miércoles, 18 de febrero de 2026

SINGULARIDAD MÁS ALLÁ DE LA PLURALIDAD

SINGULARIDAD MÁS ALLÁ DE LA PLURALIDAD El eminente científico ruso Iván Blasov había llegado a la ciudad, para iniciar labores como decano de la facultad de ciencias naturales de la Universidad del Gran Santander, UDGS, facultad que comprendía las escuelas de astronomía, biología, ecología, física, geología y química. El profesor había alcanzado su pregrado con la diplomatura de tres años en biología y la licenciatura de tres años en zoología, y su posgrado con el masterado de tres años en mamiferología y el doctorado de tres años en felinología, 12 años dedicados al estudio de la vida, de los animales, de los mamíferos y de los félidos, en particular. Si en algún momento de su vida académica llegó a interesarse por la fitología, ello quedó desvirtuado por la presencia de gatos en su casa, el particular comportamiento de estos seres maravillosos lo llevó a interesarse por estas criaturas que consideraba fuertemente relacionadas con la intelectualidad. Admiraba sus atributos físicos, emocionales, sensoriales y hasta espirituales como una valiosa inspiración de la naturaleza, aunque como buen científico dudaba seriamente de la existencia de un ser superior, con frecuencia aseveraba que si Dios existiera sería como un gato, y dejaba escapar una risa arrolladora, que le daba fuerza a su expresión, declaración que por obvias razones caía muy fuerte entre los sectores más conservadores. El doctor Iván Blasov era célebre por haber elaborado la actual y ya oficial organización taxonómica de la familia de los félidos, que comprendía desde los pequeños gatos (felinos) hasta los grandes gatos (panterinos), tarea nada fácil teniendo en cuenta las diversas interpretaciones que los entes científicos, individuales y colectivos, tenían sobre el tema; investigando rigurosamente pudo unificar los criterios de la UICN y de todos los estamentos científicos para lograr la división de la familia que era actualmente usada en todos los ámbitos del conocimiento. De acuerdo con él, la familia Felidae estaba compuesta por 2 subfamilias, 14 géneros, 42 especies y 70 subespecies, dejando establecido la organización taxonómica de la familia de la siguiente manera: Reino, Animalia; Filo, Chordata; clase, Mammalia; orden, Carnívora; suborden, Feliformia; familia, Felidae. El mayor logro de esta clasificación fue haber podido demostrar que el gato doméstico era una especie del genero Felis (Felis catus) y no una subespecie de la especie Felis silvestris (Felis silvestris catus), con lo cual su propuesta ganó muchos adeptos y una aceptación unánime. El lunes por la mañana, después de Semana Santa, vino a la oficina un joven estudiante del programa de ecología de apellido Brochero, requería con suma urgencia al profesor porque necesitaba comentarle algo que estaba sucediendo en su apartaestudio. La asistente no quería dejarlo pasar pues sabía que Blasov necesitaba elaborar un informe con rapidez, ya que debía entregarlo antes de mediodía, pero como el docente, sintiera la afugia de Brochero de hablar con él, él mismo decidió asomarse y hacerlo pasar. Brochero, era en realidad, un muchacho común y corriente, sin nada en particular, ni alto ni bajo, ni bonito ni feo, ni blanco ni negro, ni gordo ni flaco; en cambio, él sí se sorprendió al ver al científico, pues no lo conocía personalmente, pero le pareció mucho más grande y mucho más ruso de lo que realmente se veía en la foto. El decano lo hizo seguir, y al tomar asiento, pidió un café para el estudiante. En el apartaestudio de Brochero, el lunes pasado comenzó a aparecer una estructura muy extraña, algo así como un punto negro en el centro de la sala, al principio creyó que se trataba de una araña, justo al frente suyo, entre el sofá y el televisor, se acercó a observarlo, pero no lo tocó, y pasó el hecho inadvertido. Al día siguiente, al despertar, lo primero que hizo fue venir a observar el misterio, estaba en el mismo sitio, pero le pareció que ahora estaba un poco más grande, según su criterio, al principio debía tener de diámetro algo así, como 1 milímetro, así siguió toda la semana, la misma estructura, un punto negro en el mismo lugar, pero cada vez un poco más grande. Ocho días después, el lunes siguiente, justo al salir de casa para ir a la universidad, después de unas reparadoras vacaciones de Semana Santa, ya medía 102 milímetros. Por eso, decidió ir en búsqueda del profesor Blasov. El muchacho tenía la leve impresión de estar ante un fenómeno físico y astronómico de gran relevancia, y después de la descripción, Blasov compartió esa misma consideración. “Por ahora, no lo toque”, le dijo el profesor a Brochero. Y después agregó, “Uno no sabe de qué pueda tratarse”. Quedaron de verse en el apartaestudio del muchacho al siguiente día, pero por una u otra razón, el encuentro solo pudo concretarse hasta el viernes de esa semana. Para ese entonces, la estructura ya no era un punto, era un agujero que medía 102 centímetros de diámetro y 1 milímetro de grosor. El científico estaba fascinado. Jamás había visto nada parecido, ni en su larga trayectoria como hombre de ciencia había observado algo como eso. Le dio una larga cátedra de divulgación científica al muchacho, pero lo más importante que le dijo fue que no le fuera a contar a nadie, nada sobre el misterioso orificio, que no lo fuera a tocar, y que ya mismo iba a nombrar una comisión de prestigiosos docentes de su facultad para realizar una inspección a la estructura. El muchacho, profundamente intrigado, solicitó su opinión sobre el misterioso objeto, que ya ni siquiera sabía si era un punto, un orificio, un agujero, una estructura, o quién sabe qué cosa, y el profesor, prácticamente comprometido, emitió su concepto con absoluta convicción, ¡Un micro agujero negro! De ahí en adelante, Blasov se concentró solo en el tema, nombró la comisión encargada de la investigación, la cual quedó conformada por las directoras de las escuelas de biología, química, geología y ecología, y los directores de las escuelas de física y astronomía; así como por las coordinadoras de las escuelas de física y astronomía, el profesor titular de la asignatura de astrofísica, y él mismo, en su calidad de decano de la facultad de ciencias naturales. Profundamente consternado por el misterio, Brochero decidió investigar el alcance del agujero, y contradiciendo las recomendaciones de los especialistas de no tocar el objeto, decidió conocer la naturaleza del mismo. El orificio, que a esta altura ya medía más de 1 metro, que se encontraba justo en el centro de la sala, sin encontrarse en ninguna superficie, deambulando en el ambiente, suspendido en el aire, sin sujetarse de nada, seguía creciendo, pero cuya profundidad se mantenía casi igual, más o menos 1 milímetro, iba a ser motivo de experimento por parte suya. Lo primero que Brochero hizo fue consultar con las inteligencias artificiales, la naturaleza del fenómeno que estaba sucediendo en este preciso instante, por allá en la sala de su casa, les formuló la misma pregunta a las principales diez inteligencias artificiales acerca de qué se trataba todo aquello, y las diez coincidieron en que se trataba de una locura, que esto no era posible, por lo tanto, se trataba de una alteración psicológica o de una broma pesada. Lo que se le ocurrió a Brochero fue introducir el palo de la escoba dentro del agujero para ver qué le sucedía, la sorpresa de Brochero fue mayúscula, porque a pesar de que la profundidad de la abertura era de aproximadamente 1 milímetro y la escoba medía 1,50 metros, el palo de la escoba no logró traspasar el objeto, la escoba no logró asomarse al otro lado, a pesar de que la había sumergido toda, entonces la descripción era difícil, algo así como un hueco vacío, suspendido en el aire. En sí, a la escoba no le pasó absolutamente nada, no presentó ningún cambio en su composición química o física, pero era extremadamente raro, que, a pesar de las dimensiones, no hubiera logrado traspasar el orificio. Al siguiente día, llegaron todos los miembros de la comisión, el decano, los directores, los coordinadores y el profesor, a las 08.08 hicieron su entrada triunfal en el humilde apartaestudio de Brochero, para ver con sus propios sentidos de qué se trataba toda esta locura, en ese momento, las medidas exactas del agujero eran 1.080 milímetros de diámetro y 0,996 milímetros de profundidad. Era de color oscuro, casi negro, y no producía olor ni ruido alguno. Algo de lo que más les llamó la atención fue la extraordinaria precisión de su circunferencia, todos coincidían en que nunca habían visto algo tan redondo como ese extraño artilugio que la naturaleza había dibujado en el centro del cubo que correspondía a la sala del apartaestudio donde vivía un estudiante de ecología de la UDGS. Brochero nunca había reparado en ese hecho, habló sobre su experiencia con la escoba, y llevó a cabo el experimento frente a ellos en ese mismo instante, al ver la prueba ante sus propios ojos, callaron súbitamente, porque comprendieron que en verdad estaban ante un magno acontecimiento que seguramente iba a cambiar la historia de la ciencia, de la Tierra y del Universo entero. Eso era algo innegable. Nadie se atrevía a decir nada. Sobre todo, después del lance de la escoba introducida totalmente en el orificio, que, a pesar de su tamaño, no lograba traspasar el objeto. El profesor de astrofísica por fin dijo algo, insinuó que en alguna ocasión, él había leído sobre “Túneles del tiempo”, que se abrían esporádicamente en cualquier punto del universo, y los describían como objetos redondos, ajenos a los patrones de los sentidos humanos, íntimamente relacionados con el horizonte de