viernes, 12 de septiembre de 2025

RONRONEO

RONRONEO Finalmente desperté. Abrí los ojos y lo primero que hice fue constatar que estuviera en la cama, a los pies, donde lo había dejado la noche anterior. Ya no podía subir ni bajar como antes, cuantas veces quisiera, a su antojo, ahora todo había cambiado. Cómo hubiera deseado que tocara a la puerta a eso de las cinco, con el pretexto de que lo acompañara a comer o de que le sirviera la comida, y que, si no lo hacía, me sometiera a que me mordiera los pies, con sus dientes afilados como agujas, para que aprendiera quién era el que mandaba en la casa. A inolvidables tiempos aquellos. Y allí estaba, donde lo había dejado. Soñé varios episodios cortos pero muy intensos, disímiles, aparentemente de un solo sueño entretejido por medio de escenas, una especie de película, con un solo actor, sin orden en el tiempo y el espacio, un protagonista que aparecía y desaparecía intempestivamente. Zeus es un gato maravilloso, un macho grande de diecicinco años, de mirada profunda, ojos enormes, cuerpo anaranjado y esbelto, cola larga y afinada, en sus tiempos mozos, ágil e intrépido como ninguno, capaz de las más increíbles hazañas, inimaginables para la mente humana, intuitivo, sagaz, osado, perspicaz, autor de los más grandes e insospechados prodigios, una maquina viva capaz de realizar lo que parece imposible de realizar. Pero ahora se ha venido a menos, por causa del inexorable paso del tiempo, de aquel dechado de virtudes, tan solo queda el recuerdo. Antes de caer dormido a profundidad, en aquel estado confuso de somnolencia, previo al ingreso definitivo al reino onírico, anhelé que todo fuera una pesadilla, y que, al despertar al siguiente día, ahí estuviera Zeus, juguetón y travieso como siempre, subiendo y bajando de mi cama, como si se tratara de dar un simple paso, yendo de manera sigilosa hasta la ventana para ver qué pájaro incauto caía en sus fauces, escondiéndose en los rincones más intrincados de la casa, para huir de las miradas acosadoras, cometiendo toda clase de locuras que aparentemente me exasperaban pero que en el interior me llenaban de esplendor, pero qué equivocado estaba, al despertar estaba ahí, tendido e inmóvil, donde mismo lo había dejado. Miré el celular, iban a ser las seis de la mañana. Tenía cita con el veterinario a las diez de la mañana, “no te preocupes Zeus, será la última cita, pensé en voz alta. Entonces lo bajé de la cama, con sumo cuidado, como quien toma entre sus brazos el más frágil de los bebes, y lo llevé a comer, le serví su alimento preferido, por ser un día tan especial, apenas se quedó mirándolo con desidia, era evidente que ya no significaba lo mismo, aquellos días en que comía con ansia infinita su alimento preferido, habían quedado enterrados en el pasado, comió uno o dos bocados, y mirándome fijamente me dijo con tristeza, que no quería más, entonces comprendí que todo había terminado, no había marcha atrás, mi Zeus ya no era el mismo, y nunca más lo sería. Me senté junto a él, le acaricié suavemente la cabeza, y no pude evitar que un par de lágrimas salieran de mis ojos, me sentí profundamente entristecido, y él como atestiguando la compleja situación me miró también, y vi con total claridad que lloraba, expresando su pesar, como diciéndome con su llanto, “ayúdame a salir de esto, no me dejes ir, quiero estar a tu lado”. Cómo decirle que quién más que yo deseaba sacarlo de aquel dolor que también era mi dolor, ahora se trataba de recordar todo lo bello que habíamos vivido y soliviantarnos en la idea de que habíamos sido muy felices, mientras se nos permitió compartir. Finalmente, pasadas las diez, llegó el veterinario, Zeus que antes le huía intrépidamente cuando lo veía llegar a sabiendas de que venía a vacunarlo, esta vez ni se inmutó, no tenía fuerzas para hacerlo, la leucemia felina lo tenía muerto en vida, hasta un pájaro insolente que venía a la ventana a perturbarlo fue ignorado con indiferencia, mi pobre Zeus, ya había perdido hasta las ganar de seguir viviendo, lo mejor era terminar esto cuanto antes. Cuando el veterinario sacó la jeringa, él intentó escapar del suplicio, pero no pudo, entonces cerró los ojitos y se acomodó en mis brazos, como un niño que busca el calor de su padre, como diciendo lo que haya de ser que sea de una vez. Yo, era el que quería seguir manteniéndolo con vida, como si el dolor que estaba padeciendo no fuera suficiente para implorar misericordia, con tal de seguir disfrutando su presencia, no me importaba que siguiera sufriendo. Antes de introducir la letal sustancia en el endeble cuerpecito del gato, le repetí que, si no había algo que pudiera hacer para sanarlo, sin tener que pasar por esta prueba tan dura, pero el hombre, fornido y de aspecto joven, me señaló que, a pesar, del avance de la ciencia, no había nada que pudiéramos hacer. Entonces, bajé la cabeza y él procedió, el animalito ni lo sintió, estaba tan acaecido que percibió un leve dolor, mucho menor al que estaba padeciendo a diario, en medio de su agonía comenzó a ronronear, y su ronroneo conmovió mi alma, porque me hizo recordar, que, en su infancia, su juventud y su adultez, muchos momentos de juego terminaron con ese ronroneo inspirador que tantas veces nos hizo tan felices. FIN

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