofensiva sin precedentes contra los futuros constructores del mundo, ataque que, al fin y al cabo, no era más que el intento desesperado de virus y bacterias por sobrevivir al increíble avance de la medicina y la ciencia.
Ya cerca de la ventanilla, a sólo tres o cuatro personas, Isabel fue nuevamente sorprendida por el infernal grito de la tétrica sirena que anunciaba el arribo de otra ambulancia, traedora casi siempre de noticias malas e instigadora por naturaleza de sentimientos oscuros. Quiso comprobar de qué se trataba, pero no pudo porque la niña comenzó otra vez a convulsionar, ahora de forma más brusca e incontrolable. Isabel empezó a gritar que la niña necesitaba con urgencia un médico, la gente a su alrededor estaba impávida, todos la observaban con atención, pero nadie se atrevía a hacer algo, alguien con voz providencial pidió que la atendieran de inmediato y la auxiliar como recibiendo una orden de ineludible cumplimiento abrió la puerta que conducía hasta la sala de urgencias donde estaban los médicos de turno.
¡Los papeles! - requirió la auxiliar.
De modo mecánico, Isabel sacó los papeles de su bolsillo trasero y se los entregó a la auxiliar. Estaba temblando de pánico.
¡Siga hasta el fondo! - le indicó.
Allí la recibió una enfermera desaliñada, que la dirigió hacia un consultorio sombrío, la niña seguía convulsionando, Isabel gritaba pidiendo ayuda, un médico de aspecto tosco, gordo y de gafas, y que a pesar de su relativa juventud comenzaba a perder el cabello, fue el encargado de atenderla. Le pidió que acostara la niña en la camilla, mientras le recomendaba que se tranquilizara porque con esa actitud no iba a conseguir nada. Isabelita se seguía sacudiendo, Isabel no dejaba de llorar. La enfermera la hizo salir del consultorio y le brindó agua.
Instantes después, el médico asomó por la puerta y mandó a seguir la atribulada madre, se quedó mirándola fijamente.
- ¿Por qué hasta ahora la trae? - preguntó.
Isabel no supo qué contestarle. Quiso decirle que estaba en el hospital hacía rato, pero pensó que una respuesta así la indispondría con él.
- ¡Esta niña está grave! - aseveró.
Un gesto de preocupación escapaba del rostro del galeno, mientras enjugaba con su pañuelo el sudor de su frente.
- ¡Tráigale esto de inmediato! - ordenó, entregándole una receta médica.
- ¿De dónde la traigo? - inquirió Isabel, limpiándose las lágrimas.
- ¡De donde la encuentre! - le respondió en tono agrio.
Luego la miro con un aire lastimero, y como queriendo reparar la insolencia anterior, sintió la necesidad de agregar algo más...
-Este medicamento no lo cubre el seguro social. Además, son dos inyecciones, de nada vale que traiga sólo una- añadió.
Al abrir la puerta para salir, Isabel se detuvo ante un nuevo llamado del médico, esta vez con inusitado interés, él le pidió que por favor no demorara, que cualquier motivo de retraso podría ser fatal para la niña, se acomodó las gafas y cerró la puerta de su consultorio.
Un profundo sentimiento de soledad invadió a Isabel al salir del hospital, se sintió desolada, desubicada, disminuida e insignificante, y una extraña mezcla de ira, miedo, tristeza y ansiedad estremeció su alma, y la abandonó a su propia suerte. Ahí comenzó su martirio.
Contiguo al hospital funcionaba la farmacia del mismo, Isabel se acercó a preguntar el costo de la medicina. Un hombre bastante joven, probablemente estudiante farmacéutico tomó la receta entre sus manos y se dirigió hasta el computador para comprobar la existencia y el precio.
- ¡Vale veintidós mil pesos! - aseguró.
Isabel se quedó pensativa.
- ¿Usted está afiliada al sistema de salud? - preguntó.
Isabel gesticuló su cabeza en señal de afirmación.
- ¡Tiene un diez por ciento de descuento! - sentenció con cierta displicencia.
-Le queda en diez y nueve mil ochocientos pesos- agregó.
Sin mediar palabra, Isabel salió llorando de la farmacia. Miró cuánto tenía en su bolsillo y comprobó que no había mayor cosa. Un billete bien doblado de dos mil pesos era lo único que se deslizaba entre sus dedos. La incertidumbre pareció quedarse de manera definitiva en su rostro, y una pregunta comenzó a surgir con denodada insistencia en su mente. ¿Qué hacía ahora? Se repetía una y otra vez sin hallar una respuesta lógica.