eventos, referenciado en el vórtice de los agujeros negros, que crecía de forma desmedida hasta alcanzar limites descomunales, e incluso que algunos autores habían sostenido, que así había nacido TON 618 y otros objetos oscuros extremadamente colosales. La Comisión convino una serie de recomendaciones que debían cumplirse a plenitud a partir de ese instante. Por ningún motivo debía tocarse el objeto, crear una comisión interdisciplinaria mucho más amplia, aprovechando los contactos globales de Blasov y manejar con mucha discreción el tema mediático, no fuera a ser que esto se convirtiera en una peregrinación de medios comunicativos ni redes sociales. El principal implicado, el estudiante que residía en el lugar del fenómeno fue el primero en aceptar las recomendaciones; a sabiendas, de que en cualquier momento podía verse afectada su tranquilidad. A partir de ese momento, Brochero comenzó a sentir miedo. Blasov le había dado su número de celular personal, para que, ante cualquier situación, lo llamara de inmediato, pero, aun así, en la profundidad de su ser, el estudiante se sintió altamente preocupado. Era cierto que el agujero o el espejo, o lo que fuera, estaba creciendo, lo hacía lenta y paulatinamente, pero era evidente que iba a tener que salir de allí, ya presentía que el lugar iba a convertirse en una especie de santuario, visitado por curiosos, periodistas, científicos y autoridades. El único propósito del joven estudiante era ser un ecólogo, un profesional dedicado a la investigación y la preservación de los ecosistemas, para el bienestar de la naturaleza y de los seres vivos en general. Esa misma noche, en medio de la desesperación, Brochero se acercó al orificio, y sintió la necesidad de averiguar que había más allá de esa superficie oscura, entonces decidió arrojar una hoja de papel envuelto y convertido en una bola corrugada al fondo del fenómeno. No pasó nada. El papel quedó en el interior del objeto, no hubo ruido, ni olor, ni reacción, ni nada. Quedó allí enterrado, quedó atrapado en su interior. El agujero se lo había tragado. El muchacho estuvo observando, y al ver que no sucedía nada, se fue a su habitación. De repente, un sonido llamó su atención, el ruido de la bola de papel estrujado cayendo al suelo de la sala, había roto su desdén. Efectivamente, el papel había sido vomitado por el objeto. Dos cosas vinieron a la mente del estudiante, publicarlo en sus redes sociales y hacer un experimento, puesto que el papel había sido devuelto aproximadamente una hora después, él mismo iba a entrar al agujero, para ver cómo iba a salir, justo una hora después, y qué había visto en el interior del fenómeno. Antes de eso, Brochero volvió a medir el objeto, y observó que en poco tiempo había crecido mucho más, aunque sus medidas no eran tan precisas porque eran realizadas no con instrumentos técnicos sino tradicionales, observó el diámetro en 144 centímetros y la profundidad en 1 milímetro. Entonces sin darle más vuelta al asunto decidido introducirse en el “Túnel del tiempo” descrito por el profesor de astrofísica de la carrera de astronomía de la UDGS, para averiguar qué había dentro de ese artificio, por qué las cosas no podían traspasarlo, y ubicó el celular justo al frente del objeto para que grabara todo el experimento, y así, poderlo observar al regresar, y le sirviera de demostración a la comisión científica creada para tal efecto. Brochero vestía un yin azul y una camiseta blanca, antes de ingresar, acercó su rostro al objeto y agudizó sus sentidos para ver si percibía algo, pero no, no observó nada que llamara su atención, entonces con la fuerza inusitada del hombre que con valentía decide enfrentar la vida y escribir su propio destino, introdujo su pierna izquierda, y viendo que era ya inevitable seguir adelante, introdujo también la derecha, y se halló de repente inmerso en un orificio increíblemente oscuro, que de manera caprichosa había surgido en la sala de su casa, quién sabe por qué y para qué. Estaba en la ciudad, la reconoció plenamente tan pronto traspasó la entrada, al principio fue un paso corto, como quien entra a un túnel, pero fue un paso muy leve, quizás de un metro o menos, y luego la entrada triunfal a su ciudad, exactamente igual a como estaba en la actualidad, pero había algo más que le llamó la atención, todo se encontraba detenido, como si el tiempo se hubiera congelado, Brochero sabía que todo era real, que no estaba soñando, entonces tomó fuerza la teoría del profesor de astrofísica acerca de los “Túneles del tiempo”, descritos por algunos autores en el vórtice del horizonte de eventos que suelen preceder a los agujeros negros, lo cual indicaba la versatilidad de este tipo de fenómenos cósmicos. Tan pronto Brochero cruzó el umbral del túnel, apareció de repente en la radiante urbe que era su ciudad. Era un día maravilloso, el sol resplandecía como nunca, y el cielo azul apenas dejaba ver una que otra nube pequeña. En algún momento intentó mirar atrás y descubrió ahora el agujero desde la otra perspectiva, un gato dormía junto a una pequeña bola de papel estrujado que alguien había botado desde el otro lado, entonces él sin pensarlo, cogió la bola de papel y la tiró por el agujero con el ánimo de que traspasara y saliera por la otra cara, donde algún incauto seguramente la recogería pensando en quién había tirado eso o de dónde había salido. ¡El gato de Schrödinger!, pensó de inmediato y se sentó un momento en la acera, porque se sentía cansado. Era la hora de tomar agua. Hacía mucho calor y la temperatura empezaba a hacer mella. Entonces fue a la tienda, el encargado permanecía quieto, una pareja que compartía una cerveza en una de las mesas, también estaba estática. En ese momento, Brochero se detuvo a analizar la situación al detalle, si realmente estaban inmóviles o si tan solo le parecía, entonces recordó el gato, que tal vez tampoco se movía, pero no necesariamente por estar dormido. Miró todo a su alrededor, todo estaba detenido. Los autos, las motos, las bicis, las patis, las personas. Estaba al frente de un parque y todo estaba absolutamente inamovible. Brochero estaba sin palabras. Entonces entró en un dilema ético, lo más importante en ese momento era calmar la sed que lo estaba aturdiendo. Una serie de preguntas surgieron en lo más profundo de su ser. ¿Entraba a la tienda y sacaba el agua? ¿a quién se la pagaba? ¿no la pagaba? ¿no entraba a sacar el agua? Estaba toda la tienda a su total disposición, y si lo hacía, ¿y todo adquiría movimiento de nuevo? ¿qué haría ante esa eventualidad? En esa inquietud dialéctica se hallaba enfrascado hasta que finalmente triunfó su instinto de supervivencia, y la falta de líquido, lo obligó a ir por ella. Entonces entró y sacó una botella de agua. Si todo volviera a la normalidad, tan solo diría la verdad y la pagaría sin más reparos. Disfrutó una rica y refrescante botella de agua fría que le quitó la sed de inmediato, pero quedó absorto con la idea de haber hecho el más grande de los descubrimientos, un hecho que podría convertirlo inclusive en el amo absoluto del mundo, en eso pensaba mientras recorría tranquilamente ese sector de la ciudad, constatando que efectivamente todo permanecía inmóvil, que todos los seres vivos estaban como congelados, como si de repente el tiempo se hubiera detenido. Mil cosas pasaron por la mente de Brochero. Puesto que la ciudad permanecía inmóvil, casi como si estuviera vacía, aunque en realidad estuviera llena, el futuro ecólogo sabía que tenía total disposición de ella. El reloj de Brochero se detuvo a las 09:27, una hora de pleno ajetreo social; es decir, una hora en que todo está funcionando a plenitud, los negocios, las empresas, los hogares, los comercios, las instituciones, las oficinas, y por supuesto, los bancos. Entonces tuvo la idea de ir al sector de los bancos. Las entidades financieras estaban a reventar. Pero todo estaba igual, congelado en el tiempo. Los cajeros, los clientes, los directivos, los asesores, todos estáticos. Se pasó hábilmente por las cajas, observando cuidadosamente el dinero; por curiosidad, tomó unos billetes de una de las cajas, y al ver que no había reacción, tomó todo el que había en todas las cajas, y como era tanto fue a la bodega de aseo y sacó una bolsa grande para guardar todo el dinero, y sacó varias bolsas más, e hizo el mismo recorrido en los demás bancos que había en el sector financiero de la ciudad, y desocupó las cajas, hasta que el peso de las bolsas llenas, no le permitió llevar más. Caminando tranquilamente con seis bolsas negras grandes atiborradas de billetes por toda la zona financiera de la ciudad, Brochero pensó ahora en que podía entrar a los grandes almacenes de superficie y a los centros comerciales contiguos a la zona, sabía que debía tener muy presente el lugar de entrada, y tenía claro que había sido, más o menos, a una o dos cuadras del parque Bolívar, por toda la carrera 22, justo donde estaba ubicado su apartaestudio. El joven estudiante consideraba que la repentina irrupción de un hipotético túnel del tiempo, en la mismísima sala de su hogar, le había significado un golpe de suerte más valioso que ganarse la lotería. Como hombre de ciencia, pensaba que mientras no hubiera cambios sustanciales, las condiciones actuales iban a permanecer intactas; es decir, no creía posible, que la gente despertara de su inmovilidad y que el mundo recuperara su movimiento, por lo tanto, su pensar era, aprovechar todos los recursos que tenía a su disposición para salir victorioso de ese túnel y regresar al presente. En su paso por el centro comercial, Brochero tomó varias prendas de vestir, su gran debilidad eran los zapatos deportivos, pero aprovechó para llevar