lunes, 22 de agosto de 2022

TÍO MARCOS

TÍO MARCOS Cuando volvieron a casa, Marquitos estaba rozagante de felicidad. Había estado toda la tarde con sus padres en la feria del pueblo. Visitaron las diferentes ventas, y en una de esas, se encontraron con el señor Rangel, propietario del único camión del pueblo, el mismo en el que trabajaba haciendo acarreos y trasteos. Además, en sus ratos libres, el señor Rangel hacía artesanías en madera, una de esas artesanías era una réplica de aquel portentoso medio de transporte, que era centro de admiración de todo el pueblo, porque según decían sus habitantes, en él cabía hasta una casa. Pues el señor Rangel, como era amigo de Manuel, el padre de Marquitos, le regaló al niño una de esas réplicas y el niño quedó más que contento. Marquitos era el primer hijo de la pareja conformada por Manuel y Conchita. El niño tenía siete años, hacía primer grado en la escuela del pueblo, y era un niño aventajado y comedido. Criado en el seno de un hogar profundamente católico, desde su llegada al mundo, el niño se convirtió en la luz de aquel hogar, el orgullo de aquella familia humilde y trabajadora. Era un niño que aunque no tenía lujos, no le hacía falta lo necesario para vivir. Desde aquel día, el camioncito de madera se convirtió en el juguete preferido de Marquitos. Siempre que llegaba de la escuela se ponía a jugar con él. Antes de acostarse, lo guardaba con cariño, para el siguiente día. Al despertarse, corría hasta donde lo había dejado y jugaba con él. Un día, Marquitos sintió le necesidad de llevar su camión de madera a la escuela, para jugar con él a la hora del recreo, y también para enseñárselo a los demás niños. Pero para los otros pequeños, el novedoso juguete era tan atractivo, que todos quisieron tenerlo, llenarle de tierra el platón y recorrerlo a lo largo y ancho del inmenso patio, con tan mala suerte que ante tanto ajetreo, el camioncito terminó perdiendo una de sus ruedas. Al llegar a casa, el niño fue reprendido por haberse llevado el camión sin el permiso de sus padres, y tendría como consecuencia que con la restitución de la rueda, el camioncito sólo sería usado como lujo, sería para colgar en el anaquel, y no para jugar, porque sin duda alguna se echaría a perder. A partir de aquel instante, el jugar con su camioncito, se convirtió en toda una obsesión para Marquitos. El niño no perdía ocasión para portarse bien, para ser obediente, para hacer pronto sus tareas, para ser el mejor de la clase, con tal que ese esfuerzo le significara el inmenso placer de jugar con su camión de madera. Pero siempre había un pero, que le impedía realizar su sueño: el temor de los padres a que el juguete se volviera a dañar. Un día, cuando Marquitos ocupó el primer lugar en la escuela e izó el pabellón con honores, Conchita insinuó a Manuel, que era el momento de dejar que el niño jugara con el camioncito. Manuel accedió, entendiendo que el niño se lo merecía como premio a su esfuerzo. Sucedió que el viernes en la tarde, Manuel soltó el trabajo temprano, y decidió salir con Conchita y su hijo Marcos al parque principal del pueblo. Lo primero que el niño tomó para llevar, fue el camión de madera que el señor Rangel le había regalado en la feria. Todo era felicidad, mas como la felicidad no existe, sino que es en realidad, el menor grado de tristeza posible, la desgracia decidió que no era posible que esta familia fuera tan feliz como parecía, y llegó en forma de camión. El señor Rangel hacía su entrada triunfal en el parque. El señor Rangel se bajó de su vehículo, y se acercó a la familia que en ese momento departía en una de las bancas. Saludó a Manuel, luego a Conchita y después a Marquitos. El niño le correspondió con una sonrisa. Conversaron un rato sobre temas sin importancia. Marquitos entre tanto, empezó a jugar con su camioncito, cargando arena en el platón del vehículo de madera. Conchita percibió en el patio trasero de su memoria, un recuerdo en que su abuela solía decir, que nunca dejaran jugar a los niños con arena, porque era señal de mal augurio. El señor Rangel se despidió, subió a su camión, lo encendió para arrancar, con tan mala suerte que en la reversa arrolló al niño, que jugaba por última vez con su juguete preferido. La llanta trasera lo arrolló, matándolo al instante. Conchita que venía a decirle al niño que no jugara con arena, llego demasiado tarde. Quienes presenciaron el macabro accidente gritaron de desesperación y las mujeres lloraban desconsoladamente. Ni siquiera en ese instante final el niño soltó su juguete preferido, el camión de madera quedó intacto. Se lo llevó a la tumba, para jugar con él eternamente, sin temor a que en medio del intenso ajetreo del juego, pudiera perder una o dos ruedas de su imponente indumentaria. FIN

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