Entonces recordó que en la casa tenía otros cinco o seis mil pesos, sabía que de todas formas no le iba a alcanzar, pero suponía que en el barrio alguien podría prestarle lo que le hacía falta; sin embargo, pronto recapacitaba dilucidando que sus vecinos eran tan o más pobres que ella.
Después de analizar detenidamente sus opciones y percibiendo que en su delirante deambular se había acercado a la zona del comercio, llegó a la conclusión de que probablemente tendría que hacer algo que jamás hubiera imaginado antes: ¡pedir limosna!
No necesitó mucha preparación. Su necesidad era tan evidente, que de manera natural comenzó la penosa labor de pedir dinero a los escasos transeúntes que a esa hora recorrían las frías calles del centro de la ciudad, unos porque terminaban su jornada y otros porque apenas la estaban iniciando.
Con los primeros, hizo una detallada exposición de sus antecedentes, pero no halló buen resultado porque se encontró con un grupo de personas que, cargadas de ansiedad, sentían la imperiosa necesidad de llegar rápido a alguna parte. Lo que Isabel no comprendía era si la urgencia era real o tan sólo un pretexto para huir de quien ellos creían que les iba a despojar de su dinero. Entonces recordó situaciones similares, pero con ella en la posición de ellos, y justificó su actitud porque consideró que a nadie le gustaba que le estuvieran pidiendo plata, entonces decidió cambiar de estrategia.
Con los segundos se hizo más directa y consiguió mayor cobertura. Y así logró después de dos horas de sacrificio reunir casi seis mil pesos. En medio del desespero porque sentía que iba a llegar tarde al hospital con el remedio y con signos de cansancio que ya empezaban a hacer mella en su organismo, se dirigió hacia una pequeña droguería ubicada al final de una calle sin salida.
Estaba cerrada. Isabel recorrió el lugar con su mirada y descubrió un letrero junto a una ventanita que decía: TIMBRE AQUÍ. Apenas unos centímetros más abajo, un timbre antiguo y sucio adornaba la fachada. Isabel timbró.
Un hombre viejo y desarreglado abrió a ventana.
- Por favor, ¿qué vale este medicamento?
El viejo tomó la receta, fue hacia una vitrina sin puertas y regresó con una cajita de dos inyecciones.
- ¡Veinticuatro mil pesos!
-Señor, por favor, colabóreme de alguna manera, tengo a mi niña de un añito hospitalizada y el médico me dice que está grave y necesito llevarle con urgencia esta droga porque está en juego la vida de mi nenita, me ha tocado pedir limosna toda la noche y he reunido seis mil pesos.
El viejo cogió la caja con rapidez, y con una frialdad que producía terror exclamó cínicamente:
- ¡Cómo se le ocurre!
Isabel estalló en llanto. El hombre quiso cerrar la ventana, pero se quedó pensando en algo y finalmente no lo hizo.
-No sé, no sé - aseveró el hombre. ¡Tal vez, tal vez!
- ¿Quizás qué? - inquirió Isabel con vehemencia.
-Usted tiene un par de tetas muy lindas y de pronto si se las pudiera besar podría darle media caja por los seis mil pesos.
- ¡Imbécil! - gritó Isabel mientras se alejaba de la ventana. ¡Estúpido! ¡Cretino! ¡Desgraciado! Quiso gritarle mil cosas más pero no pudo porque el llanto le ahogó las palabras, entonces se sentó en el andén a maldecir su desgracia y a suplicar misericordia.
Una hora después comprendió cuán difícil era pedir limosna. Las palabras de ese hombre sin escrúpulos taladraban su mente, y dos sentimientos completamente opuestos luchaban sin descanso en su interior, como imanes del mismo polo tratando de imponerse uno sobre el otro.
Una parte de su yo le ordenaba que, ya que su hija estaba grave, ella debía hacer todo lo que estuviera a su alcance para salvarla, así fuera a costas de su propia dignidad; entre tanto, la otra le mandaba que, ya que los principios eran sagrados, y estaban por encima de todo, no se podían negociar nunca.
En medio de esa lucha dialéctica se encontró ante una noche fría que corría de manera desesperada al encuentro de una mañana nueva, el tiempo no le permitía entrar en debates internos sino actuar de inmediato, buscar una solución pragmática. En lo más profundo de su alma, una voz poderosa anunciaba a gritos que la vida de su pequeña isabelita se estaba apagando, su llama se estaba extinguiendo de forma inevitable.