consigo también camisas, camisetas, pantalones, pantalonetas, medias, y otros accesorios como celulares y relojes, incluso joyas como cadenas, dijes, manillas y anillos, todo de diferentes tiendas, para que no se sintiera tanto el golpe, ahora además de las seis bolsas de billetes, traía también catorce cajas de ropa y cuatro bolsas originales con los accesorios y las joyas. Ahora faltaba el golpe mayor, para transportar todo su pedido, necesitaba un auto, el mejor de todos, entonces fue a la consignataria, y se encontró de frente con un fascinante y portentoso Camaro, rojo y brillante. Era la primera vez que iba a conducir una nave. Tomó las llaves, y con el solo encendido, que sonó como el rugido de una fiera hambrienta, se sintió el amo del mundo. Ahora Brochero, guardó todas sus compras en el automóvil, prendió la radio y también el aire acondicionado, y mientras observaba los hermosos detalles del vehículo, tuvo un pensamiento extraño. En dicho pensamiento había cerrado un trato con la fuerza del Mal que dominaba el mundo, por medio del trato, esta fuerza le entregaría la suma de 666.666 pesos diarios hasta el fin de los días del entusiasmado estudiante, y él encantado, había cerrado dicho acuerdo, lo único que tenía que hacer a cambio era seguir ahí donde estaba, recorriendo la ciudad inmóvil y disfrutando todos sus beneficios. Brochero jamás imaginó que pudiera consagrarse de tal manera, y lo interpretó como la recompensa justa de todos sus sacrificios. Sin embargo, puesto que Brochero había decidido dejar el celular antes de entrar al agujero, creía necesario, además, una evidencia de lo que había encontrado en el interior, por lo que el estudiante optó por ir hasta la universidad para dejar constancia al profesor Blasov, decano de la facultad de ciencias naturales. A esta altura, Brochero ya sabía que no era posible ingresar el auto por el cuerpo oscuro, debido a su tamaño, ya que la última vez que lo midió tenía tan solo 1,44 metros de diámetro, y no veía entonces probable, un crecimiento desmedido en un par de horas, quedaba entonces, la opción de disfrutar la conducción de la nave, y volverla a dejar en su sitio, y así hubiera crecido tanto el agujero, que pudiera ingresar con el vehículo, de regreso, iba a tener problemas, porque seguramente iba a aparecer como un automóvil robado, y él hasta podría ir a la cárcel, dando al traste con su sueño de ser ecólogo. Para Brochero era absolutamente indispensable ir a la universidad, y dejar constancia ante Blasov que había estado en el interior del agujero negro, y que el consabido horizonte de eventos era en realidad un túnel del tiempo. Mientras escuchaba la radio, que curiosamente no estaba paralizada sino que sonaba una canción que empezaba y terminaba indefinidamente, y cuyo nombre según el tablero de la radio era “The elephant never forgets”, que le parecía conocida a pesar de no tener letra, mientras su pensamiento se entretenía en esa frivolidad, tuvo una ráfaga de lucidez que le produjo un descubrimiento sensacional, se trataba de lo siguiente, al igual que el espacio que tiene tres dimensiones, alto, largo y ancho, el tiempo también tenía tres dimensiones, pasado, presente y futuro; en el pasado, las ecuaciones daban un valor negativo, en el futuro, las ecuaciones daban un valor positivo, pero en el presente, eran igual a cero; es decir, lo que sucedía en el ahora, era básicamente un ya, una mínima fracción de tiempo, prácticamente ínfima; o sea, el presente era tan solo un instante. Mientras caminaba a la universidad, Brochero se encontró un problema que jamás hubiera previsto, se trataba de que, al haberse congelado el tiempo, al llegar a un semáforo, los demás autos habían quedado también inmóviles, en otras palabras, el Camaro no podía proseguir su camino, porque no había paso. Entonces pensó que seguramente todas, o por lo menos varias calles, iban a estar así, y por lo tanto, en el vehículo no podía llegar a la universidad, entonces se bajó tranquilamente y decidió caminar hasta la UDGS, dejando el vehículo con todas sus pertenencias nuevas. En su raudo camino, Brochero tuvo un pensamiento abstracto, referido a su teoría de las tres dimensiones temporales; en efecto, si el pasado era una ecuación negativa, que corría hacia la izquierda de la recta del tiempo, el futuro una ecuación positiva que corría hacia la derecha de la recta del tiempo, y el presente, era el cero de la recta, es decir el ahora, faltaba determinar entonces, a cuanto equivalía el cero, es decir el ya. Acaso ese ya era el segundo actual, el minuto actual, la hora actual, el día actual, la semana actual, el mes actual, al año actual, o simplemente era un lapso indefinido, determinado por un conjunto de acciones que ocurrían en la actualidad, pero lejos de una marca susceptible de medición. En eso pensaba mientras recorría la ciudad, camino a la universidad, un sendero familiar, lleno de espacios cargados de recuerdos, pero una ola de tristeza invadió su interior, al descubrir aquella ciudad, llena de gente, pero profundamente vacía, entonces una sombra inmensa llamada soledad, se apoderó de aquel lugar indeleble y lo envolvió completamente. Finalmente, al llegar a la universidad se dirigió con rapidez a la oficina de Blasov, y paseó su escuela y su facultad, sentía que se estaba demorando mucho, y quería regresar pronto, entró a la oficina del profesor, la secretaria, siempre vigilante, pendiente de los visitantes, esta vez no pudo hacer nada para evitar que él entrara, tomó un papel y un lapicero y escribió, “Hola profe, soy Brochero, estoy aquí, dentro del agujero negro, este orificio es en realidad, un túnel del tiempo, en el que todo permanece inmóvil, y el tiempo es igual a cero, no existe el pasado ni el futuro, solo existe el presente, el ahora, el ya”. Al salir, justo en las escaleras que daban a la entrada del auditorio de la facultad, estaba la compañera suya, que tanto le gustaba, intentó saludarla, pero olvidó su nombre, entonces se le acercó y posó suavemente sus labios en los labios de ella, estampándole un beso tierno que pareció durar una eternidad. Profundamente entristecido, esa luz inicial que parecía iluminar su camino, empezó a desvanecerse lenta y paulatinamente, y lo que alcanzó a considerar al principio, que la irrupción en la sala de su apartaestudio del extraño fenómeno, fuera su más grande golpe de suerte, debido a su intempestiva estadía en el dichoso túnel del tiempo y su inesperado hallazgo, ahora se mostraba como un trance vacío, inane, superfluo, anodino, absolutamente intrascendental. Sin personas con quién compartir sus logros, no había éxito alguno. Para qué quería tener todo a su disposición si no tenía con quién compartirlo, entonces un sentimiento de amargura comenzó a embargar su alma, y abandonó la idea del automóvil y del dinero, y las joyas, y los celulares, y los zapatos, y la ropa, y los perfumes, y los accesorios, todo ese enorme cargamento que había recogido y que reposaba en el asiento trasero del hermoso auto deportivo, que por unos momentos fue suyo, mientras la gente permanecía latente, inmóvil, impávida, impasible, perdida en el más allá del más acá. Se devolvió por otra calle y otra carrera, para no ver a su Camaro cargado con sus cosas, ahora tan solo quería volver a la realidad, regresar a aquel orificio oscuro y estar de nuevo en el presente, así fuera para seguir sufriendo y seguir luchando, pero disfrutando la compañía de sus congéneres, de las personas de carne y hueso, que verdaderamente apreciaba. Aceleró el paso, para llegar hasta donde todo había empezado, para regresar al pasado que era su presente y construir su futuro, con dificultades y obstáculos, con tristezas, pero también con alegrías, era el momento de volver para contar qué había más allá del horizonte de eventos, y ver cómo se podía aprovechar sin el vacío de la quietud, que era semejante a la muerte. Al llegar al punto de retorno, Brochero advirtió que el agujero negro había crecido un poco más, entonces pensó que habrían pasado tres o cuatro horas, y el diámetro del artificio medía 2,88 metros, algo extremadamente exagerado, teniendo en cuenta que había crecido mucho menos en mucho más tiempo, y se encumbró en la pesarosa idea de que el Camaro y todas sus compras habían cabido perfectamente, pero pronto se refugió en que finalmente no era algo legal ni ético. Al ingresar nuevamente al artificio para salir, el joven estudiante miró atrás para grabar en su memoria ese recuerdo lastimero y sombrío del mundo sin movimiento y sin vida, y descubrió algo que no vio cuando entró al principio, muchas palabras escritas parecidas, como la misma palabra, pero en diferentes idiomas, y al encontrarla en español la pronunció con claridad, PORTAL. El reloj señalaba las 12.36. Según su cálculo, duró transitando el trayecto del túnel, entre el futuro y el pasado, tal vez, uno o dos minutos, pero cuando salió al otro lado, se encontró perdido, no era nada de lo que había dejado al acceder inicialmente, ahora había una capsula grande, obviamente el celular, ya no estaba, ni la bola de papel arrugado, ni el gato de Schrödinger, ni nada. Lo primero que hizo fue constatar que todo estuviera en movimiento, y al girar su cabeza, descubrió un cartel gigante que adornaba la entrada de la capsula con la foto suya del carnet de la universidad, y una frase en letras doradas que decía, “al espíritu de la perseverancia, fuente de la innovación humana”, entonces descubrió que, en realidad, habían transcurrido 60 años, desde el momento aquel en que decidió escribirle a Blasov ese papel famoso, que aún le da la vuelta al mundo, pero él seguía siendo el mismo muchacho de 20 años que quería ser ecólogo. FIN

