jueves, 8 de septiembre de 2022
UN DÍA DESPUÉS
UN DÍA DESPUÉS
Al menor de los hermanos le correspondió la realización de la tarea. Se llamaba Isaac, tenía catorce años y ocupaba el puesto doce de nacimiento entre seis hermanas y seis hermanos. La madre había muerto unos días antes y el muchacho fue el elegido para viajar hasta Puerto Petróleo, para traer desde la notaría única de esa ciudad el certificado de matrimonio en donde constaba que su padre y su madre se habían unido en un pasado lejano con el fin de vivir en pareja y conformar una familia, para así dar inicio al proceso legal a través del cual podrían disponer de aquella pequeña casa donde la familia había proliferado, y la cual había sido testigo de tantas alegrías y tristezas en el seno de aquel hogar cálido.
El padre, tan incansable trabajador como empedernido bebedor, cuya única misión era la de alimentar y sostener a la familia, había muerto cinco años antes, tras sufrir miles de problemas de salud que incluían haber padecido todas las enfermedades catalogadas oficialmente más muchas otras que tan sólo se habían observado en él. La madre, abnegada mujer sin otra misión que la de traer al mundo a la prole y criarla de acuerdo a su estado de ánimo, lograba la hazaña increíble de supervivencia con el mísero sueldo del viejo o su pensión cuando éste decidió irse al otro mundo.
Toda esa lucha constante terminó agotando las de por sí minadas fuerzas de la vieja, hasta que no pudo más y “sacó la mano”, dejando a la deriva a tan numerosa cantidad de gente. El día del velorio, un abogado allegado a la familia les insinuó que lo mejor era vender la casa y que cada quien tomara su propio rumbo, razón con la que estuvieron de acuerdo, principalmente los más grandes, imaginando que quizás tendrían en sus bolsillos miles de millones de pesos producto de la venta. Pero para eso, el primer paso que debían dar, era traer el registro del matrimonio.
La decisión fue unánime. Isaac era la mejor opción para el viaje, sin la oportunidad de decir sí o no, porque el mandato incluía regaño y todo, el muchacho no tuvo más que aceptar la orden de la mejor manera posible, a sabiendas que ni siquiera conocía esa ciudad, aunque para ser justos entre todos los hermanos le reunieron la plata para el viaje y para que comiera algo por el camino.
La idea era que Isaac debía ir y volver el mismo día. Es decir; llegar, pedir el papel y devolverse. Y así se hizo. El hermano mayor lo llevó hasta la terminal de transportes y lo embarcó en el bus que primero encontró. El muchacho se quedó observando a través de la ventana cómo la figura se iba reduciendo hasta cuando fue imposible seguir observándolo, entonces se halló solo y abandonado a su suerte por primera vez en su vida.
El viaje transcurrió entre varios sentimientos y muchos pensamientos. Un Isaac desconocido para sí mismo emergió de repente, cubierto de un manto pesado y oscuro al que llamaban miedo, y terminó aprisionando su pecho contra la inevitable realidad de la soledad absoluta.
Su mirada perdida en la insensatez de cosas sin importancia como un árbol, una vaca, una nube, un niño que intempestivamente se cruzaba por la ventana del paisaje absorto, lo transportaron por el océano del olvido. Se sintió abandonado, a las puertas de la desgracia y tuvo ganas de llorar.
En eso estaba cuando la vista de las primeras casas le dejaron entrever su entrada triunfal a la calurosa ciudad donde el petróleo parecía brotar por cada poro del suelo. Hacía un calor insoportable y las calles polvorientas lograron traerlo de vuelta al mundo, porque de alguna manera, el hecho de sentirse atado al cumplimiento de una misión asignada, rescataba su condición humana que unos momentos antes parecía destruida.
Pero sucedió lo impensable. Al llegar a la notaría un aviso grande, escrito a mano, decía: CERRADO POR INVENTARIO. ABRIMOS MAÑANA.
Isaac deseó que la tierra se lo hubiera tragado, maldijo su suerte y lloró ahogado en el mar de la incertidumbre.
Pensó que lo mejor era buscar un teléfono para informar a su hermano lo sucedido, y que le diera las instrucciones del caso. Quedó sumergido en la preocupación de qué debía hacer con tan poco dinero y en tan poco tiempo, y que su decisión no defraudara a la familia que atenta lo esperaba, caminó hasta encontrar un teléfono que nunca logró hallar, decidió seguir caminando hasta que sus pies se cansaron y su mente se nubló definitivamente, entonces entró sin querer a territorios prohibidos, donde fuerzas oscuras se lo llevaron y lo desaparecieron, creyendo que se trataba de una conspiración. Se perdió para siempre, obnubilado en la insipiencia de sus catorce años, y en la irresponsabilidad de una tarea que le había quedado grande cumplir, pero fortalecido en la ilusión de que, al fin y al cabo, un día después, estaría de nuevo en casa.
FIN
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