jueves, 1 de septiembre de 2022

UN CUENTO DE FÚTBOL

UN CUENTO DE FÚTBOL Bueno sí. Ya me cansé de que a toda hora me estén preguntando por qué soy un revolucionario. Pero sí lo hacen porque creen que les voy a contestar que simplemente porque me da la gana, pues no tengo otra explicación, están muy equivocados. En realidad, no hay una razón, hay varias; es más, hay muchas. Por eso, no me detendré a comentarlas una a una, sino que describiré detenidamente de la manera más imparcial posible la más trascendental y absurda de todas: la primera. Ahora debo regresar a mi infancia. Sucede que el domingo once de octubre de mil novecientos ochenta y uno, se iba a jugar en la ciudad de Bucaramanga un partido de fútbol, un verdadero clásico entre el Atlético Bucaramanga de esta ciudad y el Atlético Júnior de la ciudad de Barranquilla, encuentro en el que se iba a definir la entrada a la liguilla final de uno de los equipos en contienda. El Bucaramanga era el favorito, ya que además de ser local, llevaba la ventaja de que el empate lo clasificaba a la final, toda una proeza si se tiene en cuenta que hacía mucho tiempo no ocurría semejante acontecimiento. Para entonces, yo no era más que un niño de nueve años, que además de disfrutar las aventuras propias de tan extraordinaria época, tenía la encomiable misión de ser el acompañante oficial de mi tío Gustavo, empedernido y fiel hincha Búcaro, a todos los encuentros que nuestro equipo disputaba, bien fuera un domingo o un miércoles, en el día o en la noche. No importaba, ahí estábamos, siempre listos. Ese partido crucial, por supuesto, no sería la excepción. Recuerdo muy bien que durante la semana se fue creando un ambiente de expectativa sin precedentes en la ciudad y que no se hablaba de otra cosa que no fuera el partido entre Bucaramanga y Júnior. Era un viernes. Mi tío Gustavo me pidió que fuera temprano por las entradas, a fin de asegurar el ingreso a la tribuna donde siempre asistíamos: la oriental. Eso hice, pero hubo una pequeña variación. Cuando me dirigía hacia el expendio, unos amigos con los cuales jugaba fútbol me pidieron que me quedara con ellos para echar un partido. Solicitud, a la que no me pude rehusar, porque de niño, sólo se vive en función del juego. Como siempre, el encuentro se prolongó más de lo esperado, por aquellas situaciones extrañas, propias de un partido disputado en plena calle. Salí corriendo para el expendio, pero al llegar descubrí un letrero lánguido y miserable que decía: SÓLO HAY BOLETAS PARA SOMBRA. Como el dinero que llevaba no me alcanzaba para boletas de sombra, decidí enfrentar la situación, ir a casa y contarle a mi madre que por no haber ido temprano al expendio nos habíamos quedado sin entradas, y debía asumir las consecuencias del disgusto de mi tío por la desobediencia mía. Mi madre lo llamó para darle la noticia. Por supuesto, él se desplegó en regaños e insultos por mi irresponsabilidad, y le pidió un castigo ejemplar. Pero eso sí, primero que le prestara el dinero faltante y que me enviara de inmediato a comprar las boletas de sombra antes que también fuera tarde, porque de ninguna manera quería perderse la oportunidad de disfrutar con sus propios sentidos, el más trascendental de los partidos. Tiempo después tuvo la grandeza de transformar su disgusto en un elogioso agradecimiento a mi desobediencia. El día del partido nos levantamos muy temprano; tomamos el desayuno, y nos fuimos para el estadio. Una larga fila de personas ya estaba apostada en el lugar, aguardando que llegaran las doce para ingresar al escenario y conseguir un buen puesto. Pero ahí no terminaba la espera, el encuentro comenzaba a las tres y treinta. Un sol inclemente empezaba a mostrarse, como presagio de un día excepcionalmente caluroso. La mañana se hizo interminable, como cuando se espera algo, y parece que pasan siglos, aunque en realidad no han transcurrido más que unos segundos. Así llegaron las doce, en medio de un ambiente monótono que era casi imposible seguir aguantando. Cuando abrieron las puertas, un caudal desenfrenado de personas corrió con desespero en busca de un puesto. Pero estos pronto se agotaron ante la arremetida inusitada de visitantes, prueba inequívoca de que el número de entradas era muy superior a la capacidad real del recinto deportivo. Un calor insoportable destilaba pequeñas gotas de sudor viscoso que se pegaban al cuerpo, era la antesala ideal de lo que serían otras tres horas de espera. El partido comenzó en un ambiente de fiesta inigualable. Los equipos saltaron a la cancha en medio de una lluvia de papel multicolor y pólvora. Un espectáculo majestuoso jamás antes vivido se dibujó en mi corazón y un destello en la memoria me advirtió no haber visto nunca un derroche de alegría tan generalizado. Con la piel erizada, escuché con atención los himnos interpretados por las bandas marciales. Todo concordaba con el prólogo de una tarde inolvidable, que desembocaba en el ferviente deseo de ver a mi equipo ganador. Desde el inicio se previó un juego difícil. El ambiente era sofocante y pesado, pero nunca se puso en duda que, a pesar de la complejidad de la situación, nuestro equipo saliera avante porque ya no era un anhelo repentino sino una pasión incontrolable. Pero si alguien analizaba con cabeza fría, podía percibir perfectamente que algo extraño rodeaba