miércoles, 24 de diciembre de 2025

SERENDIPIA

SERENDIPIA Para el segundo aniversario decidieron ir a comer hamburguesas, fueron a “Donde Luigi”. A ambos les encantaban esas hamburguesas, porque además de su sabor inconfundible a piña y tártara, tenía una forma especial de preparación, el pan no se partía completamente al cortarlo por la mitad, sino que se dejaba unido en la parte final para que pudiera soportar todos los ingredientes. Después de la espléndida comida, decidieron bajar caminando de la mano, una o dos cuadras, hasta el parque San Martín. Allí se sentaron en una banca y comenzaron a dialogar. Eran felices. Coincidieron en un pensamiento que más que abstracto era maravilloso, la felicidad consistía en recordar todo lo bello que habían vivido y todo lo bello que les faltaba aún vivir. Generalmente, ese parque es muy visitado, y aquella noche fresca e iluminada de viernes, precisamente por serlo, lo era aún más. Recordaban felices las circunstancias en que se habían conocido, la misma noche de la primera estrella. Entonces repararon en la grandeza de aquella fecha majestuosa, de doble recordación y de doble celebración, para comprimirla en una sola conmemoración. En eso estaban cuando de repente, Yolanda se levanta de la banca para ir hasta el bote de basura a tirar una servilleta que traía en la mano, y una camioneta Chevrolet Captiva negra, con cuatro sujetos, el conductor y otros tres pasajeros a bordo, pasa justo en ese momento frente a ella, y se detienen ante la chica, y al verla aparentemente sola, aprovechan para lanzar toda clase de piropos, incluso de doble sentido, cosa que Roberto considera irrespeto. Como una reacción natural que se da en el mundo de los mamíferos al que finalmente pertenecemos los humanos, el macho decide impresionar a su hembra y sale a protegerla con vehemencia, pues más que una exaltación a la belleza de la mujer, lo que ve es un insulto a su condición de hombre. Empieza un forcejeo que se torna violento, Roberto se siente profundamente ofendido y considera que debe hacer valer su honor. Yolanda, atribulada ante la inesperada situación, luce desconcertada y no atina a nada, los cuatro hombres bajan de la camioneta con ánimo de golpear al novio, los visitantes del parque se arremolinan para ver el espectáculo, una pelea callejera para la que no tuvieron que pagar un solo peso. Con el ofendido en el piso, víctima de puños y patadas por parte de los cuatro, la chica saca las fuerzas propias de su condición de mujer, y logra ahuyentar a los atacantes, retirando a su hombre del combate, pero el valiente que ahora luce pálido y ensangrentado, toma su celular, y para hacer sentir su poderío, lo revienta contra el ojo derecho del conductor, estallando el globo ocular del piropero. La escena se vuelve dantesca y el caos se apodera del lugar, comienzan a llegar ambulancias y policía; y novio y novia, salen del parque y buscando la calle 45, bajan por ella rápidamente, mientras el herido sigue sangrando por la nariz. Roberto lleva a su novia a la casa, relativamente cerca, evitando tomar un taxi, debido al escándalo de la sangre. En la tranquilidad del hogar, hacen un recuento cronológico, y concluyen que no son responsables del accidentado final, lamentándose de la manera tan absurda como acabó este día que al principio lucía maravilloso, y que hubiera terminado en el mejor motel de la ciudad, de no haber sido por la altanería de los insolentes. La mujer con la ternura de una esposa abnegada, cura la nariz del hombre, y este decide partir a su casa, también relativamente cerca, para descansar de la jornada vivida. Al siguiente día, muy temprano, en la mañana, Yolanda llamó a Roberto para ver cómo había amanecido, pero él no contestó. Entonces se alistó para ir al trabajo, y se refugió en la idea de que ya allá en el trabajo, lo llamaría de nuevo y hablarían con más calma, aunque ella sabía que a primera hora él tenía una reunión de trabajo, que era muy importante, pues se trataba de establecer una alianza estratégica con unos proveedores nuevos, que seguramente iba a representar grandes oportunidades de negocio para la empresa en la cual trabajaba, y quería hablar con él antes de entrar a dicha reunión. Más tarde lo llamó y tampoco le contestó. Le marcó cuatro veces, “como manda la Constitución Nacional”, y no hubo respuesta. Le escribió por Telegram, y tampoco le respondió. Se refugió entonces en la idea de que, ante la inusitada importancia de la reunión, sus jefes le hubieran obligado a mantener el celular apagado, o que él mismo, temiendo alguna situación inoportuna, hubiera decidido unilateralmente desconectarse. Fue el preciso instante en que Yolanda recordó que el celular había quedado en manos de los atacantes, pues cuando Roberto lo lanzó a la cara del conductor, este rebotó y quedó junto a ellos. Entonces se sintió más tranquila, pues sabía que la falta de comunicación se debía más bien a falta de celular. Con toda seguridad, él se comunicaría más tarde con ella, desde un celular prestado o desde uno nuevo que hubiera comprado. No quedaba otra opción que esperar. Y eso hizo, esperó una comunicación con su amado, comunicación que nunca llegó, a las seis de la tarde empezó a desesperarse. Al terminar su jornada laboral, salió rumbo a la casa donde él tenía una habitación en arriendo, e inquiriendo a la dueña de la casa por su novio, ella le dijo que ese día no lo había visto, que lo vio salir el día anterior muy bien vestido y perfumado, pero que después no lo volvió a ver. La angustia se apoderó de Yolanda. La repentina desaparición de Roberto coincidió con la noticia que estaba dando vueltas por todos los medios informativos y las redes sociales, donde decía que un peligroso narcotraficante conocido con el alias de “Muerte Apestosa”, había sido gravemente herido en lo que al parecer se trató de un ajuste de cuentas entre dos peligrosas bandas rivales. Cuando Yolanda vio la imagen del narcotraficante en mención no tuvo dudas de que era el mismo que la había abordado de manera soez en el parque San Martin y cuyo honor había sido restablecido gracias al valor de su enamorado, y si en algún le surgieron dudas, estas se disiparon con la información de que el tal había perdido un ojo, tras un ataque con sofisticadas armas de fuego. Los medios y las redes habían elaborado una historia que despertaba el interés de la gente, pero no era verdadera. Ahora Roberto estaba en la mira, señalado públicamente como jefe o miembro de una banda que hacia parte de una gran red internacional del crimen organizado, y que estaba siendo buscado por los organismos de seguridad del Estado, pero se quedó atónita cuando se descubrió a sí misma como la acompañante del “capo”, y la presentaba como una criminal altamente peligrosa. Entonces comenzó a recibir tantas llamadas de tantas personas que optó por apagar el celular, para evitar caer en la desesperación, a sabiendas de que a su vez, esto iba a imposibilitar la comunicación con su amado. Todo se complicó con la muerte del supuesto narcotraficante, que en realidad era el conductor de la camioneta. Tras haber perdido el ojo derecho, su tardía atención médica, provocó una infección repentina, que desembocó en una sepsis que se apoderó rápidamente de sus órganos vitales, hasta causarle la muerte. El individuo era un ciudadano extranjero, y su país natal presentó una nota de protesta, retiró su cuerpo diplomático, y amenazó con duras represalias, incluso militares, si el responsable de tan atroz crimen, no era hallado y castigado con todo el rigor posible. No habían pasado 48 horas del infausto suceso y las consecuencias habían alcanzado graves repercusiones internacionales. Los medios masivos de comunicación hacían eco exagerado de la situación y el cubrimiento de la noticia era permanente; no en vano, ahora todos los medios, fueran prensa, radio, televisión o internet se enfocaban en esa noticia, y no porque no hubiera otra, sino porque era la que realmente despertaba interés en la gente. Ni qué decir de las redes sociales, la gente escroleaba su celular constantemente, con la idea de encontrar más información sobre el caso, y entre más cruda fuera, más compartida era, más gustos recibía y más reacciones generaba. Un lio de faldas se había convertido en el pretexto ideal para armar una trama de misterio que estaba a punto de propiciar un conflicto internacional. Lo único cierto hasta el momento era la desaparición de Roberto y la muerte del atrevido. La situación se presentó en un escenario ideal para los gobiernos de los dos países, que en ese preciso momento enfrentaban graves escándalos de corrupción, y por eso, dispusieron de todos los recursos financieros y logísticos para que los medios y las redes de cada país se centraran en el crimen de “Muerte Apestosa” y el ataque de sus secuaces por parte del cabecilla de otra banda armada y su misteriosa acompañante. De repente, el caso dio un giro inesperado, y tras la desaparición de Roberto, Yolanda se convirtió en el centro de interés, ya que, por obvias razones, sobre ella recaía ahora la investigación, como testigo, cómplice y coautora del homicidio. De esta manera la mujer, que hacía apenas un par de días, era tan solo una mujer enamorada pasó a ser la peligrosa instigadora de un atroz crimen que estaba a punto de llevar a la guerra a dos países hermanos. A esta altura, a la feliz novia que dio inicio a la tragedia ya no le importaba el destino de Roberto, a medida que fue evolucionando la situación, ella se fue apropiando del contexto de la noticia, y consideró que no todo fuera un invento de medios y redes para tener algo interesante de qué hablar, sino que detrás de todo esto, efectivamente había algo de cierto, y que, por lo tanto, lo más probable era que Roberto hubiera sido asesinado por la tal banda. Pensó que no tenía nada de qué temer. Puesto que no debía nada, iba a esperar cómo evolucionaba esta burda historia, para defenderse. Precisamente se estaba concentrando en eso cuando cruzó por su mente el celular de su novio. Ese maldito celular contenía la verdadera causa de su preocupación, ya no importaba Roberto ni el tuerto, ni siquiera que estallara la guerra, no era problema de ella, necesitaba salir corriendo cuanto antes, porque en ese celular estaba contenida toda su trayectoria como pareja blizz, hacía apenas un año, habían iniciado con Roberto un viaje misterioso por el universo swinger, aterrizando en el mundo blizz, y en ese celular, y no en el de ella, residían las fotos, las imágenes, los videos, los audios, de su vida real. FIN

domingo, 12 de octubre de 2025

REBELIÓN DE CORBATA

REBELIÓN DE CORBATA Ahora el hombre estaba ahí, frente al espejo, revisando minuciosamente cada detalle de su presencia. Su rostro comenzaba a dar muestras de madurez, las líneas de expresión que anteceden a las arrugas ya se dibujaban con cierta claridad. Su cabello, ya pintaba algunas canas, muchas menos de las que debiera y muchas más de las que quisiera, en eso se centró, en su pelo. Entonces pensó, “los hombres tenemos dos opciones, canosos o calvos” y luego agregó, “es mejor canoso que calvo”, porque las mujeres nos ven más interesantes, pero inmediatamente reparó en que lo decía porque era su caso, pues si hubiera sido lo contrario, seguramente hubiera pensado que era mejor calvo, porque las mujeres solían verlos más interesantes, esa deducción dialéctica le sirvió para entender que finalmente, así era todo en la vida, que uno terminaba aceptando lo de uno, pero criticando lo de los demás. Ese pensamiento tan absurdo, despertó en el hombre una inesperada noción de trascendencia. Ahora se miró de cuerpo entero, le gustaba su figura, su yin azul y su camisa blanca contrastaban con sus zapatos naranjas perfectamente lustrados y su correa también naranja, que se perdía en el azul intrépido de su pantalón, camiseta interior blanca, medias azules del mismo tono del yin, entonces pensó, “hace ya veinte años de esto”, pero reparó en que faltaba algo, ¡Ah claro, la corbata! Sin corbata no era él. Desde hacía veinte años todo era igual, de domingo a domingo, vestido desde las seis, esperando a los feligreses, todo había comenzado la lejana tarde de un 24 de julio, en que sintió “el llamado de Dios”. Desde entonces se sabía de memoria los 66 libros de la biblia protestante, con sus capítulos y versículos, al pie de la letra, desde entonces se había dedicado de tiempo completo a la lectura de la palabra. Todo en su vida funcionaba así, rigurosamente cuadriculado, sin la más mínima posibilidad de improvisación. Inspeccionó su inventario de ropa, pantalones, 24; camisas, 24, todas blancas; zapatos, 12 pares, 6 naranjas y 6 negros; correas, 4, 2 naranjas y 2 negras; camisetas interiores, 12, todas blancas; todo en perfecto orden; corbatas, 60. Entonces las miró fijamente y las contó con denuedo. Estaban las 60, pero su atención se detuvo en algo. Observando ese accesorio al detalle, el hombre reparó en que realmente era una prenda absolutamente superflua, inútil, por primera vez en toda su existencia había alcanzado el nivel de lucidez verdaderamente superior, que le permitiera llegar a una magnánima conclusión, la corbata no servía para nada. Si al principio la tal se usaba con el único fin de amarrar la camisa y ajustarla a conveniencia, con la aparición de los botones del cuello, la pobre quedó relegada a una fútil función decorativa, algo así, como ser lo que los incapaces necesitaban para impresionar a los fáciles de una sociedad inerme y vacía, que requería de símbolos para comprender qué era la sobriedad. Era una verdad inobjetable. Entonces se sorprendió con el ser que era capaz de elucubrar semejantes despropósitos, y en su interior, un fantasma renegado, pareció apropiarse de su pensamiento, y mil cosas más surgieron en su conciencia. Una rebelión de sentimientos estalló intempestivamente, y un nuevo hombre surgió de su propio interior, mientras observaba las 60 corbatas que a su vez, lo contemplaban con sorna y displicencia, aquel hombre, cuya prominente exactitud le permitía conocer de antemano qué ropa vestiría el 22 de febrero o el 30 de junio o el 13 de agosto, había roto su inflexible precisión y se estaba desmoronando lentamente, ahora quería acabar con todas estas sandeces y ser un hombre normal, con ganas de ir a futbol, de ver porno, de ir donde las putas, de fumar, de emborracharse, de acostarse con una y con otra, disfrutar la vida sin más preámbulos, porque sin lugar a dudas, la vida era corta y había que disfrutarla al máximo. De ahora en adelante, nunca más usaría corbata, esa prenda inane que solo servía para esconder la hipocresía de una clase cuya elegancia dependía de la frivolidad de un símbolo, era la fiel representación de una sociedad en franca decadencia, de la cual ya no quería hacer parte, entonces las bajó del placard, las 10 de unicolor, las 10 de rayas, las 10 de cuadros, las 10 de líneas, las 10 de pepas, las 10 de puntos, las 60 corbatas, una tras otra, y las comenzó a cortar sigilosamente, con unas tijeras gigantes, cada una en 6 partes, para obtener un total de 360 retazos, los 360 grados de una circunferencia, que representaban el giro radical de un hombre renovado que a partir de hoy empezaba a escribir un nuevo capítulo de su historia. FIN