No tuvo otra alternativa. Sus preceptos sucumbieron ante el descomunal derrumbe de su existencia. Corrió despavorida a la farmacia del viejo inescrupuloso, para acceder a sus pretensiones, con el convencimiento de que tal sacrificio significaría la recuperación de su amada hija.
Tocó nuevamente la ventana por donde se hacían las ventas cuando era de noche, se preparó mentalmente para pasar el trago amargo del ultraje, pero pensó en un recurso de último momento. Imaginó que, al infringirle una mirada impregnada de intenso fastidio, sería suficiente para que el atrevido desistiera de sus oscuros propósitos. De esa manera suponía, que el viejo entendería que su actitud ruin y despreciable no tenía justificación alguna.
Esta vez abrió una mujer gorda y arrugada, sus ojos hinchados sugerían el despertar abrupto de un sueño profundo para venir a atender a alguien que quiere comprar un medicamento. Su falta de disposición quedó plasmada en la frase que pronunció al abrir la ventana.
- ¿Qué quiere? - preguntó en tono agrio.
Isabel quedó atónita. Un sinnúmero de palabras y de situaciones comenzaron a dar vueltas en su cabeza. Un instinto que las mujeres desarrollan desde su niñez, le llevó a dilucidar que la mejor respuesta sería la misma pregunta inicial de su visita anterior.
- ¡Disculpe! ¿Cuánto vale este medicamento?
La mujer fue hasta la vitrina, dejando en cada huella un enorme rastro de pereza e insatisfacción, pero con la delicadeza de volver enseguida.
Isabel la vio venir con la misma cajita del haragán, y a pesar de que de antemano sabía el precio, guardaba la esperanza que la vieja dijera otra cosa, o que se equivocara, o que le hiciera un buen descuento, o aún que, dando el mismo valor al ella explicarle su situación, esta se condoliera de ella y le colaborara de alguna manera. Por un instante pensó que podría volverse su amiga y contarle la desfachatez de su compañero de trabajo.
- ¡Veinticinco mil pesos! - respondió en tono seco.
Isabel quedó desconcertada.
- ¿Cuánto es lo mínimo, señora?
Pero antes que la vieja fuera a contestar, Isabel agregó:
- ¡Mi hija está grave en el hospital! - Haga una obra de misericordia.
- ¡Ah! - exclamó la mujer. Todas vienen con el mismo cuento. Además, esto no es una feria ni una casa de beneficencia.
Mil cosas pasaron por la mente de Isabel. Desde decirle de todo hasta robarle la caja de las inyecciones. Pero pronto recapacitó, sacó el dinero de su bolsillo y como mostrando alguna disposición para la compra, finalmente inquirió:
- ¿El señor que estaba antes?
-ya terminó el turno. Vuelve a las cuatro de la tarde.
Isabel sintió desfallecer. Y aunque su alma se inundó temporalmente de angustia, en su interior, un halo de triunfo afloró porque no había tenido que caer tan bajo, pero el sollozo no la abandonó porque presentía que el tiempo de Isabelita estaba llegando a su fin.
Cerró sus ojos durante un instante, y un destello divino iluminó su rostro.
Un haz repentino le trajo el recuerdo de alguien:
- ¡Don Alberto!
Era un hombre de más o menos cincuenta años de edad. Su mejor cliente.
El que no sólo le compraba tinto todos los días, sino que también la había sacado de otras encrucijadas. Un ser desinteresado cuyo único propósito era servir a los demás.
Sólo había un problema: don Alberto llegaba a las cinco de la mañana.
A esa hora era que abría su negocio, un pequeño almacén de víveres en la zona comercial. Isabel pidió la hora a un taxista:
- ¡Cuatro y cuarenta! - le respondió el hombre, mirando con dificultad el reloj del taxi.
Isabel se sentó en la acera a esperar que el señor llegara, supuso que de todas maneras era mejor permanecer ahí que deambular sin claridad por el centro de la ciudad. Cerró durante unos instantes sus ojos cansados, pero pronto tuvo que abrirlos porque escuchó una voz que le resultó familiar: era don Alberto que la estaba saludando.
Isabel se levantó de la acera y se arrojó a los brazos del señor, llorando de manera inconsolable le contó la fuente de sus desgracias, como una hija que acaba de encontrar a su padre tras una larga ausencia, buscó el refugio para sus angustias y encontró alivio en los oídos que le prestaban atención.