el partido, como si el juez central estuviera observando un encuentro completamente diferente al del público ardoroso que imploraba el triunfo búcaro. Pronto las dudas se fueron disipando. Al Bucaramanga le pitaban faltas inexistentes, sus jugadores eran injustamente amonestados, se veía un inusitado interés para que el Júnior consiguiera la victoria como diera lugar, entonces mi tío Gustavo puso su mano sobre mi cabeza y cuando lo volteé a mirar, dejó escapar una mirada de preocupación profunda y con absoluta realeza sentenció: ¡este partido está comprado! Al finalizar el primer tiempo íbamos perdiendo uno a cero. El Júnior se había echado atrás y esperaba el contragolpe. El Bucaramanga, atacaba sin descuidar la retaguardia, la esperanza de todo un pueblo de ver a su elenco en una fase final parecía esfumarse, aunque nuestros muchachos arremetían sin clemencia contra un equipo de once jugadores metidos en el pórtico y un juez infame que le ayudaba de forma descarada sin saber con qué oscuro interés. El segundo tiempo arrancó con buenas expectativas, expectativas que con el transcurrir de los minutos se fueron diluyendo. Poco a poco los ánimos empezaron a caldearse y el monólogo del período inicial se repetía ahora de manera más evidente. La angustia comenzó a apoderarse de la hinchada que se sentía impotente ante el paso inclemente del reloj que parecía dictar una sentencia inapelable. El hecho que rebosó la copa ocurrió minutos antes de finalizar el partido. El Bucaramanga atacaba sin cesar y el Júnior se defendía como podía. Pero en una de esas jugadas, un delantero búcaro entró al área chica y presto a rematar al arco, fue derribado por un defensa juniorista, el público estalló en júbilo al detectar una pena máxima inobjetable, pero quedó atónito al comprobar que el juez no la había pitado. De inmediato comenzó el infierno. Una turba enardecida, humillada en su amor propio, no pudo resistir más y la emprendió sin contemplaciones. Varias personas se unieron en grupos espontáneos, y haciendo gala de nuestro carácter recio, se apostaron en diferentes sitios y sin funciones precisas dieron rienda suelta a su insatisfacción. Expresiones tan disímiles y violentas aparecieron como fantasmas renegados, y se manifestaron para la opinión como un despropósito, despropósito tan sólo entendido si se encontraba en aquella situación inmanejable. Unos rompieron la malla y entraron a la cancha, otros quemaron el papel y la pólvora, otros destruyeron la pista sintética, otros atacaron las emisoras y los baños, pero los más osados se enfrentaron con la policía que en ese momento se hacía ya insuficiente, mientras que los que ya estaban en la gramilla quisieron atacar a los jugadores contrarios, pero principalmente a los jueces, que corrían despavoridos a buscar el camerino búcaro. Claro, abrazados por una ola incontenible de ira, que a cada instante crecía como una bola de nieve que baja por la montaña, y que se mezclaba de forma peligrosa con el alcohol, el calor, el dolor y la ofensa, produjeron una estampida de violencia que pintaba en el terreno de juego una escena dantesca. Una batalla campal se desarrollaba en el mismo escenario donde hacía apenas unos segundos, dos equipos de fútbol se jugaban la posibilidad de pasar a la final para brindarle a sus hinchas una alegría tan pura y tan grande que en otras circunstancias no hubieran podido vivir. A mi corta edad no alcanzaba a dilucidar lo que estaba pasando, y peor aún, en qué podía terminar todo. Simplemente me dedicaba a observar. Mi tío Gustavo como buen padre que fue para mí, me tomó de la mano, y con expresión serena me explicó que teníamos que irnos. Le pregunté que por qué, si el partido no había concluido, su respuesta fue tan corta como contundente: ¡el partido ya terminó! Estaba tratando de entender todo cuanto acontecía, cuando un escuadrón militar muy bien armado ingresó al estadio y comenzó a tomar posición, mi tío apuró el paso, pero se encontró en medio de una fila interminable de personas que con desesperación buscaba la salida, el panorama era desolador, parecía el paisaje de una batalla que acababa de terminar, pero qué equivocados estábamos: apenas empezaba. Ráfagas interminables tronaban en el horizonte, principalmente en la tribuna oriental donde por mi irresponsabilidad no habíamos encontrado boletas, y se estrellaban sin compasión en los hinchas que encontraban a su paso. Mi tío trataba de resguardarme, pero aun así podía observar de primera mano semejante masacre. Jamás podré olvidar como algunas personas corrían despavoridas y caían lentamente, en un zigzag infernal, mientras la danza de la muerte los sorprendía a sus espaldas, y se desplomaban sin remedio en una laguna de sangre. Un policía amigo de mi tío Gustavo nos encontró y nos llevó por el camerino, varios cuerpos yacían tendidos sin vida en la loza fría del pasillo, el policía lo miró a él, me miró a mí, y luego sentenció: “mire Gustavito, estos maricas del ejército la cagaron”. Estas imágenes me siguen dando vuelta en la cabeza y me han llevado a concluir algo: que una banda de desalmados hubiera acribillado tan vilmente a un grupo de inermes que todo cuanto deseaban era disfrutar la fiesta del fútbol, es la peor infamia que he podido presenciar en este mundo. FIN

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