viernes, 12 de septiembre de 2025

RONRONEO

RONRONEO Finalmente desperté. Abrí los ojos y lo primero que hice fue constatar que estuviera en la cama, a los pies, donde lo había dejado la noche anterior. Ya no podía subir ni bajar como antes, cuantas veces quisiera, a su antojo, ahora todo había cambiado. Cómo hubiera deseado que tocara a la puerta a eso de las cinco, con el pretexto de que lo acompañara a comer o de que le sirviera la comida, y que, si no lo hacía, me sometiera a que me mordiera los pies, con sus dientes afilados como agujas, para que aprendiera quién era el que mandaba en la casa. A inolvidables tiempos aquellos. Y allí estaba, donde lo había dejado. Soñé varios episodios cortos pero muy intensos, disímiles, aparentemente de un solo sueño entretejido por medio de escenas, una especie de película, con un solo actor, sin orden en el tiempo y el espacio, un protagonista que aparecía y desaparecía intempestivamente. Zeus es un gato maravilloso, un macho grande de diecicinco años, de mirada profunda, ojos enormes, cuerpo anaranjado y esbelto, cola larga y afinada, en sus tiempos mozos, ágil e intrépido como ninguno, capaz de las más increíbles hazañas, inimaginables para la mente humana, intuitivo, sagaz, osado, perspicaz, autor de los más grandes e insospechados prodigios, una maquina viva capaz de realizar lo que parece imposible de realizar. Pero ahora se ha venido a menos, por causa del inexorable paso del tiempo, de aquel dechado de virtudes, tan solo queda el recuerdo. Antes de caer dormido a profundidad, en aquel estado confuso de somnolencia, previo al ingreso definitivo al reino onírico, anhelé que todo fuera una pesadilla, y que, al despertar al siguiente día, ahí estuviera Zeus, juguetón y travieso como siempre, subiendo y bajando de mi cama, como si se tratara de dar un simple paso, yendo de manera sigilosa hasta la ventana para ver qué pájaro incauto caía en sus fauces, escondiéndose en los rincones más intrincados de la casa, para huir de las miradas acosadoras, cometiendo toda clase de locuras que aparentemente me exasperaban pero que en el interior me llenaban de esplendor, pero qué equivocado estaba, al despertar estaba ahí, tendido e inmóvil, donde mismo lo había dejado. Miré el celular, iban a ser las seis de la mañana. Tenía cita con el veterinario a las diez de la mañana, “no te preocupes Zeus, será la última cita, pensé en voz alta. Entonces lo bajé de la cama, con sumo cuidado, como quien toma entre sus brazos el más frágil de los bebes, y lo llevé a comer, le serví su alimento preferido, por ser un día tan especial, apenas se quedó mirándolo con desidia, era evidente que ya no significaba lo mismo, aquellos días en que comía con ansia infinita su alimento preferido, habían quedado enterrados en el pasado, comió uno o dos bocados, y mirándome fijamente me dijo con tristeza, que no quería más, entonces comprendí que todo había terminado, no había marcha atrás, mi Zeus ya no era el mismo, y nunca más lo sería. Me senté junto a él, le acaricié suavemente la cabeza, y no pude evitar que un par de lágrimas salieran de mis ojos, me sentí profundamente entristecido, y él como atestiguando la compleja situación me miró también, y vi con total claridad que lloraba, expresando su pesar, como diciéndome con su llanto, “ayúdame a salir de esto, no me dejes ir, quiero estar a tu lado”. Cómo decirle que quién más que yo deseaba sacarlo de aquel dolor que también era mi dolor, ahora se trataba de recordar todo lo bello que habíamos vivido y soliviantarnos en la idea de que habíamos sido muy felices, mientras se nos permitió compartir. Finalmente, pasadas las diez, llegó el veterinario, Zeus que antes le huía intrépidamente cuando lo veía llegar a sabiendas de que venía a vacunarlo, esta vez ni se inmutó, no tenía fuerzas para hacerlo, la leucemia felina lo tenía muerto en vida, hasta un pájaro insolente que venía a la ventana a perturbarlo fue ignorado con indiferencia, mi pobre Zeus, ya había perdido hasta las ganar de seguir viviendo, lo mejor era terminar esto cuanto antes. Cuando el veterinario sacó la jeringa, él intentó escapar del suplicio, pero no pudo, entonces cerró los ojitos y se acomodó en mis brazos, como un niño que busca el calor de su padre, como diciendo lo que haya de ser que sea de una vez. Yo, era el que quería seguir manteniéndolo con vida, como si el dolor que estaba padeciendo no fuera suficiente para implorar misericordia, con tal de seguir disfrutando su presencia, no me importaba que siguiera sufriendo. Antes de introducir la letal sustancia en el endeble cuerpecito del gato, le repetí que, si no había algo que pudiera hacer para sanarlo, sin tener que pasar por esta prueba tan dura, pero el hombre, fornido y de aspecto joven, me señaló que, a pesar, del avance de la ciencia, no había nada que pudiéramos hacer. Entonces, bajé la cabeza y él procedió, el animalito ni lo sintió, estaba tan acaecido que percibió un leve dolor, mucho menor al que estaba padeciendo a diario, en medio de su agonía comenzó a ronronear, y su ronroneo conmovió mi alma, porque me hizo recordar, que, en su infancia, su juventud y su adultez, muchos momentos de juego terminaron con ese ronroneo inspirador que tantas veces nos hizo tan felices. FIN

viernes, 8 de agosto de 2025

REINADO DEL LEOPARDO

REINADO DEL LEOPARDO Los días que antecedieron a aquella noche gloriosa, seguramente habrían de ser los más felices de mi vida. Resulta casi imposible de entender como un hecho aparentemente tan trivial, puede cambiar positivamente a una persona, a una comunidad, a una ciudad y a una región entera. Y es que después de 75 años, después de tantas alegrías, pero sobre todo de tantas tristezas, el sueño de todas las personas que estaban y que ya no estaban, finalmente se hacía realidad. Todo sucedió repentinamente. Fue tan rápido que ni siquiera tuvimos tiempo de sorprendernos. La manera abrupta con que todo se fue dando, hacía presagiar que la hazaña podría llegar a consumarse. Es increíble que cuando las cosas están para darse, hasta el universo se confabula de manera sigilosa para que el propósito pueda cumplirse. Todo había comenzado igual que siempre, con más desaciertos que aciertos, los reparos y las improvisaciones que surgen ante una nueva oportunidad en una institución como esta, son situaciones que, en el imaginario colectivo, a pesar de que siempre se tiene la ilusión de algo grande, se sabe casi que, de antemano, que va a pasar lo mismo de siempre, pero esta vez estábamos muy equivocados. Conforme el torneo fue avanzando y los resultados se fueron dando, un fervor inusitado comenzó a apoderase de la hinchada y de la ciudad, que veía que la ilusión de 75 años por salir campeón, por fin pudiera darse. A pesar de no ser un equipo de grandes figuras, ni un capital desbordante, quienes se enfundan la camiseta del club, adquieren la garra y el pundonor que impregna a cada uno de los jugadores que han tenido el privilegio de lucirla. Poco a poco se fue creando en el imaginario colectivo la posibilidad de alcanzar la primera estrella. Los primeros en soñarlo fueron los gemelos, pero yo trataba de tranquilizarlos, tomando como ejemplo, campañas similares del pasado que no condujeron a nada, para no entrar en detalles y desilusionarlos del todo, yo les decía que era aún muy temprano para pensar en algo tan grande, que lo mejor era ir paso a paso, sin tratar de adelantarnos al futuro. Aun así, en lo más profundo de mi interior, una tenue llama de esperanza comenzó a encenderse tímidamente, consideraba que cada detalle, por insignificante que fuera, nos ataba de manera inevitable a la latente posibilidad de la gloria, y que una alegría inmensa, añorada por tantos, estaba por venir. Por ejemplo, la noche aquella que desprevenidamente coincidí con un programa de leopardos en “Love Nature”, y un sentimiento de amor genuino por tan portentoso animal, se desató de manera inexplicable en mi corazón, sentía como si esos poderosos felinos, encarnaran la garra de los muchachos, y un deseo vehemente de que todo saliera bien, me invadió de repente, para que no fueran a surgir inconvenientes de último momento, y poder salir campeones. Hasta la llegada del autobús que traía a los jugadores se convirtió en todo un ritual. Era una nave imponente, su cuerpo era un leopardo esbelto y furioso, había sido decorado para hacer alusión a la tradicional garra del equipo. Desde que iniciaba el trayecto, desde la sede del club hasta el estadio, iba seguido de una caravana imponente de vehículos y motocicletas, que seguían su andar con rigurosidad primorosa, transfiriéndole toda clase de augurios y buenas energías para alcanzar la victoria, energías limpias para acompañar al equipo hasta el altar sagrado de la cancha. En todo el recorrido, salía la multitud de gente para aplaudir el paso del leopardo, y más al arribar al coloso, coronando su paso triunfal, con la entrada liberadora de la tropa victoriosa. Todo fue así, paso a paso, como un sueño esplendoroso que, tras tejerse escena por escena, parece que finalmente se va haciendo realidad. Pero el hecho definitivo que nos catapultó a la gloria, fue el paso a la final, donde tenía que darse una serie de intrincadas combinaciones para acceder a la gran final del campeonato, cuando todos los resultados terminaron por darse, fue cuando realmente comprendimos que era ahora o nunca. Fue la primera de las grandes celebraciones que estábamos por vivir, se desató la locura colectiva cuando el árbitro central pitó la finalización del encuentro, la ciudad estalló en una gigantesca ola de alegría como jamás se había visto y un carnaval generalizado reventó en el alma de cada hincha leopardo. La fiesta terminó cerca de las cuatro de la mañana, y no porque la gente quisiera, sino porque la lluvia indolente decidió que era hora de irse a dormir. Parecía algo imposible de creer, pero estábamos en la final. Nos tocó con un equipo de la capital, muy bueno, pero como suele pasar con los hijos de uno, el equipo de uno, será siempre el mejor. Por la mejor clasificación en la tabla general, nos correspondió empezar de locales y terminar de visitantes. La semana que antecedió al primer juego, fue una fiesta sin igual. Por donde pasara, había algo alusivo al leopardo, cuando menos, grupos de personas sin conocerse, que se agrupaban en una esquina con el pretexto de ponderar el equipo y vanagloriar a los muchachos. Pero surgió desde el alma de la ilusión la cumbia del leopardo, una canción adaptada a la situación, para que los hinchas pudiéramos encontrar en el canto de un himno, la expresión musical del sentimiento que nos brotaba del corazón. Así sonaba por todas partes nuestra canción, desde el más humilde de los ranchos hasta el más imponente de los condominios, retumbaba la cumbia del leopardo, tocando las fibras más íntimas, sin hacer diferenciación de estratos, en espera de la primera estrella. Todos los negocios y todas las empresas, se vistieron con los colores del equipo, y las banderas del leopardo revoloteaban alegres por todas partes, en una suerte de danza mágica que pintaba el horizonte. Las escuelas y los colegios, hacían coreografías y comparsas alusivas a la ocasión, se vestían de leopardos mientras entonaban el himno de la victoria. Hasta personas que habían dejado de hablarse, sucumbieron al ímpetu del orgullo, con tal que eso les significara encontrarse en el ensueño de la gloria. Oficinas públicas y privadas, adquirieron los símbolos del leopardo como eslogan para atraer a usuarios y compradores. La primera final fue de local. Y la venta de boletos fue un éxito total. Las plataformas completamente colapsadas dejaban entrever un lleno absoluto en nuestra cancha sagrada, era normal, era una situación integralmente inédita, que nadie quería perderse. Nosotros que apostamos todo a la suerte de estar en primera fila para la compra de los boletos, nos quedamos por fuera. Los gemelos renegaban, pero algo en el fondo me decía que mi no presencia en el estadio, era una garantía definitiva para conseguir el triunfo. Entonces nos aprestamos con tranquilidad para ver el juego por la televisión. En el primer juego, en el que oficiamos de locales ganamos uno a cero, un gol solitario en la mitad del segundo tiempo fue suficiente para llevarnos los puntos, el estadio y la ciudad lo gritaron a rabiar, así concluyó el encuentro, y vino la otra celebración, esta de mayor envergadura que la anterior, como siempre, el lugar de concentración, la plazoleta de nuestro máximo escenario deportivo, la que unos meses más tarde, habría de albergar al colosal y despampanante leopardo de bronce, sitio obligado de peregrinación deportiva, como homenaje a tan grande hazaña. Nos íbamos tomando confianza, con el marcador a nuestro favor y la enorme superioridad de juego, nos alistamos para enfrentar el segundo encuentro, hasta el más pesimista, daba por hecho le estrella. El viaje hasta la capital parecía una visita a La Meca, una caravana interminable de autos y buses, salieron de la ciudad para acompañar al equipo, otros más sofisticados, viajaron en avión para cumplir su cita con la historia; al final, unos y otros se unieron a los hinchas que ya vivían en la capital para conformar la más grande red de apoyo al leopardo, que hasta los medios, sensacionalistas como siempre, titulaban en sus portadas, que la capital estaba padeciendo una tremenda epidemia de fiebre amarilla, haciendo referencia a la avalancha de seguidores y al color del equipo. En los 90 municipios de la provincia se instalaron sendas pantallas gigantes con la señal del partido, para que todos pudieran celebrar la primera estrella, en la capital de la provincia la pantalla estuvo en el templo sagrado del leopardo, con un estadio totalmente atiborrado de gente a la espera del triunfo. A las 19.00, la ciudad y los demás municipios se paralizaron por completo, la gente desapareció para encontrarse frente a las pantallas y observar la proeza. En la capital, los 90 minutos finales pintaban de maravilla, el primer tiempo se fue con la victoria del leopardo por dos goles a cero, el ánimo estaba por encima de las nubes, y el optimismo desbordante hacía presagiar un triunfo inobjetable como preámbulo de la más fabulosa de las celebraciones. Pero el contrario nos traía una sorpresa para el segundo tiempo, un cambio de actitud y de sistema, nos llevó a la debacle, tan pronto arrancó la segunda parte vino el primero, a mitad de tiempo nos hizo el segundo y al final nos hizo el tercero, para remontarnos y llevarnos al límite. Como el primer encuentro había terminado uno a cero, a favor nuestro, y el segundo tres a dos, a favor de ellos, había quedado todo supeditado a la definición de tiros desde el fatídico punto del penalti. Aquella noche, aquí y allá, llovía como nunca, miles de pensamientos, positivos y negativos se cruzaban por la mente hasta del más optimista de los hinchas, ahora faltaba lo peor, la paridera de los penaltis, pensé en voz alta. Los gemelos estaban muy nerviosos y se comían las uñas; yo, hacía rato ya me las había devorado, mi esposa hacía sudokus, para disipar la tensión. A las 21.54, el ultimo cobrador del otro equipo desperdició el cobro, y un grito sórdido y agudo, vibró hasta en los confines más vastos del universo, y un equipo, una hinchada, una ciudad y una región, conoció por primera vez el olor, el sabor y el color de una estrella, y una ola incontrolable de absoluta felicidad estalló en lo más profundo del alma de cada hincha leopardo, para salud y vida de los que habíamos presenciado la hazaña, de los que siempre estuvimos al lado del equipo y de los que ya no estaban, porque se habían ido al más allá sin saborear la miel de la victoria. La fiesta duró hasta las seis de la mañana y tan solo concluyó porque a las diez el equipo regresaba a la ciudad, con la copa dorada entre sus manos, para traerla hasta sus hinchas que tanto la habían añorado, en un recibimiento esplendoroso como el que jamás se pudo presenciar, que un recorrido de 40 minutos desde el aeropuerto hasta el estadio se transformó en uno de 12 horas, porque los ríos desbordados de gente, que emanaban sin cesar, impedían el traslado del carro de bomberos de la gloria, que traía a los centauros indomables en una procesión sagrada que se hacía interminable, y las lágrimas de alegría inundaron hasta al más desprevenido de los transeúntes. A las 21:54, el equipo hizo su entrada triunfal al gramado que los vio formarse en el anhelo de ser campeones. FIN