Don Alberto entendió la situación. No sólo le prestó el dinero que ella le había solicitado -veinte mil pesos-, sino que le dio cuarenta mil, no sólo se ofreció a acompañarla -según su deseo¬-, sino a llevarla él mismo en su auto. Un manantial esporádico de esperanza brotó desde el fondo del alma de Isabel, una frágil sonrisa se escapó de sus labios y un tenue resplandor encendió su mirada. Sintió una ligera sensación de optimismo y una brisa de tranquilidad circundó su rostro bañado en lágrimas. A las cinco de la mañana regresó con la droga al sitio donde había dejado a su pequeña niña.
Cuando Isabel llegó al hospital, corrió hasta donde se encontraba Isabelita, pero no estaba allí. Lentamente su alegría espontanea se fue transformando en una honda preocupación. Nadie le daba razón de la niña. Con mucha desesperación preguntó por el médico que la había atendido y lo halló en un consultorio administrativo, estaba exhausto y demacrado, como si no hubiera sobrevivido a una jornada francamente extenuante.
Don Alberto se anticipó a cualquier pregunta de Isabel.
-Doctor, la señora es la mamá de la niña a la que usted le mandó traer este medicamento- Insinuó don Alberto.
- ¿Usted es el papá? - inquirió el médico.
-No señor. Un amigo de la familia- aseveró don Alberto.
-Por favor, déjeme a solas con la señora- acotó el médico.
El médico cerró la puerta del consultorio y se acomodó las gafas.
-Señora, la niña murió hace casi una hora.
Isabel gritó desesperadamente.
- ¿Por qué se demoró tanto? - preguntó el médico.
Isabel quiso contestarle, pero no pudo, el llanto terminó por ahogarla y sintió que perdía la razón. Don Alberto, al escuchar los gritos entró a consultorio, y recogió a la mujer que ya se estaba desgonzando, y la recostó en una silla de la oficina. El mismo médico ordenó darle un agua aromática con prontitud.
Con la incertidumbre de no saber qué hacer en ese momento, y la tristeza por la pérdida de su pequeña, Isabel se sintió desfallecer, un gesto de amargura se dibujó en su semblante y un deseo irresistible de morirse se instaló en lo más profundo de su ser. Ni siquiera la presencia de don Alberto atinaba a consolarla. Tan sólo un comentario suyo la hizo escapar de su abstracción absoluta:
-Isabelita, recuerde que le quedan otros cuatro angelitos por quienes luchar.
Entonces apareció en su mente la imagen de sus otros cuatro hijos, sumergidos en la inocencia de sus sueños profundos, ajenos a semejante desgracia, convino que no tenían por qué terminar pagando las consecuencias.
Casi a las seis de la mañana, don Alberto salió con Isabel a hacer las diligencias del sepelio. Ella traía a su pequeña en un cofre que el hospital le había prestado, mientras don Alberto iba a buscar funeraria, le pidió a Isabel que llevara la niña hasta la casa para hacerle unas horas de velación según era la costumbre. La dejó en la esquina y él partió a lo suyo; entre tanto, Isabel con el cofrecito entre sus brazos recorrió la cuadra que la separaba de su casa, acompañada de una tenue llovizna que a esa hora caía y que comenzaba a mojar su ropa, mientras en sus pómulos se confundía con el llanto perpetuo que brotaba de sus ojos. Recorrió la misma callecita de ranchos humildes, que impregnaban de miseria a todo aquel que se atreviera a atravesarla, y por la que apenas unas horas antes había transitado con su pequeña por última vez.
Pero en esta ocasión percibió algo más. Un suave murmullo de voces adoloridas se entrelazaba en un coro de pesar, que se iba fortaleciendo a medida que ella se iba acercando a su hogar, mientras que un mar de miradas se clavaba en su figura, estremeciendo su alma. Todo encontró su explicación cuando llegó a su morada. Una escena dantesca ante sus ojos esculpió un gesto de espanto en su rostro.
La modesta casita se había incendiado. En el momento en que iniciaron las convulsiones de la niña, Isabel tuvo que salir corriendo despavorida hacia el hospital, y en su desmedido afán, olvidó apagar el fogón que hervía el agua para los paños que habrían de bajarle la fiebre a la pequeña.
El incendio fue total. Sus cuatro niños yacían en posición fetal, carbonizados, abrazados unos a otros, tirados sobre las cenizas de la que en algún momento fue su cama, como esperando a que por fin amaneciera, y acabara de una vez por todas esa noche infernal que parecía interminable.
FIN
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