jueves, 10 de julio de 2025

REGLA DE TRES

REGLA DE TRES A la hora del desayuno don Aureliano Balbuena, gerente general de Editorial Suramericana, me llamó con afán desmedido. El éxito de mi novela “1469” había sido tal, que había llegado a la conclusión de que no solo ameritaba, sino que también exigía una segunda parte. De hecho, desde el momento en que escribí y leí la novela, yo también lo había considerado así, y adoptando mi posición de autor, pero también de lector, mi esencia creativa comenzó a elucubrar de manera meticulosa todas las situaciones que ilustrarían la segunda parte. Después de enaltecer mi obra literaria con inusitada preponderancia desde el campo intelectual, describió al detalle el éxito desmesurado en ventas, argumentando que una segunda parte sería catapultarnos a mí como escritor y a él como editor, a las cumbres de la literatura universal, y, por ende, a soñar en la fabulosa probabilidad de alcanzar la riqueza que, sin reconocerlo, en realidad siempre habíamos estado buscando. Encalló entonces en la necesidad de que el hito se consumara pronto, la segunda parte de la novela debía ver la luz lo más urgente posible, para que no se apagara el deseo vehemente del público lector, y me propuso la fecha de un mes, para la producción, cosa que, al fin y al cabo, el suponía sería muy fácil para mí, tanto por mi fuente inagotable de inspiración como por la imbatible facilidad de expresión escrita, con que la vida me había dotado. Riéndome en mis adentros, interpreté que ni escribiendo sin parar las 24 horas del día, en un mes podría escribir la segunda parte, le pedí que me diera tiempo para pensar en los plazos, conviniendo en que la segunda parte de “1469” era absolutamente necesaria, y que el mundo se merecía la continuación de tan extraordinaria joya de la literatura universal, ante lo cual ripostó el viejo, en tono sarcástico, que en cualquier caso no podría ser más de dos meses. Estuve pensando el tema durante todo el día, llegando a la conclusión que el del afán era él, por tanto, si en realidad quería la segunda parte de mi novela, para usufructuarse rápidamente con mi talento, debía atender una serie de peticiones, que yo creía absolutamente indispensables para profundizar mi inspiración y hacerla más eficaz y eficiente en cantidad y calidad. En primer lugar, necesitaba el mar, aquel espejo de agua me sugería paz y tranquilidad, por tanto, equilibrio total, en segundo lugar, requería la presencia de mis dos mujeres justo a mi lado, para saber de ellas a cada instante, en tercer lugar, solicitaba una suma de dinero para atender mis necesidades y las de ellas, y, en cuarto lugar, lo más fácil de todo, pedía tiempo, no podía escribir la segunda parte de una obra maestra en uno o dos meses, sino por lo menos en seis. Cumplidos estos pequeños detalles muy seguramente estudiaría la posibilidad de dedicarme de lleno a escribir una pieza que beneficiaría la historia de la literatura y que catapultaría a la gloria a la editorial, a don Aureliano, a “1469”, y por supuesto, a mí mismo. Al siguiente día, me llamó bien temprano, era como si hubiera estado esperando que amaneciera para llamarme y hablar del tema. Iban a ser las 06:30 cuando me llamó, pero no le contesté, estaba preparando el primer café del día, y quise hacerle saber que, para mí, este era un instante verdaderamente sagrado. Le devolví la llamada a las 08:00, pero no contestó, era como si hubiera estado atendiendo otra llamada y la hubiera colgado, realzando la importancia de la mía, porque me llamó de inmediato. Sin darle tantas vueltas al asunto, le hice mis peticiones, dejando para el final, la de la compañía de mis dos amadas. Conforme iba hablándole de las solicitudes, el viejo ripostaba con reparos exagerados, pero cuando llegué a la última, enmudeció al instante, quedó perplejo, como si quisiera decir algo que no atinaba, yo también callé porque asumí que me había equivocado al ser tan sincero, hablar con sinceridad crea barreras sociales, pero no importa, es mejor así, ya que finalmente simplifica las relaciones. No sé por qué pensé que había echado todo a perder. Le dije que necesitaba estar frente al mar, y que requería seis meses para escribir, tener cubiertos mis gastos básicos, y, además, la compañía de mi esposa y de mi novia, aunque sé que en el fondo pensó inicialmente que todo esto era una locura, pero al saber de antemano que yo hablaba con la realidad, esa misma noche me envió un mensaje por Telegram, en el que me decía que me esperaba al siguiente día en su oficina, para que habláramos “de negocios”. Sé que, a esta altura, al igual que el señor Balbuena, usted también tendrá la misma inquietud de él, en el hecho de saber cómo es eso de llevar a mi esposa y a mi novia como supuestas asistentes de mi producción literaria, a un viaje al mar, en el que estaremos recluidos los tres durante seis meses, en un prestigioso hotel con playas privadas, comiendo y bebiendo sin límites, pues estaremos con un plan todo incluido, sin ningún deber que cumplir, diferente a escribir la segunda parte de “1469”, y que además de todo, tendremos los tres, una asignación mensual de unos millones de pesos. Eso suena realmente espectacular. Como usted bien sabe soy un hombre de 40 años, licenciado en humanidades, profesor de español, escritor aficionado, autor de una novela de ciencia ficción llamada “1469”, en la que narro como una civilización sideral llegó a la tierra y fundó un nuevo mundo, obra que se convirtió en un gran éxito literario al recoger, el anhelo de cambio de una sociedad cansada de la guerra, la desigualdad, la injusticia y la violencia. Mi esposa tiene 42 años, es licenciada en matemáticas y se desempeña como profesora de matemáticas en un colegio oficial de la ciudad, con ella tengo dos hijas y dos hijos, mi novia tiene 36 años, es licenciada en matemáticas y se desempeña como profesora de matemáticas en un colegio oficial de la ciudad, con ella no tengo hijos, aunque ella tiene una hija y un hijo. Con mi esposa tengo una relación de 24 años y con mi novia tengo una relación de 6 años, cada una sabía de la existencia de la otra, aunque nunca se habían visto ni mucho menos conocido; de hecho, ni siquiera habían hablado una palabra ni siquiera por celular. La idea de llevarlas a ambas al viaje era un experimento que no sabía si funcionaría o no, ya que no les había pedido su opinión al respecto, y tenía por objeto únicamente pasarla bien, porque es claro, que ellas no iban a apoyar mi trabajo, pues no podrían hacerlo ni yo tampoco podría permitirlo. Recuerdo que aquella noche dormí con el convencimiento de que don Aureliano no iba aceptar mis condiciones, y que, por tanto, tendría el pretexto ideal para no iniciar aún la segunda parte de mi novela que, aunque consideraba necesaria no precisaba que fuera algo inmediato, pues por ahora quería seguir enseñando español, lo cual era algo que disfrutaba profundamente. Por eso traté de poner el listón muy alto con tal que fuera casi imposible de alcanzar. Al siguiente día fui hasta la oficina de don Aureliano Balbuena en la ciudad, había viajado en avión a primera hora desde la capital con tal que pudiera llegar a tiempo para entrevistarse conmigo. Ese solo gesto me permitió interpretar algo interesante. Tenía en su oficina un frasco de café instantáneo “Buendía”, pues sabía que me gustaba el café instantáneo y específicamente el de esa marca. Eso logró sorprenderme poderosamente, y la imagen de avariento que en algún momento había construido del viejo, se transformó de repente en la de un hombre maduro con una gran calidad humana en su interior. Entonces pensé en el enorme poder de la diplomacia como arma disuasoria, y comprendí su valor en el ejercicio de la política, y en general de todas las relaciones humanas, pero bueno, eso será tema de otra historia, pues ahora quiero concentrarme en contarle lo que sucedió ese día. El señor Balbuena comenzó su disertación haciendo una remembranza de la evolución del mercado literario desde el punto de vista comercial, significando que, a pesar del avance tecnológico, nada lograba por ahora, reemplazar el libro, después orientó su presentación hacia cómo la innovación literaria, atraía la atención de nuevos lectores, y afianzaba la de los lectores tradicionales, y que mi creación intelectual encajaba perfectamente en todos estos conceptos. Hablamos muchas cosas, incluso del equipo de futbol de mi ciudad, del cual él sabía que yo era hincha acérrimo, y de sus más recientes triunfos, los cuales nos llenaban de orgullo, y cuando creyó haberme sensibilizado lo suficiente retomó el tema de la segunda parte de “1469”. Me dijo que haría una reserva para tres personas, en un reconocido hotel de la ciudad de Santa Marta con playas privadas, instalaciones modernas y acogedoras, y un plan todo incluido, por seis meses, así como una asignación mensual a mi nombre de unos millones de pesos, pero que firmaríamos un contrato de cumplimiento de obra, dijo también que yo debía reconocer el enorme esfuerzo que él y su editorial estaba haciendo por satisfacer mis peticiones, que el viaje a esa ciudad, y su posterior estancia, era muy costoso, pero que lo hacía para que yo estuviera en las mejores condiciones para que pudiera escribir con tranquilidad la segunda parte de la novela, y que pudiera igualar, o incluso superar, la primera parte. Sobre el hecho de compartir con mi esposa y mi novia, no mencionó absolutamente nada, menos una referencia muy general a algo de que “cada quien viva su vida como mejor le plazca”. A pesar de que reconozco que la respuesta del señor Balbuena me había dejado gratamente sorprendido, debo mencionar que había un aspecto muy importante que no tocamos. Se trataba de los emolumentos de mis bellas princesas, puesto que ellas, de aceptar mi propuesta, cosa que, aún no habíamos hablado, seguramente pedirían una licencia no remunerada de seis meses, con lo cual no podrían cubrir sus gastos básicos en ese tiempo, requería entonces para ellas, una asignación mensual similar a la mía, para que me pudieran acompañar sin reparar en problemas económicos. Como era de esperarse puso el grito en el cielo, pero yo aduje que era como adquirir una póliza para asegurar el éxito. Dejé entrever que el viaje se hiciera en transporte terrestre, para ahorrar costos, aunque la realidad, era que los tres disfrutábamos viajar por tierra más que viajar por aire, lo presenté como si fuera una gran ganancia para él. El viejo se mostró reacio, pero como viera que el proyecto quedaba en riesgo de ejecución al ver mi decisión de echar todo atrás, si no lográbamos un acuerdo en ese punto tan esencial, determinó que aceptaba, pero agregando que no accedería a una sola solicitud más. Recuerdo que salí feliz de la oficina de don Aureliano, era una mañana maravillosa, el sol brillaba con todo su resplandor, y no había rastro de nubes en el radiante cielo azul, bajé por la calle 36, la calle que tanto me gusta, con las manos en los bolsillos y pateando suavemente, y con dirección, las pequeñas piedras que encontraba en el camino, como si estuviera jugando futbol, mil cosas pasaban por mi mente y de tanto que pensaba, no atinaba a nada en particular, solo algo logró sacarme temporalmente de la abstracción. ¿Cómo iba a decirles a ellas de mi idea, de tal manera que pudiera convencerlas? Una cena. La más romántica, no para dos sino para tres, en el mejor restaurante de la ciudad, la mejor comida y también la más costosa, las carnes más finas con el vino tinto más delicioso y más rico en resveratrol, puede ser Cabernet sauvignon, Pinot noir, merlot o malbec, mi preferido, por ser el de mi tierra, con un pie de frutos rojos, con fresas, frambuesas, cerezas y moras, excitante y seductor, a las mujeres las cautiva mucho la idea de que su hombre, les ofrezca siempre lo mejor sin reparar en costos, les sugiere donaire y galantería, eso las atrae poderosamente. Ahora solo se trataba de programar la velada y convencer a las invitadas. Yo sé que usted creerá que yo estoy loco, pero no es eso, se trata de soñar y de hacer realidad los sueños, es solo eso. Las invité a cenar a “La Carreta”, el restaurante más costoso y de mayor prestigio de la ciudad, con comida típica colombiana y churrasco argentino, paraguayo y uruguayo. Las cité a las seis, pero yo llegué a las cinco y treinta, le indiqué a la asistente que estaría en tal mesa, que estaba esperando dos chicas, las cuales llegarían por separado, que me avisara cuando llegaran para venir a recogerlas. Para convencerlas de la velada, les dije que tenía que darles una noticia muy importante y que era preciso que estuviéramos presentes los tres. Debo reconocer que estaba nervioso, el corazón me latía como un tigre que corre desbocado detrás de su presa, de repente me surgió un pensamiento insidioso, si eso era yo, que conocía la situación, ¿cómo sería entonces ellas? Conociéndolas como las conozco, asumía que cada una estaría arreglándose más allá de lo humanamente posible, no tanto para mí, sino para sorprender gratamente a la otra, entonces tomó fuerza la expresión común que existe entre la gente de que al final, las mujeres no se visten para deleitar a los hombres sino para impresionar a las demás mujeres, es algo que viene impreso en el código genético femenino. Mientras esperaba, observé el atardecer, el sol se escondía detrás de las montañas, y percibí que estaba oscureciendo rápidamente, entonces miré el celular, eran las seis, ninguna había llegado. La primera en llegar fue mi esposa, salí a recogerla cuando vinieron a avisarme, estaba divina, le di un beso en cada mejilla, y justo en ese instante, llegó también mi novia, también divina, la saludé con un beso en cada mejilla, tal y como es mi costumbre, aquí debo hacer dos precisiones, un consejo importante para todos los hombres que viven una situación similar es que deben tratarlas a las dos lo más parecido posible, lo que haga con la una, también debe hacerlo con la otra, pues como usted bien sabe, las mujeres son extremadamente susceptibles y pueden sentirse menospreciadas por un detalle ínfimamente insignificante, la otra precisión es que tengo una circunstancia muy particular, y es que solamente a las personas que verdaderamente amo, saludo con dos besos, uno en la mejilla izquierda y otro en la mejilla derecha; por eso, aquella ocasión lo hice así, luego sentí que un carnaval de luces y colores estallaba en mi alma, cuando al presentarlas, por su nombre y no por su grado, noté que ellas al saludarse, lo hicieron de la misma manera. Ya sentados los tres en la misma mesa, había un silencio profundo, aunque no de mal ambiente sino más bien como de intentar decir algo que nadie se atrevía a decir, pero en general, había un buen ambiente, como en familia. Las chicas se miraban de reojo, se escaneaban meticulosamente sin que la otra lo notara, yo no atinaba qué decir, pero hice lo que hago cuando estoy en esas circunstancias, hablo de cosas muy generales, casi abstractas, y eso me da solvencia intelectual, los inteligentes expresan de manera simple las cosas complejas, los intelectuales expresamos de manera compleja las cosas simples. Pedimos punta de anca, la más exquisita de las carnes, y el mejor vino tinto, mientras llegaba el pedido, me levanté de la mesa fingiendo una llamada del señor Balbuena, para que ellas rompieran el hielo y entraran en confianza. Sé que para ellas no debe ser fácil, aunque en ultimas, tampoco creo que sea muy difícil, de hecho, en mi universo, es algo absolutamente normal. Al regresar, las chicas estaban hablando, intercambiaban ideas sobre el sitio, diciendo que era muy acogedor, y que era un restaurante muy distinguido, yo me sentí en el paraíso. Mi novia me preguntó qué me había dicho el señor Balbuena, y yo le dije que unos detalles que les iba a compartir; mi esposa, me preguntó que cuál era el motivo de la cita, y yo le dije que ya les iba contar, las dos coincidieron de manera jocosa en que había mucho misterio, entonces sus sonrisas se encontraron intempestivamente y mi ansiedad desapareció de inmediato. Con la llegada de la comida, evité cualquier comentario que pudiera alterar la tranquilidad de la mesa. Ellas hablaban sobre el trabajo, sobre la educación, sobre el sistema, sobre el gobierno, y otras cosas que no logré precisar. Antes de que pudieran preguntar algo sobre el motivo de la cita, me anticipé diciendo que al terminar les iba a dar una buena noticia, me limité entonces a hablar de la comida, del clima y de otras sandeces de las que uno habla cuando no tiene nada de qué hablar. En eso estaba cuando llegó el pie de frutos rojos, pequeño pero sobrio, vi su expresión de agrado y eso me complació profundamente. Una vez terminada la cena, pedimos una cerveza, la cerveza nacional, y brindamos los tres, alguna dijo algo que no recuerdo exactamente qué, pero nos hizo sonreír con autenticidad. “Amores míos”, dije espléndidamente, y una ola de confianza me invadió de repente, entonces me sentí pleno, con una fuerza imbatible, con un poder devastador, como si hubiera vivido cada instante de mi vida, paso a paso, con el único propósito de llegar hasta este momento grandioso, el punto cumbre de toda mi existencia. “Tengo que darles una noticia maravillosa. ‘1469´ ha sido un éxito total y don Aureliano me ha pedido que escriba la segunda parte. Desde luego no puedo rehusarme a una responsabilidad tan grande, he aceptado con el mayor gusto, estaré en Santa Marta, en el mejor hotel, con todos los gastos pagos, durante seis meses, con una asignación salarial suficiente”. Las chicas parecían estar gratamente sorprendidas, pero un rastro de incertidumbre se dibujaba en su rostro, por no saber quizás si lo que les estaba diciendo era realidad u otra de mis ficciones. Hasta ahí todo iba bien, ahora pasaba a la segunda parte. Pedí otras tres cervezas, de la cerveza nacional, recuerdo que mientras las traían les hablé de algunos de los logros de la primera parte de la novela y de sus cifras memorables, ellas se mostraban realmente entusiasmadas. Llegó la cerveza y le serví a cada una, entonces tomé sus manos izquierdas, tal como corresponde a mi posición ideológica, y las puse entre las mías, las cuatro manos se entrelazaron y me sobrevino un estremecimiento. “Amores míos, yo las amo mucho y no quiero dejarlas solas todo este tiempo, deseo que me acompañen, cada una tendrá su propia asignación mensual, y podrán disfrutar los mismos beneficios míos”. La mano de mi esposa se soltó intempestivamente y, como acto reflejo, la de mi novia también. El silencio se apoderó de la singular escena. Una pareja que se encontraba justo detrás de nosotros, y que parecía seguir con especial interés la situación, aunque disimulando con astucia, se mostraban expectantes ante el desenlace. Antes de que pudieran decir algo, pedí un permiso para ir al baño. Desde ahí pude ver que ellas hablaban con inquietante seriedad, pero luego las vi sonreír fugazmente, y quedé sorprendido al notar que, tras intercambiar más palabras, empezaron a reír estrepitosamente. Eso me pareció una buena señal, pero no me hice ilusiones, sabía que lo más probable era que no aceptaran; de hecho, en ese preciso instante deseé con todo mi corazón que no aprobaran mi propuesta, y que así tuviera el pretexto ideal para cancelar el proyecto y no siguiera con toda esta locura, que seguramente me iba a arrancar la paz y la tranquilidad. Recuerdo que me sentía muy lleno, exageradamente lleno. Pero lo único que me interesaba era conocer la opinión de mis amadas, entonces me acerqué con sigilo y les pregunté: “¿Qué opinan?”. Ellas se miraban entre sí y sonreían, pero era una sonrisa nerviosa como de complicidad, entonces mi novia tomó la palabra, y mirándonos a los dos, dijo: “¡Yo no tengo problema!” de inmediato mi esposa ripostó: “¡Yo tampoco!”. De repente, un festival de luces y colores estalló en mi alma, entonces les dije que tenían que ir a la Secretaría de Educación a solicitar la licencia no remunerada, y que teníamos que ir de compras, para sus vestidos de baño y demás accesorios, todo a mi cuenta; además, dejar organizado lo de nuestros hijos, los cuales iban a quedar al cuidado de sus respetivas abuelas, decidí que era la hora de pagar e irnos, pero antes quería celebrar el acontecimiento compartiendo una cerveza con mis mujeres, entonces pagamos y nos fuimos. De nuevo en el taxi, me sentí extremadamente lleno, pero mi mente estaba en el viaje. Nos fuimos para “Party 80”, como usted bien sabe, allí suena la música de nuestra época, solo clásicos, lo mejor de la salsa, el merengue, el vallenato, el rock en español, el pop latino y los ritmos afrocaribeños, todo lo que nos gusta a los tres. Nuevamente pedimos cerveza y brindamos, yo las veía muy contentas y sentía que habían hecho buena química, es bien importante que en una relación de tres siempre haya buena química, si no, seguramente no va a funcionar porque en algún momento se va a romper el encanto. Ellas reían, haciendo gala del buen humor y chocaban sus manos como dos compañeras tras alcanzar un logro. Me sentía realmente feliz, tenía lo que todo hombre anhela tener, dos mujeres, una carrera promisoria, buena posición económica y fama. Pedimos otra cerveza y seguimos tomando, ya habíamos bebido varias y se nos estaban subiendo a la cabeza, entonces comenzamos a bailar. Yo bailaba con ambas, pero no me sentía físicamente bien, y en un momento en el que sonaba una mezcla de Rikarena, salimos a bailar los tres, pero tras permanecer un breve instante en la pista me senté, entonces ellas se quedaron bailando en pareja, eso me pareció extremadamente excitante, mil cosas pasaban por mi mente al conjugar la escena y situarla en el viaje. Al terminar, nos habían traído una picada de fresas con salsa de chocolate, y en una suerte de actividad, propuse jugar a que yo les daba fresas de mi boca a cada una en su boca, rematando con un portentoso beso, para dictar una sentencia de amor eterno. La gente empezaba a mirarnos y más de uno, creía reconocerme, en eso estábamos cuando una algarabía estalló en la puerta del bar, entonces todos nos asomamos para ver qué estaba sucediendo, lo que le voy a contar parece sacado de una novela de ciencia ficción, pero sucedió realmente. Un convoy de seis tanques Armata T-14 subían por toda la Avenida La Rosita, como buscando la Segunda División del Ejército, se trataba de la cuota asignada a la ciudad por el gobierno nacional tras la compra de nuevo armamento para modernizar las fuerzas militares. Fue un espectáculo majestuoso, como el que jamás había visto ni veré en mi vida, ver pasar frente a mí, a tan extraordinarias naves, me llenó tremendamente de inspiración y suficiencia, a tal punto que llegué a considerar que por todo lo sucedido, ese día hubiera sido el día más feliz de mi vida, hasta que llegué a casa. Llevamos a mi novia hasta su casa y nosotros nos fuimos para la nuestra. Recuerdo que nos acostamos de una vez, mi esposa recostó su espalda contra mi pecho, su trasero contra mi pelvis, y yo la abracé con fuerza, como si con el abrazo quisiera transmitirle un profundo agradecimiento. Así me fui apagando lentamente, me estaba quedando dormido pensando en todo lo que había sucedido ese día, desde el encuentro de ellas las dos hasta el desfile de los Armata T-14, y todo lo que iríamos a vivir en el dichoso viaje, a pesar de sentirme realmente feliz de estar con ellas, me asaltaba la idea de si viajar con ambas sería una buena idea, y ciertos pensamientos me hacían presagiar que sería vivir en el paraíso, pero otros me hacían creer que estaría en el infierno, y a pesar de cualquier rastro de incertidumbre, me resguardé en la sensación de que iba a escribir las mejores páginas de mi existencia. A media noche me despertó un fuerte dolor de estómago. Todas las molestias que había estado sintiendo se conjugaron en ese dolor infernal, que era el más fuerte que había padecido en toda mi vida. Intentaré describirlo, era un dolor agudo e intenso en la parte superior derecha del abdomen, justo debajo de la costilla, que irradiaba a toda la cavidad abdominal, acompañado de náuseas y distención, tomé varias pastillas para el dolor estomacal pero no me hacían efecto, creía estar muriendo, hablé con Dios Omnipotente, la fuerza creadora según mi filosofía deísta, pedí perdón por mis errores y cerré los ojos, porque pensé que era mi hora. Mi esposa despertó porque percibió mi desespero, sé que muchas veces, algunas personas, sobre todo mujeres, dicen que los hombres somos extremadamente flojos, pero este dolor era en verdad, de otro mundo, no podía compararlo con nada. Quería ir a recibir atención médica, pero el solo hecho de pensar en las incomodidades del sistema de salud, así sea medicina prepagada, me hizo abstenerme. Estaba confiado en que pronto terminaría este tremendo suplicio, atribuí semejante malestar al exceso de la comida, y a la avidez con que comí, sumado a la cerveza que tomé, y a la alteración nerviosa de la singular situación que había vivido. Finalmente me quedé dormido, pero sabía que algo no andaba bien, y tenía que averiguar de qué se trataba. Decidí que lo mejor era que al siguiente día, iría a recibir la atención médica correspondiente, para comenzar de inmediato, los análisis necesarios que me permitieran dilucidar qué estaba sucediendo en el interior de mi organismo. A primera hora de la mañana salí a buscar atención médica, ya no sentía dolor, pero aún tenía malestar. Recuerdo que camino al centro médico pensé en muchas cosas, pero una me envolvió profundamente, de manera superflua caí en un remolino dialectico, del que lo único que podía extraer era que ahora que tenía todo para ser feliz, la vida me salía con esta charada, entonces reflexioné en que finalmente la felicidad no existe, sino que es más bien la menor cantidad de tristeza posible, y fiel a mi instinto realista considere, que era perfectamente posible que así como fuera algo pasajero como una indigestión, un virus o algo así, también podría tratarse de la aparición de una terrible enfermedad que comenzaba a invadirme. Me atendió un médico muy joven, como recién salido de su carrera, me valoró y exploró físicamente mi condición, hallando una fuerte distención abdominal y tras hacerme la palpación corporal, descubrió el lugar de origen del dolor, situándolo en la parte superior derecha justo debajo de la costilla. Me preguntó otros síntomas y antecedentes familiares para elaborar un posible diagnóstico. Pesaba 75 kilogramos, un peso ideal para mis 1.75 metros de estatura. Me ordenó varios exámenes de sangre, así como una ecografía abdominal para descartar cálculos o masas, solo me dejó un medicamento por si me volvía el fuerte dolor. Al salir del consultorio pensé, “bonita la vida mía, en lugar de estar de compras con mis mujeres, yo por aquí buscando unos remedios”. Consciente de que debido al viaje estaba corto de tiempo, me apresuré a realizarme los exámenes de sangre y a programar la ecografía, no sé por qué, pero me imaginaba lo peor. Mi esposa y mi novia, entre limites, funciones, derivadas e integrales, me escribían por Telegram para saber de mi estado de salud. Les expliqué la situación, aseverándoles que no había indicios de preocupación alguna, pero que todo quedaba supeditado a los resultados de los análisis, y les recalqué la necesidad de que hoy mismo radicaran las licencias, para que las aprobaran pronto. El viaje era inminente. Me hice las pruebas de sangre y me fui para el colegio, tenía exposiciones en los grados 11 y 12. Programé la ecografía para el día siguiente a las 08.00. Cuando iba a la toma de la ecografía, observé una escena que me dio malas sensaciones, una paloma macho de la especie doméstica, perseguía alegremente a dos palomas hembras con el ánimo de pisarlas, pero en su loco intento, dio un paso en falso y terminó bajo las llantas de un portentoso auto que a esa hora transitaba por aquella calle, eso me dio mala espina y lo asocié a mi situación, el palomo era yo, y terminaría despedazado por la vida. El resultado fue inmediato y no ameritaba ninguna duda. Un enorme y colosal cálculo se alojaba desprevenidamente en mi vesícula biliar, la descomunal estructura medía 27 kilómetros, para que usted se haga una idea, el asteroide que provocó el cráter de Chicxulub, cuya colisión terminó extinguiendo a los dinosaurios y al 75 % de la vida, hace cerca de 66 millones de años, medía solo 12 kilómetros. Le presenté los resultados de inmediato al médico, y certificó que la causa de mi dolor abdominal era una colelitiasis con colecistitis; es decir, el cálculo había causado una infección y una inflamación de la vesícula biliar. La única solución era extraer la vesícula, antes de que se convirtiera en una pancreatitis, que generalmente era fatal, o peor aún, que se malignizara, en un agresivo tumor canceroso. Lo malo era que no se podía intervenir así, necesitábamos tres meses para controlar la infección y la inflamación, antes de realizar la operación, y después otros tres meses, antes de que pudiera volver a la normalidad; entre tanto, debía guardar una dieta absoluta de lácteos, carnes, huevos, granos, licores, harinas, dulces, fritos, necesitaba absoluto reposo, beber mucha agua, realizar ejercicio permanente y tomarme los medicamentos con juicio. El viaje quedaba cancelado, por ahora. Es como si a la vida le diera envidia verlo a uno feliz. FIN